El samurái de Sevilla
Primera Parte
John J. Healey
El samurái de Sevilla
ePub r1.0
Titivillus 19.04.16
Título original: The Samurai of Seville
John J. Healey, 2015
Traducción: Paz Pruneda
Editor digital: Titivillus
ePub base r1.2
Para Soledad.
PRIMERA PARTE
I
En el que un juramento es prestado y una espada
recibida
Para aquellos que lucharon para él y aquellos que probaron su espada, el primer señor y fundador de Sendai, Date Masamune, era conocido como Dokuganrya, el dragón de un solo ojo. En batalla vestía armadura negra y en su casco ostentaba una lámina de oro recortada en forma de luna creciente.
Cuando su hermana Mizuki cumplió dieciséis años, se casó con un guerrero de buena cuna que luchaba al lado de su hermano. A los dieciocho, ya era una viuda sin hijos. Con veintiuno se convirtió en la amante del consejero jefe de su hermano, Katakura Kojuro, y concibió un hijo. Cuando el niño nació, pidió a su hermano que buscara un nombre para él, y Date Masamune le llamó Shiro. Al igual que su abuelo paterno —un monje convertido en samurái—, el niño nació con seis dedos en su mano derecha. Era un augurio de buena suerte y una codiciada ventaja para el manejo de la espada.
Katakura Kojuro vivía con su esposa y familia dentro de las propiedades del castillo de Shiroishi, que el propio Date Masamune le había otorgado. Después del nacimiento de Shiro, Kojuro fue reconvenido por su esposa por procrear tan ilustre bastardo y obligado a ver menos a Mizuki, arrojando así una sombra sobre el corazón de la madre. Ella crio al niño con Date Masamune y la mujer e hijos de este, dentro del recinto del aún más grande castillo de Sendai. Mizuki era alta y esbelta, y Shiro creció alto y hermoso.
En su decimotercer año el chico se convirtió en samurái y el señor le convocó a su jardín privado. Shiro nunca había estado allí. Los guijarros del jardín estaban perfectamente rastrillados y flotaba una fragancia a pino y cedro mojado. Encontró a Date Masamune arrodillado sobre una ancha tarima oscura, tan lustrosa que uno podía ver en ella su propio reflejo. En uno de los laterales había paneles de papel con los bordes pintados de un rojo vivo.
—Tu madre es mi única hermana —declaró el señor—, pero este castillo y mi nombre deben pasar a mis hijos. Ella no está desposada con tu padre, y su castillo y su nombre deberán ir a los hijos que él tiene con su esposa legítima.
Shiro trató de no mirar la cicatriz donde debía estar el ojo izquierdo del señor. Arrancado en una batalla, su párpado había sido cerrado y cosido muchos años atrás y con el tiempo se había suavizado hasta semejar una veteada estrella.
—Pero la sangre de mi padre corre por tus venas —continuó el señor—, y también la mía, y me has jurado lealtad en este día, y en adelante seguirás la Senda del Guerrero. Dime que sabes que todo esto es cierto.
Estaban arrodillados el uno junto al otro frente a una roca en la que el musgo crecía por sus hendiduras. La roca descansaba contra un árbol de Akamatsu apenas desarrollado.
—Sé que todo esto es cierto, mi señor.
Cuando Date Masamune volvió a hablar, mantuvo su único ojo clavado en la roca, sin mirar una sola vez al chico, y en cuanto terminó, el joven supo que era el momento de levantarse y salir de allí.
—No obstante, eres un príncipe —razonó—, y serás como un hijo para mí, dondequiera que vayas yo también estaré contigo y, si alguna vez alguien te desprecia, será como si estuviera despreciando a mi persona. Pues mientras vivas una vida de guerrero, tú y tus descendientes nunca careceréis de nada. Detrás de mí está la espada que llevé en la batalla de Odawara. Mi nombre y escudo de armas están grabados en ella, ahora es tuya.
Masamune bajó la cabeza. Shiro se levantó, hizo una inclinación y tomó la espada levantándola a la altura de su cabeza antes de retirarse sujetándola delante de él. Cuando pasó por delante de los centinelas, estos se inclinaron porque habían escuchado lo que su señoría había dicho. Masamune permaneció durante media hora observando la corteza del árbol y el húmedo terreno donde la roca se fundía con la tierra.