El sueno mas dulce
Se le habían humedecido los ojos, y…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
—Oh, vamos. Arriésgate —sugirió Geoffrey—. Lirios de los valles: «Regreso a la felicidad.» Y
polemonios: «Consentimiento.»
Sophie dejó el ramillete en el pedestal, aguardó un rato, se marchó, volvió y descubrió que las flores habían desaparecido. Claro que podía habérselas llevado otra persona, ¿no? No, porque cuando regresó al día siguiente había un chico que le dijo que «hacía siglos» que la observaba y que había recurrido a El lenguaje de las flores porque era demasiado tímido para abordarla directamente. La historia resultaba poco verosímil, porque no tenía un pelo de tímido. Era actor y estudiaba en la academia en la que ella planeaba matricularse en otoño. Se trataba de Roland Shattock, una especie de trotskista desgarbadamente apuesto e histriónico. A menudo iba a cenar a casa de Frances, y ese día se encontraba allí. Mayor que los demás —le llevaba un año a Andrew—, tenía aspecto de tipo experimentado y una cazadora de ante con flecos teñida de violeta; los chicos lo consideraban una aparición procedente del mundo adulto a la vez que una especie de medio para acceder a ese mundo. Si él no los consideraba
«críos», entonces... Sus mentes idealistas nunca contemplaron la posibilidad de que necesitara una buena comida.
Cuando Roland estaba allí, Colin solía quedarse callado e incluso se retiraba temprano, sobre todo si se presentaba Johnny, porque el joven trotskista y el viejo estalinista se enzarzaban en discusiones estentóreas, acaloradas y a menudo desagradables. Sylvia también huía a refugiarse en las habitaciones de Julia.
Johnny había estado en Cuba, donde le habían encargado la realización de una película. «Aunque me temo que no dará mucho dinero, Frances.» Entretanto, había hecho una visita a la Zambia independiente con el camarada Mo.
Ahora Rose: había causado dificultades prácticamente todos los días desde hacía cuatro meses. Se negaba a retomar los estudios y a regresar a su casa. Estaba dispuesta a estudiar en Saint Joseph, siempre que le permitieran instalarse ahí, en esa casa. Andrew fue a ver otra vez a sus padres. Creían que ese encantador joven de clase alta tenía planes que incluían a su hija, de manera que accedieron a que ésta asistiese a un colegio sin internado de Londres, aunque no a Saint Joseph, que escapaba a sus posibilidades. Le pagarían el instituto y le darían una asignación para ropa, pero no se harían cargo de los gastos de alojamiento y comida. Dieron a entender que éstos eran responsabilidad de Andrew, lo que significaba que correrían por cuenta de Frances.
Quizá le pidiese que a cambio se ocupara de ciertas tareas domésticas, ya que a pesar de la señora Philby, la asistenta de Julia —que no hacía mucho más que pasar la aspiradora—, resultaba imposible
mantener la casa limpia. «No seas tonta —dijo Andrew—. ¿Piensas que Rose va a mover un dedo?»
Encontraron una escuela progresista en Londres, y Rose accedió a todo. Si le permitían quedarse, se portaría bien. Entonces Andrew fue a informar a Frances de que había surgido un grave problema. Rose no se atrevía a contárselo. También estaba involucrada Jill. Las habían pillado sin billetes en el metro, y en ambos casos se trataba de la tercera vez. Las citaron en las oficinas de la Policía de Transportes para que comparecieran ante un agente del Departamento de Menores. No se librarían de la multa, y hasta cabía la posibilidad de que las mandaran a un reformatorio. Pese a que Frances estaba demasiado enfadada con Rose (a su manera, con un sentimiento de lánguido abatimiento como el ocasionado por una indigestión crónica) para plantarle cara, le pidió a Andrew que les dijera a las chicas que ella las acompañaría a la entrevista. La mañana señalada bajó a la cocina y se encontró a dos adolescentes enfurruñadas, unidas por su odio hacia el mundo, fumando. Las dos se habían maquillado, y con la sombra blanca, los ojos perfilados y las uñas pintadas de negro, semejaban un par de osos panda. Llevaban vestidos mini de Biba's, robados, por supuesto. No habrían podido fabricarse una apariencia más apropiada para predisponer a las autoridades en contra de ellas.
—Si realmente queréis que todo quede en un sermón, ya podéis lavaros la cara —dijo Frances, preguntándose si habrían decidido complicar las cosas al máximo, incluso si estarían deseando que las mandasen a un reformatorio. En tal caso, ella recibiría su merecido: si una usurpa el lugar de los padres, tarde o temprano se lleva el castigo que, de hecho, está destinado a los progenitores negligentes.
Rose protestó de inmediato.
—No veo por qué.
Frances aguardó con curiosidad la respuesta de Jill. La chica callada, buena y modosita, capaz de pasar toda la velada sin abrir la boca, estaba prácticamente irreconocible detrás del maquillaje y de la ira.
Decidió seguir el ejemplo de Rose.
—Yo tampoco veo por qué.
Fueron en metro, y Frances reparó en sus sonrisas sarcásticas mientras compraba billetes para las tres. Pronto llegaron a la oficina donde los que se colaban en el metro, los delincuentes juveniles, debían afrontar su destino en la persona de la señora Kent, vestida con un uniforme azul de aspecto indeterminado que le confería un solemne aire autoritario. Aunque su semblante destilaba afabilidad, su mirada era severa, como para inspirar respeto.
—Siéntense, por favor —dijo, y Frances tomó asiento en un extremo, mientras las dos chicas, que habían permanecido en pie como caballos obstinados el tiempo suficiente para dejar clara su posición, se dejaron caer en las sillas con una brusquedad que denotaba que las habían obligado a ello—. Es muy sencillo —prosiguió, soltando un suspiro, seguramente inconsciente, que la desmintió—. Ambas recibisteis dos advertencias. Sabíais que la tercera sería la última. Podría enviaros al juez, para que él decida si debéis quedar bajo la tutela del Estado, pero si me dais garantías de buena conducta, sólo tendréis que pagar una multa, aunque vuestros padres o vuestro tutor deberá responsabilizarse de vosotras.
Decía esto, o algo parecido, tan a menudo que su bolígrafo expresaba aburrimiento y exasperación mientras dibujaba garabatos en un bloc. Cuando hubo terminado, miró a Frances y con una sonrisa le preguntó:
—¿Es usted la madre de alguna de las dos?
—No.
—¿La tutora? ¿Tiene alguna autoridad legal sobre ellas?
—No, pero viven conmigo..., en nuestra casa, y se quedarán allí mientras estudien. —Rose estudiaría, pero en cuanto a Jill, Frances no sabía qué pensaba hacer, de manera que estaba mintiendo.
La señora Kent estudió largamente a las chicas, que estaban enfurruñadas, sentadas con las piernas cruzadas en un punto demasiado alto y las rodillas levantadas, enseñando los negros muslos hasta la ingle. Frances notó que Jill temblaba: jamás habría creído que aquella fría jovencita fuese capaz de temblar.
—¿Puedo hablar con usted en privado? —preguntó la señora Kent a Frances. Se levantó y mirando a las chicas añadió—: Será un minuto.
Le señaló una puerta a Frances y la siguió al interior de un pequeño cuarto privado, donde sin duda se reponía de la tensión de esa clase de entrevistas.
Se acercó a la ventana y Frances la imitó. Contemplaron un pequeño jardín donde dos amantes lamían un helado de cucurucho.
—Me gustó su artículo sobre la delincuencia juvenil —comentó la señora Kent—. Lo recorté.
—Gracias.
—No sé por qué lo hacen. Entendemos a los críos pobres, y nuestra política es mostrarnos indulgentes con ellos, pero todos los días recibo chicos y chicas vestidos de punta en blanco... No me cabe en la cabeza. El otro día uno de ellos..., un chico que asiste a una escuela cara, me aseguró que negarse a pagar el billete era una cuestión de principios; le pregunté a qué principios se refería y me contestó que era marxista. Dijo que quería destruir el capitalismo.
—Me suena.
—¿ Qué garantía puede ofrecerme de que no volveré a ver a esas chicas dentro de una semana o dos?
—Ninguna —respondió Frances—. No puedo garantizarle nada. Ambas se pelearon con sus respectivos padres y aterrizaron en mi casa. Han dejado los estudios, pero tengo la esperanza de que los retomen.
—Entiendo. Un amigo de mi hijo, un compañero de clase, pasa más tiempo en mi casa que en la suya.
—¿Dice que sus padres son una mierda?
—Dice que no lo entienden; pero yo tampoco. Oiga, ¿tuvo que investigar mucho para escribir su artículo?
—Bastante.
—Pero no proporcionaba respuestas.
—No las conozco. ¿Podría explicarme por qué una chica, y me refiero a la morena de ahí fuera, Rose Trimble, que acaba de conseguir que le resuelvan todos sus problemas, escoge precisamente ese momento para hacer algo que podría echarlo todo por la borda?
—Yo lo llamo «andar por el filo» —dijo la señora Kent—. Les gusta poner a prueba los límites. Caminan sobre una cuerda floja, pero siempre con la esperanza de que alguien los atrape en el aire si se caen. Y
usted lo hace, ¿no?
—Supongo que sí.
—Le sorprendería saber cuántas veces oigo la misma historia.
Las dos permanecieron muy juntas delante de la ventana, unidas por la desesperación.
—Ojalá entendiera lo que pasa —añadió la señora Kent con un suspiro.
—Todos estamos igual.
Regresaron al despacho, donde las chicas, que habían estado riendo y burlándose de la funcionaría, callaron y recuperaron su aire enfurruñado.
—Os daré otra oportunidad —declaró la señora Kent—. La señora Lennox se ha comprometido a ayudaros, pero lo cierto es que me estoy excediendo en mis atribuciones; espero que ambas entendáis que os habéis salvado por los pelos. Es una suerte que contéis con la amistad de la señora Lennox.
Este último comentario fue un error, aunque la señora Kent no tenía modo de saberlo. Frances percibió el resentimiento de las chicas, o al menos de Rose, ante la insinuación de que le debían algo.
Fuera del edificio, en la acera, le comunicaron que se iban de compras.
—Os he advertido que no robéis —dijo Frances—. ¿Me haréis caso?
Se marcharon sin mirarla.
Esa noche, durante la cena, declararon que habían mangado los dos vestidos que llevaban puestos, ambos tan minis que casi con seguridad los habían elegido para escandalizar o suscitar críticas.
Sylvia, haciendo un gran esfuerzo de autoafirmación, señaló que le parecían demasiado cortos.
—¿Demasiado cortos para qué? —se mofó Rose.
No había dirigido la vista a Frances ni una sola vez durante la cena, como si la crisis de esa mañana no hubiera existido. Jill, en cambio, murmuró una disculpa rápida, con una mezcla de cortesía y agresividad:
—Gracias, Frances, un millón de gracias.
Andrew opinó que habían tenido mucha potra, y Geoffrey, el ladrón consumado, aseguró que con un poco de cuidado resultaba fácil pasar inadvertido.
—De nada vale ir con cuidado en el metro —apuntó Daniel, que emulando a su ídolo jamás pagaba el billete—. Es cuestión de suerte; te pillan o no te pillan, sencillamente.
—Entonces no viajes en metro sin billete —repuso Geoffrey—, o al menos no más de dos veces. Es una estupidez.
Al verse criticado por Geoffrey en público, Daniel enrojeció y replicó que había viajado sin billete
«durante años» y que sólo lo habían pillado un par de veces.
—¿Y la tercera? —preguntó Geoffrey, instruyéndolo.
—A la tercera va la podrida —corearon todos.
Ésa fue la semana en que Jill se dejó embarazar; no, más bien se lo buscó.
Todos estos dramas se habían desarrollado en cuatro meses, desde las Navidades, y como si nada hubiera sucedido, ahí estaban los protagonistas, los chicos y las chicas, sentados alrededor de la mesa una noche de primavera, haciendo planes para el verano.
Geoffrey dijo que viajaría a Estados Unidos y se uniría a los defensores de la igualdad racial «en las barricadas»; una experiencia útil para un futuro estudiante de Política y Economía en la LSE.
Andrew afirmó que se quedaría en casa, leyendo.
—Que no sea La prueba de Richard Feverel —sugirió Rose—. ¡Qué basura!
—Esa también —dijo Andrew.
Jill había invitado a Sylvia a la casa de sus primos de Exeter («Es genial; tienen caballos»), pero Sylvia contestó que no, que también se quedaría en casa a leer.
—Julia dice que leo poco. Ya he leído algunos libros de Johnny. Aunque no me creáis, hasta que llegué a esta casa no sabía que existiesen libros que no tratasen de política.
Esto significaba, como todo el mundo suponía, que Sylvia era incapaz de dejar a Julia: se consideraba demasiado frágil para arreglárselas sola.
Colin manifestó su intención de viajar a Francia para trabajar en la vendimia, aunque tal vez se quedara e intentase escribir una novela. Este último comentario promovió un gruñido colectivo.
—¿Por qué no puede escribir una novela? —preguntó Sophie, que siempre salía en defensa de Colin precisamente porque le había hecho mucho daño.
—Quizás escriba sobre Saint Joseph —anunció Colin—. Apareceremos todos.
—No es justo —se quejó Rose de inmediato—. Yo no saldré, porque no voy a Saint Joseph.
—Muy cierto —apostilló Andrew.
—Tal vez escriba una novela entera sobre ti —dijo Colin—. Las desventuras de Rose. ¿Qué te parece?
Rose lo miró fijamente y luego, con desconfianza, echó un vistazo alrededor. Todos la observaban con seriedad. Provocar a Rose se había convertido en un pasatiempo demasiado frecuente, por lo que Frances trató de suavizar el momento, que amenazaba con desembocar en llanto.
—¿Y tú qué planes tienes, Rose? —preguntó.
—Iré con Jill a casa de sus primos. O puede que haga autostop hasta Devon. O quizá me quede aquí —
añadió mirando a Frances con actitud desafiante.
Sabía que Frances se alegraría de librarse de ella, pero no creía que eso se debiera a sus propios defectos. Ignoraba que fuese desagradable. Sabía que casi siempre caía mal, pero lo atribuía a la injusticia del mundo; jamás se le habría ocurrido considerarse «antipática»: la gente se metía con ella, la puteaba. Las personas cordiales, guapas o simpáticas, o las tres cosas a la vez, las personas que confían en los demás no imaginan siquiera el pequeño infierno en que habitan los seres como Rose.
James anunció que iría a un campamento de verano que le había recomendado Johnny, para estudiar la decadencia del capitalismo y las contradicciones internas del imperialismo.
Daniel murmuró con tristeza que tendría que irse a casa.
—Tranquilo, el verano no durará eternamente —observó Geoffrey con benevolencia.
—Para mí sí —repuso Daniel con angustia.
Roland Shattock contó que haría una excursión a pie por Cornualles con Sophie. Al advertir gestos de recelo en algunas caras —la de Frances, la de Andrew—, añadió:
—Oh, no os asustéis, conmigo estará segura. Creo que soy homosexual.
Esta revelación, que en la actualidad no suscitaría más que un «¿de veras?», o quizás algunos suspiros femeninos, entonces sonó demasiado despreocupada y extemporánea, lo que produjo un malestar general.
Sophie se apresuró a puntualizar que no le importaba, que le gustaba estar con Roland. Andrew se mostró dignamente compungido, y casi se le oyó pensar que él no era marica.
—Bueno, quizá no lo sea —rectificó Roland—. Al fin y al cabo estoy loco por ti, Sophie. Pero no temas, Frances, no soy un corruptor de menores.
—Voy a cumplir dieciséis años —protestó Sophie, indignada.
—Pensé que eras mucho mayor cuando te vi soñando en el parque.
—Soy muy madura —afirmó Sophie con convicción; se refería a la enfermedad de su madre, a la muerte de su padre y a la crueldad con que Colin la había tratado.
—Mi preciosa soñadora —dijo Roland besándole la mano, aunque en una parodia del beso europeo que roza el aire por encima del guante, o, como en este caso, unos nudillos con un ligerísimo aroma al guiso de pollo que había estado removiendo para ayudar a Frances—. Aun si acabo en la cárcel habrá merecido la pena.
Frances, por su parte, esperaba unas semanas tranquilas y productivas.
La incendiaria carta llegó dirigida a «J... (indescifrable)... Lennox», y la abrió Julia, quien al ver que era para Johnny, «Querido compañero Johnny Lennox», y que la primera frase era: «Quiero que me ayudes a abrirle los ojos a la gente, para que sepan la verdad», la leyó una y otra vez y, cuando se hubo tranquilizado, telefoneó a su hijo.
—Tengo una carta para ti de Israel; de un hombre llamado Reuben Sachs.
—Un buen tipo —comentó Johnny—. Siempre ha mantenido una postura progresista como marxista no alineado, abogando por las relaciones pacíficas con la Unión Soviética.
Sea eso lo que sea, quiere que convoques a tus amigos y compañeros para hablarles de sus experiencias en una prisión checoslovaca.
—Debe de haber habido una buena razón para que lo encerraran.
—Lo acusaron de ser un espía sionista al servicio del imperialismo yanqui. —Johnny guardó silencio—.
Estuvo entre rejas cuatro años, lo torturaron, lo trataron con brutalidad y finalmente lo soltaron... Te pido por favor que no digas: «Por desgracia, a veces se cometen errores.»
—¿Qué quieres, Mutti?
—Creo que deberías complacerlo. En sus palabras, todo lo que pretende es que la gente abra los ojos y conozca la verdad sobre los métodos a los que recurre la Unión Soviética. Por favor, no me digas que se trata de un provocador.
—Me temo que no le veo la utilidad a lo que pide.
—En tal caso, me encargaré de organizar la reunión. Al fin y al cabo, sé quiénes son tus amigos, Johnny.
—¿Y qué te hace pensar que acudirían a una reunión que convocases tú, Mutti?
—Les mandaré una copia de la carta. ¿Quieres que te la lea?
—No, conozco las mentiras que algunos difundirán.
—Llegará a Londres dentro de dos semanas, y viene especialmente para eso... para hablar con los compañeros del partido. También viajará a París. ¿Propongo una fecha?
—Como quieras.
—Pero tiene que ser conveniente para ti. Supongo que le molestaría que no te presentaras.
—Te llamaré para concertar la fecha: pero que quede claro que me desvincularé de cualquier forma de propaganda antisoviética.
En la noche señalada, un insólito grupo de invitados ocupó la amplia sala. Johnny había invitado a amigos y camaradas, y Julia a unas cuantas personas que en su opinión debían estar presentes aunque él no se lo hubiese propuesto. Muchos seguían en el partido, otros se habían retirado como consecuencia de diversas crisis: el pacto entre Stalin y Hitler, la insurrección de Berlín, Praga, Hungría; incluso había alguno que se había marchado en la época de la invasión de Finlandia. Eran unos cincuenta, y la estancia estaba abarrotada de sillas y de personas de pie junto a la pared. Todos se definían como marxistas.
Andrew y Colin también se habían presentado, aunque antes se habían quejado de que la reunión sería una lata.
—¿Por qué lo haces? —preguntó Colin a su abuela—. Esto no es lo tuyo, ¿no?
—Tengo la esperanza de que esta reunión haga que Johnny entre en razón, aunque lo más seguro es que esté chocheando.
El grupo de Saint Joseph se encontraba en época de exámenes. James estaba en Estados Unidos. Las chicas del sótano habían escogido deliberadamente ese momento para ir a la discoteca: la política era una mierda.
Reuben Sachs cenó a solas con Julia: Frances habría coincidido con las chicas, incluso con el lenguaje que habían empleado. Sachs, un retaco desesperado y serio, no podía dejar de hablar de lo que le había ocurrido, y la reunión no fue más que la continuación de lo que había estado contándole a Julia, que después de aclararle que nunca había sido comunista y que no necesitaba que la persuadiera de nada, guardó silencio, pues resultaba evidente que el pobre necesitaba hablar mientras ella —o cualquiera— lo escuchaba.
Durante años había mantenido una difícil posición política en Israel, la de socialista que rechazaba el comunismo y pedía que los socialistas no alineados del mundo apoyaran las relaciones pacíficas con la Unión Soviética, lo que los pondría en una situación difícil ante sus propios gobiernos. Lo habían acusado de comunista durante la guerra fría. La naturaleza no lo había dotado con el temperamento más indicado para estar constantemente en el punto de mira, recibiendo disparos desde todos los frentes. Se notaba en sus discursos agitados, fervientes, en sus ojos a un tiempo suplicantes y furiosos; y las palabras que repetía una y otra vez, como un estribillo, eran: «Nunca he renegado de mis ideas.»
Había llegado a Praga en misión de paz y conciliación, pero lo habían arrestado acusándolo de ser un espía sionista al servicio del imperialismo yanqui. En el coche de la policía se dirigió a sus captores en los siguientes términos: «¿Cómo es posible que vosotros, como representantes de un Estado obrero, os ensuciéis las manos con un trabajo como éste?», y repitió esas palabras después de que lo golpearan una y otra vez. Lo mismo ocurrió en la prisión. Pese a que los guardias eran unos brutos, y los interrogadores también, él siguió tratándolos como a seres civilizados. Hablaba seis idiomas, pero ellos insistieron en interrogarlo en una lengua que no conocía, el rumano, de manera que al principio no supo qué cargos se habían presentado contra él. De hecho englobaban toda la gama de actividades antichecoslovacas y antisoviéticas. «Pero se me dan bien los idiomas, déjenme explicar...» En los interrogatorios adquirió suficientes nociones de rumano para defenderse. Durante semanas, meses, años, sufrió malos tratos y humillaciones, pasó días enteros sin comer, noches enteras sin dormir... Lo sometieron a todas las torturas favoritas de los sádicos. Esa situación duró cuatro años. Continuó declarándose inocente y explicando a
sus interrogadores y carceleros que con esa clase de trabajo mancillaban el honor del pueblo, del Estado obrero. Tardó bastante tiempo en descubrir que su caso no era único, que las cárceles estaban llenas de hombres como él, que se comunicaban en código morse dando golpecitos a las paredes y aseguraban que estaban tan sorprendidos como él de encontrarse en prisión. También explicaban que «el idealismo no resulta apropiado en estas circunstancias, camarada». Entonces se le cayó la venda de los ojos, según dijo. Aproximadamente cuando cejó en su empeño de hacer entrar en razón a sus torturadores, apelando a su mejor voluntad y a su extracción social, cuando perdió por completo la fe en las posibilidades a largo plazo de la Revolución rusa, lo liberaron durante una de las nuevas alboradas del Imperio soviético, y descubrió que aún era un hombre con una misión, aunque ahora ésta consistía en abrir los ojos de los compañeros que continuaban engañados sobre la auténtica naturaleza del comunismo.
A pesar de que Frances decidió que no quería oír «revelaciones» que había descubierto por sí misma hacía décadas, entró en la sala cuando ésta se llenó, y se sentó al fondo, al lado de un hombre cuyo rostro le sonaba vagamente pero que, a juzgar por el modo en que la saludó, se acordaba muy bien de ella.
Johnny escuchaba sin prejuicios desde un rincón. Sus hijos se hallaban sentados junto a Julia en el otro extremo de la estancia, sin mirar a su padre. Sus caras reflejaban la misma tensión y desdicha que Frances veía en ellas desde hacía años. Si bien rehuían la mirada de su padre, a ella le dedicaron una sonrisa solidaria, aunque demasiado triste para que pasara por irónica, como pretendían. En aquella sala había personas a quienes conocían de su infancia y con cuyos hijos habían jugado.
Cuando Reuben comenzó su relato con la frase: «He venido a contaros la verdad, como es mi deber...», se hizo un silencio absoluto, no podría quejarse de que su público no le prestaba atención. Sin embargo, esos semblantes... no eran los que uno ve normalmente en una reunión, respondiendo a lo que se dice con sonrisas y gestos de asentimiento o de discrepancia. Eran rostros corteses, inexpresivos. Algunos de los presentes seguían siendo comunistas, lo habían sido durante toda su vida y no cambiarían: hay gente incapaz de cambiar una vez que se ha formado una opinión. Los que habían abjurado del comunismo criticaban a la Unión Soviética, algunos incluso con vehemencia, pero todos eran socialistas y conservaban su fe en el progreso, en esa escalera mecánica en permanente ascenso hacia un mundo más feliz. Y la Unión Soviética constituía un símbolo tan poderoso de esa fe que..., como dirían décadas después aquellos que habían vivido sumidos en sus sueños: «La Unión Soviética es nuestra madre, y uno no insulta a su madre.»
Estaban sentados escuchando a un hombre que había cumplido cuatro años de trabajos forzados en una cárcel comunista, sometido a un trato brutal; era una historia dolorosa y emotiva, y aunque de vez en cuando Reuben Sachs derramaba unas lágrimas por «la forma en que se ensuciaba y mancillaba el Gran Sueño de la humanidad», lo que pretendía era apelar a la razón de los presentes.
Por eso las personas que habían acudido a la reunión «para oír la verdad» mantenían un semblante inexpresivo, en algunos casos incluso estupefacto, escuchando como si el relato no les concerniese. El mensajero de «la verdad de la situación» disertó durante una hora y media y terminó con un apasionado llamamiento a que le hicieran preguntas sobre sus sufrimientos, pero nadie abrió la boca. Como si no se hubiese pronunciado una palabra, la reunión se dio por concluida porque la gente comenzó a marcharse tras darle las gracias a Frances, bajo la falsa impresión de que era la anfitriona, y saludar a Johnny con una inclinación de la cabeza. Nadie se pronunció. Si comentaban algo entre sí, era sobre otros temas.
Reuben Sachs permaneció sentado, aguardando aquello por lo cual había viajado a Londres, pero era como si hubiera hablado de la situación en la Europa medieval o incluso en la Edad de Piedra. No daba crédito a lo que veía, a lo que había sucedido.
Julia se quedó en su sitio, mirando alrededor con sarcasmo y una pizca de rencor, mientras que la expresión de Andrew y Colin era ostensiblemente burlona.
El hombre que estaba al lado de Frances no se había movido. Ella pensó que su inicial renuencia a asistir a la reunión había estado justificada: volvía a sentirse acuciada por antiguas desdichas y necesitaba recuperar la compostura.
—Frances —dijo él, intentando captar su atención—, no ha sido una charla agradable.
Ella sonrió con mayor vaguedad de la que a él le habría gustado, pero luego se fijó en su cara y pensó que al menos había alguien que había entendido lo que se había dicho.
—Soy Harold Holman. No me recuerdas, ¿verdad? Johnny y yo éramos inseparables en los viejos tiempos... Iba con frecuencia a tu casa cuando los críos eran pequeños. En ese entonces estaba casado con Jane.
—Al parecer he borrado todo eso de mi mente.
Entretanto, Andrew y Colin contemplaban la sala prácticamente vacía y Julia guiaba al triste y decepcionado portador de la verdad a sus habitaciones.
—¿Puedo llamarte alguna vez? —preguntó Harold.
—¿Por qué no? Pero hazlo a The Defender. —Bajó la voz para que no la oyeran sus hijos—. Estaré allí mañana por la tarde.
—De acuerdo. —Harold asintió y se marchó.
La conversación había sido tan intrascendente que sólo más tarde se le ocurrió pensar que él estaba interesado en ella como mujer, y eso debido a que había perdido la costumbre de esperar algo semejante.
Colin se acercó y preguntó:
—¿Quién era ese tipo?
—Un amigo de Johnny..., de los viejos tiempos.
—¿Para qué va a llamarte?
—No lo sé. Quizá salgamos a tomar un café y recordar el pasado —respondió mintiendo con naturalidad, porque ese aspecto de su ser ya empezaba a renacer.
—Me voy al instituto —anunció Colin con aspereza y suspicacia, y se marchó a tomar el tren sin decir adiós.
—Iré a ayudar a Julia con nuestro invitado, pobrecillo —dijo Andrew, y se alejó con una sonrisa que era a un tiempo de complicidad y de advertencia, aunque tal vez no hubiese cobrado conciencia de ello.
Era inevitable que una mujer que, como Frances, había cerrado la puerta a su vida amorosa fuese descubierta cuando la abría de repente. Le gustaba Harold; resultaba evidente por el modo en que empezaba a revivir, se le aceleraba el pulso, la embargaba la animación.
Pero ¿por qué? ¿Por qué él? La había pillado por sorpresa, desde luego. Qué extraordinario. La ocasión había sido extraordinaria, ¿Quién lo habría creído de no haberlo visto? No le habría sorprendido en absoluto que el tal Harold fuese la única persona presente dispuesta a asimilar lo que había dicho Reuben Sachs. Asimilar: qué palabra tan acertada. Uno puede pasar una hora y media escuchando información capaz de destruir los cimientos de su preciosa fe, o información que no coincide con lo que ya se ha aprendido, y no asimilarla. Si todo cae en saco roto...
Esa noche Frances no durmió bien, porque se permitió fantasear como una colegiala enamorada.
Al día siguiente Harold le telefoneó para invitarla a pasar el fin de semana con él en un pueblecito de Warwickshire, y ella accedió con tanta naturalidad como si aquello fuese cosa de todos los días.
Y de nuevo se preguntó qué cualidad poseía ese hombre para abrir con tanta facilidad la puerta que ella había mantenido firmemente cerrada. Se trataba de un individuo fornido, rubio y risueño que parecía observarlo todo con expresión entre distante y divertida. Era, o había sido, funcionario en una organización educativa. ¿Un sindicato?
Como sabía que el viernes recibirían la habitual invasión de jóvenes, subió a decirle a Julia que le gustaría tomarse el fin de semana libre. Con esas palabras.
Julia esbozó una sonrisa. ¿Era una sonrisa? Sí, y para nada maliciosa...
—Pobre Frances —comentó, sorprendiendo a su nuera—. Llevas una vida tediosa.
—¿De veras?
—Eso creo. Y los chicos pueden arreglárselas solos para variar.
Cuando salía, oyó un murmullo:
—Regresa a nuestro lado, Frances.
La sorprendió tanto que se volvió, pero Julia había retomado la lectura de su libro.
«Regresa a nuestro lado»... Vaya, qué perspicaz, qué incómodamente perspicaz. Porque de repente se había rebelado contra su vida, contra aquel esfuerzo sin tregua, y se había aventurado en un paisaje de sueños apasionados, donde se perdería... para no regresar a casa de Julia nunca más.
Maldita la gracia que les hizo la noticia a sus hijos. Al enterarse de que su madre pasaría el fin de semana fuera, los dos reaccionaron como si se marchara por seis meses.
—¿Adonde vas? —preguntó Colin por teléfono, desde el instituto—. ¿Y con quién?
—Con un amigo —respondió Frances, y se produjo un silencio cargado de desconfianza.
Andrew le dedicó su sonrisa más triste y temerosa, aunque él lo ignoraba.
Ella siempre había sido lo más estable en la vida de sus hijos, y de nada servía decir que ambos eran lo bastante mayores para concederle un poco de libertad. ¿A qué edad unos chicos tan inseguros como ésos dejan de necesitar la presencia constante de un progenitor? Su madre iba a pasar el fin de semana con un hombre, y ellos lo sabían. Si lo hubiera hecho en alguna otra ocasión..., pero qué obediente había sido siempre, pendiente en todo momento de la situación de sus hijos, de sus necesidades, como si quisiera compensarlos por las carencias de Johnny. ¿Como si quisiera? De hecho había tratado de compensarlos por las carencias de Johnny.
El sábado Frances salió furtivamente de la casa, consciente de que Andrew estaría alerta, pues no dormía bien, y de que tal vez Colin hubiera decidido levantarse antes de lo habitual, que era a media mañana. Alzó la vista hacia las ventanas de la fachada, temiendo ver las caras de sus hijos, pero allí no había nadie. Eran las siete de la mañana de un precioso día de verano, y su ánimo, a pesar del sentimiento de culpa, amenazaba con llevarla volando hasta el empíreo de la irresponsabilidad, y allí estaba él, su galán, su pretendiente, sonriendo, feliz de lo que veía: una mujer rubia (había ido a la peluquería) con un vestido de lino verde, sentada a su lado y volviéndose para reír con él de la inminente aventura.
Cruzaron plácidamente los suburbios de Londres y llegaron al campo. Frances disfrutaba de verlo disfrutar con ella, así como de su propio placer por estar a su lado, mientras se negaba a pensar en la
expresión de infelicidad e impotencia de Colin y Andrew.
Querida Tía Vera: soy una mujer divorciada con dos hijos. Me gustaría vivir una aventura amorosa, pero temo disgustar a los chicos. Me vigilan como halcones. ¿Qué puedo hacer? Quiero divertirme un poco. ¿No tengo derecho?
Bueno, si a Frances se le presentaba la oportunidad de divertirse, la aprovecharía: se esforzó por no pensar en sus hijos. De lo contrario, tendría que decirle a ese hombre: «Da media vuelta y márchate, he cometido un error.
Pararon a desayunar junto al río, cerca de Maidenhead, luego descansaron en un pueblo cuyo parque los sedujo, prosiguieron el viaje, se dejaron seducir de nuevo, esta vez por un atractivo pub, y comieron en otro parque mientras los gorriones saltaban alrededor de ellos.
—¿Te cuesta creer lo que está pasando? —preguntó él en cierto momento.
—Sí —respondió ella y se contuvo para no añadir: «Se trata de los chicos, ¿sabes?»
—Me lo parecía. A mí, en cambio, no me cuesta nada.
Su risa sonó lo bastante triunfal para que Frances lo mirase, intentando descubrir el motivo. Había algo que no entendía, pero daba igual. Se sentía imprudentemente feliz. Julia estaba en lo cierto: llevaba una vida muy aburrida. Tomaron carreteras secundarias para evitar las autopistas, se perdieron, y en todo momento sus gestos y sonrisas prometían: «Esta noche dormiremos el uno en brazos del otro.» El día continuó cálido, con una sedosa neblina dorada, y por la tarde se sentaron en otro parque, junto a un río, observados por los mirlos, un zorzal y un perro grande y amistoso que se sentó a su lado hasta que consiguió sacarles sendos trozos de tarta para alejarse luego agitando la cola.
—Qué perro más gordo —dijo Harold—. Así quedaré yo después de este fin de semana.
Sí, se lo veía hinchado, pero había un ingrediente más, el placer que extraía de ella, de la situación, que impulsó a Frances a preguntar sin pensarlo:
—¿Por qué estás tan satisfecho de ti mismo?
Él entendió de inmediato, de manera que la agresividad de las palabras, que Frances lamentó de inmediato haber pronunciado porque contradecían el radiante bienestar que sentía, quedó anulada cuando Harold respondió:
—Ah, sí, tienes razón, tienes razón. —Le dirigió una mirada risueña, y a ella se le antojó un león holgazán, con las patas cruzadas sobre el pecho, que erguía la autoritaria cabeza mientras bostezaba lenta y perezosamente—. Te lo diré, te lo contaré todo; pero quiero llegar a algún sitio antes de que desaparezca esta luz.
Siguieron su camino; en Warwickshire, él aparcó delante del hotel y se apeó para abrirle la portezuela.
—Baja y mira esto. —Al otro lado de la calle había árboles, lápidas, arbustos y un añoso tejo—. Estaba deseando enseñarte este sitio... No, te equivocas, no he traído a ninguna otra mujer, pero hace unos meses tuve que detenerme en este pueblo y pensé: es mágico. Estaba solo.
Cruzaron la calle tomados de la mano y entraron en el viejo cementerio, donde el tejo parecía casi tan alto como la pequeña iglesia. Era un atardecer de principios del verano, y una luna resplandeciente despuntaba en el cielo gris. Las pálidas lápidas se extendían ante ellos y era como si quisieran decirles algo. Mientras las ráfagas de cálido aire estival y las frescas volutas de niebla les rozaban la cara, se abrazaron y besaron y permanecieron muy juntos durante largo rato, escuchando los mensajes que sus cuerpos se enviaban mutuamente. Luego la presión de las emociones imposibles de compartir los hizo apartarse, aunque continuaron tomados de la mano, y Harold dijo «sí» con un sereno arrepentimiento que no necesitaba explicación. «Podría haberme casado con un hombre así, en lugar de con...», pensó Frances. Julia lo había tachado de imbécil. Puesto que Johnny no había telefoneado a su madre después de la reunión «para que todo el mundo oyera la verdad», Julia le telefoneó para averiguar qué opinaba, o más bien qué estaba dispuesto a decir.
«¿Y bien? —había preguntado ella—. Sin duda valía la pena reflexionar sobre lo que dijo ese israelí,
¿no?»
«Tienes que aprender a ver las cosas con perspectivas, Mutti.»
«Imbécil.»
El cementerio se cubrió de sombras, el cielo se iluminó y las lápidas destellaron, brillantes y espectrales, mientras ellos, apoyados contra el tejo en medio de la oscuridad, contemplaban la luna, cuyo resplandor aumentaba poco a poco. Luego caminaron entre las tumbas, todas antiguas, ninguna de menos de cien años, y pronto se encontraron en la habitación del anticuado hotel donde él había hecho la reserva a nombre de Harold y Frances Holman.
«¿Por qué no? —se dijo ella—. Podría casarme con este hombre, podríamos ser felices; al fin y al cabo la gente se casa y es feliz...», y aunque el recuerdo de las cargas y complicaciones de la casa de Julia ahuyentó esa idea absurda, Frances hizo a un lado este pensamiento, decidida a ser feliz al menos por una noche.
Y lo fue. Lo fueron.
—Hechos el uno para el otro —le murmuró él al oído, y lo repitió en voz alta, exultante.
Estaban tendidos de lado, abrazados, mientras fuera la efímera noche corría hacia un amanecer que no iba a permitir que las nubes retrasaran su llegada: la luna relucía en los cristales de las ventanas.
—He estado enamorado de ti durante años —confesó él—, desde que te vi por primera vez con tus hijos. La mujer de Johnny. No sabes cuántas veces fantaseé con llamarte y pedirte que te escapases a tomar una copa conmigo; pero eras la esposa de Johnny, y yo lo admiraba tanto...
Frances, que empezaba a sentirse deprimida, deseó que no continuase; y sin embargo, tenía que continuar, desde luego, porque ésa era la triste cara de la verdad.
—Debió de ser en aquel horrible apartamento de Notting Hill.
—¿Era horrible? En aquellos tiempos no aspirábamos a una vida elegante. —Soltó una carcajada estentórea y añadió—: Ah, Frances, ¿has soñado alguna vez con algo que creías que nunca se haría realidad? Pues para mí ese sueño se ha hecho realidad esta noche.
Ella pensaba en sí misma, gorda y preocupada, con los niños pequeños constantemente pegados a su falda, agarrándola, subiéndosele encima, disputándose su regazo.
—Me gustaría saber qué veías en mí entonces.
Harold guardó silencio por unos instantes.
—Todo —repuso al fin—. En aquellos tiempos Johnny era un héroe para mí. Y tú eras su mujer. Hacíais tan buena pareja; os envidiaba a los dos y envidiaba a Johnny. Y a los niños... Yo aún no tenía hijos. Quería ser como vosotros.
—¿Como Johnny?
—No puedo explicarlo. Erais una... una familia sagrada —Rió sacudiendo las extremidades, luego se sentó en el borde de la cama, estirando los brazos a la luz de la luna y agregó—: Eras maravillosa; tranquila serena... No te inmutas por nada, y yo era consciente de que Johnny distaba de ser el tipo más fácil del... No lo estoy criticando.
—¿Por qué no? Yo lo hago. —¿De verdad se proponía destruir el sueño? No podía. Oh, sí, claro que podía—. ¿Tienes la menor idea de cuánto odiaba a Johnny en aquella época?
—Bueno, es natural, todos odiamos de vez en cuando a las personas que queremos. Jane... era un coñazo.
—Johnny siempre ha sido un coñazo.
—Pero ¡qué héroe!
Estaba sentada con un brazo en torno al cuello de Haroid, lo más cerca posible de él, para no separarse de esa eufórica vitalidad, con los pechos apretados contra su brazo. Cuánto le gustaba su propio cuerpo esa noche, sólo porque le gustaba a él. Pechos grandes y suaves, y unos brazos... Estaba segura de que eran hermosos.
—Cuando vi a Johnny la otra noche, me pregunté si vosotros todavía...
—Por Dios, no —lo interrumpió Frances, apartándose de él en cuerpo y alma, y por un instante la sensación le agradó—. ¿Cómo podías imaginarlo? —Bueno, ¿y por qué no?—. Olvida a Johnny. Vuelve aquí.
—Se acostó y él se tendió a su lado, sonriendo.
—Nunca he admirado a nadie como a ese hombre. Para mí era una especie de dios. El camarada Johnny. Era mucho mayor que yo... —Levantó la cabeza para mirarla.
—Eso significa que soy mucho mayor que tú.