El sueno mas dulce

Doris Lessing · Capítulo 6 de 9 · parte 2/3

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El sueno mas dulce

En teoría, las escuelas eran gratuitas. Y…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Lavaban las vendas y los apositos, aunque se quejaban de que estaban asquerosamente sucios, pero sólo se volcaban de verdad con la capilla, bonita y agradable como las iglesias que las habían inducido a tomar los hábitos. Cuando eran niñas, no había edificios más limpios ni hermosos en kilómetros a la redonda, y ahora la iglesia de San Lucas, al igual que aquéllos, estaba siempre inmaculada, porque la limpiaban varias veces al día, sacaban brillo a las imágenes de Cristo y la Virgen María, y cuando entraba polvo corrían a cerrar las puertas y las ventanas y lo recogían antes de que llegara a asentarse. Las monjas estaban allí para servir a la iglesia y al padre McGuire, y cada vez que éste se acercaba, según Joshua, que las imitaba, cloqueaban como gallinas.

Enfermaban a menudo, porque de ese modo tenían una excusa para volver a Senga, a casa de mamá.

Joshua se pasaba el día sentado debajo de la gran acacia, mientras el sol y las sombras se sucedían sobre él, observando lo que ocurría en el hospital, aunque a menudo sus ojos distorsionaban las imágenes.

Fumaba dagga casi sin parar. Su hijo pequeño, Listo, siempre estaba con Sylvia, que a partir de cierto momento tuvo otro acompañante infantil: Zebedee. Ninguno de los dos se asemejaba remotamente a la imagen del adorable negrito de largas y rizadas pestañas que conmueve a los sensibleros. Eran muy delgados, y en sus huesudas caras ardían unos ojos hambrientos de conocimientos y —como se hizo evidente— de comida. Llegaban al hospital a las siete de la mañana, sin desayunar; Sylvia los llevaba a la casa y les daba pan con mermelada delante de Rebecca, que una vez señaló que sus niños no comían pan con mermelada sino gachas frías, y no siempre. El padre McGuire le comentó que se había convertido en la madre de dos niños y que esperaba que supiese lo que hacía. «Pero si ya tienen una madre», replicó Sylvia, y él le contestó que no, que había muerto en una de las violentas carreteras de Zimlia, y el padre, de malaria, de modo que los chicos habían quedado bajo la responsabilidad de Joshua, a quien llamaban padre.

Sylvia experimentó un profundo alivio al oír esa historia. Joshua ya había perdido dos hijos —uno de ellos hacía poco— y ella sabía que: no por «neumonía», como constaba en el certificado de defunción. Así pues, esos niños no eran «de la misma sangre» que Joshua: qué útil, qué dolorosamente pertinente se había vuelto esa vieja expresión. Ambos eran avispados, tal como había asegurado Joshua: su hermano había sido maestro y su cuñada la primera de la clase. Los pequeños, que se fijaban en cada movimiento de Sylvia y la imitaban, observaban su cara y sus ojos mientras hablaba, adivinando lo que quería que hiciesen antes de que lo dijera; cuidaban a los pollos y a las gallinas ponedoras, recogían los huevos sin romper uno solo y corrían de aquí para allá con medicinas para los pacientes. Se acuclillaban junto a ella cuando restituía en su sitio miembros dislocados o practicaba incisiones, y a Sylvia le costaba acordarse de que tenían cuatro y seis años y no el doble de edad. Absorbían la información como esponjas. Sin embargo, no iban a la escuela. Sylvia los citaba en la casa a las cuatro de la tarde, cuando terminaba la jornada en el hospital, y les impartía clases particulares. Otros niños quisieron unirse al grupo, al igual que Rebecca. Pronto se encontró dirigiendo una especie de guardería infantil. No obstante, cuando los demás niños dijeron que querían trabajar en el hospital, como Listo y Zebedee, respondió que no. ¿Por qué hacía favoritismos con ellos? No era justo. Puso la excusa de que eran huérfanos. Pero en la aldea había otros huérfanos.

—Bueno, niña —comentó el cura—, ya entiendes por qué África le rompe el corazón a la gente.

¿Conoces la historia del hombre a quien le preguntaron por qué caminaba por la playa después de una tormenta, devolviendo al agua las estrellas de mar que arrastraba la corriente, si de todos modos morirían miles de ellas? Respondió que lo hacía porque las pocas que salvase se sentirían dichosas de regresar al mar...

—¿Hasta la siguiente tormenta, padre? ¿Era eso lo que iba a decir?

—No, aunque quizá lo piense. Y me preguntaba si tú también estarías empezando a pensar de esa manera.

—¿Se refiere a que empiezo a pensar con mayor realismo, como usted dice, padre?

—Sí, exactamente. Aunque ya te he repetido muchas veces que eres más idealista de lo que te conviene.

El camión Studebaker, un trasto donado por los Pyne a la misión para reemplazar el que acababa de estropearse definitivamente, los esperaba en la carretera. Sylvia le había pedido a Rebecca que avisara en la aldea que iría al Centro de Desarrollo y que se ofrecía a llevar a seis personas en la caja. Ya habían trepado unas veinte. Con Sylvia iban Rebecca y dos de sus hijos: ésta había insistido en que esta vez les consintiese un capricho a ellos, en lugar de a los hijos de Joshua.

Sylvia advirtió a los que estaban en la caja que los neumáticos eran muy viejos y podían estallar. Nadie se movió. La misión había solicitado neumáticos, aunque fueran de segunda mano, pero ya se había perdido toda esperanza de recibirlos. Luego habló Rebecca, primero en la lengua local y luego en inglés.

Nadie se movió, y una mujer le dijo a Sylvia: «Conduzca despacio y no pasará nada.»

Sylvia, Rebecca y los dos niños se sentaron en la cabina. El camión arrancó y avanzó a paso de tortuga. En el cruce de la granja les hizo señas el cocinero de los Pyne, que quería ir al Centro de Desarrollo porque no quedaba comida en la casa y su mujer... Rebecca se echó a reír, y en la caja sonaron fuertes carcajadas cuando el hombre subió y se las ingenió para hacerse sitio. Rebecca se volvió; atrás todos reían y le tomaban el pelo al cocinero: Sylvia nunca sabría por qué motivo.

El Centro de Desarrollo se hallaba a siete kilómetros de la misión. El Gobierno blanco había concebido la idea de crear una red de núcleos —cada uno con una tienda, una oficina de la administración, una comisaría, una iglesia, un taller mecánico— alrededor de los cuales se desarrollarían las poblaciones. El proyecto prosperó, de manera que ahora el Gobierno negro se atribuía el mérito. Nadie los contradijo.

Pese a que el Centro de Desarrollo todavía se encontraba en estado embrionario, empezaba a expandirse: había media docena de casitas y un supermercado nuevo. Sylvia aparcó enfrente de la oficina de la administración, un edificio pequeño situado en una calle pálida y polvorienta, donde dormían varios perros. Todo el mundo se bajó del camión, pero los hijos de Rebecca tendrían que quedarse a vigilarlo para que no robaran todo, incluidos los neumáticos. Les dieron una Pepsi y un bollo y les dijeron que si veían a alguien que les resultara sospechoso, uno de ellos debía correr a avisar a su madre.

Las dos mujeres entraron juntas en la oficina, en cuya sala de espera había una docena de personas, y se sentaron muy juntas en el extremo de un banco. Sylvia era la única blanca en el lugar, pero con la piel bronceada y el pañuelo que llevaba en la cabeza para protegerse del polvo estaba casi idéntica a Rebecca, dos jóvenes delgadas y con cara de preocupación en una escena intemporal: peticionarios aguardando, arrullados por el tedio. En el interior, al otro lado de una puerta con un rótulo que rezaba «Sr. M.

Mandizi» en desconchada pintura blanca sobre el fondo marrón, resonó un grito autoritario. Sylvia hizo una mueca de disgusto mirando a Rebecca, que respondió con otra mueca. Pasó un rato. De repente salió una joven negra, llorando.

—¡Qué vergüenza! —exclamó un viejo hacia el final de la cola. Chascó la lengua, sacudió la cabeza y repitió «qué vergüenza» en voz muy alta, mientras un negro corpulento e imponente, vestido con el consabido terno hizo acto de presencia intimidándolos a todos.

—Siguiente —dijo, y retrocedió al tiempo que cerraba la puerta, de manera que el siguiente peticionario tuvo que llamar y esperar a que lo autorizase a entrar.

Transcurrió un rato. El individuo que salió parecía satisfecho: al menos no lloraba. Además, batía palmas suavemente, sin mirar a nadie, de manera que el saludo o aplauso era para sí.

—Siguiente —gritó la estentórea voz del interior.

Sylvia envió a Rebecca a comprar algo de comer y de beber a los niños y a cerciorarse de que seguían allí.

Sí, dormían. Rebecca regresó con una Fanta, que compartió con Sylvia.

Transcurrieron dos horas.

Les llegó el turno, y el funcionario, que vio que la siguiente era una mujer blanca, se disponía a hacer pasar al hombre que estaba sentado a su lado cuando el viejo dijo:

—Qué vergüenza, la mujer blanca ha estado esperando como todos los demás.

—Soy yo quien decide quién entra a continuación —replicó el señor Mandizi.

—De acuerdo —dijo el viejo—, pero lo que hace no está bien. No nos gusta.

Tras titubear por un instante, Mandizi señaló a Sylvia con el dedo y regresó a su despacho.

Sylvia obsequió al viejo con una sonrisa de agradecimiento, y Rebecca le murmuró algo en la lengua local. Se oyeron risas alrededor. ¿Cuál había sido el chiste? Una vez más, Sylvia pensó que nunca se enteraría, pero mientras entraban en la oficina Rebecca se acercó a ella y murmuró:

—Le he dicho que es como un toro viejo que sabe mantener a raya a los jóvenes.

Aún sonreían cuando llegaron ante Mandizi. Éste levantó la vista de los papeles, frunció el entrecejo, advirtió que Rebecca también había entrado, y cuando estaba en un tris de espetarle algo, ella le dirigió el saludo ritual:

—Buenos días... No, veo que ya es la tarde. De modo que buenas tardes.

—Buenas tardes —respondió él.

—Espero que se encuentre bien.

—Me encuentro bien si usted se encuentra bien... —dijo él, y así sucesivamente. A pesar de todo, la fórmula era un admirable recordatorio de los buenos modales. Al fin miró a Sylvia e inquirió—: ¿Qué quiere?

—Pertenezco a la misión de San Lucas, señor Mandizi, y he venido a preguntar por qué no nos han enviado los preservativos que pedimos. Tenían que haber llegado hace un mes.

Mandizi pareció a punto de estallar, se levantó a medias y su expresión de sorpresa se transformó en un gesto de ofendido. Se dejó caer otra vez en la silla y dijo:

—¿Acaso cree que voy a hablar de preservativos con una mujer? No es lo que esperaba oír.

—Soy el médico del hospital de la misión. El año pasado el Gobierno dijo que enviarían preservativos a todos los hospitales.

Saltaba a la vista que Mandizi no había oído hablar de ese absurdo decreto, pero en ese momento ganó tiempo enjugándose el sudor de la frente con un enorme pañuelo blanco. La cara que tenía lo obligaba a esforzarse para reflejar autoridad. El ceño que había impuesto a su rostro, afable y complaciente por naturaleza, no casaba con su personalidad.

—¿Y puedo preguntar qué se propone hacer con esos condones ?

—Supongo que habrá oído que hay una nueva enfermedad..., una enfermedad muy mala que se transmite a través del contacto sexual.

Ahora su semblante era el de un hombre obligado a tragar algo desagradable.

—Sí, sí—dijo—, pero sabemos que esa enfermedad es un invento de los blancos. Pretenden que usemos condones porque así no tendremos hijos y nuestro pueblo se debilitará.

—Perdone, señor Mandizi, pero está usted desinformado. Si bien es cierto que su Gobierno declaró que el sida no existía, ahora considera que tal vez exista y que los hombres deberían usar preservativo.

Fantasmas de escarnio asomaron a la cara grande negra y afable, desplazando al ceño. Rebecca comenzó a hablarle en la lengua local, y al parecer todo marchaba bien, porque Mandizi la escuchaba sin apartar los ojos de ella, una mujer a quien, de acuerdo con su cultura, no tendría que haber oído hablar de esos temas, por lo menos en público.

—¿Piensa que la enfermedad se ha propagado hasta nuestro distrito? —le preguntó a Sylvia—. ¿El flaco ha llegado aquí?

—Sí, estoy segura de ello, señor Mandizi. Hay gente muriendo de esa enfermedad. Verá, el problema es el diagnóstico. Muchos mueren de neumonía, tuberculosis, diarrea o lesiones cutáneas, pero la verdadera causa es el sida. El flaco. Y hay muchos enfermos. Muchos más que cuando yo llegué al hospital.

Rebecca habló de nuevo y Mandizi la escuchó, sin mirarla, pero asintiendo.

—¿Así que quiere que llame a la oficina principal y pida que nos manden condones?

—Sí, y también necesitamos píldoras contra la malaria. No hemos recibido suficientes medicamentos.

—La doctora Sylvia ha estado comprando medicinas con su dinero —explicó Rebecca.

Mandizi asintió y se quedó pensando. Finalmente, convertido en otro hombre, en un peticionario él también, se inclinó hacia delante y preguntó:

—¿Le basta con mirar a una persona para saber si tiene el flaco?

—No. Hay que realizar pruebas.

—Mi mujer no se encuentra bien. Tose continuamente.

—No tiene por qué tratarse de sida. ¿Ha adelgazado?

—Está delgada. Demasiado delgada.

—Debería llevarla al hospital grande.

—Ya lo he hecho. Le dieron muti, pero sigue enferma.

—A veces envío muestras a Senga... de pacientes que no están demasiado enfermos.

—¿Quiere decir que si alguien está muy enfermo no envía las muestras?

—En ocasiones vienen a verme personas en tan mal estado, que sé que van a morir, y no vale la pena derrochar en ellas el dinero que cuestan los análisis.

—En nuestra cultura —dijo Mandizi, recuperando su autoridad gracias a esa manida fórmula—, tenemos buena medicina, pero sé que los blancos la desprecian.

—Yo no la desprecio. Soy amiga del n'ganga local y a veces le pido que me ayude. Sin embargo, él mismo reconoce que no puede hacer nada para combatir el sida.

—¿Por eso su medicina no alivió a mi mujer? —Al oír sus propias palabras Mandizi se quedó muy rígido, como paralizado de miedo, con la mirada perdida, hasta que se levantó con brusquedad y añadió—: Debe venir conmigo ahora mismo, sí, ahora; mi mujer está en mi casa, que queda a cinco minutos de aquí.

Salió a toda prisa de la oficina empujando ante sí a las dos mujeres.

—Volveré dentro de diez minutos —dijo a los que aguardaban en silencio—. Esperen aquí.

Bajo el ardiente y polvoriento resplandor guió a Rebecca y a Sylvia hasta una de las nuevas viviendas, diez casas dispuestas en fila que semejaban cajas abandonadas en el polvo, idénticas a las construcciones recientes de Kwadere pero más pequeñas, construidas a la medida de la importancia del Centro de Desarrollo. Las buganvillas rojas, violetas y magenta les conferían un aire de distinción: allí residían todos los funcionarios locales.

—Pasen, pasen —las apremió Mandizi. Entraron en una pequeña sala abarrotada con un tresillo, una cómoda, una nevera y un puf, y luego en un dormitorio donde había una cama enorme, en la que yacía la esposa de aquél, y una joven guapa y rolliza que la abanicaba con una rama de eucalipto para disipar los malos olores; pero ¿dormía la enferma? Sylvia se acercó a ella y comprobó con horror que estaba moribunda. En vez de presentar un brillante y saludable color negro, se la veía gris, con la cara cubierta de pápulas y tremendamente delgada: la cabeza que reposaba sobre la almohada parecía una calavera.

Casi no respiraba. Tenía los ojos entreabiertos. Sylvia la tocó y sintió su piel fría al tacto. Incapaz de hablar, se volvió hacia el desesperado marido, y Rebecca rompió a sollozar a su lado. La joven rolliza mantuvo la vista al frente y continuó abanicando a la mujer.

Sylvia se dirigió con paso vacilante a la estancia contigua y se apoyó contra la pared.

—Señor Mandizi —dijo—, señor Mandizi.

Él se aproximó, le sujetó la mano, se inclinó para mirarla a los ojos y murmuró:

—¿Está muy enferma? Mi mujer...

—Señor Mandizi...

El hombre se dejó caer hacia delante, ocultando la cara sobre el brazo apoyado en la pared. Estaba tan cerca que Sylvia le rodeó los hombros con un brazo, estrechándolo mientras lloraba.

—Tengo miedo de que muera —musitó él.

—Sí. Lo siento, pero creo que no le queda mucho tiempo de vida.

—¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer?

—¿Tienen hijos, señor Mandizi?

—Teníamos una niña, pero murió.

Las lágrimas caían sobre el suelo de cemento.

—Señor Mandizi —susurró Sylvia, pensando en la saludable joven que estaba en la habitación contigua

—, debe escucharme, es importante: por favor, no mantenga relaciones sexuales sin preservativo. —Le parecía terrible decir una cosa así en un momento semejante, era ridículo, pero la urgencia de la situación la obligaba a ello—. Por favor, soy consciente de cómo ha de sonarle esto... Por favor no se enfade conmigo.

—Sí, sí, la he oído. Y no estoy enfadado.

—Si quiere que regrese más tarde, cuando se haya... Puedo volver más tarde y explicárselo mejor.

—No, ya lo entiendo. Pero usted no entiende una cosa. —Se separó de la pared, se irguió y recuperó su tono normal—. Mi mujer se está muriendo. Mi hija está muerta. Y yo sé quién es el responsable. Tendré que consultar de nuevo a nuestro buen n'ganga.

—Señor Mandizi, no querrá decir que...

—Sí, lo digo. Lo afirmo. Un enemigo me ha echado una maldición. Esto es obra de un brujo.

—Vamos, señor Mandizi, usted es un hombre con estudios...

—Sé lo que está pensando. Sé lo que piensan ustedes. —La miró con expresión de ira y de desconfianza—. Llegaré hasta el fondo de este asunto. —Hizo una pausa y ordenó—: Avise en la oficina que estaré allí en media hora.

Mientras Sylvia y Rebecca se alejaban en dirección al camión, oyeron:

—Y lo sabemos todo de ese supuesto hospital de la misión. Por suerte pronto se construirá un hospital nuevo, y entonces habrá medicina de verdad en nuestro distrito.

—Por favor, Rebecca —murmuró Sylvia—, no me digas que estás de acuerdo con lo que afirma ese hombre. Es absurdo.

Rebecca guardó silencio por unos segundos y luego respondió:

—En nuestra cultura no es absurdo.

—Pero se trata de una enfermedad. Cada vez sabemos más de ella. Es una enfermedad terrible.

—Pero ¿por qué algunos la pillan y otros no? ¿Puede explicarlo? Ésa es la cuestión. ¿Entiende lo que quiero decir? A lo mejor alguien quería hacer daño al señor Mandizi, o deshacerse de su mujer, ¿no? ¿Se fijó en esa joven que estaba en el dormitorio? Tal vez quiera ser la nueva señora Mandizi.

—Bueno, veo que no nos pondremos de acuerdo, Rebecca.

—No, Sylvia, no nos pondremos de acuerdo.

La gente ya las esperaba junto al camión, lista para subir.

—Todavía no vuelvo a casa —les informó Sylvia—. Y sólo dejaré subir a seis personas. Sólo seis. Vamos al hospital nuevo y el camino es malo. —Alcanzaba a ver el comienzo de un accidentado sendero que se internaba en el monte.

Rebecca impartió órdenes en tono autoritario. Seis mujeres subieron a la caja.

—Os recogeré dentro de media hora —anunció Sylvia, y a lo largo de un kilómetro y medio el camión avanzó pesadamente, traqueteando sobre raíces, piedras y baches, hasta que llegaron a un claro donde se alzaba el esqueleto de un edificio rodeado de árboles añosos. Se hallaban en un bosque viejo y polvoriento, pero verde y frondoso.

Sylvia, Rebecca y los niños se apearon, y las seis mujeres los siguieron. Contemplaron lo que supuestamente sería el nuevo hospital.

¿Suecos? ¿Daneses? ¿Estadounidenses? ¿Alemanes?... El Gobierno de algún país preocupado por las penurias de África había enviado mucho dinero allí, a ese claro, y el resultado se alzaba ante ellos. Como si se hallaran ante el plano de un arquitecto, tuvieron que usar la imaginación para concebir las formas que saldrían de esos cimientos y de los muros sin terminar, porque el problema era que el siguiente envío de dinero se retrasaba, y las habitaciones, las salas, los pasillos, los quirófanos y los laboratorios estaban cubriéndose de un polvo blanquecino. Algunas paredes llegaban a la altura de la cintura, otras a la de la rodilla, y los agujeros abiertos en los bloques de cemento estaban anegados. Las mujeres de la aldea atisbaron la promesa de algo útil, se adelantaron, llenaron de agua un par de botellas y media docena de latas y las guardaron cuidadosamente en sus enormes bolsos de viaje. Alguien había comido allí, quizás un vagabundo, que había encendido un fuego para mantener alejados a los animales durante la noche. La expresión de las caras de las visitantes recordaba a la que es tan común en la actualidad, esa que dice:

«No haremos comentarios, pero alguien ha metido la pata hasta el fondo.» ¿Quién? Y ¿por qué? Se rumoreaba que alguien había robado el dinero destinado al hospital; algunos afirmaban que el Gobierno en cuestión se había quedado sin fondos.

Al otro lado del claro, bajo los árboles, había varias cajas de madera. Las seis mujeres fueron a investigar, seguidas por Rebecca. Una caja estaba abierta. En el interior había un sillón de dentista.

—Qué pena que no sea dentista —comentó Sylvia—. Nos vendría muy bien contar con uno.

Otra caja, rota en los laterales, contenía una silla de ruedas.

—-Oh, doctora —dijo una de las mujeres—, no deberíamos llevárnosla. A lo mejor algún día terminan de construir el hospital.

—Necesitamos una —replicó Rebecca mientras tiraba de la silla de ruedas para sacarla de la caja.

—Pero querrán saber de dónde salió, y nuestro hospital no tiene fondos para esta clase de cosas.

—Deberíamos llevárnosla —insistió Rebecca.

—Está rota —señaló la mujer. Alguien se les había adelantado y en su intento había hecho que se le soltara una rueda.

Había otras cuatro cajas. Dos mujeres se acercaron a una y empezaron a forcejear con la madera podrida. Dentro había varias cuñas. Sin mirar a Sylvia, Rebecca llevó media docena al camión y regresó.

Otra mujer encontró mantas, pero los insectos las habían roído, los ratones las utilizaban como madriguera y los pájaros las habían deshilachado para construir sus nidos.

—Será un buen hospital —dijo otra de las mujeres entre risas.

—Tendremos un excelente hospital nuevo en Kwadere —observó otra.

Las mujeres de la aldea prorrumpieron en carcajadas, y tanto Sylvia como Rebecca se unieron a ellas.

Estaban en medio del monte, a muchos kilómetros de los filántropos de Senga (o para el caso, de Londres, Berlín o Nueva York), desternillándose.

Volvieron al Centro de Desarrollo, recogieron al resto de la gente y emprendieron el lento viaje de regreso a la misión, todos aguzando el oído por si se pinchaba un neumático. La suerte los acompañó.

Rebecca y Sylvia llevaron las cuñas al hospital. Los enfermos graves, alojados en la choza que Sylvia había mandado construir poco después de su llegada, habían estado orinando en botellas de plástico y viejos utensilios de cocina.

«¿Qué es eso?», preguntaron los hijos de Joshua, y cuando entendieron para qué servían las cuñas, se pusieron como unas pascuas y corrieron a mostrárselas a quien quisiera verlas.

Colin abrió la puerta tras oír un tímido timbrazo y le pareció ver ante sí a una niña mendiga o una gitana, pero luego, con un grito de «¡Oh, es Sylvia, es Sylvia!», la levantó en volandas y la metió en la casa. Allí la abrazó, y sintió que sus lágrimas le mojaban las mejillas cuando las restregó contra las de ella en una especie de saludo gatuno.

En la cocina la hizo sentarse a la mesa, la de siempre, nuevamente extendida. Sirvió un torrente de vino en un vaso grande y se sentó frente a ella, rebosando amor y alegría.

—¿Por qué no avisaste que venías? Pero no importa, no te imaginas lo mucho que me alegro de verte.

Sylvia se esforzó por animarse y demostrar el mismo entusiasmo que él, porque en realidad se sentía

abatida: Londres suele causar ese efecto en los londinenses que han vivido fuera, como si al regresar tomaran súbitamente conciencia de su vastedad y sus incontables ventajas y posibilidades. Era como si, al venir de la misión, la ciudad la golpease en un punto indeterminado del vientre. Cometen un error quienes regresan directamente a Londres desde un lugar como Kwadere; antes tendrían que pasar por el equivalente a una cámara de descompresión.

Sylvia sonreía y bebía pequeños y cautelosos sorbos de vino —se había desacostumbrado al alcohol—, mientras percibía la casa como un ser vivo alrededor, arriba y debajo de ella. Era la casa, su casa, la que había representado para ella lo más parecido a un hogar cuando era consciente de lo que ocurría allí, en la atmósfera y el aire de cada estancia y cada tramo de escalera. Ahora estaba habitada por mucha gente, lo intuía, pero no por presencias familiares, sino por extraños, y agradeció el que Colin se hallara a su lado, sonriéndole. Eran las diez de la noche. Arriba, alguien había puesto un disco que le sonaba; quizá se tratara de una canción famosa, como Blue Suede Shoes, pero no estaba segura.

—La pequeña Sylvia... Tengo la impresión de que necesitas alimentarte, como de costumbre. ¿Puedo ofrecerte algo para comer?

—He comido en el avión.

Aun así, Colin se levantó, abrió la nevera y se puso a examinar su contenido. A Sylvia se le encogió el corazón; sí, era el corazón, porque estaba pensando en Rebecca, en su cocina con la pequeña nevera y el pequeño armario, aquella cocina que su familia de la aldea consideraba el colmo de la fortuna, una generosa fuente de provisiones. Observó los huevos que llenaban la mitad de la puerta del frigorífico, la leche brillante y limpia, los recipientes repletos de comida, la abundancia...

—Aunque éste no es mi territorio, sino el de Frances, me siento seguro... —Sacó una barra de pan y un plato con pollo frío. A Sylvia se le despertó el apetito: lo había cocinado Frances, Frances la había alimentado; con ella a un lado y Andrew al otro había sobrevivido a su infancia.

—¿Y cuál es tu territorio? —preguntó, atacando un bocadillo de pollo.

—Estoy arriba —respondió Colin—, en la última planta.

—¿En las habitaciones de Julia?

—Sí; Sophie y yo.

Sylvia se sorprendió tanto que dejó el bocadillo en el plato, como si por el momento renunciase a la seguridad.

—¡Sophie y tú...!

—Claro, no lo sabías. Vino para recuperarse y entonces... Estuvo enferma, ¿sabes?

—¿Y entonces?

—Está embarazada, de modo que vamos a casarnos.

—Pobre Colín —dejó escapar Sylvia y de inmediato se ruborizó; en realidad no sabía...

—No del todo. Le tengo mucho cariño.

Sylvia cogió otra vez el bocadillo, pero enseguida volvió a dejarlo en el plato: la noticia le había cerrado el estómago.

—Vamos, continúa. Veo que estás angustiado.

—Eres muy perspicaz —repuso Colin—. Bueno, siempre lo has sido, a pesar de tu aspecto de mosquita muerta. —Advirtió que había herido a Sylvia, y de hecho era lo que pretendía—. No. Lo lamento, lo lamento de veras. No soy el de siempre. Me has pillado en un momento... En fin, a lo mejor sí soy el de siempre. —Se sirvió más vino.

—No bebas hasta que me lo hayas contado todo.

Colin dejó el vaso.

—Sophie tiene cuarenta y tres años. Es tarde.

—Sí, pero a menudo las madres maduras... —Advirtió que él daba un respingo.

—Exactamente —dijo—. Es una madre madura. De todos modos, lo creas o no, lo que me preocupa no es la posibilidad de que el hijo nazca con síndrome de Down, al fin y al cabo aseguran que son encantadores, ¿no?, ni el resto de horrores. Sophie está convencida de que yo estoy convencido de que metió por la fuerza un feto en su reacio útero con la intención de aprovecharse de mí, porque se le estaba pasando el momento. Sé que no lo hizo adrede, no es propio de ella, pero no deja de machacar el tema.

Tengo que oír sus lamentaciones día y noche: «Ay, ya sé lo que estás pensando...» —Pronunció estas palabras en tono plañidero, consiguiendo una buena interpretación—. ¿Sabes una cosa? Sí, claro que sí.

No existe placer comparable al de recrearse en los sentimientos de culpa. Mi Sophie se lo está pasando en grande regodeándose con ellos, revolcándose en ellos, creyendo que la odio porque me ha cazado, y nada de lo que le diga la consolará porque sentirse culpable es tan divertido... —Era la observación más cruel que Sylvia había oído de boca del cruel Colin, que levantó el vaso y lo vació de un trago.

—Ay, Colin, vas a emborracharte, y hace tanto que no te veo...

—Tienes razón, Sylvia. —Volvió a llenar el vaso—. Voy a casarme con Sophie, que ya está de siete

meses, y viviremos en el antiguo apartamento de Julia, en esas cuatro habitaciones, y yo trabajaré en el sótano..., cuando se desocupe. —Su rostro, rojo y furioso, reflejó la euforia que suele acompañar a la contemplación del implacable sentido trágico de la vida—. ¿Sabías que Frances se ha hecho cargo de los dos hijos de su último ligue?

—Sí, me lo contó en una carta.

—¿Y te contó que la esposa de él es una depresiva? Está abajo, en el apartamento donde vivió Phyllida.

—Pero...

—Nada de peros. La cosa ha salido bastante bien. Ella se ha recuperado de la depresión. Los dos niños se instalaron arriba, en mi habitación y la de Andrew. Frances y Rupert viven en la planta que siempre ocupó mamá.

—¿De verdad ha salido bien?

—Sí, pero los niños, como era de esperar, consideran que, ahora que su madre ha roto con el amante que tenía, debería reconciliarse con su marido, por lo que Frances debería desaparecer.

—¿Y le están haciendo la vida imposible?

—No. Es mucho peor. Son encantadores y razonables. Las ventajas de esa posible solución se discuten en todas las comidas. La niña, que dicho sea de paso es una pequeña arpía, dice cosas como: «Todo sería mucho mejor si tú no estuvieras, ¿verdad, Frances?» El principal problema es ella, no el niño. Y Rupert se aferra a Frances como a una tabla de salvación, lo que resulta comprensible para quien conozca a Meriel.

Sylvia pensó en Rebecca, que nunca se quejaba a pesar de sus seis hijos —dos de los cuales habían muerto, probablemente de sida— y un marido que rara vez estaba en casa, porque trabajaba dieciocho horas diarias.

Suspiró y vio la expresión de Colin, que exclamó:

—¡Qué suerte tienes de estar tan lejos de nuestros vergonzosos conflictos emocionales, Sylvia!

—Sí, a veces me alegro de no haberme casado... Lo siento. Continúa. Meriel...

—Bueno, Meriel es de lo que no hay. Fría, manipuladora, egoísta, y siempre ha tratado muy mal a Rupert. Es feminista, ¿sabes? Una feminista amparada por la ley de la selva. Siempre le ha dicho a Rupert que su deber es mantenerla, incluso lo obligó a financiarle una carrera de no sé qué tontería; criticismo avanzado, supongo. Jamás en su vida ha ganado un penique, y ahora que van a divorciarse pretende sacarle una pensión vitalicia. Pertenece a un grupo de mujeres, una hermandad secreta, cuyo principal objetivo es joder a los hombres y chuparles la sangre... ¿No me crees?

—Te lo estás inventando.

—Mi dulce Sylvia, ahora me acuerdo de que nunca fuiste capaz de creer en los aspectos más desagradables de la naturaleza humana; pero ahora el destino ha dado un giro y..., no te lo vas a creer.

Meriel fue a tratarse con Phyllida. Frances le pagó la terapia y luego fue a ver a Phyllida, que ha demostrado ser una mujer bastante sensata... ¿Te sorprende?

—Desde luego.

—Frances le dijo a Phyllida que le pagaría para que formase a Meriel como psicoterapeuta.

Sylvia soltó una carcajada.

—Ay, Colin. Ay, Colin...

—Sí, es verdad. Porque, verás, Meriel nunca ha obtenido un título. No terminó su carrera. Sin embargo, como psicoterapeuta podrá mantenerse sola. La psicoterapia se ha convertido en una mina de oro para las mujeres sin estudios... Ha reemplazado a la máquina de coser de las generaciones pasadas.

—En Zimlia no. La máquina de coser sigue en vigor, ayudando a las mujeres a ganarse la vida. —Sylvia rió otra vez.

—Por fin —dijo Colin—. Empezaba a pensar que no te vería ni sonreír. —Le sirvió más vino, pues sorprendentemente se lo había bebido todo, y volvió a llenar su propio vaso—. Bueno, la cuestión es que Meriel va a mudarse a la casa de Phyllida, cuya socia ha decidido independizarse y montar su propio gabinete de fisioterapia, de manera que el apartamento del sótano quedará libre y lo usaré para trabajar y, por supuesto, para eludir mis responsabilidades paternas.

—Lo que no resuelve el problema de que a Frances le hayan colgado el sambenito de madrastra mala.

Y al margen de los problemas con los críos, ¿está contenta?

—Muchísimo. En primer lugar, está colada por Rupert, y no es de extrañar, ¿verdad? Pero hay algo más. ¿Te has enterado de que ha vuelto al teatro?

—¿A qué te refieres? No sabía que hubiera hecho teatro.

—Qué poco sabemos de nuestros padres. Bueno, resulta que el teatro fue el primer amor de mi madre.

Trabaja en una obra con Sophie. En este mismo momento estarán aplaudiéndolas a las dos. —Colin frunció el entrecejo y se concentró en lo que decía, pues empezaba a arrastrar las palabras—. Joder, estoy borracho.

—Por favor, Colin, cariño, no bebas, por favor.

—Hablas como Sonia. Bien.

—Ah, Chéjov, sí. Ya veo. Aunque la verdad es que sí, estoy de su parte. —Sylvia rió, no sin cierta tristeza—. Hay un hombre en la misión... —¿Cómo describirle a Colin la situación de Joshua?—. Un negro.

Cuando no está colocado con hierba, está borracho. Bueno, si supieras algo de su vida...

—¿La mía no justifica el alcoholismo?

—No, claro que no. De modo que preferirías que Sophie no...

—Preferiría que no tuviera cuarenta y tres años. —Colin dejó escapar un gemido que había estado conteniendo—. Ya ves, Sylvia, sé que es ridículo, sé que soy un idiota digno de lástima, pero quería una familia feliz, una mamá, un papá y cuatro niños. Quería todas esas cosas, y con Sophie no tendré ninguna.

—No —convino Sylvia.

—No. —Colin trataba de contener el llanto restregándose los ojos con los puños, igual que un niño—. Y

si no quieres estar aquí para recibir a la feliz Sophie y a mi triunfante madre, ambas embriagadas de éxito con Romeo y Julieta...

—¿Quieres decir que Sophie interpreta el papel de Julieta?

—Aparenta dieciocho años. Está preciosa, te lo aseguro. El embarazo le sienta de maravilla, y además casi no se le nota. Aun así, los periódicos están ensañándose con ella. Sarah Bernhardt hizo de Julieta con ciento un años y una pata de palo... En cualquier caso, una Julieta embarazada añade una inesperada dimensión a la obra. En cuanto al público, la adora; nunca la habían aplaudido tanto. Lleva holgadas túnicas blancas y flores blancas en el pelo. ¿Te acuerdas de su pelo, Sylvia? —Finalmente, Colin se echó a llorar.

Sylvia se acercó, lo convenció de que se levantase, lo ayudó a subir por la escalera y, en el mismo lugar donde se había sentado con Andrew abrazó a Colin y escuchó sus sollozos hasta que se quedó dormido.

Como no sabía si en la casa había una cama libre, decidió marcharse, pero antes le dejó una nota a Colin que escribiera «la verdad sobre Zimlia». Alguien debía hacerlo.

Salió a la calle y se metió en el primer hotel que encontró.

Había quedado en ir a comer con la familia. Por la mañana se dirigió a varias librerías y compró cuanto pudo. Llegó a la casa de Julia —porque para ella seguía siendo la casa de Julia— con dos grandes cajas llenas de libros. La recibió Frances, que al igual que Colin la condujo a la cocina, la abrazó como a una hija largamente añorada y la hizo sentarse en su antiguo sitio en la mesa, al lado de ella.

—No me digas que necesito alimentarme —le rogó Sylvia—. Por favor.

Cuando Frances depositó sobre la mesa un cesto con rebanadas de pan, Sylvia imaginó lo mucho que esa visión habría complacido al padre McGuire; le llevaría una buena hogaza. Un plato lleno de rizos de mantequilla: bueno, eso no podría llevárselo. Sylvia siguió contemplando la comida y pensando en Kwadere mientras Frances trajinaba poniendo la mesa. Se había convertido en una mujer robusta y atractiva, y su cabello rubio —teñido— presentaba un corte que debía de haber costado una fortuna. Iba elegantemente vestida: Julia habría aprobado su nuevo aspecto.

Cuatro platos... ¿para quiénes? Entró un niño alto que se detuvo a examinar a Sylvia, la desconocida.

—Este es William —lo presentó Frances—, y ésta es Sylvia, que antes vivía aquí. Es la hija de Phyllida, la amiga de Meriel.

—Ah, hola —la saludó el hermoso niño, con tanta formalidad como si hubiera dicho «mucho gusto», y se sentó, frunciendo las rubias cejas mientras trataba de entender la relación entre ambas mujeres. Al fin se dio por vencido—. Frances, tengo una clase de natación a las dos. ¿Puedo comer algo rápido?

—Y yo tengo un ensayo. Te serviré a ti primero.

Lo que estaba sirviendo no guardaba la menor semejanza con las suculentas comidas caseras del pasado. Iban apareciendo toda clase de platos preparados; Frances puso una pizza en el microondas, la sacó al cabo de unos minutos y se la ofreció a William, que empezó a dar cuenta de ella de inmediato.

—Come un poco de ensalada —ordenó Frances.

Con gesto de heroica resignación el niño ensartó con el tenedor un par de hojas de lechuga y un rábano y se los llevó a la boca como si fuesen una medicina.

—Bien hecho —dijo Frances—. Supongo que Colin te habrá puesto al corriente de nuestros asuntos,

¿no, Sylvia?

—Creo que sí. —Sylvia advirtió que Frances le dirigía una mirada significativa, de lo que dedujo que habría agregado algo si el niño no hubiera estado delante—. Al parecer voy a perderme una boda.

—Yo no lo llamaría así. Sólo firmarán los papeles ante una docena de personas en el registro civil.

—Aun así me gustaría estar presente.

—Pero no puedes. No quieres abandonar tu... hospital, ¿verdad?

El titubeo le indicó a Sylvia que Andrew había descrito el lugar en términos poco caritativos.

—No se puede juzgar aquello con los criterios de aquí.

—No estaba juzgándolo. Pero todos nos preguntamos si no estarás desperdiciando tu talento. Al fin y al cabo, aquí has tenido empleos bastante buenos.

En ese momento hizo su entrada Sophie. Llevaba puesto algo semejante a un anticuado salto de cama blanco con grandes flores negras, y era toda una visión, como Ofelia flotando en el agua, con su larga melena negra dramáticamente salpicada de hebras de plata y sus ojos tan hermosos como siempre. La pequeña protuberancia que delataba su embarazo no habría podido ser más elegante.

—Siete meses —dijo Sylvia—. ¿Cómo lo consigues?

Se habían fundido en un abrazo. Las dos lloraron, y aunque no cabía esperar otra cosa de Sophie, pues el llanto la favorecía, Sylvia soltó, enjugándose las lágrimas:

—Maldita sea.

Frances también estaba llorando. El niño las observaba con indiferente seriedad entre bocado y bocado de pizza. Sophie se reclinó en una silla con brazos situada al otro extremo de la mesa, y con ademán elocuente deslizó las manos por el contorno de su vientre.

—Tengo cuarenta y tres años, Sylvia —dijo en tono dramático.

—Lo sé. Anímate. ¿Te has hecho todas las pruebas?

—Sí.

—Entonces todo irá bien.

—Pero Colin... —Sophie se echó a llorar de nuevo—. ¿Podrá perdonarme algún día?

—Tonterías —replicó con impaciencia Frances, que había oído esa cantinela demasiadas veces.

—Por lo que me contó anoche, no parece que tenga nada que perdonar.

—Eres muy buena, Sylvia. Todo el mundo es muy bueno conmigo. Y vivir en esta casa, esta casa que siempre consideré mi verdadero hogar, con Frances... Has sido una madre para mí, en la misma medida que mi verdadera madre, que ahora está muerta, pobrecilla.

—Más que tu madre fui tu ama —puntualizó Frances.

—Sí, ¿sabías que interpreta el papel de ama? Y lo hace maravillosamente; pero pronto tendremos un ama de verdad en la casa, porque yo seguiré actuando y Frances también, por supuesto.

—Desde luego, no estoy dispuesta a ocuparme de un bebé —señaló Frances.

—Por supuesto que no —convino Sophie, aunque era evidente que le habría gustado.

—Además, no olvides que Rupert, los niños y yo nos iremos a vivir a otra parte.

—Oh, no —gimió Sophie—. Por favor, no te vayas. Hay sitio para todos.

William se había erguido en la silla y las miraba con expresión de pánico.

—¿Qué? ¿Adonde nos vamos? ¿Por qué, Frances?

—Bueno, esta casa pertenece ahora a Colin y Sophie. Van a tener un hijo.

—Pero si hay lugar de sobra —protestó William a gritos, como si pretendiera hacerlas callar—. No veo por qué hemos de irnos.

—Baja la voz —dijo Sophie, inútilmente, y miró a Frances para que calmase la angustia del niño.

—Me gusta esta casa —insistió William—. No quiero irme. ¿Por qué tenemos que hacerlo? —

Prorrumpió en sollozos ahogados, propios de un niño acostumbrado a llorar a solas, confiando en que nadie lo oyese.

Se levantó y salió corriendo de la cocina. Nadie pronunció una palabra.

Finalmente, Sophie rompió el silencio.

—Colin no te ha pedido que te marches, ¿verdad, Frances?

—No.

—Yo tampoco quiero que te vayas.

—Siempre nos olvidamos de Andrew. Seguramente tiene planes para esta casa.

—¿Por qué? Lo está pasando de fábula viajando por el mundo, y no querría que fuésemos infelices.

—No deberías excederte, Sophie —la reconvino Sylvia—. Imagino que no pensarás seguir trabajando hasta el último momento. —La alegría del encuentro se había disipado, y se la veía tensa, demacrada y exhausta.

Se estrujó las manos sobre su pequeña barriga.

—Bueno..., yo había pensado... Pero tal vez...

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