El Manhattan perfecto
Capítulo 4.
Salty dog
–¿Para qué necesitas otro trabajo de barman?
Cuando le conté que iba a buscar trabajo en Southampton, la preocupación de mi madre fue palpable incluso por teléfono.
–Ya sabes lo que pasa cuando intentas abarcar demasiado -prosiguió-.
Al final caerás enferma, y ni siquiera tienes seguro médico.
La verdad es que en mis anteriores veranos en Nueva York había comprobado que del Memorial Day al día del trabajo la ciudad sufría una desagradable transformación que no se parecía a ninguna otra zona metropolitana de Norteamérica. Entre el calor de casi cuarenta grados, la humedad insoportable, el aumento de la población de ratas y cucarachas, y la proliferación de toda clase de olores corporales, los neoyorquinos emigraban en masa a sus segundas residencias en Connecticut, los Catskill, Fire Island y, por supuesto, los Hampton, la flor y nata de los retiros de veraneo. El asfalto y las aceras absorbían el sol y concentraban el brutal calor, de manera que incluso después del atardecer irradiaban temperaturas de horno e impregnaban el aire de un regusto pegajoso a alquitrán. La isla quedaba envuelta en una nube de contaminación, y entrar en el metro era como estrellarse contra una pared de calor saturado de olor a orina. Con aquel calor abrasador se reducía al mínimo la cantidad de ropa que se vestía, y con los silbidos y gritos que había que oír, andar por la calle se convertía en un estudio en directo sobre el acoso sexual. Alexis había instalado aire acondicionado en su habitación, pero yo, por supuesto, no podía permitirme ese lujo. Mi cuarto era una sauna, y eso que ni siquiera estábamos a finales de mayo. En pocas palabras, Nueva York era el peor sitio del mundo para pasar el verano, y había que estar loco para no aprovechar cualquier ocasión de escapar, sobre todo con la posibilidad de codearse en la playa y en restaurantes de cinco tenedores con millonarios y estrellas del rock.
–Mamá, te aseguro que no me pasará nada -quise tranquilizarla-. Y voy a ganar un montón de dinero.
–Pero, cariño, tú decías que si ibas a la escuela de coctelería ganarías mucho más dinero del que ibas a poder gastar.
A esas alturas todavía no les había dicho a mis padres que las promesas de Martini Mike's de sueldos de mil dólares por noche no se parecían en nada a la realidad. Y desde luego por nada del mundo les contaría que ni siquiera había aprobado el curso. Ellos insistían mucho para que me diera de alta en ehealthinsurance.com, una página web dedicada a ayudar a los trabajadores autónomos y a los dedicados a otras ocupaciones «no tradicionales» a buscar seguros médicos y evitar «la pobreza de la clase media». Aunque el sitio ofrecía un buen servicio, yo no veía cómo me ayudaría otra factura mensual de trescientos siete dólares a mejorar mi salud. Decidí que tendría que conformarme con la vitamina C y el complejo vitamínico que había comprado en Duane Reade.
También había decidido que la mejor manera de seguir adelante era irme a servir copas allí donde el dinero crecía en los árboles.
–En los años ochenta me pasé un par de veranos trabajando en un bar gay de Wainscott. El Swamp, se llamaba -me contó Billy cuando oyó a Martin mencionar los Hampton-. Nos sacábamos seiscientos dólares por noche sin problemas, y a veces hasta mil. Y eso era hace más de diez años.
No te puedes imaginar el dinero que derrocha allí la gente.
–¿Que te vas a trabajar a los Hampton? ¡Alucinante!
Eran las siete de la mañana del jueves, y Alexis estaba impresionadísima al verme levantada y vestida tan temprano.
–Así que el tío ése que conociste en el Finton's… ¿Cómo se llamaba?
–Martin Pritchard.
–Eso, Martin. ¿Y quiere que vayas con él a los Hampton hoy? – Llevaba puesto un quimono de seda color escarlata y el pelo recogido en un moño perfecto. Se estaba preparado el primer expreso del día en la cafetera Boden de cinco mil dólares que su madre nos había comprado.
–Sí. Por lo visto conoce al dueño de un bar de allí que se llama Saracen.
Creo que está en Wainscott. ¿Tú sabes dónde queda eso?
–Sí. – Alexis permaneció pensativa mientras examinaba la impecable manicura francesa que le hacían todos los martes en Rescue Beauty Lounge-. Es un pueblecito entre Bridge y East Hampton.
–¿Bridge?
–Bridgehampton -resopló ella.
–Ah. – Metí en la mochila los auriculares y el New Yorker-. Lex, ¿no te parece un poco raro que me vaya con Martin? Al fin y al cabo casi ni lo
conozco.
–Es amigo de Dan Finton, ¿no?
–Sí.
–¿Se te ha insinuado alguna vez?
–¡Qué dices!
–Bueno, aparte de ofrecerte un fin de semana romántico en los Hampton, claro -añadió con socarronería.
–Te aseguro que no es eso -protesté.
–¿Te ha pedido que salieras con él o algo así?
–No. En absoluto.
–¿Se te queda mirando cuando estás trabajando?
–No -contesté, hurgando en mi mente en busca de alguna ocasión en la que me hubiera hecho sentir incómoda-. La verdad es que siempre ha sido todo un caballero.
–Pues entonces no me parece raro. Seguramente sólo quiere ayudarte.
¿No decías que había ido a Columbia?
–Sí, se licenció allí y se sacó el máster en Harvard. Dan dice que es uno de los marchantes de arte más prósperos de Nueva York.
Alexis asintió y echó un sobre azul de Equal en el café hirviendo.
–Te juro que como siga tomando tanto Equal un día me va a salir otro ojo en mitad de la frente. – Señaló el café con el dedo-. ¿Quieres un poco?
–No, gracias. Me encuentro fatal. No voy a volver a beber en la vida.
La noche anterior me había tomado en el trabajo quince «chupitos de niños» de Jameson, y aunque según los cálculos de Billy aquello no representaba en realidad más de cuatro tragos, por la mañana desperté con una resaca terrible. Además de los cientos de calorías de cada chupito, la cerveza y el vino que bebía, no podía ni empezar a calcular las infinitas calorías que consumía en la comida. Ahora me daba por pedir todos los días un desayuno completo en el 7A a las cinco de la mañana, cuando volvía del trabajo, después de las copas que me tomaba al salir. Por no mencionar que el hecho de trabajar en un restaurante no me ayudaba precisamente a combatir mi cintura en expansión: durante toda la noche tenía a mi disposición en la cocina pan, calamares fritos, patatas y tarta de chocolate.
Me juré en aquel momento que no volvería a probar el alcohol en una semana por lo menos y que intentaría incorporar algo de verdura a mi dieta.
–Pero, en serio, Lex -proseguí, desterrando mi resacosa mala conciencia y mi ansiedad-. ¿No crees que debería preocuparme por…? No sé, por estar sola con él. Nunca he estado con él fuera del Finton's, y allí siempre está la barra entre nosotros.
–Le estás dando demasiadas vueltas. ¿Qué edad tiene? Unos setenta años, ¿no? Probablemente sólo quiere echar una mano a una compañera de Columbia. Además, yo salgo de copas con mi jefe continuamente, y tiene como cien años más que yo. Tú considera que Martin es un colega del trabajo. Te podría ir de maravilla. A lo mejor por fin consigues dejar de preocuparte por el dinero.
Para Alexis, mis constantes neuras con el dinero eran como preocuparse por un mal teñido de pelo en Bumble and Bumble: nunca era tan malo como una creía, y lo mejor era dejar de pensar en ello.
Cogí la mochila y me encaminé hacia la puerta mientras ella se bebía el expreso doble de un trago.
Media hora más tarde llegué al edificio de Martin, todavía resacosa pero ilusionada con el viaje. Martin vivía en la parte alta de la ciudad, en The Pierre, en la Quinta Avenida, entre las extravagantes estructuras de la milla de los museos (esa parte de la Quinta Avenida que rodea el idílico lado oriental de Central Park y alberga los más importantes museos de Nueva York, incluido el Metropolitan y el Frick). Pagué al taxista con mi último billete de veinte dólares, que se suponía tenía que durarme hasta mi siguiente turno en el Finton's, y me bajé enfrente de The Pierre. El portero, que llevaba el uniforme negro de rigor, con botones de latón y gorra de plato, me miró de arriba abajo, advirtiendo mi atuendo Oíd Navy y mi maltrecha mochila.
–¿Puedo ayudarla en algo?
–Hola. – Sonreí-. Soy Cassie Ellis. Vengo a ver a Martin Pritchard.
Su expresión se suavizó.
–Buenos días, señorita Ellis -dijo mientras abría con sus manos enguantadas la pesada puerta de cristal-. Siéntese, por favor, mientras aviso al señor Pritchard de su llegada.
En aquel opulento vestíbulo, con su grandiosa escalera de mármol y las arañas de cristal que acentuaban una suntuosa alfombra de color oro y marfil digna del rey de Persia, me sentí como Annie la Huerfanita en la mansión de Papá Warbuck. Al ver a los residentes que entraban y salían,
perfectamente atildados, con bolsas de Takashimaya, Gucci y Henri Bendel, sentí a la vez emoción y algo de envidia. Me senté en un lujoso sillón de terciopelo rojo que bien podía haber pertenecido a Cleopatra.
–Hola, cariño -me dijo Martin nada más salir del ascensor, bastón en mano. Lo seguía un mozo con cinco maletas Louis Vuitton ordenadamente apiladas en un carro. Martin se agachó para darme un beso en la mejilla. El aliento le apestaba a tabaco y zumo de tomate, como si hubiera trasegado unos cuantos bloody mary con el desayuno. Sin la barra entre nosotros, me di cuenta de que era por lo menos quince centímetros más bajo que yo.
–Hola, Martin -lo saludé, intentando no palidecer ante su mal aliento-.
Siento llegar tarde.
–No te preocupes. Todavía estoy esperando a que saquen el coche del garaje para que el portero meta el equipaje. – Se acercó al portero y le preguntó-: ¿Ha llegado Lily?
–Sí, señor.
–¿Quién es Lily? – quise saber.
–La mujer con la que salgo. Se viene con nosotros a Southampton.
Al oír aquello sentí un profundo alivio. No sabía que Martin saliera con nadie, pero me alegraba de no tener que pasar todo el día a solas con él.
Me pregunté con qué clase de mujer saldría un hombre como Martin.
Imaginé que Lily sería conservadora del Louvre, una distinguida catedrática de Antropología o tal vez una subastadora de Christie's con la que compartía su pasión por el arte.
Mientras esperaba a Martin había advertido un enjambre de mujeres estilo Bergdorf Blonde de Plum Sykes', armadas con chihuahuas con jersecitos rosados que se asomaban curiosos desde sus bolsas de punto de Bottega Vennetta. Me fijé en los otros rostros del vestíbulo, buscando a Lily, y distinguí a una rubia atractiva de unos cincuenta y cinco años.
Llevaba un traje de Chanel color cascara de huevo y unos preciosos zapatos Manolo Blahnik. Parecía mirar en nuestra dirección, pero pasó de largo por nuestro lado y Martin no dio señales de reconocerla. Había otra mujer, más madura, de pelo castaño recogido en un elegante moño, que estaba sentada en un sillón leyendo The Economist, pero Martin ni siquiera la miró. Luego me fijé en una mujer joven, de mi edad más o menos, sentada en una butaca victoriana en el centro del vestíbulo. Debía de ser la hija de algún magnate
millonario de la industria inmobiliaria que había tenido el privilegio de criarse en aquel lujoso edificio u otros parecidos.
–¡Buenos días, Lily, cariño! – la llamó Martin.
–¡Marty! – La chica se levantó de un brinco y le echó al cuello unos brazos largos y torneados antes de darle un largo beso en la boca. Me quedé de piedra. Él le puso una mano cubierta de manchas seniles sobre un hombro de porcelana y pensé seriamente en renunciar al viaje. Que un ejecutivo de cuarenta años pagara la cuenta del bar a una chica de veintidós en Spice Market era una cosa, pero que un corpulento septuagenario saliera con una mujer cincuenta años más joven era pasarse de la raya.
Claro que Lily tampoco era la típica rubia tetona por la que la mayoría de los ricos, sobre todo en Nueva York, cambiaban a sus esposas en cuanto se hacían algo mayores. Lily era delicada. Iba vestida toda de blanco, con un jersey de cachemira sobre sus estrechos hombros. Su pelo castaño embellecía sus ojos avellana, era unos treinta centímetros más alta que Martin y muy delgada (cuarenta kilos empapada de agua, como decía mi abuela). Estaba leyendo el Town and Country, con sus gafas de montura negra en delicado equilibrio sobre su diminuta nariz.
–Lily, te presento a Cassie -dijo Martin.
–Hola, cariño. Qué alegría conocerte por fin. Martin me ha hablado mucho de ti. – Metió la revista en su bolso de Goyard con monograma y dejó al descubierto unos dientes que rivalizaban en blancura con sus pantalones.
–Yo también me alegro de conocerte -contesté, a pesar de que Martin jamás la había mencionado. Extendí una mano sudorosa para estrechar la mano delicada y primorosa que ella me ofrecía.
–Bueno, ¿estamos listos? – preguntó Martin.
Lily y yo asentimos a la vez. Martin chasqueó los dedos y el mozo se apresuró a añadir la colección de maletas Louis Vuitton de Lily a nuestro equipaje. Lo seguimos hasta la calle, donde nos aguardaba el Jaguar de Martin. Antes de abrocharse siquiera el cinturón de seguridad, Martin y Lily encendieron sendos cigarrillos. Siempre he detestado el humo del tabaco, y cuando las volutas me envolvieron la cabeza estuve a punto de desmayarme.
Mientras recorríamos la Quinta Avenida de camino hacia el túnel, pasamos por delante de muchos edificios de lujo, con portero y marquesinas
verdes sobre postes de bronce que relucían al sol de la mañana. Al pasar por Bergdorf Goodman, los almacenes más caros e intimidantes de todo Manhattan, Lily saltó:
–Cariño, tenemos que parar en los Bergdorf para ver la nueva línea de Celine. Me han dicho que es fabulosa.
–Seguro. Y conociéndote, harás que te la compre entera antes de que termine el verano -dijo Martin con sorna. Lily soltó una risita de regocijo.
Observé que en Nueva York los beneficios de las relaciones entre abuelos y jovencitas eran bilaterales. Martin podía pasear del brazo de un bombón y Lily tenía los Bergdorf a su disposición. ¿Sería Martin todavía capaz de mantener relaciones sexuales? Aunque a mí me encantaría tener unos zapatos Sigerson Morrison, un collar Anthony Nak y disponer de una casa en Southampton, no me acostaría con Martin Pritchard por todos los diamantes Harry Winston del mundo.
Una vez que hubimos salido del Upper East Side, el trayecto hasta Southampton se me hizo eterno. Nada más llegar vi que los Hampton eran una serena mezcla de pastos verdes, maizales, fresales, árboles de hoja caduca, casitas de campo convertidas en tiendas de diseño, pueblecitos pintorescos y el interminable y rugiente Atlántico. Martin aparcó el coche en pleno corazón de Southampton Village y nos llevó a dar un breve paseo.
Aspiré con alivio mi primera bocanada del aire fresco de los Hampton.
Martin y Lily se habían pasado todo el viaje fumando sus Dunhill y Silk Cut con las ventanillas cerradas, y yo me había pasado las últimas horas embutida en el asiento de atrás con más náuseas y resaca que nunca.
Main Street estaba impecablemente limpia, flanqueada de viejos edificios de ladrillo que albergaban tiendas de lujo como Saks Fifth Avenue y Theory, y restaurantes como el 75 Main. De esta calle principal salían otras secundarias sinuosas, con aceras de piedra y árboles frondosos, atestadas de pintorescos cafés, boutiques y tiendas de antigüedades. Aquello parecía más Nueva Inglaterra que Nueva York.
–East Hampton es mucho mejor para ir de compras -anunció Lily mientras miraba un par de zapatos de tacón de aguja Jimmy Choo expuestos en el escaparate de The Shoe Inn.
–Vamos al Barefoot Contesta -sugirió Martin.
Por lo visto el Barefoot Contesta era una pequeña cadena de tiendas de delicatessen que sólo existía en los Hampton pero que, como me explicaron
Martin y Lily, era famosa en todo el país.
–Tenemos que comprar el paté aquél. Está para morirse -comentó Lily, efusiva, con un aire de pseudosofisticación-. ¿Sabes, Cassie?, siempre que Martin y yo tenemos invitados, la primera parada es en el Contesta. Tienen unos quesos importados de leche de oveja sublimes.
¿Cuándo «tenían» invitados? Ni siquiera vivía con él, y los aires que se daba sonaban muy falsos, por lo menos a mis oídos. Ya había advertido que Lily salpicaba su lenguaje de azucarados «cariños», «queridos» y superlativos capaces de causar dolor de muelas. Parecía estar interpretando el papel de un ama de casa mimada de los años cincuenta, pero no podía tener más que unos pocos años más que yo. Era evidente que hacía lo posible por comportarse como una de las maduras «damas de bien» de los Hampton. Me pregunté a qué se dedicaría y cómo hablaría cuando no estaba con su novio septuagenario. ¿Se reiría de antiguos romances de juventud y de las víctimas de la moda que se cruzaba por la calle, como hacíamos Alexis y yo?
–Pues claro, cariño -contestó Martin-. Compraremos el paté. Y Cassie tiene que probar también el caviar Beluga, y el Stilton, que combina de maravilla con el Patras. A ver si les quedan tomates amarillos, que son fantásticos.
Cuando llegamos al Barefoot Contesta me quedé mirando maravillada las magdalenas cubiertas de chocolate, tan perfectas, tan de película, las galletas de manzana enmarcadas en esponjosa masa, los hojaldrados cruasanes de chocolate. Lily pidió unos quesos que yo no había oído nombrar en mi vida, junto con caviares importados de Escandinavia, patés que traían todos los días desde Francia, y diminutos tomates con forma de pera. Martin se quedó junto a la caja registradora, hojeando el Dan's Papers y el Southampton Independent, dos de las publicaciones semanales de los Hampton.
Después de pasarlo todo por caja, la empleada leyó el total de la cuenta: trescientos treinta y cuatro dólares con nueve centavos. Me quedé mirando los doce artículos que había sobre la cinta transportadora, que no podían calificarse más que de «aperitivos» (o tal vez «entremeses», si nos ponemos exquisitos), segura de que aquella cantidad era el resultado de un tremendo error en el sistema informático de la tienda. Lily seguía mirándose las uñas tranquilamente mientras Martin sacaba la cartera sin parpadear siquiera y
pagaba con una tarjeta negra de American Express. Yo jamás había visto una AmEx negra, y me pregunté qué puesto ostentaría en la jerarquía del plástico. Lily se inclinó para besarle la oreja mientras él firmaba el recibo.
A menos que esperasen que yo me muriera de hambre, por lo visto Martin estaba pagando también por mí. Pensé en sacar la cartera, pero sabía que mis últimos diez dólares no harían ni una muesca en la factura. Sólo confiaba en que Martin no esperase de mí las mismas compensaciones que obtenía de Lily.
De camino al coche, Martin le pasó un brazo por la cintura y luego desplazó la mano hasta tocarle el culo.
–¡Cariño! ¡Compórtate! – le regañó ella con coquetería, apartándole el brazo.
Me sentí tan incómoda como si hubiera sorprendido a mis padres haciendo el amor. Me fui corriendo al coche y fingí admirar el paisaje de Main Street. Era como estar a cargo de dos adolescentes salidos, una situación que empeoraba mucho la circunstancia de que por lo menos uno de ellos tenía edad suficiente para ser mi abuelo.
Una vez en el coche nos dirigimos al sur por Mecox Lane, alejándonos del pueblo en dirección al mar. Las casas eran cada vez más impresionantes: las enormes extensiones de césped moteadas de rosaledas y pistas de tenis daban paso a gigantescas residencias de magníficas columnas blancas y elegantes porches. Casi todas parecían vacías. Aún faltaba una semana para el Memorial Day y la temporada de verano no había empezado oficialmente. Un montón de jardineros paisajistas trabajaban en los jardines, podando lilos, recortando setos y limpiando piscinas, poniéndolo todo a punto para la llegada de los dueños.
–Aquí hay una gran población hispana en los meses fuera de temporada
-comentó Martin al verme mirar a los trabajadores.
–¿Y dónde los meten durante el verano? – preguntó Lily.
–Ni idea -gruñó Martin-. Mientras no estén en mi playa, a mí me da lo mismo.
Miré por la ventanilla, ensimismada en ensoñaciones tipo Walter Mitty, intentando a la vez atisbar entre los colosales setos para ver las casas que ocultaban y vencer la vergüenza que había sentido al oír el espantoso comentario de Martin. Cada vez me gustaba menos aquella gente, y empezaba a temer lo que pasaría el resto del viaje. ¿Dónde demonios me
había metido? A pesar de todo estaba decidida a aguantar hasta el final y, ya que había llegado hasta allí, intentar por lo menos encontrar trabajo en un bar. Sólo serían veinticuatro horas, y si salía bien lo del Saracen, me buscaría un sitio para alojarme durante el verano y me alejaría de aquellos dos cretinos.
Unos minutos después entramos en una calle señalada como
«particular». Recorrimos un camino largo y sinuoso y aminoramos la velocidad justo cuando advertí un cartel que rezaba: «Servicio Pritchard».
–¿Qué es el servicio Pritchard? – pregunté.
Lily se echó a reír.
–Es la entrada de servicio -explicó Martin-. El camino de entrada que utilizan el cocinero, las doncellas y los encargados de mantenimiento. En esa casa que ves allí es donde mis tres empleados principales viven todo el año para hacerse cargo de la propiedad y tener la casa lista si decido venir algún fin de semana.
Avanzamos unos cuantos metros más y nos detuvimos ante unas enormes puertas de hierro forjado. Martin marcó un código en una especie de dispositivo de seguridad y entramos en el largo camino que llevaba a su casa. Me quedé sin aliento. Flores de vivos colores adornaban las verdes colinas entre estanques, fuentes y jardines. Además de la descomunal mansión en la parte sur de la propiedad y la casita de servicio en la parte norte, a lo lejos se veía la casa de la piscina y los establos. Martin metió el Jaguar en un garaje para ocho coches, entre un Porsche Carrera color rojo fuego y un Cadillac Escala de azul medianoche. A pesar del regusto amargo que me había dejado su comportamiento previo, tuve que admitir que todo aquello me impresionaba. Al fin y al cabo, me había criado en una casa enana de tres dormitorios con cuatro metros cuadrados de hierba seca por todo jardín.
Martin le dio una palmada a Lily en el culo cuando ella salió del coche.
–Martin, ¡delante de Cassie, no! – chilló ella.
Yo forcé una sonrisa y salí del garaje. El aire marino indicaba que la playa estaba cerca, y aunque durante el viaje el cielo estaba gris y nublado, ahora brillaba el sol.
–¡Hace un día magnífico! – exclamó Martin-. Por fin parece que saldrá el sol. ¿Qué os parece si dejamos las maletas y nos acercamos al club?
–Muy bien -contesté, aunque lo último que me apetecía era meterme otra vez dentro de aquel coche lleno de humo.
Varios criados salieron presurosos de la gigantesca mansión para encargarse de nuestro equipaje.
Martin era socio del Southampton Country Club desde hacía más de treinta años. El club era increíblemente selecto (los socios no llegaban a cincuenta, según me informó Martin), y de pronto deseé haberme puesto otra ropa. Lily estaba impecable con sus zapatillas de tenis, y yo había descubierto una mancha de vino en mi desvaída camiseta azul. No me había traído ninguna muda. Fui al baño e intenté quitarme la mancha echándome un poco de agua, pero entonces me enfrenté a otro problema: un rosetón mojado en la camiseta del tamaño de una pelota de béisbol.
Para cuando llegamos al club tenía un hambre feroz, sobre todo después de nuestra tentadora visita a Barefoot Contesta. Mientras recorríamos los jardines ingleses cubiertos de un arco iris de rosas trepadoras y amapolas, yo sólo pensaba en comer. En el comedor encontramos todas las variedades de platos imaginables en un bufé exquisito: tortillas recién hechas, beicon, salchichas, fruta fresca, ensaladas, pasta, verduras, filet mignon, beef brisket y postres. Unas gigantescas esculturas de hielo que representaban cisnes y sirenas adornaban las mesas, y la bandeja de quesos rodeados de uvas e higos parecía un bodegón de Velázquez. Había toda una mesa de tres metros dedicada exclusivamente al pan: baguettes, cruasanes, brioches, cañas de chocolate, pan de ruibarbo, pan de siete cereales… Era la peor pesadilla de un seguidor de Atkins. En una barra se apilaban langostas, almejas, ostras, calamares y caviar, y en otra trabajaban dos chefs capaces de crear cualquier ensalada imaginable con los miles de ingredientes frescos que tenían delante. Me pasé por lo menos veinte minutos deliberando, eligiendo, eliminando y dando vueltas hasta que al final volví como pude a la mesa cargada con gigantescos platos de salmón, strip steak neoyorquino y patatas al gratén, así como vasos de zumo de naranja, agua y vino tinto.
Una camarera me preguntó con un cantarín acento irlandés:
–¿Necesita usted ayuda, señorita?
En las pocas semanas que llevaba en el Finton's había aprendido a llevar de una vez montones de platos y vasos, de manera que sonreí esperando dar a entender que yo también era una veterana en el sector de servicios y contesté:
–No, gracias. Creo que puedo sola.
Mientras intentaba dejarlo todo en la mesa, se deslizó del plato el pastel de chocolate, un puñado de uvas de champán y un potecito individual de salsa de cóctel, y cayó todo al suelo, esquivando el regazo de Lily por milímetros.
–Vaya, lo siento mucho -me disculpé, agachándome de inmediato para recogerlo todo y limpiar el suelo con la servilleta.
–¡Cassie, no te molestes! – exclamó Martin entre risas al tiempo que echaba el humo de una calada. Su risa sonaba a tos de fumador más que a otra cosa-. Aquí tienen gente sólo para eso. Además, puedes ir a por más,
¿sabes?
–Aunque parece que te lo has llevado todo de una vez -comentó Lily con arrogancia mirando la comida que se apilaba en mi plato.
Miré el suyo: había exactamente cinco hojas de lechuga y dos trocitos de calamar a la plancha.
–Es que esta mañana no he desayunado -me disculpé. Pero en el fondo empezaba a sentir pena por Lily. Era evidente que no sólo se negaba un novio atractivo y de su edad, sino también los placeres de la comida-.
Martin, veo que no estás bebiendo lo de siempre -comenté, deseando desviar un poco la atención.
–Mi bebida de verano es Ketel con tónica. Acabo de renunciar a los salty dog porque el pomelo era demasiado ácido. Ahora que empieza a hacer más calor, estoy dispuesto a abandonar los manhattan durante unos meses.
Llamó a un camarero chasqueando los dedos para pedir otra copa antes de terminarse la que ya tenía. Martin era de esos que aborrecen tener delante un vaso vacío.
Estábamos sentados a una mesa junto al mar, en la terraza de la mansión victoriana donde se encontraba el club. La cubertería de plata relucía, el hielo tintineaba en las copas y el suave rumor de las conversaciones se henchía y decaía con las olas. Los demás socios del club eran tipos maduros, blancos y anglosajones, como Martin, ataviados con polos blancos o camisas de vestir con las mangas remangadas y el cuello desabrochado, sin corbata. Advertí que había un número desproporcionadamente alto de ancianos emparejados con chicas jóvenes y atractivas.
Me relajé un poco mirando las dunas y los barcos que cabeceaban en las olas, y empecé a disfrutar del delicioso festín. Mis preocupaciones se desvanecieron con el sol y el aire del mar cuando llegué al plato fuerte: el suflé de chocolate.
El chocolate caliente era como dulce seda oscura que se derretía en mi lengua.
–Tenéis que probar este suflé. Es el mejor postre que he comido en la vida -comenté con vehemencia mientras me disponía a tomar una segunda cucharada. Había leído en algún lugar que el chocolate libera en el cerebro las mismas endorfinas que produce el cuerpo durante un orgasmo. Lo cierto es que no era muy distinto de lo que estaba experimentando en aquel momento.
–A mí me da la impresión de que engordo con sólo olerlo -masculló Lily. Me miró irritada y añadió-: Cassie, tienes chocolate en los dientes.
En ese momento Martin gritó:
–¡Pero bueno! ¡Qué hay, James!
Me volví esperando ver a otro playboy canoso de piel gris del brazo de una novia veinteañera, pero me quedé boquiabierta al ver al chico que tenía delante. Era impresionante. El alborotado cabello castaño claro le caía sobre la frente dándole un aire encantador. Tenía la nariz y las mejillas algo sonrosadas, como si hubiera pasado la mañana al aire libre. Calculé que medía por lo menos uno noventa, y el corazón me dio un brinco al ver que bajo el brazo moreno y musculoso llevaba el New York Times y A este lado del paraíso, de F. Scott Fitzgerald. Me limpié la boca apresuradamente y me pasé la lengua por los dientes antes de intentar sonreír.
–¡Martin! ¿Cómo estás?
–Pues de maravilla. ¿Cómo voy a estar con el día que hace? – respondió él, admirando la vista del mar.
–Ya. Mi padre y yo nos hemos pasado la mañana de pesca.
–¿Cómo está tu padre?
–Muy bien -contestó James-. Tengo entendido que está deseando ganarte al golf el domingo.
Martin estalló en risotadas, agarrándose la prominente barriga.
–Señoritas, el padre de este chico, James Edmonton segundo, es uno de mis mejores clientes y uno de los mejores golfistas que conozco. A los Edmonton les encanta ridiculizar mi altísimo handicap.
–Hola, soy James -dijo el chico, volviéndose hacia mí con una sonrisa deslumbrante. Me puse rápidamente las pilas y me esforcé por devolverle una imagen igualmente seductora, mientras deseaba con desesperación haber tenido tiempo para retocarme los labios.
–Pero ¿dónde están mis modales? – terció Martin chasqueando la lengua-. Cassie, permíteme que te presente a James Richard Edmonton tercero, licenciado en la Universidad de Yale, vicepresidente de Goldman Sachs, patrón de yate y golfista. James, ésta es Cassie. Sirve copas en el bar de Dan Finton, en Manhattan. A Lily ya la conoces.
–Encantada -dije, limpiándome disimuladamente la mano pegajosa en los pantalones antes de estrechar la suya. ¿Por qué demonios tenía Martin que presentarme diciendo que soy camarera?-. ¿En qué año te licenciaste en Yale?
–En 1998.
–¿Conoces a Matt Riordan? – pregunté-. Es de mi ciudad y también se licenció ese año. – Apenas era consciente de las palabras que pronunciaba.
Estaba pendiente de su boca cuando contestó:
–Claro que conozco a Riordan. De hecho, un amigo mío salía con su hermana pequeña. Creo que iba a Columbia.
–¡Sí! ¡Amanda! La conozco bastante. Ha terminado este año, conmigo.
–Así que has ido a Columbia, ¿eh? Menuda paliza os dimos en la liga Yale.
–Bueno, ahora tenemos un nuevo equipo de fútbol. Los once jugadores vuelven el año que viene, y si no recuerdo mal no va a volver ni uno solo de los de Yale. Así que creo que las próximas temporadas vais a tener competencia. – Sonreí, sorprendida de que el único artículo que había leído en mi vida sobre el equipo de fútbol de Columbia se me hubiera quedado en la memoria, almacenado en algún rincón.
–Impresionante. ¿Qué días trabajas en el Finton's? Es un bar fantástico.
–Bueno, espero poder trabajar aquí en verano los fines de semana, y entre semana haré algunos turnos en el Finton's. Seguramente trabajaré los martes todo el día y los miércoles y jueves por la noche -respondí, consciente de la mirada de desdén que me dirigía Lily y esperando no parecer tan ansiosa como me sentía.
–Bien. Entonces quizá nos veamos un día por allí. – James se volvió hacia Martin-. Bueno, os dejo comer tranquilos. Me alegro de haberte visto,
Lily. Ha sido un placer conocerte, Cassie.
Lo vi desaparecer en el Country Club, donde quedó de inmediato camuflado entre un mar de camisas Ralph Lauren blancas y pantalones chinos, y me invadió esa especie de euforia que le da a uno cuando conoce a alguien que lo atrae de inmediato. Me sentí como Ingrid Bergman en Casablanca cuando ve a Humphrey Bogart y de pronto el mundo deja de girar. Se me vino a la cabeza mi guión. Tal vez tuviera un nuevo modelo para mi Príncipe Encantador.
–¿James está saliendo con alguien? – preguntó Lily, leyéndome el pensamiento-. Es guapísimo.
«Te quedas corta», pensé.
–No tengo ni idea -contestó Martin-. Me han dicho que el verano pasado salió bastante con Amanda Hearst.
Yo sabía por la revista Gotham que Amanda Hearst era una niña bien muy conocida en la alta sociedad, y se me cayó el alma a los pies al pensar en la cantidad de «aspirantes a actrices, modelos y cantantes» rubias platino, delgadas como escobas e increíblemente ricas que James debía de conocer y con las que yo no podría competir ni en un millón de años. Un tío como él… Pero ¿en qué estaba yo pensando? Era evidente que las mujeres, incluso las pijas de las familias más ricas, harían cola para estar con él. Mis breves ilusiones de tener un romance veraniego se desvanecieron en la misma brisa salada que agitaba los barcos en sus amarres a unos cientos de metros de distancia.
Cambié rápidamente de tema y me volví hacia Lily justo cuando el camarero le servía otra copa de vino. Había tomado el doble de alcohol que yo desde que llegamos al club, aunque yo era dos veces más grande que ella. Tenía los párpados pesados y su postura regia se había suavizado. Me pareció que por fin conseguiría mantener con ella una conversación auténtica. Si algo había aprendido sirviendo copas era que el alcohol era un suero de la verdad.
–Dime, Lily, ¿tú a qué te dedicas?
–Lily es entrenadora personal -contestó Martin-. Acaba de abrir su propio gimnasio en el Upper East Side.
–Y cada vez va mejor -se jactó ella-. Tengo el doble de clientes que el mes pasado. Casi todas son mujeres que quieren tornearse el trasero. Es lo primero que se cae cuando pasas de los veinticinco.
–Yo no veo que tú tengas ese problema, cariño -apuntó Martin, y a continuación bebió un largo trago de su Ketel con tónica-. Acabas de cumplir veintisiete y tienes el culo más bonito que nunca.
–Eso es porque me lo trabajo casi todos los días. – Lily sonrió, meneando la cabeza para apartarse de la cara su brillante cabello.
–A mí también me gustaría trabajarte el culo todos los días -musitó Martin, inclinándose hacia ella.
Yo di un respingo. Esta vez hasta Lily se sonrojó.
–Cassie, cariño, te pido disculpas -me dijo con una risita azorada-. Hoy Martin está especialmente juguetón.
–Eso no es verdad, cariño -dijo él-. Siempre soy así cuando estoy contigo. Seguro que a Cassie no le importa. ¿Verdad que no?
–Eh… no -balbuceé.
–Pues claro. Eres camarera. Seguro que has visto cosas peores.
Aquello era nuevo. No se me había ocurrido que mi oficio pudiese dar licencia a la gente para hacer o decir cosas que no diría ni haría en otra compañía. Me di cuenta de que era posible que Martin y Lily no se comportaran así con todo el mundo, y que su actitud quizá fuese resultado de la idea que tenían de mí: era barman, venía de un mundo de decadencia y depravación. Además, pertenecía a la clase obrera, y por lo tanto no estaba en posición de juzgarlos.
Martin se volvió hacia el mar y se puso a observar a la gente que estaba en la playa. Una multitud de madres con camisetas Juicy, protegidas por las sombrillas azules y blancas oficiales del club de campo, vigilaban con atención a sus hijos con bañadores Villebrequin.
–Y hablando de culos -prosiguió Martin-, esa niña tiene un trasero que va a romper muchos corazones.
Seguí la dirección de su mirada hacia una niña de cuatro años que jugaba en la arena con cubos y palas de vivos colores. Llevaba los rizos rubios recogidos en dos coletas con lacitos rosados, y un diminuto biquini de patitos amarillos. Estaba inclinada, llenando un cubo de agua para su castillo de arena.
–¿Te refieres a esa niña? – pregunté incrédula-. ¡Pero si no tiene ni cuatro años!
–Sé distinguir un buen culo a primera vista -dijo él muy divertido-. Y
desde mi posición en el Finton's, he visto que el tuyo no está nada mal.
–¡Marty! – exclamó Lily, fingiendo sorpresa-. Compórtate, cariño.
Yo ya estaba asqueada del todo. Una cosa era el comportamiento de Martin hacia Lily (muchos hombres mayores deseaban el cuerpo de las mujeres jóvenes). Tal vez no fuera muy agradable pensar en lo que Lily y Martin hacían a puertas cerradas, pero los dos eran mayores de edad. Pero
¿una niña de cuatro años? ¿Sería Martin un pederasta? En el mejor de los casos era un pervertido, con lo cual me gustó todavía menos saber que también me había estado mirando en secreto. En el Finton's siempre había una barra entre nosotros, pero en aquel entorno social me sentía incómoda y desnuda. Miré a Lily, que a esas alturas estaba tan borracha que seguramente ni siquiera había oído el comentario de Martin. No era tonta, pensé. Si tenía que aguantar la compañía de aquel viejo a cambio de una vida de lujos, también podía pasarse el día borracha y ajena a todo.
Casi se me doblaron las rodillas de alivio cuando Martin pidió la cuenta y nos dispusimos a marcharnos. Cuando se presentó el camareno, hurgué entre mis tarjetas de crédito buscando alguna en la que quedara algo de saldo. Esperaba que aceptaran la Discover. Aunque no tenía dinero, pensaba pagar mi propio almuerzo. No quería nada más de Martin.
–Pero Cassie, ¿qué haces, cariño?
–Quería colaborar en la cuenta…
–Aquí en el club no se paga nada -dijo Martin-. Todos los socios tienen una cuenta abierta, de manera que cuando vengo a comer aquí, firmo y en paz, y luego pago de una vez a fin de año.
–Ah, lo siento, no lo sabía. Bueno, pues muchas gracias.
Lily sonrió con indulgencia mientras yo me apresuraba a meter la cartera de nuevo en el bolso.
Subimos de nuevo al Jaguar y Martin encendió un cigarrillo antes incluso de poner el motor en marcha. Lily lo imitó y las volutas de humo se enroscaron en torno a mi cabeza. Me pregunté cómo podría ver Martin a través de las ventanillas. Los dos fumaban tanto que era increíble que todo lo que los rodeaba no estuviera nublado por un velo gris y pegajoso de alquitrán y nicotina.
–¿Vamos al Saracen? – preguntó Martin-. Joseph ha dicho que te lleve a cualquier hora, a partir de las cuatro.
–Vale. Estupendo.
Comenzaba a plantearme si tendría estómago para pasarme allí trabajando todo el verano. ¿Y si todos eran como Martin y Lily? Claro que, por otra parte, James Edmonton parecía un buen tío, además de ser increíblemente atractivo. Lo único es que tendría que buscarme una casa compartida con gente normal de mi edad. Además, estaba decidida a pagar mis deudas de una vez, y por lo que oía todo el rato, y había visto, en los Hampton el dinero corría a raudales.
–¿De verdad crees que me darán trabajo?
–No veo por qué no. He hablado mucho de ti con Joseph. Fue él quien sugirió que te pasaras para hacer una entrevista.
–Llámanos cuando termines y vendré a recogerte -me dijo Martin cuando me apeé del Jaguar. Eran las cinco menos cuarto y la temperatura ya había bajado otros dos grados-. Lily necesita unas cuantas cosas de Henry Lehr, en East Hampton, así que andaremos cerca. Llámame al móvil.
Martin me había explicado que el Saracen era uno de sus locales favoritos en los Hampton. Se trataba de un restaurante italiano de lujo que se desmelenaba cuando se marchaban los clientes de la cena y se transformaba en una especie de discoteca para la sociedad madura de los Hampton a la que todavía le gustaba bailar, pero quería evitar la locura de las colas y el jaleo de la entrada en los otros clubes. Como era típico por allí, el restaurante estaba en una antigua mansión de Georgica Pond. El suelo era de guijarros blancos y tenía un vestíbulo grandioso que en sus buenos tiempos podía haber sido el salón de recepciones para un baile de puesta de largo.
–¿Hola? – llamé. Las mesas y las sillas estaban amontonadas sin orden ni concierto en la entrada, y parecía imposible que el local fuera a estar listo para el inminente fin de semana del Memorial Day.
–¿Qué quieres? – gritó una voz desde el fondo de la sala, con tono de irritación.
–Hola… Soy Cassie Ellis… Vengo de parte de Martin Pritchard para hablar con Joseph. Es por un posible trabajo de barman…
–¡Espera! ¡Ahora voy! – gritó la voz.
Un momento después un tipo bajo y corpulento de unos treinta y cinco años salió de lo que imaginé sería la cocina. Llevaba el pelo negro repeinado hacia atrás al estilo Fonz, y una camisa de seda turquesa con unos Cavaricci negros y un grueso cinturón de cuero negro con una reluciente
hebilla de bronce. Apestaba a Drakkar Noir. Era de esos tíos que dan mala fama a Long Island. Estaba segura de que en el bolsillo llevaría un tubo de Binaca.
–Hola, ¿eres Joseph?
–No, soy Tony. El hermano guapo de Joey. – Rió-. Joey no ha podido venir hoy porque tenía cosas que hacer en el otro restaurante, el de Brooklyn.
–Vaya. Bueno, el caso es que Martin Pritchard me dijo que viniera porque estoy buscando trabajo de barman. He traído el curriculum y…
–Ojalá pudiera ayudarte, guapa -me interrumpió, mirándome las tetas-.
Es verdad que le debemos a Martin un par de favores, pero el caso es que disponemos de gente de sobra. Joey y yo solemos tener a todo el mundo ya contratado a finales de febrero. Te va a costar encontrar trabajo tan tarde.
–Ah. No tenía ni idea -dije con voz hueca-. Gracias.
–Lo lamento. Buena suerte. Y dile a Martin que lo sentimos mucho.
Intentando superar mi decepción, me quedé en el aparcamiento vacío, observando el escaso tráfico de Montauk Highway. Llamé a Martin por el móvil, pero no había línea. Miré el teléfono. En la diminuta pantalla negra parpadeaba el ominoso mensaje de «sin cobertura».
«La cobertura en los Hampton es un asco», me había advertido Alexis.
Respiré hondo y llamé otra vez. Nada.
Seguí intentándolo, pero no había manera de conectar. Me quedé allí esperando, cambiando el peso del cuerpo de un pie al otro, hasta que en la acera de enfrente, unos cien metros calle abajo, vi un cartel de un sitio llamado Spark. Como no quería volver a molestar a Tony, decidí ir al Spark a sentarme un rato, recuperarme, utilizar el teléfono si había suerte y tal vez beber algo.
Las luces de neón que engalanaban el cartel del bar no pegaban en absoluto con la fachada desgastada y ruinosa del edificio. Parecía una cochambrosa caseta de playa. Pero a pesar de lo chabacano del exterior, el interior era luminoso y de buen gusto.
La sala principal había sido un viejo granero, de manera que tenía los techos abuhardillados. Habían abierto ventanales en todas las paredes. A diferencia del polvoriento vacío del Saracen, aquí había por lo menos diez personas corriendo frenéticas de un lado a otro para preparar el local para el
fin de semana que marcaría el pistoletazo de salida de la temporada de verano.
–¿Puedo ayudarte? – me preguntó un hombre que estaba detrás de la barra. Llevaba una bandana sucia en la cabeza sudada, una camiseta enorme a la que le habían arrancado las mangas y unas gruesas muñequeras PONY.
Sus ojos hundidos e inyectados en sangre destacaban en su cara pálida.
Estaba llenando a toda prisa la desolada barra, y en una mano llevaba nueve vasos y en la otra cuatro botellas de licor.
–Eh… sí. He venido de la ciudad para pasar el día, y quería saber si necesitabais a alguien.
–¿Eres camarera de cócteles? – preguntó, estudiando mi cuerpo sin disimulo.
De pronto me arrepentí de haberme comido el suflé de chocolate. Pero en cierto modo era una pregunta halagadora. Las camareras de cócteles de Manhattan y los Hampton solían ser aspirantes a modelos, bailarinas y actrices, todas increíblemente altas, delgadas y atractivas. Representaba todo un cumplido que me hubiera tomado por una de ellas.
–No. Barman.
–El personal de la barra está completo -me informó-. ¿Quieres tomar algo?
Acepté y me senté en un taburete a tomarme una Bud Light mientras lo miraba preparar la barra. Me dijo que se llamaba Jake y que llevaba siete años sirviendo copas en los Hampton. Había empezado a trabajar en el Blue Collar, un garito de Sout-hampton, y de allí fue ascendiendo en el escalafón de la coctelería.
–¿Dónde estudiaste? – pregunté.
–En Deer Park High School.
–Eso está en Long Island, ¿no?
–Sí. ¿Y tú?
–Yo me crié en Albany y fui allí al instituto. Luego me trasladé a la ciudad y estudié en Columbia.
–Yo fui al Southampton College un año, pero lo único que hacía era fumar porros, así que mis padres me dijeron que se negaban a pagar miles de dólares para que me pasara el día pedo, de modo que lo dejé. Empecé a servir copas en el Blue Collar a los diecinueve años. He trabajado en todos los bares de los Hampton -me explicó mientras iba apilando con pericia las
botellas de Triple Seco en un armario-. Esto es así. Empiezas a trabajar en un sitio, luego haces algunos turnos en otro, y antes de que te des cuenta estás en todas partes. Si conoces a la gente adecuada, puedes trabajar en los mejores clubes, donde la gente sí que deja dinero. El verano pasado trabajaba en el NV los jueves, en el Jet East los viernes y sábados, y en el Subset Beach los domingos. Era de locos. El verano anterior estuve en el Conscience Point…
–¿Has trabajado en el Conscience Point? – pregunté con ojos como platos.
–Sí. Era cojonudo. Hasta que esa hija de puta nos jodio el verano a todos. El Conscience Point pasó de la noche a la mañana de ser el bar más total de toda la zona a tener casi que cerrar.
Esa «hija de puta» era una cierta publicista de altos vuelos que ahora cumplía condena por un muy comentado ataque de rabia que le dio en el Conscience Point y que arrojó un resultado de veinte personas inocentes heridas. Como muchos publicistas de Nueva York, se creía una celebridad más importante que todos sus clientes VIP juntos. Luego, después del accidente, se encontró en la poco envidiable tesitura de tener que contratar a su propio publicista para el control de daños. Claro que tanto en Nueva York como en los Hampton ser famoso suele significar dinero en el banco.
Y si no que se lo pregunten a París Hilton.
–¿Tienes otro trabajo, además de servir copas? – pregunté.
–¿A qué te refieres?
–Un trabajo de día o algo así -expliqué, y al instante me arrepentí de mis palabras. Estaba descubriendo que incluso en una ciudad como Nueva York, donde muchos barman hacían otras cosas, como actuar o escribir, también había muchos para los que era una profesión, como Billy. Si se hacía dinero era fácil dejarse atrapar.
–No, gano bastante trabajando aquí en verano para tener el invierno libre. Suelo irme a Miami, y cuando se me acaba la pasta siempre puedo servir copas en South Beach. Este otoño, cuando acabe la temporada, estoy pensando en irme a Hawai. Me han dicho que hay un sindicato de barman, y te dan un seguro médico y unos veinte dólares la hora. Y además unas propinas alucinantes.
–Pues ojalá aquí hicieran lo mismo. No me vendría nada mal -dije, pensando que seguramente en un invierno en Hawai terminaría mi guión.
–¿Eres buena sirviendo copas? – me preguntó de pronto.
–Sí. – Era una bravuconada que no estaba muy segura de tener derecho a utilizar. Suponía que era buena. Por lo menos había conservado mi puesto en el Finton's. Pero lo cierto es que no lo sabía con certeza.
–¿Y qué tal te las apañas cuando hay mogollón? Porque esto va a estar a tope este verano. Te hablo de veinte filas de personas apiñadas delante de la barra.
–Yo puedo con todo -aseguré, con más firmeza de la que sentía.
–Espera un momento. – Pasó por encima de la barra y salió por la puerta principal.
Un instante después volvió con un tipo de dos metros de estatura con un traje blanco cruzado.
–Éste es Teddy-dijo Jake-. Es uno de los promotores y se encarga de contratar al personal.
Los promotores, como los publicistas, eran celebridades menores que competían por la fama y la publicidad y representaban otro escalón al que enfrentarse en la jerarquía de un bar o un club. En los garitos más pequeños, como el Finton's, el encargado dirigía el circo con la ocasional ayuda o sugerencia del dueño. En los clubes grandes de los Hampton, los dueños contrataban a un equipo de promotores para que convirtiera su local en el garito del verano. Los promotores suelen tener las agendas llenas de teléfonos de famosos y otra gente guapa con la que decorar su club y obtener menciones en Page Six, Daily Candy y Access Hollywood. Los promotores cuentan con mucho poder y suelen estar a cargo de muchas tareas internas, como la contratación y despidos del personal de la barra.
–Hola, soy Cassie -lo saludé, enderezándome en el taburete.
–Me han dicho que eres rápida.
–¿Qué? – pregunté alarmada.
–Jake dice que eres una barman rápida, que puedes asumir un volumen fuerte. Porque éste va a ser el local de moda este verano y necesitamos gente que esté a la altura. Vendrán un montón de famosos, desde Donald Trump hasta P. Diddy, y ya tenemos reservadas fiestas de miles de personas.
Hay que conseguir no sólo que se queden, sino que se gasten aquí el dinero.
–Claro -contesté, preguntándome a qué se referiría exactamente con eso de «un volumen fuerte».
–¿Cuál es tu mayor marca? – La «marca» es, en el argot del gremio, el número de dinero que ingresa un barman en la caja.
–Pues…, eh… -balbuceé, intentando pensar una cantidad. No tenía ni idea de cuánto marcaba en el Finton's, porque hacíamos lo que se llamaba
«caja ciega». Laurel siempre hacía balance el día después de que trabajáramos, de manera que nunca sabíamos cuánto dinero se había ingresado-. Probablemente unos ocho mil dólares -calculé, dando palos de ciego.
–¡Caramba! – exclamó, obviamente impresionado-. Pues sí que lo vamos a intentar contigo.
–¡Genial! – Solté el aire que estaba conteniendo y sonreí satisfecha.
–Sabes defenderte, chica. Me gusta. Pásate por aquí el viernes a las nueve y media.
Me sentí a la vez emocionada y aliviada. Con el día tan raro que había tenido, con lo mal que lo había pasado con Martin y Lily, y ahora de pronto tenía un trabajo en lo que prometía ser el garito más frecuentado de los Hampton. Estreché la mano a Teddy y Jake y les di las gracias efusivamente. Me moría de ganas de contárselo a Alexis.
Cuando me marchaba, Teddy me indicó:
–Que no se te olvide: ponte algo sexy, aunque tampoco vayas de putilla.
Éste es un sitio con clase, pero los clientes quieren ver algo de carne.
Cuando salí miré la hora en el móvil. Las 7.18. Se me había olvidado preguntarle a Jake si podía usar el teléfono y me daba un poco de corte volver. El último comentario de Teddy me había dejado con una vaga sensación sórdida de la que intentaba librarme. Era evidente que tendría que olvidarme de muchas de mis ideas feministas si quería triunfar en aquella industria. No sabía muy bien con qué criterios medía yo mi éxito por entonces. Desde luego, no con los de mi madre. El teléfono seguía sin cobertura. Pero había un taxi vacío en el aparcamiento.
–¿Cuánto cuesta ir a Southampton? – pregunté.
–¿Vas sola?
–Sí.
–Veinte dólares.
–Sólo tengo diez -dije, lo cual no era mentira.
–Bueno, sube. De todas formas ha sido una noche muy tranquila.
¿Adonde vas?
–A Pritchard Estate, en Mecox Lane.
Subí al coche y giramos al oeste en Montauk Highway. Veinte minutos después vi el cartel de «particular» aparecer en el muro de setos impecablemente podados. El taxista me dejó delante del aparato de seguridad de Martin, una caja cromada y una cámara en la verja. Me pregunté si me estarían viendo desde dentro en una pantalla de televisión.
–Toma mi tarjeta. Llámame si alguna vez necesitas un taxi.
Me deslicé por el asiento de cuero hacia la puerta y me eché la mochila sobre mi cansado hombro derecho.
–Gracias -le dije, tendiéndole el ajado billete de diez dólares. Luego metí la tarjeta en la cartera.
Para entonces ya eran casi las ocho y el sol se había puesto detrás de los sauces llorones, dejando a su estela un sobrenatural resplandor púrpura. Me puse la chaqueta tejana y me abroché los botones. Una brisa fresca que soplaba del mar barría los terrenos de la propiedad de Martin. No sabía muy bien cómo manejar el sistema de seguridad. Después de observar el cacharro con atención, advertí que había un botoncito rojo de «llamada». Lo pulsé y una voz de mujer crepitó como un disparo de rifle por el altavoz.
–¿Sí? ¿Quién es?
Di un brinco del susto. Por su marcado acento español deduje que era la doncella.
–Hola, soy Cassie, la amiga de Martin. Estoy aquí fuera. – Mi voz resonaba en el vacío. A continuación se oyó un zumbido y las puertas se abrieron despacio. Hice un esfuerzo por acostumbrar los ojos a la oscuridad.
Al pasar por la casa de los sirvientes se encendieron unas luces fantasmagóricas que iluminaban el camino. Eché a correr como alma que lleva el diablo y no paré hasta llegar a la mansión.
Llamé a la puerta, pero no contestaron. Confiaba en que por lo menos la doncella estuviera esperándome, pero la casa parecía vacía. Abrí muy nerviosa la puerta y entré. Entonces oí la voz de Martin a mi izquierda y me tranquilicé.
–¿Cassie, cariño?
–Hola, Martin. Ya estoy aquí.
–Te dábamos por perdida. Ven, estamos en la biblioteca.
Seguí su voz por el pasillo y me lo encontré junto con Lily y otra pareja, sentados en un sillón dorado en la sala iluminada por velas. Murmuraban
suavemente. Vi dos botellas de vino abiertas y medio vacías, los vasos manchados de carmín, otra botella medio vacía de Ketel One, más vasos sucios, platos con restos de comida y cuatro ceniceros a rebosar de colillas todavía humeantes. Martin, con su albornoz de terciopelo rojo parecía un regordete Hugh Hefner. Lily llevaba un negligé de encaje muy corto. Me detuve en el hueco de la puerta. ¿Qué estaba pasando allí?
–Hola, Cassie, cariño -me saludó Lily con un gracioso movimiento de la cabeza-. Ven, que te voy a presentar a Denise y a Bill.
–Hola -respondí con recelo, acercándome despacio porque no quería parecer grosera.
Denise era una mujer asiática impresionante que no debía de tener más de treinta años. Iba vestida con un corpino negro y un abrigo de marta.
Fumaba con aire seductor un largo cigarrillo y parecía una de esas que salen en los anuncios de damas de compañía en el Village Voice. Bill, por otra parte, era la viva imagen de Martin: bajo y rechoncho, con un albornoz caro, estaba manoseando el muslo de Denise.
Todos me sonrieron sin decir nada. Volví a preguntarme qué demonios estaba pasando allí. La cabeza me iba a mil por hora y sentí una descarga de adrenalina y aquel reflejo ancestral de supervivencia que me impulsaba a dar media vuelta y salir disparada. Martin estaba en albornoz, Lily en ropa interior, y la otra pareja también iba medio desnuda. «Esto no puede ser lo que parece», pensé.
–Bueno -balbuceé-, pues me voy a recoger mis cosas, porque tengo que tomar el tren de las nueve. – De ninguna manera me sentiría cómoda durmiendo en aquella casa.
–No te puedes ir sin contarnos cómo te ha ido en el Saracen -dijo Martin con voz pastosa y los ojos a media asta.
Como barman había aprendido a leer con precisión los matices del comportamiento del borracho, pero no hacía falta ser un genio para darse cuenta de que Martin estaba como una cuba. Se me fue la vista hacia varios botes de pastillas que vertían sus contenidos en la mesa de cristal, entre las botellas y los cigarrillos.
–Siéntate y tómate una copa de vino -me apremió-. Yo voy un momento al lavabo.
Desde el año en que me regaló El don del miedo, de Gavin DeBecker, por Semana Santa, mi madre siempre me aconsejaba lo importante que es