El samurái de Sevilla

John J. Healey · Capítulo 6 de 48

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El samurái de Sevilla

VI En el que la ingenuidad se convierte en carga

VI

En el que la ingenuidad se convierte en carga

 

Doña Soledad Medina y Pérez Guzmán de la Cerda quedó viuda a los treinta años cuando su esposo, de cincuenta y cuatro, pereció de un ataque cardíaco mientras intentaba violar a la rellenita hija de catorce años de su guardabosques. La fortuna que heredó, añadida a la suya, hizo de ella una de las mujeres más ricas de España. Tras un fallido romance con su primo, el duque de Medina Sidonia, tuvo un amante más, un sacerdote, que era también otro primo segundo, y que había bautizado y enterrado a sus hijos. Pero con ocasión de su cuadragésimo segunda onomástica, la doncella de doña Soledad le informó que había llegado a sus oídos el rumor de las relaciones del sacerdote con la hija menor de la cocinera. Pagó una generosa suma a la cocinera para que envenenara al sacerdote y no volvió a tener relaciones con otro hombre. Fue por esas fechas cuando, tratando de cumplir un deseo largamente enterrado y frustrado por tener una hija, transfirió todos sus afectos a su sobrina Guada.

Cuando don Rodrigo regresó a Sevilla y confirmó la noticia concerniente a la relación de Julián con Marta Vélez, doña Soledad estaba presente. Ella ya conocía desde hacía tiempo el largo amancebamiento de Rodrigo con la mujer Vélez, pero jamás hizo la menor mención a doña Inmaculada. Nunca le gustó la idea de ver a Julián Gutiérrez y González casándose con su sobrina favorita. Consideraba a la familia del novio, a pesar de sus reivindicaciones de proceder de sangre antigua y de sus significativas propiedades, totalmente inapropiada para la preciada virginidad de una Medinaceli singular. Mientras escuchaba la confirmación de don Rodrigo ese día, y sus consuelos posteriores a Inmaculada, se prometió a sí misma tratar de enderezar de alguna forma las cosas.

Un mes antes de que se celebrara el casamiento, convidó a Guada a comer a su casa. Se sentaron en una pequeña mesa en un comedor adyacente al más pequeño de los dos jardines interiores. Su joven sobrina era hermosa, tan hermosa como en su día lo fuera ella, y mientras comían dos buenos platos de delicados camarones, con cáscara y todo, regados con una copa bien fría de manzanilla procedente de una de sus muchas bodegas, la mujer mayor fue al grano.

—¿Puedo hablarte con absoluta confianza, querida?

—Por supuesto.

—Tus padres han descubierto algo desagradable referente a Julián y están demasiado avergonzados para contártelo personalmente, por lo que han delegado su confianza en mí.

—¿Lo dice en serio, tía?

—Muy en serio.

—¿Y qué asunto desagradable es ese? —preguntó la joven.

—Al parecer tiene una querida.

—¿Se refiere a su tía, Marta Vélez?

—Buen Dios, niña; ¿acaso ya lo sabías?

—Lo he sabido desde que nos comprometimos.

—No sé qué decir. ¿Y apruebas semejante conducta?

—No. Pero siempre le he estado agradecida por su sinceridad. Hemos discutido sobre ello en muchas ocasiones y él me ha prometido, ya hace tiempo, que una vez contraigamos matrimonio no volverá a verla.

Soledad se preguntó si la joven también conocería la relación de su padre con la mujer, pero juzgó mejor no preguntarlo.

—Me sorprendes, hija —declaró—. No creía que fueras capaz de semejante sang froid.

—No sé lo que es eso. Solo sé que le quiero y que eso ya formaba parte de su vida cuando nos comprometimos. Pero lo más desagradable para mí es que mis padres, y ahora usted, lo sepan.

Soledad terminó su bebida y sacó el abanico, desplegándolo con un experto golpe de muñeca.

—No te preocupes por eso. Déjamelo a mí. Si, como dices, amas al joven a pesar de todo esto, eso es suficiente. La razón por la que te he invitado aquí era para comprobar si aún deseabas seguir adelante con la boda, pero ya veo que la respuesta es sí.

—Sí, absolutamente.

—¿Y crees que cumplirá su promesa?

—Que continúe con una mujer tan mayor como esa, una vez que me tenga toda para él, me resulta inconcebible.

Ah, pensó su tía, justo cuando estaba a punto de felicitarla por su madurez.

—¿Y os lleváis bien?

—Nos llevamos perfectamente.

—¿Y no te consumen los celos?

—Sí. Pero ¿qué puedo hacer? Mi propio padre tiene otras mujeres. Vuestro marido tuvo otras mujeres. Dicen que incluso nuestro piadoso rey tiene otras mujeres. ¿Por qué debería ser diferente Julián?

Soledad consideró a su sobrina con nuevos ojos, pues ahora la joven estaba volviendo a demostrar una sagacidad superior a sus años.

—Una cosa es que todo acabe de esa forma, querida —comenzó Soledad, cerrando el abanico—, y otra muy distinta que comience de esa manera, cuando los dos sois tan jóvenes.

—Él me ha prometido dejar de verla. Renunciar a él a priori me parece muy duro y absurdo.

Soledad se llevó una mano a la boca, un gesto que solía hacer cuando tenía dudas. Las yemas de sus dedos olían a camarón. Se los aclaró en un pequeño cuenco de plata lleno de agua y rodajas de limón.

—¿Te ha besado? —preguntó su tía.

—No.

—¿Lo ha intentado?

—Por supuesto que sí, junto con otras muchas cosas. Pero yo se lo he prohibido hasta que…

—Mi pobre niña.

—A decir verdad estoy más preocupada por lo que sucederá en nuestra noche de bodas que por lo que hace con su tía.

—¿Preocupada o intrigada?

—Yo no tengo experiencia y, por lo que parece, él tiene de sobra. —Hizo una pausa. A través de las puertas abiertas al patio contempló a dos pájaros bañándose en el borde superior de la fuente, batiendo las alas—. Pero entonces pienso que incluso aunque esa parte de nuestra vida resulte ser poco satisfactoria, ¿qué importancia tiene a fin de cuentas? ¿No es el estar hechos el uno para el otro en muchas otras cosas más importante que lo que suceda por la noche?

—Eres demasiado joven para esta clase de conocimientos, querida. No hay motivo para pensar que «lo que suceda por la noche» vaya a ser una decepción.

—Tendré que esperar para averiguarlo. Mi madre no ha sido de gran ayuda, ella y padre siguen juntos y se tratan de forma muy civilizada a pesar de que ese aspecto de su vida ha sido un desastre.

—Sin embargo, tú estás aquí, a Dios gracias, por ellos.

 

En el camino de vuelta a casa, Guada soltó las lágrimas que había contenido delante de su tía. Una vez que se rehízo, dio orden al cochero para que acercara el carruaje hasta el borde del río. Apeándose y protegiéndose del sol con un delicado parasol, traído años atrás de París por el fallecido marido de su tía, se aproximó hasta donde la tierra empezaba a ablandarse y se quedó contemplando el Guadalquivir. El río estaba lleno de vida, de luz y movimiento. El rumor de la corriente resultó un consuelo. Su nombre provenía del término árabe al-wadi al kabir, «el gran río». Los fenicios antes que ellos lo habían llamado baits, y más tarde Betis o Baetis, dando nombre a la provincia romana de Hispania Baetica. Otro nombre celtíbero más antiguo era Oba, que significa «río de oro».

Su matiz dorado parecía resaltar aquella tarde. Bajo su superficie en movimiento nadaban ocultas truchas, barbos, róbalos negros, esturiones, lucios y carpas. Cerró los ojos e inhaló, dando gracias a su padre, a pesar de sus muchos defectos, por la locura de haberla bautizado en esas aguas.