El samurái de Sevilla

John J. Healey · Capítulo 13 de 48

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El samurái de Sevilla

Segunda Parte

XIII

En el que Shiro y Guada caminan entre ruinas

 

En un rincón de la enorme habitación que le había sido asignada, una vela proyectaba tentáculos de luz ambarina sobre las paredes encaladas. La cama era ancha y dura. Shiro yacía bajo una sábana de blanqueada muselina con una tira bordada en la parte superior donde las iniciales del duque se entrelazaban con motivos astrológicos. Sobre la sábana, un pesado cobertor hecho con pieles de lince cazadas en la sierra de Grazalema y rematado con un reborde de terciopelo desgastado. La calidez del cobertor compensaba el aire gélido que entraba por las contraventanas abiertas, un aire que transportaba aromas de pino y romero.

Era justo antes del amanecer y estaba escuchando el clop-clop y algún ocasional resbalón de los cascos de las mulas que transitaban por la empedrada calzada de una calle cercana. Imaginó que las sacaban fuera del pueblo al campo. Aunque se sentía muy lejos de casa, una vez más había algo familiar allí. Le dolía la cabeza.

Pensó en la maravillosa joven. La noche anterior, durante la cena, hubiera jurado que sus ojos se alzaban por los bordes con un leve sesgo. La elegancia de su porte, su sutileza le habían abrumado. Cuando la descubrió mirando su dedo extra de la mano derecha, una extravagancia que el duque ya había notado, su lengua se paralizó. La idea de que estuviera casada con el rudo bárbaro, aquel a quien llamaban Julián, el mismo que había pagado a Diego para no mencionar a la mujer que se encontraba con él en Sanlúcar, le resultaba desconcertante. Al principio supuso que el matrimonio había sido concertado, pero cada vez que el nombre de Julián salía a relucir en la conversación, ella reaccionaba favorablemente. Pudo advertir que estaba enamorada de su marido, e hizo un gran esfuerzo para sofocar la urgencia de revelarle lo que sabía.

No le fue difícil imaginar que, de haber pasado más tiempo con Yokiko, tal vez hubiera surgido el amor, un amor por una mujer sometida a otros hombres. Le habían contado que su propia madre había amado apasionadamente a su primer marido, un apuesto hombre conocido por su falta de amabilidad, pero luego volvió a encontrar el amor en Katakura Kojuro, un corpulento y desgarbado tipo casado con otra mujer.

Sabía que debía resignarse al hecho de que incluso si Guada no hubiera estado ya adjudicada, cualquier cosa más allá de un intercambio de cumplidos resultaría imposible. Ni su tribu de privilegiados cristianos ni tampoco el código samurái sancionarían nada más allá de una amistad política y constreñida. De hecho, era su condición de mujer casada —y la suya como un exótico invitado extranjero— lo que les permitía cierta libertad. De haber estado ella soltera, nunca se habría encontrado sin compañía ni siquiera bajo la protección de los abovedados techos de su tío. Incluso estaba previsto que su madre llegara en unos pocos días para «relevar» al duque de tener que dedicar una buena parte de sus escasas energías en entretener a su sobrina.

En la cena, grandes piezas de cabrito asado al fuego habían sido servidas junto con patatas del Nuevo Mundo confitadas con manzanas y peras. El vino, algo que no había probado hasta entonces, procedía del norte de España, un hecho del que el duque parecía bastante orgulloso. Mientras continuaba bebiendo descubrió que su lengua se soltaba, y fue la discusión sobre el maguro lo que finalmente le hizo sacudirse la timidez de golpe. Una pequeña población costera dentro de los dominios del duque era conocida por sus familias de vigorosos pescadores de atún. Cuando el duque mencionó que la temporada había comenzado, Shiro le explicó cómo ese pescado era considerado una exquisitez en su tierra natal. El duque insistió en hacer la excursión que tendría lugar esa mañana, en unas pocas horas.

Hacia mediodía, desde lo alto de las colinas, pudieron divisar el mar. Con el duque, Shiro, Guada y Rosario, además de los guardias y sirvientes, formaban una colorida caravana que adornaba los verdes pastos de las laderas de alrededor con sus almendros. El duque iba vestido en tonos crema y carmesí, Shiro en blanco y negro, Guada montaba a mujeriegas llevando una ondulante falda color marfil y un chaleco azul añil con botones amarillos fabricados con cristal de Venecia. Rosario iba de negro. Los guardias de gris y azul, y los sirvientes con túnicas musulmanas. El capellán había quedado atrás. Un guardia que cabalgaba por delante portaba el estandarte del duque prendido en un largo y barnizado mástil. Una reata de mulas de carga transportando tiendas y provisiones cerraba la marcha.

Hasta ese momento Shiro no había visto nunca un terreno como ese. El otoño recordaba a la primavera. Todo brillaba bajo la luz del sol que calentaba la piel sin llegar a ser opresiva. La vasta tierra, sin rastro de cultivos, era ocasionalmente interrumpida por alguna casita blanca desperdigada, siempre con dos ventanas y una cubierta de tejas, y cuyos moradores sobrevivían gracias a un modesto huerto de verduras y una sencilla pocilga con pequeños cerdos grises. Nada alteraba la placidez del paisaje. Descendieron por los suaves y escalonados senderos en dirección al Atlántico.

Sin embargo, para el duque la experiencia estaba siendo muy diferente. Cada paso dado por su caballo le provocaba punzantes dolores en la cadera. Esa mañana la frasca de vino ingerida apenas había conseguido sofocarlos. Pero su vanidad, su masculinidad, su deseo de continuar siendo, aunque solo fuera mentalmente, una figura romántica para Rosario, de continuar conectado por un sólido vínculo a un pasado de juventud en el que él había sido un envidiado galán de la corte, le hacía seguir negando con estoicismo el poco tiempo que su cuerpo iba a permitirle mantenerse erguido sin ayuda.

Alcanzaron la costa al final de la tarde. Allí un viento continuo procedente del Estrecho arrastraba nubes de arena hasta sus tobillos. Tras consultar con los pescadores locales, descargaron los mulos detrás de las dunas, cerca de un estanque al pie de una considerable extensión de ruinas romanas. Numerosas columnas de gran altura, los restos de un anfiteatro y de calles que llevaban a ninguna parte pavimentadas con bloques de piedra limpiamente cortados sumieron al campamento en un aire de antigüedad. Shiro fue a preguntar al duque inmediatamente.

—¿Qué lugar es este?

—Me apena decir que sé muy poco sobre él. Hace unos años pagué a dos expertos una cuantiosa suma para que exploraran este lugar, pero sus descubrimientos fueron escasos. Creían que en su día fue llamada Baelo Claudia, porque el emperador Claudio le había dado el estatus de municipio en el siglo I. Era una ciudad consagrada a la pesca y a la producción de garum, y que en su día tuvo templos dedicados a Isis, Júpiter y Minerva.

Shiro sabía muy poco sobre los romanos o sus emperadores, y el duque se sintió feliz de impartir una lección de historia que todos los que estaban cerca escucharon encantados. Con gran destreza llevó la disertación a su fin haciendo referencia a algunos de sus ancestros que habían ayudado a recuperar el territorio del dominio de los moros a mediados del siglo XIII.

Esa noche tomaron costillas de cerdo y bebieron vino diluido con agua. Poco después, el duque se retiró y Rosario fue llamada a su tienda. Shiro invitó a Guada a pasear por la ruinas iluminadas esa noche por la luna nueva. Un guardia les seguía manteniendo una distancia discreta.

Corría un aire húmedo y frío que parecía emerger de las grietas entre las piedras milenarias por las que caminaban. Ciñéndose la capa alrededor del cuello, Guada se dio cuenta de que nunca había paseado de noche, y en realidad en ningún momento, sin acompañante, con un hombre que no fuera su esposo.

—Hubo un tiempo en el que esta fue una ciudad llena de vida junto al mar — declaró ella—, llena de hombres, mujeres y niños viviendo bajo la protección de la ley romana, y todo el tiempo que vivieron aquí asumieron que continuaría igual para siempre. Pero ahora nadie los recuerda.

Sabía lo banal que eso sonaba, incluso antes de que las palabras salieran de sus labios, pero también sentía que dependía de ella llevar la iniciativa de la conversación con el extranjero, quien la noche antes había estado muy callado.

—La transitoriedad es una condición de la vida —observó él—. Estas ruinas son un buen recordatorio. Tenemos lugares así en mi país.

Ella no sabía nada de su país. Su sentido de la geografía era de lo más elemental.

—No creo que me guste cómo suena —replicó—, eso de la transitoriedad.

—¿Por qué?

—Me asusta —contestó—. No me gusta que las cosas cambien.

—Pero sabéis que lo harán.

—Por supuesto —dijo—. Sé que algún día me haré vieja y moriré, tan seguro como que estamos aquí esta noche. Pero no me gusta.

—A mí tampoco me gusta —declaró él—. Pero creo que puede servir como una lección sobre cómo vivir cada día.

—Suena como si pudiera ser pecaminoso.

—¿Cómo?

—Como si pudiera llevar a la tentación.

—Vuestra religión parece muy preocupada por la tentación.

—También es la vuestra.

Prefirió no contrariarla en ese punto.

—Y la idea —continuó él— de que uno está siempre siendo observado desde las alturas y juzgado, y que vaya a ser examinado tras la muerte es muy, cómo lo diría…

—¿Agotadora?

Se rio. Ambos rieron.

—Sí —admitió—. Justo esa palabra.

—Pero hemos nacido para luchar —alegó ella—, para luchar contra el pecado, al igual que los animales luchan para sobrevivir. Renunciar a nuestra vigilancia es impropio de Dios.

Se detuvieron y descansaron sobre un saliente en la piedra, un resto de muro que daba al mar, que solo era visible a esa hora gracias a la luna.

—Esa gente que vivía aquí hace tanto tiempo —dijo él—, esos romanos, ¿creéis que eran cristianos?

—Lo dudo. El duque mencionó templos construidos para deidades mitológicas, pero ninguno dedicado al Salvador.

—Ellos también luchaban por sobrevivir —razonó él—, como habéis dicho. Pero, de acuerdo con nuestra religión, ¿habrían sido juzgados tras morir?

—Habrían sido condenados todos ellos al infierno por toda la eternidad.

—¿Y eso es justo? —preguntó.

—Es mejor no cuestionarse esos temas. También pueden llevar al pecado.

—En algunos de nuestros pueblos de las montañas, cuando los mayores ya no son de utilidad, son llevados hasta un lugar y abandonados allí para que mueran.

—Eso es injusto.

—Estoy de acuerdo. Pero no logro ver ninguna diferencia.

—Aquellos que no son miembros de la Iglesia adoran por definición a falsos dioses y eso es un pecado, un pecado mortal.

—Que afortunado soy por haber sido salvado —declaró.

Ella le miró.

—¿Os estáis burlando de mí?

—Un poco —admitió—. ¿Es eso también un pecado?

—Rezaré por vos —dijo ella—, tal vez a santo Tomás, por vuestra alma dubitativa, y a san José, que es el patrono de la muerte feliz, porque cuando murió Jesús y María estaban a su lado.

—Sois muy amable —respondió.

Sabía que se estaba burlando de ella, pero no le importó. Nunca en su vida había tenido una conversación como esa.

—Tengo frío —observó Guada—. Regresemos al campamento.

Él se levantó y la ayudó a bajar del murete, tocando sus manos por primera vez. Sintió ganas de besarla y ella lo advirtió.

Empezaron a caminar de vuelta. El guardia hizo una inclinación cuando pasaron por delante de él, una inclinación que Shiro correspondió con otra igual. Regresaron en silencio, un mutismo que les haría difícil conciliar el sueño. Una vez en su tienda, Shiro escuchó las olas y el viento mientras evocaba la costa de Edo tan lejana, en lo que parecía ser otra vida. Guada aferró con fuerza un par de guantes obsequio de Julián, los olió, y apoyó su cabeza sobre ellos, añorando a su esposo con tal intensidad que bordeaba la ira.