El sueno mas dulce

Doris Lessing · Capítulo 5 de 9 · parte 3/3

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El sueno mas dulce

—Ay, mi pobre niña; no comes, no te cuidas.

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Sylvia entendió que estaba oyendo ese «me temo» como debía de haber sonado mucho tiempo antes, cuando la expresión acababa de acuñarse. Aaron la empleaba como para disculparse. ¿Acaso en el pasado esperaban un golpe o una reprimenda cuando decían «me temo»?

Qué suerte que hubiera llevado consigo su estetoscopio nuevo y los medicamentos básicos.

—¿No hay un candado para esta puerta?

—Me temo que no sé. —Aaron se puso a buscar, como si fuera a encontrar el candado debajo de la tierra—. Sí, aquí está —exclamó al hallarlo entre las cañas del techo.

—¿Y la llave?

Hurgó de nuevo, pero era demasiado pedir.

Ella no estaba dispuesta a dejar su pequeño equipo en una choza sin candado. Titubeó, pensando que no entendía nada de lo que ocurría y que necesitaba una llave además de una choza.

—Y mire, doctora, me temo que aquí las cosas no están bien... Mire. —Aaron empujó unos ladrillos de la pared del fondo hasta que cayeron. Alguien había aflojado cuidadosamente unos cuantos, de manera que era posible abrir un boquete lo bastante grande para entrar en él.

Sylvia hizo una rápida ronda entre sus pacientes, tendidos aquí y allí, aunque a veces costaba distinguirlos de los amigos o parientes que les hacían compañía. Un hombro dislocado: lo puso en su sitio de inmediato y le recomendó al joven lesionado que descansara y no usase el brazo durante unos días, pero él se alejó tambaleándose por entre los árboles. Algunas heridas... infectadas. Otro caso de malaria, o eso creyó ella. Una pierna tan hinchada que semejaba una almohada, cuya piel parecía a punto de reventar: se dirigió a su habitación, regresó con una lanceta, jabón, vendas y una palangana que le facilitó Rebecca, se acuclilló y practicó una incisión en la pierna, de la que brotó un chorro de pus que fue rápidamente absorbido por el polvo, creando una fuente de infección. La paciente emitía gemidos de gratitud; era una mujer joven junto a la cual había dos niños sentados a su lado; uno de ellos chupándole una teta, aunque aparentaba al menos cuatro años, y el otro colgando de su cuello. Sylvia le vendó la pierna procurando dejar parte del polvo fuera, aunque sin duda se trataba de una idea absurda, y examinó a una mujer embarazada que estaba a punto de parir. El niño estaba mal colocado.

Sylvia recogió sus instrumentos y la palangana y dijo que debía ir a hablar con el padre McGuire. Le preguntó a Aaron qué pensaban comer él y el enfermo de malaria. Él respondió que quizá Rebecca tuviera la bondad de darles un plato de sadza, una especie de gachas de harina de maíz.

Encontró al padre McGuire sentado a la mesa de la salita, comiendo. Era un hombre corpulento, con una abundante cabellera blanca, ojos oscuros de expresión comprensiva y aire jovial, vestido con una sotana andrajosa.

Él insistió en que se sentara a probar un filete de arenque de lata... que había llevado ella misma.

Sylvia lo complació, y luego, con la misma insistencia, el padre McGuire la invitó a comer una naranja.

Rebecca, que estaba mirándolos, comentó que en el hospital decían que Sylvia no podía ser doctora, porque era demasiado pequeña y delgada.

—¿Debería enseñarles mi diploma? —preguntó Sylvia.

—-Ya les enseñaré yo lo que pesa mi mano —soltó el padre McGuire—. Vaya impertinencia.

—Necesitaría una choza que se cierre con llave —dijo Sylvia—. No puedo llevar y traer mis cosas varias veces al día.

—Le pediré al albañil que arregle el agujero de la pared.

—¿Y un candado?

—Eso no es tan fácil. Habrá que buscarlo. Le diré a Aaron que vaya a casa de los Pyne y les pregunte si tienen alguno. —Encendió un cigarrillo y le ofreció uno a Sylvia. Pese a que ella había fumado pocas veces en su vida, lo aceptó con gratitud—. Sí —añadió—. Ha sido un día muy largo para ti. Siempre pasa lo mismo cuando uno viaja desde Inglaterra. Nuestras jornadas, al menos las mías, empiezan a las cinco y media de la mañana y terminan a las nueve de la noche. A esa hora todo lo que desearás será meterte en la cama, aunque si estás acostumbrada a los horarios de Londres quizás ahora no me creas.

—La verdad es que ya estoy deseándolo —admitió Sylvia.

—Entonces échate una pequeña siesta, que es lo que haré yo.

—Pero ¿qué pasa con toda esa gente que está esperándome? ¿Podrían proporcionarme una taza para que les dé agua?

—Sí. Por lo menos tenemos tazas.

Sylvia durmió media hora; Rebecca la despertó ofreciéndole una taza de té. Cuando Sylvia le preguntó si había dormido, obtuvo una sonrisa por respuesta. ¿Aaron y su amigo habían comido algo? La doctora no debía preocuparse por ellos, contestó Rebecca, sin dejar de sonreír.

Sylvia regresó al conjunto de chozas, cobertizos y árboles frondosos donde los enfermos aguardaban.

Habían llegado varios más, pues se habían enterado de la llegada de un nuevo médico. Entre ellos se contaban unos cuantos mutilados a los que les faltaba una pierna o un brazo y cuyas heridas no habían sido suturadas o curadas debidamente. Eran las víctimas de la guerra, que a fin de cuentas había acabado recientemente. Supuso que se encontraban en el «hospital» porque al menos allí su situación quedaba validada, definida. Como heridos de guerra, los asistía el derecho a exigir medicamentos —analgésicos, aspirinas, pomadas, lo que fuese—; algunos eran casi niños, héroes de guerra, y se les debía algo. No obstante, Sylvia disponía de tan pocas medicinas que las escatimaba al máximo. Por consiguiente recibieron tazas de agua y preguntas compasivas:

—¿Cómo perdiste la pierna?

—La bomba estalló cuando me senté.

—Lo siento. Qué mala suerte.

—Sí, demasiada mala suerte.

—Y ¿qué te pasó en el pie?

—Una piedra cayó rodando por la colina hasta la mina, y yo estaba allí.

—Lo lamento. Debió de dolerte mucho.

—Sí, grité y mis compañeros me hicieron callar, porque el enemigo no andaba lejos.

A última hora de la tarde, cuando el sol estaba bajo y amarillo, apareció un hombre desgarbado, muy alto y delgado y con expresión enfurruñada.

Según dijo, se llamaba Joshua y su trabajo consistiría en ayudarla.

—¿Es enfermero? —preguntó ella—. ¿Ha estudiado?

—No, no he estudiado; pero siempre he trabajado aquí.

—Entonces ¿por qué no vino antes? —inquirió Sylvia, que no pretendía reñirlo sino informarse.

Sin embargo, él replicó con insolencia, una insolencia formal, como cuando uno masculla «maldita sea»:

—¿Por qué iba a venir si no había ningún doctor?

Estaba bajo los efectos de alguna sustancia. No, no era alcohol... ¿Qué, entonces? Sí, olía a marihuana.

—¿Qué ha estado fumando?

—Dagga.

—¿Crece por aquí?

—Sí, crece por todas partes.

—Si va a trabajar conmigo, más vale que deje de fumar dagga.

Desplazando el peso del cuerpo de una pierna a la otra y balanceando los brazos, el hombre gruñó:

—Hoy no pensaba trabajar.

—¿Cuándo se marchó el otro médico?

—Hace mucho. Un año.

—¿Qué hacen los enfermos cuando llueve?

—Si no hay sitio en los cobertizos, se mojan. Son negros, de modo que no les hace daño.

—Pero ahora tienen un gobierno negro, así que las cosas cambiarán.

—Sí —repuso, o más bien ladró, Joshua—. Ahora todo cambiará, y nosotros también tendremos cosas buenas.

—Joshua —dijo Sylvia con una sonrisa—, si vamos a trabajar juntos, debemos intentar llevarnos bien.

—Sí, sería conveniente que nos lleváramos bien—repuso Joshua esbozando una sonrisa o algo que se le parecía.

—Tengo entendido que sus relaciones con el médico anterior no eran buenas, ¿verdad? A propósito,

¿era blanco o negro?

—Negro. Bueno, puede que no fuese un doctor de verdad. Bebía demasiado. Era un skellum.

—¿Un qué?

—Una persona mala. No como usted.

—Espero no acabar bebiendo demasiado.

—Yo también lo espero, doctora.

—Me llamo Svlvia.

—Bien, doctora Sylvia. —Joshua frunció el entrecejo, como si hubiera decidido que debía demostrar antagonismo.

—Ahora la doctora Sylvia volverá a la casa del padre McGuire —le informó ella—. Me dijo que regresara al anochecer, para cenar.

—Espero que la doctora Sylvia disfrute de su cena. —Joshua se internó entre los árboles, riendo.

Luego se lo oyó cantar. Era una canción vehemente, pensó ella, un himno revolucionario, que insultaba a todos los blancos.

El padre McGuire sentado a la mesa, con una lámpara de gas a su lado, bebía zumo de naranja. Había un vaso esperando a Sylvia.

—No crea que no tenemos electricidad —explicó—, lo que ocurre es que ha habido un corte de luz.

Rebecca se acercó con una bandeja e informó de que Aaron y su amigo pasarían la noche en el hospital.

—¿Por qué vive aquí?

Sin mirarla, el sacerdote contestó que Aaron tenía familia en la aldea, pero que en adelante dormiría en la casa por las noches.

Las caras del padre McGuire y de Rebecca reflejaban cierta turbación, de manera que Sylvia quiso indagar los motivos. Era un asunto absurdo, respondió el sacerdote, verdaderamente ridículo, y tenía que disculparse, pero el joven viviría en la casa para guardar las apariencias. Sylvia no entendió. El padre McGuire parecía impaciente, incluso ofendido por verse obligado a explicárselo claramente.

—No consideran apropiado que un sacerdote viva con una mujer.

—¿Qué? —Sylvia estaba tan molesta como él.

Rebecca comentó que la gente cotilleaba, y que no era de extrañar.

Sylvia repuso con amargura y seriedad que la gente tenía la mente retorcida, y el padre McGuire se mostró plácidamente de acuerdo en ese punto.

Después de una pausa, añadió que le habían sugerido que Sylvia viviese con las monjas de la colina.

—¿Qué monjas?

—Un grupo de hermanas misioneras que habitan una casa en la colina; pero como no eres religiosa, imaginé que te sentirías más cómoda aquí.

Sylvia paseó la vista entre él y Rebecca, convencida de que le ocultaban cosas.

—Se supone que las hermanas deben ayudar en el hospital, pero no todo el mundo está hecho para los sucios trabajos de enfermería.

—¿Son enfermeras?

—Yo no diría tanto. Han realizado cursillos de primeros auxilios. De todos modos, puedes acudir a ellas para que laven las vendas, las compresas y la ropa de cama. No deben de sobrarte las vendas desechables, ¿verdad? No. Tendrás que pedirle a Joshua que lleve lo que haya que lavar a la casa de las hermanas todos los días. Y yo les diré que lo hagan como un servicio a Dios.

—Joshua no querrá ir, padre —apuntó Rebecca.

—Y tú tampoco, de manera que hemos topado con un problema.

—No es mi trabajo sino el de Joshua —dijo Sylvia.

—Pues ya te encuentras en una pequeña dificultad —repuso el sacerdote—, y aguardaré con interés a ver cómo la solucionas.

Se levantó, les dio las buenas noches y se fue a la cama. Sin mirar a Sylvia, Rebecca también se despidió y se marchó.

Transcurrió un mes. Habían reparado el agujero de la choza e instalado una cerradura. Alrededor de dos de los cobertizos habían puesto unas cortinas confeccionadas con la arpillera que usaban para embalar el tabaco, y aunque no constituían una barrera eficaz contra las fuertes lluvias, impedían el paso del viento y el polvo. Habían construido una choza nueva con paredes y techo de paja y agujeros en los costados para que entrase la luz. El interior se mantenía fresco. El suelo era de tierra apisonada. Los enfermos más graves podían guarecerse allí. Sylvia había curado sorderas pertinaces causadas sencillamente por viejos tapones de cera, y había tratado cataratas. Con las medicinas que le habían enviado de Senga, había conseguido aliviar algunos casos de malaria, aunque casi todos los afectados eran enfermos crónicos. Restituía en su sitio miembros dislocados, cauterizaba heridas, administraba

medicinas para el dolor de garganta y la tos y, a veces, cuando se agotaban, recurría a los remedios de la abuela que el padre McGuire recordaba de su Irlanda natal. Llevaba una clínica de maternidad y traía niños al mundo. A pesar de que todo esto era bastante satisfactorio, no podía evitar sentirse frustrada por no ser cirujana, ya que habría resultado muy útil. Transportaban a los enfermos graves a un hospital situado a treinta kilómetros de distancia, y en ocasiones la demora era perjudicial o incluso letal. Debería haber sido capaz de hacer una cesárea, extirpar un apéndice, amputar una mano o abrir una rodilla con una fractura complicada. Se movía en un terreno pantanoso en el que era difícil precisar si actuaba dentro de la legalidad o no: de vez en cuando utilizaba instrumentos quirúrgicos para hacer una incisión en un brazo con el fin de tratar una úlcera o abrir una herida infectada con objeto de limpiarla. Ojalá hubiera sabido lo mucho que iba a necesitar los conocimientos de cirugía mientras asistía a toda clase de cursillos que en sus nuevas circunstancias no le servían para nada...

También se ocupaba de tareas que en Europa no están asociadas con la profesión médica. Había recorrido las aldeas cercanas para inspeccionar las fuentes de agua y encontrado ríos sucios y pozos contaminados. El agua escaseaba en esa época del año y a menudo se sacaba de lagos estancados que eran caldo de cultivo del parásito de la esquistosomiasis. Enseñó a las mujeres a reconocer algunas dolencias para que supieran cuándo debían llevar a los enfermos al hospital. Cada vez recibía más pacientes, pues la gente la consideraba una especie de taumaturgia, sobre todo por sus éxitos a la hora de devolver la audición extrayendo tapones de cera. Joshua le hacía propaganda, ya que de esa manera ayudaba a limpiar su fama, mancillada por su antigua relación con el médico malo. Él y Sylvia se llevaban bien, aunque ella tenía que hacer oídos sordos a sus virulentas acusaciones contra los blancos. A veces estallaba:

—Pero Joshua, yo no estaba aquí, ¿cómo puedes culparme?

—Mala suerte, doctora Sylvia. Si yo digo que es culpable, lo es. Ahora que manda un Gobierno negro, lo que yo digo va a misa. Y un día éste será un buen hospital en el que trabajen nuestros propios doctores negros.

—Eso espero.

—Y usted podrá volver a Inglaterra y curar a los enfermos de allí. ¿Hay enfermos en Inglaterra?

—Por supuesto.

—¿Y pobres?

—Sí.

—¿Tan pobres como aquí?

—No, ni de lejos.

—Eso es porque ustedes nos lo robaron todo.

—Si tú lo dices, Joshua, será así.

—¿Y por qué no está en su país, cuidando a los enfermos de allí?

—Buena pregunta. Yo misma me la hago a menudo.

—Pero no se vaya todavía. La necesitaremos hasta que vengan nuestros doctores.

—Vuestros doctores no quieren trabajar en lugares miserables como éste. Prefieren quedarse en Senga.

—Este lugar dejará de ser miserable. Será rico y bonito, como Inglaterra.

El padre McGuire le dijo:

—Escúchame, pequeña, he de hablar contigo seriamente, como confesor y consejero.

—Sí, padre.

La situación había tomado un giro algo cómico: aunque no había renunciado al catolicismo, no cabía duda de que estaba redefiniendo sus creencias. Había abrazado la religión gracias al padre Jack, un hombre delgado y austero, consumido por un ascetismo que no iba con su personalidad. Sus ojos acusaban al mundo que lo rodeaba, y cada uno de sus movimientos parecía destinado a evitar cualquier error o pecado. Sylvia había estado enamorada del padre Jack y pensaba que ella no le había sido del todo indiferente. Hasta el momento, era el único hombre del que había estado enamorada. Encarnaba el sacerdocio, la fe, el catolicismo, pero ahora se encontraba en la selva con el padre McGuire, un plácido anciano a quien le encantaba comer. Nadie hubiera dicho que una persona acostumbrada a una dieta de gachas de avena, carne, tomate y fruta casi siempre de lata pudiese calificarse de gourmet. Sin embargo, el padre Kevin le gritaba a Rebecca si sus gachas no estaban perfectas, si no encontraba el filete en su punto y si las patatas... Sylvia le cobró cariño: tal como había asegurado la hermana Molly, Kevin McGuire era un buen hombre, pero lo que había seducido a Sylvia había sido la apasionada abstinencia de un individuo muy diferente, además de una visita a las maravillas de la catedral de Westminster y un breve y lejano viaje a Notre Dame, que quedó grabado en su memoria como la materialización de cuanto amaba.

Una vez a la semana, los sábados por la tarde, la gente de todo el distrito asistía a misa en una pequeña capilla de ladrillos desnudos, con bancos y sillas fabricados por los nativos. La ceremonia se oficiaba en la lengua local, y los fieles bailaban... Las mujeres se levantaban de los asientos y expresaban su fe bailando con frenesí y cantando —oh, qué maravillosamente lo hacían—, y la celebración se convertía en un acto

cordial y bullicioso, como si de una fiesta se tratara. Sylvia se preguntaba si era una católica de verdad y si alguna vez lo había sido, aunque el padre McGuire, en su papel de mentor, la tranquilizaba. También se preguntaba si le habría gustado más que en aquella pequeña capilla polvorienta la misa se hubiera pronunciado en latín y los fieles se hubieran arrodillado y respondido a las frases del sacerdote a la vieja usanza. Sí, lo habría preferido; detestaba las misas del padre McGuire, los bailes voluptuosos y el entusiasmo con que cantaban los feligreses, aunque sabía que era la forma que tenían de evadirse de su limitada y miserable vida. Y tampoco le gustaban las monjas, con sus hábitos azules y blancos semejantes a uniformes escolares.

—Sylvia, debes aprender a no tomarte las cosas tan a pecho —le recomendó el padre McGuire.

—No lo soporto, padre. No tolero lo que veo. Las nueve décimas partes me parecen innecesarias.

—Te entiendo, pero así son las cosas; o así son ahora. Estoy seguro de que cambiarán. Sí, seguramente cambiarán. Tú tienes pasta de mártir, Sylvia, y eso no es bueno. Irías a la hoguera con una sonrisa, ¿verdad? Sí, estoy convencido de ello. Y ahora te prescribiré algo, igual que haces tú con esta pobre gente. Debes comer decentemente tres veces al día. Debes dormir más; veo luz por debajo de tu puerta a las once, las doce e incluso más tarde. Y debes dar un paseo por el bosque todas las tardes. O ir de visita. Puedes llevarte mi coche e ir a ver a los Pyne. Son buena gente.

—Pero no tengo nada en común con ellos.

—¿Crees que no están a tu altura, Sylvia? ¿Sabes que pasaron toda la guerra encerrados en esa casa, prácticamente sitiados? Alguien le prendió fuego a la casa mientras estaban dentro. Son personas valientes.

—Pero que eligieron el bando equivocado.

—Probablemente, pero no son demonios sólo porque ahora los periódicos digan que todos los granjeros blancos lo son.

—Haré lo posible por mejorar. Ya sé que me involucro demasiado en las cosas.

—Tú y Rebecca... las dos sois como conejos en un año de sequía. Claro que ella tiene seis hijos y ninguno come lo suficiente. Uno no puede alimentarse de...

—Nunca he comido mucho. La comida me trae sin cuidado.

—Es una pena que no podamos repartirnos los defectos. A mí me encanta comer; que Dios me perdone, pero me encanta.

La vida de Sylvia se había convertido en un circuito que iba de su pequeña habitación a la mesa de la estancia principal, luego al hospital, de allí de regreso a la casa y vuelta a empezar una y otra vez. Casi nunca entraba en la cocina, que era el territorio de Rebecca, no conocía la habitación del padre McGuire y sabía que Aaron dormía en algún lugar de la parte trasera. Un día que no halló al sacerdote a la mesa y Rebecca le informó que se encontraba indispuesto —algo que ocurría a menudo—, entró en su habitación por primera vez. Un tufo a sudor reciente y no tan reciente, el acre hedor de la enfermedad, impregnaba el ambiente. El padre McGuire estaba apoyado sobre las almohadas, pero inclinado hacia un lado.

Permanecía muy quieto, si bien su pecho se movía. Malaria. Se encontraba en la etapa de latencia.

Las pequeñas ventanas, una de ellas rota, estaban abiertas, y el fresco aroma a tierra mojada se colaba para competir con los demás olores. El padre McGuire estaba frío y húmedo, con el pelo enmarañado y el sudado camisón pegado al cuerpo. Aunque estuviesen en la estación cálida, corría el peligro de resfriarse. Sylvia llamó a Rebecca y entre las dos, desoyendo las protestas del sacerdote, lo levantaron y lo sentaron en una silla de mimbre que se hundió bajo su peso.

—Siempre quiero cambiarle las sábanas cuando está enfermo —explicó Rebecca—, pero él dice: «No, no, déjame en paz.»

—Pues yo voy a cambiárselas.

Lo hicieron, el paciente se acostó de nuevo y acto seguido, mientras se quejaba de que le dolía la cabeza, Sylvia lo lavó allí mismo. Rebecca desvió la vista de la virilidad del sacerdote, murmurando una disculpa tras otra.

—Lo siento, padre, lo siento mucho.

Un camisón limpio. Limonada. Comenzó un nuevo ciclo de temblores y sudores; el sacerdote apretaba los dientes y se agarraba a los barrotes de hierro de la cabecera de la cama. Aunque había repasado el tema en el avión, antes de llegar a África, Sylvia nunca había visto a una víctima de las fiebres palúdicas, las fiebres cuartanas, las fiebres tercianas, los temblores, la rigidez, las convulsiones, los espasmos de una enfermedad transmitida por mosquitos que hasta no hacía mucho tiempo habían infestado también los pantanos londinenses e italianos, llegados allí desde cualquier lugar del mundo donde hubiera aguas estancadas. Ahora no pasaba un solo día sin que una persona consumida se desplomase sobre las esteras de los cobertizos y se echara a temblar con violencia.

—¿Está tomando las píldoras? —gritó Sylvia, ya que la malaria, o los medicamentos para combatirla, producen sordera.

El padre McGuire contestó que las tomaba, pero que pensaba que era inútil, pues los temblores lo atacaban tres o cuatro veces al año.

Al final del último acceso quedó nuevamente empapado, por lo que volvieron a cambiar la ropa de cama. Rebecca dejó traslucir el cansancio mientras se llevaba las sábanas. Sylvia quiso saber si había alguna mujer en la aldea a quien pedirle que echase una mano. Rebecca respondió que todas estaban ocupadas.

—¿Y qué me dice de sus hermanitas? —le preguntó al enfermo.

—No creo que aceptase su ayuda. —Por una cuestión de celos, Rebecca no quería compartir sus obligaciones.

Sylvia había renunciado a tratar de entender aquellas complicadas rivalidades, de manera que sugirió que lo hiciera Aaron. Bromeando, el padre McGuire dijo que no osaría pedirle que realizara semejante trabajo, ya que se había convertido en un intelectual: había empezado a estudiar con él con vistas a ordenarse sacerdote.

¿Sería Aaron demasiado bueno para salir a buscar larvas de mosquitos en los árboles y los arbustos?

—Creo que descubrirás que se considera demasiado bueno para eso.

—¿Y las monjas? —Sylvia se abstuvo de decir que por lo visto no hacían gran cosa, pero el padre McGuire repuso que serían incapaces de reconocer una larva.

—A nuestras hermanitas no les gusta mucho el monte.

Los mosquitos ponen los huevos en cualquier superficie de agua que encuentren. Las negras larvas, tan vigorosas en esta etapa de su vida como cuando empiezan a buscar víctimas a las que devorar, pueden encontrarse entre los pliegues de una hoja seca de papaya o en una oxidada lata de galletas escondida bajo un arbusto. El día anterior Sylvia había visto algunas en un diminuto hoyo abierto por un reguero de agua, bajo las arqueadas raíces de una planta de maíz. No las mató porque el sol empezaba a desecar el charco, condenándolas a morir. Sin embargo, dos horas después cayó un chaparrón, y si la corriente no las había arrastrado hasta la tierra en ese momento estarían completando, triunfales, su ciclo.

El padre McGuire parecía semiconsciente. Sylvia pensó que estaba peor de lo que ella había creído, aunque se repondría rápidamente. Dada su tez rojiza, resultaba difícil detectar su palidez, o incluso una ictericia. Padecía anemia, uno de los efectos de la malaria. Necesitaba tomar hierro. Necesitaba unas vacaciones. Necesitaba...

En la oscuridad del exterior, unas figuras blancas ondeaban al viento que anunciaba la inminente lluvia: era la ropa que había tendido Rebecca unas horas antes. Sylvia, sentada junto al enfermo en espera del siguiente ataque, miró distraídamente alrededor.

Paredes de ladrillo, iguales que las suyas; el mismo techo de caña; el suelo, también de ladrillo. En un rincón había una imagen de la Virgen. En las paredes, otra vez la Virgen en representaciones convencionales, vagamente inspiradas en el Renacimiento italiano: en azul y blanco, la mirada baja... ¿No estaban fuera de lugar en el monte? Pero había algo más; sobre un banco de madera oscura, tallada en la misma madera oscura, una María nativa, una mujer joven y fuerte, amamantaba a su hijo. Eso estaba mejor. Colgado de un clavo cerca de la cama, al alcance del cura, había un rosario de ébano.

Durante los sesenta, el furor ideológico que sacudía al mundo adoptó una forma propia en la Iglesia católica, generando una efervescente inquietud que había amenazado con destronar a la Virgen María.La Santa Madre estaba out, al igual que los rosarios. Sylvia no había recibido una educación católica, de niña no había mojado sus dedos en las pilas de agua bendita ni había jugueteado con las cuentas de hermosos rosarios, no se había santiguado ni había intercambiado estampas sagradas con sus amigas. («Te doy tres de san Jerónimo por una de la Madre de Dios.») Jamás le había rezado a la Virgen; sólo a Cristo. Por lo tanto, cuando se convirtió al catolicismo no echó de menos lo que nunca había vivido, y sólo cuando conoció a curas, monjas y feligreses mayores, descubrió que se había producido una revolución que había dejado a muchos llenos de añoranza, sobre todo por la Virgen (que sería rehabilitada décadas después).

Entretanto, en los lugares del mundo que se hallaban lejos de los ojos que permanecían alertas a cualquier herejía o reincidencia, los curas y las monjas conservaron sus rosarios, el agua bendita, las imágenes y los cuadros de Nuestra Señora, esperando que nadie reparase en ello.

A alguien como Rebecca, que tenía una estampa de la Virgen María clavada en el poste central de su choza, esta discusión ideológica se le habría antojado inconcebiblemente estúpida; pero no había oído hablar de ella.

En la pared del cuarto de Sylvia había una enorme reproducción de La Virgen de las rocas de Leonardo y otras vírgenes más pequeñas. Alguien que hubiese contemplado esa pared, habría llegado seguramente a la conclusión de que el catolicismo era una religión que adoraba a las mujeres. En comparación, el crucifijo parecía insignificante. A veces Rebecca se sentaba a los pies de la cama de Sylvia y admiraba la reproducción de Leonardo con las manos juntas y lágrimas en los ojos, suspirando.

«¡Son tan hermosas!» Podía decirse que la Virgen se había colado por los intersticios del dogma gracias al arte. Aunque Sylvia no sentía un especial interés por la Santa Madre, se sabía incapaz de vivir sin las reproducciones de los cuadros que amaba. Las lepismas estaban atacando los bordes de los carteles.

Debía pedirle a alguien que le trajese láminas nuevas.

Se durmió en la silla, mirando la insulsa estatuilla del padre MeGuire y preguntándose quién escogería algo así teniendo la oportunidad de conseguir una escultura de verdad, una imagen auténtica.

Jamás se habría atrevido a preguntárselo a él, que había crecido en una pequeña casa de Donegal llena de

críos y había llegado a Zimlia directamente desde el seminario. ¿No le gustaría el Leonardo? Había permanecido un buen rato a la puerta de la habitación de Sylvia, porque Rebecca le había avisado:

—Padre, padre, mire lo que nos ha traído la doctora Sylvia.

Sus manos cruzadas sobre el vientre y enlazadas por el rosario, subían y bajaban mientras estudiaba la lámina.

—Ésas son las caras de los ángeles —declaró por fin—, y el pintor debió de vislumbrarlas en una visión. Ninguna mujer humana ofrecería ese aspecto.

A la mañana siguiente, mientras la colada de Rebecca volvía a secarse después de la tormenta, Sylvia le pidió a Aaron que registrase el monte en busca de larvas, pero él le respondió que tenía que leer unos libros para el padre McGuire.

Sylvia se encaminó hacia la aldea, topó con unos chicos —que deberían haber estado en la escuela— y les prometió dinero a cambio de que fuesen en busca de larvas.

—¿Cuánto?

—Os daré una cantidad considerable para que la repartáis entre todos.

—¿Cuánto?

Acabaron pidiéndole bicicletas, libros de texto para la escuela y camisetas nuevas. Estaban convencidos de que todos los blancos eran ricos y podían comprar cuanto quisieran. Sylvia rió, ellos la imitaron, y finalmente acordaron que les daría lo que llevaba en la mano, un puñado de dólares de Zimlia que alcanzaban para comprar dulces en la tienda. Se internaron en el monte riendo y tonteando: la búsqueda sería poco concienzuda. A continuación se dirigió al hospital, donde encontró a Joshua cosiendo una herida larga y profunda.

—Usted no estaba aquí, doctora.

—Sólo me he retrasado cinco minutos.

—¿Y cómo iba yo a saberlo?

Ése era un punto en el que no se ponían de acuerdo. Joshua había comenzado a suturar heridas, y lo hacía bien. Sin embargo, se atrevía también con casos que requerían una destreza de la que carecía, y Sylvia había intentado disuadirle. Los dos observaron la cara del joven paciente, que no apartaba la vista de la aguja que se hundía en la temblorosa carne de su brazo, mordiéndose los labios con valor. Joshua estaba terminando la sutura con torpeza, de modo que Sylvia le quitó la aguja y continuó. Luego fue al cobertizo provisto de cerradura donde guardaba los medicamentos. Joshua la siguió, dejando tras de sí una estela de olor a dagga.

—Camarada Sylvia, quiero ser doctor. Es lo que he deseado durante toda mi vida.

—Nadie aceptará a un estudiante que consuma dagga.

—Si estuviera estudiando, no fumaría dagga.

—¿Y quién va a pagarte los estudios?

—Usted. Sí, tendría que pagarlos usted.

Como todo el mundo, Joshua sabía que Sylvia había corrido con los gastos de los nuevos edificios, así como con las medicinas y su sueldo. Creían que la respaldaba una organización de ayuda internacional, y por más que le explicaba a Joshua que no, que lo hacía con su propio dinero, él se negaba a creerla.

Sobre una vieja bandeja de cocina, cedida por Rebecca, Sylvia dispuso tazas con medicamentos y pequeños montículos de píldoras, casi todas vitaminas. Se acercó con la bandeja al árbol bajo el que sus pacientes aguardaban tendidos o sentados, y empezó a repartir tazas y pastillas.

—Quiero ser doctor —insistió Joshua con brusquedad.

—¿Sabes lo que cuesta estudiar Medicina? —le dijo ella por encima del hombro—. Ahora explícale a este chico cómo tragarse esto; no sabe nada bien.

Joshua habló y el niño protestó, pero tomó el brebaje. Tenía unos doce años y estaba desnutrido e infectado por varias clases de parásitos.

—Bueno, dígame cuánto cuesta.

—En total, incluyéndolo todo, unas cien mil libras.

—Muy bien; usted me las dará.

—Yo no tengo tanto dinero.

—Entonces, ¿quién le pagó los estudios? ¿El Gobierno? ¿Algún organismo de cooperación internacional?

—No, mi abuela.

—Debe convencer a nuestro Gobierno de que me deje estudiar Medicina y de que seré un buen doctor.

—¿Qué te hace pensar que tu Gobierno negro escuchará a esta diabólica mujer blanca, Joshua?

—El presidente Matthew ha dicho que todos tenemos derecho a la educación, y ésa es la educación

que yo quiero. Nos lo prometió cuando los camaradas todavía estaban luchando en la selva; sí, el camarada presidente nos prometió a todos una educación secundaria y una formación, de modo que vaya a ver al presidente y dígale que cumpla con su promesa.

—Veo que tienes mucha fe en las promesas de los políticos. —Sylvia se arrodilló para ayudar a ponerse en pie a una mujer que acababa de dar a luz a un hijo muerto. Al sujetarla, notó que la negra piel estaba áspera y fría al tacto, en lugar de caliente y suave.

—Políticos —repitió Joshua—. ¿Los llama políticos?

Sylvia advirtió que en la mente de Joshua el camarada presidente y su Gobierno negro ocupaban un lugar distinto del de los «políticos», que eran blancos.

—Si elaborase una lista de las promesas que hizo tu camarada Mungozi mientras sus compañeros luchaban en el monte, nos desternillaríamos de risa—replicó Sylvia. Hizo que la mujer apoyase la cabeza en el suelo, sobre una tela plegada que la protegía del barro que se había formado con la lluvia, y preguntó—: ¿Esta mujer tiene algún familiar que pueda darle de comer?

—No. Vive sola. Su marido ha muerto.

—¿De qué?

El sida todavía no se había incorporado del todo a la conciencia colectiva, aunque Sylvia sospechaba que muchas de las muertes que presenciaba no eran lo que parecían.

—Le salieron llagas, estaba demasiado flaco y de repente murió.

—Alguien debería alimentar a esta mujer.

—Tal vez Rebecca pueda darle un poco de la sopa que está preparando para el padre.

Sylvia guardó silencio. Ése era el peor de sus problemas. De acuerdo con su experiencia, los hospitales se encargaban de alimentar a los pacientes, y sin embargo allí el que no tenía familiares no comía. Y si Rebecca aparecía con sopa u otro de los platos que preparaba para el padre McGuire, suscitaría resentimientos. Eso si Rebecca accedía a llevar algo: ella y Joshua no paraban de discutir sobre cuáles eran sus respectivas funciones. «Esta mujer morirá —se dijo Sylvia—. En un hospital decente, seguramente se curaría.» Si la metían en un coche y la trasladaban al hospital más cercano, situado a treinta kilómetros, moriría antes de llegar. Aún le quedaba un poco de Complan, un complejo vitamínico en polvo que ella no calificaba de alimento sino de medicina. Le indicó a Joshua que preparase un poco para la mujer, pensando que desperdiciaba unos recursos inestimables en una moribunda.

—¿Para qué? —preguntó Joshua—. No le queda mucho tiempo de vida.

Sin abrir la boca, Sylvia fue al cobertizo, que estúpidamente había olvidado cerrar con llave, y encontró a una vieja intentando alcanzar un medicamento del estante más alto.

—¿Qué quiere?

—Quiero muti, doctora. Necesito muti.

Sylvia oía esa frase con mayor frecuencia que cualquier otra: «Quiero medicina. Quiero muti.»

—Entonces vaya adonde están los demás, esperando a que los examine.

—Gracias, gracias, doctora —dijo la vieja entre risas. Salió corriendo de la choza y se internó en el monte.

—Es una skellum —señaló Joshua—. Quiere vender las medicinas en la aldea.

—Olvidé cerrar el dispensario. —Lo llamaba así, burlándose de sí misma en su fuero interno.

—¿Por qué llora? ¿Le da lástima que yo no pueda ser doctor?

—Eso también —respondió Sylvia.

—Yo sé lo que usted sabe. La miro y aprendo. No necesitaría estudiar mucho.

Sylvia mezcló el Complan con agua y se lo llevó a la mujer, a quien ya no le hacía falta: estaba casi muerta, y su respiración se apagaba entre débiles estertores.

Joshua se dirigió a un niño sentado junto a su madre enferma.

—Vuelve a la aldea y dile a Listo que cave una fosa para esta mujer. La doctora le pagará.

Cuando el niño echó a correr, Joshua le comentó a Sylvia:

—Quiero que le enseñe a mi hijo Listo; él es capaz de aprender.

—¿Listo? ¿Se llama así?

—Cuando nació, su madre dijo que quería llamarlo Listo para que fuese listo. Y lo es, así que no se equivocó.

—¿Cuántos años tiene?

—Seis.

—Debería ir a la escuela.

—¿De qué sirve ir a la escuela si no hay director ni libros para aprender?

—Pronto vendrá un director nuevo.

—Pero no hay libros. —Era verdad. Al advertir que Sylvia titubeaba, Joshua volvió al ataque—. Puede venir aquí para que usted le enseñe lo que sabe y yo le enseñe lo que sé. Así los dos seremos doctores.

—No lo entiendes, Joshua. Aquí yo no aprovecho más que una pequeña parte de mis conocimientos.

¿No lo ves? Esto no es un hospital de verdad. En un hospital de verdad hay... —Frustrada, Sylvia desvió la vista y sacudió la cabeza ante la magnitud de lo que pretendía explicar, como solía hacer Joshua: se trataba de un gesto típicamente africano. Luego se agachó, recogió una ramita y empezó a dibujar un edificio de muchas plantas en la tierra mojada. «¿Qué diría Julia si me viese ahora?», se preguntó. Estaba en cuclillas, con las piernas separadas, enfrente de Joshua, que había adoptado una posición parecida, aunque él se sentaba suavemente y con soltura sobre los muslos, mientras que ella luchaba por mantener el equilibrio con una mano apoyada detrás. Cuando hubo terminado el dibujo, añadió—: Un hospital es algo así. Tiene máquinas para hacer radiografías, ¿sabes lo que son las radiografías? Tiene... —Mientras contemplaba los techos de paja, las esteras, el cobertizo que hacía las veces de dispensario, la choza donde parían las mujeres, pensó en el hospital donde se había formado. Los ojos se le volvieron a llenar de lágrimas.

—Llora porque éste es un hospital malo, pero soy yo, Joshua, el que debería llorar.

—Sí, tienes razón.

—Y debe permitir a Listo que venga aquí.

—Pero debería ir a la escuela. Si no aprueba los exámenes no conseguirá ser médico, ni siquiera enfermero.

—No puedo pagar para que vaya a la escuela.

Syivia se había hecho cargo de los gastos escolares de cuatro de los hijos de Joshua y de tres de los de Rebecca. El padre McGuire costeaba los estudios a otros dos hijos de Rebecca, pero su sueldo de sacerdote no le alcanzaba para mucho.

—¿No estoy pagando yo?

—No, por él todavía no.