El samurái de Sevilla
XVI En el que un cristiano pierde la cabeza
XVI
En el que un cristiano pierde la cabeza
Antes del amanecer, densas nubes se asentaron sobre esa parte de la costa. Mientras el duque y su séquito levantaban el campamento y comenzaban el viaje de vuelta por las colinas, una llovizna de otoño comenzó a caer. Fortalecido por la temeridad de su proposición y por haber sido aceptado, y disfrutando de la sensación de guardar el secreto durante otro par de días más, el duque apenas hacía caso del tiempo o del dolor de su cadera. También Rosario, aún perpleja, cabalgaba al lado de Guada, asombrada, emocionada y temerosa, pero a su vez serena, disfrutando de un grado de confianza en sí misma desconocido para ella. Shiro se contentaba con robar furtivas miradas a Guada mientras saboreaba los olores que emergían de la tierra y los arbustos. Los guardias y el personal de cocina avanzaban empapados e incómodos.
Uno de ellos, un guardia llamado Guillermo, que llevaba muchos años al servicio del duque, se dejó llevar por un impulso maligno. Tenía un amigo en el pueblo que, a su vez, era íntimo del marido de Rosario, y había visto a la mujer entrar en la tienda del duque. Asumiendo que su señor no había hecho más que ejercer sus derechos feudales, el soldado sentía desprecio por la joven y estaba deseando arruinar su reputación en cuanto volvieran. Aburrido y envalentonado, espoleó su montura y cabalgó hasta ponerse al lado de ella.
—¿Ante quién se confesará primero la señora, ante el sacerdote o su marido?
Ella le miró espantada.
Sin haberlo buscado, las palabras del guardia escaparon de sus labios con más fuerza de lo que pretendía, lo suficiente para que Guada las oyera.
Hasta ese momento Guada estaba enojada con Rosario; por la mentira, por su comportamiento, por la decisión de la joven de ni siquiera pedir perdón por su escandalosa ausencia de la noche anterior, por el grado de seguridad en sí misma con el que había saludado a Guada ese mismo día. Pero el tono del guardia era tan maledicente y ofensivo que la irritó aún más, por no mencionar el hecho de que el hombre había tomado la libertad de proclamar su insulto, por más razón que tuviera, tan cerca de su persona. Justo cuando estaba a punto de decirle algo, el hombre repitió su ofensa multiplicada por diez.
—Si deseas evitar el escarnio público —le dijo a Rosario, esta vez bajando la voz —, más vale que te pases por mi catre esta noche de camino a tu casa.
Rosario alargó el brazo y le soltó una bofetada en su rostro sin afeitar. A pesar de la lluvia, el tortazo fue escuchado por todos, y el duque, interrumpiendo su conversación con Shiro, se dio la vuelta en su montura a tiempo para ver cómo Guillermo agarraba a Rosario por la muñeca, retorciéndosela, y haciéndola gritar. Entonces ordenó que la caravana se detuviera.
Confiado en que su estatus como guardia de confianza se impondría sobre cualquier influencia que una moza pueblerina pudiera tener, Guillermo ahora alzó la voz para que todos escucharan.
—¿Sabes lo que la gente dice de ti, muchacha?
El duque condujo su yegua entre los caballos de Guillermo y Rosario, haciendo que se separaran.
—Decidme, ¿qué es lo que ibais a decir?
—¿Su excelencia?
—Me gustaría oíroslo decir.
—Que ella no es una cristiana, mi señor, sino judía, o incluso una infiel.
—Y en vuestra opinión, ¿qué es lo peor?
—Los moros son nuestros enemigos jurados, mi señor.
—¿Qué ha ocurrido aquí? ¿Cuál ha sido la provocación que le ha hecho abofetearos?
Aquella no era una pregunta que el soldado deseara responder. Bajó la vista a la fangosa tierra y luego a la verde colina cubierta por desnudos almendros.
—¿Guillermo?
Guada, viendo la oportunidad de denunciar sus propias sospechas, contestó en su lugar.
—La ha acusado de conducta indecente y… —No se vio capaz de concluir.
—¿Y?
Todo el mundo pudo notar la rabia subiendo por las venas del rostro del duque.
—Que si sabía lo que me convenía —continuó Rosario, mirando la melena castaña de su yegua y el cuero húmedo y brillante de las riendas sobre sus pequeñas manos—, debía presentarme ante él esta noche, o se aseguraría que recibiera una humillación.
—Hasta este momento —declaró el duque, mirando al soldado—, y a pesar del mal tiempo, este estaba siendo un día glorioso para mí. ¿Sabéis por qué, Guillermo?
—No, señor.
—Porque anoche pedí a esta mujer a la que habéis insultado, insultado del modo más indecoroso e imperdonable, su mano, y ella me hizo el honor de concedérmela.
Eso atrajo la atención de todos. El silencio que siguió fue tan intenso que la lluvia, hasta ese momento imperceptible, resultó atronadora. Mientras la naturaleza irreparable de su error se abría paso hasta su estómago, todo lo que Guillermo logró decir fue:
—Mi señor.
—Y ahora debo exigiros la mano también —ordenó el duque—. Bajad del caballo.
Ambos hombres desmontaron. El duque sacó la espada.
—Echaos en el suelo y estirad el brazo.
—Por favor, señor.
—¿En qué estabais pensando? Incluso si hubiera intimado con esta joven, ¿qué clase de rufián sois, qué clase de cristiano? Tendeos contra el barro.
—Pero ella ya está casada, señor —balbuceó Guillermo con la mirada dilatada por el miedo, pero también rabioso, la saliva brotando a través de la lluvia, dando voz a un pensamiento que todos tenían.
El duque se volvió y miró al resto de sus guardias.
—Me cuesta pedíos esto, pero al parecer debo hacerlo. Agarradle y reducidle.
Los hombres desmontaron acatando la orden sin la menor vacilación. Cualquier solidaridad que sintieran por su camarada quedó superada por el alivio de que fuera otra persona la que sufriera la ira del duque. Entonces Guillermo sacó su espada.
—Os diré qué clase de cristiano soy —espetó, gritando para que todos pudieran oírle—, aquel que sigue los mandamientos y condena el adulterio.
Tanto Guada como Rosario se quedaron horrorizadas al ver al duque alzar a su vez su espada, preparándose para luchar con el renegado. Los otros soldados permanecieron inmóviles llevando las manos a sus empuñaduras.
—Apartaos —ordenó el duque—. Juro por Dios Todopoderoso que si caigo a manos de este hombre, él caerá conmigo. Veamos de lo que estáis hecho.
—Mi señor, por favor —suplicó Rosario.
Guada lanzó una mirada de alarma a Shiro, una mirada que por encima de todo era una súplica, una mirada que contenía todo tipo de emociones que él comprendió al instante. Desmontó rápidamente e irrumpió en el círculo que se había formado entre los dos combatientes.
—¿Podría hablaros, mi señor? —dijo mirando al duque.
—Si es necesario —replicó el duque, sin apartar los ojos de Guillermo.
—Os ofrezco mis servicios. Es impropio para un noble de vuestra posición tener que tratar con un hombre de este rango. Pedir a uno de los suyos que luche con él, aunque sería una alternativa más justa, resultaría difícil para ellos, que han luchado a su lado. Os suplico que me permitáis, como huésped invitado, hacer aquello para lo que estoy entrenado, yo que solo estoy aquí de paso. Me sentiría muy agradecido por tener la oportunidad de devolveros, si bien en pequeña medida, vuestra hospitalidad.
—La ofensa se ha cometido contra mí, amigo mío. Soy yo quien debe responder.
—No dudo de que podríais hacerlo. Solo os lo pido como un favor hacia mí.
El duque estaba a punto de negarse de nuevo cuando Guillermo, un hombre corpulento, se atrevió a hablar otra vez sellando definitivamente su destino.
—Me enfrentaré a los dos. Si hubieseis sido mi invitado —declaró mirando a Shiro—, ya os habría metido en una jaula para exhibiros ante los niños del pueblo y divertirlos.
El duque miró a Shiro.
—Sea pues como pedís.
Rosario y Guada se persignaron dando gracias por ese cambio de opinión. Aunque el duque aún no había envainado su espada, se echó hacia atrás, tomando las riendas del caballo de Rosario para sujetarlo con fuerza.
—Démosles espacio —dijo a sus hombres.
Todo el mundo retrocedió. Los ayudantes de cocina tuvieron que obligar a las mulas a salir de la carretera a un pequeño prado. Shiro sacó la espada y se concentró en la que sería su segunda oportunidad de combate real, la primera con un auténtico bárbaro. El guardia embrutecido, sin nada que perder, se abalanzó sobre él sin dilación, confiando en que el esbelto extranjero no estuviese preparado. Sin embargo, Shiro dio un paso atrás y dejó que el hombre volara por delante de él, la larga y pesada espada del cristiano atravesando nada más que la lluvia, y se mantuvo firme dando el tiempo suficiente a Guillermo para que se volviera y recuperara el aliento.
—No te escaparás de mí mucho tiempo —ladró el español.
Fue entonces cuando Shiro, con un mandoble, seccionó la mano que sostenía la espada de su adversario. Sucedió antes de que nadie se diera cuenta, en un único movimiento que fue seguido por otro, un corte profundo en el abdomen del hombre que le hizo caer de rodillas. Shiro se giró, enfocó a su objetivo, y de un solo golpe separó la cabeza de Guillermo del cuerpo. Más tarde explicaría a los demás y trataría de hacerlo consigo mismo que había realizado ese golpe de gracia como un acto de piedad, para salvar al hombre del dolor y la humillación que le infligirían la pérdida de su mano y el hedor que despedían sus entrañas, asegurando al duque unas horas más tarde, cuando el empapado grupo se acercaba a las afueras de Medina Sidonia, que la decapitación era la norma para los guerreros condenados por traicionar a su señor. Pero en su interior sabía que lo había hecho en un acto de orgullo, para dejar claro a los sirvientes del duque que le habían tomado por un extravagante mequetrefe con quién estaban tratando.
Muchos de los guardias jóvenes aún no habían entrado en combate. Para los más mayores, los que habían servido con Guillermo y el duque en la Armada, escenas como esa hacía tiempo que se habían desvanecido de su memoria. En cuestión de segundos, su compatriota había pasado de ser un hombre temible y furioso a un ensangrentado trozo de carne. El cocinero, sus ayudantes y el resto de los sirvientes de la expedición, se echaron hacia atrás impactados.
Rosario reaccionó ante el espectáculo con fuertes sollozos, que el duque hizo todo lo posible por sofocar. Y Guada, rígida en su silla y pálida como la cera, se quedó mirando la mano cercenada y la espada como si evitara contemplar los desagradables restos del hombre o la figura de Shiro salpicada de sangre. Se sentía responsable. Ella le había rogado con su mirada que interviniera. El samurái, al que hasta entonces había decidido despreciar, había respondido a su súplica y probablemente salvado la vida de su tío. Trató de asimilar todo aquello entre los latidos furiosos de su corazón: la escandalosa declaración que el duque había hecho con respecto a su doncella, unida a la primitiva excitación que la salvaje ejecución de Shiro había despertado en su interior. Lo mezcló todo y maldijo a su marido por haberla dejado allí para enfrentarse sola a todo eso, rezando para que llegara el día en que volvieran a estar juntos en Sevilla.
Mientras su espada atravesaba el cuello y las vértebras del cristiano, Shiro tomó conciencia de estar acabando con la vida de un hombre. Era una vida que había surgido décadas atrás, nacida de una mujer que seguramente le había arrullado y acunado de recién nacido, enseñándole a caminar y hablar. El niño había crecido hasta hacerse un hombre y había viajado y visto mundo buscando una forma de ganarse la vida y sobrevivir. Y ese hombre se había despertado aquel día junto al mar con su mente intacta llena de una confusión de recuerdos, sensaciones y preocupaciones vulgares sin dedicar un minuto a pensar cuándo llegaría su muerte, dichosamente inconsciente de que solo le quedaban unas horas de vida. La lección estaba allí, una de la que Date Masamune le había hablado antes de que Shiro se marchara del castillo de Sendai.
—Cada amanecer —había dicho su señor—, cada nueva respiración, te lleva más cerca de la muerte. Respira profundamente y sé tú donde quiera que estés.