El Manhattan perfecto

Shear, Leanne y Toomey, Tracy · Capítulo 13 de 17

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El Manhattan perfecto

Capitulo 13.

donde nos habíamos besado por primera vez.

–Cassie -comenzó. Estaba colorado y parecía exasperado.

«Se acabó -pensé-. Va a romper conmigo y a casarse con Amanda Hearst o con la Alicia en el País de las Maravillas del Maidstone.» Me quedé callada, con el corazón a mil por hora. Su reticencia despertó en mí todos mis miedos. Por fin se volvió a mirarme.

–Te quiero.

–¿Qué? – Fue como si me dieran un tiro en el estómago.

–Te quiero. Siento mucho lo de mi padre. Es un gilipollas y un arrogante. Ni siquiera me habla a mí. Pero ¿qué más da mi padre? Tú eres la única persona con la que quiero estar.

Yo noté que me derretía. La rabia se esfumó y ni siquiera me acordaba de lo que estaba diciendo. James me seguía mirando. Sonreí y pensé: «Yo también te quiero.»

Capitulo 13.

Bay breeze

Mis tacones nuevos Sergio Rossi de quince centímetros y color rosa (que me habían costado más de lo que ganaba en el Spark en una semana) se hundieron en la gravilla del aparcamiento. Me volví para admirar los yates amarrados en East Hampton Point. Las proas de un metro cabeceaban perezosas en las diminutas olas del puerto Three Mile mientras las tripulaciones fregaban afanosas las cubiertas. El sol se estaba poniendo y una delicada brisa marina apartaba el pelo de mis hombros. James le tiró las llaves al guardacoches y me agarró la mano, entrelazando sus dedos con los míos.

Ascendimos por una rampa del restaurante del club marítimo, cubierta con una alfombra roja, y llegamos a un bar con terraza donde docenas de rostros bronceados observaban vigilantes a todo el que entraba o salía.

Pasamos junto a una cocina abierta de la que salían deliciosos olores. Me sentía como una estrella de cine a punto de recorrer la alfombra roja el día de un estreno. Por un momento pareció que todo el mundo contenía el aliento observando nuestra llegada. Pero dos segundos después ya nos habíamos mezclado con aquella multitud tan bronceada, tan en forma y tan rubia. Los barman, ataviados con camisas impecables y gafas de sol Maui Jim agitaban bay breezes al ritmo de la banda de reggae que tocaba en

directo en el escenario que daba a la bahía. El aire vibraba de calor y actividad.

Para todo el que era alguien en los Hampton, tomar unos cócteles y unas tapas en East Hampton Point los domingos por la tarde era un ritual. Y

ahora, por lo visto, yo también era alguien. Miré a las niñas bien que parloteaban por allí, todas vestidas «de manera informal» con modelos de Cynthia Rowley (la diseñadora era de los Hampton) y alpargatas Michael Kors. E incluso vi nada menos que a Betsey Johnson, con un sarong de su propio diseño, haciendo oscilar sus trenzas al ritmo de las islas. Pensé que si la gente estaba tan segura como aparentaba de su riqueza y su posición, se podía permitir el lujo de sacar el «aspecto playero» de vez en cuando (aunque todavía me acordaba de lo que Annie me había contado sobre la ropa de Gwyneth Paltrow que parecía tan informal y que había costado casi más que mis estudios universitarios).

Me quedé un poco atrás con Glen y Tom mientras James se acercaba a una azafata de un metro ochenta que tenía más pinta de modelo del desfile de primavera del Húngaro que de recepcionista en el podio de roble de la puerta del restaurante. Llevaba un vestido blanco minúsculo que se ajustaba a cada centímetro de su cuerpo perfecto. Tenía el pelo largo y rubio recogido en una coleta alborotada a propósito.

–Queríamos una mesa para ocho, por favor. A nombre de Edmonton.

–Lo siento, señor Edmonton -dijo ella sin apenas alzar la vista-. Hay una lista de espera de una hora por lo menos.

No me lo podía creer. Si James y su pandilla tenían que esperar más de una hora para que les dieran mesa, aquel lugar debía de ser exclusivo de verdad.

–Vamos a tomar una copa al bar -sugirió James-. De todas formas tenemos que esperar a que lleguen las chicas.

Fuimos a la terraza. Me senté en una gigantesca silla de director y miré con envidia a los camareros que llevaban todo el verano poniéndose morenos mientras preparaban sus especialidades isleñas (que según mi ojo experto no eran más que ron Malibu Coconut con zumo). En aquel momento habría dado cualquier cosa por cambiar el sudoroso torbellino del Spark por aquel perfecto bastión de veraneo. Me prometí que si seguía sirviendo copas el verano siguiente buscaría trabajo en algún sitio al aire libre.

Cuando fui a pedir mi copa me acordé de Rosalind y las Perlas, que venían de camino. Ellas siempre bebían con recato champán o vino blanco, así que pedí una copa de chardonnay.

James me había recogido en la Casa de los Animales poco después de las seis. Tom y Glen iban en el asiento trasero recordando los mejores momentos del fin de semana. Por lo que decían era evidente que los dos se habían colgado de Elsie. Por lo visto el numerito que hizo con P. Diddy unas semanas atrás había sido la chispa que provocó su fascinación. Los dos me suplicaron que les contara todo lo que sabía de ella.

–Es una cocainómana con alteraciones alimenticias -dije-. Bueno, no me malinterpretéis. Tampoco es mala chica, pero tiene mucho mejor aspecto por la noche, no sé si me entendéis. Cuando sale el sol ya no está tan radiante.

–¡Jolín! – exclamó Tom, queriendo decir que me había pasado en mis críticas.

–Venga, Cassie -dijo Glen mientras girábamos a la derecha por la calle Three Mile Harbor-. Esa chica es la bomba y tiene un cuerpazo de impresión.

«Yo también lo tendría si me gastara todo el sueldo en cirugía estética», pensé con malicia. Pero decidí cerrar el pico. Bajé la ventanilla y me quedé mirando los grandes terrenos boscosos de aquella zona al norte de Montauk Highway conocida como los Springs. Me fascinaba aquella metamorfosis en el paisaje de los Hampton. Las carreteras eran estrechas y sinuosas y apenas había tráfico: no vimos ni un solo Hummer.

–¿Es aquello un campamento de caravanas? – pregunté señalando a un claro entre los árboles en el que se veía un grupo de remolques ruinosos.

Entre ellos había cuerdas con ropa tendida y entre la ropa correteaban niños descalzos.

–¡Venga ya! Los Springs son un gueto comparados con el resto de East Hampton, pero tampoco es que sea un gueto «de ésos».

–¡Que te digo que sí! ¡Mira!

Al acercarnos con el coche vimos a una mujer joven de aspecto hispano que se acercaba a uno de los remolques con un niño en la cadera y una bolsa de comida. Yo me acordé de mi primera excursión a los Hampton con Martin y Lily. Entonces había visto muchos trabajadores que parecían

«desaparecer» durante la temporada alta.

–Pero qué locura -comentó Glen muy sorprendido-. No sabía que estuvieran aquí.

–Ni yo -dijo James-. Es increíble que no los haya visto nunca.

Un par de semanas antes, cuando iba en el Jitney por la mañana temprano, al pasar por el 7-Eleven de Southampton vi por la ventana un montón de tipos latinos.

–Trabajadores ilegales -susurró la mujer que iba sentada a mi lado.

Parecía una hippie con sus sandalias Birkenstock y su falda larga y amplia.

Pero cuando vi que llevaba un bolso Hermes Berkin me di cuenta de que era en realidad una «ricafari», la especie hippie de los Hampton: liberales defensores de las causas perdidas que viven del dinero de papá-. También están en la estación de tren de East Hampton. Algunos residentes del pueblo están haciendo campaña contra los constructores y contratistas para los que trabajan. Yo estoy con ellos.

Por lo visto los emigrantes acudían en manada a los Hampton y estaban disponibles para cualquier clase de trabajo físico: labores de granja, jardinería, construcción. Y era una mano de obra mucho más barata que cualquier obrero legal porque estaban dispuestos a trabajar por menos del salario mínimo. Además, como sólo había una carretera para llegar a los Hampton y durante el verano el atasco de tráfico era constante, era muy difícil para las empresas de jardinería o de construcción llevar y traer a los obreros y los materiales. De manera que los temporeros se establecían en los Hampton y así estaban siempre disponibles. Pero los residentes estaban en contra de ellos.

Una semana más tarde, en el East Hampton Star, aparecía una carta al editor de una residente que se quejaba de que los temporeros se hacinaban por docenas en casas compartidas diminutas para poder vivir en los Hampton. A la mujer le preocupaba que su propiedad se devaluara debido a sus numerosos vecinos. Nosotros jamás habíamos recibido ninguna queja en la Casa de los Animales, aunque nuestro casero había deducido hacía tiempo que excedíamos con mucho la capacidad legal de la casa. Seguro que nadie escribía una carta quejándose de un puñado de yuppies blancos hacinados que se pasaban el verano borrachos como cubas.

También había leído una carta similar en el Independent de East Hampton. En ésta se quejaban de que había «cuatro o cinco coches delante de una sola casa compartida» habitada por temporeros. Lo curioso era que

en todas las casas de Further Lane se veían por lo menos cinco coches. Al fin y al cabo, cualquier familia de los Hampton necesitaba un SUV, un deportivo, un descapotable, una minifurgoneta, una camioneta de época y un Hybrid (para mitigar la mala conciencia por la gasolina que chupa el SUV). Por lo visto, aunque los trabajadores les hicieran las piscinas, les construyeran las casas, les cosecharan los campos y les embellecieran los jardines, los residentes de los Hampton preferirían que desaparecieran por arte de magia al final de su jornada laboral de diecisiete horas.

–Aquí están las chicas -anunció James, interrumpiendo mis pensamientos activistas.

Rosalind y las chicas, todas muy atildadas, llegaron al restaurante como si entraran en un cotillón, dando besos al aire y abriéndose paso con disgusto entre aquella multitud vestida de pantalones cortos, con unas sonrisas de concurso de belleza. Como el resto de los asistentes al club marítimo, se habían vestido de manera «informal»: camisetas CC California de distintos tonos pálidos y zapatillas de ante Manolo. Me sorprendió descubrir que era más alta que ellas cuando no llevaban tacones. Aunque Charlotte y Abigail solían llevar siempre peinados perfectos, aquel día tenían el pelo recogido en moños «alborotados» para protegerlo de la brisa marina. Buffy se había atado los rizos en una coleta impecable y el pelo de Rosalind, inmune a la humedad, le caía sobre los hombros. Calculé que los cuatro pares de gafas de Chanel que llevaban sobre sus pequeñas narices operadas debían de costar un total de dos mil dólares.

–¿Os traigo algo de beber? – ofreció Tom.

–No sé qué me apetece -replicó Charlotte con un mohín. Entonces se volvió hacia mí-. ¿Tú qué bebes?

–El chardonnay de la casa. Es bastante bueno.

–A ver la lista de vinos -pidió Rosalind con gesto agrio-. Odio que me sirvan el vino por copas.

–Oye, ¿no es aquélla Betsey Johnson? – preguntó Buffy. Miré a la diseñadora de moda, que entre toda aquella gente tan requeteblanca que bailaba torpemente con la banda, era la única que en realidad no desentonaba. Sus trenzas de colores rozaban al cantante africano mientras se daban golpes de cadera.

–Sí -contestó Charlotte-. Vamos a llevar las relaciones públicas de su nueva colección. Está loca perdida. Y por lo visto su hija, Lulu, también se

las trae.

–¡Yo conocí a su hija! – exclamé emocionada-. Vino al Spark la otra noche. Iba como una cuba y llevaba todo el vestido manchado de vómito.

Era asqueroso… -De pronto me interrumpí, sintiéndome gilipollas. ¿Cómo se me ocurría ponerme a hablar del vómito de Lulu Johnson? Aquellas tías siempre me hacían portarme como una idiota.

–Qué asco -resopló Rosalind.

Una hora más tarde estábamos sentados en torno a una gran mesa redonda con una vista espectacular de la puesta de sol en la reluciente bahía esmeralda. Era la mesa más grande de la terraza y los ocho cabíamos cómodamente. Yo me senté en territorio amigo, entre James y Tom, lo más lejos posible de las Perlas. Se nos acercó una camarera morena muy guapa.

Llevaba zapatillas deportivas y pantalones cortos, y tenía la frente perlada de sudor. Parecía un poco agobiada, pero a pesar de todo sonreía.

–Hola, ¿qué tal estáis, chicos?

–¡De maravilla! – contesté yo-. ¿Cómo llevas el turno? – Rosalind y Buffy se miraron.

–No me puedo quejar. Hace una tarde preciosa.

–Una botella de Pellegrino -interrumpió Rosalind-. Con limón y lima.

–Ahora mismo. – La camarera sacó el bloc-. ¿Queréis alguna otra cosa de beber? Ya veo que tenéis una botella de vino. – Pero todo el mundo había vuelto a sus conversaciones.

–Creo que no nos falta nada, muchas gracias -dije yo por fin.

La camarera me sonrió y se guardó el bloc en el delantal. Cuando ya se iba Rosalind la detuvo.

–Mira, tráeme otra vez la lista de vinos. Este riesling es demasiado dulce.

–Tenemos un chardonnay de California muy bueno.

–¿Cosecha?

La camarera se exprimió el cerebro intentando recordar la lista de vinos.

Parecía muy agobiada.

–Es de Sonoma…

–He dicho «cosecha».

–No estoy segura. Voy a mirar. – Pero antes de que se hubiera alejado, Rosalind empezó a pedir:

–Una ensalada de gambas a la plancha sin aliño, sin aguacate, sin cebolla y sin zanahoria.

La camarera se volvió sobresaltada, sacó el bloc y se puso a tomar nota frenéticamente.

–Para mí lo mismo -dijo Abigail.

–Y para mí -terció Buffy.

–Para mí también -pidió Charlotte. Era increíble: cada vez que Rosalind pedía algo, las demás la imitaban. Era como una hilera de fichas de dominó cayéndose una a una.

–Y deja lo de la lista de vinos -añadió Rosalind-. Tráeme una botella de Chateau D'Quiem. Supongo que tendréis de la cosecha del noventa y siete.

La camarera se volvió hacia los chicos, que pidieron dos filetes en su punto y un Surf 'n Turf para James.

–¿Y usted, señorita? – me preguntó a mí. Yo la miré a los ojos y al ver su expresión de agotamiento me dieron ganas de darle un abrazo. No era fácil pasarse el día correteando de un lado a otro para atender los caprichos de la élite de los Hampton. Seguro que estaba harta y agotada, como solía pasarme a mí cuando trabajaba, sólo que ella no contaba con la marcha que te da el alcohol. Cuando algún cliente insoportable me ponía de los nervios, yo por lo menos podía beberme media botella de Patrón con Jake.

–Para mí la ensalada de langosta, por favor. Muchísimas gracias.

–No puedo con la ensalada de langosta -declaró Buffy cuando la camarera pudo escapar por fin-. Lleva demasiada mayonesa.

–Yo odio la mayonesa -convino Abigail.

–Pero viene con patatas fritas, y las patatas de aquí molan mogollón-terció Tom. ¿Molan mogollón? pensé, intentando disimular una sonrisa.

Cada vez que los pijos utilizaban términos de argot como «molan mogollón» me daban ganas de echarme a reír.

–Yo no pruebo una patata frita desde el instituto -se jactó Charlotte, como si fuera su mayor logro en la vida.

Un momento después volvió la camarera con un chico que sirvió el champán y la segunda botella de vino. Primero la camarera se la presentó a Rosalind, que asintió con gesto altanero. La chica la abrió rápidamente con un fuerte chasquido. Rosalind frunció el ceño al oírlo.

–Perdón -se disculpó la camarera.

Sirvió una pequeña cantidad en la copa. Rosalind le dio unas vueltas y lo olió antes de beber un sorbo. Luego apartó la copa con cara de asco.

–No me gusta. Demasiado sabor a roble. Llévatelo y me traes otra cosecha. ¿Tenéis la del noventa y cuatro?

–Creo que sí.

–Pues tráeme una.

Jamás en mi vida había visto a nadie rechazar un vino después de probarlo, ni siquiera en el Finton's. Miré a James a ver qué cara ponía, pero estaba distraído mirando una lancha motora que pasaba por el puerto.

Después de otra ceremoniosa cata, Rosalind dijo de mala gana:

–No es que me guste mucho, pero me lo quedo, porque si no nos vamos a pasar el día abriendo botellas.

Me quedé mirando a las Perlas, todas muy erguidas, con las rodillas juntas y una pierna enroscada en el tobillo de la otra como la reina Isabel a punto de dirigirse al Parlamento. Me las quedé observando como tantas otras veces. No me podía imaginar cómo era su vida. ¿Qué hacían todo el día? ¿Ir de compras? ¿Ir al gimnasio? ¿Comer lechuga? Si fuera antropóloga habría dedicado el día al trabajo de campo con aquella manada de niñatas rubias. Sus actividades diarias (sobre todo de la variedad mental) eran un absoluto misterio.

Bueno, en realidad no tanto: podía elaborar algunas hipótesis.

Probablemente todas provenían de un largo linaje de gente rica sin mucho que hacer. Sin embargo, en nuestro tiempo no era precisamente bien visto que una chica que había ido a una buena universidad se pasara el día sin hacer nada, viviendo del dinero de la familia. Era una cuestión de apariencias. Por lo que sabía, todas trabajaban en relaciones públicas o, en el caso de Rosalind, de musas, después de licenciarse en la universidad del sur o de la Ivy League a la que hubieran asistido (y donde ingresaron en la misma fraternidad que sus madres y sus abuelas). Las grandes compañías de relaciones públicas estaban a rebosar de Perlas que no hacían más que matar el tiempo hasta que se casaban y tenían un hijo o dos. Una vez casadas, podían volver oficialmente a sus vidas ociosas y renunciar a sus

«carreras».

Pero ¿qué pasaba por sus rubias cabezas? ¿Se atormentarían pensando cuál era su lugar en el mundo, o se dedicarían a ir de fiesta en fiesta, de las

tiendas a los desfiles y de la manicura a la pedicura sintiendo que tenían derecho a todo lo que se les cruzara en su camino sin plantearse otra cosa?

–Dios mío, tengo las uñas fatal. En cuanto llegue a casa voya pedir hora para una manicura, una pedicura y una limpieza de cutis con oxígeno en Bliss -comentó Rosalind.

–Sí, yo también -corearon las otras tres.

Y aquélla era la respuesta a mis preguntas.

Cuando llegó la comida empecé con mi ensalada de langosta y le pasé a Tom un plato de sus patatas favoritas. Durante un rato sólo se oyó el ruido de los cubiertos sobre la porcelana. Luego, mientras nuestra camarera estaba tomando el pedido de una familia sentada en la mesa de al lado, Glen lanzó un silbido para llamar su atención.

–¡Glen! ¿Qué haces? – exclamé incapaz de contenerme.

–Necesito una cerveza -contestó él sin inmutarse.

–Pues si a mí me silba alguien así en el Spark, te aseguro que no le sirvo

-mascullé entre dientes. Por una parte esperaba que James me oyera y me diera la razón, pero él guardó silencio, absorto en su cola de langosta.

Me pregunté qué tendría aquella gente (por lo menos algunos de los que solían caerme bien en otras circunstancias) que los hacía ajenos a su propia indecencia. Entonces recordé que James me había contado que él se crió con un ama, una niñera, una cocinera, un mayordomo y varios criados.

–¿Qué es un ama? – le pregunté.

–Una persona que cuida de un recién nacido desde que vuelve a casa del hospital hasta que tiene cuatro o cinco meses. Vive en el cuarto del niño, le cambia los pañales, le da de comer y esas cosas.

–Pero ¿eso no es cosa de la madre?

–Supongo, pero los niños se despiertan muchas veces por la noche y la madre se tiene que recuperar del parto y todo eso, así que necesita descansar. Es mucho más fácil para todos contratar a un ama.

Yo pensé en mi madre, que había tenido tres hijos con dos años de diferencia entre ellos y sin doncellas, ni cocineras, ni niñeras ni mucho menos amas. Cuando nació mi hermano yo tenía dos años y mi hermana cuatro, y mi madre se las apañó con todo sin más ayuda que la de mi padre.

De hecho, siempre nos había dicho que fue la época más feliz de su vida.

Con un torbellino de imágenes de amas de Trinidad y Tobago y mayordomos ingleses vestidos de esmoquin, comprendí por fin por qué

Tom, Glen y las Perlas trataban a los camareros, los maitres, los guardacoches y los dependientes de las tiendas como si fueran sus criados personales. Estaban acostumbrados a que otra gente los sirviera y se habían criado con la certeza de tener derecho a todo.

Lo más curioso era que ni Tom ni Glen habían sido nunca groseros conmigo cuando trabajaba en el Spark. Era evidente que me consideraban diferente al «criado» normal, pero no sabía muy bien por qué. Tal vez porque salía con su mejor amigo, o a lo mejor porque había ido a una buena universidad y pensaba hacer algo en la vida aparte de servir copas. Era difícil discernir lo que a su entender convertía a la gente en «aceptable» y digna de su respeto. Hasta esa tarde siempre había pensado que Glen y Tom, a diferencia de Rosalind y las Perlas, eran más sensatos y no se tenían tan creído su linaje ni su educación. Pero ahora, viendo cómo trataban a la camarera, no tuve más remedio que cambiar de opinión. La decencia de una persona se nota en el trato que da a los que trabajan para ella.

James parecía incómodo. Me había leído el pensamiento y sabía que no me parecía nada bien la manera en la que sus amigos trataban a la camarera.

Me apretó la rodilla por debajo de la mesa, pero yo todavía me sentía decepcionada y sola.

–Yo invito -dijo James cuando nos trajeron la cuenta. Me sonrió para asegurarme de que iba a dejarle a la camarera una buena propina en compensación por las incesantes exigencias de nuestra mesa y metió su AmEx negra en la carpeta de cuero.

–No, me toca a mí -protestó Tom agarrando la cuenta y tirando la tarjeta de James sobre la mesa. Luego entregó su propia AmEx negra-. Tú pagaste anoche en el Tavern.

–Nos quedaremos a tomar una copa en el bar, ¿no? – dijo Glen.

James me susurró:

–¿Quieres que nos quedemos a tomar una copa, o nos vamos?

–Annie ha quedado en venir cuando termine con la cena -contesté-, así que podríamos quedarnos un rato.

La camarera se llevó la tarjeta.

–Voy un momento al servicio -dije.

Cuando me levanté James tiró de mí y me dio un cálido beso en los labios quemados. Me encantaba que me besara delante de las Perlas; me daba una sensación de triunfo total. James era con mucho el mejor partido

de la pandilla y era todo mío. Y además apreciaba mis ideas democráticas, aunque los demás no lo hicieran.

De camino al servicio, le di a nuestra camarera cuarenta dólares.

Los neoyorquinos de dinero se convierten en calabazas a las ocho los domingos para volver a la ciudad a velocidades de vértigo con los niños y las niñeras, y por lo tanto el restaurante de East Hampton Point comenzaba a vaciarse. El bar, sin embargo, estaba todavía a rebosar de gente joven que no tenía ninguna prisa por dejar atrás el magnífico día de verano.

Cuando volvía del servicio vi la cabeza de James por encima de la multitud. Estaba hablando con alguien. Me acerqué deprisa y le puse la mano en la espalda. James se apartó y vi que era Annie.

–¡Cassie! – exclamó ella. Nos habíamos visto un par de horas antes, pero cada vez que Annie me veía se le iluminaba la cara y me echaba los brazos al cuello como si nos hubiéramos separado hacía años. Era la mejor amiga que podía tener.

–¿Qué hay? ¿Qué tal ha ido la cena?

–Nos lo hemos pasado de miedo. Bobby Van es oficialmente mi restaurante favorito de los Hampton. Y Andre ha estado fantástico. Llamó antes de llegar para que tuvieran lista una botella de Dom en nuestra mesa.

Y conocía a todo el mundo. Pero a todo el mundo.

–¡Caray! – Era muy propio de Annie acabar saliendo con el famoso restaurador del que se rumoreaba que también salía con Uma Thurman. Las inhibiciones de Annie en cuanto a salir con dos personas a la vez eran inversamente proporcionales a sus ansias de tratar con los famosos. Lo había conocido la noche anterior en la sala VIP del Spark.

–Te he pedido un margarita azul. Son increíbles y te dan un pedo de flipar -comentó radiante.

–Pues qué bien. – Y aunque ningún barman que se respete se dejaría ver jamás con una bebida azul, brindamos con nuestras copas de color turquesa.

–¡Eh, chicas! – exclamó una voz conocida. Era Travis, muy moreno, con una camiseta verde, unos pantalones cortos gastados y sus sempiternas chanclas Reef. Llevaba una Bud en la mano.

–¡Travis! – chilló Annie-. Pero ¿qué haces tú aquí?

–Sí, creía que te pasabas los domingos trasegando Pabst Blue Ribon en el jardín con los demás descamisados -bromeé.

–Estoy subiendo de categoría -rió él-. He decidido unirme al mundo civilizado.

–¿De verdad?

–No, no es verdad. He venido con Camilla. Dice que es el «único» sitio al que hay que ir en domingo.

Me volví y vi a Camilla saludar a las Perlas:

–¡Madre mía! – Beso al aire. Beso al aire-. Estáis todas fabulosas…

–¿Te apetece una copa, preciosa? – James se me acercó por detrás y me rodeó la cintura con los brazos.

–James, éste es Travis. Travis, James. – Mis mundos chocaban. Aunque Martin Pritchard ya me había dicho que los Hampton eran cuatro veces más grandes que Manhattan, de pronto habían quedado reducidos al bar de East Hampton Point.

–Me alegro de conocerte por fin -dijo Travis, estrechando la mano de James-. Me han hablado mucho de ti.

–Encantado -contestó James, dedicándole aquella sonrisa de mil vatios con la que a mí siempre me cegaba. Si no triunfaba en la banca y se le acababa el dinero, pensé, siempre podría dedicarse a rodar anuncios de dentífricos.

Travis se volvió para llamar al barman y, siguiendo instrucciones de Camilla, pidió para las Perlas una botella del Sancerre más caro.

James me dio un beso.

–Estás guapísima con ese vestido -dijo con voz ronca. Yo le besé el cuello. Le olía tan bien que me dieron ganas de darle un mordisco-. Te quiero -susurró.

Lo miré a los ojos. Estaba guapísimo y me miraba como si no pudiera soportar perderme. Me hizo sentir tan querida que todas las dudas surgidas durante la cena se desvanecieron.

Respiré hondo.

–Yo también te quiero.

El edificio de lujo de James, situado en la frontera de la zona residencial del West Village y el solicitado distrito de la carne, estaba equipado con gimnasio y un solarium impresionante en el ático con piscina incluida. El lobby de estilo minimalista estaba diseñado por Philippe Starck. Martha Stewart, Calvin Klein, Nicole Kidman, Nelly Ripa y Mark Consuelos, así como otros incontables millonarios, vivían en el edificio. No había opción a

alquilar y los apartamentos se vendían a partir de dos millones de dólares por un estudio. El padre de James le había regalado un piso de dos dormitorios como presente de fin de carrera. Cuando volvíamos a la ciudad después de la cena en East Hampton Point, James me dio mi propio juego de llaves.

–No sé si tienes aire acondicionado en tu casa, así que ahora, aunque yo esté fuera de la ciudad, siempre tendrás un sitio donde dormir a tus anchas -

me dijo, dándome las llaves de su reino.

Para mí era un momento muy simbólico. Ya no tenía que dormir en un tercer piso sin ascensor, sino que podía ir al edificio más sofisticado de la ciudad. Y ya no tenía que tomar el Jitney, sino que contaba con mi propio Range Rover con chófer. Había subido de clase. De ser una aventurilla en los Hampton, James había pasado a ser mi novio oficial.

Esa noche, utilizando mis llaves por primera vez, entré en su casa y dejé las bolsas en el suelo de mármol del vestíbulo mientras James metía el coche en el garaje.

Después de un festín de helado de cookies, galletas Oreo y leche, nos quedamos dormidos en el sofá viendo Serendipity. James jamás lo habría admitido, pero era un forofo de las comedias románticas. El despertador sonó a las siete de la mañana y entreabrí los ojos dispuesta a iniciar una nueva semana.

Con los párpados entrecerrados lo vi ducharse, afeitarse y vestirse. Me sentía como una de esas esposas que se quedan en casa sin nada que hacer, y en parte no me importaba en absoluto. Se inclinó para despedirse con un beso. Olía tan bien que tuve que dominarme para no rodearle la cintura con los brazos y obligarlo a volver a la cama.

–¿Qué vas a hacer hoy? – me preguntó, agachándose para mirarme a la cara.

–Iba a escribir un poco.

–¿Por qué no te quedas aquí? Puedes utilizar el ordenador y la impresora o lo que necesites. Yo intentaré salir pronto esta tarde. Te invito a cenar en el Da Silvano.

–Vale, a lo mejor sí que me quedo. – Enterré la cabeza en la almohada y cuando él ya se marchaba musité-: Te quiero.

–Yo también te quiero -contestó él antes de cerrar con suavidad.

Me pasé todo el día con los calzoncillos Helmut Lang de James y su camiseta de Calvin Klein, disfrutando del lujoso apartamento con aire acondicionado, viendo películas y poniéndome al día de todos los episodios de Sexo en Nueva York que me había perdido. Viendo por la ventana a toda la gente sudorosa que batallaba contra la humedad de las calles ardientes agradecí a mi suerte no tener un trabajo de día y no tener que ponerme un traje y enfrentarme al calor de la ciudad.

A eso de las cuatro pensé que sería buena idea intentar al menos trabajar un poco. Su Mac G5 y la impresora parecían palpitar en la esquina, invitándome al calor de su resplandor plateado. Las notas garabateadas en las servilletas que tenía en la bolsa pedían a gritos que las pasara a mi cuaderno. De manera que me senté en la silla de lujo y me quedé admirando la opulenta mesa de palisandro que parecía haber pertenecido a Alexander Hamilton.

No pude evitar la tentación de echar una «miradita» al primer cajón. No había más que sellos, tarjetas de visita, una grapadora y unas cuantas facturas de un viejo teléfono móvil. Cerré el cajón, decidida a no ser una de esas tías espantosas que curiosean y espían a sus confiados novios. Pero al final no pude evitarlo: abrí poco a poco el siguiente cajón y me puse a mirar entre los papeles.

Me entró una especie de frenesí. Tampoco encontré nada interesante en ese cajón. No sabía con exactitud qué estaba buscando, pero necesitaba descubrir por lo menos algún secretillo, de manera que me puse a mirar de cerca todos los objetos que encontré en el siguiente cajón. Pero ni las fotos, ni los extractos bancarios ni la correspondencia me revelaron nada que no supiera ya: que James era multimillonario, que fue a Yale y que era muy amigo de Tom, Glen y las Perlas. Cerré el cajón exasperada. Hubiera dado cualquier cosa por saber la contraseña de su correo electrónico.

Al final del último cajón encontré una copia de El gran Gatsby y volví a enamorarme de James. Las páginas estaban muy gastadas y la cubierta estaba pegada con papel celo. A juzgar por su aspecto, James debía de haberlo leído mil veces. Cuando iba a meterme de nuevo entre las sábanas con la novela, otro libro me llamó la atención.

The Hampton Blue Book, ponía con letra plateada en la cubierta azul.

Tenía más o menos el tamaño y el grosor de una novela. Parecía ser una especie de guía telefónica de los Hampton. Todas las entradas tenían un

apellido, una dirección y un número de teléfono, seguidos de una lista de todos los nombres propios de los miembros de la familia junto con la universidad a la que habían asistido y el año en que se habían licenciado.

Me puse a buscar en la E, hasta encontrar Edmonton: 17, Lily Pond Lane, (631) 555-6564. James Richard II; Yale 1970. James Richard III; Yale 2000.

Martin Pritchard también aparecía en el libro. Averigüé que tenía dos hijas, Rebecca y Erica. Las dos se licenciaron en Cornell y luego asistieron a la Johns Hopkins Medical School. Encontré también a la familia de Rosalind y me enteré de que todos los miembros se habían licenciado en Harvard. Todas las otras Perlas estaban también en el libro, además de Tom y Glen. Entonces me acordé de que Jake había vivido siempre en los Hampton. Me hubiera gustado buscarlo, pero no sabía su apellido.

De pronto oí el ruido de la cerradura y metí a toda prisa los dos libros en el cajón, lo cerré y salí al pasillo justo cuando James entraba. Él se aflojó la corbata Paul Smith y tiró la cartera al suelo.

–¡Qué alegría que te hayas quedado!

–¿Cómo es que vienes tan pronto?

–Influencias que tengo -contestó con un guiño. Se dejó caer en el sillón y tiró de mí hasta sentarme en su regazo-. Porque necesitaba verte. ¿Qué has hecho todo el día?

–¿Qué es el Hampton Blue Book? – pregunté de pronto, sorprendiéndome con mi falta de contención.

–¿Por qué lo preguntas?

–No sé… por curiosidad.

Me miró con expresión acusadora y yo intenté cubrirme las espaldas:

–Estaba buscando un bolígrafo para anotar unas ideas y…

James me dio un beso. Por lo visto no estaba enfadado. De hecho, parecía divertido.

–Dime, ¿qué es? – insistí.

–No sé. Una tontería.

–¿Es como una guía de teléfonos?

–No exactamente.

–Entonces, ¿qué es?

James lanzó un suspiro exagerado.

–Es el registro social de los Hampton-contestó con fingido acento británico. Puso los ojos en blanco y prosiguió-: Cassie, es una tontería. Un

maldito comité anónimo se reúne todos los años para sacar una lista de las familias supuestamente importantes de los Hampton. Es ridículo.

A mí me dio un vuelco el estómago.

–Así que es un compendio de toda la gente rica de los Hampton para que todos sepan con quién es aceptable tratar, ¿no? No vaya a ser que por casualidad vayan a relacionarse con alguien que no pertenece a su casta.

–Cassie, ya te he dicho que es una tontería. Me da hasta vergüenza aparecer en el libro. Lo odio.

–Pues no eres el único que aparece. También están Tom y Glen, y Rosalind, Charlotte, Buffy y Abigail. Estáis todos.

–¿Y qué más da? No significa nada. – Yo miré sus ojos verdes y dorados-. No importa, Cassie -me aseguró-. Anda, vístete y nos vamos a cenar.

Me metí en el baño, abrí el grifo de su ducha de ejecutivo (con seis surtidores de agua, toallas calientes, suelo caliente, un dial para controlar la temperatura del agua y todos los productos de diseño que se pueda uno imaginar), me desnudé y entré. No podía dejar de pensar en el Hampton Blue Book. Todo este tiempo había intentado convencerme de que el sistema de castas Manhattan-los Hampton eran imaginaciones mías, y ahora había encontrado pruebas irrefutables de que existía en realidad.

Lo que más me molestaba era que aunque yo ganara cien billones de dólares, me hiciera famosa como escritora, como filántropo o como lo que fuera, seguiría siendo imposible que apareciera en ese libro. El Hampton Blue Book estaba reservado exclusivamente para la gente que tenía un cierto linaje. En cierto sentido, mis genes estaban contaminados. Todo aquello sonaba muy antiamericano. ¿Y las historias de Horado Alger? ¿Y todo eso de «de la pobreza a la riqueza»? ¿No era ése el sueño americano? Yo había leído en el instituto que Andrew Carnegie era un trabajador inmigrante que ganaba dos céntimos a la semana antes de convertirse en el mayor magnate del acero y barón ladrón que Norteamérica había conocido jamás. Me pregunté si lo habrían dejado aparecer en el Blue Book. Con sus raíces de clase obrera, seguramente lo echarían del Maidstone.

–… Así que no vamos a abrir las puertas al público hasta la una de la mañana por lo menos -explicó Shalina el fin de semana siguiente-. Los invitados de la fiesta White serán los únicos a los que atendamos hasta que decidamos que pueden entrar las masas. Barra libre incluido el Johnnie

Blue, los coñacs, todo. Y aseguraos de que tenéis reservas de sobra de Hypnotiq y Cristal.

Todos los veranos, a mediados de agosto, P. Diddy celebraba su famosa

«fiesta White» en su propiedad de los Hampton, que curiosamente estaba en los Springs. Pero más curioso todavía era el hecho de que se tratara de la invitación más deseada de la ciudad: hasta los residentes de más alcurnia que arrugaban la nariz ante «ese tipo de gente» querían acudir y ser vistos en el acontecimiento. Aquel verano el fin de fiesta de la fiesta White se celebraría en el Spark.

–Dame dos Heineken -gritó Jake una hora después, cuando la fiesta estaba en pleno apogeo. Saqué dos botellas verdes de las profundidades de la nevera de las cervezas de importación, las abrí y se las pasé a Jake, que estaba agitando un red devil-. Esta fiesta es una puta mierda -gruñó.

Yo no estaba de acuerdo. Allí había más estrellas que en el planetario del Museo de Historia Natural. Yo no había visto tantos famosos en mi vida y, aunque intentaba hacerme la indiferente, la verdad es que estaba impresionada, sobre todo cuando vi a Alex Rodríguez de los Yankees y a Jason Kidd, de los Nets, brindando en la VIP con Bruce Willis, Jared Leto y Rosario Dawson.

–Odio la puta barra libre. No nos dan propinas y ya sabes lo que la bruja de Shalina nos va a pagar -prosiguió él, antes de pimplarse un enorme trago de Patrón-. Sólo quedan tres putos sábados del verano y yo aquí, perdiendo el tiempo trabajando gratis, joder. Esto es una puta mierda.

–Por lo menos la barra libre se cierra a la una -le recordé, tanto para su tranquilidad como para la mía-. Algo de pasta sacaremos entonces.

–Cassie, tú no lo entiendes. Normalmente sacamos pasta de diez a cuatro. Hoy sólo va a ser de una a cuatro, con lo que vamos a ganar la mitad. – Hablaba rechinando los dientes, como si explicara una sencilla suma a un retrasado mental-. El verano se termina ya. Ésta es la última oportunidad de hacer dinero.

Sus palabras se quedaron resonando en mi mente y me provocaron un ataque de pánico. ¿Cómo podía haber pasado el verano tan deprisa? El dinero que ganábamos en el Spark era a la vez una bendición y una maldición. Yo compraba cada vez con más frecuencia en Ralph Lauren y Scoop Beach, y me daba el lujo de tomar desayunos de sesenta dólares en Babette's. Tenía hasta pendientes de brillantes. Cada vez que salía de copas,

dejaba unas propinas que ni que fuera el rey Midas, y todo eso mientras estaba hasta el cuello de deudas con las tarjetas de crédito. No había ahorrado ni un duro y, aunque había ido haciendo algunos pagos pequeños, todavía le debía al padre de Alexis unos quinientos dólares por la fianza de la casa. No contaba con que dejaría de ganar dinero tan bruscamente, pero Jake tenía razón. El verano se terminaba y yo sabía que en el Finton's no iba a sacar ni la mitad.

Cuando tuvimos un momento un poco más tranquilo, Jake se inclinó hacia mí con expresión amenazadora, como si estuviera a punto de urdir un plan para dominar el mundo.

–Más vale que pongas de tu parte, si quieres terminar el verano aquí.

–¿De qué me hablas?

–Ya sabes de qué te hablo, joder. A mí no me vengas haciéndote la santa

-gruñó-. Escucha, cuando te den el precio exacto de un pedido, marca sólo una copa para que se abra la caja y mete todo el dinero. Lo único que los observadores quieren ver es que la caja se abre y que tú metes la pasta. Pero anota todo el dinero extra que has metido y al final de la noche, cuando estemos cerrando, esconde el dinero donde puedas, métetelo en el zapato, en el bolso, donde sea. Luego nos lo repartimos.

Yo lo miré sin decir nada.

–Si no eres capaz, hago que te trasladen a la barra de atrás y tendrás suerte si llegas a ganar cien dólares -susurró con rabia, salpicando saliva que aterrizó en mi frente.

Con sus amenazas todavía resonando, fui a servir a una mujer madura que llevaba un traje de pantalón blanco e iba cubierta de diamantes del tamaño de pelotas de golf. Parecía una réplica de Elizabeth Taylor.

–¿Qué le pongo?

–Una copa de cabernet, por favor -contestó ella, cegándome con su anillo de diamantes de diez quilates.

Cuando fui a echar mano a la botella de vino se me resbaló de las manos y se hizo añicos. Los cristales llegaron hasta la cubitera de hielo. Llamé a la ayuda de barra para que me trajeran más hielo y me apoyé sobre la barra para recuperar el aliento. No sabía qué hacer. Si no cumplía con el plan de Jake perdería mi puesto en la barra principal. Pero me sentía del todo incapaz de robar de aquella manera. Maldije al Spark por su mala organización. Jake era supuestamente el barman jefe, y su modus operandi

consistía en robar el dinero de los dueños. Lo más seguro es que hubiera sido él el que hizo que me pasaran a la barra trasera al principio del verano, pensé con amargura. Pero aunque no me imaginaba haciendo lo que me había pedido, me aterraba terminar el verano todavía con más problemas económicos.

Durante el resto de la fiesta privada, Jake estuvo preparando copas sin inmutarse, más contento que unas pascuas. Antes de que nos diéramos cuenta ya era la una, pero la fiesta no había terminado y las oportunidades de ganar dinero legítimo se iban reduciendo a cada minuto. El club no abrió las puertas al público hasta las dos, cuando entraron en manada cientos de clientes que llevaban un buen rato esperando fuera, retenidos por el amenazador cordón de terciopelo. Todo el mundo se lanzó chillando hacia la barra. Yo respiré hondo y me preparé para vivir mis aventuras y desventuras en el papel de Bonnie junto al Clyde de Jake.

–Tres Ketel con tónica, dos cosmo y tres Corona-pidió alguien.

–Noventa y cuatro dólares por favor.

Él me tendió cien.

–Quédate el cambio.

Jake se volvió al oír las palabras mágicas y se me quedó mirando. Yo fui a la caja y marqué con toda la frialdad que pude dos Corona por veinte dólares y dos Ketel con tónica por veinticuatro. A continuación metí los noventa y cuatro dólares y en un cuadernito escribí con números diminutos: 50. Me giré deprisa y miré las cámaras, sin saber si había habido algún testigo de mi delito. Todo parecía normal, de manera que seguí trabajando.

–Dos Mount Gay con tónica y tres pinot -pidió una mujer. Odiaba que me pidieran pinot. Pinot significa «uva». Lo que tenía que haber dicho era si quería pinot grigio o pinot noir. Por suerte no teníamos pinot noir, así que el misterio era fácil de resolver.

–Sesenta dólares.

Ella me tendió setenta.

–Quédate con el cambio.

Yo, muy nerviosa, sólo marqué dos de los pinot grigio y metí los sesenta dólares en la caja, cambiando mis 50 por 86. Volví a escudriñar ansiosa la muchedumbre. Había un hombre vestido de negro, muy sospechoso. Estaba convencida de que se dedicaba a tomar notas sobre mi reprochable comportamiento. Pero decidí que eran imaginaciones mías, de manera que

seguí preparando copas y marcándolas, quedándome de vez en cuando con veinte dólares para Jake y para mí. Era más fácil de lo que pensaba. Antes de darme cuenta, la cifra de mi cuadernito de robos era de doscientos dólares. Pensé que eso era suficiente y pasé el resto de la noche marcándolo todo bien.

Shalina apareció a eso de las cuatro y nos dio veinticinco dólares a cada uno por trabajar en la barra libre cuatro horas. O sea, que nos pagaba unos seis dólares con veinticinco centavos por hora. «Ella nos estafa, así que es justo que nosotros hagamos lo mismo», me dije. Me prometí que jamás robaría dinero en el Finton's. Por mucho que Laurel y Dan me pusieran a veces de los nervios, siempre cuidaban de sus empleados y nos pagaban más de lo justo. Dan incluso nos daba propinas cuando se sentaba en la barra para tomarse un par de cafés (o demasiadas copas de vino).

–No me puedo creer que se haya acabado la noche -comenté.

–¿Qué tal ha ido? – me preguntó, con una elocuente mirada.

–Bien -contesté, bebiéndome la quinta copa de Veuve-. ¿Me puedes llevar a casa?

–Sí. ¿Annie viene también?

–No. Se marchó hace una hora con el tío nuevo con el que está saliendo.

La noche había terminado, pero a mí me quedaba un pequeño problema: tenía que sacar doscientos dólares de mi caja y metérmelos en la bolsa de maquillaje sin que me vieran ni las cámaras ni los observadores. Saqué todo el dinero de la caja con el corazón a mil por hora, lo metí en el sobre de cuero azul, agarré la bolsa de maquillaje y luego me agaché, fuera del alcance de las cámaras, como si fuera a buscar algo en los armarios inferiores. En cuclillas sobre la mugre de detrás de la barra, saqué doscientos dólares del sobre, arrugué los billetes con la mano y los metí al fondo de la bolsa. Luego cerré el sobre, me incorporé y fui a las mesas, donde todo el mundo estaba contando el dinero. Todavía me latía el corazón como loco y tenía más adrenalina en las venas que si acabara de atravesar la meta de la maratón de Nueva York.

Recogimos y contamos el dinero en un tiempo récord, seguramente porque sólo habíamos utilizado las cajas registradoras durante menos de dos horas. De camino a la salida me llevé la botella de Veuve.

–Bueno, ¿a cuánto asciende el total? – me preguntó Jake, una vez que estuvimos a salvo en su coche, de camino a mi casa.

–Doscientos dólares.

–No está mal para ser tu primera noche, pero te puedes superar. – Jake entró en la gasolinera Hess, al final de la calle del Spark,se sacó del calcetín un fajo de billetes de veinte y me los tiró en el regazo-. Cuéntalo.

Allí en el coche a oscuras, en una gasolinera desierta, con cientos de dólares por todas partes y una botella de champán vacía entre las rodillas, me parecía estar concluyendo una venta importante de drogas o una cosa así.

–Cuatrocientos treinta y cinco -dije, alucinada. ¿Es que nadie se iba a dar cuenta de que faltaba tanto dinero en la marca de Jake? Entre los dos habíamos robado más de seiscientos dólares.

–O sea, trescientos diecisiete para cada uno -comentó Jake-. No está mal. Así que contando con las propinas y el dinero de las camareras, hemos sacado… unos quinientos por cabeza, ¿no?

–Pues sí.

Quinientos dólares. De no haber sido por nuestras operaciones encubiertas, habríamos sacado menos de la mitad. Resultaba curiosamente emocionante. Era la dueña de mi propio destino. Podría pagar el alquiler del mes siguiente y a lo mejor comprarme incluso un vestido nuevo para una fiesta benéfica a la que James me había invitado.

Pero al salir de la gasolinera, mientras el sol se alzaba poco a poco sobre Montauk Point, lo que más me molestaba, más que el atisbo de paranoia que apenas asomaba a mi conciencia, era que no me sentía culpable en absoluto.

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