El sueno mas dulce
Se le habían humedecido los ojos, y…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Los jóvenes se quedaron sentados en silencio, escuchando el Escarabajo de Johnny ponerse en marcha y alejarse.
—¿Qué os parece si laváis los platos? —sugirió Frances—. Yo tengo que trabajar. Buenas noches.
Aguardó un rato para ver quién se daba por aludido. Geoffrey, desde luego, el niño bueno; Jill, que estaba ostensiblemente enamorada del apuesto Geoffrey; Daniel, porque también estaba enamorado de Geoffrey, aunque no lo supiera; Lucy..., bueno, de hecho, todos. ¿Y Rose?
Rose seguía sentada: qué diablos, no permitiría que nadie se aprovechara de ella.
El influjo de la Navidad, esa fiesta recalcitrante, ya había empezado a sembrar angustia la noche del 12 de diciembre, cuando Frances descubrió con sorpresa que estaba bebiendo por la independencia de Kenia. James levantó su copa, llena hasta el borde de rioja, y brindó:
—Por Kenia, por los keniatas, por la libertad.
Como de costumbre, su semblante dulce y amistoso, aunque quizá sólo en su faceta pública y enmarcado por una cascada de rizos negros, transmitía a diestra y siniestra mensajes de generosidad ilimitada.
Habían dado buena cuenta de una opípara cena con la pequeña colaboración de Sylvia, que ahora siempre se sentaba a la izquierda de Frances. En su copa había una mancha roja: Andrew la había animado a beber un poco, asegurándole que le sentaría bien, y Julia lo había apoyado. La humareda era más densa de lo habitual; por lo visto, esa noche todos fumaban para celebrar la independencia de Kenia.
Todos salvo Colin, que espantaba el humo cuando le llegaba a la cara.
—Se os pudrirán los pulmones —masculló.
—Es sólo por esta noche —dijo Andrew.
—Voy a pasar las Navidades en Nairobi —anunció James mirando alrededor, orgulloso pero incómodo.
—Ah, ¿vas con tus padres? —preguntó Frances sin pensar, y recibió un silencio como castigo.
—Seguro —se burló Rose. Apagó el cigarrillo y encendió otro compulsivamente.
—Mi padre luchó en Kenia —le informó James—. Era militar. Dice que es un lugar agradable.
—Vaya, ¿o sea que tus padres viven allí? ¿O tienen la intención de trasladarse? ¿Los visitas de vez en cuando?
—No, no viven allí—respondió Rose—. Su padre es inspector de Hacienda en Leeds.
—¿Y eso es un crimen? —inquirió Geoffrey.
—¡Son tan carcas! —exclamó Rose—. No os imagináis hasta qué punto.
—No son tan terribles —replicó James, ofendido—. Debemos mostrarnos tolerantes con la gente que todavía no está concienciada.
—Caramba, así que piensas concienciar a tus padres, ¿eh? —dijo Rose—. No me hagas reír.
—No he dicho eso —repuso James, dándole la espalda a su prima para mirar a Frances—: Mi padre me enseñó fotos de Nairobi. Es genial. Por eso voy a ir.
Frances consideró innecesario incurrir en el mal gusto de señalarle que sólo tenía diecisiete años, así como preguntarle si disponía de pasaporte y visado, o cómo pensaba pagar el viaje.
James volaba con las alas de un sueño adolescente que no se fundaba en la aburrida realidad. Como por arte de magia aterrizaría en la calle principal de Nairobi..., donde correría al encuentro del camarada Mo..., se integraría en un grupo de afectuosos compañeros y pronto se convertiría en un líder y pronunciaría fogosos discursos. Y como tenía diecisiete años, aparecería una chica. ¿Cómo la imaginaba?
¿Negra? ¿Blanca? Frances lo ignoraba. Las tristes verdades de la guerra se habían esfumado y sólo quedaban altos cielos azules, vastos espacios y un buen hombre (corrección: un buen tipo) que había salvado la vida de su padre. Un negro. Un áscari que había arriesgado su vida por un soldado británico.
¿Qué sueño equivalente había acariciado Frances a los dieciséis años? No, a los dieciséis no, porque había estado demasiado enfrascada en sus estudios, pero ¿y a los diecinueve? Sí, estaba segura de que había alimentado fantasías, a raíz de la participación de Johnny en la guerra civil española, de trabajar como enfermera militar. Pero ¿dónde? En un paisaje rocoso, con vino y olivas. Los sueños adolescentes no necesitan mapas.
—No podrás ir a Kenia —apuntó Rose—. Tus padres no lo permitirán.
Obligado a volver a la tierra, James tomó su copa y la vació.
—Ya que ha salido el tema, me gustaría hablar de las fiestas —dijo Frances, pero al ver los semblantes aprensivos se sintió incapaz de continuar. Sabían lo que iban a oír, porque Andrew los había puesto sobre aviso.
—Veréis, este año no celebraremos la Navidad en casa —les notificó—. Yo comeré en casa de Phyllida.
Me llamó para decirme que no ha recibido noticias de mi..., de Johnny, y que detesta las Navidades.
—¿Y quién no? —intervino Colín.
—Ay, Colin, no seas así—lo riñó Sophie.
—Yo iré a casa de Sophie por su madre —anunció Colin sin mirar a nadie—. No podemos dejarla sola en Navidad.
—Pero yo creía que eras judía —señaló Rose.
—Siempre hemos celebrado la Navidad —explicó Sophie—. Cuando mi padre vivía... —Se mordió el labio inferior y se le humedecieron los ojos.
—Y Sylvia se va con Julia a casa de una amiga de ésta —dijo Andrew.
—Y yo pienso hacer como si fuese un día cualquiera —anunció Frances.
—Eso es horrible, Frances —protestó Sophie—. No puedes.
—No es horrible, sino maravilloso —repuso Frances—. Y tú, Geoffrey, ¿no crees que deberías volver a casa por Navidad? Sería lo correcto, ¿sabes?
Geoffrey, siempre atento a lo que se esperaba de él, sonrió con expresión cordial en señal de asentimiento.
—Sí, Frances. Lo sé. Tienes razón. Iré a casa. Además, mi abuela se está muriendo —agregó en el mismo tono de voz.
—Entonces yo también me iré a casa —decidió Daniel. Su cabello rojo refulgía, y su rostro se encendió aún más cuando añadió—: Iré a verte.
—Como quieras —dijo Geoffrey, revelando con esa descortesía que estaba deseando unas vacaciones lejos de Daniel.
—James, tú también vete a casa, por favor.
—¿Me estás echando? —preguntó él en tono jovial—. No te culpo. ¿Te has hartado de mi presencia?
—Por ahora sí —contestó Frances, que era incapaz de expulsar a alguien para siempre—. ¿Y qué me dices del instituto, James? ¿No piensas terminar los estudios?
—Claro que sí. —Andrew asintió, dejando claro que ya lo había reprendido antes. Los cuatro años que le llevaba le conferían ese derecho—. Es ridículo, James —agregó—. Sólo te queda un año. No te matará.
—Tú no conoces mi instituto —dijo James—. Si lo conocieras...
—Cualquiera es capaz de soportar un año de sufrimiento —aseguró Andrew—, o incluso tres. O cuatro
—añadió mirando a su madre con aire contrito: se estaba delatando.
—De acuerdo —murmuró James—. Lo haré. Pero... —se volvió hacia Frances— sin el ambiente liberal de esta casa no creo que salga adelante.
—Podrás venir a vernos —dijo Frances—. Tendrás los fines de semana libres.
Sólo quedaban Rose y la enigmática Jill, siempre bien peinada, siempre pulcra, la amable rubia que casi nunca hablaba pero escuchaba, vaya si escuchaba.
—Yo no volveré a casa —declaró Rose—. No voy a ningún lado.
Entonces intervino Frances:
—¿Eres consciente de que tus padres podrían demandarme por robarles tu cariño... o algo por el estilo?
—No me quieren. Les importo una puta mierda.
—No es verdad —dijo Andrew—. Puede que no te caigan bien, pero se preocupan por ti. Me escribieron. Por lo visto, creen que soy una buena influencia.
—No me hagas reír —replicó Rose.
Los demás cambiaron miradas mientras asimilaban las connotaciones de ese pequeño intercambio de palabras.
—He dicho que no iré —repitió Rose, observando a cuantos la rodeaban con ojos de presa acorralada, como si fuesen sus enemigos.
—Escucha, Rose —terció Frances, intentando evitar que su antipatía hacia la joven se reflejara en su voz—. Villa Libertad cerrará durante las fiestas. —No aclaró durante cuánto tiempo.
—Puedo quedarme en el sótano, ¿no? No molestaré.
—¿Y cómo vas a...? —Frances dejó la frase en el aire.
Andrew cobraba una mensualidad y había estado pasándole dinero. «Podría acusarme de haberla tratado mal —había dicho—. En realidad, ya lo hace; le cuenta a todo el mundo que la seduje con engaños.
Como el señorito malvado y la doncella. El problema es que yo no sentía nada por ella y ella estaba loca por mí.» ¿O por el sofisticado estudiante de Eton y sus contactos?, había pensado Franees. «Creo que el hecho de que viniera aquí lo complicó todo —había apuntado él—. Fue una revelación para ella. Procede de un ambiente bastante cerrado. Sus padres son muy agradables...» «¿Y piensas..., pensáis tú y Julia mantenerla indefinidamente?» «No —había respondido Andrew—. He dicho basta. Al fin y al cabo ya le ha sacado bastante provecho a un par de besos a la luz de la luna.»
No obstante, ahora se enfrentaban a una invitada que se negaba a marcharse. Cualquiera hubiese dicho que estaban amenazándola con la cárcel o la tortura. Parecía un animal encerrado en una jaula demasiado pequeña, mirando con furia alrededor.
Era una reacción desproporcionada, ridicula... Frances se mantuvo en sus trece, aunque la violencia de la chica empezaba a provocarle taquicardia.
—Rose, vuelve a tu casa para las fiestas. Sólo te pido eso. Tus padres deben de estar muertos de preocupación. Y tienes que hablar con ellos de tus estudios...
Rose se levantó con brusquedad de su silla.
—Mierda, lo que faltaba —estalló, y salió corriendo de la cocina llorando a moco tendido.
La oyeron bajar al apartamento del sótano.
—Vaya follón —comentó Geoffrey con ironía.
—Pero su instituto ha de ser horrible para que lo deteste tanto —observó Sylvia, que había aceptado regresar a la escuela mientras viviera allí, «con Julia», como decía ella. Había accedido a esforzarse al máximo para estudiar Medicina.
Lo que enfurecía a Rose, lo que la corroía de envidia, era que Sylvia —«Ni siquiera es de la familia, no es más que la hijastra de Johnny»— viviera en la casa como miembro de pleno derecho y que Julia la mantuviera. Por lo visto pensaba que ésta debía financiarle los estudios en un colegio progresista y alojarla durante todo el tiempo que se le antojara quedarse. «¿Crees que mi abuela nada en la abundancia? —le había preguntado Colin—. Ya tiene suficiente con Sylvia. Ya nos está pagando los estudios a Andrew y a mí. «No es justo —había replicado Rose—. No entiendo por qué ella puede tenerlo todo.»
Ahora sólo quedaba Jill, que no había abierto la boca. Al ver que todos la miraban, anunció:
—No iré a casa, pero pasaré el día de Navidad con mi primo de Exeter.
A la mañana siguiente Frances encontró a Jill en la cocina, hirviendo agua para el té. Puesto que en la cocina del sótano disponía de todo cuanto necesitaba, resultaba evidente que quería charlar.
—Sentémonos a tomar una taza de té juntas —propuso Frances.
Jill tomó asiento a la cabecera. Obviamente, no sería como hablar con Rose. La joven no miraba a Frances con hostilidad, y sin embargo se la veía seria y triste, rodeándose con los brazos como si tuviera frío.
—¿Te das cuenta de que me encuentro en una posición difícil ante tus padres, Jill? —preguntó Frances.
—Ah, creí que ibas a decirme que no tienes por qué mantenerme —contestó la chica—. Sería comprensible. Sin embargo...
—No iba a decir nada por el estilo; pero ¿no ves que tus padres deben de estar volviéndose locos de ansiedad?
—Les dije dónde estaba. Que estaba aquí.
—¿Acaso has pensado en dejar los estudios?
—No veo qué sentido tiene seguir.
Aunque no marchaba bien con los estudios, en Saint Joseph eso no representaba un problema.
—¿No comprendes que yo también me preocupo por ti?
Al oír aquello, Jill pareció revivir; abandonó su fría aprensión y se inclinó hacia delante.
—No debes preocuparte, Frances. Se está tan bien aquí... Me siento tan segura.
—¿Y en tu casa no?
—No es eso. Es que a ellos... no les gusto. —Y se encerró de nuevo en su caparazón, abrazándose, frotándose los brazos como si estuvieran helados.
Frances advirtió que esa mañana se había pintado largas líneas negras alrededor de los ojos, lo que constituía una novedad en aquella pulcra jovencita. Además, se había puesto un vestido mini de Rose.
Frances sintió deseos de abrazarla. Nunca había experimentado ese impulso con Rose: quería que se marchara. De manera que Jill le caía bien y Rose no. No obstante, ¿cuál era la diferencia si las trataba a las dos exactamente igual?
Frances estaba sola en la cocina, sentada a la mesa que había limpiado y encerado y que ahora brillaba como una patena. «Es una mesa realmente bonita cuando está despejada —pensó—. Sin platos ni tazas, sin gente alrededor.» Primero se había despedido de Sophie y de Colin, que iban elegantemente vestidos para la comida navideña; incluso Colin, que despreciaba la ropa. Después había aparecido Julia, con un traje de terciopelo gris y una especie de casquete con una rosa y un velo azulado. Sylvia llevaba un vestido que le había comprado Julia y con el que bien podría haber asistido a la iglesia hacía cincuenta años, de modo que Frances se alegró de que los entusiastas del tejano no la viesen; no quería que se rieran de ella. Sin embargo, se había negado a ponerse sombrero. El siguiente en marcharse fue Andrew, que iba a consolar a Phyllida. Había asomado la cabeza por la puerta para decir: «Todos te envidiamos, Frances. Bueno, todos menos Julia. Le preocupa que estés sola. Te aviso que recibirás un pequeño regalo de su parte. Le daba apuro decírtelo.»
Frances se quedó a solas. A lo largo y ancho del país las mujeres trajinaban junto al horno, rociando varios millones de pavos con su jugo mientras el budín de Navidad se cocía al vapor, las coles de Bruselas despedían gases sulfurosos, y se sembraban campos enteros de patatas en torno a las aves. Imperaba el mal humor, pero ella, Frances, disfrutaba de su soledad como una reina. Sólo aquellos que sabían lo agobiante que resultaba vivir con adolescentes exaltados —con seres emocionalmente dependientes que absorbían, comían y exigían— podían gozar del sublime placer de verse libres, aunque sólo fuese por una hora. Frances notó que su cuerpo entero se relajaba, que era como un globo capaz de elevarse y flotar. Y
reinaba el silencio. Mientras que en otros hogares la música navideña atronaba y exaltaba los ánimos, allí, en esa casa, sin la televisión ni la radio...
Un momento, le pareció oír algo en el sótano... ¿Estaba Rose abajo? Había dicho que se iba a la casa de los primos de Jill. Debía de tratarse de la música de los vecinos.
El silencio, por lo tanto, era casi absoluto. Inspiró, exhaló, oh felicidad, no tenía que preocuparse por nada ni pensar en nada durante horas. Sonó el timbre. Abrió la puerta, maldiciendo, y un sonriente joven vestido con un rojo atuendo navideño le hizo una reverencia y le entregó una bandeja envuelta en muselina blanca, retorcida en el centro y atada con un lazo rojo.
—Feliz Navidad —dijo el muchacho—: Buen provecho —añadió, y se marchó silbando Good King Wenceslas.
Frances depositó la bandeja en el centro de la mesa. Una tarjeta anunciaba que procedía de un restaurante elegante, uno de los buenos, y debajo de la muselina había un pequeño festín y otra tarjeta:
«Con los mejores deseos de Julia.» Los mejores deseos. Obviamente, era culpa de Frances que Julia no pudiese decir «con cariño», pero daba igual, por un día no se preocuparía por eso.
Era una bandeja tan bonita que no quería tocarla.
El bol de porcelana blanca contenía una sopa verde, muy fría, cubierta de hielo triturado, que al probarla con el dedo se reveló como una combinación de acidez y aterciopelada untuosidad... ¿Qué era?
¿Acedera? En un plato azul, decorado con flecos de lechuga de intenso color verde que simulaban algas,
había vieiras, servidas en su valva, con champiñones. Dos codornices descansaban sobre un lecho de apio sofrito. A su lado, otra tarjeta rezaba: «Por favor, calentar durante diez minutos.» También había un pequeño postre de chocolate decorado con una ramita de acebo, y un plato de frutas que Frances nunca había probado y que sólo conocía de nombre: grosellas del Cabo, lichis, maracuyás, guayabas... Pequeñas botellas de champán, vino de Borgoña y oporto cercaban los manjares. Aquel ingenioso banquete en miniatura, que rendía homenaje a la Navidad al tiempo que la ridiculizaba, nada tendría de especial en estos tiempos, pero entonces era como una visión del paraíso, una golondrina procedente de las maravillas del futuro. Frances no podía comer esos platos; habría sido un crimen. Se sentó, contempló la bandeja y se dijo que Julia debía de profesarle afecto a pesar de todo.
Lloró. En Navidad se llora. Es obligatorio. Lloró por lo bondadosa que era su suegra con ella y sus hijos; por el encanto de la comida, que despertaba tentaciones; por su incredulidad ante los trances que había conseguido superar, y por último, entregándose a fondo, lloró por las angustias de las Navidades del pasado. Oh, Dios, aquellas fiestas con los niños pequeños, en esas habitaciones horribles donde a menudo pasaban frío, donde todo era tan feo.
Luego se enjugó las lágrimas y siguió sentada, sola. Una hora, dos. Ni un alma en la casa... Aunque la radio sonaba abajo, y no en la casa de al lado, decidió no hacerle caso. Tal vez la hubieran dejado encendida. Las cuatro de la tarde. Las compañías de gas y electricidad se alegrarían de haber salido airosas una vez más de la comida de Navidad. Desde Land's End a las Oreadas, mujeres cansadas y enfadadas estarían diciendo: «Ahora friegas tú.» En fin, les deseaba suerte.
La gente dormitaría en sofás y sillones, escuchando intermitentemente el discurso de la reina, interrumpido por las consecuencias de los atracones. Empezaba a oscurecer. Frances se levantó, echó las cortinas y encendió las luces. Volvió a sentarse. Tenía hambre, pero no se decidía a profanar la bonita bandeja. Comió un trozo de pan con mantequilla. Se sirvió una copa de Tío Pepe, En Cuba, Johnny estaría sermoneando a quienquiera que lo acompañase: probablemente sobre la situación en Gran Bretaña.
Tal vez subiera a dormir la siesta; al fin y al cabo, casi nunca se le presentaba la oportunidad. Se abrió la puerta de la calle, luego la de la cocina, y entró Andrew.
—Has llorado —dijo, sentándose a su lado.
—Sí, un poco. Fue agradable.
—Yo detesto llorar. Me da miedo, porque temo ser incapaz de parar. —Se ruborizó y añadió—: Oh, Dios mío...
—Ay, Andrew —se lamentó Frances—. Lo lamento mucho.
—¿Por qué? Maldita sea, cómo puedes pensar...
—Supongo que pude haber hecho las cosas de otra manera.
—¿Qué cosas? ¿A qué te refieres? Oh, Dios.
Se sirvió una copa de vino y se sentó encorvado, abstraído en sus pensamientos, como Jill unos días atrás.
—Es Navidad —dijo Frances—. Eso es todo. La gran provocadora de recuerdos angustiosos.
Como para conjurar esa idea, Andrew agitó una mano en un ademán que significaba: «Basta, no sigas.» Se inclinó para examinar el regalo de Julia. Al igual que Frances, metió un dedo en la sopa, la probó e hizo un gesto de aprobación. Comió un trozo de vieira.
—Me siento como una grandísima hipócrita, Andrew. Mandé a todos los chicos a su casa, como buenos niños, pese a que yo prácticamente no pisé la mía desde que me marché de ella. Iba por Navidad y me largaba a la mañana siguiente, o incluso esa misma tarde.
—Me pregunto si ellos regresaban a casa en Navidad... Me refiero a tus padres.
—Tus abuelos.
—Sí, supongo que son mis abuelos. O lo eran.
—No tengo idea. Sé muy poco sobre ellos. Fue como si la guerra abriera un abismo en mi vida, y quedaran del otro lado. Y ahora están muertos. Cuando me fui pensaba en ellos lo menos posible.
Sencillamente no los soportaba, de manera que no iba a verlos. Y ahora me enfado con Rose porque no quiere ir a su casa.
—Te largaste de tu casa a los quince años, ¿no?
—No. A los dieciocho.
—Entonces estás libre de culpa.
Esa ridiculez los hizo reír. Constató algo maravilloso: lo bien que se llevaba con su hijo mayor. Bueno, al menos desde que había crecido; es decir, desde hacía poco, en realidad. Qué placer, que consuelo para...
—Y Julia tampoco veía a menudo a su familia, ¿verdad?
—¿Cómo iba a verlos si vivía aquí?
—¿Cuántos años tenía cuando se instaló en Londres?
—Veinte, me parece.
—¿Qué? —Andrew se llevó las manos a la boca y luego las dejó caer—. Veinte años. Mi edad. Y a veces pienso que todavía no he aprendido a atarme los cordones de los zapatos.
En silencio imaginaron a Julia de joven.
—Hay una fotografía suya —rememoró Frances—. La he visto. Es una foto de boda. Ella lleva un sombrero tan cargado de flores que prácticamente no se le ve la cara.
—¿Sin velo?
—Sin velo.
—Dios, mira que venir hasta aquí sola, para vérselas con nosotros, los fríos ingleses. ¿Cómo era el abuelo?
—No llegué a conocerlo. No estaban muy contentos con Johnny. Y conmigo menos. —Tratando de encontrar una justificación para aquella monstruosidad, ella continuó—: Verás, era por la guerra fría.
Acodado sobre la mesa con los brazos cruzados y el entrecejo fruncido, Andrew la miraba fijamente, tratando de entender.
—La guerra fría —repitió.
—Caray—exclamó ella, sorprendida—, lo había olvidado, a mis padres tampoco les gustaba Johnny. De hecho, me escribieron una carta diciendo que yo era una enemiga de mi país, una traidora... Sí, creo que dijeron eso. Con el tiempo se arrepintieron y vinieron a verme... Tú y Colin erais muy pequeños. Johnny estaba allí y los llamó «desechos de la historia». —Parecía al borde del llanto, pero sólo se debía al mero recuerdo de su exasperación.
Andrew enarcó las cejas, intentando reprimir la risa en vano; entonces sacudió los brazos, como para contrarrestar sus carcajadas.
—¡Es tan gracioso! —se disculpó.
—Supongo que sí.
Andrew apoyó la cabeza sobre los brazos, suspiró y permaneció así durante un largo minuto. Las palabras salieron de entre sus brazos:
—Me temo que me falta energía para...
—¿Qué? ¿Energía para qué?
—¿De dónde sacabais tanta seguridad en vosotros mismos? Créeme, yo soy muy débil en comparación.
Tal vez sea un desecho de la historia, ¿no?
—¿A qué te refieres?
Levantó la cara. Estaba roja y tenía los ojos arrasados en lágrimas.
—No tiene importancia. —Sacudió de nuevo las manos, como para disipar los malos pensamientos—.
¿Sabes? No me importaría probar tu banquete.
—¿No has comido?
—Phyllida estaba hecha polvo. Lloraba, gritaba y se tiraba al suelo. Está loca, ¿sabes? Quiero decir loca de verdad.
—Bueno, sí.
—Según Julia, es porque la mandaron a Canadá al principio de la guerra. Por lo visto tuvo la mala suerte de ir a parar a casa de una familia bastante desagradable. Los odiaba. Sus padres aseguran que volvió muy cambiada. Era como si no se conocieran. Se marchó con diez años y regresó con quince.
—Entonces supongo que hay que compadecerla.
—Eso creo yo. Y mira la que le ha caído ahora con el camarada Johnny.
Andrew acercó la bandeja, se levantó a buscar una cuchara, un cuchillo y un tenedor, volvió a sentarse, y en cuanto hubo metido la cuchara en la sopa se oyó un portazo en el vestíbulo, la puerta de la cocina se abrió violentamente e irrumpió Colin, trayendo consigo una ráfaga de aire frío, la sensación de la oscuridad del exterior y, como una denuncia contra ambos, su cara de desdichado.
—¿Estoy viendo comida? ¿Comida de verdad?
Se sentó, y tras coger la cuchara que Andrew acababa de traer se puso a engullir la sopa.
—¿No vuelves de una comida navideña?
—No. La madre de Sophie se ha convertido en una judía fanática, y dice que la Navidad no tiene nada que ver con ella, aunque siempre la han celebrado. —Terminó la sopa—. ¿Por qué no cocinas comida como ésta? —le preguntó a Frances—. Ésa sí que era una sopa.
—Con vuestro apetito, ¿cuántas codornices tendría que preparar para cada uno?
—Espera un momento —protestó Andrew—. Seamos justos. —Colocó un plato sobre la mesa, luego otro para Colin, y un cuchillo y un tenedor más. Se sirvió una codorniz.
—Se supone que hay que calentarlas durante diez minutos —señaló Frances.
—¿Qué más da? Está deliciosa.
Comían como si compitieran. Cuando terminaron las codornices, hundieron las cucharas al mismo tiempo en el postre, del que dieron cuenta en un visto y no visto.
—¿No hay budín de Navidad? —preguntó Colin—. ¿Una Navidad sin budín de Navidad?
Frances se levantó, bajó una fuente de budín de Navidad del estante más alto, sobre el que descansaba levitando tranquilamente, y lo puso al baño María.
—¿Cuánto tardará? —preguntó Colin.
—Una hora.
Depositó varias barras de pan en la mesa, luego mantequilla, queso y platos. Los chicos se zamparon el Stilton, apartaron la saqueada bandeja y empezaron a comer en serio.
—Mamá —dijo Colin—, tenemos que invitar a Sophie a que se mude a esta casa.
—Pero si prácticamente vive aquí.
—No..., formalmente. No es por mí... O sea, no quiero decir que Sophie y yo vayamos en serio, pero no puede seguir en su casa. No tienes ni idea de cómo es su madre. Llora, abraza a Sophie y le dice que deberían saltar de un puente las dos juntas, o tomar veneno. ¿Te imaginas lo que es vivir de esa manera?
—Parecía estar acusando a Frances, y cuando se percató de ello cambió de tono, añadiendo con aire contrito—: Si vieras esa casa...; es un auténtico infierno.
—Ya sabes que le tengo mucho cariño a Sophie, pero no me la imagino viviendo en el sótano con Rose o con quienquiera que se meta allí. Supongo que querrás que se instale en tu habitación, ¿no?
—Bueno..., no, no es... No. Pero podría instalarse en el salón; casi no lo usamos.
—Si has roto con Sophie, ¿me das permiso para que pruebe suerte? —preguntó Andrew—. Estoy locamente enamorado de ella, como ya sabréis.
—No he dicho que...
Súbitamente convertidos en dos colegiales, comenzaron a propinarse empujones con los codos y las rodillas.
—Feliz Navidad —dijo Frances, y eso los detuvo.
—Hablando de Rose —saltó Andrew—, ¿dónde está? ¿Se ha ido a su casa?
—Por supuesto que no —respondió Colin—. Está en el sótano, alternando el llanto desconsolado con sesiones de maquillaje.
—¿Cómo lo sabes? —inquirió Andrew.
—Olvidas las ventajas de estudiar en una escuela progresista. Lo sé todo sobre las mujeres.
—Ojalá yo pudiera decir lo mismo. Aunque mi educación es superior a la tuya en todos los aspectos, no dejo de meter la pata en el campo de las relaciones humanas.
—No te va tan mal con Sylvia —comentó Frances.
—Sí, pero ella no es una mujer, ¿no? Más bien parece el fantasma de una niña asesinada.
—Eso que has dicho es horrible —lo reconvino Frances.
—Pero muy cierto —replicó Colin.
—Si Rose está abajo, supongo que deberíamos invitarla a subir —sugirió Frances.
—¿Es necesario? —preguntó Andrew—. Resulta agradable estar en familia, para variar...
—Iré a decirle que suba —se ofreció Colin—, antes de que se tome una sobredosis y nos eche la culpa a nosotros. —Se levantó de un brinco y corrió escaleras abajo.
Los dos que quedaron en la cocina no abrieron la boca; se limitaron a mirarse cuando oyeron un grito en el sótano, probablemente de bienvenida, y luego la sensata voz de Colin. Finalmente Rose entró empujada por éste.
Estaba muy maquillada: se había pintado gruesas líneas rojas alrededor de los ojos, llevaba pestañas postizas y sombra de color violeta. Se la veía enfadada, acusadora, suplicante, y era obvio que estaba a punto de echarse a llorar.
—Tomaremos budín de Navidad —dijo Frances.
Pero Rose se había fijado en la fruta y estaba examinándola.
—¿Qué es esto? —preguntó en tono agresivo—. ¿Qué es? —Sostenía un lichi en la mano.
—Seguro que lo has probado —dijo Andrew—. Se toma de postre después de una comida china.
—¿Qué comida china? Nunca he probado la comida china.
—Déjame a mí.
Colin peló el lichi; los crujientes fragmentos de piel finamente granulada cayeron para dejar al
descubierto el perlado y luminoso fruto, semejante a una luna en miniatura. Tras retirar la brillante semilla negra, Colin se lo entregó a Rose, que lo comió y dijo:
—No es gran cosa; no merece tantas molestias.
—Hay que dejarlo un rato en la lengua —explicó Colin—, permitir que su interior le hable a tu interior.
Puso cara de sabiondo y, con el aire de un juez novato al que sólo le faltara la peluca, peló otro lichi y se lo tendió a Rose con delicadeza, sujetándolo entre el pulgar y el índice. Ella se sentó con la fruta en la boca, como una niña que se negase a tragar, pero finalmente se lo llevó a la boca.
—Es un timo —dictaminó.
De inmediato los hermanos acercaron el plato de fruta y se la repartieron entre los dos. Rose los miró boquiabierta y se echó a llorar.
—Ayyyyyy —gimió—. Sois muy malos. No es culpa mía si nunca he probado la comida china.
—Bueno, has probado el budín de Navidad, y eso es lo que comerás dentro de un momento —dijo Frances.
—Tengo mucha hambre —musitó Rose entre sollozos.
—Entonces come un poco de pan con queso.
—¿Pan con queso en Navidad?
—Es lo que he comido yo—respondió Frances—. Y cállate de una vez.
Rose se interrumpió en medio de un berrido, se volvió hacia Frances con expresión de incredulidad y adoptó todo el abanico de gestos de la adolescente incomprendida: ojos relampagueantes, mohines de enfado, respiración entrecortada.
Andrew cortó una rebanada de pan, la untó con mantequilla y la cubrió con queso.
—Aquí tienes —dijo.
—Con tanta mantequilla me pondré como una vaca.
Andrew recuperó su ofrenda y le dio un mordisco. Rose permaneció sentada, acumulando rabia y lágrimas. Nadie la miró. Por último, cogió la barra de pan, cortó una rebanada fina, la untó con un poco de mantequilla y la cubrió con unos trozos de queso. Sin embargo, no comió, sino que se quedó contemplándola: vaya comida de Navidad.
—Cantaré un villancico para matar el tiempo hasta que esté listo el budín —anunció Andrew.
Comenzó con Noche de paz, pero Colin lo hizo callar.
—Cierra el pico, Andrew. Es más de lo que soy capaz de soportar.
—Supongo que el budín ya se puede comer —anunció Frances. Colocó el voluminoso y brillante pastel sobre una delicada fuente azul. Puso platos y cucharas y sirvió más vino. Clavó la ramita de acebo del regalo de Julia en el budín y llevó a la mesa una lata de crema.
Comieron.
Al cabo de un rato sonó el teléfono. Era Sophie, hecha un mar de lágrimas, así que Colin subió al piso de arriba para hablar con ella largamente, muy largamente, y bajó minutos más tarde con la noticia de que regresaría a casa de Sophie —la pobre no podía más—, y pasaría la noche allí o tal vez la trajera a casa.
Oyeron el taxi de Julia y un instante después entró Sylvia, exaltada, risueña, guapa: ¿quién lo hubiera dicho unas semanas antes? Les hizo una reverencia, sujetando la falda de su vestido de niña buena, a la vez encantada y divertida con el cuello y los puños de encaje y los bordados. Julia apareció detrás.
—Oh, Julia, siéntese por favor —la invitó Frances.
Pero Julia había visto a Rose, que con el maquillaje corrido de tanto llorar semejaba un payaso y estaba atiborrándose de budín de Navidad.
—Tal vez en otro momento —repuso.
Estaba claro que Sylvia hubiera preferido quedarse con Andrew, pero subió por la escalera detrás de Julia.
—Qué vestido más ridículo —comentó Rose.
—Tienes razón —convino Andrew—. No es tu estilo.
Entonces Frances cayó en la cuenta de que no le había dado las gracias a Julia y, furiosa consigo misma, corrió tras ella. La alcanzó en el último rellano. La abrazaría. Estrecharía entre sus brazos a aquella vieja acartonada y criticona y la besaría; pero fue incapaz de hacerlo: sus brazos se negaron a levantarse y tocar a Julia.
—Muchas gracias —dijo—. Ha sido un detalle precioso. No se imagina lo mucho que ha significado para mí...
—Me alegro de que te gustara —contestó Julia, volviéndose hacia la puerta.
—Gracias, muchísimas gracias —añadió Frances, sintiéndose torpe, grotesca.
Sylvia no tenía dificultades para besar a Julia, o para permitir que la besara y la abrazara, e incluso se sentaba en sus rodillas.
Corría el mes de mayo, las ventanas estaban abiertas a una agradable tarde de primavera y los pájaros cantaban con ahínco, ahogando los ruidos del tráfico. Una llovizna arrancaba destellos a las hojas y las flores.
El grupo que rodeaba la mesa parecía el coro de un musical, pues todos llevaban túnicas con rayas horizontales azules y blancas y mallas negras. Para diferenciarse, Frances había escogido rayas negras y blancas. Los varones se habían puesto la misma túnica rayada, pero por encima de los téjanos. El cabello les llegaba —obligatoriamente— por debajo de las orejas, lo que constituía una afirmación de su independencia, mientras que todas las chicas lucían cortes Evansky. Un corte Evansky era la aspiración de toda chica in, y por las buenas, o probablemente por las malas, lo habían conseguido. Se trataba de un estilo intermedio entre la melena de los años veinte y el corte a lo garçon, con flequillo hasta las cejas.
Liso, huelga decirlo. Los rizos estaban out. Hasta la cabellera de Rose, aquella masa de bucles negros, estaba cortada a lo Evansky. Pequeñas cabezas pulcras, muñequitas peripuestas, currutacas maripresumidas, y los chicos como ponis peludos, todos con aquellas rayas azules y blancas inspiradas en las camisas marineras, a juego con las tazas del desayuno. Cuando habla el Geist, el Zeit debe obedecer.
Allí estaban los chicos y las chicas de la revolución sexual, aunque aún ignoraban que se les recordaría por eso.
Había una excepción al obligatorio corte Evansky, tan poderoso como el de Vidal Sassoon. La señora Evansky, una mujer decidida, se había negado a cortarle el cabello a Sophie. Después de levantar los satinados mechones, dejando que se escurrieran entre los dedos, había declarado: «Lo siento, no puedo», y a continuación, ante las protestas de Sophie, había añadido: «Además, tienes la cara larga. No te favorecería.» Sophie había permanecido en su sitio, ofendida, excluida, hasta que la señora Evansky dijo:
«Vete y piénsalo, y si insistes... Pero si te cortase este pelo me sentiría fatal.»
Así, única entre las chicas, Sophie estaba sentada a la mesa con su negra cabellera intacta, sintiéndose como una especie de monstruo.
La rueda de la fortuna había girado bastante durante los últimos cuatro meses. ¿Qué eran cuatro meses? Nada, y sin embargo todo había cambiado.
Primero Sylvia. También había alcanzado la plena integración. Su peinado, conseguido a fuerza de suplicar a Julia, no la favorecía, pero todos sabían lo importante que era para ella considerarse normal e igual a los demás. Comía, aunque no muy bien, y obedecía a Julia en todo. La vieja y la niña pasaban horas sentadas en la salita de aquélla, que le preparaba a ésta pequeños caprichos, la alimentaba con los bombones que le regalaba su admirador, Wilhelm Stein, y le contaba historias sobre la Alemania anterior a la guerra, a la Primera Guerra Mundial. En una ocasión Sylvia había preguntado con delicadeza, porque habría preferido morir a lastimar a Julia:
—¿Entonces nunca ocurría nada malo?
Julia había quedado estupefacta, pero luego había reído.
—Aunque hubieran ocurrido cosas malas, no lo admitiría.
Sin embargo, lo cierto es que era incapaz de recordar cosas malas. Su infancia en aquella casa llena de música y gente agradable se le antojaba un paraíso. ¿Acaso existía algo semejante ahora, en cualquier parte?
Andrew había prometido a su madre y a su abuela que ingresaría en Cambridge en otoño, pero entretanto casi no salía de la casa. Holgazaneaba, leía y fumaba en su cuarto. Sylvia lo visitaba, llamando formalmente a la puerta, le ordenaba la habitación y lo reñía. «Si yo puedo pasar sin ella, tú también», aseveraba refiriéndose a la marihuana. Para ella, que había llegado a tocar fondo, cualquier cosa suponía una amenaza: el alcohol, el tabaco, la hierba, los gritos; y cualquier discusión hacía que se escondiese bajo las mantas, tapándose los oídos. Asistía a clase y empezaba a irle bien. Por las noches, Julia la ayudaba con los deberes.
Geoffrey, que era muy listo, aprobaría los exámenes y luego se matricularía en la London School of Economics para estudiar —por supuesto— Ciencias Políticas y Economía. Afirmaba que la filosofía no le interesaba. Daniel, la sombra de Geoffrey, iría a la misma facultad y cursaría la misma carrera.
Aunque Jill había tenido un aborto, la experiencia no parecía haberla afectado, y seguía exactamente igual. Lo más curioso era que «los críos» se habían ocupado de todo, sin recurrir a los mayores. No habían informado a Frances ni a Julia, ni siquiera a Andrew, a quien por lo visto consideraban demasiado adulto y un enemigo potencial. Colin había ido a hablar con los padres de la chica —ya que ella no se atrevía—
para comunicarles que estaba embarazada. Ellos dieron por sentado que Colin era el padre y se negaron a creerle cuando les aseguró que no. ¿Quién era el padre? Nadie lo sabía ni lo sabría, aunque sospechaban de Geoffrey: como era tan guapo, siempre lo culpaban de las esperanzas truncadas y los corazones rotos.
Colin consiguió dinero de los padres de Jill para el aborto y fue a ver a su médico de cabecera, que le facilitó un número de teléfono.
Después, cuando Jill regresó sana y salva al apartamento del sótano, pusieron a Julia, Frances y Andrew al corriente. Sin embargo, los padres de Jill decidieron que, habida cuenta de las cosas que
sucedían en Saint Joseph, su hija no regresaría allí.
Sophie y Colin habían roto. Sophie, que jamás dejaría nada a medias, era demasiado para Colin: lo quería a muerte, o al menos de manera enfermiza. «¡Lárgate! —le había gritado él al fin—. ¡Déjame en paz!» Y se había encerrado en su habitación durante varios días. Después había ido a casa de Sophie para pedirle disculpas, diciendo que todo era culpa suya y que estaba «hecho un lío». «Por favor vuelve a casa, por favor —le había rogado—, todos te echamos de menos y Frances no para de preguntar: "¿Dónde está Sophie?"» Y cuando Sophie volvió, Frances la abrazó y dijo: «Pase lo que pase entre Colin y tú, siempre podrás visitarnos.»
Los fines de semana Sophie viajaba a Londres con la pandilla de Saint Joseph, pasaba la tarde del viernes con ellos y se iba a dormir a casa de su madre, que según decía se encontraba mejor, «aunque no lo parece, tiene la moral por los suelos y un aspecto horroroso». En ese entonces todavía no se había incorporado la depresión, y menos aún la depresión clínica, al vocabulario general ni a la conciencia colectiva. Cuando alguien decía: «Dios, estoy tan deprimido», se refería a que estaba de mal humor.
Sophie, que en la medida de sus posibilidades era una buena hija, volvía a casa los sábados por la noche, pero no pasaba el día allí. Los sábados y los domingos ocupaba su lugar a la enorme mesa de Frances.
Le había ocurrido algo maravilloso. A menudo bajaba andando hasta Primrose Hill y luego atravesaba Regent's Park para ir a clases de baile y canto. Allí, en un claro cubierto de hierba y flores se yergue la estatua de una joven con una cabra llamada La protectora de los desamparados. Esa chica de piedra fascinó a Sophie, que empezó por depositar una hoja en el pedestal, luego una flor y finalmente un ramillete. Poco después empezó a llevar bizcocho consigo, para contemplar cómo los gorriones y los mirlos se posaban a los pies de la estatua y picoteaban las migas. En una ocasión puso una corona de hojas sobre la cabeza de la cabra, y un día encontró en el pedestal un librito titulado El lenguaje de las flores y, atado a él con un lazo, un ramillete de lilas y rosas rojas. No vio a nadie, aparte de las personas que paseaban por el parque. Se alarmó, consciente de que alguien había estado observándola. A la hora de la cena les contó a todos la historia, riéndose de su amor por la niña de piedra, y les mostró El lenguaje de las flores. Las lilas significaban «los primeros sentimientos amorosos»; las rosas rojas, «amor».
—¿No piensas contestarle? —preguntó Rose, furiosa.
—Hermosa Rosa —dijo Colin—, por supuesto que va a contestarle.
Todos estudiaron el libro para elucubrar un mensaje apropiado. Sin embargo, lo que Sophie quería responder era: «Siento curiosidad, pero no saques conclusiones precipitadas», y en el libro no encontraron nada que les convenciera. Al final se decidieron por las campanillas de invierno, que significaban «esperanza» —aunque la temporada ya había pasado— y por las vincapervincas, que significaban «amistad incipiente». Sophie creía que había algunas en el jardín de su madre. ¿Y qué más?