El samurái de Sevilla
XX En el que los samuráis llegan a Sevilla
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En el que los samuráis llegan a Sevilla
La ausencia de Shiro de Sanlúcar de Barrameda apenas si había sido advertida. Sus compañeros samuráis estaban demasiado distraídos adaptándose al tranquilo ritmo de la sociedad andaluza mientras hacían todo lo posible por mantener la disciplina. Cada vez que Hasekura Tsunenaga constataba que el espía bastardo de Date Masamune no había regresado aún, era una fuente de satisfacción. Incluso el padre Sotelo, que admiraba al joven samurái con cierto ramalazo de impía lujuria, estaba demasiado ocupado, poniendo en práctica el plan que se había trazado. Cuando no estaba conferenciando o dando consejo a Hasekura Tsunenaga, estaba ocupado redactando y enviando cartas a Madrid y Roma, promocionando la delegación como si fuera suya propia. Suplicaba audiencias y mecenazgo, y estaba volcado en conseguir mediante toda clase de artimañas una astilla de la Santa Cruz que poder llevar de vuelta a Japón, donde sería guardada en el interior del crucifijo de oro, que ya imaginaba adornando el altar mayor de la catedral que esperaba construir y presidir. Así, siguiendo los pueblos que se alineaban a lo largo del río, comenzaron el corto viaje en dirección norte, hacia Sevilla.
Julián acababa de llegar a la capital hispalense, donde, aburrido, irritado y resentido, había vuelto a la mansión que les habían legado a Guada y a él por su matrimonio. Al no haber podido presentar argumentos para proponer una sobria y limitada recepción para la delegación japonesa, tal y como había planeado el día en que Marta Vélez le abandonó, había prevalecido el criterio de los otros presentes en Sanlúcar, siendo su idea del evento considerablemente más generosa y festiva.
En el día señalado, las calles se llenaron de sevillanos de toda clase y condición: aristócratas, gitanos, comerciantes, funcionarios de la Corona y oficiales del Archivo de Indias, miembros de numerosas órdenes religiosas, junto con una multitud de mujeres y niños. Las palmeras y los exuberantes magnolios resplandecían bajo el cálido sol de octubre. Los parasoles en tonos pastel se abrían y cerraban a lo largo del puente de Triana a medida que la exótica procesión cruzaba el Guadalquivir a caballo de camino a los jardines del Alcázar, donde tendría lugar la recepción. El duque estaba allí en representación del rey para darles la bienvenida oficial. Había enviado recado prohibiendo a Julián y a sus dos sobrinos la asistencia. Cuando Shiro preguntó a alguien sobre los orígenes de la inusual arquitectura que rodeaba los jardines del Alcázar, fue obsequiado con una charla sobre los moros y el islam, que hizo que su cabeza diera vueltas al comprender la existencia de otra compleja fe en el mundo regida por más reglas y restricciones que tendría que estudiar.
El duque aceptó la obsequiosa oferta del padre Sotelo para hacer de traductor durante las ceremonias iniciales, los brindis y el intercambio de regalos. Pero cuando Hasekura Tsunenaga expresó su deseo de hablar con el duque en privado, el grande de España convocó a Shiro.
El padre Sotelo se quedó mirando al duque con perplejidad.
—A Shiro, mi señor —dijo el sacerdote, haciendo todo lo posible por mantener una sonrisa por el bien de Hasekura Tsunenaga—, no lo recomiendo.
Acostumbrado a tratar con sacerdotes de buenas familias con los que intercambiaba algún cumplido sobre sus mutuos parientes, el duque encontraba que este hombre, un plebeyo, era un estorbo.
—¿Y por qué razón? —preguntó.
—El embajador me ha elegido a mí como su traductor oficial. ¿He sido negligente de algún modo?
—No que yo sepa, padre, pero ¿cómo puedo estar seguro? Permitid que proponga, mejor dicho, que insista en el siguiente acuerdo. Usted puede continuar traduciendo a su excelencia el embajador y Shiro puede traducirme a mí.
El padre transmitió las palabras del duque a Hasekura Tsunenaga, quien respondió en japonés con un término corto y brusco.
—Su excelencia se pregunta ¿por qué habéis elegido a un inexperto joven para una tarea tan delicada? —inquirió el sacerdote.
—Decidle a su excelencia —replicó el duque— que lo hago para honrar su buen juicio. Simplemente me limito a asumir que el samurái elegido para viajar hasta mi hogar ancestral y transmitirme los saludos de su excelencia debe ser alguien a quien tiene en particular estima.