El Manhattan perfecto
Capítulo 16.
Antes de poder objetar que jamás superaría lo de James Edmonton, me di cuenta de lo que me había dicho. «¿Tiene treinta y cuatro años y todavía está sirviendo mesas? ¡Como siga así yo voy a estar sirviendo copas cuando tenga cincuenta!»
–¿Un pitillo? – me ofreció.
Lo encendí con las manos temblorosas.
Luego se sacó del bolsillo una bolsita de cremallera, de las que abundaban en el Spark. Metió en ella una llave y sacó un montoncito de polvos blancos. Con una mano debajo de la llave, se la llevó a la nariz y aspiró profundamente cerrando los ojos un instante. Luego se tocó la nariz con el dedo para asegurarse de que no se había dejado nada.
Repitió el mismo proceso en la otra fosa nasal. A continuación volvió a hundir la llave en la bolsita y me la ofreció.
Capítulo 16.
Resaca
Abrí los ojos despacio, dolorida. Era como si me hubiera pasado una apisonadora por la cabeza. Tenía unas punzadas espantosas que empezaban en las cuencas de los ojos y se extendían a toda la cabeza provocando temblores de náuseas que me bajaban por la espalda. En mi estómago había estallado una tempestad de ácido, alcohol y emociones. En algún momento de la mañana me había levantado de la cama para ir corriendo al baño, pero sólo llegué hasta la papelera del otro lado de la habitación. Vomité allí mismo. Luego recorrí el pasillo a trompicones hasta el cuarto de baño. Allí vomité otra vez y me quedé tirada en el suelo, con la cara contra las losetas, unos veinte minutos. Por fin logré volver a la cama y dormí a ratos. Intenté quedarme muy quieta, porque el más leve movimiento me provocaba unas náuseas espantosas.
En el exterior se cernía otra tormenta. Era como si la misma naturaleza llorase por el final del verano. Las hojas temblaban en las ramas y las hierbas danzaban como poseídas en los campos que se extendían detrás de la Casa de los Animales. Dentro había una quietud fantasmagórica. Una calma espectral se había asentado en la antigua granja.
Me incorporé de mala gana. Me dolían los huesos y de inmediato se me puso toda la carne de gallina. Tenía escalofríos, de esos que te dan cuando has pillado una gripe de espanto o después de una intensa sensación de déjà
vu. Me había estado pasando todo el verano y por fin mi cuerpo me estaba gritando «basta».Me imaginé que los frutos de la depravación de la noche anterior se habían recolectado en la base del lóbulo frontal de mi cerebro, donde muchos científicos creen que reside el alma. Estaba segura de haber sufrido daños irreversibles y que, en el mejor de los casos, tenía cicatrices en el alma. Cuando quise salir de la cama, fue como andar sobre arenas movedizas.
Me miré los pies sucios y por fin comprendí por qué no nos dejaban trabajar en la barra con sandalias. La noche anterior, en mi rebeldía y mi estupor, me atreví a llevar chanclas. Ahora tenía los dedos de los pies cubiertos de barro, después de marinarse toda la noche en la alcantarilla alcohólica que había detrás de la barra del Spark. Mientras cojeaba por el pasillo se me pegaban los pies al suelo de roble.
–¿Hay alguien? – llamé. Mi voz ronca resonó en las habitaciones vacías hasta que un insulso silencio consumió el ruido. Bajé por las escaleras-.
¿Hay alguien en casa?
La casa estaba desierta. No había ni una caja de pizza ni un Frisbee a la vista. El polvo se había asentado en la mesa rota del comedor y los móviles oxidados sonaban fantasmagóricos en el porche. El decrépito reloj de la cocina marcaba las tres y treinta y siete minutos. Jamás había dormido hasta tan tarde en todo el verano. Mientras yo estaba inconsciente todo el mundo había recogido sus cosas y se había marchado a la ciudad. Por primera vez desde el Memorial Day, la casa estaba en silencio. Yo me había ido acostumbrando a los gruñidos y rugidos de mis compañeros de casa y en cierto modo era tranquilizador saber que estaban siempre allí, en el jardín bebiendo cerveza y jugando al fútbol. Justo cuando necesitaba oírlos azuzarse unos a otros, me había quedado a solas con mis pensamientos.
Después de tres meses de bendita inconsciencia, por fin tenía la primera visión real de lo que eran los Hampton. Por fin entendía a los Jake y Elsie de este mundo. Me había equivocado al calificarlos de fracasados. Ahora entendía a la perfección lo que sentían, por qué ahogaban sus problemas en cocaína o alcohol, aunque esos problemas fueran tan sencillos como no tener un propósito en la vida. Se despertaban al día siguiente a las tres de la tarde, con una depresión de caballo y un bajón de espanto. La única luz al final de aquel túnel era volver al trabajo y comenzar de nuevo a erradicar sus problemas o sus preocupaciones. Y así se creaba el ciclo.
Me puse una sudadera y unas chanclas, y mis enormes gafas de sol Jackie-O de T. J. Maxx, de doce dólares, que no habían visto la luz desde mi derroche en Chanel hacía un mes y medio. Salí y cerré la destartalada puerta corredera. Todas las sillas del porche estaban plegadas y apiladas contra la pared. Habían desaparecido los miles de latas de cerveza que había siempre tiradas por todas partes, e incluso habían barrido las colillas y los papeles y plásticos. Aquella limpieza me asustó: era como si una familia se hubiera muerto y algunos parientes lejanos hubieran venido a recoger sus pertenencias.
Esperando que la comida calmara la tormenta de mis intestinos, eché a andar por Main Streen hacia el Farmer's Market. Todo el pueblo estaba vaporoso, lleno de colores discordantes. La inminente tormenta había levantado niebla y el aire era frío y húmedo. Pasé por delante del Ice Cream Club, donde tantos helados había tomado, y vi que habían cerrado por final de temporada. Un cartel en la puerta rezaba: «Gracias por un verano fantástico. ¡Hasta el año que viene!»
Tardé todo un minuto en discernir lo que estaba oyendo: nada. Con aquel sorprendente volumen del silencio me di cuenta de lo deprisa que se habían evacuado los Hampton. En las quince horas que habían pasado desde que el reloj dio la medianoche el último día oficial del verano, Amagansett se había vuelto a convertir en un pueblecito pintoresco junto al mar. No había tráfico en Montauk Highway. Todos los Hummer, Porche y Jaguar se habían desvanecido misteriosamente de un día para otro. Casi esperaba ver pasar rodando bolas de polvo. Pasé por el Talkhouse, donde siempre había ruido y bullicio, pero las únicas señales de vida eran dos gatos callejeros comiendo de la basura en el callejón junto a la ferretería.
Incluso el Farmer's Market había quedado reducido. Habían desmontado los apetitosos expositores de productos locales y el mostrador de delicatessen, los quesos y la panadería. En el patio, donde los neoyorquinos solían tomar café y cruasanes de chocolate, ahora sólo había cajas apiladas listas para ser almacenadas durante el invierno. Ansiosa de contacto humano sonreí a la cajera del Bahamas mientras me cobraba el agua Poland Spring, un ginger-ale Canada Dry y unas galletas Saltine.
–Qué callado está todo hoy -comenté.
–Sí, después de las vacaciones esto se queda desierto -replicó ella con el cantarín acento de su isla.
Salí del mercado cargada con mis remedios para atravesar de nuevo el pueblo. Tantas casas bonitas, y todas cerradas durante el invierno. No me podía creer que la gente sólo viviera allí tres meses al año.
Después del éxodo masivo de los Hampton, siendo la única que se había quedado atrás, me sentí abandonada. De pronto me dieron unas ganas locas de marcharme de Long Island lo antes posible. Era septiembre y tenía que volver a Nueva York, mi casa.
Caminaba comiendo galletas y bebiendo ginger-ale y, ya fuera por un efecto placebo, el caso es que me ayudaron con la resaca. Mi madre siempre nos daba galletas y ginger-ale cuando nos dolía la tripa. De pronto me dio otro ataque de nostalgia. Quería irme con mi madre. Quería estar con mi familia. No había ido a Albany ni una vez en todo el verano. Había estado demasiado inmersa en mi glamurosa vida en los Hampton para tomar el autobús hacia el norte.
Empezó a chispear en cuanto pasé por Gansett Green Manor, pero no aceleré al paso. Las gotas frías parecían limpiar y mitigar mi dolor de cabeza a medida que me mojaban el pelo y me chorreaban por la cara. Con un cielo negro como telón de fondo, la Casa de los Animales parecía desolada y abandonada cuando apareció a la vista.
Eché a andar por el césped empapado y de pronto me frené en seco. En el camino estaba aparcado el Range Rover de James. En cuanto me di cuenta del inminente enfrentamiento se me agolparon las preguntas en la cabeza: ¿A qué había venido? ¿Qué quería? ¿Qué le iba a decir? ¿Por qué no me había duchado antes?
Me acerqué a la casa con cautela. James estaba sentado en el porche.
Jamás lo había visto tan desaliñado. Iba despeinado y a juzgar por sus ojeras también había pasado mala noche. Sólo verlo fue como si un gorila del Spark me hubiera dado un puñetazo en el estómago.
–Hola -me dijo con voz queda cuando nos quedamos mirando a los ojos.
Sentí en el corazón un dolor fantasma en el agujero que el día anterior todavía llenaba él.
–¿Qué haces aquí? – Quería meterme en su Range Rover y atropellado y arrastrar su cuerpo por todo Montauk Highway, pero al mismo tiempo rezaba porque su presencia en mi porche fuera una señal de que de verdad me quería y se arrepentía de todo lo sucedido la noche anterior. Tenía que haber una explicación perfectamente lógica para su comportamiento.
–Tenía que hablar contigo -contestó.
–¿Sobre qué? – Me temblaba la voz.
–Cassie, déjame que te explique…
Yo me quedé muda en el césped. La lluvia me estaba mojando las galletas y ablandaba la mugre de mis pies sucios.
–Ven, que te estás mojando. Sólo quiero que hablemos.
–Pues habla.
Subí las escaleras del porche y me apoyé en la desvencijada barandilla, a una distancia segura. No pensaba dejar que me tocara (aunque lo que más deseaba en este mundo era acurrucarme en su regazo y ahogar mis sollozos en su fornido pecho mientras él me acariciaba el pelo). Era muy consciente de mí misma, hasta un extremo insoportable: notaba cada movimiento que hacía, cada gota de lluvia que se deslizaba por mi cara, cada aliento. Era tan consciente que hasta podía notar cómo me crecía el pelo en el cuero cabelludo.
James tardó un momento en decidirse a hablar.
–Anoche, antes de pasar a por ti para irnos al picnic, tuve una pelea con mi padre. Me prohibió volver a verte.
La fuerza de sus palabras cayó sobre mí como una lluvia de clavos.
Aunque no debería haberme extrañado, al oírselo a James me sentí como si un experto verdugo me estuviera descuartizando en el potro. La clase de verdugo que puede arrancarte del pecho el corazón todavía palpitante y enseñárselo a la multitud sedienta de sangre mientras tú todavía sientes el dolor eléctrico que consume tu cuerpo.
–Me amenazó con quitarme el fondo de inversiones y dejarme sin nada.
Me dijo que si seguía viéndote me desheredaría. Tienes que entender…
–Lo siento, James -lo interrumpí iracunda-, pero no lo entiendo. Yo nunca he tenido un fondo de inversiones.
–No se trata de eso, Cassie.
–Entonces, ¿de qué se trata?
–Pues… Es que es mi padre y… Tú no entiendes lo que él ha vivido. No sabes lo que ha pasado.
–No, no lo sé. No sé nada de tu padre porque se niega a hablarme aunque me tenga delante de las narices.
James respiró hondo. Tenía los ojos húmedos.
–No lo hace a propósito. Es que…
–¿Qué? – gemí-. ¿Qué me quieres decir?
–Es mi madre -dijo por fin con un hilo de voz.
–¿Qué pasa con tu madre?
Se produjo un silencio insoportable. Oía cada una de las suicidas gotas de lluvia estrellarse en el césped anegado.
–Era camarera del Clam Shack cuando se conocieron.
La confusión se apoderó de mí. Intenté imaginarme a un Edmonton, sobre todo a la madre de James, a quien yo siempre me había imaginado como una especie de Jackie Kennedy Onassis o una princesa Diana de Gales, sirviendo almejas y gambas con cerveza en el ruinoso Clam Shack de Montauk Highway.
–¿Lo dices en serio?
–Se conocieron cuando tenían unos dieciocho años. Cuando venían a veranear, mi padre se pasaba el día con ella. Se enamoraron y se casaron, aunque por supuesto la familia de mi padre estaba en contra. El caso es que ella se marchó en cuanto nací yo. Y se quedó con casi todo, porque mi padre estaba tan enamorado de ella que no le pidió que firmara un acuerdo prenupcial. Ella intentó incluso quedarse conmigo, pero los abogados de mi padre se lo impidieron.
Fue como si sufriera una especie de terremoto interior. Las placas tectónicas de mis huesos se movían y colisionaban. ¿Que el padre de James se había enamorado de una camarera del Clam Shack que le había abandonado llevándose su dinero?
Recordé que Martin había mencionado de pasada que la madre de James se había quedado con la casa de Nantucket en el acuerdo de divorcio. Por fin sabía por qué nadie hablaba nunca de ella. Intenté imaginarme al señor Edmonton sufriendo por amor. Ni en mis sueños más demenciales habría imaginado que llegaría a sentir pena por él, pero de pronto sabía exactamente cómo se había sentido.
–¿Y por qué no me lo habías dicho antes?
–Porque no me gusta hablar de eso.
Debería haberme dado cuenta antes de que en nuestra relación había un fallo fundamental. Nunca hablábamos de su familia, obviamente desestructurada, de la misma manera que James no me había preguntado nunca nada de mi familia, aparte de los pocos detalles que yo le había contado.
Aun así tenía que llegar al fondo de otro asunto más urgente.
–Eso no explica por qué me has robado el guión.
–¿De qué hablas?
–Anoche leí en el Variety que James Edmonton, «productor y escritor», iba a vender a Rising Star Entertainment un guión sobre una prostituta oprimida. Mi nombre no aparecía por ninguna parte.
Mi acusación no le hizo ninguna mella. Su rostro era el retrato de la serenidad.
–Ya te dije que había estado enseñando el guión por ahí, pero todavía no ha salido nada. He visto un par de veces a la gente de Rising Star, pero no hemos llegado a nada. Evidentemente, jamás haría nada sin consultarte, Cassie. Estamos juntos en esto.
–Si eso es cierto, ¿por qué no me habías dicho nada de esas reuniones?
¿Es que lo tengo que averiguar por las revistas?
–No. Oye, tienes toda la razón. Debería habértelo dicho, pero es que tenía muchas cosas en qué pensar. Y en Hollywood se dicen muchas cosas, tú lo sabes, pero casi nunca se llega a nada. No quería darte falsas esperanzas. Lo siento mucho, Cassie. Venga, tú sabes que jamás te haría daño. Yo te quiero.
Ahora estaba furiosa.
–Si me quieres, ¿qué coño hacías con Rosalind en el aparcamiento?
Mi pregunta lo sobresaltó.
–Nada. Sólo estábamos hablando, te lo juro.
–¡Y una mierda! ¡Pero si estaba prácticamente encima de ti!
–Cassie, te juro que no pasó nada. Sólo estábamos hablando. Conozco a Rosalind de toda la vida. Es una de las pocas personas que entienden a mi familia, y tenía que hablar con ella de todo lo que pasaba con mi padre.
–Vale. Pero no teníais que meteros mano mientras hablabais, ¿no? –
James no dijo nada, y su silencio avivó mi rabia-. Y sé que los dos estáis prácticamente prometidos desde que nacisteis. Me lo contó Camilla. No sabía que todavía existieran los matrimonios concertados, pero las fortunas de vuestros padres se fortalecerían si unierais vuestros reinos.
James se me acercó y me agarró las manos.
–Cassie, ¿de qué estás hablando? Te estás poniendo frenética sin razón alguna. Entre Rosalind y yo no hay nada. – Entrelazó sus dedos con los míos y me apretó las manos-. Sí, nuestros padres llevan toda la vida
intentando casarnos, ¿y qué? Yo quiero estar contigo. Yo te quiero a ti. Lo sabes, ¿no?
Bajé la cabeza y me quedé mirando la pintura gris desconchada del viejo porche. No podía mirarlo a los ojos y no podía responder a su pregunta. Estaba confusa. No sabía qué creer.
–Mira -suspiró él, apoyando su frente en la mía-. Esta noche voy a cenar con mi padre y, si veo que es el momento, intentaré hablarle de lo nuestro.
Es que no quiero darle un disgusto.
Y en ese momento algo saltó en mi interior y de pronto explotó toda la inseguridad, la vergüenza, la desesperación y la ansiedad que habían estado todo el verano bullendo en mis tripas. Ya no podía soportarlo más. Lo miré con la amarga decepción de ver por primera vez quién era realmente. Y por extensión, en quién me había convertido yo.
–¿Que no quieres darle un disgusto? ¿Y por qué le ibas a dar un disgusto, James? ¿Porque todavía estás saliendo con una camarera de mierda? ¿Y qué pasa con mis sentimientos? Me he esforzado muchísimo.
Me he pasado el verano rompiéndome los cuernos trabajando y me he gastado todo el dinero en vestidos y zapatos y bolsos para tus partidos de polo y tus eventos benéficos y tus almuerzos con tu padre en el club de campo. ¿Y sabes qué? Que ya estoy harta. Estoy harta de avergonzarme de que mi padre sea bombero o de ser de Albany y haber ido a un colegio público, qué horror. Mis padres me quieren más que a nada en el mundo y tengo una familia maravillosa. Debería estar orgullosa de eso, y no avergonzada porque sus nombres no salen en el puto Hampton Blue Book o porque mi madre bebe vino blanco Zinfandel o porque la tienda favorita de mi hermana sea Marshall's. Estoy harta de sentirme incómoda con tus amigos y con tu padre porque soy barman. Trabajo mucho y me mantengo yo sola. ¿Qué pasa si mis padres no me han podido comprar un piso como regalo de graduación y si no puedo vivir del dinero de mi familia?
»¿Tú te has dado cuenta de la mierda que hay en el mundo en el que vives, James? Los Hampton no son más que un puñado de gente egoísta y superficial que se dedica a gastar dinero intentando impresionarse unos a otros y ocultar así que sus vidas no tienen ningún sentido. ¿Cómo pueden ser éstos tus amigos? ¿No te molesta ver cómo tratan a los demás? Lo único que les importa es su propia superioridad, su posición en este mundo de mierda.
»Así que ya te puedes casar con Rosalind. Os podéis casar en el puto Maidstone y parir un montón de miembros de la raza superior. Y no tendrás que molestar a los abogados de tu padre con ningún puto acuerdo prenupcial.
Respiré hondo. Era como si me hubieran hecho un exorcismo. Había sacado todos los pensamientos tóxicos que llevaba albergando todo el verano y sentí una inmensa oleada de alivio, como si por fin hubiera vuelto a entrar en mi propia piel. James se quedó allí callado, asimilando mi declaración. Tardó mucho en hablar.
–¿Así que se acabó?
Una parte de mí todavía sufría ante la idea de dejarlo marchar, pero sabía que no tenía más remedio.
–Sí.
–¿Y tu guión? – Parecía bastante deprimido.
–Te lo puedes quedar. Es una basura sobre una pobre chica que necesita que la rescaten. No me puedo creer que lo haya escrito yo, y francamente, después de este verano, no quiero tener nada que ver con él.
James asintió despacio. Luego se dio la vuelta y se marchó sin decir una palabra. Todas las dudas que pudiera haber albergado se disolvieron al verlo bajar los escalones del porche. Ni siquiera tenía agallas para luchar por mí.
Atravesó el jardín y se metió en su Range Rover. Oí el ruido del motor y el inconfundible crujido de las ruedas en la grava. Me lo quedé mirando mientras se alejaba por la carretera mojada hasta que no fue más que un brillante puntito negro a lo lejos. Y en todo ese rato sólo sentí un atisbo de añoranza. Y no por él, sino por un ideal que creía haber capturado.
La misma calma sobrenatural que había invadido la casa cayó también sobre mí. No era aturdimiento, sino otra cosa. Entré y recogí a toda prisa mis pertenencias. Había un tren que salía de Amagansett hacia Manhattan a las cinco y catorce minutos y estaba decidida a no perderlo.
Mientras veía pasar por la ventana el exuberante paisaje del East End en mi último trayecto a la ciudad, me acordé de que todavía había dejado un asunto pendiente en los Hampton antes de marcharme para siempre. Saqué el móvil y llamé a Teddy. Por supuesto, no contestó. Los promotores nunca están levantados a horas tan intempestivas como las cinco y media de la tarde.
–Teddy, soy Cassie. Te llamo para decirte que no voy a poder trabajar en el Thunder. Te agradezco la oferta, pero creo que es mejor que no la acepte, porque quiero centrarme en otras cosas este otoño. Que tengáis suerte.
Adiós.
Volví a mirar por la ventana. Pasábamos junto a una granja entre East Hampton y Bridgehampton. Dos hombres trabajaban en los campos recogiendo las últimas fresas del verano.
–¡Cassie! ¡Ven aquí! – Me llamó Billy desde su extremo de la barra, donde estaba sirviendo unos chupitos de Jameson. Me tendió uno.
–No, gracias.
–¿Sigues desintoxicándote?
–Sí.
–Estoy orgulloso de ti, chica. Salud.
–Salud. – Alcé el vaso de ginger-ale para brindar con los demás.
–¡Ah! Es lo más asqueroso que he probado jamás. ¿Por qué tenemos que beber siempre Jameson? – exclamó Alexis con una mueca mientras estampaba sobre la barra de caoba su vaso manchado de carmín. Había tenido una semana muy ajetreada en Morgan Stanley y estaba aprovechando una vez más mi turno de los jueves para «relajarse».
–Con esto te saldrá pelo en el pecho -bromeó Billy.
–Dale un poco de vino para rebajarlo -sugirió Annie-. Y para mí otra Amstel Light. Travis, ¿tú quieres algo?
–Una Budweiser, por favor. – Travis me sonrió.
–¿Me das un cigarrillo? – me pidió Alexis.
Yo sonreí de mala gana.
–Ya sabes que lo he dejado.
–¡Hola, cariño! – bramó Martin en ese preciso instante, haciendo su entrada triunfal. Se acercó a la barra y me tiró de la mano para darme su habitual beso húmedo en la mejilla, demasiado cerca de la boca. Yo aparté la mano antes de que pudiera tirar más de mí y le sonreí desde el otro lado de la superficie de caoba.
–Hola, Martin. ¿Ketel con tónica?
–No, no, cariño. El verano se acabó. Vuelvo al Johnnie Black con soda.
–Muy bien.
Le tendí la bebida justo cuando Laurel se acercaba.
–Laurel, el próximo fin de semana me tomo el viernes y el sábado libres
-le dije-. Sean ha dicho que me cubriría el turno. Me voy a Albany a ver a mi familia unos días.
Esperaba su inevitable suspiro y su mala cara, pero no llegaron. Volví sorprendida a mi puesto y observé divertida cómo Dan Finton presentaba cariñosamente a Martin a la nueva camarera, Sarah. Con sus grandes ojos azules y su largo pelo castaño se parecía curiosamente a… a mí. Por lo visto acababa de llegar a Nueva York, recién licenciada de la universidad. Dan la había conocido en el gimnasio. Estaba buscando trabajo y Dan siempre andaba a la caza de nuevos talentos.
–¡Sarah! – bramó Laurel, mirando fijamente el cuchillo que tenía en la mano-. Te tengo dicho que antes de poner los cubiertos en la mesa tienen que estar tan limpios que te veas en ellos. Yo aquí no veo nada. Como sigas así voy a tener que despedirte…
–Cass, yo ya he limpiado mi lado. ¿Te importa si me voy? Tengo que levantarme muy temprano mañana. Hago el turno de día. – Billy se quitó el delantal.
–No, por mí, bien. Ya cierro yo. Todavía tengo que hacer balance en mi caja. ¿Quieres darme tus propinas, para que las reparta yo?
–Sí. Toma.
Un momento más tarde le tendí un fajo de billetes.
–Doscientos cinco dólares cada uno. No está mal.
Sobre todo porque ya había pagado el alquiler. Dos días antes metí todas mis frivolas compras veraniegas en dos enormes bolsas. Justo cuando pensaba que empezaba a superar todo lo que había pasado, cada vez que abría el armario revivía los sucesos del verano: desde el vestido rosa Calypso que me había puesto para el Bridgehampton Polo Match, hasta el vestido azul de Saks que llevé al picnic. Me lo había llevado todo a la tienda Tokio 7, en la calle Siete, donde me habían dado casi mil dólares. Yo había pagado por todo aquello muchísimo más, pero aun así di gracias a Dios por los pequeños favores.
Billy se echó la mochila al hombro y se marchó.
–Mañana tengo una reunión muy temprano -se quejó Travis-, así que me voy yo también. ¿Sigue en pie lo de mañana por la noche? – Se inclinó sobre la barra y me agarró la mano.
–Desde luego -sonreí.