El sueno mas dulce
En teoría, las escuelas eran gratuitas. Y…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
—Sé sensata —terció Frances—. Ya es bastante malo que...
—Que sea una vieja, sí, ya lo sé.
—Me gustaría hablar con Colin —dijo Sylvia.
—Está trabajando —repuso Sophie—. Nadie osa interrumpirlo cuando está trabajando.
—Es una pena, porque se trata de algo importante.
Al pasar junto a Frances, camino de la escalera, Sophie le dio un breve abrazo.
—Por favor, no te vayas, Frances. Por favor. Estoy segura de que nadie quiere que te vayas.
Frances la siguió y encontró a William acurrucado en la cama, como un animal asustado o una persona dolorida.
—No quiero irme. No quiero irme —repetía en voz alta.
Lo estrechó entre sus brazos.
—Para. Todavía no lo hemos decidido. Lo más probable es que no nos vayamos.
—Entonces prométemelo.
—No puedo. No hay que hacer promesas cuando uno no está seguro de poder cumplirlas.
—Pero estás casi segura, ¿no?
—Sí, supongo que sí.
Frances permaneció en la habitación mientras él reunía sus cosas para la clase de natación.
—Me parece que Margaret no está tan interesada como tú en quedarse aquí, ¿me equivoco?
—No. Quiere ir a vivir con su madre. Pero yo no. Meriel me odia porque soy un chico. Me gustaría quedarme contigo y con papá.
Mientras subía a prepararse para el ensayo, Frances pensó que hacía mucho tiempo que no recordaba su deseo de poseer una casa propia y vivir sola, como una mujer autosuficiente e independiente. Sus ahorros se habían reducido de manera alarmante. Una parte había ido a parar a la terapia de Meriel, de cuya pensión también se había hecho cargo. Rupert había vendido el piso de Marylebone y Meriel se había quedado con las dos terceras partes del dinero. Rupert y Frances estaban pagando un alquiler razonable por vivir en la casa con los dos niños. Él se ocupaba de los gastos de las escuelas. A pesar de que Frances había ganado bastante dinero con sus libros, artículos y reimpresiones, cada vez que hacía cuentas advertía que gran parte de esa suma había acabado en el bolsillo de Meriel. Se encontraba en una situación no poco frecuente en nuestros días: mantenía a la ex mujer de su pareja.
Entró en la habitación conyugal, con sus dos camas: aquella en la que había dormido sola durante tanto tiempo y otra más grande, que se había convertido en el centro emocional de su vida. Se sentó en su cama de solterona y miró el pijama de Rupert, que estaba doblado sobre la almohada. Era de popelina verde azulada, de lo más formal, pero suave y sedoso al tacto. Aunque a primera vista Rupert parecía un hombre fuerte y seguro, cuando uno reparaba en la delicadeza de sus facciones, en sus manos sensibles...
Frances se sentó en el lado de la cama donde dormía Rupert y acarició el pijama.
¿Se arrepentía de haberle dicho que sí a Rupert, a sus hijos, a aquella situación sin situación? No, ni por un instante. Se sentía como si al final de su vida hubiera llegado por casualidad, como en un cuento de hadas, a un claro bañado por la luz del sol; hasta en sus sueños aparecían escenas semejantes, y sabía que estaba soñando con Rupert. Los dos habían estado casados y habían creído que sus desagradables parejas los habían inmunizado para siempre contra el matrimonio, y no obstante, habían alcanzado una felicidad que no habían esperado ni creído posible. Los dos llevaban una vida ajetreada, él en el periódico, ella en el teatro, y conocían a centenares de personas; pero esas cosas formaban parte del mundo exterior, y lo más importante era esa cama enorme donde todo se entendía sin necesidad de palabras.
Frances despertaba y se decía a sí misma, y luego a Rupert, que había estado soñando con la felicidad.
Que se burlaran quienes pensasen lo contrario, y de hecho se burlaban, pero la felicidad existía y estaba allí; sí, allí estaban ellos dos, contentos como gatos al sol. Sin embargo, estas dos personas maduras —la cortesía habría exigido llamarlos así— guardaban un secreto que sabían que se marchitaría si lo desvelaban. Y no eran los únicos: la ideología ha dictaminado que una situación semejante es imposible, y por eso la gente calla.
Regresaba a una casa que la había amado, acogido, amparado, que la rodeaba con sus brazos, que la arropaba como si fuese una manta, en la que se refugiaba igual que un animalito asustado..., con la salvedad de que ya no era su casa, sino la de otras personas... Sylvia ascendió por la escalera, consciente de cada peldaño, de cada giro: allí se había acurrucado, escuchando el ruido y las risas procedentes de la cocina, temerosa de que nunca la aceptaran; y allí la había encontrado Andrew antes de subirla en brazos, meterla en la cama y darle una chocolatina que había sacado del bolsillo. Aquélla había sido su habitación, pero debía pasar de largo. Esos habían sido los dormitorios de Andrew y Colin. Estaba subiendo el último tramo de escalera. Al llegar a la planta de Julia no supo a qué puerta llamar, pero acertó, porque al oír la voz de Colin decir «adelante», entró en la antigua salita de Julia, donde él se hallaba sentado ante... No, no era el escritorio de Julia, sino uno grande, que ocupaba el ancho de una pared. Habría resultado menos doloroso para ella que todos los muebles de Julia hubiesen sido reemplazados por otros, pero ahí estaba el sillón de Julia con el pequeño escabel, y fue como si aquel lugar le diese la bienvenida y la rechazara a la vez. Colin tenía todo el aspecto de una persona disoluta. Era un hombre corpulento e hinchado que pronto se convertiría en un gordo fofo si...
—¿Por qué te fuiste de esa manera, Sylvia? —preguntó—. Cuando me avisaron esta mañana...
—Da igual. No importa. Debo hablar contigo.
—Te pido disculpas. Olvida lo que te dije anoche. Me pillaste en un mal momento. Si critiqué a Sophie..., olvídalo. La quiero. Siempre la he querido. ¿No recuerdas que siempre formamos... un equipo?
Sylvia se sentó en el sillón de Julia, aun cuando sabía que se le rompería el corazón si pensaba en ella, y no quería, no quería perder tiempo en... Colin estaba enfrente de ella, en una silla giratoria. Se arrellanó, estirando las piernas, y esbozó una sonrisa a modo de feroz autocrítica por su borrachera.
—Y hay algo más. ¿Qué derecho tenemos a esperar una vida normal con los antecedentes de nuestra familia? Las batallas constantes, los problemas, los compañeros... ¡Qué absurdo! —Rió, y la habitación se llenó de olor a alcohol.
—Si vas a tener un hijo, has de dejar de beber. Podría caérsete accidentalmente de las manos o...
—¿O qué? ¿Qué más, mi pequeña Sylvia?
Ella suspiró y dijo en voz baja y tono de humildad, tal que si le enseñara una ilustración de un libro:
—A Joshua, el hombre del que te hablé..., un negro, naturalmente..., su hijo de dos años se le cayó sobre una hoguera... Las quemaduras fueron tan graves que... Por supuesto, si hubiese ocurrido en este país, habría recibido el tratamiento adecuado.
—Bueno, Sylvia, no creo que yo vaya a tirar a mi hijo al fuego. Soy perfectamente consciente de que yo..., de que mi comportamiento podría ser más satisfactorio. —Esta forma de expresarlo le hizo tanta gracia a Sylvia que rompió a reír; Colin también, aunque no de inmediato—. Soy un desastre; pero ¿qué puedes esperar de la progenie del camarada Johnny? Sin embargo, ¿sabes una cosa? En la época en que vivía como un oso en una cueva y sólo salía para ir al pub, o para tener una aventura o una relación (he ahí una palabra perfecta para escurrir el bulto)... en fin, entonces no me consideraba un desastre. Pero en cuanto Sophie se instaló aquí y nos convertimos en una familia feliz, descubrí que soy un oso que no está adiestrado para vivir civilizadamente. No sé por qué me soporta.
—Colin, me gustaría mucho hablar contigo de otra cuestión.
—Le digo que, si persevera, es posible que algún día consiga convertirme en un marido.
—Por favor, Colin.
—¿Qué quieres que haga?
—Quiero que vayas a Zimlia, que veas las cosas con tus propios ojos y escribas la verdad.
Se produjo un silencio. Una sonrisa ligeramente irónica se dibujó en el rostro de Colin.
—¡Cuántas cosas me traes a la memoria! ¿Recuerdas cuando los camaradas viajaban constantemente a la Unión Soviética y demás paraísos comunistas para ver las cosas con sus propios ojos y contar la verdad a su regreso? De hecho, con la sabiduría que hemos tenido la fortuna de heredar, estamos en condiciones de concluir que, si existe una fórmula infalible para no descubrir la verdad, es la de ir adonde sea a ver las cosas con tus propios ojos.
—De manera que no quieres ir.
—No. No sé nada sobre África.
—Yo podría informarte. ¿No te das cuenta? Lo que cuentan los periódicos no tiene nada que ver con la realidad.
—Aguarda un momento. —Colin giró en la silla, abrió un cajón y extrajo un recorte de periódico—.
¿Has visto esto? —Se lo tendió.
Se trataba de un artículo firmado por Johnny Lennox.
—Sí, me lo envió Frances. Es una sarta de patrañas; el camarada presidente no es como lo describe la prensa.
—Vaya sorpresa.
—Cuando vi el nombre de Johnny no lo podía creer. ¿Se ha convertido en un experto en África?
—¿Por qué no? Todos sus ídolos han demostrado tener pies de barro, ¡pero no importa! En África hay una reserva ilimitada de grandes líderes, matones, bravucones y sinvergüenzas, así que todas las pobres almas que necesitan idolatrar a un héroe tienen a los héroes negros a su disposición.
—Y cuando hay una matanza, una guerra entre tribus o varios millones de desaparecidos, se limitan a murmurar: «Es una cultura diferente» —apuntó Sylvia, sucumbiendo a los placeres del resentimiento.
—A fin de cuentas, el camarada Johnny tiene que comer, y de este modo siempre es el invitado de honor de un dictador u otro.
—O en una conferencia donde se discute el significado de la libertad.
—O en un simposio sobre la pobreza.
—O en un seminario organizado por el Banco Mundial.
—De hecho, eso forma parte del problema; los rojos de la vieja guardia no pueden dar lecciones de
libertad y democracia, y por eso Johnny ya no está tan solicitado como antes. ¡Ah, Sylvia, te echo tanto de menos! ¿Por qué vives tan lejos? ¿Por qué no podemos vivir todos juntos en esta casa y olvidarnos de lo que sucede fuera? —Estaba animado, había perdido la palidez de la resaca y reía.
—Si te paso toda la información, dispondrías de material suficiente para escribir algunos artículos.
—¿Por qué no se lo pides a Rupert? Es un periodista serio. Uno de los mejores. Muy bueno.
—Los periodistas famosos no quieren correr riesgos. Todos escriben maravillas sobre Zimlia. Si es el primero en decir lo contrario, lo harán pedazos.
—En teoría, a los periodistas les gusta ser los primeros en decir lo que sea.
—Entonces ¿por qué no lo ha hecho? Yo podría pedirle al padre McGuire que redactase un borrador, y tú trabajarías sobre esa base.
—Ah, sí, el padre McGuire. Andrew me contó que no supo lo que era un capón cebado hasta que lo conoció. —Al percatarse de que Sylvia se había ofendido, rectificó—: Perdona.
—Es un buen hombre.
—Y tú una buena mujer. No estamos a tu altura... Lo siento, lo siento, pero ¿no te das cuenta de que te envidio, Sylvia? Envidio esa inocente y entusiasta honestidad tuya... ¿De dónde ha salido? Ah, sí, claro, eres católica. —Colin se levantó, sentó a Sylvia en sus rodillas y hundió la cara en su cuello—. Juraría que hueles a sol. Es lo que pensé anoche, cuando te portaste tan bien conmigo: «Huele a sol.»
Sylvia se sentía incómoda. Y Colin también. Se encontraba en una posición incongruente con la forma de ser de los dos. Ella regresó al sillón.
—¿Intentarás beber menos?
—Sí.
—¿Me lo prometes?
—Sí, Sylvia, te lo prometo.
—Te enviaré el material.
—Haré lo que pueda.
Sylvia llamó a la puerta del apartamento del sótano, oyó un áspero «¿quién es?», abrió la puerta y asomó la cabeza. Una mujer delgada con elegantes tejanos de color tostado, una camiseta a juego y una melena corta de color cobrizo la miró desde el pie de la escalera; era cortante como un cuchillo.
—Hace tiempo viví en esta casa —explicó Sylvia—, y he oído que usted se va a vivir con mi madre.
Meriel continuó inspeccionándola con gesto hostil. Luego le dio la espalda y encendió un cigarrillo.
—Sí; ése es el plan por el momento —contestó a través de una nube de humo.
—Yo soy Sylvia.
—Lo suponía.
Las habitaciones eran tal como Sylvia las recordaba, semejantes a las de un piso de estudiantes, aunque impecablemente ordenadas. Meriel, que estaba haciendo las maletas, se volvió para decir:
—Quieren que desocupe este sitio. Tu madre ha tenido la bondad de ofrecerme un techo mientras busco otra cosa.
—¿Y trabajará con ella?
—Cuando termine mi formación, me estableceré por mi cuenta.
—Entiendo.
—Y en cuanto tenga mi propio piso, me llevaré a los niños.
—Ah, bueno, espero que todo salga bien. Perdone la interrupción. Sólo quería..., en fin, evocar los viejos tiempos.
—No des un portazo al salir. Esta casa es muy ruidosa. Los niños hacen lo que les viene en gana.
Sylvia tomó un taxi para ir a la casa de su madre. Las cosas no habían cambiado mucho: incienso, dibujos místicos en los cojines y las cortinas, y su madre gorda y enfadada, pero deshaciéndose en sonrisas de bienvenida.
—Es todo un detalle que te hayas tomado la molestia de venir a verme.
—Esta noche vuelvo a Zimlia.
Phyllida la escrutó lentamente y con suma atención.
—Vaya, Tilly, pareces una pasa. ¿Por qué no usas cremas para la piel?
—Tienes razón. Lo haré. Acabo de conocer a Meriel.
—¿De veras?
—¿Qué sucedió con Mary Constable?
—Tuvimos unas palabras.
Esa expresión desató un torrente de recuerdos en la mente de Sylvia; ella y su madre en una pensión o en la habitación de una casa ajena, mudándose constantemente, casi siempre porque no habían pagado el alquiler; caseras que se habían mostrado muy amigables convertidas en enemigas, y la frase: «Tuvimos unas palabras.» Tantas palabras, tan a menudo... Después Phyllida se casó con Johnny.
—Lo lamento.
—No lo lamentes. Hay muchos peces en el mar. Al menos Meriel ha tenido hijos. Sabe lo que se siente cuando te roban un hijo.
—Bueno, debo marcharme. Sólo quería ver cómo estabas.
—No esperaba que te sentases a tomar una taza de té.
—De acuerdo, tomaré una taza de té.
—Los crios de Meriel son una verdadera lata.
—Entonces se alegrará de librarse de ellos, ¿no?
—Aquí no los traerá, desde luego. Que no se le ocurra.
—Si vamos a tomar té, hagámoslo ya. Es casi la hora de salir hacia el aeropuerto.
—En ese caso tal vez sea mejor que te vayas.
Sylvia estaba otra vez en la terminal de llegadas del aeropuerto de Senga, tan atestada como en su primera visita y con los mismos dos grupos de personas divididas por el color de la piel, pero sobre todo por su posición social. Sin embargo, algo había cambiado. Hacía cuatro..., no, cinco años aquella muchedumbre parecía eufórica y confiada, pero había transcurrido muy poco tiempo desde la guerra y los rostros y las actitudes reflejaban una aprensión arraigada, como si todavía no hubieran terminado de asimilar la noticia de la paz. Los nervios seguían a flor de piel. Por otro lado, sin embargo, la multitud estaba radiante, satisfecha con las compras hechas en Londres, que abarrotaban la pequeña y chirriante cinta transportadora hasta el punto de que no paraban de caer grandes maletas, neveras y muebles, cuyos risueños propietarios tenían que correr a levantarlos. Nunca había existido una población de viajeros más satisfecha de sí misma que aquélla; en el avión, las palabras «la nueva nomenclatura» habían circulado entre los blancos como un chisme transmitido con deleite.
Y de nuevo se apreciaban diferencias en la forma de vestir: la nueva élite negra con sus ternos enjugándose el sudor de sus radiantes caras, y los blancos enfundados en tejanos y camisetas, listos para partir hacia sus humildes destinos en el monte o en la ciudad. Pronto, esos dos grupos tan distintos de seres humanos fijaron la vista en un mismo punto: una joven negra de unos dieciocho años, muy bonita, que lucía la última creación de un diseñador de moda con tacones de aguja y el presuntuoso ceño de los jóvenes consentidos. Había reclutado a dos mozos de equipaje, que recogieron de la cinta una, dos, tres, cuatro —¿eso era todo?—, no, siete, ocho maletas Vuitton.
—Eh, tú, chico, trae eso aquí —ordenó en el tono autoritario y estridente que había copiado de las señoronas blancas de otros tiempos y que ya nadie se atrevía a emplear—. Deprisa, chico. —Llegó al primer puesto de la cola—. Muéstrale mis maletas al señor.
Un negro corpulento que estaba en la cola le dijo algo en voz paternal y amistosa, como para jactarse de conocer a semejante belleza, y ella volvió la cabeza y le dedicó una sonrisa medianamente amable que al mismo tiempo significaba: «¿Quién eres tú para decirme lo que tengo que hacer?» Todos los negros observaban con orgullo a aquel símbolo de su independencia, y los blancos, claramente inferiores, no hicieron comentarios, aunque cambiaron miradas. Más tarde, cuando se encontrasen en un lugar seguro, comentarían el episodio. La joven llegó a la aduana.
—Soy la hija de... —pronunció el nombre de un ministro, volviéndose hacia los mozos añadió—: Eh, chico..., chico... Seguidme. —Pasó por la aduana y se saltó la ventanilla de Inmigración como si no existiera.
Sylvia llevaba cuatro cajas grandes y un bolso pequeño con la ropa, y aunque veía que los funcionarios de aduanas daban el visto bueno a lotes de enseres que bastaban para equipar una casa, sabía que no podía esperar el mismo trato. En esta ocasión no había tenido suerte con su compañero de viaje. Miraba a los funcionarios buscando el rostro joven, entusiasta y amistoso de la última vez, pero no estaba allí, o se había transformado en el de un burócrata más. Cuando llegó al primer puesto de la cola, un hombre enfurruñado le preguntó:
—¿Qué lleva ahí?
—En esta caja y en esta otra hay máquinas de coser.
—¿Y para qué las quiere? ¿Para trabajar?
—No, son regalos para las mujeres de la misión de Kwadere.
—Regalos. ¿Y cuánto le pagarán por ellas?
—Nada —respondió Sylvia con una sonrisa: sabía que la mención de las máquinas de coser había conmovido a ese hombre, que quizás hubiera visto a su madre o a su hermana trabajando con una. Por desgracia el deber prevaleció.
—Tendrá que dejarlas en depósito. Ya le informarán cuánto debe pagar para llevárselas. —Levantó las dos cajas y las puso a un lado. Sylvia supo que no volvería a verlas. Se «extraviarían».
—¿Y qué hay aquí? —El hombre golpeó los costados de las otras dos cajas como si se tratara de puertas.
—Libros para la misión.
La cara del funcionario reflejó instantáneamente un sentimiento que Sylvia conocía bien: avidez. Cogió una palanca y abrió la tapa de una de las cajas. Contenía libros. Escogió uno, lo hojeó despacio y suspiró.
Devolvió el libro a su sitio, colocó nuevamente la tapa y titubeó por unos instantes.
—Por favor, estos libros hacen mucha falta —dijo Sylvia.
Se salvó por muy poco.
—De acuerdo —repuso el hombre.
Sylvia acababa de cambiar dos máquinas de coser por los libros, pero sabía que las mujeres de la misión los preferirían.
Pasó por Inmigración sin incidentes y poco después divisó a la hermana Molly, que la aguardaba con una sonrisa en los labios, rodeada por un resplandor que indicaba que un aguacero reciente había limpiado el aire. Había llegado la estación de las lluvias. Tarde, pero ya estaba allí. La cuestión era si duraría: en los tres o cuatros años anteriores había contribuido a mitigar el resecamiento del suelo, pero habían cesado antes de hora. Oficialmente la región estaba sufriendo una sequía, aunque nadie lo hubiera dicho al ver las presuntuosas nubes blancas que surcaban el cielo azul o los charcos que salpicaban la tierra.
El sol destellaba en la cruz de la hermana Molly y hacía brillar sus atléticas y bronceadas piernas.
Lozana, ésa era la palabra que mejor la describía. Y lozano era aquel paisaje, además de vigoroso, con sus árboles y arbustos recién lavados y una alegre multitud que se dispersaba en coches oficiales o modestos autobuses. Sylvia se sintió de nuevo en su elemento. Salvo por los libros, su visita a Londres había sido un fracaso. No obstante dejó esa experiencia atrás como quien cierra una puerta de golpe. Londres se le antojaba irreal; lo real era el lugar donde ahora se encontraba.
El asiento trasero del coche se hundió bajo el peso de los libros. La hermana Molly se puso al volante y de inmediato procedió a contarle el último escándalo: habían procesado a varios ministros por malversar fondos y aceptar sobornos. Hablaba con la satisfacción de quien ve confirmadas sus predicciones.
—Y el padre McGuire ha dicho que hay problemas en la misión —agregó—. Os acusan de un robo.
—Qué tontería.
—Las tonterías pueden hacer mucho daño.
Sylvia tuvo la impresión de que la monja —porque a fin de cuentas era una monja— la miraba con expresión reprobatoria; ¿se trataba de una advertencia? Algo iba mal. De nada serviría contradecirla. Esa mujer era muy hábil. Coordinaba una organización que llevaba docentes estadounidenses y europeos a Zimlia, donde faltaban maestros, para que impartiesen clases durante dos años; un programa que el Gobierno veía con buenos ojos —por el momento—, porque se ahorraba dinero en sueldos. Algunas escuelas estaban en zonas remotas, y la hermana Molly viajaba constantemente para averiguar qué tal les iba a los maestros.
—Algunos proceden de familias ricas y no tienen la menor idea de dónde van a meterse, así que lo pasan muy mal cuando llegan a escuelas como la de Kwadere.
Aquella joven competente veía las crisis nerviosas, las depresiones y los colapsos de todo tipo como simples gajes del oficio: amable y comprensiva, Molly, que había crecido en una humilde casa de Galway, podía acunar en sus brazos a una niña mimada de Los Ángeles o Filadelfia arrullándole con voz grave:
«Tranquila, tranquila.»
—Me he enterado de que otra vez hay problemas en la escuela: el director se ha largado con el dinero y el padre McGuire ha vuelto a hacer doble turno. Es curioso, ¿no te parece? Esos directores y el resto de nuestros picaros ladrones se comportan como si fueran invisibles, como si la policía y los ciudadanos no pudiéramos verlos, ¿Qué crees que se imaginan? —No esperaba una respuesta, sólo quería hablar y que Sylvia la escuchase. Pronto volvió a su centro de gravedad, que era el padre McGuire y sus deficiencias, porque, aparte de ser un hombre, estaba «metiéndoles ideas en la cabeza» a sacerdotes que trabajaban en distintas regiones del mundo. Oír aquella expresión en semejante contexto, habida cuenta de que los blancos se quejaban a menudo de que los misioneros «metían ideas» en la cabeza de los negros, resultaba de lo más irónico, como el tema que subyacía en las novelas de Colin: la infinita incoherencia de que era capaz la vida. (Poco antes de que Sylvia viajase a Londres, Edna Pyne le había asegurado que la actual corrupción de los negros se debía a que les habían metido ideas en la cabeza en un estadio demasiado temprano de su proceso evolutivo.)
—¿Qué clase de ideas? —consiguió interpolar Sylvia, y entonces oyó a Molly repetir por enésima vez que el machista del papa no comprendía los problemas de las mujeres. La clave residía en el control de la natalidad, dijo, y quizás el Sumo Pontífice tuviese las llaves del cielo, eso no se lo discutía, pero estaba totalmente desinformado con respecto a lo que sucedía en la tierra. Si se hubiera criado con nueve hermanos y sin nada que llevarse a la boca, seguro que estaría soltando un rollo bien distinto. Así, en un
estado de inofensiva y simpática indignación, la hermana Molly condujo hasta la misión de San Lucas, donde dejó a Sylvia con sus cajas de libros.
—No, no voy a entrar, pues de lo contrario tendría que visitar a las monjas.
Sylvia entendió, tal como Molly pretendía, «a las tontas».
La casa del cura, que se alzaba en medio del polvo, los enmarañados árboles del caucho, el convento, perfilado por el sol, y la media docena de tejados de la escuela en su colina parecían miserables, una incursión superficial en el viejo paisaje... Había vuelto a casa —eso sentía, en efecto—, pero temía que un simple soplo lo arrasara todo. Permaneció unos instantes allí, percibiendo el aroma de la tierra húmeda y un suave calor que ascendía desde ésta hacia sus piernas. Entonces apareció Rebecca.
—¡Sylvia, ah, Sylvia! —gritó. Se abrazaron—. ¡Cuánto la he echado de menos, Sylvia!
Sin embargo, lo que Sylvia estrechaba en sus brazos acentuaba su sensación de evanescencia, de fugacidad. El cuerpo de Rebecca era un frágil haz de huesos ligeros, y cuando Sylvia la apartó para mirarla a la cara, vio sus ojos profundamente hundidos en el cráneo, bajo el viejo y descolorido pañuelo.
—¿Ocurre algo malo, Rebecca?
—Bueno —respondió, como diciendo: «Ya se lo explicaré»; pero primero la llevó a la casa, le pidió que se sentara a la mesa y se colocó enfrente de ella—. Mi Tenderai está mal.
Se miraron mutuamente a los ojos, sin disimulo. Dos hijos de Rebecca habían muerto, otro llevaba tiempo enfermo, y ahora había caído Tenderai. La fuente de contagio era el marido de Rebecca, todavía aparentemente sano pese a su delgadez y su adicción a la bebida. Lo más probable era que Rebecca fuese seropositiva, pero ¿cómo asegurarlo sin un análisis? Y ¿qué podía hacer si lo era? Sylvia dudaba que se acostase con otros hombres propagando así el terrible virus.
Sylvia había estado fuera una semana.
—Vale —dijo. Últimamente parecía iniciar todas las frases con esa palabra. Significaba que había absorbido la información y que compartía los temores de Rebecca—. Lo examinaré. Tal vez sólo sea una enfermedad pasajera.
—Eso espero —dijo Rebecca, y ahuyentando sus preocupaciones, añadió—: El padre McGuire está trabajando demasiado.
—Ya me he enterado. ¿Qué es eso de que nos acusan de un robo?
—Una tontería. Es por las cajas del hospital que visitamos. Dicen que usted las robó.
Sylvia, que en Londres no había dejado de pensar en la misión, había decidido que lo más sensato sería regresar al hospital en ruinas y llevarse todo lo aprovechable. No obstante, Rebecca le ocultaba algo. Tenía la mirada perdida y su cara reflejaba nerviosismo y temor.
—Cuéntamelo todo, Rebecca, por favor.
Sin levantar los ojos hacia Sylvia, repitió que todo era una tontería. Sobre esas cajas pesaba una maldición —empleó la palabra inglesa—, y agregó:
—El ríganga ha dicho que a todos los que robaron en el hospital les pasarán cosas malas. —Se levantó y murmuró que era hora de preparar la comida del padre McGuire y que esperaba que Sylvia tuviese hambre, porque había hecho un arroz con leche especial.
Durante el rato en que Rebecca y Sylvia, sentadas frente a frente, habían estado pensando en Tenderai y los demás niños, tanto los muertos como los vivos, se habían tratado con una confianza y una franqueza absolutas; pero de pronto Sylvia comprendió que Rebecca no le contaría nada más sobre ese tema, porque estaba convencida de que no la entendería.
Sylvia se sentó en su cama, rodeada por las paredes de ladrillo, y tuvo la sensación de que las mujeres de Leonardo le daban la bienvenida. Después se volvió hacia el crucifijo colgado a su espalda con la intención de confirmar ciertas ideas que habían estado germinando en su mente. Alguien que aceptaba los milagros de la Iglesia católica no estaba en condiciones de tachar a otros de supersticiosos: ése era su razonamiento, y distaba mucho de suponer una crítica a la religión. Los feligreses que asistían a la misa dominical del padre McGuire oían que iban a beber la sangre y comer la carne de Cristo. Poco a poco había tomado conciencia de que las supersticiones estaban profundamente arraigadas en la vida de los negros de su entorno, y deseaba asimilar este hecho, en lugar de limitarse a formular «ingeniosos comentarios intelectuales», como los que harían Colin y Andrew, se dijo. Estaba claro que se encontraba ante un terreno inaccesible para ella, y que no debía criticar a los trabajadores negros ni a Rebecca, que además era su amiga, por creer en supersticiones.
Si el padre McGuire no la ayudaba, tendría que ir a casa de los Pyne. Mencionó el tema a la hora de comer, y cuando el cura le pidió confirmación a Rebecca, que escuchaba junto al aparador, ésta contestó:
«Bueno. Es verdad; y ahora la gente que robó cosas está enferma y todos piensan que es por lo que dijo el n'ganga.»
El padre McGuire no presentaba buen aspecto. Tenía la piel amarillenta y las manchas rojizas de sus anchos pómulos irlandeses parecían llamear. No podía disimular su enfado y su nerviosismo. Era la segunda vez en cinco años que se veía obligado a duplicar sus horas de clase. La escuela se estaba viniendo abajo y el señor Mandizi se limitaba a repetir que ya había comunicado la situación a Senga.
Cuando el sacerdote se hubo marchado a la escuela, sin haber dormido la siesta, Sylvia y Rebecca sacaron los libros de las cajas y echando mano de tablas y ladrillos montaron un par de estanterías que muy pronto cubrieron una pared completa, a los lados de la pequeña cómoda. Rebecca había llorado al enterarse de que habían requisado las máquinas de coser —acariciaba la esperanza de ganar algún dinero extra haciendo trabajos de costura—, pero las lágrimas que derramó mientras contemplaba y tocaba los libros fueron de alegría. Hasta los besó. «Es maravilloso que pensara en nosotros y nos trajera estos libros», dijo.
Sylvia fue al hospital, donde Joshua dormitaba bajo el árbol como si durante su ausencia no se hubiera movido de allí. Los niños la recibieron con gritos de alegría, y ella se puso de inmediato a atender a sus pacientes, la mayoría de ellos aquejados de tos y resfriados causados por las lluvias y los súbitos cambios de temperatura. Luego subió al coche e hizo una visita a los Pyne, que cumplían una función específica en su vida: ser fuente de información cada vez que lo necesitaba.
Los Pyne habían comprado su hacienda después de la Segunda Guerra Mundial, en la década de los cincuenta, durante la última oleada de la inmigración blanca. Cultivaban sobre todo tabaco y habían prosperado. Desde la casa, situada sobre un promontorio, se dominaban las onduladas colinas que en la estación seca se veían azules a causa del humo y la niebla, pero que en ese momento estaban veteadas por el intenso verde del follaje y el gris de las rocas de granito. El porche con columnas era lo bastante ancho para celebrar fiestas en él; antes de la liberación habían celebrado muchas, pero tras la diáspora de los blancos rara vez se organizaba alguna. Sobre el encerado suelo rojo había varias mesas bajas, además de unos cuantos perros y gatos.
Cedric Pyne bebía té a grandes sorbos mientras acariciaba la cabeza de su mascota favorita, una perra de lomo abultado llamada Lusaka. Edna Pyne, vestida con un elegante conjunto de pantalón y camisa y con la piel lustrosa a causa de los protectores solares, estaba sentada junto a la bandeja del té, con la hermana de Lusaka, Sheba, prácticamente pegada a su silla. Escuchaba a su marido, que despotricaba contra el Gobierno negro. Sylvia también lo escuchaba mientras bebía su té.
Al igual que le ocurría cuando escuchaba a la hermana Molly quejarse del papa y su impenitente machismo; o al padre McGuire repetir a diario que era viejo, que ya no estaba a la altura de las circunstancias y que regresaría a Irlanda; o a Colin lamentarse por su situación con Sophie, tuvo que esperar el momento oportuno para meter baza y hablar de lo que le preocupaba.
El fondo de la situación resultaba fácil de entender: los agricultores blancos eran el principal objeto del odio de los negros, y el Líder los cubría de insultos cada vez que abría la boca, pese a que eran ellos quienes ingresaban las divisas extranjeras que mantenían a flote el país y servían principalmente para pagar los intereses de los préstamos de... Sylvia imaginó al risueño y cortés Andrew entregando con una mano un talón con un montón de ceros mientras con la otra aceptaba otro talón con la misma cantidad de ceros. Ésta era la gráfica imagen que había utilizado para explicarle las operaciones de Dinero Mundial a Rebecca, que, tras soltar una carcajada, había dicho con un suspiro: «Vale.»
Debido a que el Líder propugnaba ideas socialistas, abrazadas en la madurez con el fanatismo del converso, diversas políticas que consideraba esenciales para el marxismo habían adquirido el peso de mandamientos divinos. Una de ellas establecía que nadie podía ser despedido de su empleo, lo cual significaba que todo empresario debía cargar con trabajadores que, sabiéndose a salvo, bebían, eludían sus obligaciones, se tendían al sol y robaban siempre que se presentaba la oportunidad, al igual que sus superiores. Ésta constituía una de las innumerables quejas que Sylvia oía a menudo. Otra era que no se conseguían piezas de recambio para las máquinas que se averiaban, y que resultaba imposible comprar otras nuevas. Las que se importaban iban a parar directamente a manos de los ministros y sus familiares.
Estas lamentaciones, las más frecuentes, revestían menor gravedad que la principal, que, como tantos hechos importantes, cruciales y básicos, rara vez se mencionaba, porque era tan evidente que no hacía falta expresarla con palabras. Ante la continua amenaza de que los expulsasen y les quitaran las tierras, los agricultores blancos se sentían inseguros, no sabían si invertir o no y vivían a salto de mata, sin hacer planes a largo plazo. Edna Pyne interrumpió a su marido para decir que estaba harta y que quería marcharse.
—Que se queden con todo; ya se enterarán de lo que han perdido cuando nos hayamos largado.
La hacienda, que en el momento en que la habían comprado no era más que un vasto terreno virgen sin desmontar —y sin la casa, por supuesto—, estaba perfectamente equipada para la agricultura, con graneros, cobertizos, corrales, abrevaderos, pozos y el añadido reciente de una gran acequia. La pareja había invertido allí todo su capital, del cual carecían en el momento de llegar.
—No pienso darme por vencido —replicó Cedric; eran palabras que Sylvia ya había oído—. Tendrán que venir y echarme por la fuerza.
Entonces empezaron las lamentaciones de Edna. Desde la liberación costaba muchísimo proveerse de productos básicos como un café decente o una lata de pescado. Ni siquiera contaban con un suministro constante de harina, y necesitaban tener un almacén lleno hasta el techo de ésta para cuando los trabajadores fueran a mendigar comida. Estaba harta de que la injuriasen. Ellos —los Pyne— estaban financiando los estudios de doce niños negros, pero los cabrones del Gobierno jamás reconocerían los méritos de los granjeros. Eran presuntuosos, incompetentes, inútiles y sólo les interesaba robar todo lo posible, y ella estaba hasta la coronilla de...
Su marido sabía que, al igual que él, necesitaba desahogarse cuando aparecía una cara nueva en el porche, de manera que guardó silencio y dirigió la vista más allá de los tabacales —de un verde reluciente
— hacia el cúmulo de nubes oscuras que parecía anunciar una tormenta vespertina.
—Estás loco, Cedric —le dijo su esposa, como si fuese la continuación de un altercado privado—.
Deberíamos cortar por lo sano e irnos a Australia, como los Freeman y los Butler.
—Nosotros no somos tan jóvenes como ellos —repuso Cedric—. Siempre lo olvidas.
—Y las tonterías que tenemos que aguantar... —prosiguió ella—. La mujer del cocinero dice que está enferma porque le echaron el mal de ojo. La verdad es que padece malaria porque no toma las píldoras.
No paro de decirles a todos: «Si no tomáis las medicinas, enfermaréis.» Pero ese maldito n 'ganga tiene más influencia en este distrito que cualquier funcionario del Gobierno.
—Precisamente quería hablaros de eso —dijo Sylvia, interrumpiendo el efusivo discurso—. Necesito vuestro consejo.
En el acto, los dos pares de ojos azules le concedieron toda su atención: dar consejos era algo para lo que sabían que estaban capacitados.
Sylvia les contó la historia a grandes rasgos.
—De modo que ahora soy una ladrona. ¿Y qué hay de la supuesta maldición que ha caído sobre el nuevo hospital?
Edna soltó una risita débil, cargada de furia.
—Ahí tienes otro ejemplo. ¿Lo ves? Es una tontería. Cuando se quedaron sin dinero para el nuevo hospital...
—¿Qué ocurrió? He oído decir que era de los suecos, luego de los alemanes... ¿Quién lo estaba construyendo?
—¿Qué más da? Suecos, daneses, yanquis, vaya uno a saber... La cuestión es que el dinero se evaporó de la cuenta de Senga donde lo depositaron y, entonces, decidieron retirarse. Dinero Mundial, Cooperación Internacional o no sé quién, porque hay centenares de esos idiotas solidarios, está tratando de conseguir nuevos fondos, pero hasta ahora no ha habido suerte. No sabemos qué está pasando.
Entretanto, las cajas con material se están pudriendo, o eso dicen los negros.
—Es verdad. Yo las he visto. Pero ¿por qué enviaron material antes de terminar de construir el hospital?
—Típico —espetó Edna Pyne, con la satisfacción de haber acertado una vez más—. ¿Por qué va a ser?
Porque son unos incompetentes. En teoría el hospital iba a estar terminado y funcionando en seis meses, pero ya ves, menuda patraña, aunque ¿qué se puede esperar de esos idiotas de Senga? De manera que el gran jefe local, el señor Mandizi, como se hace llamar él, fue a ver al n 'ganga y le pidió que hiciera correr la voz de que había echado una maldición que afectaría a cualquiera que robase o simplemente tocase las cajas del hospital.
Cedric Pyne soltó una breve carcajada perruna:
—Genial —dijo—. Continúa, Edna, fue una treta muy ingeniosa.
—Si tú lo dices, cariño... Bueno, lo cierto es que funcionó. Pero luego fuiste tú y te llevaste lo que querías. Por lo visto, rompiste el hechizo.
—Sólo me llevé media docena de cuñas de hospital. No teníamos ni una.
—Media docena más de lo que convenía —apuntó Cedric.
—¿Por qué nadie me dijo nada? Me acompañaban Rebecca y unas seis mujeres de la aldea. Ellas recogieron las cuñas. Y no me dijeron una palabra de eso.
—¿Qué iban a decirte? Representas a la misión, a Dios y a la Iglesia, por no mencionar que el padre McGuire siempre está criticando sus supersticiones; y como tú estabas allí, quizá pensaron que la muti de Dios es más poderosa que la medicina del brujo.
—Pues no ha resultado ser así, porque ahora hay gente muriéndose por haber robado cosas de las cajas. O eso opina Rebecca, aunque la verdadera causa es el sida.
—Ah, el sida.
—¿Por qué lo dices de ese modo? Es un hecho.
—Es la maldita gota que colma el vaso —saltó Edna Pyne—. Ahora vienen de la aldea para pedir muti.
Les digo que no hay muti para el sida, pero ellos creen que tengo una medicina y no quiero dársela.
—Yo conozco al n 'ganga —dijo Sylvia—. A veces le pido ayuda.
—Vaya, eso es como meterse ingenuamente en la guarida del león —señaló Cedric.
—No empieces... —dijo Edna en tono deliberadamente quisquilloso, para demostrar que estaba hasta ia coronilla.
—Cuando me encuentro con casos que no puedo tratar, lo cual ocurre a menudo, y Rebecca me cuenta que el paciente cree que le han echado mal de ojo, le pido al n'ganga que venga y lo convenza de que no
le han lanzado una maldición o algo por estilo... Le he asegurado que no quiero interferir en su medicina, que sencillamente necesito su ayuda. La última vez habló con cada uno de los pacientes que yo suponía al borde de la muerte. No sé qué les dijo, pero algunos se levantaron y se marcharon... Estaban curados.
—¿Y los demás?
—Los rígangas están al corriente de la existencia del sida..., del flaco. Saben más al respecto que la gente del Gobierno. Bueno, ésta me dijo que no podía curar el sida, pero sí tratar algunos de los síntomas, como la tos. ¿No lo entendéis? Me alegro de contar con sus remedios, porque casi no tengo medicamentos. La mayor parte del tiempo ni siquiera hay antibióticos. Esta tarde, cuando volví de Londres y entré en la choza de las medicinas, descubrí que no queda prácticamente nada; lo han robado todo. —Se le quebró la voz, y finalmente rompió a llorar.
Los Pyne cambiaron una mirada.
—Estás dejando que la situación te desborde —dijo Edna—. No es bueno tomarse las cosas tan a pecho.
—Mira quién habla —se burló Cedric.
—De acuerdo, tienes razón —reconoció Edna, y dirigiéndose a Sylvia añadió—: Yo sé lo que se siente.
Regresas de Inglaterra cargada de adrenalina y de repente... pum, te vienes abajo y estás un par de días hecha polvo. Vamos, entra y echa una cabezada. Llamaré a la misión y les avisaré.