El samurái de Sevilla
XLIV En el que el maestro recuerda y Shiro se despide
XLIV
En el que el maestro recuerda y Shiro se despide
Durante las dos semanas siguientes Julián fue enterrado, Shiro curado de su herida y Guada bautizó a su hijo.
Miguel de Cervantes Saavedra, cuya modesta casa no quedaba lejos del Alcázar de Madrid, yacía a las puertas de la muerte. Se negaba a comer salvo el más sencillo de los caldos. Como su más famosa creación, divagaba entre el mundo ilusorio y el racional. Cuando se sumía en el primero, estaba convencido de que la cama en la que estaba postrado se hallaba a bordo de un barco en la costa del norte de África. Podía sentir las olas del Mediterráneo, el calor del sol, el olor a mar, escuchar las velas ondear al viento, preocupado porque la embarcación estuviera navegando hacia la costa donde volvería a ser apresado y olvidado en cautividad, o por si ya había sido rescatado y se alejaba de vuelta a España. Cuando recuperaba la cordura, lo que solía ocurrir durante las primeras horas de la mañana, lo que más le gustaba y consolaba era el sonido de dos tórtolas posadas en su ventana, el timbre y ritmo de su melancólico arrullo. Aquello le trasladaba a los amaneceres de verano de su infancia en Alcalá de Henares, a Roma con la luz del alba tras una noche de amor, a las tardes de otoño en Nápoles mirando hacia Capri.
Durante esas dos mismas semanas el rey y el duque de Lerma retomaron la persecución de los herejes, de recalcitrantes moriscos y judíos, y se concentraron en reforzar la frágil paz en las fronteras del norte de su imperio. La delegación de Japón fue olvidada hasta la noche antes de que emprendiera el viaje de vuelta al sur.
Shiro fue convocado una vez más al salón privado del rey. Y una vez más se sentaron frente a la enorme chimenea. Esta vez los perros estaban presentes. El samurái aún llevaba el brazo izquierdo en cabestrillo.
—¿Qué tal va vuestro hombro? —preguntó el monarca.
—Mucho mejor —replicó Shiro—. Ha dejado de sangrar y ya no está infectado.
—Me alegra oírlo —repuso el rey, acariciando a uno de los perros—. ¿Así pues, mañana os vais?
—Sí, Vuestra Majestad.
—Os perderéis los esponsales de mi hijo —indicó el rey.
—Y lo lamento mucho —contestó Shiro.
—El chico solo tiene diez años y la novia, trece, así que supongo que tendrán que esperar bastante antes de poder procrear.
—¿Se llevan bien? —preguntó Shiro.
—Ni siquiera estoy seguro de que se hayan conocido —dijo el rey riendo, juntando las manos y alzándolas hacia el techo abovedado como si buscara el consejo de Dios. Entonces las bajó y tomó una de las manos de Shiro.
—Lo más seguro es que no volvamos a vernos nunca.
—Probablemente, señor.
—Uno nunca sabe con certeza cuándo va a volver a ver a alguien por última vez. —Tendió a Shiro un pergamino, doblado en un sobre y sellado—. Quiero que llevéis esto con vos, por si acaso, por cualquier razón, cambiáis de opinión y decidís permanecer en España o en cualquier otra parte de mi imperio que se os pueda ocurrir. En él se dice que estáis bajo mi protección y debéis recibir el más generoso y respetuoso tratamiento.
Shiro cogió el sobre y lo deslizó dentro de su túnica junto al resto de semillas de Biwa.
—Me siento muy honrado, Vuestra Majestad. Pero parece un regalo más adecuado para Hasekura Tsunenaga.
—Sospecho que vuestro embajador nunca deseó abandonar su hogar, pues desde que posé por primera vez mis ojos en él me quedó claro que solo tenía una única preocupación: regresar a Japón. Vuestra historia es diferente.
Shiro sonrió, impresionado una vez más por la perspicacia del monarca.
—Y, por supuesto, él también tendrá su regalo —añadió el rey.
—En Japón mi gente ha expulsado a la vuestra —declaró Shiro, mirando el fuego, mientras el perro que estaba junto a él descansaba su hocico en su muslo—. Me han dicho que vos también habéis expulsado a los forasteros de diferente credo, aquellos que han vivido aquí durante siglos. Y sin embargo aquí estamos, sentados juntos, tranquilamente y a punto de echar de menos la compañía del otro —si se me permite hablar por mí mismo—, dos personas tan diferentes en tantos sentidos.
—Dejemos todo eso a un lado —respondió el rey— y alcemos una copa por nuestro difunto amigo el duque de Medina Sidonia, pidiendo a Dios que os conceda un viaje seguro.