El samurái de Sevilla

John J. Healey · Capítulo 14 de 48

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El samurái de Sevilla

XIV En el que sopla un viento nocturno y se intercambian confidencias

XIV

En el que sopla un viento nocturno y se intercambian

confidencias

 

Rosario y el duque yacían acostados bajo la colcha escuchando el viento golpear la tienda. De todas las jovencitas con las que a lo largo de los años había ejercido su droit de seigneur, ella era, con mucho, su favorita. Por su belleza, su aparente despreocupación por la edad de él, su disposición al placer, por la forma descuidada en que aceptaba su dinero, por el discernimiento que mostraba entre lo que hacían juntos y lo que era el resto de su vida.

—¿Cómo están las cosas con vuestro esposo? —le preguntó.

—Difíciles —contestó—. No deja de intentar que me quede preñada.

Se preguntó si no lo habría dicho para irritarle, lo que consiguió.

—Supongo que ya va siendo hora. Y, sin duda, debe desearos ferozmente.

—Yo no siento su deseo. Solo quiere un hijo para que nuestras familias dejen de burlarse de él.

—Esperar otra cosa de un hombre así sería una locura.

—Eso es lo que dice mi madre.

—Ella siempre ha sido muy sabia.

La joven besó su hombro desnudo. Él cerró los ojos para disfrutarlo.

—¿Cómo era ella entonces? —preguntó.

—Callada y furiosa al principio. Pero eso cambió con el tiempo.

—¿Estáis seguro que no soy hija vuestra?

—Ella me aseguró que no lo erais.

—¿Y qué pasaría si está equivocada?

—Creo que las mujeres saben esas cosas. Si os quedarais preñada de mí, ¿no sabrías quién es el padre?

—Eso sería fácil. Antonio es bajo y peludo. Vos sois alto y apuesto.

—Bendita seáis. Pero yo soy un hombre anciano.

—No para mí —declaró—. Nunca debí casarme con él.

—Si no lo hubieseis hecho, os habrían obligado a ingresar en un convento. Y podernos ver en esas circunstancias hubiera resultado mucho más difícil.

Por muy pecaminoso que fuera, una parte de ella deseaba que fuera su padre. El suyo había sido bruto y cruel. Se imaginó en el convento, allá en el pueblo, donde las monjas solo se dejaban entrever en misa a través de una reja morisca cuando cantaban los himnos, o únicamente mostraban sus manos cuando entregaban los pasteles que preparaban a través de los pequeños barrotes de hierro a cambio de monedas.

—¿Habéis estado alguna vez con una monja?

—Una vez.

—¿Y cómo era ella?

—Peluda, como vuestro marido.

Se rieron juntos.

—¿Qué pensáis de nuestro invitado —preguntó él—, el extranjero de tierras lejanas?

—Nunca he visto a nadie como él. Me pregunto si no será un demonio.

—Pero es apuesto.

—Sí.

—¿Creéis que a Guada le gusta?

—Guada está demasiado enamorada de su esposo para fijarse en nadie más.

—¿Cómo lo sabéis?

—Me lo ha dicho. Lo dice a menudo desde que llegó aquí.

—Demasiado a menudo quizás.

—Sois un hombre malvado, excelencia.

—Me preocupa su felicidad. ¿Es eso tan malo?

—Pero ella ya es feliz.

—Eso es lo que se dice a sí misma y al mundo. Pero su marido es un sinvergüenza, más de lo que ella cree.

—Las mujeres pueden enamorarse de sinvergüenzas.

Rosario se incorporó. La blancura de su esbelta espalda en contraste con la negrura de su cabello le dejaron sin aliento. Ella comenzó a recoger sus largas trenzas con horquillas.

—¿Creéis que pueda haber algo entre ellos? —le preguntó.

—¿No lo habéis advertido?

—Mi mente ha estado muy ocupada con vos.

Él le dio un beso en la base de su columna vertebral.

—Sois una muchacha malvada.

—He sido una muchacha malvada, pero ahora debo ser una chica buena y regresar a la tienda de su sobrina.