El sueno mas dulce
—Ay, mi pobre niña; no comes, no te cuidas.
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Aunque también era su familia...
—Por favor, háblame de tus hermanos, de tu madre y tu padre, ¿Tuviste abuelos? Cuéntame cosas de ellos —le pidió a Julia, inclinándose sobre ella.
Ella se despertó.
—¿Qué has dicho? ¿De quién hablas? Todos están muertos. Los mataron. Mi familia ya no existe. Y la casa tampoco. No queda nada. Es terrible, terrible...
No le gustaba que la arrancasen de su mundo de recuerdos o sueños. Detestaba el presente, lleno de medicinas, píldoras y enfermeras, y no soportaba ver su decrépito cuerpo amarillento cuando la lavaban.
Y para colmo sufría una diarrea pertinaz debido a la cual, por mucho que le cambiaran las sábanas y el camisón, por mucho que la limpiasen, la habitación siempre olía mal. Exigía que rociaran el cuarto con colonia, y se perfumaba las manos y la cara, pero el hedor a heces no desaparecía, y la vergüenza y la desdicha se apoderaban de ella. «Es horrible, horrible, horrible», murmuraba. Era una vieja cascarrabias que a menudo derramaba lágrimas de furia.
Cuando murió, Frances encontró en la mesilla de noche el artículo que tachaba a Julia de nazi. Se lo enseñó a Colin, y ambos se rieron de ese absurdo. Colin aseveró que si se topaba con Rose Trimble le pegaría una paliza, pero Frances, igual que Julia, respondió que no merecía la pena preocuparse por esa gentuza.
El entierro de Julia no fue tan emotivo como el de Wilhelm.
Aunque Julia había profesado una especie de catolicismo, no había mandado llamar a un sacerdote en sus últimos días, y en el testamento no hacía mención alguna a su funeral. Decidieron celebrar una ceremonia ecuménica poco definida, aunque esta perspectiva se les antojó deprimente hasta que recordaron que a Julia le gustaba la poesía. Se leerían poemas. Pero ¿cuáles? Andrew revisó las estanterías de Julia, y en el cajón de la mesita de noche encontró un poemario de Gerard Manley Hopkins.
Estaba muy manoseado y había algunos versos subrayados. Se trataba de los poemas «terribles». Andrew dijo que no, que leerlos en la ceremonia resultaría demasiado doloroso.
No, no hay nada peor. Hundido en el abismo sin fondo del dolor...
No.
Escogió La alondra enjaulada, que a ella le había gustado, ya que el título estaba subrayado con lápiz, y luego el poema dedicado a un niño titulado Primavera y otoño, que comenzaba así:
¿Te lamentas Margaret,
porque se deshoja Goldengrove?
Éste también estaba señalado, aunque los poemas más deprimentes eran los que tenían subrayados dobles o triples y signos de exclamación añadidos.
Así pues, la familia pensó que traicionaría a Julia si elegía los poemas más blandos, y no les quedó otro remedio que reconocer que no habían conocido a la anciana, ya que jamás habrían esperado ver esas gruesas líneas negras debajo de:
Despierto y veo la llegada de la noche, no del día.
¡Qué horas, ah, qué negras horas hemos pasado!
También debía de gustarle la poesía alemana, pero Wilhelm no estaba allí para asesorarlos.
Andrew leyó los poemas con voz suave pero lo bastante fuerte para la ocasión: había pocas personas, aparte de la familia. La señora Philby guardó las distancias, vestida del más negro de los negros desde el sombrero, que reservaba para los funerales, hasta las botas, cuyo brillo entrañaba un reproche: se mantenía en su papel de censora ante el desordenado estilo de vida de la familia. Era la única que llevaba luto. Su cara reflejaba rencor y superioridad moral. Sin embargo, al final lloró. «La señora Lennox era mi amiga más antigua —le dijo a Frances en tono reprobatorio—. No volveré a la casa. Sólo iba por ella.»
En mitad del entierro apareció una figura demacrada, con los blancos rizos y las holgadas ropas agitándose a merced del viento que soplaba entre las tumbas, y se acercó a los deudos con paso vacilante.
Era Johnny, triste, taciturno, demasiado envejecido para su edad. Permaneció a una distancia prudencial de los demás y de lado, como si planeara echar a correr en cualquier momento. Era evidente que las palabras del responso le parecían una afrenta. Al final de la ceremonia, Frances y sus hijos se acercaron a él para invitarlo a la casa, pero los saludó con una inclinación de la cabeza y se marchó. Antes de salir del cementerio dio media vuelta y levantó el puño, con la palma hacia ellos, hasta la altura del hombro.
Sylvia no asistió al entierro. Una fuerte tormenta había dejado sin teléfono la misión de San Lucas.
Entretanto, la existencia de Frances y Rupert no marchaba como habían previsto. Ella prácticamente vivía con él, aunque sus libros y papeles seguían en casa de Julia. No era un piso grande. El salón, que también hacía las veces de comedor y se comunicaba con la diminuta cocina a través de una especie de ventana, era tres veces más pequeño que el de Julia. El dormitorio principal tenía un área adecuada. Los dos cuartos más pequeños eran para Margaret y William, que pasaban los fines de semana allí. Cuando Meriel se había ido a vivir con otro hombre, Jaspar, habían proyectado comprar una casa más grande. A Frances le caían bien los niños y creía caerles bien a ellos: eran amables y obedientes. Los días de colegio vivían en el piso de su madre, y pasaban las vacaciones con ésta y con Jaspar. Cierto fin de semana en que los notó más preocupados y silenciosos de lo normal, dijeron que su madre no se encontraba bien. Y no, Jaspar no estaba con ella. Aunque no se miraron mientras ofrecían esta información, fue como si hubieran intercambiado una mirada de angustia.
En ese momento la vida real volvió a atrapar a Frances, o así lo sintió ella. Durante los meses —no, ya eran años— que había pasado con Rupert, se había convertido en una persona diferente, había aprendido poco a poco a dar por sentada su felicidad. Dios santo, si Rupert no hubiera aparecido en su vida, habría continuado con la tediosa rutina de sus obligaciones, sin amor, sexo ni intimidad.
Rupert acompañó a los niños a casa de su ex mujer y se encontró con lo que había temido. Muchos años antes, después del nacimiento de Margaret, Meriel había sufrido una grave depresión. Pese a que la había apoyado y ella se había recuperado, a Rupert le aterrorizaba la posibilidad de que recayese. Y había recaído. Meriel estaba hecha un ovillo en un extremo del sofá, con la mirada ausente, envuelta en una bata mugrienta y con el pelo sucio y desgreñado. Los niños, que flanqueaban a su padre, contemplaron fijamente a la mujer y se arrimaron a Rupert, deseosos de que los rodease con sus brazos.
—¿Dónde está Jaspar? —le preguntó a la silenciosa mujer, que obviamente se hallaba muy lejos, sumida en la terrible angustia de la depresión.
Al cabo de unos minutos repitió la pregunta.
—Se ha ido —respondió ella, irritada por la interrupción.
—¿Va a regresar?
—No.
Cuando parecía que ya no soltaría prenda, murmuró con indiferencia, sin moverse ni girar la cabeza:
—Será mejor que te lleves a los niños. No tienen nada que hacer aquí.
Bajo la supervisión de Margaret y William, Rupert recogió juguetes, ropa y artículos escolares, y se acercó de nuevo a Meriel.
—¿Qué piensas hacer? —le preguntó.
Después de un largo silencio, ella sacudió la cabeza como diciendo: «Déjame en paz.» No obstante, cuando los tres se disponían a marcharse, dijo en el mismo tono que antes:
—Méteme en un hospital. En cualquiera. Me da igual.
Los niños se instalaron en sus antiguos dormitorios y llenaron el piso con sus posesiones. Permanecían silenciosos, asustados.
Rupert telefoneó al médico, que prometió ingresarla en una clínica psiquiátrica. Intentó contactar con Jaspar, pero éste no le devolvió las llamadas.
En la mente de Frances se agolpaban pensamientos fríos, insensibles. Sabía que si Jaspar había huido, asustado ante la experiencia de convivir con una persona depresiva, difícilmente regresaría. Contaba diez años menos que ella, era una estrella del mundo de la moda y estaba amasando una fortuna con sus diseños de ropa informal. Su nombre aparecía con frecuencia en los periódicos. ¿Por qué se había liado con una mujer que tenía dos hijos crecidos? Según Rupert, seguramente había disfrutado viéndose como un hombre maduro y responsable, demostrándose a sí mismo que era una persona seria. Se había ganado la fama de ser demasiado moderno, de entregarse a las drogas, las fiestas salvajes y demás vicios de un
mundo al que sin duda había regresado. Eso significaba que Meriel se hallaba sola y que con toda probabilidad lucharía por recuperar a su marido. Allí estaban esos dos niños traumatizados, y allí estaba Frances, la madre sustituta. Sí, sufría, la atormentaba la triste y aplastante sensación que se apodera de uno cuando la vida retoma las familiares pautas del pasado. «Corro el peligro de que me endosen a estos niños —pensó—. No, ya me los han endosado. ¿Es lo que quiero?»
Margaret tenía doce años, y William diez. Pronto serían adolescentes. No temía que Rupert descargase sus responsabilidades sobre ella, sino que la intimidad entre ambos se resintiese —lo que ocurriría inevitablemente— o incluso desapareciera, absorbida por las insensatas demandas adolescentes.
A pesar de todo, Rupert le gustaba mucho..., lo quería. No mentiría si aseverase que nunca había amado hasta ahora; sí, aceptaría lo que viniese. Al fin y al cabo, hasta las depresiones se esfuman, y cuando llegara ese momento los niños querrían volver con su madre.
Desde el hospital donde estaba Meriel llegaron hojas garabateadas —no podía llamárseles cartas—
con letra casi ilegible. «Rupert, no traigas a los niños. No sería bueno para ellos. Frances, Margaret padece asma y necesita medicación.»
Cuando Rupert telefoneó a los médicos, éstos le dijeron que estaba muy enferma pero se recuperaría.
La depresión anterior había durado dos años.
Frances y Rupert yacían en la oscuridad, ella con la cabeza sobre el hombro derecho de él; él con la mano derecha sobre el pecho izquierdo de ella. La mano de Frances reposaba sobre el muslo de Rupert, con los nudillos contra los testículos, un peso suave pero considerable que le infundía seguridad. Esta escena conyugal, consagrada por la tradición, era típica de la media hora previa a que se durmieran, hubiesen hecho el amor o no. Ahora tendrían que tratar un tema que habían estado eludiendo.
—¿Dónde pasó Meriel los dos años de su depresión anterior?
—Casi siempre en la cama. Era incapaz de hacer nada.
—No puede pasarse dos años en un hospital.
—No, necesitará que la cuiden.
—Supongo que Jaspar no se encargará de ello, ¿verdad?
—Es poco probable. —Hablaba en voz baja, casi despreocupadamente, aunque con una triste y valiente franqueza que derritió el corazón de Frances—. Mira, esto es terrible para ti. No creas que no lo sé. —Como ella no lo desmintió, Rupert titubeó y se apresuró a añadir—: No te culparé si me dejas... —Su voz sonó angustiada.
—No voy a dejarte. Sólo estoy pensando —repuso Frances. Él la besó en la mejilla, y ella descubrió que estaba húmeda—. Si vendieras este piso y juntáramos nuestros ahorros, podríamos comprar un piso grande, pero incluso entonces habría un problema. Vivirías bajo el mismo techo que tu primera esposa y tu concubina, como un polígamo africano.
—O como en una historieta cómica de Thurber. No me imagino a Meriel encima de un armario.
Rieron. Rieron con ganas.
—¿Tenemos dinero para comprar una casa? —preguntó ella.
—No en un barrio decente de Londres. Ni para una casa grande.
—¿Meriel no tiene ingresos?
—Nunca quiso trabajar —respondió él con aspereza: de hecho, Frances detectó que allí había una historia oculta—. Meriel siempre ha sido una mujer chapada a la antigua, o una abanderada del feminismo. Y por supuesto, mientras estuvo con Jaspar no trabajó; se dio la gran vida. De manera que sí, podemos contar con que habrá que mantenerla. —Hizo una pausa y agregó—: Los médicos me advirtieron que quizá sufra nuevas depresiones.
—He estado meditándolo, Rupert. Seguirías teniendo a dos esposas en una misma casa, pero al menos no en el mismo piso.
—Tú ya has pasado por esa situación, ¿no?
—Soy una veterana en la materia.
—¿Piensas casarte conmigo, Frances?
—Sería lo mejor para los críos. La querida convertida en esposa. Nunca subestimes el conservadurismo de los niños.
Frances telefoneó a Colin para preguntarle si podían hablar. Él sugirió que fuera a verlo y se ofreció a cocinar para ella. Así pues, Frances se encontró de nuevo en casa de Julia, en la cocina y ante la mesa más pequeña que había habido allí, con sólo dos sillas. Colin la recibió efusivamente.
Se abrazaron.
—¿Dónde está el perro? —preguntó Frances.
Colin titubeó, le dio la espalda para sacar unos platos de la nevera —un recurso que ella había utilizado a menudo para evitar o postergar una respuesta—, le puso un plato de sopa delante y se sentó enfrente de ella.
—Fiera está con Sophie. En el sótano.
Frances dejó la cuchara y asimiló la sorprendente noticia.
—¿Sophie y tú vivís juntos?
—Está enferma. Sufre una especie de crisis nerviosa. El hombre con el que convivió después de Andrew..., bueno, era un mal tipo. Ella me pidió ayuda.
Tras reflexionar un instante sobre aquella información, Frances volvió a concentrarse en la sopa. Colin era un buen cocinero.
—Bueno, eso cambia las cosas.
—Explícate.
Ella lo hizo, y él demostró que había entendido lo esencial diciendo:
—Vaya, mamá, eres una adicta al sufrimiento.
—El problema es que Rupert... —Iba a decir «me gusta», pero cambió de idea—: Quiero a Rupert. Lo quiero de verdad.
—Es un buen tipo.
—¿Te has instalado en el piso de Julia?
—Aquello es un museo y no me atrevo a destruirlo. Claro que no pensábamos desaprovecharlo.
—Supongamos que alojamos a la mujer de Rupert en el apartamento del sótano.
—Como a la pobre Phyllida.
—Aunque espero que no sea para siempre. Rupert dice que Meriel estaba deseando deshacerse de él.
La muy tonta.
—De acuerdo. Meriel en el sótano. Sophie y yo en la planta de arriba. También usaremos la antigua habitación de Sylvia, y yo seguiré trabajando en el salón. De manera que Rupert, tú y los críos tendréis seis habitaciones, en mi piso, el de Andrew y el tuyo. Además de esta fiel cocina, desde luego.
—No se me habría ocurrido si no hubiera sabido que la casa estaba prácticamente vacía. Por otro lado, dispondríamos de más espacio...
—No es mala idea. —Con la energía que lo caracterizaba, Colin retiró los platos de la sopa y sacó del horno una fuente con pescado. Sirvió vino, se bebió el suyo y se sirvió un poco más.
—¿Y Sophie y tú?
—Andrew no era el hombre apropiado para ella. No se diferenciaba en nada de los demás. Dice que a la hora de la verdad Roland era una especie de agujero negro y que Andrew..., bueno, estaba lleno de buenas intenciones, pero convendrás conmigo en que es un peso pluma, ¿no? No se compromete —explicó con una sonrisa que pretendía ser de complicidad—, mientras que yo me hago cargo de la gente. En mi pasado hay varias víctimas que lo atestiguan; rotas y destrozadas, si bien ninguna puede decir que no me responsabilicé de ellas. Tú no las conoces. En fin, ahora me he hecho cargo de Sophie.
—Dos lunáticas bajo el mismo techo —comentó Frances.
—Una manera elegante de describirlo.
—Y no será la primera vez. Pero no importa; los críos tienen diez y doce años, de modo que pronto crecerán, ¿no?
—En primer lugar, creo que Andrew, yo e incluso Sylvia no hemos dejado de necesitar una familia ni siquiera cuando nos hicimos adultos. En segundo lugar..., bueno, hasta hace poco no entendí tu actitud despreocupada ante el paso del tiempo. ¿Qué son cuatro años? O seis, o diez... Nada. Un soplo. No hay nada como una muerte para entenderlo... y hay algo más. ¿No se te ha ocurrido pensar que esos críos quizá te prefieran a la delincuente de su madre?
—¿Delincuente? Está enferma.
—Se largó con un amante perverso, ¿no? Los abandonó, ¿no?
—No, se los llevó consigo. El caso es que ahora sí que están abandonados.
—Espero que por lo menos sean soportables. ¿Lo son?
—Hasta el momento se han portado de maravilla, pero no lo sé.
—¿No te angustia que la historia de repita?
—Sí. Ya lo creo que sí. Y es peor de lo que piensas. Meriel es hija de Sebastian Heath..., aunque quizá no lo recuerdes. ¿Sí? Era un comunista célebre, como Johnny. Lo arrestaron en la Unión Soviética y desapareció para siempre.
—Supongo que el hecho de que los compañeros del padre de alguien lo apuñalen por la espalda justifica cierto grado de confusión emocional, ¿no?
—Y después su madre se suicidó. Ella también era comunista. Meriel se crió en una familia comunista..., aunque por lo visto ya no lo son.
—De manera que tuvo una infancia desdichada, como suele decirse.
—Por eso tengo la sensación de que todo vuelve a empezar.
—Pobre mamá —dijo él jovialmente—. No te preocupes. Pero no creas que mudándonos aquí resolveréis vuestro problema de vivienda para siempre. Pienso casarme.
—¿Con Sophie?
—Santo cielo, no. No estoy tan loco. Sólo somos amigos. Pero busco una esposa. Me casaré y tendré cuatro hijos, a diferencia de ti, que has tenido dos y medio. Y entonces necesitaré esta casa.
—Bien —repuso su madre—. Me parece justo.
Después de la cena, Frances señaló que se hacía tarde y que era hora de que Margaret y William se acostasen. La niña se levantó y se encaró con ella, como un pequeño toro dispuesto a embestir a Frances con aquella virginal frente pecosa.
—¿Por qué hemos de obedecerte? No puedes darnos órdenes. No eres nuestra madre.
William se sumó a la protesta. Por lo visto habían discutido la situación y decidido plantarle cara. Dos semblantes obstinados, dos cuerpos hostiles, y Rupert observándolos, tan pálido como ellos.
—No, no soy vuestra madre, pero me temo que mientras cuide de vosotros tendréis que hacer lo que os diga.
—Ni hablar —dijo Margaret.
—Ni hablar —dijo William.
En el redondo rostro infantil de Margaret apareció una remilgada mueca de desaprobación.
—Te odiamos —dijo con cautela William, que había ensayado la escena con Margaret.
Frances estaba inusitada e irracionalmente furiosa.
—Sentaos —gruñó, y se sorprendió al ver que los niños hacían lo que les decía—. Ahora escuchadme bien. Yo no esperaba tener que cuidaros. No lo deseaba. —Miró a Rupert, que se mostraba dolido por la desagradable situación—. No me importa hacer cosas por vosotros. No me importa cocinar, lavaros la ropa y todo lo demás, pero no pienso tolerar groserías. Ya podéis olvidaros de montar escenas y refunfuñar, porque no estoy dispuesta a aguantarlo. —Empezaba a embalarse, y ni siquiera esas dos caritas compungidas la detendrían—. Vosotros no sabéis nada de mi pasado, ni tenéis por qué saberlo, pero os aseguro que ya he soportado suficientes portazos, rebeliones adolescentes y demás chiquilladas.
—Estaba gritándoles. Era la primera vez en su vida que gritaba a unos niños—. ¿Me habéis oído? Y si vosotros me obligáis a pasar por todo eso de nuevo, me marcharé. Os lo advierto. Sencillamente desapareceré. —Se interrumpió al quedarse sin aire. Advirtió que las cejas de Rupert, siempre listas para expresar ironía, le indicaban que se estaba excediendo—. Lo siento —añadió, más para él que para los niños. Y luego—: No, no lo siento. Estoy convencida de todo lo que he dicho. De modo que pensad en ello.
Sin abrir la boca, los niños se pusieron en pie y se retiraron a sus respectivas habitaciones, aunque luego se reunirían en una o en otra para criticar a Frances.
—Bien hecho —murmuró Rupert.
—¿De veras? —preguntó Frances angustiada, temblando. Apoyó la cabeza sobre los brazos.
—Sí, claro que sí. Tarde o temprano teníais que enfrentaros. A propósito, no creas que yo no aprecio lo que haces. No te culparía si te fueras.
—No voy a irme. —Frances buscó la mano de Rupert, que estaba temblando—. Oh, Dios, es tan...
Él le tendió el brazo, ella acercó su silla para que pudiera rodearla con él y permanecieron muy juntos, unidos por la tristeza.
Una semana después se produjo una repetición de la escena que comenzaba con la frase: «Tú no eres nuestra madre, así que...»
Frances se había pasado el día tratando de avanzar con el complicado libro de sociología que estaba escribiendo, interrumpida por llamadas del colegio de los chicos, del hospital de Meriel y de Rupert, que quería saber qué debía llevar para la cena. Estaba histérica, con los nervios de punta. La situación la desbordaba. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿En qué trampa se había metido? ¿Le inspiraban alguna simpatía esos críos? La niña con su boquita de remilgada y presuntuosa, el niño (pobrecillo) tan asustado que apenas se atrevía a posar la vista en su padre y en ella, con su permanente sonrisa de miedo que intentaba hacer pasar por irónica.
—Muy bien —dijo ella—, ya es suficiente. —Apartó su plato y se levantó de la mesa. No miró a Rupert, porque estaba haciendo lo imperdonable: golpearlo cuando estaba caído.
—¿Qué quieres decir? —preguntó la niña..., pues al fin y al cabo todavía era una niña.
—¿Tú qué crees? Me largo. Os lo advertí.
Se dirigió al dormitorio que compartía con Rupert, despacio, porque sentía las piernas rígidas, y no a causa de la indecisión, sino porque las obligaba a alejarla de Rupert. Una vez allí sacó la ropa de los armarios, la apiló sobre la cama, buscó un par de maletas y empezó a guardar las prendas en ellas metódicamente. Su estado de ánimo ya no era el que había alimentado durante semanas. De la misma
manera que una novia o un novio que se ha dejado arrastrar por la marea de los acontecimientos sin apenas experimentar un momento de duda y que de repente, en la víspera de la boda, se pregunta cómo pudo ser tan imprudente, una situación que se le había antojado perfectamente razonable, si bien difícil, la hacía sentirse como si estuvieran conduciéndola a una prisión, encadenada de pies y manos. ¿Qué demonios la había inducido a prometer que se haría cargo de esos niños, siquiera temporalmente? Y
¿cómo sabía que se trataba de un arreglo temporal? Debía huir de inmediato, antes de que fuese demasiado tarde. La única parte de su mente que no había cambiado por completo de parecer era la que pensaba en Rupert. No podía renunciar a él. Bueno, había una solución muy sencilla. Finalmente se compraría una casa propia, su casa y... La puerta se abrió, primero un poco, luego un poco más y el niño asomó la cabeza.
—Margaret pregunta qué estás haciendo.
—Me largo —contestó Frances—. Cierra la puerta.
El niño cerró la puerta con movimientos intermitentes y cautelosos, como si cada uno de ellos hubiera estado interrumpido por un cambio de idea: ¿debía volver a entrar?
Las maletas estaban hechas y en fila cuando Margaret entró con la cabeza gacha y la boca, esa bonita boca rosa temblorosa por el llanto, entreabierta.
—¿De verdad te vas?
—Sí—respondió Frances, convencida de que así era—. Cierra la puerta... con suavidad.
Más tarde salió y vio a Rupert todavía sentado a la mesa.
—No he estado bien, lo siento —se disculpó Frances.
Él sacudió la cabeza, sin mirarla. Era una figura solitaria y valiente, y su dolor se alzaba entre los dos como una barrera. Frances no pudo soportarlo. Supo que no se iría, por lo menos de aquella manera. En un último arrebato de rebeldía, pensó: «Me compraré una casa; que él se las apañe con Meriel y los crios y venga a verme...»
—Claro que no me voy —dijo—. ¿Cómo iba a irme?
Él no se movió, pero de repente extendió muy despacio un brazo hacia ella. Frances se sentó a su lado, debajo de ese brazo, y Rupert descansó la cabeza sobre la de ella.
—Bueno, al menos dejarán de incordiarte —dijo—. Si es que decides quedarte.
La ocasión exigía que cimentaran su fragilidad haciendo el amor. Él entró en el dormitorio y ella se preparó para seguirlo, apagando las luces. Se acercó a la puerta de la niña con la intención de entrar y darle las buenas noches. «Olvídalo, no hablaba en serio.» Entonces oyó sollozos, un espantoso y desconsolado llanto que evidentemente había estallado hacía un rato. Frances apoyó la cabeza en la puerta, con un arrebato de «oh, no, no puedo, no puedo...». Sin embargo, el sonido de aquella angustia infantil la estaba destrozando. Respiró a fondo y entró en la habitación. La niña se levantó de un salto y se arrojó a sus brazos.
—Ay, Frances, Frances, lo siento, no lo hice adrede.
—Está bien, tranquila. No me iré. Lo decía en serio, pero he cambiado de idea.
Besos, abrazos, un nuevo comienzo.
Con William las cosas resultarían más difíciles. Era un niño herido que se protegía con una armadura de orgullo y se negaba a llorar o recibir el consuelo de un abrazo, aunque fuera de su padre; no confiaba en ellos. Había visto a su madre enferma y silenciosa, tan absorta en sí misma que no lo escuchaba, y esa imagen lo acompañaba mientras cumplía obedientemente con lo que se le ordenaba: iba a la escuela, estudiaba, ayudaba a recoger la mesa, se hacía la cama. Si Frances y Rupert hubieran sabido lo que ocurría en el interior de William, si hubieran comprendido su feroz y solitaria angustia...; pero ¿qué habrían podido hacer? Hasta se sentían reconfortados por ese niño dócil, mucho menos problemático que Margaret, ¿o no?
Sylvia estaba en la terminal de llegadas del aeropuerto de Senga, que albergaba la cinta transportadora, las oficinas de Inmigración y Aduana y a todos los pasajeros del avión, que a primera vista podían clasificarse en negros con terno y blancos con tejanos, camisetas y jerséis atados a la cintura. Los negros estaban eufóricos, maniobrando neveras, cocinas, televisores y muebles mientras solicitaban la aprobación de los agentes de aduanas, la que obtenían rápidamente, pues dichos agentes se mostraban afables y generosos con los garabatos que trazaban con tiza roja en cada caja que les ponían delante.
Sylvia llevaba un bolso de mano con sus efectos personales y dos maletas grandes con los suministros médicos y los demás artículos que le había pedido el padre McGuire; cada lista que había llegado a Londres iba apostillada con un: «No te sientas obligada a traer esto si te supone mucha molestia.» En el avión, Sylvia había oído a los blancos hablar de lo imprevisibles que eran los funcionarios de aduana y del claro trato de favor que dispensaban a los negros, a quienes permitían entrar con muebles suficientes para equipar una casa entera. En el asiento contiguo al de Sylvia viajaba un hombre silencioso, que aunque iba vestido con tejanos y camiseta, como los demás, llevaba al cuello una cadena con una cruz.
Cuando, sin saber si se trataba de un fetiche de moda, Sylvia le preguntó con timidez si era sacerdote, se enteró de que estaba ante el hermano Jude, de una misión u otra —no prestó atención al desconocido nombre— y lo consultó acerca de los posibles problemas con el equipaje. Cuando él supo adonde se dirigía
—conocía al padre McGuire— se ofreció a ayudarla. Más tarde lo encontró justo delante de ella en la cola de la aduana. El hermano Jude dejaba que la gente lo adelantase, porque estaba aguardando a un joven negro, que finalmente lo saludó por su nombre, preguntó si las maletas eran para la misión y las hizo pasar.
—Esta es Sylvia, una amiga del padre McGuire —le presentó el hermano Jude—. Es médico. Lleva suministros para el hospital de Kwadere.
—Ah, una amiga del padre McGuire —dijo el joven con una sonrisa amistosa—. Dele recuerdos de mi parte —añadió, y trazó la mística señal roja en las maletas.
Tampoco surgieron dificultades en Inmigración, ya que Sylvia tenía todos los papeles en regla, y salieron a la despejada y calurosa mañana. En la escalinata de la terminal, una joven con holgados pantalones cortos azules, camiseta floreada y una imponente cruz de plata se aproximó a Sylvia.
—Ah —comentó su salvador—. Veo que estás en buenas manos. Hola, hermana Molly —la saludó, y echó a andar hacia un grupo de gente que había acudido a recogerlo.
La hermana Molly la llevaría en coche a la misión de San Lucas. Dijo que no valía la pena que se entretuvieran en Senga y que lo mejor sería partir de inmediato. Subieron a una destartalada camioneta y se internaron en el paisaje de África, que Sylvia esperaba admirar cuando se acostumbrase a él. Por el momento, se le antojaba extraño. Hacía mucho calor. El viento que entraba en la cabina de la camioneta estaba cargado de polvo. Sylvia se agarró a la portezuela y escuchó a Molly, que no paraba de hablar, sobre todo de los hombres de su orden religiosa, que según ella eran unos cerdos machistas. Esta expresión, que en Londres había perdido la gracia de la novedad, sonó como recién acuñada al salir de sus sonrientes labios. En cuanto al papa, era reaccionario, intransigente, burgués, demasiado viejo, misógino, y qué pena que gozara de buena salud. Que Dios la perdonase por decir eso.
Desde luego, no era lo que Sylvia había esperado oír. No le importaba mucho el papa, aunque sabía que como católica debía importarle, y el lenguaje del feminismo extremista nunca había concordado con su experiencia personal. La hermana Molly condujo a toda velocidad por carreteras en buen estado que pronto se convirtieron en caminos cada vez más accidentados, hasta que al cabo de una hora el vehículo se detuvo frente a una especie de granja.
—Te dejo aquí. Y no permitas que el padre Kevin McGuire te mangonee. Es un encanto, no lo niego, pero todos los curas de la vieja escuela son iguales. —Se marchó, despidiéndose con la mano de Sylvia y de cualquiera que estuviera mirando.
Sylvia aceptó una invitación para tomar el té con Edna Pyne, en cuya voz, llena de extraños sonidos vocálicos, Sylvia detectó un dejo de autocompasión que le resultaba demasiado familiar. Además, la vetusta cara reflejaba insatisfacción. Cedric Pyne tenía unas piernas largas y bronceadas, los pantalones más cortos que Sylvia hubiera visto en su vida y ojos azules —como los de su esposa— y enrojecidos.
En la soleada terraza donde se sentaron Sylvia mantuvo la vista fija en la pareja para evitar el potente resplandor amarillo, de modo que en aquella primera visita sólo los vio a ellos. Descubrió que dejar gente y paquetes en casa de los Pyne formaba parte de las transacciones locales, porque cuando subió de nuevo a un coche, esta vez un todoterreno, se encontró con pilas de periódicos y cartas para el padre McGuire y con dos jóvenes negros.
—Voy al hospital —explicó uno de ellos, que parecía muy enfermo.
—Yo también —repuso Sylvia.
Los dos chicos viajaban en la parte trasera, y ella al lado de Cedric, que conducía igual que la hermana Molly, como si intentara ganar una apuesta. El todoterreno avanzó dando tumbos por un camino de tierra, y al cabo de unos quince kilómetros se adentró en una polvorienta arboleda entre la que divisaron un edificio bajo, con techo de planchas de metal acanalado. Detrás, sobre una colina, se alzaban otros edificios esparcidos entre árboles.
—Dile a Kevin que no puedo esperar —dijo Cedric Pyne—. Ven a vernos cuando quieras. —Se despidió y se marchó, levantando más nubes de polvo.
A Sylvia le dolía la cabeza. Estaba pensando que prácticamente no había salido de Londres en toda su vida y que nunca le había parecido una privación, como empezaba a sospechar, sino algo bastante normal.
Los dos jóvenes negros se encaminaron hacia el hospital.
—Adiós, hasta luego —dijeron en tono despreocupado, aunque el semblante del enfermo pedía a gritos que lo atendieran de inmediato.
Sylvia subió con sus maletas a un pequeño porche de cemento verde pulido. A continuación entró en una estancia más bien pequeña en la que había una mesa de tablas teñidas, sillas con asiento de tiras de cuero, una estantería que cubría toda una pared y varios cuadros, todos de Jesucristo excepto uno, que mostraba un brumoso atardecer en las montañas de Mourne.
Apareció una delgada joven negra, que con una amplia sonrisa, se presentó como Rebecca y se ofreció a acompañar a Sylvia a su habitación.
En el cuarto, contiguo a la sala principal, apenas cabía una cama de hierro, una mesa diminuta, un par de duras sillas y algunos estantes para libros. También había ido a parar allí una cómoda pequeña, del estilo de las que en otro tiempo se usaban en los hoteles. Las paredes y el suelo eran de ladrillo y el techo
de cañas. Rebecca anunció que le traería una taza de té y se marchó. Sylvia se dejó caer en una silla, embargada por un sentimiento que no conseguía identificar. Sí, esperaba impresiones nuevas; sabía que se sentiría fuera de lugar; pero ¿qué era aquello? Experimentó un amargo vacío en su interior, y cuando miró al crucifijo en busca de consuelo, le pareció que el propio Cristo estaba asombrado de encontrarse allí. Por otro lado, no debía sorprenderse de hallar a Cristo en un lugar tan miserable, ¿o sí? ¿Qué le ocurría entonces? Fuera las palomas zureaban y las gallinas conversaban entre sí. «No soy más que una chiquilla consentida», se dijo Sylvia evocando aquellas palabras, un eco lejano de su infancia. La catedral de Westminster..., sí; una casucha de ladrillo, aparentemente, no. Un viento cargado de polvo soplaba junto a la ventana. A juzgar por la vista desde el exterior, esa casa no constaba de más de tres o cuatro habitaciones. ¿Dónde estaba la del padre McGuire? ¿Dónde dormía Rebecca? No entendía nada, y cuando ésta regresó con el té, Sylvia le dijo que le dolía la cabeza y que quería echarse un rato.
—Sí, doctora, acuéstese; pronto se sentirá mejor—contestó Rebecca, cuya alegría la identificaba como cristiana: los hijos de Dios sonríen y están preparados para lo que sea (como los hippies). Rebecca corrió las cortinas, confeccionadas con una tela de colchón en tonos negros y blancos que Sylvia sospechó que podría convertirse en el último grito en ciertos círculos londinenses—. La llamaré a la hora del almuerzo.
El almuerzo... Sylvia tenía la sensación de que era de noche, pues el día se le había hecho eterno, pero eran sólo las once de la mañana.
Se tendió con las manos sobre los ojos, vio que la luz perfilaba sus delgados dedos, se durmió y despertó al cabo de una hora, cuando Rebecca llegó con más té y las disculpas del padre McGuire, que decía que lo habían retenido en la escuela, que la vería a la hora de comer y que se tomara las cosas con calma hasta el día siguiente.
Una vez transmitido este consejo, Rebecca comentó que el paciente de la granja de los Pyne estaba aguardando al médico, que había más personas esperando y que quizá la doctora... Sylvia empezó a cubrirse con una bata blanca, pero Rebecca la miró con una expresión que hizo que Sylvia preguntara:
—¿Cómo tengo que vestirme?
Rebecca respondió que la bata no permanecería blanca por mucho tiempo y que quizá la doctora debería ponerse un vestido viejo.
Sylvia no usaba vestidos. Se había puesto sus tejanos más viejos para el viaje. Se recogió el pelo con un pañuelo, tal como lo llevaba Rebecca. Ésta le señaló un camino y se marchó a la cocina. Junto al polvoriento sendero crecían flores de hibisco, adelfas y dentelarias, todas cubiertas de polvo pero con aspecto de estar en el sitio que les correspondía, en un calor seco y bajo el sol de un cielo totalmente despejado. El camino descendía por una cuesta rocosa, y frente a ella aparecieron unos techos de paja sobre postes clavados en la tierra rojiza y una choza por cuya puerta entornada salió una gallina. Entre los arbustos había otras, tendidas de lado, jadeando con el pico abierto. Los dos jóvenes que habían viajado en el todoterreno estaban sentados a la sombra de un árbol. Uno de ellos se levantó.
—Mi amigo está enfermo —señaló—. Demasiado enfermo.
Sylvia ya lo veía.
—¿Dónde está el hospital?
—Esto es el hospital.
Entonces Sylvia cayó en la cuenta de que bajo los árboles, los arbustos o los cobertizos de paja había personas, algunas de ellas mutiladas.
—Llevamos mucho tiempo sin doctor —dijo el joven—. Ahora tenemos doctor otra vez.
—¿Qué le pasó al anterior?
—Bebía demasiado, y el padre McGuire dijo que tenía que irse. Así que estábamos esperándola, doctora.
Sylvia miró alrededor, preguntándose dónde estarían los instrumentos, las medicinas —los utensilios de su oficio—, y entró en la choza. Dentro había tres estantes, y en uno de ellos un frasco grande de aspirinas... vacío; varios botes de pildoras para la malaria... vacíos; un tubo grande de pomada... sin etiqueta y vacío. Detrás de la puerta, un estetoscopio colgaba de un clavo. Estaba estropeado. El amigo del chico enfermo se encontraba al lado de Sylvia, sonriendo.
—Todas las medicinas se han terminado —dijo.
—¿Cómo te llamas?
—Aaron.
—¿Trabajas en la granja de los Pyne?
—No, vivo aquí. Fui a acompañar a mi amigo cuando nos enteramos que venía un coche.
—¿Y cómo llegaste allí?
—Andando.
—Pero hay un buen trecho, ¿no?
—No, no es demasiado lejos.
Regresó con él junto al chico enfermo, que antes parecía desmayado y ahora temblaba violentamente.
No necesitaba un estetoscopio para hacer el diagnóstico.
—¿Ha estado tomando la medicina? —preguntó—. Es malaria.
—Sí, el señor Pyne le dio la medicina, pero se ha terminado.
—Para empezar, debería beber algo.
En la choza encontró tres bidones de agua con tapón de rosca, pero su contenido olía mal. Le pidió a Aaron que le diese agua al enfermo. Sin embargo, no había ni una taza ni un vaso..., nada.
—Cuando el otro doctor se fue, me temo que alguien robó.
—Ya veo.
—Sí, me temo que eso fue lo que ocurrió.