El Manhattan perfecto

Shear, Leanne y Toomey, Tracy · Capítulo 12 de 17

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El Manhattan perfecto

Capitulo 12.

preguntó con un lloriqueo de niña pequeña, haciendo un mohín con los labios-. Te voy a echar de menos.

–Sí. Vendré el sábado. – El tipo le dio una palmadita en el culo y se marchó.

Elsie se acercó a una mesa. Se puso un jersey encima del top y unos pantalones de chándal debajo de la minifalda.

–¿Quién era ése? – le pregunté con curiosidad.

–Nada, un cliente -contestó ella encendiendo un pitillo.

–Ah. Creía que era tu novio.

Elsie lanzó una carcajada.

–Pero ¿qué coño dices, tía? ¿Cómo iba yo a salir con ese pringado?

–¿Entonces por qué le has dicho que lo echarías de menos?

–Porque quiero que venga el fin de semana que viene y que se siente en mi sección. Se ha pulido cinco mil dólares y me ha dado una propina de la hostia. Casi todos estos tíos con pasta son gilipollas. Estás un poco por ellos y te dan todo lo que llevan encima.

Para mí que salir con un cliente y darle el número de teléfono personal no era precisamente «estar un poco por ellos», pero por otra parte tampoco era yo la más apropiada para decir nada. Aunque no me subía encima de nadie, sí que sabía que me iba mucho mejor cuando flirteaba con los clientes en la barra. Como me pasaba siempre que pensaba en estas cosas, me acordé de nuevo de Dan Finton. Me pregunté qué ventajas llegaría a sacar si le diera todo lo que él quería. Pero no era una opción viable.

–Pues te habrá ido bien esta noche -comenté. No podía ni imaginarme qué propinas le habrían dejado P. Diddy y su séquito.

–Ha sido la leche. Servir copas en los Hampton es la mejor manera que existe de ganar dinero con la ropa puesta.

«Tú no tenías la ropa puesta», pensé yo. Pero no dije nada.

Capitulo 12.

Sexo en la playa

Despegué la espalda sudada del asiento de cuero negro del Range Rover de James y me acomodé para el trayecto de cuarenta y cinco minutos que había de su casa a la de los Animales, aunque apenas las separaban dos kilómetros. Durante los fines de semana de verano, Montauk Highway era una interminable cola de SUV de lujo con bicicletas de montaña y canoas

atadas en las bacas. Atravesamos Hands Match, donde la gente cargaba los Land Rover con los niños, los juguetes de playa, las sombrillas, las toallas, las mantas, las neveras, las tablas de surf y los Frisbee. Los coches ostentaban los codiciados pases adhesivos que permitían aparcar a pocos metros de las dunas y evitar la paliza de la caravana que teníamos que aguantar nosotros para llegar a casa. Mientras miraba por la ventana adormilada me parecía estar viendo una película muda.

–Este cruce está más atascado que cualquier cruce de Manhattan -

comentó James, haciéndome volver a la tierra y al interior acondicionado del coche. Avanzábamos muy despacio detrás de un Lamborghini Spider amarillo-. Llevo veinte minutos intentando girar a la izquierda. Deberían poner un semáforo.

Yo intenté imaginarme cómo quedaría un semáforo en el corazón de Amagansett. Era un pueblecito pintoresco que parecía sacado de La casa de la pradera y estaba segura de que los habitantes se negarían a aceptar ningún artilugio que estropeara el carácter del lugar.

–Oye, ¿estás bien? – preguntó James, acariciándome el pelo-. Vas muy callada.

–No, estoy bien. Un poco cansada nada más. – No era exactamente una mentira. No había dormido ocho horas seguidas desde antes del Memorial Day.

–¿Seguro?

–Sí. Sólo quiero llegar a casa. Todavía llevo puesta la ropa de anoche y necesito una ducha. – Me miré el uniforme del Spark, sucio y apestoso. Mi pelo, que la noche anterior era una perfecta mezcla de aire de mar y spray

«Beach Head» de KMS (hecho con auténtica agua del mar), ahora parecía una maraña de algas. Estaba asquerosa.

Y mi reticencia tenía otro motivo. La noche anterior, cuando James me recogió a la salida del trabajo, nos fuimos a la playa. El ardiente encontronazo que tuvimos en los servicios demostró ser la obertura perfecta y por fin habíamos consumado nuestra relación.

«Seguro que me he quedado preñada», pensé, mientras James avanzaba unos centímetros detrás del Lamborghini. Habíamos utilizado condón, pero las monjas del instituto me habían dejado grabado en el cerebro que cualquier actividad de sexo prematrimonial conllevaría un castigo inmediato.

–¡Por fin! – exclamó James cuando el Lamborghini Spider giró bruscamente a la izquierda. James lo siguió impaciente, cortándole el paso a un Lexus SUV. El conductor nos pitó furioso.

Me quedé mirando el hermoso perfil de James, preguntándome por qué me sentiría tan rara y con tantos conflictos. La relación había sido increíble, con mucho el mejor polvo que había echado en toda mi vida sexual, que era relativamente corta. Había tomado nota de todos los detalles que le tenía que contar a Annie. Por fin tenía algo que compartir con ella. James no protestó cuando le pedí que se pusiera un condón, y desde luego pareció preocuparse más por mi placer que por el suyo. Su actitud después había sido perfecta, de manual. Me abrazó y me susurró al oído lo guapa que era y lo mucho que me quería. Yo estaba en el séptimo cielo.

Pero luego me desperté con mi habitual ansiedad matutina: «Llevo un montón de tiempo sin escribir, tengo que trabajar esta noche, ayer me comí dos hamburguesas con queso, acabo de acostarme con el tío con el que me quiero casar…» Y de inmediato noté que algo pasaba entre nosotros. Sabía que eran paranoias mías, pero me sentía como un cachorrito perdido mientras recorríamos las calles de East Hampton. James iba cantando la canción The Wolf de Tom Petty que sonaba en la 104.7. Yo me miré al espejo y me quité los restos de maquillaje que todavía llevaba en los ojos.

–Oye, ¿te apetece que paremos en Farmer's Market a tomarnos un café?

– me sugirió.

–Yo nunca tomo café. Sólo té -contesté, mientras en mi mente se repetía una diatriba neurótica: «Si me conocieras lo sabrías. ¿Cómo es posible que nos acabemos de acostar juntos y tú ni siquiera sepas que el café me sienta mal?»

Me pasé el resto del trayecto sin abrir la boca. Sabía que mi reacción era exagerada, pero no podía evitarlo. El sexo era para mí algo muy importante y necesitaba que James me tranquilizara. ¿De verdad me apreciaba? Yo esperaba pasar el día con él, pero James se levantó corriendo de la cama diciendo que tenía que arreglarse para ir esa misma tarde a no sé qué evento benéfico al que iba a asistir «todo el mundo» y al que ni siquiera me había invitado. Me pregunté con cuántas chicas se habría acostado. A juzgar por su habilidad en la cama, debían de ser miles. ¿Estaría a punto de romper conmigo? Lo odiaba.

Por fin, poco después de las doce, llegamos a la Casa de los Animales.

Como siempre, había por allí un par de cenutrios demasiado vagos para ir a la playa, que quedaba a un kilómetro, y habían sacado unas neveras llenas de cervezas y unas hamacas a nuestro jardín. Entre ellos había una pila de botellas de Millar Genuine Draft vacías, con lo que era evidente que las Millar estaban de oferta en el supermercado.

–¿Seguro que estás bien? – insistió James.

–Sí. Te lo prometo -le aseguré, forzando una sonrisa.

–Estás muy pensativa.

–Es que estoy cansada. Creo que voy a intentar dormir un poco antes de ir a trabajar.

–Bueno. – Se inclinó y me dio un beso en la frente.

–¿Te vas a pasar esta noche por el Spark?

–No puedo. Tengo que ir a la celebración benéfica de Sloau Kettering, en Shinnecock Hills, ¿no te acuerdas?

–Bueno, a lo mejor podías venir después.

–Tal vez, pero es que se celebra en Southampton y tengo la impresión de que va a haber bebida en abundancia. Igual me tengo que quedar a pasar la noche

–¿Dónde te vas a quedar?

–Unos amigos de Yale tienen una casa justo en el campo de golf, y hace bastante que no los veo. A lo mejor me quedo con ellos y juego un poco al golf por la mañana. Y si no, siempre puedo quedarme en casa del tío de Rosalind.

–Vale.-Intenté mostrarme indiferente, pero en realidad tenía ganas de darle una bofetada. «Así que prefieres pasar la noche con Rosalind y las Perlas que conmigo, ¿eh? Muy bien. Pues ya veras. ¿Sabes cuántos tíos se morirían por tener a alguien como yo?»

Empezaba a deslizarme por la resbaladiza pendiente de los celos y quería que se marchara antes de decir algo de lo que me arrepentiría. Es curioso observar cómo el hecho de acostarte con alguien que te gusta de verdad puede provocar una turbulencia psicológica de aquel calibre.

Cuando nos estábamos durmiendo, me sentía muy cómoda y muy cercana a él. Pero ahora que nos separábamos y volvíamos a nuestras respectivas vidas, me sentía abandonada. Me reprendí por mi actitud: James se iba a

una fiesta benéfica a favor de los niños con leucemia, ¡por Dios! ¡Tampoco era que me abandonara para pasar la tarde en un club de striptease!

Cerré la puerta del coche. James retrocedió y las ruedas crujieron en la grava.

–¡Cassie! – me llamó por la ventanilla.

–¿Sí?

–Que no se te olvide que mañana almorzamos con mi padre en el club.

–Ya.

En realidad llevaba toda la semana esforzándome por no pensar en ello y que no se me disparase la imaginación. En el fondo su padre me aterrorizaba desde aquel día en el Finton's, cuando había sido tan grosero conmigo.

–¿A qué hora me vienes a buscar?

–A las once menos cuarto. Almorzaremos a las once en punto porque mi padre tiene que estar temprano en la ciudad.

–Vale.

James se alejó despacio y volvió a la caravana de coches.

–¿Qué hay, Cassie? – saludaron los cenutrios, metiéndose Cheetos a puñados en las bocas teñidas de color naranja. Yo estaba bastante segura de que se llamaban Todd y Brad, y que ya habían estado un par de veces en la casa. Cada uno tenía en la mano una bolsa enorme de Cheetos, tamaño familiar, y parecían dos gorilas atiborrándose de cacahuetes.

–Hola -contesté, atravesando el jardín. El césped estaba caliente bajo el sol del mediodía.

–¿Quieres una birra? – ofreció uno, metiendo un brazo rechoncho en la nevera.

–No, gracias.

Cuando subí al porche los desvencijados escalones de madera crujieron bajo mis chanclas.

–Eh, Cass.

Me protegí los ojos del sol y vi que Travis estaba echado en la hamaca que había utilizado yo de cama el Memorial Day. Estaba con la misma chica rubia con la que Annie y yo lo habíamos visto enrollado el sábado por la mañana. Ahora llevaba una faldita de tenis de tablas y un jersey amarillo pálido con un logotipo rosa de Polo.

–Hola -saludé, acercándome a ellos.

–¡Hola! – La afectuosa sonrisa de Travis mitigó mi ansiedad-. Cassie, te presento a…

–Camilla Claremont -dijo la chica, con todo el aire de Camilla Parker Bowles. Tendió su brazo moreno para ofrecerme una mano delicada con una perfecta manicura francesa y una muñeca esbelta adornada con un reloj de diamantes Cocktail de Tyffany's. Travis estaba en calzoncillos y camiseta, evidencia de que se había quedado a dormir.

–Encantada. Yo soy Cassie.

–Sí, Travis me ha hablado mucho de ti. Trabajas en el Spark y eres escritora, ¿no?

–Bueno, más bien aspirante a escritora -confesé de mala gana-. Y sí, trabajo en el Spark.

–Desde luego es el local de moda este verano -afirmó ella con autoridad.

–Sí, está muy bien. – Tenía que admitir que me gustaba el toque de prestigio que me daba el Spark.

–Qué raro que no nos hayamos conocido antes. Estás compartiendo la casa, ¿no? – Detecté entonces un ligero acento del sur.

–Pero Cassie ya no viene mucho por aquí, desde que duerme en la mansión de su novio -bromeó Travis.

–Eso no es verdad. Como te puedes imaginar, Camilla, aquí no hay precisamente camas para todos…

–¡Uf! Ya lo sé. La casa está siempre a tope y asquerosa -comentó con un gesto de asco.

Aunque yo era la primera que habría criticado la casa, la verdad es que me sentí insultada. ¿Qué derecho tenía ella a hablar así de mi territorio?

–Mujer, no está tan mal.

–Venga, Cammie, si a ti esto te encanta -terció Travis, rodeando con el brazo su diminuta cintura para estrecharla contra él. Camilla estiró el cuello para darle un beso en la mejilla y un collar de perlas asomó bajo el jersey de cachemira y reflejó la luz del sol. Yo me mordí la lengua. Empezaba a pensar que además de trigo, melocotones, maíz y fresas los Hampton exportaban también chicas Perla. Parecían florecer en el clima de los Hampton.

–¿Qué?, ¿cómo está el misterioso James?-preguntó Travis.

–Bien.

–¿No será James Edmonton? – exclamó Camilla. «Oh, no -pensé-.

Camilla también se ha acostado con él. Yo no he sido más que otra muesca en su cinturón Gucci.»

–Sí.

–¡Qué casualidad! James es muy amigo de mi prima Rosalind. Seguro que la conoces, es alta, rubia, guapísima…

–Sí, la conozco -la interrumpí.

–El padre de James y mi tío Stuart, el padre de Rosalind, llevan toda la vida intentando casarlos. ¡En la familia se dice en broma que están prometidos desde que nacieron!

Yo no quería oír más. Como si no estuviera ya bastante enfadada con James. Ahora lo odiaba.

–Me voy arriba a dormir un poco.

–Encantada de conocerte -me dijo Camilla.

Aunque me había ofendido sin darse cuenta, tenía que admitir que parecía estar muy a gusto en brazos de Travis, acurrucada en la hamaca. El monstruo de la envidia me asaltó entonces. No me podía creer que «el día después» James se fuera a un acontecimiento benéfico al que asistiría «todo el mundo» menos yo, mientras que Travis y Camilla seguro que pasarían todo el día juntos. Atravesé la casa, sorteando montoncitos de arena que parecían hormigueros, cervezas vacías, envoltorios de bocadillos, colillas y una bolsita de marihuana, sin dejar de pensar ni por un instante cómo demonios había llegado a liarse Travis con una Perla.

–Así que por fin te has decidido. ¡Gracias a Dios! – exclamó Annie esa tarde. Estaba reclinada en una de las hamacas mohosas del porche de la Casa de los Animales, tomándose un capuchino de Farmer's Market-. ¿Y

cómo fue? ¡Quiero saberlo todo!

–Pues fue muy bien -contesté con una sonrisa tímida.

–¿Bien? ¡Venga ya! Quiero que me cuentes hasta el último detalle. Y

como me digas que hicisteis la postura del misionero, te mato.

–La verdad es que probamos varias posturas.

–¡La muy puta! – chilló Annie. Y nos dio un ataque de risa.

–¡Cuidado! – gritó Travis. Una pelota de fútbol me venía disparada a la cabeza. Me agaché justo a tiempo y la pelota se estrello contra el capuchino de Annie-. ¡Ay! ¡Lo siento!

Annie recogió la taza volcada y se la tiró a Travis.

–¡Me debes cinco dólares con noventa y cinco! – bromeó-. El café no es nada barato en este pueblo.

–No, aquí no hay nada barato -reconoció Travis-. Anoche me llevé a Camilla al Jean Luc y la cena me costó tres billetes. Ahora me tengo que pasar el resto de la semana sin comer. – Recogió la pelota y volvió corriendo al césped con el grupo de chicos des camisados.

Ante el comentario de Travis me di cuenta con sobresalto de lo mucho que había cambiado mi vida desde el principio del verano. Antes andaba siempre ahorrando y escatimando el dinero, y solía comer unos fideos en mi piso diminuto, y ahora iba a almorzar al Maidstone Country Club con mi novio millonario. Tal vez Lily y yo teníamos más cosas en común de lo que pensaba.

–Cassie, apaga el despertador -gruñó Annie irritada desde la cama a la mañana siguiente.

Aparté las sábanas de mala gana y me incorporé. Me dolía la cabeza, tenía un pitido en los oídos y la espalda hecha polvo. Me ardían los pulmones y notaba la boca como una bala de algodón: todos los síntomas que había aprendido a asociar con la mañana después de trabajar en el Spark. Ese día tenía, además, otro motivo de ansiedad: el temido almuerzo con el padre de James.

La noche anterior fue como un torbellino.

–Acabo de volver de Las Vegas y no he dormido en cinco días -se jactó Jake nada más llegar. Tenía la cara más gris que la ceniza de la vieja barbacoa de la Casa de los Animales, y unas ojeras oscuras terribles. Hasta los labios habían perdido el color. Parecía un adicto al crack con una anemia severa.

–¿Y no te duermes sin darte cuenta? – pregunté fascinada-. Una vez leí en un artículo que el cerebro se apaga de pronto o una cosa así. Pero ¿tú no necesitas dormir?

–Pues claro, tonta, casi todo el mundo necesita dormir. Pero no Super Jake.

Decidí ignorarlo el resto de la noche, con excepción de los veinte chupitos que nos metimos juntos, empezando a las diez. Jake me había advertido que tenía que emborracharse a lo bestia, probablemente porque era la única manera de contrarrestar la cantidad de drogas que debían de correr por sus venas.

Yo no hacía más que mirar el móvil, pero James no me llamó ni apareció por el bar. Ya me había dicho que seguramente no podría venir, pero de todas formas me sentí decepcionada. Mientras servía los millones de copas que me iban pidiendo, reflexionaba sobre lo que sentía por él. Era el sello distintivo de un barman experimentado: después de tanto tiempo sirviendo, por fin era capaz de trabajar mientras pensaba en otras cosas aparte de los ingredientes de un margarita.

A eso de las cuatro me envió un mensaje: «Te echo de menos.» Me emocionó. Decidí en ese momento que tenía que relajarme un poco con todo aquello. James estaba loco por mí y yo estaba loca sin más.

Annie y yo llegamos a la Casa de los Animales pasadas las seis, y después de retirar un suspensorio colgado en el pomo de nuestra puerta, nos dormimos de inmediato.

El despertador volvió a sonar y lo apagué. De camino al baño fui pisoteando las patatas fritas rancias que había tiradas por el suelo. Lo único bueno de levantarse a una hora tan intempestiva como las diez de la mañana un domingo era que podía una estar segura de que el baño estaría vacío. A menos, claro, que alguien se hubiera quedado frito en la bañera.

Abrí el grifo, me desnudé y me miré al espejo. La verdad es que mi aspecto no era mucho mejor que el de Jake. Tenía unas ojeras terribles y parecía hinchada después de pasarme otra noche bebiendo a saco. Tenía el estómago revuelto, no sabía si porel alcohol o por la perspectiva de tener que pasar dos horas con el señor Edmonton intentando encontrar un tema de conversación. James pasaría a recogerme en menos de una hora para ir al Maid stone, el club de campo más selecto de los Hampton. Y yo tenía la pinta de no haber dormido ni haber probado una verdura desde antes de la guerra.

Mientras el agua caliente me corría por la cara pensé en la conversación que había mantenido con Alexis el día anterior. Me había llamado cuando yo iba de camino al trabajo.

–Cass, me tienes un poco preocupada -dijo-. Últimamente estás hecha polvo, chica. ¿Qué pasa?

–No lo sé. Esta vida, que me está matando. Estoy agotada. Es muy difícil seguir el ritmo, y encima, el otro día me acosté con James.

–¡Enhorabuena! James te gusta de verdad, ¿no? Y ya lleváis un tiempo saliendo…

–Ya, pero ahora tengo que ir a Planificación Familiar porque quiero tomar anticonceptivos y no tengo seguro médico. A veces me gustaría tener un trabajo normal para poder ir a un médico normal como una persona normal, y no al ginecólogo del gueto en Brooklyn.

–¡Pero si tienes el mejor trabajo del mundo! De día vas a la playa, de noche conoces a los famosos y encima tienes un novio fantástico que prácticamente pertenece a la realeza de Nueva York.

–Ya. Pero es que me gustaría saber que tengo otras opciones. No quiero pasarme la vida de camarera.

–Cassie, tú no te vas a pasar la vida de camarera. No exageres. Sólo llevas unos meses de barman.

–Pero no veo el final. Y mucha gente con la que trabajo es mucho mayor que yo y sigue sirviendo copas. El dinero crea adicción, Lex. Y

además, se va tan deprisa que siempre hace falta más y más. Me da mucho miedo pensar que me voy a pasar así la vida.

–No va a ser así -aseguró ella-. Tú eres escritora, Cass, y no barman. De momento tienes que servir copas para mantenerte, ¿y qué? Y además te lo estás pasando estupendamente, ¿no?

Casi me eche a llorar.

–Supongo. Pero es que es demasiado. – Y me salió todo a borbotones-: Rosalind y las otras me tratan tan mal que el otro día me compré un vestido de mil dólares para impresionarlas. Y ni siquiera lo vieron. He agotado todo el crédito de mi tarjeta, y mañana tengo que almorzar con el padre de James y me odia.

–Oye, oye… -intentó calmarme Alexis-. A ti no te odia nadie.

Probablemente su padre será como el mío, que está tan ocupado que parece siempre un gruñón.

–No sé, Lex. Cuando vino al Finton's no me dijo ni dos palabras.

–¿Y qué? Tú no estás saliendo con su padre. Tú estás saliendo con James. Y él sí que te quiere. Y a las otras tías lo que les pasa es que están celosas.

De pronto me apetecía mucho volver a Nueva York en septiembre.

Echaba de menos a mi mejor amiga. Alexis siempre sabía ver las cosas con perspectiva.

Después de una rápida ducha volví a la habitación envuelta en una toalla para enfrentarme a un nuevo dilema: qué ponerme. Mi madre siempre

decía que, ante la duda, lo mejor era ir a lo clásico y elegante. Por desgracia, entre mi mísero guardarropa y el de Annie no había nada clásico ni elegante. Annie había accedido a prestarme su vestido blanco el día anterior, pero a mí me parecía demasiado corto. Me puse sus pendientes de perlas, venciendo la tentación de salir corriendo a Tiffany's para fundirme los quinientos noventa y cuatro dólares de la noche anterior en el collar de perlas que había visto allí, me calcé unos tacones kitten de Ann Taylor preciosos (mi único par de zapatos de «adulta») y empecé a maquillarme.

Cuando terminé miré el deplorable estado de mis uñas. Tenía que haber pensado antes en hacerme una manicura. Era imposible tener unas uñas decentes trabajando en una barra. Tendría que acordarme de mantener las manos en el regazo. Recogí mi bolso negro sin asas y bajé por las destartaladas escaleras.

–Estás guapísima -me dijo James en cuanto salí al porche. Me abrazó y me dio un beso-. Anoche te eché de menos.

–Y yo a ti. – Todas las paranoias de la noche anterior se desvanecieron bajo el cálido sol. – ¿Estás lista?

–Sí. Me muero de hambre. – Pensé que un buen almuerzo me ayudaría a combatir la resaca y a recuperarme. Me habían dicho que el Maidstone era muchísimo más sofisticado que el Southampton Country Club y estaba deseando ver el banquete que me esperaba.

Era la primera vez que iba al Maidstone, que según la revista Hampton era el local de más difícil acceso de la zona (el Spark era el quinto de la lista, justo entre Nick and Toni's y Della Femina), y el Page Six calificaba el club como uno de los más exclusivos del mundo. Por lo visto había una lista de espera de veinte años para hacerse socio. La pertenencia al club era un privilegio con el que se nacía o para el que había que esperar media vida.

Mientras que otros clubes de campo de los Hampton, como el Atlantic, tenían unas cuotas iniciales de locos (siete cifras), la del Maidstone era relativamente barata (doscientos mil dólares). Lo que impedía la entrada no eran las cuotas, evidentemente, sino el proceso de admisión.

James evitó Montauk Highway tomando las carreteras secundarias siempre que fue posible. Por fin llegamos a Further Lane, pasamos de largo por su casa y otras mansiones ocultas detrás de altos setos, hasta que apareció a lo lejos la enorme casa del club, envuelta en el resplandor verde esmeralda del campo de golf. Al principio del camino particular había un

gigantesco letrero de madera con la inscripción «PRIVADO», para evitar la entrada de los que no pertenecieran al club. Cuando llegamos al aparcamiento advertí que todos los sitios tenían grabado el nombre de un socio. James metió el Range Rover en el lugar marcado con «J. Edmonton III».

Mientras íbamos del aparcamiento al club, James saludaba y sonreía a la gente con la que nos cruzábamos. Todos parecían conocerse unos a otros: niñas con bañadores mojados, hombres en coches de golf, mujeres con impecables pantalones caqui y camisas Polo de camino a su primer hoyo.

Un pequeño camino flanqueado de árboles nos condujo a la parte exterior del club, donde estaba la enorme piscina y unos ciento cincuenta búngalos, también con el nombre grabado en la puerta.

–Allí en el jardín es donde suelen tomar el té en verano -indicó James, señalando hacia el mar.

–¿Dónde están las pistas de tenis? – pregunté, bastante impresionada conmigo misma por saber que era también un club de tenis.

–En otro sitio. Ya te llevaré luego si quieres. Son pistas de hierba, pero también hay un par de pistas de cemento.

–Creo que no he visto una pista de hierba en mi vida.

–Es muy inglés.

–Ah.

James me apretó la mano con una sonrisa.

–El Maidstone tiene una gran herencia inglesa. Se llama igual que un pueblo de la costa que hay muy cerca de Londres. Por lo visto muchos de los primeros habitantes de los Hampton eran de allí.

Entramos por la puerta principal y atravesamos un saloncito donde tomaban té dos mujeres entradas en años, tocadas con sendas pamelas. La influencia británica se veía en los Hampton por todas partes, pensé: partidos de polo, el té de la tarde, las pistas de ; tenis… Alexis me había dicho que los Hampton se llamaban así por Hampton Court, la residencia de verano de la familia real. Si los Hampton eran una réplica de Inglaterra, pensé, el Maidstone era el palacio de Buckingham.

Subimos por las grandiosas escaleras de caoba pulida cubierta por una alfombra verde hasta llegar al comedor. Yo busqué nerviosa con la mirada al padre de James.

–Buenos días, señor Edmonton-saludó un tipo rechoncho y con bigote, vestido con una chaqueta verde que le daba toda la pinta de acabar de ganar el Master de golf.

–¿Cómo estás, Roger?-contestó James-. Ésta es mi novia, Cassie.

–Es un placer conocerla, señorita -dijo Roger, inclinando la Cabeza.

–Roger es el director general del Maidstone -me explico James. Luego se volvió hacia él-. ¿Ha llegado ya mi padre?

–No, no ha llegado todavía. Si quieren pueden pasar al bar. Yo los llevaré a la mesa cuando llegue su padre.

Una vez en el bar me senté en un taburete de la barra. Era cu rioso, pero ahora que estaba en un entorno más familiar se me había pasado un poco la ansiedad. Respiré hondo y miré alredc dor. En todas direcciones había una vista espectacular del mar.

–Cassie, voy un momento al baño. ¿Te importa quedarte sola un minuto? – James me apartó un mechón de pelo de los ojos y me agarró un momento las manos, que las tenía heladas.

–Claro que no -sonreí.

–¿Le apetece tomar algo? – me preguntó el barman. Tenía por lo menos sesenta años y, como Roger, llevaba una chaqueta verde.

–Hola -saludé muy animada-. ¿Cómo está?

–Bien -contestó él muy formal-. ¿Le apetece tomar algo?

–Pues… sí, por favor. ¿Podría tomar una copa de pinot noir?

–Desde luego -replicó lacónico.

Probablemente no le estaba permitido mantener conversaciones privadas con los clientes. Como había dicho Martin Pritchard una vez, los mejores criados son invisibles, ni siquiera debería uno darse cuenta de su presencia.

Billy me contó que una vez se había presentado para un trabajo en la Soho House, un club privado de Manhattan de lo más exclusivo al que sólo se accedía mediante invitación. Estaba basado en un club de Londres del mismo nombre.

–Estuve allí haciendo un turno -me explicó-. Y fue un infierno de cojones. No podías utilizar la entrada principal. Tenías que subir a pata siete pisos porque tampoco podías usar el ascensor de los clientes. Y tampoco te dejaban usar los servicios. Si tenías una urgencia, había que subir otros tres pisos y usar un baño que había en el almacén y que estaba asqueroso. No

podías casi ni mirar a los clientes, y sólo estaba permitido hablar con ellos para servirles las copas. Y en tu noche libre no te podías ni acercar al club, porque eras «el servicio».

Cuando alcé la cabeza vi al señor Edmonton en toda su gloria, con su pelo canoso y su buen aspecto. Estaba subiendo por las escaleras y venía hacia mí. Lo primero que pensé, en pleno ataque de pánico, fue: «¿Dónde coño está James?» Pero me dominé al instante y bajé del taburete haciendo todo lo posible por mostrar una sonrisa cálida y radiante.

–Hola, señor Edmonton. Me alegro de verlo…

–Ed Hollinger, ¿cómo estás? – preguntó él, pasándome de largo y dándole una palmada en la espalda a un hombre maduro que estaba sentado detrás de mí.

–Muy bien, Jim. Encantado de verte…

Siguieron charlando mientras a mí me ardía la cara de vergüenza.

Estaba segura de que todo el mundo había visto cómo me ignoraba mientras yo lo saludaba y le tendía la mano. Me pregunté si no lo habría hecho a propósito, pero me dije que sería demasiado cruel. ¿Sería posible que no me recordara del Finton's?. Claro que era uno de los abogados más ricos de Nueva York y seguro que tenía una memoria de elefante. Me quedé allí muerta de rabia hasta que vi a James aparecer en las escaleras. Estaba deseando que acudiera corriendo a rescatarme.

–Cass, ¿has saludado a mi padre? – preguntó, mirando la espalda del jersey de golf del señor Edmonton.

Al oír la voz de su hijo, se volvió.

–Hola, papá -saludó James con formalidad, tendiéndole la mano-. ¿No has visto a Cassie? Estaba aquí a tu lado.

–No me había dado cuenta. ¿Por qué no me ha dicho nada?

–Lo siento, señor Edmonton, pero como he visto que estaba hablando no quería interrumpirlo…

–¡Roger! – El señor Edmonton chasqueó los dedos dejándome con la palabra en la boca-. ¿Está lista nuestra mesa?

James firmó la cuenta de mi copa de vino. Un momento después James Edmonton III, James Edmonton II y yo estábamos sentados junto a una ventana que daba al mar. Las olas rompían con estruendo a lo lejos y se distinguían las oscilantes cabezas de los surfistas que flotaban esperando una ola decente. El señor Edmonton sacó la edición del viernes del Wall

Street Journal y se puso a hojearlo. Por lo visto no le gustó nada lo que leyó.

–¡Maldita sea! Si las Blue Chips siguen bajando así voy a tener que matar a Ray Sullivan.

James no dijo nada. Yo me metí con disimulo dos aspirinas en la boca y me las tragué con un sorbo de vino. Me había vuelto el dolor de cabeza en cuanto entramos al comedor. Un camarero se acercó a la mesa.

–Buenos días. ¿Cómo están ustedes?

–Un bloody mary de Ketel y huevos Benedict -pidió el señor Edmonton, todavía inmerso en su periódico.

–Muy bien. ¿Y usted? – me preguntó a mí. Yo no había abierto el menú.

–Pues no sé. A ver…

–Para mí la fritura de setas -terció James-. Y un café solo.

El camarero tomó la nota mientras yo leía a toda prisa la carta. Movía los ojos tan deprisa que no podía centrar la vista en nada.

–¿Y usted, señorita?

Yo, aturullada, solté lo primero que vi.

–Los huevos Sardeaux, por favor. – No tenía ni idea de lo que acababa de pedir. El camarero se llevó la carta y yo me senté encima de las manos para no morderme las uñas, que bastante destrozadas estaban.

–Bueno. – El señor Edmonton cerró el periódico con brusquedad-. ¿Os conocisteis en Yale, James y tú?

–No. Yo fui a Columbia -contesté, rezando por que el vino no me hubiera manchado los dientes y arrepintiéndome de no haber pedido un mimosa. ¿Cómo se me ocurría ponerme a beber vino a las once de la mañana?

–¿Te criaste en Nueva York?

–Sí.

–¿Dónde?

–En el norte. En Albany.

–¿Cuánto tiempo llevas viniendo a los Hampton?

–Es mi primer verano.

–¿Y cómo es que has venido?

Aquello parecía un interrogatorio del FBI.

–Pues vine a traba…

–Cassie es escritora -me interrumpió James-. Ha venido buscando inspiración. Quería unirse a las filas de los bohemios de los Hampton.

Yo intenté ignorar que era la segunda vez que me había interrumpido antes de que cometiera el error de confesar que era camarera.

–Qué interesante -comentó el señor Edmonton. Le habían traído el bloody mary y ahora lo removía con un trozo de apio-. ¿Y qué escribes?

¿Novelas?

–Pues… -El balbuceo se había convertido en mi método de comunicación más frecuente en los Hampton-. De momento estoy trabajando en un…

–¿Has publicado algo?

–Ah. Pues no. Pero espero… -El fuerte tono del móvil del señor Edmonton apagó mi voz.

–¿Sí? – bramó, contestando al primer timbrazo.

Mientras su padre hablaba con una de sus secretarias, James me tocó la rodilla por debajo de la mesa y me dedicó una sonrisa de ánimo. Yo intenté sonreír también, pero el vino y la adrenalina se habían combinado para quemarme por dentro y me habían dado náuseas y el peor ardor de estómago de mi vida. Tenía que comer algo pero ya. Un niño rubio a mi derecha se estaba tomando unas torrijas con grosellas y el estómago me rugió de hambre.

–¿Fuiste al instituto en Albany o a un internado? – me preguntó el señor Edmonton en cuanto colgó el teléfono.

–En Albany. Fui al Colonie High School.

–¿Un instituto público? – exclamó él con un tono inconfundible de desaprobación.

–Pues… sí. Sí, es público-contesté, intentando controlar mi vergüenza-.

¿Y usted viene mucho por los Hampton? – contraataqué, esperando invertir el interrogatorio.

–Intento salir todo lo posible. Me gusta jugar al golf por lo menos tres veces por semana cuando hace buen tiempo. ¿Tú juegas?

–No. Pero me encantaría aprender.

Silencio. Miré por la ventana deseando con toda mi alma ser uno de aquellos surfistas de la playa, nadando libre en el agua azul. Miré a James buscando apoyo. Él me dio un apretón en la mano.

Aquello se me hizo una eternidad, pero por fin llegó la comida. Vi horrorizada que mi plato era una especie de pasta de huevos medio crudos y salsa holandesa sobre un puré verde irroconocible. El señor Edmonton rompió sus huevos Benedici, hendiendo la fina membrana blanca hasta que la yema amarilla sangró por todo el plato. Tanto el padre como el hijo comieron con ganas mientras yo evitaba aquella especie de engrudo de huevo y untaba mantequilla en una tostada de pan integral.

El señor Edmonton engulló la comida en dos minutos y dejó los cubiertos al borde del plato.

–Dime, Cassie -comenzó de nuevo-, ¿a qué se dedican tus padres en Albany?

Yo carraspeé y tragué saliva.

–Mi padre es bombero y mi madre es secretaria en un despacho de abogados.

Más silencio. Sonreí como uno de los maniquís del escaparate de Bloomingdale's, aunque más bien me sentía uno de esos muñecos con los que hacen las pruebas de choque de los coches. Me seguía doliendo la cabeza a pesar de las aspirinas y ni siquiera podía mirar los restos chorreantes de mi plato. Necesitaba un poco de aire.

–Si me disculpan… Voy un momento al servicio.

Tanto James como su padre se levantaron conmigo.

–Está abajo. Por las escaleras por las que hemos subido.

En cuanto desaparecí de su vista, bajé por las escaleras como una exhalación y salí por la puerta principal con todo el decoro que que fui capaz. Di un par de pasos por el jardín y me apoyé en un antiguo baño para pájaros, respirando hondo para aspirar todo el oxígeno posible.

–Un día precioso -comentó alguien. Era un abuelo que estaba fumando un cigarrillo. Tenía unos ojos azules del color del cristal esmerilado y una expresión benévola.

–Sí -contesté.

–¿Qué, demasiado cargado el ambiente ahí dentro? – preguntó, enfatizando la palabra «cargado».

–Pues sí -sonreí.

–Para mí también. ¿Un cigarrillo?

–Gracias. – Puesto que ya tenía el hígado podrido, ¿por qué no empezar a destrozarme otro órgano vital? El tabaco es otra resbaladiza pendiente.

Empiezas con una calada después de una noche de trabajo y a continuación asocias el fumar con el relax y el descanso. Y sin darte cuenta acabas fumando cada vez que estás un poco nerviosa o enfadada.

El hombre me encendió el cigarrillo con un mechero Cartier.

–Me llamo Charles.

–Yo, Cassie. – Era un alivio que no hubiera mencionado su apellido, porque así yo no tenía que decir el mío ni decepcionar a todo el mundo porque el linaje de mi familia no se remontaba a la reina Victoria.

–¿Has venido a almorzar?

–Sí. Tengo unos amigos que son socios. – Di una larga y satisfactoria calada al pitillo.

–¿Qué te parece el Maidstone? Es magnífico, ¿verdad? Y en teoría todos los socios son magníficos también.

–¿En teoría?

–Sí, en teoría -contestó exhalando el humo. Luego se inclinó hacia mí con una sonrisa picara-. En realidad son una pandilla de gilipollas.

Yo casi me ahogo con el humo, de la risa.

–Sí. Son gente un poco difícil.

–Yo era el director de admisiones del club en los años sesenta -me confesó-. Pero cuando les conté mis planes para abrir el Maidstone a las minorías… bueno, ahí terminó mi mandato. Les gusta que esto siga siendo homogéneo, digamos. La mayoría se jacta de poder remontar su linaje hasta el Mayflower.

Yo miré hacia los socios de aspecto ario que estaban en el hoyo dieciocho y pensé en la cantidad de gente rubia que había en el comedor y en los niños rubios que se bañaban en la piscina. Era como si el mismísimo Adolf Hitler dirigiera el club y sólo permitiera el acceso a miembros de la Raza Superior.

–Todos blancos y anglosajones, ¿eh?

–Bueno, eso no es del todo cierto. Tenemos un socio simbólico judío y un socio simbólico negro, y con algo de suerte verás a un católico o dos.

–Estaré al tanto.

–Bueno, si me perdonas, me voy a la piscina a comprar una botella de agua de ocho dólares.

–Mucho gusto en conocerlo.

–El gusto es mío.

Apagué el cigarrillo en el baño para pájaros y me recompuse. Me habría encantado ir con Charles a la piscina y pasarme la tarde fumando con él, pero James y su portentoso padre me esperaban arriba. Si quería rescatar alguna posibilidad de tener un futuro con James, tenía que volver al comedor con una sonrisa de seguridad y hacer todo lo posible por ganarme a su padre.

Entré en el vestíbulo donde dos niñas muy rubias de unos ocho años subían y bajaban las escaleras corriendo con gran alboroto. Lo primero que pensé es que podían caerse y romperse la crisma, y lo segundo fue que mi madre no me habría permitido jamás de los jamases comportarme así en un club de campo. Pero a nadie parecía importarle lo que hicieran las chiquillas y ellas actuaban como si fueran las dueñas del lugar. Me imaginé que sus niñeras tendrían el día libre.

Entré en el servicio para arreglarme un poco. De pronto echaba muchísimo de menos a mi madre. Me sentía totalmente fuera de lugar y me invadió una nostalgia tremenda. Echaba de menos la cómoda y acogedora cocina de casa y el sencillo desayuno de tortitas con mermelada y beicon Oscar Mayer que mi madre preparaba todos los domingos por la mañana.

Miré en torno al «vestíbulo de señoras» de estilo antiguo, rosa y turquesa, con taquillas de madera y placas que decían «Ladies Club Champ» y me pregunté dónde estaría la madre de James. James casi nunca la mencionaba y se cerraba en banda cada vez que yo le preguntaba por ella. Incluso una chica joven para el señor Edmonton (una Lily o una Perla, alguna especie de aliada del género femenino) habría sido mejor que nada.

Cuando volví al comedor James y su padre estaban tomando café sin decirse ni una palabra. El señor Edmonton leía de nuevo su periódico y James estaba mirando por la ventana. Yo no me podía imaginar sentada a una mesa con mi padre sin hablar con él. Cada vez que mi familia se reunía charlábamos todos como cotorras y casi había tortas por tomar la palabra.

–¿Ha terminado usted, señorita? – me preguntó el camarero, cuando volví a la mesa. Yo asentí a pesar de que apenas había tocado los huevos y él me retiró el plato.

–Dígame, señor Edmonton, ¿cómo conoció a Martin Pritchard? – Me imaginé que el hecho de mencionar a Martin, un «amigo» común, nos ayudaría a romper el hielo.

–Me vendió mi primer Rothko -replicó él con expresión pétrea.

–Ah. Me encanta Mark Rothko. Martin y Lily se pasaron la otra noche por el Spark a saludarme, cuando estaba yo en la barra.

–¿También trabajas aquí de barman?

Vi de reojo que James daba un respingo y supe de inmediato que había metido la pata. Pero no tenía forma de evitar la pregunta de su padre, de manera que decidí agarrar al toro por los cuernos.

–Sí, trabajo dos días a la semana en el Spark…

–Voy a pedir la cuenta-me interrumpió James. Yo baje la vista totalmente humillada.

Cuando nos levantamos para marcharnos vi a una chica de mi edad que almorzaba con sus padres en la mesa de la izquierda. Tenía el pelo muy rubio, recogido con una cinta negra que le daba el aspecto de una Alicia crecidita en el País de las Maravillas. Comía delicadamente una ensalada Waldorf. Su delatador collar de perlas me llamó la atención. Probablemente llevaba acudiendo al Maidstone desde que nació y seguro que jugaba al golf de maravilla y al tenis con gracia y talento. Su cutis de piel de melocotón era perfecto, y advertí con envidia que no tenía ni un asomo de ojeras en sus ojos azules translúcidos. Me acordé de que esa mañana había vuelto del trabajo con la falda empapada de granadina y las uñas roídas y sucias.

Habría vendido mi alma por cambiar mi asquerosa casa compartida, mis preocupaciones económicas y mi agotador estilo de vida por la vida de aquella chica: uñas impecables, almuerzos en el Maidstone y perlas.

James y yo salimos al aparcamiento en silencio, cuarenta y tres minutos después de haber entrado. Una vez en el coche sentí tal claustrofobia que creí que iba a explotar. Ya no podía soportarlo más.

–No puedo más -salté con voz trémula.

–¿No puedes más con qué?

–Con esto. Me siento fatal conmigo misma. Tu padre ni siquiera me habla. Tú te enfadas cuando menciono en qué trabajo. ¿Qué quieres que diga? Soy barman, James. Y si eso te avergüenza, lo siento mucho. – Estaba a punto de echarme a llorar, pero mi último resto de orgullo no permitía que salieran las lágrimas todavía. Le miré el perfil para ver cómo reaccionaba.

Nada. Giró a la izquierda al final del aparcamiento y tomó Further Lane-.

¿Adonde vamos?

James no me contestó. Entraba y salía de calles secundarias que yo no conocía de nada, hasta que llegamos a Main Beach en Kast Hampton,