El Manhattan perfecto
Capítulo 3.
Ya en la calle, al pasar por delante del escaparate a la izquierda de la entrada, vi que Dan estaba charlando con una chica morena que, con aire recatado, daba sorbitos a un cóctel rojo. Martin encendía un puro mientras Billy le preparaba otro manhattan, y las volutas de humo ascendían para envolver las caras de los demonios que vigilaban la barra.
Capítulo 3.
El manhattan perfecto
Entre asentarme en el piso nuevo del West Village, el trabajo del bar y algún que otro margarita de mango que me tomaba con Alexis en el Dos Caminos, el guión de El zapato de cristal fue bajando puestos en mi lista de prioridades. Por supuesto seguía escribiendo notas e ideas en mi cuaderno.
Eso era lo más fácil. Estaba segura de que una vez que pagase mis deudas (lo que según mis cálculos me llevaría un par de meses) mi guión comenzaría a cobrar forma. El problema consistía en que para cuando me levantaba, hacía mi gimnasia, volvía a casa, me duchaba, me secaba el pelo y me vestía, ya era la hora de salir disparada al trabajo.
Y debo hacer constar que el anuncio de Martini Mike's del Village Voice había exagerado muchísimo, por no decir algo peor, respecto de lo que un barman gana por día en Nueva York. Yo trabajaba cuatro días a la semana, y según Martini Mike con eso debería ganar todas las semanas unos cuatro mil dólares. Pero la verdad era que si lograba llegar a los quinientos, ya podía darme por satisfecha. Es cierto que había gente derrochona como Baby Carmine o algún que otro magnate de Wall Street al que le gustaba ir tirando el dinero, pero casi todo el mundo dejaba propinas de un dólar por copa, y yo no servía mil copas por noche ni muchísimo menos. Los miércoles eran muy parecidos. Venía bastante gente, pero tampoco es que se pusiera el local a rebosar. Billy y yo solíamos sacar de ochenta a cien dólares por cabeza. Las noches de fin de semana nunca ganábamos más de doscientos cincuenta. Pero lo peor era cuando me tocaba el turno de día, los jueves, cuando con mucha suerte sacaba unos diez dólares en propinas. No venía nadie a comer, y el turno duraba nueve horas de espanto.
Llegué a obsesionarme con la hoja de cálculo que tenía siempre en mi mente. El alquiler era de mil dólares mensuales. Pronto tendría que empezar a pagar los créditos de estudios, que según se calculaba ascenderían a unos doscientos dólares al mes. Mis gastos eran de unos doscientos cincuenta
dólares, y todo ello sin contar los días que salía, mi gimnasio de la YMCA, el seguro médico, lentillas y gafas nuevas una vez al año y alguna que otra barra de labios en Sephora. Luego estaba la ineludible trampa de las tarjetas de crédito. Cada vez que intentaba calcular la cantidad exacta de mi deuda, se me cruzaban los cables. Llamé a Laurel para informarla de que estaría libre si me necesitaba para cubrir algún turno, fuese de día o de noche.
–El tiempo es oro, tanto para ti como para Dan Finton.
Billy repitió este mantra por enésima vez mientras me enseñaba a echar a la vez en un vaso el licor de una botella y la soda del grifo. También había aprendido a quitar el sello de plomo de una botella de vino con un rápido ademán, en lugar de perder el tiempo cortándolo con la navaja del sacacorchos en lo que los camareros llaman una «llave de vino». Ya sabía llenar dos cañas a la vez, y hasta era capaz de lograr un perfecto «cuello de obispo» en una pinta de Guinness (es el fenómeno que ocurre cuando la espuma de la cerveza se alza por encima del vaso).
No tardé en darme cuenta de que Sean tenía razón: para trabajar detrás de una barra tampoco hacía falta ser un genio. Cada día se me revelaba un nuevo misterio. La tercera noche aprendí que el syrah y el shiraz se hacen con la misma uva, que en Francia se llama de un modo y en Australia de otro. Si alguien pedía un escocés «limpio», significaba que lo quería sin hielo y sin enfriar, servido directamente de la botella. También había aprendido que el escocés es exactamente lo mismo que el whisky, pero hecho en Escocia. Había averiguado por Martini Mike que un martini
«seco» quería decir con poco vermut, pero pronto me enteré de que incluso cuando el cliente no especificaba que lo quería seco, lo mejor era no echar vermut (a menos que alguien lo especificara, lo cual no pasaba casi nunca).
–Los gustos han cambiado, y el vermut en el martini está pasando a la historia -me explicó Billy.
Laurel se marchaba temprano casi todas las veces, después de ponerse hasta arriba de vino (solía beber tinto mientras revisaba sus papeles), de manera que Billy y yo nos hacíamos cargo de las llaves del reino.
Los viernes y sábados contábamos con un ayudante llamado José. Su primo Oscar, que en México era abogado, también trabajaba en el Finton's fregando platos. A José le pagaban treinta y cinco dólares por turno y tenía derecho al diez por ciento de las propinas. A cambio de eso preparaba la barra, se pasaba la noche trayéndonos hielo, fregaba los vasos, cortaba la
fruta, sacaba los enormes cubos de basura de dos a cuatro veces por noche, reponía los licores y la cerveza, recogía de las mesas los platos y vasos sucios y se encargaba de ordenar y limpiar a la hora de cerrar. Cuando Billy bajaba al sótano para meter el dinero en la caja, yo siempre le daba a José otros veinte dólares a hurtadillas.
Casi todas las noches, después del trabajo, salía con Annie, una de las camareras del restaurante, a tomar una copa al Spring Lounge. Annie era un bombazo, una rubia brasileña de uno ochenta que en cuanto terminaba su turno cambiaba su aburrido atuendo del Finton's por unas minifaldas de volantes de vivos colores, camisetas ajustadas y grandes pendientes de cuentas. Era fundamental contar con una amiga con la que poder repasar las desventuras de la noche: desde los hombres casados que querían que fuéramos a su hotel hasta las chicas celosas que nos escatimaban la propina si sus novios nos prestaban demasiada atención. A las tres de la mañana, después de pasarme la noche de pie yendo y viniendo detrás de la barra, tenía tal subidón que no me podía ir a dormir ni en broma. Por lo visto todos los barman necesitan siempre una copa para bajar del globo.
Por encima de José, las camareras eran las penúltimas en el escalafón (los barman eran los segundos empezando por arriba, justo por debajo del encargado o del dueño). Las camareras tenían que pedir a los barman absolutamente todas las copas, y ganaban la mitad de lo que ganábamos nosotros. Sin embargo tenían más acceso a la comida. Annie y yo trabajábamos según un sistema de mutuo beneficio: yo le daba las bebidas y ella me traía comida de la cocina cuando, a las dos de la mañana, el estómago me rugía.
Trabajando con Annie el tiempo pasaba volando. Si la barra estaba tranquila nos íbamos a charlar a la parte de servicio. Laurel solía dispersar furiosa lo que ella llamaba nuestro «comadreo», pero, puesto que se pasaba la mayor parte del tiempo abajo en su despacho, charlábamos a placer, aunque de vez en cuando los clientes que esperaban sus copas o su comida se molestaran.
Conocí a Annie durante mi segunda noche en Finton's.
–Eres Cassie, ¿no? – me preguntó, sosteniendo en equilibrio con gran destreza seis martinis biquini en su diminuta bandeja. Los cócteles, de color turquesa, eran el especial de la noche del viernes y Sean acababa de enseñarme a prepararlos: una onza de vodka Stoli Vanilla, media onza de
Licor 43, un golpe de lima y una gota de Blue Curacao para darles su curioso color.
–Sí -dije, tendiéndole la mano como una tonta antes de darme cuenta de que ella no me la podía estrechar sin correr el riesgo de que se le cayera algún martini.
–Yo soy Annie -se presentó muy contenta.
–Encantada.
–Y yo. Ahora vuelvo. Voy a servir esto.
Ladeando la cabeza, y agitando sus rizos, sonrió alegremente a los seis ejecutivos que habían pedido las copas y que parecían recién salidos del Today's Man.
–Estas copas no son muy viriles, caballeros -declaró con una sonrisa insinuante, mientras se inclinaba con gracia para poner un martini delante de cada uno.
Ellos estallaron en carcajadas, gritando y compitiendo por la atención de su guapa camarera.
–No te preocupes, preciosa -dijo uno-. Yo suelo beber whisky, pero aquí Roger ha insistido en que probemos esto.
Roger quiso protestar, pero Annie ya se alejaba hacia la barra.
–Menuda pandilla de pringados, ¿eh? – comentó poniendo en blanco sus enormes ojos verdes-. Vinieron la semana pasada y uno pidió un Grey Goose con arándanos. Se les ve el plumero. Piden Grey Goose porque es caro y así se dan aires. ¡Desde luego! ¿A quién se le ocurre gastarse diez pavos en un vodka y luego estropearlo con esa mierda de jarabe? En fin. El caso es que el tío del pelado de ocho dólares presumía delante de sus colegas diciendo que sólo podía beber Grey Goose porque el vodka barato le daba náuseas. Así que, por hacer un experimento, le pedí a Sean que la segunda copa se la sirviera de garrafón. El muy idiota ni siquiera se dio cuenta.
Yo sonreí.
–¿Llevas mucho tiempo trabajando aquí?
Ella se quedó un rato pensativa, como calculando mentalmente.
–Casi un año. ¡Madre mía! ¡Me estoy convirtiendo en una camarera profesional!
–Venga ya, que un año no es tanto.
–Ya lo sé. Pero cuando me licencié en Tish, en mayo, me prometí que sólo trabajaría en esto seis meses hasta que diera con la forma de hacerme famosa.
–¿Has ido a Tish? – pregunté-. ¿Qué estudiaste?
–Danza contemporánea. ¿Y tú?
–Yo estudié Escritura Creativa en Columbia. Pero el verano pasado también asistí a unas clases de escritura en Tish. Me encantó el sitio.
–¡Genial! Tú escribes un guión y yo hago de protagonista, y así seremos famosas las dos y aceptaremos juntas el Oscar, igual que Matt Damon y Ben Affleck. ¡Y nos partiremos de risa acordándonos de los tiempos del Finton's! – Me parece estupendo.
Annie era lo bastante guapa para convertirse en una actriz famosa, y con su ligero acento exótico recordaba un poco a Brigitte Bardot. Su piel aceitunada contrastaba sobremanera con su cabello rubio, y sus gruesos labios podían pasar de una atractiva sonrisa a un sugestivo mohín en un segundo.
–Me muero de ganas de trabajar como actriz -prosiguió.
–Pero si tú nunca dejas de actuar -terció Billy en tono de sorna. Tenía la costumbre de aparecer de pronto detrás de mí.
Annie le dedicó su mejor sonrisa y se echó a reír.
–Supongo que tienes razón, pero estaría bien que me pagaran por ello.
¿Por qué no me descubren de una vez? Yo no me olvidaría de mis colegas del Finton's… -De pronto se interrumpió en cuanto vio entrar en el bar a un tipo con un tatuaje y la cabeza afeitada-. ¡Dios mío! – exclamó, arrojándose sobre la barra y tapándose la cara con la mano.
–¿Qué pasa? – pregunté.
Billy miró al tipo y sonrió con picardía al reconocerlo.
–Es L. A. ¿verdad? – susurró.
–Sí -gimió ella.
–¿Quién es L. A.?
–Eso que te lo cuente ella -se burló Billy.
–¡Calla! – le espetó Annie.
–Pero ¿qué pasa? – insistí en voz baja.
Annie hizo un brusco gesto con la cabeza para que la siguiera hacia el comedor. Por su expresión se notaba que era urgente.
–¿Estás bien? – le pregunté cuando nos sentamos a la mesa doce, una para dos personas arrinconada al fondo de la sala.
–¡No! – Annie se llevó las manos a la cabeza-. ¿Has visto al tío que acaba de entrar?
–Sí.
–¡Pues es el técnico de guitarra de Metallica! – explicó con los ojos como platos-. Alucinante, ¿eh? Vino hace un par de semanas y se quedó toda la noche. Luego echamos un polvo en la cocina, encima del mostrador.
Decidí que no tomaría las verduras que se cortaban y preparaban en el mostrador.
–Bueno, el caso es que me gusta -continuó-, pero no sé qué hacer, porque Allen debe de estar a punto de llegar.
–¿Quién es Allen? – pregunté.
–Uno de los tíos con los que salgo. También me gusta mucho. Y más tarde tiene que venir Marc, si acaba de trabajar antes que yo. Marc es un tío que conocí la semana pasada en Marquee. ¡Menudo follón! Me tienes que ayudar.
–Vale. ¿Qué quieres que haga? – Me volví para mirar hacia atrás. Casi estaba esperando que Laurel se diera cuenta de que había dejado mi puesto y me despidiera al instante. Siempre insistía en que teníamos que permanecer tras la barra hasta que terminase el turno.
–Yo me llevo a L. A. abajo, le hago una mamada y me lo quito de encima.
Me eché a reír, incrédula.
–Pero ¿hablas en serio?
–¡Claro que sí! ¿Tú has visto cómo está? Y tiene una polla enorme.
Yo nunca había conocido a ningún brasileño, pero a juzgar por Annie tenían una cierta tendencia a ofrecer demasiada información.
–Pero si viene Allen y no me ve (porque Marc no vendrá definitivamente hasta más tarde), dile que estoy abajo haciendo inventario y distráelo hasta que yo llegue.
–Pero si yo no conozco a Allen. No sé ni qué pinta tiene.
–Billy lo conoce. Que te diga quién es -repuso ella muy segura. Tenía respuesta para todo.
–Está bien. – Me arrepentí de mis palabras en cuanto las pronuncié.
Acababa de conocer a Annie y ya estaba completamente involucrada en sus
locuras.
–¡Muchísimas gracias! – exclamó, echándome al cuello sus largos brazos-. Te debo una.
Annie desapareció con L. A. y yo volví a mi puesto tras la barra, donde se había apilado una pirámide de vasos sucios. Diez minutos más tarde salió L. A. del sótano con la pinta del gato que se ha comido al canario y se marchó sin más por la puerta principal. Al cabo de un minuto llegó Annie, enderezándose la falda corta de tablas y atusándose los rizos.
–Me parece que necesitas un chupito. Mira que estás loca. – Billy puso unos vasos en la barra y sirvió tres Jameson, el único chupito aceptable en el Finton's.
Yo no había tardado en darme cuenta de que los «chupitos de la casa»
eran una forma muy curiosa de escaquearse. Billy solía ser el maestro de ceremonias y cada media hora preparaba tres tragos de Jameson para Annie, para mí y para él. Era un ritual de compañerismo que nos daba un subidón al principio de la noche y nos iba manteniendo intermitentemente durante las muchas horas de trabajo aguantando clientes pesados, el aburrimiento, canciones horteras, intentos cutres de ligar con nosotras y, en algunos casos, la depresión.
–Joder, creo que es el noveno trago de esta noche -gemí nada más tomármelo y notar cómo me quemaba en la lengua y en la garganta hasta extenderse cálidamente por mi estómago-. Me estoy convirtiendo en una alcohólica.
–Venga ya -saltó Billy-. Que son tragos de niños. Sólo les ponemos un cuarto de onza, de manera que si llevas nueve, es como si te hubieras tomado dos copas. Además, te pasas la noche de pie y los quemas rápido.
Al oír aquello me sentí mejor. Yo nunca había bebido mucho, ni siquiera cuando mis amigos eran forofos de los especiales kamikaze de dos dólares en la happy hour del Night Cafe, el bar de la facultad. De vez en cuando me trasegaba unas Bud Light con los estudiantes de peor reputación, o me tomaba algún que otro cubata de ron o de vodka, pero por lo general el alcohol no me sentaba muy bien.
Cuando mis amigos visitaban el Finton's se aprovechaban bien de los
«chupitos de la casa». Venían al bar a divertirse después de pasarse todo el día en una oficina, pensando que yo tenía el empleo más estupendo del
mundo, sin entender que ahora era yo la que estaba trabaj ando y no siempre podía estar por ellos.
Esa noche no fue diferente.
–¡Cassie! – gritó Alexis en medio de un grupo de ejecutivos trajeados que acababan de entrar.
Yo, que estaba atendiendo a unos clientes, alcé la vista.
–¡Otra ronda de chupitos! – chilló ella desde el extremo opuesto del bar.
Sonreí apretando los dientes y preparé la octava ronda de tragos, aunque Alexis hacía tiempo que había dejado de pagar. Sólo llevaba unas semanas trabajando en el sector de servicios, pero ya me habían adoctrinado en cuanto a lo importante que era ofrecerse siempre a pagar por las copas que tomabas y, lo que era todavía más importante, dejar propina al barman, aunque éste fuera tu mejor amigo. Yo sabía mejor que nadie la cantidad de dinero que Alexis tenía, pero jamás me dejó propina, y a mí me daba corte decirle nada.
Solía tener siempre mi cuaderno detrás de la barra, puesto que todas las personas con las que hablaba (sobre todo clientes del Finton's, pero también mis amigos y sus borrachos álter ego) me proporcionaban muy buen material para los guiones.
«A veces -escribí- me siento como el barman del clásico de Billy Joel, Pianoman: "Bill, creo que esto me está matando mientras la sonrisa desaparece de su rostro, pero estoy seguro de que podría ser una estrella de cine si lograra salir de aquí…"»
Estaba descubriendo que muchas personas acudían al Finton's porque necesitaban hablar con alguien y, puesto que mi vida era un desastre, yo no me sentía cualificada para dar consejos a nadie. En muchos casos los borrachos sólo querían oír su propia voz y que otra persona absorbiera sus problemas. Aunque yo hubiese sido el doctor Phil, no habrían hecho caso de mi sabiduría. Era deprimente ver a la misma persona venir noche tras noche y beberse doce Ketel con hielo, uno detrás de otro, mientras me contaba la misma historia lacrimógena.
Steve Mitchell, uno de los habituales, siempre llegaba a eso de las dos y media de la mañana entre semana, justo cuando Billy y yo estábamos cerrando la barra. No podíamos darle con la puerta en las narices porque hacía que nos sintiésemos culpables, pero no era ése el único motivo. Odio admitirlo, pero sabíamos que Steve siempre nos dejaba una propina de
cincuenta dólares o más. Y al final de una noche tranquila, la diferencia entre sacar cien o ciento veinticinco dólares cada uno tenía un auténtico impacto en nuestras finanzas. Servir copas era un auténtico toma y daca.
–Hola, Cassie -me saludó Steve con desánimo.
Era un tipo alto y delgado, con los ojos hundidos, unas ojeras muy oscuras y el peor peinado que se ha visto desde Donald Trump. Todas las noches llevaba una camiseta gastada remetida en unos téjanos que deberían haberse retirado con Debbie Gibson a finales de los años ochenta.
–Hola, Steve -contesté. Intenté disimular, pero siempre sospeché que se notaba a la legua lo mucho que me irritaba-. ¿Cómo estás? – pregunté.
–No muy bien. – Steve me miró expectante.
–¿Qué pasa?
–Las cosas no van muy bien en el trabajo. Todavía no me han pasado la pensión. Dawn no contesta a mis llamadas. No me aprecia… -Se dejó caer en el taburete con aire de abatimiento mientras yo le preparaba lo de siempre: ginebra Tanqueray con tónica.
Otra noche se acercó a la barra un tipo gordo y bajito, con una barba pelirroja que hacía juego con el color de su nariz cubierta de cráteres. Me pidió un martini con aceitunas, y cuando se lo serví me dijo:
–Te doy cien dólares si te metes las aceitunas en la boca y las escupes en mi copa.
Debo admitir que por un instante me lo pensé, hipnotizada por el billete de cien dólares. Era espantoso estar tan necesitada de dinero. Cuando reunía vorazmente todos los dólares que dejaban en la barra para meterlos en el bote de las propinas, me sentía como la stripper que había visto en Howard Stern, que cuando terminaba la canción tenía que ponerse a cuatro patas para recoger los billetes arrugados que le habían tirado. Mientras pensaba en todo eso, me di cuenta de que, curiosamente, cada vez me identificaba más con la heroína de mi guión.
–¿Cómo te llamas? – preguntó el hombre de la nariz marcada.
Puesto que todavía pensaba que tenía que ser educada con todo el mundo, contesté:
–Cassie. – Le dediqué una sonrisa neutra, pero di un paso hacia el otro extremo de la barra, alejándome de él.
El tío se quedó allí toda la noche, mirándome. Al final yo ya no sabía dónde meterme. Intenté no hacerle caso, pero cada vez que alzaba la vista
parecía llamar su atención. Era perturbador. Nunca se sabe a quién se va a encontrar una en Nueva York, y yo ignoraba si se trataba de un tipo solitario e inofensivo o de un acosador potencialmente peligroso. A veces me sentía atrapada detrás de la barra. Todo el que quisiera tenía derecho a pedir una copa y pasarse la noche mirándome sin que yo pudiera hacer nada al respecto.
Edward era otro habitual que consideraba un deber venir a verme todas las noches que me tocaba trabajar. Bebía Jack Daniel’s solo, con un «cojín»
de Carlsberg (lo que significaba que pedía la cerveza para suavizar el impacto del bourbon), y era tolerable comparado con el resto de mi necesitado círculo. Parecía tener las cosas claras y no solía monopolizar mi tiempo diciendo tonterías. Prefería hacer todo lo posible por ir abriéndose camino hacia los ajustados pantalones de Annie.
Todo aquello cambió un sábado en que entró en el Finton's a las cuatro y media de la mañana, justo después de que Billy, José y yo hubiéramos terminado por fin de recoger después de una larga noche de trabajo. Su cara demacrada era la señal inconfundible de una crisis reciente combinada con mucho alcohol y la necesidad de hablar con alguien.
–Lo siento, Edward -dijo Billy-. Pero estábamos a punto de marcharnos.
–No cerréis, por favor -suplicó él-. Mi mujer acaba de dejarme y no tengo adonde ir.
Horas más tarde, a salvo en mi cama, con la cabeza todavía a cien después de la actividad de la noche, cogí un bolígrafo de la mesilla y mi cuaderno.
«Hay muchas almas solitarias vagando por Manhattan-anoté-, y todas parecen gravitar hacia los bares. Es demasiado para cualquiera a las cuatro y media de la mañana.»
Martin Pritchard, el marchante de arte amigo de Dan Finton al que había conocido en mi primera noche, era un asiduo, y antes de que tuviera tiempo de pedir nada, yo ya tenía listo su manhattan poco agitado.
–Otro manhattan perfecto -me dijo una noche después del primer sorbo-. Billy, creo que Cassie se quedará mucho tiempo.
–Sí, puede que tengas razón. Sorprendentemente, está trabajando bien-contestó Billy, dirigiéndome una sonrisa.
–Dan y yo comentábamos lo bien que estáis los dos juntos detrás de la barra.
A medida que mi habilidad fue mejorando y tanto Billy como yo pudimos relajarnos, se hizo evidente que entre los dos había muchísima química. Claro que yo no me hacía ilusiones de que consiguiéramos trasladarla al otro lado de la barra. El entorno de una barra como lugar de trabajo tiene una cosa: todo se concentra en un espacio muy pequeño, y como resultado de ello todo se intensifica. Al cabo de pocas semanas, Annie había llegado a ser una de mis mejores amigas, yo me había convertido en la psicóloga de todos los habituales (me contaban secretos que jamás contarían a sus mujeres) y entre Billy y yo había un flirteo público que era a la vez una actuación calculada para lograr mayores propinas y un reflejo de lo que sucede cuando se mete a dos personas de sangre caliente en un espacio confinado durante un prolongado período de tiempo…, y se añade un poco de alcohol a la mezcla.
–Gracias -contesté, mirando a Billy con una sonrisa-. ¿Cómo estás, Martin?
–Muy bien, cariño. Preparándome para irme al este por la mañana.
–¿Adonde vas?
–Tengo una casa en Southampton.
A mí se me hizo la luz. Los Hampton: el selecto retiro de Long Island para cualquier neoyorquino que fuera «alguien». Llevaba oyendo hablar de ellos desde que había entrado en Columbia. Por lo que había leído en el New York Magazine, me había hecho una imagen mental de la mítica Avalon.
«Los Hampton» era el término general con el que se hacía referencia a los pueblos que se extendían por la costa del Atlántico en la «bifurcación sur» de Long Island, a unos ciento cincuenta kilómetros de Nueva York. Se llamaban así por Hampton Court, la residencia veraniega de la familia real británica. Hampton Bays y Westhampton estaban más al oeste y, según Alexis, eran menos selectos. Sin embargo, había admitido de mala gana que
«si es lo único que te puedes permitir, por lo menos es mejor que la costa de Jersey». Southampton, un poco más al este por la Carretera 27, era el primero de una serie de pueblos en los que veraneaba la clase alta, tanto los nuevos ricos como los viejos.
El humo del cigarrillo de Martin me escocía en los ojos (las reglas molestas como «No fumar en los bares de Nueva York» no eran para él).
Parpadeé y quise aliviarme un poco el picor con una servilleta.
–¿Nunca has pensado en trabajar en los Hampton? – me preguntó.
–Pues no. Acabo de terminar la carrera y todavía ando un poco desorientada.
–Seguro que ganarías una fortuna allí en verano. El Finton's está muy tranquilo esos meses, como pasa en todo Manhattan. Pero los bares y clubes de los Hampton se ponen a rebosar. La temporada es tan corta que nadie quiere perderse la ocasión de salir. Además, hoy en día pasa por allí toda la gente joven y sofisticada de Nueva York. Te lo pasarías de miedo.
–Dicho así suena genial, pero seguro que es imposible encontrar trabajo.
–Deberías venirte conmigo este fin de semana -sugirió Martin-. Te enseñaría algunos de los locales que frecuento. Conozco a un par de personas que me deben favores.
–A lo mejor… -Me quedé pensando en su oferta. Desde luego en el Finton's no estaba ganando el dinero que había esperado, y pasaba más tiempo escuchando historias lacrimógenas que preparando copas. Si hubiera estudiado psicología, en ese momento ganaría quinientos dólares por hora por el mismo trabajo que en el bar estaba haciendo gratis. Probablemente en los Hampton ganaría dinero a espuertas, podía ir a correr todas las mañanas por una playa de arena blanca, y tal vez incluso tuviera la suerte de ver a Clive Owen. Sonaba muy tentador, aunque en el fondo no sabía cómo iba a encajar yo entre tanto millonario. ¿No era una locura pensar siquiera en buscar otro trabajo cuando empezaba a cogerle el tranquillo a éste? Aun así, oía los cantos de sirena de los Hampton que querían alejarme del monótono barullo del Finton's.
–Si te quieres venir, yo salgo mañana por la mañana. En mi casa hay habitaciones de sobra, y el viernes puedes volver en tren, si tienes que trabajar por la noche -sugirió Martin.
–Vale, igual sí que voy. – Al fin y al cabo, ¿qué podía pasar por ir a echar un vistazo? Como mínimo saldría de la ciudad unos días.
Me fui a fregar la pila de vasos manchados de carmín que se había formado en torno al mugriento fregadero. Mientras Martin saboreaba su manhattan «perfecto», me pregunté si los Hampton no serían un ingrediente necesario en mi propio combinado.
OceanofPDF.com