El samurái de Sevilla
IV En el que el grande de España es contrariado y sus peores temores confirmados
IV
En el que el grande de España es contrariado y sus
peores temores confirmados
Marta Vélez accedió a reanudar sus relaciones con Rodrigo después de que este le obsequiara con un collar de oro y le prometiera no volver a mencionar a su sobrino. Pero una tarde, a pesar de haberle dicho que regresaba a Sevilla, conspiró para permanecer en Madrid, y se llevó a Julián, su futuro yerno, a cenar con Miguel de Cervantes Saavedra.
Rodrigo había conocido a Cervantes cuando el escritor estuvo preso en Sevilla. El noble había ordenado que le llevaran comida y material de escritura a la cárcel, regularmente y, gracias a su intercesión, Cervantes fue liberado un año antes de lo decretado en su sentencia. Sin embargo, Rodrigo no había actuado llevado por la compasión o el fervor literario. Los únicos libros que podían verse en sus dominios eran volúmenes dedicados a la caza, la Biblia y, de cara a la galería, la Historia de Italia de Francesco Guicciardini. Había actuado más bien a petición de su esposa. Fue ella quien señaló que las cuentas por las que Cervantes había sido injustamente encarcelado databan de la época en la que el escritor trabajó como proveedor de fondos para la Armada española. Y, por aquel entonces, el capitán general de la Armada era el tío abuelo de Rodrigo, el duque de Medina Sidonia.
Desde aquel episodio, Cervantes trataba siempre de mostrar su gratitud, especialmente, sabiendo que Rodrigo se había convertido en el íntimo amigo del mortal más poderoso que respiraba por aquel entonces en la Península, el duque de Lerma. Cervantes odiaba al duque de Lerma. Cuando el rey mostró su preferencia por el autor, el duque, al que le ordenaron echar una mano al escritor, solamente le dispensó una ridícula cantidad, dejando a Cervantes en la pobreza. Y lo que era aún peor, una falsa «continuación» de su Quijote había aparecido en Tarragona ese mismo año, escrita, estaba seguro, por uno de los acólitos del duque de Lerma, fray Luis de Aliaga. El libro había cosechado un enorme éxito. Sin embargo, lo último que deseaba Cervantes era terminar en el bando opuesto al duque.
Esa noche en concreto, después de trabajar todo el día en su propia segunda parte de Don Quijote, se alegró de la interrupción, especialmente si incluía una invitación a un suntuoso festín. La taberna donde cenaron, muy en boga, ubicada en el extremo de la calle Mayor, no se hallaba lejos de donde Cervantes vivía, y era muy bulliciosa y animada. Desde que Felipe II eligiera Madrid en vez de Valladolid como capital permanente, miles de cortesanos y nobles, así como la gente que les aprovisionaba, habían inundado la ciudad, triplicando su población. La zona alrededor del Alcázar, construido en un promontorio sobre el estrecho cauce que se llamaba afectuosamente el «río» Manzanares, se había convertido en un sucio laberinto de callejuelas con unas cuantas plazas modestas —asfixiantes en verano y húmedas y frías en invierno —. Como los madrileños solían decir sobre el clima de su ciudad: «Son seis meses de invierno y seis meses de infierno».
Frente a un cordero asado tan suculento que podía cortarse con el borde de un plato de porcelana —una novedad que el cargante propietario nunca se cansaba de demostrar— y con la ayuda de un vino tinto joven pero agradable, que se almacenaba en el sótano en grandes tinajas de barro, Rodrigo trató de impresionar a su futuro yerno aparentando tener más familiaridad con el escritor de la que existía en realidad.
—Vivo en un mundo anticuado, provinciano y extremadamente ceremonioso, amigo mío —le explicó al autor—. Pero vos, que habéis visto y contemplado los misterios de la vida en muchas costas y que vivís aquí en este incesante amasijo de humanidad, en esta aún más ruda esfera, os ruego que nos digáis a mí y a este joven caballero que nos acompaña esta noche, ¿cómo juzgáis el comportamiento de la juventud de hoy en día?
Cervantes se había acostumbrado al extraño lenguaje que Rodrigo solía utilizar para hablar con él. Informado por otras amistades de que el grande era conocido por su forma directa de dialogar, por ser un hombre elegante aunque taciturno, cuyas únicas debilidades notorias eran la caza, las prostitutas y su hija, había concluido acertadamente que las enrevesadas frases empleadas por don Rodrigo para dirigirse a él eran su forma de emular lo que imaginaba sería una conversación literaria. Aquello divertía a Cervantes, inspirándole cierta compasión hacia ese hombre aunque fuera un bruto.
Además, sabía por noches anteriores que don Rodrigo se consideraba un alma afín, un hombre de mundo que también había paladeado la batalla. Aunque eso divertía al escritor, en ocasiones también le irritaba. No en vano, Cervantes había sido soldado, había recibido dos veces disparos en el pecho y otro en su brazo izquierdo durante la batalla de Lepanto, costándole su apodo del Manco de Lepanto. Luego había pasado cinco años cautivo en Argelia, de cuyas infectas mazmorras había tratado de escapar en numerosas ocasiones. Don Rodrigo, por su parte, proclamaba con frecuencia haber servido activamente durante la infructuosa campaña naval de España contra Inglaterra en 1588, cuando en realidad, a sus dieciocho años, no había sido más que el ayuda de campo de su tío abuelo, el séptimo duque de Medina Sidonia. Aparte de un prolongado mareo causado por el estado del mar, don Rodrigo y su ilustre pariente habían sobrevivido a la debacle sin un solo rasguño. Mientras Cervantes permanecía encadenado, amenazado por sus sangrientos carceleros, don Rodrigo y su tío habían continuado una vida de sábanas de hilo cuajada de cacerías en sus propiedades del campo, con ricas y pías esposas y bien dispuestas sirvientas.
—No estoy seguro de entender el alcance exacto de vuestra pregunta —replicó Cervantes—. Pero, en mi opinión, la juventud de hoy en día se comporta como siempre lo han hecho los jóvenes.
—En absoluto, amigo mío —refutó don Rodrigo—. Al menos entre los de mi clase, y, por favor, no me malinterpretéis.
—En absoluto, don Rodrigo.
La ironía de repetir su misma frase no fue captada por el aristócrata, pero sí por el joven.
—Cuando vuesa merced y yo éramos jóvenes, fuimos a la guerra, don Miguel, incluso alegremente —declaró don Rodrigo con una expresión que implicaba que pudiera estar recordando escenas de sangrientas batallas de las que a duras penas logró salir con vida—. Aún no he encontrado ni sabido de algún hijo de noble que esté ansioso por probarse a sí mismo de una forma semejante. —Esta última frase fue acompañada por un suave codazo dirigido a las costillas de Julián.
Cervantes hizo cuanto pudo por mostrar interés y comprensión, preguntándose a dónde, si es que iba a alguna parte, quería llegar con esa banal conversación. Casi al mismo tiempo, sintió un espasmo de alivio al advertir que un hombre bajito recién llegado a la taberna, que en un primer momento temió pudiera ser su rival más maligno y detestado, el insufrible y popular Lope de Vega, finalmente resultó ser otra persona.
—¿Dónde sugerís que podría blandir su espada esta juventud, don Rodrigo? Llevamos en paz con Inglaterra desde 1604 y con los holandeses desde hace más de cinco años.
—Pero nada de eso durará, amigo mío. Creedme cuando os lo digo, yo que cuento con la confianza de muchos de los que ahora conocen estos asuntos. Pero no me refería a eso. Lo que más temo con respecto a nuestra juventud —prosiguió don Rodrigo mirando al escritor con una seriedad casi cómica— es un alarmante incremento de su perversidad.
El comentario captó la atención del escritor.
—¿Perversidad?
—Depravada perversidad, jóvenes refocilándose con sus parientes en lugar de probar su temple en el campo de batalla.
Julián sintió cómo su tez enrojecía desde la garganta. Cervantes posó la mano buena sobre la muñeca de don Rodrigo.
—Pero decidme, buen hombre, ¿qué os preocupa? Cuando decís «refocilando», ¿os referís a relaciones carnales?
Don Rodrigo vació su copa y cerró los ojos durante un instante.
—Exactamente.
—Es la primera vez que oigo hablar de semejante comportamiento. Quizá solo suceda en vuestros altos círculos.
Don Rodrigo, que repentinamente ya no estaba de humor para sutilezas literarias, respondió con un gruñido y ordenó más vino.
—Y aunque así fuera —insistió Cervantes—, debo decir que tampoco constituye una gran novedad.
—¿A qué demonios os referís? —espetó Rodrigo.
—¿Qué opina usted, joven? —preguntó Cervantes a Julián, ignorando cómo le fulminaba el otro hombre y confiando en ampliar el debate.
—Confieso —dijo Julián, contemplando la superficie de la mesa manchada de comida— que tengo poca idea de qué va todo esto.
—Bueno, no esperaba menos —intervino don Rodrigo con un tono excesivamente enérgico. Cervantes se preguntó si no estaría insinuando alguna intención oculta.
—A lo que me refiero, señor —explicó el escritor—, es a un fenómeno bastante común a lo largo de la historia, hasta tal punto que no merece la pena dedicarle más tiempo.
—¿Común? ¿Común decís? —Don Rodrigo echaba chispas.
—Común en vuestra decididamente poco común clase alta.
—Maldito seáis. Eso no es lo que esperaba oír de vos.
Los tres hombres tomaron nota de ese último comentario con distintos grados de sorpresa.
—Nuestro propio rey está casado con su prima —razonó Cervantes—. El rey Habsburgo, Maximiliano II, se casó con su prima hermana, María de España, hija de Carlos V, y tuvieron dieciséis hijos. Cleopatra se casó con su hermano pequeño. Adonis era hijo de un padre y su hija. Abraham y su esposa Sara eran medio parientes. A pesar del aura de prohibición que siempre ha acompañado ese tipo de refocilación, como vos la llamáis, la práctica demuestra que es tan antigua y común como el propio ser humano.
—Es un completo dislate —declaró don Rodrigo.
—Yo lo encuentro fascinante —intervino el joven.
—¿Vos creéis en la Biblia, don Rodrigo? —preguntó Cervantes.
—Por supuesto que sí.
—¿Con quién tuvo sus hijos Caín? La única mujer alrededor era Eva, su madre. Así que todos descendemos de relaciones carnales entre parientes, señor.
Rodrigo terminó de comer furioso, preguntándose si no habría forma de llevar al famoso autor ante el Santo Oficio de la Inquisición. Cuando se disponían a dejar el local, se toparon con Gaspar de Guzmán con su absurdo mostacho, el adulador sobrino de don Baltasar de Zúñiga. Gaspar de Guzmán pasaba sus días planeando cómo congraciarse con el joven príncipe, del mismo modo que el duque de Lerma había hecho con el rey. Al salir finalmente de la taberna llena de humo y tras intercambiar repetidos e inútiles palmetazos en la espalda, los tres hombres se despidieron en la calle. Cervantes guiñó un ojo a Julián y le dijo que se cuidara de su futuro suegro. Don Rodrigo hizo un esfuerzo heroico por desterrar su mal humor y despedirse del escritor con elegancia, aunque solo fuera porque el momento que había estado aguardando durante toda la noche, por fin, había llegado.
Mientras un incómodo silencio les envolvía, los aristócratas observaron a Cervantes alejarse, su brazo colgando flácido del costado, su postura encorvada. Entonces entablaron una pequeña discusión sobre quién debía acompañar a quién de vuelta a sus aposentos. Julián insistió en seguir a don Rodrigo hasta la cámara que le habían preparado en el Alcázar, y este pensó que lo más inteligente era acceder. Durante los diez minutos que les llevó llegar, haciendo cuanto pudieron por ignorar el espantoso olor a basura y desperdicios humanos que se alineaba en las cunetas, fueron turnándose a la hora de exaltar las grandes virtudes de Guada. Tras cruzar la puerta custodiada, se abrazaron y se dijeron buenas noches. Pero menos de un minuto después, don Rodrigo estaba persiguiendo al joven a través de las oscuras calles como un cazador siguiendo a su presa. Una parte de él confiaba desesperadamente en que el chico se dirigiera a la Academia de Madrid, que, según había mencionado de pasada durante la cena, era el lugar donde se hospedaba; pero estaba preparado para lo peor.
Y así fue. El joven se encaminó directamente hasta el palacete de su tía, construido en la carrera de San Jerónimo, donde el duque de Lerma también tenía un palacio. Siguiendo la moda, esos grandes edificios lucían austeras ventanas y balcones con fachadas de sencillo ladrillo, aunque en su interior se ocultaban suntuosos y coloridos salones abarrotados de cuadros y muebles franceses. Don Rodrigo observó cómo Julián entraba en el portal con la relajada seguridad de alguien acostumbrado a ser bien recibido. Sintiéndose como un bufón y rogando para que nadie le viera o le pillara o para no caerse y abrirse la cabeza, el hombre de cuarenta y ocho años, grande de España, trepó a un plátano justo frente a la ventana del dormitorio de Marta, y encontró el lugar adecuado desde donde poder disfrutar de una vista perfecta a través de sus ventanas.
De no haber sido por las emociones que desgarraban su corazón, se habría sentido de lo más complacido ante el privilegio de la vista obtenida, el sueño de cualquier mirón. Había las suficientes velas encendidas en el interior como para permitirle presenciar todo el encuentro; el tórrido abrazo, los besos furiosos, el mutuo desvestirse, la enfermiza intimidad de las caricias posteriores, el verla hacer algo a su joven sobrino que nunca había hecho con él, y luego, en la misma cama que había dejado esa mañana, el acto de culminación durante el cual Marta dejó escapar gemidos y gritos mucho más intensos que cualesquiera que él le hubiera inspirado jamás. Necesitó más control del que estaba acostumbrado para no gritar allí mismo. Mientras descendía del árbol, nublado por la desesperación, les escuchó reír, inmersos en una dicha poscoital. Hubiera apostado toda la dote de Guada a que estaban riéndose a sus expensas.
Don Rodrigo regresó al Alcázar como una bestia herida, sintiendo de pronto todo el peso de su edad, inmensamente apenado por su persona mientras planeaba venganza para su pobre y engañada hija. Había sido reducido al estúpido cornudo que el propio duque de Lerma le había llamado. El sueño no le llegó fácilmente mientras se revolvía en el aposento real, en el que su esposa siempre lo había imaginado y donde raras veces se había alojado. ¿Qué se supone que debía hacer un hombre como él?, se preguntaba. Se esperaba de él que tuviera una amante. Pero ahora tendría que buscarse otra, una tarea que esa noche le parecía hercúlea. ¿Cómo podía ser Marta tan traicionera? Durante los últimos cinco años él había hecho que su vida fuera mucho más amena de lo que había sido hasta entonces. ¿Acaso era tan aburrido, tan insípido en la cama, tan pomposo y ridículo?