El samurái de Sevilla

John J. Healey · Capítulo 28 de 48

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El samurái de Sevilla

XXVIII En el que se abren las puertas del infierno

XXVIII

En el que se abren las puertas del infierno

 

La única fortuna que Shiro tuvo esa noche cuando entró en la gran casa perteneciente a Julián y Guada fue ser sujetado de inmediato por dos hombres que le impidieron sacar su espada. De haber podido atacarles, en lo que habría sido un predecible resultado, los otros dos hombres que irrumpieron corriendo por el patio de entrada llevando sus mosquetes amartillados le habrían disparado y matado. Tal y como sucedió, los dos primeros le agarraron por los brazos, mientras la segunda pareja le apuntaba con los cañones de sus armas al corazón. Julián apareció en el balcón de más arriba y, segundos más tarde, también Guada. Antes de descender por los escalones de piedra, ordenó a su esposa regresar al interior, a lo que ella se negó.

Al llegar abajo se acercó hasta Shiro.

—He estado esperándoos.

—Asesinasteis a mi amigo —dijo el samurái—. Le asesinasteis como un cobarde, sin siquiera tener la decencia de retarlo y entregarle un arma.

Julián se dirigió a sus hombres.

—El mono habla.

Los hombres se rieron nerviosos.

—Yo soy un noble, perro mestizo —espetó Julián, preso de la rabia—. Vuestro «amigo» era un vulgar marinero o algo parecido. ¿Por qué habría de desafiarle? Hubiera sido un insulto para mi familia.

—Dejadle marchar —gritó Guada desde el balcón.

Su marido se giró y la gritó:

—¡Fuera de ahí!

Le quitó a Shiro el arco y la aljaba de cuero rojo, arrojándolos al suelo de baldosas. Entonces tomó la espada de Shiro y el tanto y se quedó admirándolos.

—Una fina pieza de artesanía. Demasiado fina para gente de vuestra clase. Tal vez la hayáis robado. Y también afilado, imagino. —Empuñó el tanto y lo clavó una pulgada en el hombro izquierdo de Shiro, haciéndole sangre. El samurái hizo una mueca sin mostrar otra expresión. Entonces Julián giró la hoja provocando que brotara más sangre. La frente de Shiro se llenó de sudor. Julián retiró el puñal.

—Sois más duro que vuestro amigo. Eso debo reconocerlo. Él gritó como un cerdo.

Guada soltó un grito cuando vio a su esposo apuñalar al samurái, y volvió a increparle.

—No debéis matarle. Nunca os perdonaré por ello si lo hacéis. Os denunciaré y el duque os perseguirá.

Julián se volvió, alzó la vista y la miró lleno de odio.

—¿Es que no vais a obedecerme, mujer? Regresad a vuestros aposentos.

—No lo haré —replicó.

Entonces se volvió a sus hombres.

—Dejadlo en el suelo, y vosotros dos destrozadle las manos con la culata de vuestros mosquetes.

Los hombres hicieron como les había ordenado, y en esta ocasión Shiro gritó de agonía, conmocionado por el dolor y la humillación. Guada comenzó a gritar mientras bajaba por las escaleras. Julián se giró hacia uno de los hombres que sostenía un mosquete.

—Detenedla. No dejéis que se acerque.

Luego se arrodilló junto a Shiro, cuyas manos estaban comenzando a hincharse.

—¡Menudo guerrero estáis hecho! —espetó Julián—. Pero aún queda una cosa más.

Sosteniendo todavía el tanto, separó el sexto dedo de Shiro y apoyó con fuerza la hoja sobre él. El dolor que ya invadía el cuerpo del samurái era tan intenso que apenas lo sintió.

—Te dejaré con vida —declaró Julián—, pero no permitiré un monstruo en mi casa.

Se puso en pie y se dirigió a los tres hombres que aguardaban.

—Arrojadle a la calle y cerrad las puertas.

Arrastraron al samurái por las baldosas blancas y rosas, dejando un reguero de sangre sobre el piso y el umbral de la enorme puerta de madera de la entrada, y le arrojaron al suelo empedrado cubierto de estiércol frente a la mansión. Luego cerraron las puertas y las atrancaron.

Julián dejó caer el tanto lanzando lejos el dedo seccionado. Nervioso, asustado, exultante y furioso guio al hombre que sostenía a Guada escaleras arriba. Entonces ordenó a sus cuatro guardias que se marcharan y les dejaran a solas y que informaran a los sirvientes de hacer lo mismo. Empujó a Guada hasta un salón y cerró la puerta de golpe. Allí empezó a pegarla y arrancarle la ropa ignorando sus gritos, sus puños y sus repetidos insultos de «asesino». Y luego la violó.

Cuando terminó y se apartó de ella, Guada dejó de luchar. Desvió la vista, respirando furiosamente. No importaba lo mucho que él la gritara para que lo mirase, que no lo haría. Finalmente, la dejó allí desnuda y magullada sobre la arrugada alfombra. El remordimiento que sintió después y los temblores que invadieron su cuerpo fueron, sin embargo, superados por una satisfacción animal. Y aunque Guada a partir de entonces se negó a dormir con él o a estar nunca más a solas en la misma habitación, transcurrido un mes, descubrió que estaba encinta.