El Manhattan perfecto

Shear, Leanne y Toomey, Tracy · Capítulo 10 de 17

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El Manhattan perfecto

Capitulo 10.

Una de las chicas metió una salchicha en un panecillo amarillo de patata Martin y la otra se puso a rebuscar entre el hielo abriendo las ostras a una velocidad impresionante. Les dejé veinte dólares de propina. Estaba feliz de la vida y, lo que era mejor, el sábado iba a asistir a uno de los eventos más importantes de la temporada de verano en los Hampton, con mi novio, James.

Annie echó una mostaza de color amarillo fluorescente en el perrito y yo saqué el móvil para ver la hora.

–Joder, son casi las tres. Me tengo que ir.

–¿Por qué? Lo estamos pasando muy bien. – Cuando Annie mordió el perrito, la mostaza rezumó por los lados. Sólo Annie podía comerse una salchicha de cerdo y hacer que pareciera sexy.

–Porque mañana trabajamos y yo no estoy escribiendo nada. Pensaba ponerme con ello un rato mañana, antes de que llegaran Travis y los demás.

Tengo la sensación de que no hago más que trabajar y beber.

–Ya lo sé, pero es verano. Es muy difícil resistirse a salir.

Yo me levanté.

–Despídeme de todos. Me da miedo ir yo porque acabarán convenciéndome de que me quede a tomar la última.

–Vale. Nos vemos en casa.

Cuando iba a salir a la calle, de pronto pasó corriendo junto a mí una mujer desnuda, chillando como una loca.

–¿Estás bien? – pregunté alarmada, temiendo que hubiera sido víctima del asalto sexual de algún borracho.

–No pasa nada -me dijo Andy desde la puerta-. Le he dicho que le daba veinte dólares si echaba a correr desnuda por Main Street. ¡Alucina!

Capitulo 10.

Pearl diver

–¡Es preciosa! – exclamó Annie. Tenía en la mano una falda Miss Sixty muy corta y vaporosa, de color amarillo. Estábamos en East Hampton, en plena fiebre de compras, buscando en Main Street y Newtown Lane el atuendo de polo perfecto.

–Creo que es un poco corta, ¿no? – observé-. Yo creo que debería llevar algo más clásico.

–A mí no me parece corta. Es preciosa, y tú tienes las piernas muy bonitas. Con un par de sandalias de tacón y con lo morena que estás, romperías.

–A mí no me lo parece. Vamos a ver qué tienen en Henry Lehr. –

Dejamos Scoop Beach, una tienda para chicas jóvenes, modernas y un poco llamativas, y cruzamos la calle para ir a Henry Lehr. Al contrario que en Scoop, donde los vistosos vestidos playeros de tela de toalla estaban dispersos por el escaparate como en un cuadro de Jackson Pollock, en el de Henry Lehr se veía un elegante traje sastre de color crema.

–Esto es lo que llevaría mi madre -declaró Annie con desdén, mirando un blazer color verde mar.

–Vale, vale. Vamos a Calypso. Me encanta el vestido rosa que tienen en el escaparate.

–Cassie, ese vestido debe de costar por lo menos mil dólares.

–No digo que lo vaya a comprar -salté-. Sólo quiero probármelo.

Volvimos a cruzar y entramos en el señorial edificio de la drillo donde estaba Calypso, una de las tiendas favoritas en East Hampton. Los maniquís estaban adornados con docenas de motivos florales y telas y gasas primorosas. Por toda la tienda se veían las sandalias doradas y plateadas que eran el sello distintivo de la casa y que llevaban casi todas las mujeres que había visto desde que llegué a los Hampton. Fui derecha al vestido color rosa atardecer y me lo puse delante. Era de seda y cortado al bies.

–Creo que es perfecto -suspiré.

–¿Cuánto? – preguntó Annie.

–¿Desde cuándo te has vuelto tan práctica? – me burlé. Pero al ver la etiqueta di un respingo-: novecientos dólares.

–Es que no quiero que te gastes el alquiler de un mes en un vestido que sólo te vas a poner una vez. Ya sé que James es fabuloso, pero seguro que te ve igual de guapa con ropa de Banana Republic que con un modelito de Calypso.

Yo no sabía cómo confesar que en el fondo estaba segura de que James era más bien estilo Calypso, y que me aterraba la idea de aparecer en el Bridgehampton Polo Match con un atuendo inadecuado. Recordé cómo me había sentido en la barbacoa al lado de Rosalind y sus amigas. Por muy tosca e infantil que me sintiera aquel día, sabía que esto iba a ser mucho peor. No quería que James se arrepintiera de estar conmigo. Aunque en la

mayoría de las situaciones lo ideal es destacar y dejar tu huella personal, sabía que con los amigos de James era mucho más importante integrarse.

Ahora que era la novia de James, tenía que aparentar que era de su clase.

Además era un vestido precioso, y después de decidirme tantas veces en mi vida por la opción más práctica y barata, pensé que me lo merecía.

–En fin, lo bueno es que es más barato que el alquiler de un mes -

declaré.

–Cassie…

Pero yo ya iba de camino al probador. Nada más llegar, una vendedora agresiva que sin duda trabajaba a comisión, me arrancó el vestido de las manos y preguntó forzando una sonrisa:

–¿Le gustaría probárselo?

–Pues… sí, por favor -balbuceé.

Ella echó un rápido vistazo a mi atuendo, muy poco elegante, deteniéndose en mis chanclas Oíd Navy.

–¿Le traigo unos tacones, para que se haga mejor idea de cómo le sentaría el vestido?

–Sí, muchas gracias.

Cuando la vendedora se marchó cerré la puerta del probador me quité la camiseta J. Crew y la falda y me puse el vestido por los pies. Justo cuando me lo estaba subiendo, volvió la dependienta y abrió sin llamar el probador.

–Los vestidos nunca se ponen por los pies -indicó-. Las mujeres deberían vestirse siempre pasándose las prendas por la cabeza.

Me quité el vestido, con una vergüenza horrorosa de mi tanga Spongebob Squarepants, y me lo volví a poner pasándomelo por la cabeza.

–Dése la vuelta -me ordenó en plan sargento, antes de abrocharme la cremallera-. Y ahora póngase los tacones.

Me ofreció unas delicadas sandalias de tacón. Yo llevaba las uñas de los pies sin arreglar y me dio miedo estar profanando alguna regla fundamental sobre cómo debería una mujer ponerse unas sandalias. Luego me erguí con valentía y me miré al espejo. Casi me quedé sin aliento.

El vestido era precioso, magnífico. El rosa pálido contrastaba fuertemente con mi piel morena y el pelo oscuro. Me sentaba de maravilla y ocultaba todas mis imperfecciones. Abrazaba todas mis curvas sin ceñirse ni arrugarse, estrecho en torno a mis caderas y con una caída impecable sobre mis piernas.

–Le sienta muy bien -observó la dependienta, esta vez con más suavidad. Yo estaba deseando que lo viera Annie.

–¡Caray! – exclamó-. Pareces una princesa.

–Tengo que comprármelo, Annie. Y las sandalias también.

–¿Estás segura? Es precioso, pero vale una fortuna. ¿Tú crees que vale la pena llegar a eso por las Perlas?

Aparté la vista, sabiendo que Annie leía en mí como en un libro abierto.

–Es que quiero estar guapa. Es la primera vez que voy a participar en un acontecimiento importante de los Hampton.

–Eso no es verdad. ¡Si estamos en todas las fiestas importantes de los Hampton!

–¡Sí, detrás de la barra! Ésta es la primera vez que voy a ir de invitada.

–Bueno -cedió por fin-, la verdad es que el fin de semana pasado sacamos bastante pasta. Y seguro que esta noche nos forramos, sobre todo tú, que estás otra vez delante con Jake.

–Sí. Seguro que recupero el dinero este fin de semana. Va a ser mi único derroche del verano. Ya ni uno más.

Volví al probador y me quité el vestido. Luego lo llevé junto con las sandalias a la caja y di mi tarjeta, una American Express azul normalita.

–¿Me cobra? – dije, con cierta satisfacción al recordar cómo me había mirado la dependienta cuando entré en la tienda. Estaba muy bien demostrarle que las apariencias engañan. Al mismo tiempo esperaba que no me rechazaran la tarjeta y que no hubiera agotado el límite del crédito.

–¿Has escrito algo mientras yo estaba en la playa esta mañana? – me preguntó Annie al salir.

–Pues sí, he avanzado mucho, la verdad.

Aunque me había despertado con la boca seca y dolor de cabeza, no me había despegado del ordenador. Me había levantado de la cama de un brinco, muy inspirada y rebosante de ideas. De pronto, ante la perspectiva de ir al Bridgehampton Polo Match con James, veía con toda claridad a la cenicienta protagonista de mi guión. Estaba tecleando como una loca la descripción de las Perlas como personajes tipo «hermanastras malas», cuando Annie irrumpió en la sala con un biquini rosa chillón emanando un olor playero mezcla de aire fresco y aceite bronceador, para irnos juntas de compras.

–Me gusta mucho más comprar en los Hampton que en la ciudad -

comenté. Acabábamos de salir de The East Hampton Ice Cream Club con dos enormes cucuruchos de helado.

–¿Por qué? En Manhattan hay mucha más selección.

–Sí, pero aquí todo el mundo sale de compras con el pelo alborotado de la playa y en chanclas.

–Pero no unas chanclas de tres al cuarto, sino chanclas de alta costura -

se burló Annie-. Y el pelo alborotado probablemente se lo haya arreglado el mismísimo Garren por cinco mil dólares de nada. – Garren era el estilista de los famosos, que estaba de guardia todo el verano en los Hampton para los arreglos de emergencia de los ricos y famosos.

–Seguro.

Me había parado a mirar el escaparate de Tiffany's.

–Lo digo en serio. ¿Te acuerdas de cuando vimos a Gwyneth Paltrow en el Spark la otra noche? Nos encantó porque iba muy informal y como si viniera de la playa, ¿no?

–Sí.

–Bueno, pues luego vi una foto suya en el US Weekly. Allí salía información sobre su atuendo y resulta que la camiseta valía como ochocientos dólares ¡y las chanclas eran Manolos!

–¡Venga ya! – reí-. Y yo que pensaba que compraba en Target, como todas nosotras…

Decidimos entrar en Tiffany's, sólo por diversión, y Annie quiso probarse un anillo de compromiso de quinientos mil dólares.

–De ilusión también se vive, ¿no? – me dijo con un guiño, mientras un tipo vestido con traje y chaleco sacaba el anillo de la caja. Mientras ella se miraba el dedo, yo vi una delicada gargantilla de perlas de río en una vitrina al fondo de la tienda y me acerqué a mirarla.

–¿Le puedo ayudar en algo, señorita? – me preguntó otro tío trajeado.

–No, gracias. Sólo estaba mirando.

–¿Le gustaría probársela?

–Pues… bueno.

Sacó una llavecita del bolsillo interior de la chaqueta, abrió la vitrina y alzó con mucho cuidado las perlas. Me puso la gargantilla y me ofreció un espejo.

–¿Qué haces? – preguntó Annie, que había aparecido de pronto a mi lado.

–Nada, sólo me quería probar esto.

–¿Perlas? – exclamó, poniendo los ojos en blanco con gesto dramático-.

Llevas demasiado tiempo en los Hampton.

El sábado me desperté muy emocionada, aunque me latía la cabeza con la segunda resaca en dos días (ésta provocada por el champán que nos habíamos tomado con Jake, Kyle y los otros barman del Spark para celebrar que habíamos sacado setecientos cinco dólares cada uno, casi el precio del dispendio que había hecho con el vestido ese mismo día). Hice el esfuerzo de beberme un vaso grande de agua mientras sorteaba, camino de la ducha, las latas vacías de cerveza y a la gente que dormía en el suelo. Llevaba un neceser de plástico equipado con gel Dove, champú y acondicionador Pantene Pro-V, piedra pómez, una esponja de lufa y una cuchilla de afeitar nueva, decidida a ponerme todo lo guapa que fuera humanamente posible.

Todavía me olía el pelo a cerveza y tabaco.

–Estás guapííííísima -exclamó Annie sentada en el borde de su cama media hora más tarde, cuando me presenté delante de ella, después de ponerme las sandalias y de echarme perfume Michael Kors. Tenía un moreno reluciente de la playa, que acentué con colorete BeneTint, un carmín rosa suave de Becca y unos pendientes chandelier. Todo ello comprado el día anterior por la baratura de ciento setenta y ocho dólares.

–¿De verdad estoy bien?

–Estás increíble. Vas a romper con todo.

Cuando salía me encontré con Travis que estaba recogiendo latas de cerveza vacías en el porche.

–¡Caray! ¡Estás guapísima! – exclamó al verme.

–¿Sí? – Su inesperado cumplido tuvo sobre mí un efecto balsámico y se me pasó un poco la obsesión que tenía con mi aspecto.

–Sí. ¡Madre mía!

En ese momento oí el Range Rover de James en la grava del camino.

–Me tengo que ir -sonreí-. Deséame suerte. – Y salí corriendo al sol.

James ya estaba a medio camino de la puerta cuando me vio. Se me quedó mirando de arriba abajo.

–Estás preciosa -dijo suavemente. En un solo instante todos mis despilfarros valieron la pena.

Atravesamos East Hampton y Wainscott en silencio y muy a gusto, y justo antes de girar siguiendo las indicaciones hacia «Mercedes Benz Polo Challenge», miré a mi izquierda y la niña que había en mí dio un brinco de alegría.

–¡No sabía que aquí había helados Carvel! – exclamé contentísima-.

¡Me encantan los Carvel! Cuando era pequeña, mis padres me compraban siempre un helado Carvel para mi cumpleaños. ¿Tú los has probado?

James se echó a reír.

–Pues claro. Pero esta heladería es un poco cutre. Mira cómo está la fachada de pintadas. Y esta plaza no es precisamente como el resto de los Hampton. No es una zona muy agradable de Bridgehampton. Por aquí hay mucha droga y mucha delincuencia.

–¿Qué? ¿Que hay delincuencia en Bridgehampton? – pregunté incrédula. La heladería Carvel estaba delante de un Kmart, una zapatería Payless y un TJ Maxx, todo con el típico aspecto de una plaza comercial urbana. Había unas cuantas pintadas en un lado, pero el lugar me parecía inofensivo. Me quedé mirando por la ventanilla, por si veía delincuentes o matones, pero durante todo el trayecto lo único que vi fueron campos de maíz iluminados por el sol y coches de lujo. Por fin entramos en un camino de tierra detrás de un Rolls Royce y un Porsche plateado y llegamos a una enorme extensión de césped que era la zona de aparcamiento. Cuando salí del coche me dieron ganas de quitarme los zapatos y echar a correr por la hierba. Soplaba una brisa cálida y fragante y a lo lejos se veía un extremo del campo de polo, donde unos tipos guapísimos con sus uniformes azul marino y blanco cabalgaban en sus musculosas monturas como caballeros andantes.

Sentí una gran emoción cuando James me agarró de la mano para acercarnos a la entrada, ante la que se extendía una alfombra roja flanqueada de cordones de terciopelo. Los fotógrafos y periodistas se arracimaban como buitres en torno a las personas que recorrían la alfombra posando y pavoneándose.

–¡Lydia! ¡A la izquierda!

–¡Amanda! ¡Aquí!

–¡Olivia! ¡Sonríe! A la derecha.

–Kimberly, ¿podemos sacar una foto de espaldas?

El estruendo de las peticiones de los fotógrafos y los incesantes chasquidos de sus cámaras llenaba el ambiente de un palpable fervor. Había diez veces más espectadores en torno a la alfombra roja de los que había en el campo de polo. James evitó la cacofonía metiéndose detrás del ejército de paparazzi y periodistas. Pasó de largo la «entrada general» y se dirigió a la

«admisión VIP».

Yo estiré el cuello para ver lo que pasaba en la alfombra roja. Esperaba ver parejas superfamosas de Nueva York, como Sarah Jessica y Matthew, Doland y Melania, Harrison y Calista. Pero me sorprendió no reconocer ni a una sola de aquellas adolescentes que posaban encantadas entre los incesantes flashes, todas flacas como palos y rubias platino con extensiones en el pelo.

–¿Ésas quiénes son? – le pregunté a James extrañada.

–Putas de las cámaras -rió él-. Famosillas. Bueno, sólo son famosas por ser ricas y lo que más les gusta en este mundo es que les saquen fotos o, mejor aún, tener su propio reality show en televisión.

Por lo visto trepar en el escalafón era el deporte más popular de los Hampton, y bastante más emocionante que el polo. No parecía terminar nunca. Por muy millotaria que fuera una persona o muy bien relacionada que estuviera, siempre aspiraba a ascender un peldaño más en el escalafón social. En mi opinión, sus ansias de ser invitados a las fiestas adecuadas, tener los amigos adecuados, pertenecer a los clubes de campo adecuados y lograr que sus fotos se publicaran en las revistas adecuadas debía de ser un estrés de narices. Aquellas adolescentes que intentaban chupar cámara en la alfombra roja se comportaban como si su vida dependiera de que su cara saliera en la revista Hampton. Yo ya había visto mucha histeria social en el Spark, pero en el Bridgehampton Polo Match era mucho más aguda. A juzgar por lo que veía, el único modelo para imitar que habían tenido aquellas «putas de la cámara» era Paris Hilton.

–Buenas tardes, señor Edmonton -saludó solícito el hombre que nos dio las pulseras rojas de admisión VIP (las de admisión general eran amarillas).

Yo me maravillé de los interminables estratos sociales de los Hampton.

La exclusividad generaba exclusividad, igual que el mal comportamiento genera mal comportamiento. Al principio pensé que simplemente con pasar el verano en los Hampton una persona formaba ya parte de la élite. Luego

estaba la distinción de ser invitado al Bridgehampton Polo Match. Y ahora resultaba que estaba entrando en la carpa VIP. ¿Y luego qué?

Pasamos delante de la brigada de fornidos guardas de seguridad. El sol brillaba en el césped recién cortado, que impregnaba el aire de un inconfundible olor a verano. Varios grupos de personas, todas con sus mejores galas veraniegas, charlaban y miraban alrededor buscando a alguien mejor con quien hablar. Casi todas las mujeres eran hermosas y esbeltas. Sin embargo, entre la multitud había alguna con el aspecto de leona que puede dejar la cirugía plástica. Con sus múltiples arreglos de nariz, de pómulos, liftings, colágeno en los labios e inyecciones de botox en la frente, hasta Joan Rivers habría parecido natural a su lado.

James y yo dimos una vuelta a la carpa, bebiendo los martinis pearl diver que pasaban los camareros. En el centro había una sección acordonada, VVIP, donde estaba sentado Star Jones como si fuera el Jaba the Hut. Era el único rostro del gentío que no era blanco. Una joven periodista se acercó con mucho respeto, con un cuaderno y una grabadora.

Star negó lentamente con la cabeza, como María Antonieta rechazando la súplica de clemencia de un prisionero. Era sorprendente que una mera presentadora de televisión estuviera en posición de rechazar la atención de los medios, sobre todo después de que, según me habían dicho, hubiera vendido hasta el último detalle de su boda al mejor postor para que su nombre apareciera en las revistas de cotilleo.

Kim Catrall estaba allí cerca mirándose las uñas con aspecto aburrido.

Una joven, seguramente una admiradora, le pedía a gritos un autógrafo desde el borde de la sección WIP, pero Kim ni siquiera alzó la vista.

–¡Madre mía! – exclamé muy emocionada-. ¡Es Kim Catrall! ¡Es Samantha! ¿Tú la has visto?

–Sí, viene todos los años. ¡Pero bueno! ¡Si estás fascinada con los famosos!

–Qué va -protesté, dando un largo y satisfactorio trago a mi martini helado. El sabor a coco del Malibu era el perfecto tónico de verano. De pronto me di cuenta de que no había comido nada desde el bollo que me había tomado en Twice Upon A Bagel, cuando volvía a casa del Spark a las siete de la mañana-. Oye, voy comer un poco. ¿Tú quieres algo?

–No, gracias. Pero prueba las galletas de chocolate y cacahuetes de Levain Bakery. Son fantásticas.

–Me has convencido -bromeé.

Recorrí todos los bufés de la carpa, escogiendo deliciosos entremeses en cada uno de ellos. Era increíble la cantidad de famosos que había allí. Pensé con ironía que ya conocía a toda la gente «adecuada» de los Hampton, pero de manera peculiar: con sólo ver la cara de casi cualquiera de los presentes podía decir con toda exactitud lo que bebían, cómo pagaban y qué propinas dejaban.

Con la boca llena de melón con jamón acepté un montadito de gambas a la plancha que me ofrecía un chef sonriente, junto con un pastel de setas, un trozo de queso Havarti y unas fresas. Fui al puesto de los dulces y llené un segundo plato con una galleta de chocolate con nueces, otra de avena con pasas y la de chocolate y cacahuetes que me había recomendado James. Al darme cuenta de que se me estaba terminando el martini, me dirigí a la barra, sin dejar de escrutar ni un momento a la multitud en busca de Rosalind y su séquito. En parte quería encontrármelas ahora que iba armada con un vestido caro y unas sandalias de impresión. No me hacía gracia haberme gastado casi un mes de alquiler en ropa para que luego no me la vieran puesta. Me di cuenta de que ya me había manchado el vestido de chocolate (así que ni siquiera podría devolverlo después del partido, como había sugerido Annie la noche anterior).

Cuando atravesé la carpa con mis platos de delicatessen en equilibrio, advertí que era la única persona de toda la sala VIP que estaba comiendo.

–¿Qué le pongo? – me preguntó el barman, con el habitual uniforme de esmoquin barato.

–Hola, ¿cómo está? – le pregunté, haciendo equilibrios con los platos para dejar en la barra la copa vacía.

–Muy bien. Gracias por preguntar. ¿Y usted?

–Estupendamente, gracias. ¿Me pone otro pearl diver, por favor?

–Ahora mismo. – El barman se volvió a por el zumo de piña.

–Ah, aquí estás. – Era James-. Cassie, quiero presentarte a unos amigos.

Miré aturullada a mi alrededor, buscando un sitio donde dejar mis platos rebosantes de comida. De pronto me daba vergüenza ser la única de la zona VIP que estaba comiendo, y no sólo comiendo, sino poniéndome morada.

Pero la barra estaba atestada de copas y no había sitio, así que al final tiré los platos en una papelera.

–Te presento al señor y la señora Hildreth. – Eran una pareja madura, pero los dos se conservaban bien-. Son muy buenos amigos de mi familia.

Cassie Ellis.

–Encantada. – Les di la mano y estiré los labios en la sonrisa más amplia que pude. Me sentía un poco como Miss América.

–Igualmente -contestó el señor Hildreth-. Dime, Cassie, ¿cómo es que conoces a nuestro James? ¿Tú también has ido a Yale?

–No -se me adelantó James-. Cassie ha ido a Columbia. Nos presentó Martin Pritchard.

–Ah, qué bien. ¿Qué tal está Martin? – preguntó la señora Hildreth.

–Muy bien -dije yo, aunque últimamente no había visto mucho a Martin por el Finton's. Suponía que pasaba casi todo el verano en los Hampton.

–Estupendo. Yo adoro a Martin -declaró la señora Hildreth-. Tiene un gusto exquisito.

–¿Te criaste en Manhattan? – preguntó el señor Hildreth.

–Pues no. Crecí en Albany.

Los Hildreth se me quedaron mirando como pasmados.

–Qué bien -dijeron por fin.

–¿Y a qué te dedicas? – preguntó ella.

–Soy…

–Cassie es escritora -terció James-. Escribe guiones.

–¡Eh, preciosa! – exclamó de pronto una voz muy conocida. Era el Hombre Burberry, el cliente del Spark que siempre me dejaba tan buenas propinas-. Estás guapísima cuando te arreglas -añadió, acercándoseme demasiado.

–Hola -saludé con timidez. Luego me volví de nuevo hacia los Hildreth intentando disimular lo incómoda que me sentía.

–¿Cómo es que no estás detrás de la barra? – preguntó Burberry a voz en grito.

Yo me agité azorada. Me había puesto de punta en blanco, estaba charlando con los VIP de los Hampton y cuando por fin me había librado de la sensación de estar fuera de lugar, el Hombre Burberry me lo arruinó todo con una sola frase. Era como si me hubieran quitado la máscara. Forcé una sonrisa e intenté ignorar el comentario, esperando que los Hildreth no hubieran oído nada.

–Aquí tiene el martini, señorita -dijo el camarero. Yo me alegré mucho de cambiar de tema. Por suerte una famosilla con un vestido de lo más revelador no tardó en distraer al Hombre Burberry.

–¿Dónde están tus amigos, James? ¿Glen y Tom, y esa chica tan fantástica que conocimos en la fiesta de tu padre en mayo, Rosalind? –

preguntó la señora Hildreth.

–Glen y Tom llegarán más tarde, pero Rosalind no va a poder venir. Se ha ido a pasar el fin de semana a París, con su padre.

–Vaya por Dios -suspiró la señora Hildreth-. Es una chica encantadora.

El que consiga ponerle el anillo en el dedo será un hombre con suerte -

comentó, clavándome una mirada elocuente. Yo bajé la vista, sintiéndome pequeña e invisible. No sabía qué era peor, que aquella mujer supusiera sin más que James y yo no salíamos juntos, o que pensara que James debería estar con Rosalind. Muy propio de Rosalind eso de arruinarme el día sin estar allí siquiera.

–Bueno, nos tenemos que ir -anunció de pronto el señor Hildreth, dándole la mano a James-. Dale recuerdos a tu padre. La señora Hildreth le dio a James dos besos en las mejillas, al estilo europeo, y ambos desaparecieron entre el gentío sin despedirse siquiera de mí.

–¡Encantada de conocerlos! – les grité yo, pero ellos ya estaban muy ocupados haciendo sus rondas, asegurándose de saludar a todo el mundo de la zona VIP. Para ser gente que supuestamente tenía tan buen linaje, lo que no tenía era ni un atisbo de decencia ni de buena educación. De pronto pensé mirando alrededor que los esnobs se reproducían de manera más selectiva incluso que los caballos de polo.

James no pareció darse cuenta en absoluto de la grosería de los Hildreth hacia mí. Buscó alegremente al barman con la mirada y pidió por señas otra ronda de martinis. Yo me puse a reflexionar. ¿Qué esperaba exactamente de él en aquella situación? Al fin y al cabo, no tenía la culpa de que los amigos de su padre fueran groseros conmigo. Pero me habría gustado que estuviera un poco más al tanto de mis sentimientos, y sobre todo que hubiera estado más dispuesto a presentarme como su novia.

Fue un alivio que llegara mi refrescante martini, el tercero. Bebí un largo trago y casi me atraganto: en los dos segundos que había tardado en girarme para coger mi copa, la mismísima Amanda Hearst y su séquito de cortesanas habían monopolizado la atención de mi novio.

–¡Mandy! – exclamó James encantado. Su habitual comportamiento sereno y seguro se evaporó como el vodka derramado, sustituido por una actitud atolondrada de niño pequeño.– ¿Cómo estás, cariño?

¿Cariño? Jamás le había oído utilizar esa palabra, ni siquiera con las Perlas. Se me cayó al alma a los pies al acordarme de que Martin había mencionado una vez que en los Hampton corría el rumor de que James había estado saliendo con Amanda Hearst.

–Hola, James -saludó ella con aire aburrido, apenas deteniéndose para enviarle un beso. Luego siguió haciendo su ronda seguida de su corte de aduladoras. James se la quedó mirando con admiración.

–Era Amanda Hearst -me dijo, volviéndose hacia mí de pronto como si acabara de acordarse de mi presencia-. Perdona que no os haya presentado.

Es una mujer interesantísima. Te caería muy bien. Es muy inteligente, acabó la carrera en dos años. Sólo tiene diecinueve y ya va a protagonizar la próxima película de Steven Soderbergh…

James se pasó un buen rato elogiando efusivo a aquella belleza adolescente, y yo no me lo podía ni creer. ¿Era aquel adulador baboso el mismo tío que hacía un momento calificaba a sus coetáneas de «putas de la cámara»?

–¿Tú salías antes con ella? – solté, antes de que entrara en funcionamiento mi filtro de celos.

–¿Qué? – dijo James, interrumpiendo sus ensoñaciones.

–Martin pensaba que salíais juntos.

–No. La conocí en Gstaad hace unos años. Y siempre me tropiezo aquí con ella. Pero sólo somos amigos.

–Ah.

Por mucho que James mantuviera que su relación era inocente, todavía me molestaba que se hubiera quedado tan embelesado con su presencia, sobre todo teniendo en cuenta que jamás parecía inmutarse ante las otras celebridades con las que se encontraba. Pero entonces se me ocurrió que incluso a un hamptonita como James le afectaría una «celebridad» como Amanda Hearst, que para él representaba el escalón siguiente de la alta sociedad. Estaba la gente rica. Luego estaba la gente rica establecida. Y

luego estaban las personas ricas y establecidas que, como Amanda Hearst, provenían de una dinastía real. En los Hampton había mucha gente que

tenía más dinero que los Hearst, pero nadie podía tocar su apellido, que eclipsaba cualquier otra cosa de este mundo.

Me terminé el martini de un trago.

Ni siquiera tenía ya pesadillas relacionadas con los bares, sólo sueños en los que mi cuerpo, tan acostumbrado ya a preparar cientos de miles de copas a altas horas de la madrugada, no podía parar ni siquiera durmiendo.

Sobre todo después de haber hecho el turno más largo y ajetreado de mi vida, como había pasado la noche anterior en el Spark. Salí del bar cerca de las ocho de la mañana del domingo, chorreando sudor y dólares. En mi sueño buscaba desesperada una inexistente botella de vodka en el estante más alto.

Me despertó un dolor de espalda horroroso. El sol que entraba por la ventana me picaba en los ojos. Aunque era un día de playa perfecto, no pensaba salir de la cama. Había trabajado como una mula veinticuatro horas en los últimos dos días, y aunque había hecho mil trescientos cincuenta dólares, estaba exhausta tanto física como mentalmente. Tanteé el suelo en busca de la botella de agua Fiji que había birlado en el Spark unas horas antes. Al incorporarme empezó a martillearme la cabeza y sólo de llevarme la botella a los labios me dolía el brazo de puro agotamiento.

Me tumbé de nuevo y me puse a hacer cálculos. A pesar del exorbitante gasto de la ropa nueva, todavía había sacado más de trescientos dólares por el fin de semana, lo cual significaba que por lo menos podría pagar el alquiler de julio. Miré con los ojos entornados a Annie y vi que aunque seguía acostada estaba despierta.

–¿Qué hora es? – preguntó en un ronco susurro.

–Las once más o menos.

–Dios, sólo hemos dormido tres horas. Estoy fatal.

–Y yo.

–No puedo volver a hacer eso nunca más -gimió.

–Ni yo.

Annie se incorporó y agarró su botella de agua.

–Me duele la cabeza.

–Y a mí. Y la espalda. Y los brazos.

–Yo estoy como si me hubieran dado una paliza.

–Pues anda que yo… -Bebí otro sorbo de agua-. Y no es sólo por el trabajo -comenté pensativa-. Es la bebida también. Si te paras a pensarlo,

estamos trabajando como burras, levantando cajas de botellas, guardando cervezas, agachándonos un millón de veces, corriendo como locas, eso además de pasarme la noche resolviendo mentalmente problemas de matemáticas, sumando todos los precios de las copas y todo eso. Y encima tengo que estar al tanto de todos los recibos, que a veces tengo a la vez cincuenta tarjetas de crédito. Y para colmo, nos ponemos como cubas.

Como si no estuviéramos maltratando bastante el cuerpo. No me extraña que me duela todo.

–Ya lo sé. Es horrible. – Annie sacó de su mochila el horario del tren-.

Creo que me vuelvo a la ciudad. Tengo que limpiar la casa, poner una lavadora, y sobre todo, dormir. Si me quedo aquí acabaré en la playa bebiendo cerveza.

–Vale. Yo me voy a quedar esta noche, a ver si escribo un poco cuando se vayan los chicos. Le dije a James que le enseñaría el guión el miércoles, cuando se pase por el Finton's.

–Buena idea. La casa estará bastante tranquila. – Annie se recogió el pelo en una caótica coleta. Luego se levantó y se puso a meter sus cosas en la mochila.– ¿Se va a quedar James aquí hoy?

–No, vuelve pronto a trabajar, de manera que no voy a tener distracciones.

Pero la verdad era que todavía estaba pensando en todo lo que había pasado en el partido de polo. Estaba casi segura de que James tenía que ir al despacho esa tarde temprano, como me había dicho. Pero después del día anterior, todas mis dudas habían vuelto a salir a la superficie. Me preocupaba que considerase que yo no era adecuada para él. Y esperaba que no estuviera pensando en Amanda Hearst.

Abrí el ordenador portátil, saqué el cuaderno y un puñado de servilletas atestadas de garabatos fruto de mi sabiduría nocturna. Había escrito unas seis palabras cuando llamaron a la puerta.

–Adelante.

–Qué hay -saludó Travis desde el umbral.

–Ah, hola, Travis. Pensaba que os volvíais a Manhattan.

–No, he decidido tomarme el día libre mañana. ¿Qué tal el fin de semana?

–He ganado bastante, pero he currado como una mula.

–Estaba pensando en ir esta noche a cenar a Montauk. ¿Te apuntas?

–No debería -contesté, mirando el cursor que parpadeaba en la pantalla-.

No podría salir y ponerme a beber otra vez.

Él se echó a reír.

–Venga, que hace un día precioso y quería ir al Duryea's. ¿Has estado alguna vez?

–No.

–Entonces tienes que venir. Es increíble. Está en la bahía de Montauk, pegado al agua. Y además, se puede llevar uno lo que quiera, así que podemos comprar unas cervezas por el camino. ¿Te gusta la langosta?

–Me encanta -confesé tentada, mordiéndome el labio.

–Entonces el sitio te va a flipar.

–No puedo, Travis. Llevo dos días sin escribir nada por culpa del trabajo y…

–Vale, vale. – Travis hizo ademán de marcharse.

–¡Espera! Siempre he tenido ganas de ir a Montauk. – Montauk era el punto más occidental de Long Island, un famoso pueblo de pescadores que conservaba gran parte de su original carácter rústico, a diferencia del resto de East End.

–Entonces vamos en mi coche.

–Vale. Espera un momento que me cambie.

–Puedes ir con lo puesto.

Yo miré mi falda caqui y mi camiseta desvaída. Llevaba el pelo sucio recogido en la coronilla.

–¿Cómo voy a ir así?

–De verdad, el sitio es muy informal. Pero tráete un jersey, porque cuando se pone el sol hace mucho frío en la playa.

Cerré el ordenador, eché mano de mi bolso y en veinte minutos, después de comprar unas Miller Light en el IGA de Amagansett, salimos a la carretera. Pasamos de largo el Cyril's a mi derecha mientras atravesábamos Napeague, camino de la punta de South Fork.

Encendí la radio y me puse a cantar, desafinando un poco, lo confieso, junto con los Rolling Stones. « You 're just a memory of a love that used to mean so much to me…»

–¿Sabías que Mick Jagger escribió esa canción en el Memory Motel de Montauk? – dijo Travis.

–Ah, ¿sí? ¿Dónde está?

–Vamos a pasar por delante dentro de un momento. Los Rolling venían mucho a la casa de Andy Warhol en Montauk.

–Mira -indiqué, señalando el adhesivo que llevaba el coche que iba delante de nosotros-: «Montauk: un pintoresco pueblecito bebedor con un problema de pesca.»

Travis se echó a reír.

Montauk era, con mucho, el pueblo menos pretencioso de los Hampton.

No había tiendas pijas ni tías paseando a sus perros malteses metidos en bolsas de tres mil dólares. Había muchas familias por la calle comiendo helados y dulces y el ambiente era como el de un carnaval.

–Ahí a la izquierda está la crepería de Mr. John -señaló Travis-. Ponen el mejor desayuno del mundo. Tienes que ir antes de que se acabe el verano.

Pídete un número dos.

–¿Y eso qué es?

–Dos huevos, dos crepés, dos lonchas de beicon, dos tostadas y patatas fritas.

–Ñam, ñam.

Salimos de la carretera principal para tomar un carril rocoso que subía en paralelo a la bahía. Las gaviotas volaban en círculos sobre las playas de piedras y el paisaje bucólico estaba salpicado de chalecitos de verano.

–Ahí está el Montauket. – Travis señaló un hotel con bar, terraza y restaurante a la izquierda-. El bar es genial. Muy popular por aquí.

Por fin llegamos al Duryea's. Había una enorme terraza de madera frente a la bahía, rodeada de espigones de roca y llena de muebles de jardín de plástico blanco y mesas de picnic. El sol era como una bola de fuego a lo lejos. Estaba ya desapareciendo en el horizonte y comenzaba a soplar una ligera brisa. Fuimos a la diminuta ventanilla del bar y yo pedí langosta, que según Travis era la mejor de los Hampton. Nos sentamos a una mesa y abrimos unas cervezas. Travis se levantó a por unas servilletas y cubiertos de plástico.

Yo bebí un largo trago de Budweiser.

–Esto es precioso -comenté, mirando las olas romper contra las rocas. El agua chapaleaba en la madera de la terraza.

–Montauk es mi sitio favorito en el este -dijo Travis-. Aquí casi todos son pescadores. No es tan pijo como el resto de East End.

–Sí. James dice que como es el punto más alejado de la ciudad, es lo que menos se ha desarrollado.

Travis bebió un trago de cerveza.

–Oye, ¿cuándo me vas a presentar a ese James del que tanto hablas?

–No lo sé. – Intenté imaginármelos juntos. No estaba muy segura de que se cayeran bien. No sabía lo que pensaría Travis del mundo tan enrarecido de James.

Por fin dijeron nuestro número, lo que indicaba que la comida estaba lista. Después de pasarnos una hora y media rompiendo cascaras, mojando langosta en salsa y bebiendo cerveza, estábamos manchados, llenos y encantados de la vida.

–Es la mejor langosta que he probado jamás -aseguré, quitándome el babero del plástico. Luego fuimos a tirar los platos de papel empapados de mantequilla.

–Ya te dije que te iba a gustar. ¿Vamos al Montauket a tomar una birra?

No me lo tuve ni que pensar.

–Sí.

El Montauket estaba oscuro y la chica que servía la barra tenía toda la pinta de una auténtica marinera: el rostro curtido y correoso, los labios agrietados, el carmín color coral corrido en las diminutas arrugas en torno a la boca. Llevaba una camiseta metida en unos téjanos cortos de cintura alta y el pelo, decolorado y seco, recogido en una coleta.

–¿Qué te pongo, cariño? – preguntó con voz rasposa.

–Dos Budweiser, por favor.

Una vez sentados, observé los rostros de la variopinta clientela, toda masculina. Parecían haber salido de los retratos de vagabundos de Richard Avedon. Sus rostros arrugados, sus uñas sucias y sus ajadas camisas de franela indicaban que habían llevado una vida dura. Estaban todos muy morenos pero tenían la piel blanca en los pliegues de las arrugas. Uno de ellos, un tío especialmente desaliñado, no hacía más que mirarme. Tardé un momento en reconocerlo.

–¿Pat?-pregunte insegura.

–Eres la amiga de Jake, ¿no? – dijo él, alzando una Heineken.

–Sí, Cassie. Éste es Travis.

–Encantado. – Travis le tendió la mano y Pat se la estrechó con fuerza-.

Trabajas en el Talkhouse, ¿no?

–Sí.

–Yo voy mucho por allí. Un bar cojonudo.

–¿Vives aquí? – pregunté yo.

–Sí. Nací aquí.

–Es la primera vez que vengo a Montauk. Acabamos de comer en el Duryea's. Me encanta esto. Es muy diferente del resto de los Hampton.

–Ya no tanto -declaró Pat con su voz ronca-. Antes sí que lo era, pero ahora cada vez que voy al trabajo veo más obras de construcción. Están vendiendo las casitas de por aquí, sin terrenos ni nada, por millones de dólares. Hemos llegado a tal punto que esto se ha puesto demasiado caro para la gente de aquí.

Yo pensé en lo que habíamos visto cuando íbamos en el coche. Pat tenía razón. Casi toda la carretera entre Amagansett y Montauk estaba plagada de obras o de casas nuevas gigantescas hechas de madera fresca. A menos que el terreno fuera calificado de federal o de propiedad del Estado, acabarían comiéndoselo.

–Yo me crié en Smithtown y todos los veranos alquilábamos aquí una casa durante una semana. Desde luego hay muchas más construcciones que antes -convino Travis-. Pero lo bueno es que ahora puedes vender tu casa por un mínimo de dos millones de dólares.

–A mí me importa una mierda. Me gusta mi casa y ha estado en manos de mi familia durante tres generaciones. Sigue siendo un sitio estupendo, pero el tráfico está cada vez peor y da la impresión de que «los Hampton»

se van comiendo Montauk un poco más cada año.

–¿Te apetece otra cerveza? – ofreció Travis, advirtiendo la Heineken vacía de Pat.

–No, gracias. He quedado con unos amigos en The Point. Deberíais pasaros.

–Vale.

Pat levantó su enorme mole del taburete.

–Me alegro de haberte visto -me dijo. Se despidió de la camarera tocándose la gorra y se marchó.

–¿Te apetece ir a The Point? – preguntó Travis.

–¿Por qué no?

Volvimos al Mitsubishi Galant del 97 de Travis para recorrer el medio kilómetro que nos separaba de The Point. El local estaba a rebosar. El Paint

it Black se oía a todo volumen, tan fuerte que el bajo te resonaba en el pecho. Intentamos reclamar nuestro territorio, pero no había taburetes libres y no había forma de que el barman nos sirviera. Por fin alguien me dio unos golpes en el hombro. Era Pat, que a duras penas conseguía sostener tres chupitos de Cuervo, dos Bud y una Heineken.

–¡Gracias! – grité, agarrando dos chupitos en una mano y las dos Bud en la otra.

–¡Salud! – chillamos los tres por encima del estruendo, y nos bebimos de un trago el tequila. Miré a Travis sonriendo y me di cuenta de que me iba a pasar otra noche de borrachera. Las luces me deslumbraban y tenía las encías acorchadas. Justo cuando le iba a pedir a Pat que me consiguiera un vaso de agua, empezó a sonar el You Shook Me de los AC/DC.

–¡Me encanta este tema! – grité entusiasmada, poniéndome a bailar como una loca.

–Pues súbete a la barra -sugirió Pat.

–Ni hablar -contesté yo, negando con la cabeza con vehemencia.

–Venga, Cassie -dijo Travis-. Yo te ayudo a subir.

Antes de saber lo que estaba haciendo, Travis me estaba subiendo a la barra. La gente se puso a gritar como loca y a mí se me fue la cabeza. De pronto me sentía como si fuera Beyonce. Me puse a sacudir la cabeza y las caderas al ritmo de Knocking me out with those American thighs…, disfrutando de la atención que recibía. Y por primera vez en los Hampton, por primera vez en mi, vida, no me preocupaba nada. Mientras pudiera mover las caderas, sacudir la cabeza y cantar, todo iría bien.

Como casi siempre, me desperté el lunes por la mañana con una resaca de ordago. Miré el reloj del móvil y me quedé de piedra. Había dormido hasta las dos de la tarde. Hice un esfuerzo por salir de la cama, me lavé los dientes y fui a la cocina a beber un poco de agua. En la nevera había una nota de Travis: «Vuelvo a la ciudad. Anoche lo pasé genial. Hay zumo de naranja y un bollo en la nevera. Nos vemos el fin de semana que viene.»

Me serví un zumo sonriendo, pensando en la langosta y en lo que había bailado en el bar. Luego me llevé el bollo a la habitación y me metí en la cama con mi cuaderno.

«Después de anoche he decidido que soy de la clase obrera -escribí-. Y

no de sangre azul como James. Me divertí más en el bar de Montauk que en el Bridgehampton Polo Match.»

El móvil interrumpió mis pensamientos. En la pantalla aparecía un número 631 que no reconocí.

–¿Sí?

–¿Cassie? Soy Chris, del Spark.

–¿Qué hay? – dije, preguntándome si no me habría metido en algún lío.

–No gran cosa. Escucha, hoy es Industry Night y me falta un barman.

Quería saber si seguías por aquí y podrías venir.

–¿Cómo son las Industry Nights aquí? – pregunté. No pensaba renunciar a mi noche libre por nada. Sobre todo sabiendo que tenía que estar de vuelta en Manhattan para mi turno del martes en el Finton's.

–Muy buenas. Es una fiesta para la gente del gremio de la restauración, barman, camareros… Se hace bastante dinero porque todo el mundo deja buenas propinas.

Consideré un rato la oferta. Si me quedaba tendría que tomar el tren muy temprano al día siguiente. Tenía mucho sueño atrasado, mi casa en Manhattan estaba hecha un desastre y desde luego no estaba escribiendo lo que debería. Por otra parte, la oferta era tentadora. El fin de semana había sido increíblemente lucrativo, incluso después de mi derroche en ropa, pero no estaba en posición de rechazar dinero.

–Vale -accedí por fin.

–Perfecto. Ven a las nueve y media. Ah, y puedes llevar vaqueros y deportivas, lo que quieras. Esta noche estoy aquí solo.

–Muy bien. Pues hasta luego.

Me pregunté si no me estaría volviendo masoquista. O tal vez me estaba haciendo adicta al dinero o al alcohol. O a las dos cosas.

Una noche en el Spark sin Shalina ni Teddy ni los otros doscientos mil promotores y encargados me recordaba aquella gloriosa ocasión en la que Laurel estaba de baja y no había ningún encargado en el Finton's. Me pude hasta relajar mientras trabajaba.

Las noches de los lunes sólo había una barra abierta, la principal. Yo trabajaba con Andy, mi nuevo amigo del Talkhouse, y el ambiente no podía ser más distinto. Era todo muy relajado, como Chris había prometido, todos los clientes eran pacientes y simpáticos, y dejaban propinas enormes. Pensé que todo el mundo debería trabajar en el sector de servicios por lo menos una vez en la vida, para darse cuenta de lo duro que era.

Me había puesto mis Puma azul marino, unos vaqueros y una camiseta y por una vez me sentía yo misma en el Spark. Era estupendo no tener que llevar el ofensivo uniforme de Shalina.

–Oye, ¿quieres ver una cosa? – preguntó Andy. Tenía los ojos inyectados en sangre y su ropa emanaba el inconfundible olor de la marihuana.

–Vale.

Abrió una botella de Grand Marnier y metió una servilleta en el cuello.

Luego sacó una caja de cerillas del Talkhouse y encendió la servilleta.

–¡Es la hostia! – exclamó-. Ya verás. Dentro de un momento la botella será como una antorcha.

Al cabo de un instante me distrajo un cliente, y cuando iba a por la botella de triple seco, oí una explosión y noté a mis espaldas una onda expansiva de calor. Me tiré al suelo y me puse la ropa perdida con la mugre de detrás de la barra. Una lluvia de cristales me cayó en la espalda.

–¡Mierda! – gritó Andy. Le había salido el tiro por la culata.

Literalmente-. ¿Estás bien? – me preguntó riéndose y tendiéndome la mano.

–Pero ¿qué coño ha pasado?-exclamé.

–La botella ha explotado. Pasa a veces, cuando la botella está demasiado llena-explicó displicente.

Lo ayudé a limpiar el desaguisado y volví al trabajo. Desde luego los lunes eran muy diferentes. El experimento de Andy podía haber matado a alguien y nadie dijo ni mu. De hecho, Chris parecía divertido.

–¡Eh, Chris! – gritó Andy de pronto-. ¿Te apetece una ducha?

Chris sonrió, agarró dos botellas de Jagermeister de detrás de la barra y le tendió una a Andy.

–Sí, creo que nos hace falta un baño de Jager.

Y con estas palabras, los dos abrieron las botellas a la vez, bebieron un largo trago y luego procedieron a verterse por la cabeza el resto del jarabe negro. Yo me los quedé mirando boquiabierta mientras ellos se reían a carcajadas. Luego me volví hacia los clientes moviendo la cabeza.

–¡Cassie! – me llamó Andy-. Si te tomas un chupito de barra te quedas con todas las propinas de hoy.

–¿Y eso qué es? – pregunté suspicaz.

Andy agarró un trapo de la barra y llenó un vaso de plástico con el líquido asqueroso que había ido empapando a lo largo de la noche.