El Manhattan perfecto
Capítulo 9.
Three wide men
Agarré sudorosa la caja de plástico por quinta vez para sacarla de la agobiante despensa donde se guardaba el alcohol. Pero no hubo forma de moverla. Estaba cargada hasta arriba con cinco Ketel One, cuatro Citrón, cuatro Jack Daniel's, tres vodka de la casa y tres triples secos. Empecé a arrastrarla, arañando el suelo de madera, hasta que me vio Miguel, el nuevo ayudante, que medía como quince centímetros menos que yo y debía de pesar unos quince kilos menos también. Alzó la caja sin esfuerzo alguno y la llevó a la barra. Yo estaba segura de que Kyle llegaría tarde, como siempre, de manera que decidí organizar los todos extremos de la barra trasera. Kyle se tomaba tantos «descansos» cuando estábamos trabajando que yo terminaba utilizando su extremo más que él.
–¡Necesitamos más Cuervo! – grité, casi tragándome una mosca. La barra trasera era un desastre. Todas las superficies estaban pegajosas, cubiertas de zumo de lima Rose seco y licor de sandía Pucker de un color rosa fluorescente. Un enjambre de moscas de la fruta me rondaba la cabeza y el aire húmedo olía a cerveza rancia y basura podrida.
–¿Cuántas? – preguntó Miguel.
–No sé… Tráete una caja. Seguro que se acaba.
Era como estar en una clase de «Estiramiento y Culturismo». Flexión hasta la caja del suelo, agarrar botella, alzar y colocar en estante… repetir treinta veces. Estaba tan agobiada que apenas vi a Teddy, que bajaba las escaleras con su sempiterna tablilla, seguido de Annie, que parecía muy sofocada.
–Has venido temprano, ¿eh?
–Sí-contesté. Las últimas semanas había hecho un esfuerzo por llegar siempre un poco antes de la hora, para demostrar que era responsable, sobre todo después del fiasco del día del Blue Parrot. No sé cómo, pero el incidente al final no tuvo consecuencias y, aunque nunca lo mencionamos, estaba segura de que la relación de Annie con Teddy tenía algo que ver en el asunto. Estaba decidida a mantener el trabajo y la media de seiscientos dólares que ganaba los sábados por la noche. Además, era el fin de semana del Cuatro de Julio y quería tener la barra lista para las hordas de gente que iban a venir.
–Vete a organizar la barra principal -me ordenó.
–¿No puedo terminar aquí primero? – Me hice el propósito de no llegar tan temprano otro día. No quería tener que organizar yo sola todo el bar sólo porque vivía con el terror de que me despidieran.
–Ya la organizará Kyle cuando llegue. Tú vas a trabajar con Jake delante -contestó él distraído. Echó un vistazo a sus notas y murmuró-: Mierda. – Antes de que yo pudiera preguntar por qué me cambiaba, Teddy se alejó, llevándose su móvil Nextel a la boca como si estuviera hablando por un walkie-talkie-. ¿Por qué coño le han dado a Lulu Johnson la mesa de la puerta?
–Gracias, Teddy -dije, todavía un poco sorprendida.
Salté sobre la barra pegajosa, con cuidado de no mancharme los téjanos Seven nuevos con Southern Comfort de hacía una semana, y me dirigí a mi nuevo puesto. Estaba preparando el estante rápido cuando Annie, que también había llegado temprano, se me echó encima.
–¡Me han trasladado otra vez a la barra principal! – exclamé.
–Ya lo sé -replicó ella con una sonrisa de satisfacción.
–¿Y cómo lo sabes? – pregunté suspicaz.
–Digamos que he ejercido una cierta influencia sobre Teddy.
–¡Venga ya!
–Sólo le he ayudado con algunos asuntillos de la oficina, no sé si me entiendes -explicó con malicia. Tenía las mejillas encendidas y todo el carmín corrido. Ni siquiera se había molestado en peinarse un poco los rizos alborotados o enderezarse la falda.
–Miedo me da saberlo.
–Mira, cuando la cosa se estaba poniendo a cien, lo solté: «Teddy, ¿por qué tienes todavía a Cassie en la barra trasera?» Y él: «Ya hablaremos de eso más tarde.» Y yo: «No, vamos a hablar ahora. A Cassie no le gusta nada estar ahí detrás. ¿No la puedes poner delante?» Total, que él se puso en plan: «Lo que tú digas, cariño.» Y luego tuvo un pedazo de orgasmo que yo creí que le estaba dando un ataque de epilepsia.
–¡Vale, vale! – exclamé yo, tapándome las orejas-. No me digas más.
–¿Qué? ¿Soy la mejor amiga del mundo o qué?
–Eres increíble. Muchas gracias.
–Es que me he pasado todo el trayecto en el tren pensando que era una tontería que vinieras a trabajar el jueves para quedarte en la barra trasera y
no sacar ni un duro. Sobre todo después de lo que te costó que te dieran otra noche libre en el Finton's y el cabreo que se pillaron Dan y Laurel. Así que decidí encargarme del asunto, por decirlo de alguna manera. Ahora ya te quedas para siempre en la barra principal.
Yo me la quedé mirando. Teddy había insistido muchísimo en eso de que «los números no mienten». Supongo que cuando hablaba de números se refería a la cantidad de polvos que Annie y él habían echado en el despacho.
Mientras colocaba las botellas de ron Mount Gay en los estantes detrás de la caja, reflexioné sobre el carácter surrealista de mi entorno social. Dos de mis mejores amigas avanzaban alegremente en sus respectivos campos, pero más gracias a sus artimañas femeninas que a su talento o su inteligencia. Y aunque estaba agradecida a Annie por haber conseguido que me trasladasen a la barra principal, no podía por menos que cuestionar sus métodos. Es evidente que ser atractiva te abre muchas puertas en este mundo, ya sea en Wall Street o en Montauk Highway.
El día anterior, cuando iba de camino de mi habitual turno de los miércoles en el Finton's, me sonó el móvil. Esperaba que fuera James, porque llevaba toda la semana agobiado de trabajo y no habíamos hablado casi nada. Pero resultó ser Teddy.
–Hola -contesté con cautela. Pensé que me llamaba porque mi marca en la barra trasera había bajado desde que empecé a trabajar allí en junio. Tal como estaban las cosas, ya sólo podía bajar más en el Spark si montaban una barra sólo para mí entre los cubos de la basura.
–Necesito que vengas a trabajar mañana por la noche -me informó-.
Tenemos una fiesta con barra libre de nueve a doce, y hacen falta todos los barman. Un amigo mío de Jive Records va a organizar una fiesta para el lanzamiento de un nuevo disco de Britney Spears. Tienes que estar allí a eso de las ocho.
–Lo voy a intentar -contesté-. Normalmente trabajo los jueves en la ciudad, pero voy a ver si alguien me puede sustituir. – Y crucé los dedos, esperando que hubiera alguien disponible.
–No me puedes dejar colgado. Los dueños han dicho que igual se pasarían, así que necesito a todos los barman. – Y cortó sin decir una palabra más.
Yo todavía no conocía a los siniestros dueños del Spark y quería estar allí si les daba por aparecer. Además, en el Spark se ganaba muchísimo más
que en el Finton's, de aquí a Lima.
Llegué al Finton's con el rabo entre las piernas y decidí hablar con Laurel sin perder un instante. En ese momento estaba en la barra, devorando un hangar steak e inclinada sobre un número viejo de la revista Wine Spectator.
–Laurel, tengo que pedirte un favor… -comencé, justo cuando salía Dan Finton, seguramente de su cámara de observación.
Desde que salí disparada aquella noche que tuvimos que cerrar juntos, Dan se mostraba mucho más frío conmigo. No había vuelto a echarme la bronca, pero tampoco me había invitado a cenar con él. Para mí era un alivio, la verdad.
–Hola, Dan -saludé alegremente. Él me ofreció una media sonrisa y un brusco gesto con la cabeza.
–¿Me decías?-preguntó Laurel.
Yo no quería pedirle la noche del jueves delante de Dan, pero tenía que agarrar al toro por los cuernos.
–Pues… Mira, es que me acaba de llamar mi jefe de los Hampton -
comencé, jugueteando con mi collar-, y me ha dicho que mañana por la noche hay una fiesta importantísima en el Spark, por el Cuatro de Julio, y que tengo que ir a trabajar porque…
–Si te puede sustituir alguien, a mí no me importa -me espetó ella-. Yo ya paso de esas cosas.
Me quedé de piedra.
–Vale, genial -dije. No me podía creer la suerte que había tenido-.
Muchísimas gracias, Laurel. Voy a llamar a Sean ahora mismo.
Pero cuando me di la vuelta para ir al teléfono, Dan comentó fríamente:
–Es curioso lo deprisa que te has pasado al otro bando.
–¿Cómo dices? – Me sentí a la vez insultada y sorprendida. Pero Dan ya se había marchado. Es cierto que esperaba algún tipo de reacción por parte de Laurel, pero ¿de Dan? Por una parte me alegraba que nos hubiéramos distanciado un poco, sobre todo después de la conversación que tuvimos sobre el asunto de Bob y Alexis, pero por otra parte las cosas eran mucho más fáciles cuando Dan estaba por mí. Pensándolo bien, era evidente que yo le gustaba y que por eso me había dado el trabajo en el Finton's y me había dejado pasar los fines de semana en el Spark. Tenía que admitir que
yo también me había estado aprovechando de las ventajas de ser mujer en aquel mundillo.
Ahora, sin embargo, empezaba a saber lo que era la otra cara de la moneda con Dan. Lo había visto muchas veces en mi corta experiencia tras la barra. Al principio de la noche, los hombres eran educados y dejaban buenas propinas. A medida que pasaban las horas, se emborrachaban y te hacían proposiciones. Cuando yo no cedía, se ponían agresivos y groseros y dejaban de dar propinas. En el caso de Dan, por lo visto yo ya no era su camarera favorita.
Llamé a Sean, que accedió a sustituirme, y luego volví a la barra.
–¡Hombre, hola! – saludó Billy-. ¿Qué tal te va en el Spark?
–De puta madre. Me voy para allá mañana por la mañana.
–Sí, tienes por delante un fin de semana de ordago. El Cuatro de Julio nosotros solíamos sacar dos mil dólares. Era alucinante.
–Si ganara dos mil dólares este fin de semana, sería la mujer más feliz del mundo.
–¿Qué tal son los que curran contigo?
–Están bien. Aunque la mayoría de las propinas se las meten luego por la nariz.
Billy se echó a reír.
–Bienvenida a los Hampton.
–¿Pasaba lo mismo cuando estabas tú allí? Todo el mundo se pone de coca hasta arriba. ¡Están colgados!
–¿Y tú qué crees? Yo estaba allí en los años ochenta, nada menos, y trabajando en un local gay. Lo pasábamos muy bien, pero ahora no podría.
Tienes que ir con cuidado, tú. Con una rayita de vez en cuando no pasa nada, pero cuando te tienes que meter cinco martinis a las seis de la mañana para poder dormir -dijo, moviendo la cabeza-, la cosa no pinta nada bien.
–Tranquila, Cassie, que tampoco hay que partirse los cuernos -dijo Jake-. Es barra libre.
–¿Y qué? – resollé, quitándole el capuchón a una botella de Grey Goose. La descorché y metí un tapón. Pensaba que sería una noche fácil, teniendo en cuenta que no había que manejar dinero, tarjetas de crédito ni ninguna otra forma de pago, pero todo el que se acercaba a la barra pedía quince copas a la vez.
–Esto de la barra libre me toca los huevos pero bien -gruñó Jake-.
Aunque por lo menos salimos a las doce. – Agarró cuatro botellas de Bombay Sapphire y las metió con rabia en los estantes-. Esta noche no nos pagan nada, así que si no dan propina, no sirvas a nadie -añadió-. No vamos a trabajar gratis. Y sirve las copas cortas. Siempre que hay barra libre, se sirve en corto.
Yo seguí su consejo y frené un poco. Jake tenía razón: el noventa por ciento de la gente no dejaba propina. Pero no era fácil ignorar a los clientes que me pedían algo. Al final el personal captó la indirecta y empezó a ondear billetes para llamar nuestra atención. Entonces les servíamos de inmediato y la muchedumbre se fue aclarando. Por primera vez en todo el verano, pude trabajar en el Spark sin demasiado estrés.
Las puertas se habían abierto a las nueve en punto. Yo estaba encantada de haber vuelto a trabajar con Jake en la barra principal, y en una fiesta de famosos nada menos. Como estaba más que dispuesta a darlo todo, ya tenía preparados diez vasos con hielo en la barra, al lado de mi grifo.
A las nueve y cuarto habían entrado en el bar exactamente tres personas.
Una hora más tarde el bar estaba lleno, pero Britney ni siquiera había aparecido, aunque se suponía que era la «anfitriona» de la fiesta. Jake, entre uno y otro de sus ataques maníacos de productividad, me había explicado que la mayoría de las fiestas que «daban» las celebridades, tanto en Nueva York como en los Hampton, no eran más que artimañas que se inventaban los publicistas con el fin de conseguir que acudiera el máximo número de personas (preferiblemente adineradas) a cualquier evento, pero que el famoso en cuestión jamás se dejaba caer por allí.
Observando a la multitud, advertí que no se parecía en nada a nuestra clientela habitual del Spark, y que aquella gente jamás habría logrado entrar una noche normal. Había oído hablar del fenómeno de los arrivistas que empleaban a publicistas para que los ayudaran a subir por la escalera social de los más pudientes, lo cual significaba conseguirles invitaciones para fiestas de altura donde podrían codearse con famosos y millonarios de verdad. Y por la torpe interacción social de aquella «gente no tan guapa», supuse que los publicistas habían exprimido sus agendas de advenedizos para llenar la fiesta.
Snoop Dogg empezó a sonar a todo volumen por los altavoces.
–¡Me encanta esta canción! – le chilló Jake a Chris, que parecía sumido en sus pensamientos junto a la máquina de las tarjetas de crédito-. « Rollin'
down the street smokin' endo, sippin' on Gin and Juice, laid back, with my mind on my money and my money on my mind…»
Cuando Jake no estaba rapeando paseaba de un lado al otro de la barra, mirando las botellas que todavía no habíamos ni tocado, ajustando los tapones, colocando las cocteleras por orden de altura, recogiendo alguna chapa que se había caído al suelo y bailando como loco al ritmo de la mezcla de rap y rock del pinchadiscos. Yo me reía para mis adentros. Jamás había habido ni una sola noche en que el Spark no estuviera a tope, y era evidente que Jake no sabía qué demonios hacer cuando no estaba atendiendo a setecientos clientes.
–¿Unos chupitos? – me propuso, con una botella de Patrón en la mano.
–Pues sería una tontería decir que no.
–¡Me alegro de tenerte de vuelta, Cassie! – bramó, haciendo oscilar el Patrón.
–¡Y yo de haber vuelto! – contesté, bebiéndome el tequila de un trago.
Por fin, a eso de las doce menos cuarto, se vio claramente que la fiesta había decaído del todo. Con la excepción de un breve momento de ajetreo, aquello había sido un fracaso. Mi entusiasmo se vio algo empañado por el recuerdo de mi desabastecida cuenta bancaria. Me pregunté si no habría ganado más dinero en el Finton's. Me puse a chupar una lima con un suspiro.
–Ya podéis cerrar, chicos -nos dijo Chris.
–¿Cómo hacemos las cuentas? – pregunté, poniéndome una Bud Light fría en la frente, que la tenía ardiendo. En algún momento durante la noche se había estropeado el aire acondicionado. Como si el aire de Long Island no fuera ya bastante húmedo, la atmósfera estaba encima saturada con el sudor de la gente que batallaba por subir en el escalafón social.
–No hay que hacer nada-contestó Jake-. Eso es lo bueno de la barra libre. No hay dinero que contar. Sólo tenemos que esperar a que nos paguen el turno y contar las propinas.
Un momento después se acercó Shalina, con un pañuelo de seda verde arrastrando a sus espaldas. Se le salían las tetas del corsé y llevaba unos pantalones blancos tan ajustados que parecía que se los hubieran pintado
encima. Yo miré maravillada su diminuta cintura, pensando que debía de pasarse por lo menos cuatro horas al día en el gimnasio.
–Aquí tenéis la paga -nos dijo, entregándonos un sobre a cada uno.
Yo lo abrí enseguida. Eran cincuenta dólares.
–¿Cincuenta dólares? – gemí cuando Shalina se marchó-. ¡Qué miseria!
–Por eso te dije que no te rompieras los cuernos. Dame el bote de las propinas.
Y nos pusimos a organizar los billetes en fajos de uno y de cinco (comprobamos compungidos que esa noche no había hecho aparición ningún billete de diez ni de veinte, una desventaja más de servir a los advenedizos y no a la alta sociedad de verdad). De pronto oí que Teddy le decía a Shalina:
–Acabo de tomarle los datos de la tarjeta. El tío ha dicho que todo el mundo se lo ha pasado de puta madre.
–Perfecto -contestó ella-. Era fundamental que se quedara contento. Esta fiesta le va a costar más de cincuenta mil dólares.
Primero me quedé de piedra, pero luego me puse furiosa. Cincuenta mil dólares. ¡Y a nosotros sólo nos pagaban cincuenta! Es decir, la décima parte del uno por ciento.
–Toma, Cass. – Jake me ofreció mi parte de las propinas-. Cuarenta y ocho. – Entre las propinas y el sueldo, no llegábamos ni a los cien dólares.
Yo me deprimí pensando en la promesa de Billy de dos mil dólares en el fin de semana del Cuatro de Julio. De momento todavía me quedaban mil novecientos por ganar.
–Gracias. – Y me metí de mal humor el dinero en el bolsillo de la falda-.
No me puedo creer que nos hayan dado cincuenta dólares. En el Finton's, cuando hay barra libre, siempre nos dan doscientos por lo menos.
–Así funcionan los clubes grandes. Te exprimen todo lo que pueden porque saben que si te largas hay miles de barman locos por sustituirte.
–Deberíamos hacernos marxistas -dije con aire dramático.
–¿Eh?
–Karl Marx, colega. El Manifiesto comunista. «Barman del mundo, unios. No tenéis nada que perder más que vuestras ridiculas pagas.»
–Pero ¿de qué coño estás hablando?
–Nada, déjalo.
–Vale. Lo bueno es que la mayoría de las noches se puede ganar mucha pasta. Pero tienes razón, Shalina y los dueños son unos tacaños y unos hijos de puta. – Yo me imaginé unos símbolos de dólar en las pupilas de Shalina y Teddy. Por lo menos el fin de semana había empezado muy bien para algunos.
–¡Nos vamos de marcha! – gritó Jake-. ¡Cassie, tú te vienes!
–Yo debería irme a casa. – Ya estaba bastante borracha y sabía que me quedaban por delante dos noches de trabajo intenso. Además, era demasiado pobre para ir a gastarme dinero en cerveza. Por no mencionar que la perspectiva de pasar una noche decente en mi casa compartida vacía era más que tentadora.
–¡De eso nada! – exclamó Annie. Ya se había cambiado el uniforme por una falda vaquera corta, una camiseta y unas sandalias de tacón-. Después de tener que lidiar con tanto baboso que quería mi teléfono, yo necesito una copa.
–¿Por qué no vamos al Talkhouse? – propuso Jake-. Está muy cerca de vuestra casa. Así os podéis ir andando cuando queráis.
Era cierto. El Talkhouse estaba al lado de la Casa de los Animales.
Además, como siempre, todavía tenía el subidón de la noche de trabajo y me vendría bien una copa para calmarme un poco. Annie y yo subimos al abollado Toyota Camry de Jake. Él aceleró como un piloto de carreras y salió disparado del aparcamiento, haciendo un gesto grosero hacia el Spark y gritando «cabrones» por la ventanilla con una risa diabólica. Nos dirigimos hacia el este en dirección a Amagansett.
–¿Seguro que estás bien para conducir? – pregunté, apresurándome a ponerme el cinturón de seguridad, aferrada al reposabrazos con tal fuerza que tenía los nudillos blancos.
–Sí -dijo él, a la defensiva.
–Lo digo porque hemos bebido mucho y…
–Cassie, Jake está bien-terció Annie, bajando la ventanilla.
–Vale.
Jake encendió la radio y se puso a toquetear el dial sin apartar los ojos de la carretera.
–En este cacharro sólo encuentro música Big Band en AM -dijo, riéndose de nuevo como un maníaco.
–¿Sí?
–¡Qué coño! – Jake puso a todo volumen el True Player de Biggie. Creí que los altavoces iban a explotar. El sonido crepitaba y los bajos hacían vibrar tanto los asientos que me hacían cosquillas en la espalda.
Llegamos al Talkhouse a eso de las doce y media y aparcamos al otro lado de la calle. Tenía toda la pinta de una casa compartida de tamaño medio, incluso sus tejas de madera, ajadas y medio caídas, y un patio de cemento a un lado con un Tiki bar. A diferencia del Spark, aquí no había cola para entrar ni cordones de terciopelo, pero sí había un portero en un taburete desvencijado junto a la puerta vendiendo entradas bajo una pizarra en la que se leía: «Jueves 2 de julio, Nancy Atlas, The Niagaras, $25.» Jake nos había dicho que el Talkhouse había aparecido en Maxim bajo el titular de «los cien mejores bares con terraza y restaurante de América».
En el coche me había cambiado los zapatos de trabajo por un par de chanclas amarillas, y la falda blanca de Catherine Malandrino por una falda vaquera rota que tenía desde que estudiaba en el instituto y un top rojo. Sólo me sentía moderadamente desaliñada después de una corta noche de trabajo, de manera que me apliqué un poco de brillo de labios y me acerqué confiada a la puerta. Estaba buscando veinticinco dólares en la cartera para pagar la entrada cuando oí gritar al portero:
–Jake, cabrón, ¿dónde coño te metes? ¿Cómo estás?
Jake se acercó corriendo y se dieron el típico medio abrazo de tío, con fuertes palmadas en la espalda.
–¿Cómo estás, colega?
–No me puedo quejar. ¿Y tú?
–De puta madre. He traído a unas amigas del Spark. Éste es Rex.
–Hola. – Annie y yo sonreímos.
–Qué hay, chicas. – Rex era un hombre fornido, con el cuello muy grueso y el pelo negro y rizado. Llevaba una camiseta blanca con la foto de un hombre y las palabras «liberad a Lenny». Yo me adelanté para darle el dinero.
–No hace falta -me dijo, y me puso un sello con un círculo rojo en la mano.
–Muchas gracias.
Nada más entrar me quedé de piedra al ver la masa de gente. Había música en directo. Era un lugar oscuro y húmedo, con un pequeño escenario y una larga barra atendida por dos tipos maduros y fornidos y uno más
joven, atractivo, con el pelo rubio largo atado con una bandana. El suelo de madera era muy irregular y el techo estaba tan abombado que parecía estar a punto de caerse. El olor no era del todo desagradable: una combinación de cerveza, madera vieja y sudor.
Jake se abrió paso entre la muchedumbre, estrechando manos y golpeando puños con casi todos los clientes y empleados.
–¡Andy! – chilló, tan cerca de mi oreja que casi se me para el corazón, aunque nadie se inmutó siquiera.
–¡Eh, Jake! – Andy era el barman joven, que servía copas con la misma velocidad que Jake. Llevaba una camiseta rota y empapada, unos pantalones cortos de surfista, una muñequera rasta en una muñeca y una de Puma en la otra.
Se acercó a Jake dejando detrás una cola de clientes. Cuando uno de ellos se lo reprochó a gritos, Andy volvió la cabeza y chilló:
–¡Cállate la boca, gilipollas!
Yo di un respingo, pero la cosa no tuvo consecuencias, aunque yo sabía que si a mí se me ocurría hablarle así a un cliente en el Spark o en el Finton's, me iba derechita al paro. Andy nos dirigió una sonrisa como pidiendo disculpas.
–Vamos fuera a fumarnos un peta.
–De puta madre -contestó Jake-. Mira, éstas son Cassie y Annie.
Trabajo con ellas en el Spark.
–¡Qué hay, chicas! – Andy se lanzó entre la multitud en dirección al fondo del bar. Pasamos por los servicios hasta llegar a una puerta batiente que daba a un pequeño patio atestado de viejos Jeeps que eran pura chatarra, enormes baches y agujeros y el chasis de un autobús escolar abandonado. El aire nocturno fue como una ducha fría.
–Así que trabajáis en el Spark con Jake -dijo Andy, sacándose del bolsillo un porro del tamaño de un puro.
Annie y yo asentimos.
–Yo voy los lunes, para la Industry Night. Vamos todos los barman y camareras que trabajamos aquí. Gano una pasta gansa y trabajo la mitad.
No esperó ni un instante para encender el porro y dio una calada con todas sus fuerzas. Luego exhaló con un largo «aaaaaah» y se lo pasó a Jake, que le dio una calada similar. Annie fumó un poquito y me lo pasó a mí. Yo di una pequeña calada.
–Pero ¿tú fumas? – preguntó Jake burlón.
–Ay, calla. – La verdad es que sólo había fumado unas cuantas veces en la facultad. La hierba no me sentaba muy bien. Primero me ponía paranoica, luego me daba un subidón y a continuación me quedaba frita.
–La maría es buena para el alma -declaró Andy-. Te abre la mente.
Annie se echó a reír.
–Hablas como un auténtico fumeta.
Andy no pareció haberla oído. Tenía las pupilas dilatadas como dos monedas. Miró un instante el reloj.
–Bueno, tengo que volver.
–Nosotros vamos a tomar una copa -dijo Jake-. Hasta luego, colega.
–Encantado de conoceros, chicas -se despidió Andy.
Jake nos llevó a otra sala con una barra más pequeña, varios televisores y dos mesas de billar. Al barman se le iluminó el semblante al ver a Jake y, antes de saludar siquiera, ya había servido dos chupitos gigantescos de Patrón.
–¡Eh, Pat! – dijo Jake.
–¿Qué hay, Jake? Chicas -nos saludó con una sonrisa.
–Son Annie y Cassie. Sólo beben cerveza y whisky -informó Jake antes de pimplarse el tequila de un trago.
–Creo que me he enamorado -afirmó Pat, mientras echaba en un vaso con hielo Jack, Jim Beam y Cuervo-. Prueba esto. Un three wise men.
Mientras yo me atragantaba con aquella mezcla explosiva, Pat sirvió otra ronda de chupitos y nos dio una Budweiser a cada uno.
–A esto invito yo. Y a todo lo que queráis. Esta noche tenéis barra libre.
Jake puso en la barra veinte dólares y alzó el chupito.
–Salud -dijo Pat.
–Salud -repetí, llevándome la segunda copa a los labios. Cuando el three wise men comenzó a circular por mi organismo me sentí mejor y se me olvidó un poco que no había ganado nada de dinero en la fiesta.
Pat parecía bastante simpático, pero a mí me tenía alucinada. En el Spark todos los barman iban bien vestidos y arreglados. Incluso Jake conseguía dar una buena imagen. Pero Pat tenía la pinta de no haberse duchado desde hacía tiempo. Era un poco pelirrojo, llevaba el pelo grasiento y pegado detrás de las orejas y se le veía una barba de varios días.
Tenía una barriga enorme que colgaba sobre sus vaqueros manchados y
llevaba la misma camiseta que el portero, Rex. Me fijé en la fotografía del hombre y en el cartel «liberad a Lenny», pero no podía imaginarme de quién se trataba. Supuse que sería algún político exiliado o un activista, tal vez alguien de la zona a quien habían condenado injustamente. Me daba corte preguntarlo, no fuera a ser que se tratara de alguien tan famoso como Nelson Mandela. Pero al final me pudo la curiosidad.
–¿Quién es Lenny?
–¿Eh? – dijo Pat.
–El tío de la camiseta.
Pat y Jake se echaron a reír.
–¿Qué pasa? – pregunté.
–Lenny era el «proveedor» habitual del Talkhouse -me explicó Jake-, pero lo pillaron y ahora está cumpliendo condena en Riverhead.
–Ah. – Me sentía como una idiota, pero ¿cómo iba yo a saber que le estaban rindiendo homenaje a su camello en las camisetas?
Vi que encima de la barra, detrás de la barra y en las paredes junto a las mesas de billar colgaban varias fotocopias en blanco y negro de tetas y culos de tías. Le di un codazo a Annie.
–¿Esas tetas de quién son? – preguntó ella.
Pat se echó a reír.
–De Jasmine. Es la novia del dueño. Anoche tenía un pedo de la hostia.
Se metió en el despacho un par de horas y cuando salió se puso a colgar esas fotocopias por todas partes y a dárselas a los clientes.
Yo miré a Annie sin podérmelo creer.
–Jasmine es la leche -comentó Jake, admirando las fotocopias-. La tía bebe más que un cosaco.
–Tenemos muchos exhibicionistas por aquí -confesó Pat con una sonrisa culpable.
–¿Y vosotros de qué os conocéis? – pregunté, deseando cambiar de tema. La verdad es que no tenía ganas de oír más detalles sobre las indecencias del Talkhouse.
–Yo empecé de ayudante de barra en el Talkhouse -explicó Jake-. Estos tíos me enseñaron todo lo que sé. Todavía estoy en el equipo de softball y todo.
Yo no dejaba de maravillarme sobre la conexión que había entre los barman de los Hampton. Todo el mundo se conocía de otros veranos o de
otros bares. Aunque trabajaran en Miami o Palm Beach durante el invierno, o hicieran algún turno en la ciudad, todos los barman, promotores, dueños y encargados volvían en verano a su droga favorita: los Hampton. Pensé que sería divertido volver el siguiente verano, ahora que ya había hecho tantos contactos, pero desde luego no quería transformarme en un Jake o un Pat.
Prefería mil veces que me pagaran por escribir y no por servir copas.
–¿Qué tal os va en el Spark? – preguntó Pat, inclinándose sobre una de las neveras, con la barriga sobre sus gruesos muslos.
–Bien. Se gana bastante.
–Yo no podría trabajar nunca en un sitio así -declaró él, abriendo una Heineken con el abridor que llevaba colgado al cuello con una cuerda deshilachada. Se bebió la mitad de la botella de un trago-. Demasiada gilipollez -declaró con un eructo.
–Eso desde luego -convino Annie.
–¿Y qué tal aquí? – pregunté yo.
–Bien -rió él-. Sacamos unos ocho billetes por noche, ponemos la música que nos da la gana, no tenemos encargado y Larry, el dueño, es un tío cojonudo. Me han dicho que los del Spark son una gentuza.
–¿Cuántos promotores tenéis?
De nuevo Pat y Jake se miraron y se echaron a reír.
–Aquí no hay promotores. No dejamos entrar a esa morralla. Lo único que hacen es robar todo lo que pueden.
–Vaya -dije. A juzgar por la experiencia de la noche, seguramente tenía toda la razón. Jake había mencionado que los promotores y los subpromotores sacaban una tajada importante del dinero de la entrada del Spark, además de un porcentaje de la caja. Y por lo visto además robaban dinero a espuertas. Lo más fácil para ellos era embolsarse dinero de las entradas que cobraban en la puerta. Y encima, las camareras también tenían que darles dinero al final de la noche, a modo de «propina». Jake me había contado que los promotores solían estar compinchados con sus camareras favoritas para tramar elaborados planes para robar dinero.
Yo miré las hordas de clientes del Talkhouse, que llegaban hasta la terraza, y no me podía creer que estuvieran tan de bote en bote sin promotores. Claro que Travis también había mencionado que era uno de sus bares favoritos.
–¿Y estáis así todas las noches? – pregunté.
–Esto no es nada-contestó Pat, terminando la segunda mitad de la cerveza-. Los fines de semana hay el doble de gente.
Yo me moría de envidia. Era evidente que los barman del Talkhouse ganaban mucho más dinero que yo y encima no tenían que aguantar la política del club. Y el local estaba a reventar.
–¿A qué hora salís? – quise saber.
–A las cuatro menos cuarto. Las cuatro a lo más tardar. Dejamos la pasta en la caja, agarramos las propinas y nos vamos.
–¡Venga ya! – exclamé-. Nosotros no salimos hasta las siete.
–Ya, vaya mierda-declaró, limpiándose la boca con el dorso de la mano.
–¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí? – preguntó Annie.
–Algo más de veinte años -contestó Pat con otro eructo, esta vez más largo.
–¿Veinte años? – me sorprendí-. Eso es muchísimo tiempo.
–Es que me encanta esto. No pienso dejarlo nunca.
–No me extraña -terció Jake-. Esto es alucinante. Está siempre lleno de gente que viene a beber de verdad, no como el Spark, que está a tope de idiotas que vienen sólo por el «ambiente» y se quedan toda la noche con una sola copa.
–Y la cosa no varía -añadió Pat-. Siempre sabemos que vamos a sacar una cierta cantidad.
Yo noté un zumbido en el bolsillo y me di cuenta de que era mi móvil.
Sentí una descarga de adrenalina al ver el nombre que aparecía en la pantalla: James, móvil.
–Perdonad. – Salí corriendo al patio e hice lo que pude por apartarme de la multitud-. ¡Hola! – saludé encantada.
–Qué hay, ¿cómo estás?
–Estupendamente. ¿Y tú?
–Bien. Se oye mucho ruido. ¿Estás trabajando?
–No, estoy en el Talkhouse con Jake y Annie. ¿Tú has llegado ya a los Hampton?
–No. Voy mañana por la noche. Estoy con mi padre. Acabamos de cenar en el Asiate y ahora estamos en el Salón Roble, tomando una copa con un par de socios de mi padre, que han venido a la ciudad.
–Qué divertido -dije, mirando a Annie y Jake, que estaban bailando como locos al ritmo de Pour Some Sugar On Me-. Ay, me encanta esta
canción.
–Pues te dejo, Cass, que parece que te lo estás pasando bien. Pero oye, quería preguntarte si vas a hacer algo el sábado, durante el día.
–No. No entro a trabajar hasta las nueve y media. ¿Por qué?
–¿Te gusta el polo?
–Pues… sí, claro.
–¿Te gustaría ser mi pareja en el Bridgehampton Polo Match?
Yo jamás había oído hablar del Bridgehampton Polo Match, pero sonaba a evento elegantísimo. Me pasaron por la cabeza imágenes de sombreros de ala ancha, mujeres elegantísimas, magníficos caballos y mimosas en jarrones de cristal. Me imaginé del brazo de James, con un vestido de lunares como el que Julia Roberts llevaba en Pretty Woman en la famosa escena del partido de polo.
–Me encantaría.
–Genial. Empieza a mediodía. ¿Nos vemos mañana?
–Podría ser -sonreí.
–Te llamo cuando vaya para allá.
–Vale. Hasta luego.
Colgué con un suspiro y me puse un momento a pensar en James, encantada de la vida. Volví con paso saltarín donde Annie, Jake y Pat brindaban con otra ronda de chupitos.
–¡Eh! – exclamó Annie-. ¿Quién era?
–James -contesté embelesada.
–¿Tu novio? – se burló Jake.
–Sí -dije orgullosa-. Mi novio.
Me encantaba decirlo. No me cansaba. El fin de semana anterior James me había llevado a Main Beach en East Hampton antes de ir a trabajar, para hacer un picnic con Syrah Qupe Bien Nacido Reserva del 97, queso cheddar Cabot's Vermont y uvas del Farmer's Market de Amagansett.
¿Quién iba a pensar que la pequeña Cassie Ellis del 217 de Poplar Street de Albany, Nueva York, estaría en una inmaculada playa de los Hampton disfrutando de un vino caro con el hombre de sus sueños? Los Hampton ya no eran un telón de fondo para el intercambio de parejas de Martin y Lily, por fin comenzaban a convertirse también en mi refugio.
Estábamos reclinados en la manta azul, bebiendo vino. James se volvió hacia mí.
–No quiero salir con nadie más, Cassie. Sólo contigo.
Cinco minutos antes creía que no podía ser más feliz, pero aquello me puso en éxtasis. No podía haber imaginado un escenario más de cuento de hadas.
–Yo tampoco.
Y cerramos el acuerdo con un largo beso. Sentada entre sus brazos miré su cara de alegría y sentí que estaba donde tenía que estar.
El teléfono de James interrumpió nuestro momento. Se lo sacó del bolsillo y contestó.
–Hola, Rosalind. – Y en un instante mi felicidad y mi seguridad se desvanecieron en la brisa marina. Rosalind representaba todo lo que yo nunca podría ser: una mujer rica, de buena cuna, que se manejaba con facilidad en el mundo de élite de James porque también era el suyo. Era un símbolo de una parte de James a la que yo todavía no estaba segura de poder pertenecer, aunque fuera su novia-. No, no voy a poder -dijo él-. Voy a pasar el día con Cassie.
Yo me animé de inmediato y le eché los brazos al cuello en un fervoroso abrazo. Era oficial. Me había elegido a mí y no a Rosalind.
Annie, Jake y yo estuvimos bebiendo cerveza y bailando en todas las salas del Talkhouse, primero con rock en vivo, luego con reggae, luego con éxitos de los ochenta. No tuvimos que pagar nada, aunque a medida que transcurría la noche yo me sentía más inclinada a dejar veinte dólares de propina a cualquier barman que me pusiera una cerveza. Probablemente estaba gastando más que si pagara por las copas.
–Me muero de hambre -rugió Annie a eso de las tres de la mañana, tocándose el estómago plano.
–Ahí detrás hay perritos calientes y ostras -dijo Jake.
–¿Sí? Música en vivo, piscina, cerveza barata y perritos calientes.
¡Desde luego es el mejor bar del país!
De manera que salimos a comer algo. Una vistosa pancarta blanca sobre un sencillo puesto de madera proclamaba «Shucker-girl». Dos chicas con una camiseta en la que ponía «MOTHER-SHUCKER» estaban junto a las ostras dispuestas sobre hielo picado. Detrás de ellas se asaban los perritos calientes, junto a unas bolsas de patatas y unos botes de salsa de cóctel.
–Un perrito, por favor -pidió Annie.
–Dos. Y seis ostras -añadí.