El samurái de Sevilla
XXX En el que se pierde una madre y se gana otra
XXX
En el que se pierde una madre y se gana otra
La noche en que Shiro y ella fueron agredidos, Guada huyó de su casa por la puerta de servicio y caminó sola por las calles hasta llegar al palacete de sus padres. Ambos estaban en casa y se quedaron espantados ante los moratones de su rostro y el violento relato que ella les refirió. Rodrigo, de una forma poco convincente, pues ninguna de las mujeres le prestó demasiada atención cuando lo dijo, prometió propinar a Julián «una paliza que nunca olvidaría».
Pero a la mañana siguiente el ambiente en la casa había cambiado. Rodrigo salió temprano para visitar una de sus fincas y doña Inmaculada se presentó en el dormitorio de Guada mientras su hija estaba desayunando.
—¿Cuánto tiempo piensas permanecer aquí? —preguntó su madre.
—Todo el tiempo que precise —respondió Guada—. Hasta que consigamos que Julián se vaya de mi casa.
—Es su casa.
—Pero vosotros me la regalasteis.
—Os la regalamos a los dos, pero por supuesto está registrada a su nombre. Era parte de tu dote de novia y lo mínimo que podíamos hacer a cambio de las tierras que recibimos de su familia.
—¿Qué estáis intentando decirme, madre?
—Que tal vez debieras darle un poco de tiempo para calmarse y disculparse.
Las lágrimas afloraron en los ojos enrojecidos de la joven.
—Me golpeó y violó. Aparentemente ha matado a un hombre a sangre fría y ha atacado brutalmente a otro ante mis ojos. ¿Qué estáis diciendo?
Guada comenzó a llorar. Inmaculada se sentó en la cama junto a su hija, pero no hizo ningún gesto para consolarla.
—¿Recuerdas la conversación que tuvimos en Carmona antes de vuestra boda? — preguntó doña Inmaculada.
—¿Sobre qué?
—Me preguntaste si tu padre había sido amable conmigo alguna vez. Y yo te expliqué cómo terminamos por no compartir lecho.
Inmaculada hizo una pausa, atrapando un pliegue de la colcha de Guada entre sus dedos índice y anular, y recordando su proveniencia de la dote de su madre.
—Hubo un tiempo en el que mi vida con tu padre en ocasiones se pareció a lo que tú pasaste ayer. Los hombres son bestias, querida. Fíjate en lo que le hicieron a nuestro Salvador. Recuerda las Estaciones de la Cruz. Y, sin embargo, tú y tu hermano nacisteis y prosperasteis. Tu padre y yo aún vivimos bajo el mismo techo y, con el tiempo, hemos aprendido a ser civilizados el uno con el otro e incluso a apreciarnos.
Guada se enjugó las lágrimas con una enorme servilleta de hilo.
—Mi padre y Julián comparten la misma ramera.
—¿Y eso no te dice algo? —preguntó Inmaculada.
Guada apartó la vista, sintiéndose traicionada y sola, una extraña en su propio hogar. Entendió a dónde querían llegar sus padres. Volvió a mirar a doña Inmaculada, jurándose a sí misma que haría todo cuanto estuviera en su mano para no rendirse y acabar como su madre. Pero lo único que dijo fue:
—Muy bien, madre.
—¿Muy bien qué?
—Pensaré en lo que me habéis dicho.
Tras desayunar y asearse, tras examinar su cara en el espejo y revivir una vez más todo lo sucedido, envió una nota a su tía Soledad, quien respondió de inmediato. A primera hora de la tarde había vuelto a mudarse.
—Tu madre es una sufridora —dijo Soledad—. Yo no.
Estaban sentadas juntas en la misma luminosa cámara donde la anciana mujer había recibido al duque.
—Yo resistí la tempestad —añadió—. Pero no por mucho tiempo.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó Guada.
—Muy poco —replicó su tía—. O lo que es lo mismo, hay algunos aspectos fundamentales que no puedes cambiar. Como mujeres, tenemos escasos recursos. La casa es suya. No puedes echarle de ella, aunque quizás se canse de Sevilla y se marche por propia voluntad. Yo permanecí en la mía cerrando el acceso a mis aposentos a mi esposo, y él continuó con su rutina en su propia ala de la casa, viviendo como un sátiro hasta que murió por esa causa.
—No puedo volver allí —aseguró Guada—. No puedo estar a solas con él, en ninguna parte, nunca más; no quiero volver a posar mis ojos en él, jamás.
—Entonces te quedarás conmigo —propuso Soledad tomando la mano de su sobrina—. Todo el tiempo que desees. Y cuando muera, esta casa será tuya. Y él nunca será admitido aquí o en ninguna de mis propiedades, que algún día pasarán a ti.
Guada comenzó a llorar de nuevo, esta vez de gratitud, y rodeó a su tía con los brazos, quien a su vez estrechó a la joven y besó su coronilla.
—Espero que puedas disculpar lo que voy a decirte —comenzó Soledad, hablando suavemente pero con un temblor de rabia en su voz—. Pero, en mi opinión, tus padres son codiciosos, algo inexplicable porque son extremadamente ricos. Las fincas que han sido incorporadas a su patrimonio gracias a tu boda significan, me temo, tanto para ellos como tu propia felicidad. No lo entiendo. Es como si Inmaculada deseara que tuvieras la vida que ella ha tenido.
—No lo haré —se negó Guada.
Soledad la miró intensamente, también con lágrimas brotando de sus ojos.
—No, no lo harás. Eso puedo verlo. Y ¿sabes?, a pesar de su avaricia, la nuestra es la mejor familia en muchos grados, algo que los que saben de esto aprecian.
—Para el bien que me ha traído —comentó Guada.
—Eso significa que con el tiempo, a medida que las noticias corran, la estrella de Julián irá apagándose, cada vez más y, cuando tomes un amante, el rey lo aprobará.
—Un amante.
—Alonso me informó que tenías un pretendiente, aunque me temo que ya no podrá ser.
—¿Un pretendiente?
—Un joven de Japón, uno que habla español y que, según el duque, le salvó la vida.
Guada bajó la cabeza y sonrió al pensar que el duque le había contado eso a su tía, pero entonces su sonrisa se convirtió en una mirada de angustia.
—¿Qué sucede, Guada?
—El hombre del que habláis es el mismo al que Julián golpeó indiscriminadamente. Le apuñaló e hizo que le rompieran los huesos de las manos, arrojándole a la calle.
—¡No!
—Sí.
—Entonces tal vez habría celos por parte de Julián.
—No. Julián no sabe nada, aunque tampoco hay nada que saber. Shiro —así es como se llama el extranjero— apareció para vengar la muerte de un amigo, acusando a Julián de su asesinato.
Soledad continuó abrazando a su sobrina mientras escuchaba su relato y daba gracias en silencio por su avanzada edad, pues aún recordaba lo doloroso que era ser joven.