El sueno mas dulce

Doris Lessing · Capítulo 3 de 9 · parte 2/3

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El sueno mas dulce

—No, esta noche no. Cuando conocí a…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

—Déjenos entrar. Rose nos espera.

—Pues yo no os esperaba. ¿Quiénes sois?

—Rose dice que podemos vivir aquí —respondió una de ellas, aparentemente dispuesta a abrirse paso a empujones.

—Rose no es nadie para decidir quién puede vivir aquí y quién no —repuso Frances, sorprendida de su propia firmeza. Luego, mientras las chicas titubeaban, añadió—: Si queréis ver a Rose, volved mañana a una hora razonable. Supongo que ya estará durmiendo.

—No, no es verdad.

Frances se volvió hacia la ventana del apartamento del sótano y vio a Rose gesticulando enérgicamente.

—Ya os dije que era una vieja bruja —oyó.

Las chicas miraron a Rose con expresión de «qué se puede esperar» y se marcharon.

—Cuando ganemos la revolución se va a enterar —espetó una en voz alta, por encima del hombro.

Frances fue directamente a ver a Rose, que la esperaba, temblando de furia. Su negra melena, que el corte Evansky ya no conseguía mantener a raya, estaba erizada; tenía la cara roja y parecía a punto de saltar sobre Frances.

—¿Cómo te atreves a decirle a alguien que puede vivir aquí?

—Es mi apartamento, ¿no? Pues en él puedo hacer lo que quiera.

—No es tu apartamento. Sólo te lo hemos cedido hasta que termines los estudios. Pero si alguien necesita la segunda habitación, se instalará en ella.

—Voy a alquilarla —anunció Rose.

Frances enmudeció de asombro, incapaz de creer lo que estaba oyendo, aunque era muy típico de Rose. Notó que la chica adoptaba una actitud triunfal al ver que no la contradecía.

—No te cobramos nada por el apartamento —señaló—. Vives aquí sin pagar un penique, de modo que

¿cómo se te ocurre pensar que te permitiremos alquilar una habitación?

—¡No me queda otro remedio! —gritó Rose—. Lo que me pasan mis padres no me alcanza para vivir.

Es una miseria. Son unos tacaños.

—¿Para qué necesitas más si tienes casa y comida gratis y te pagan los estudios?

—Hijos de puta, sois todos unos hijos de puta —Rose estaba histérica, fuera de sí—. Te da igual lo que les pase a mis amigas. No tienen adonde ir. Han estado durmiendo en un banco de King's Cross. Supongo que te gustaría verme allí a mí también.

—Puedes irte cuando quieras —repuso Frances—. No pienso retenerte.

—Primero tu querido Andrew me deja preñada y después tú me echas a la calle.

Frances se sorprendió, pero enseguida se dijo que no era verdad..., aunque recordó que Jill había tenido un aborto sin que ella se enterase. Rose sacó ventaja de su momento de vacilación.

—Y fíjate en Jill, la obligasteis a abortar contra su voluntad.

—Yo no sabía que estaba embarazada. No sabía nada al respecto —replicó Frances, y entonces cayó en la cuenta de que intentaba razonar con Rose, cosa que nadie en su sano juicio trataría de hacer.

—Claro, y supongo que tampoco sabías nada de lo mío, ¿no? Mucha zalamería, mucho «sed buenos con Rose», pero lo único que te importaba era proteger a Andrew.

—Mientes —replicó Frances—. Sé que mientes. —Aun así se asustó de nuevo: Colin le había dicho que no se enteraba de nada; ¿y si Andrew había dejado embarazada a Rose? Pero no, se lo habría contado.

—No seguiré aquí para que me trates como un trapo. Sé muy bien cuándo estoy de más.

Frances se rió de esa ridicula declaración, aunque también por el alivio que le producía la perspectiva de que Rose se marchara. La magnitud de ese alivio le indicó hasta qué punto su presencia constituía una carga para ella.

—¡Estupendo! —exclamó—. Estoy de acuerdo contigo. Evidentemente, lo mejor que puedes hacer es irte. Cuando te venga bien.

Y empezó a subir la escalera en medio de un silencio semejante al que aseguran que reina en el ojo de una tormenta. Echó un último vistazo a Rose y advirtió que había alzado el rostro como para rezar... y entonces aulló.

Frances cerró la puerta, corrió a su habitación y se arrojó sobre la cama. «Ay, Dios, ojalá nos libremos de Rose —pensó—. Ojalá se largue.» Pero enseguida recuperó la sensatez: «Por supuesto que no se irá.»

Oyó que subía corriendo por la escalera y llamaba a la puerta de Andrew. Permaneció largo rato allí.

La casa entera retumbó con sus sollozos, sus gritos, sus amenazas.

Bastante después de medianoche volvió a pasar por delante de las habitaciones de Frances, y luego reinó el silencio.

Se oyó un golpe en la puerta: era Andrew. Estaba pálido de agotamiento.

—¿Puedo sentarme? —Se sentó—. No tienes idea de lo gracioso que resulta verte en este ambiente inverosímil —añadió guardando la compostura a pesar de las circunstancias.

Frances pensó en el aspecto que debía de presentar, descalza, con unos tejanos desgastados y un viejo jersey, y luego miró los muebles de Julia, más propios de un museo. Esbozó una sonrisa y sacudió la cabeza con un gesto que significaba: «Es demasiado.»

—Dice que la has echado.

—Ojalá fuese así. Ha sugerido que se marchaba.

—Me temo que no lo hará.

—Dice que la dejaste embarazada.

—¿Qué?

—Lo ha dicho.

—No hubo penetración —aseguró Andrew—. Fue un simple magreo, nos metimos mano durante una hora, más o menos. Es increíble lo que ocurre en esos cursillos izquierdosos de verano... —Canturreó—: Cada pequeña ráfaga de aire parece murmurar: sexo, sexo, sexo, por favor.

—¿Qué vamos a hacer? ¡Dios! ¿Por qué no la echamos?

—Si la obligamos a irse, vivirá en la calle. No volverá a su casa.

—Supongo que tienes razón.

—Sólo será un año. Habrá que armarse de paciencia.

—Colin está furioso; no quiere que viva aquí.

—Lo sé. ¿Olvidas que todos lo hemos oído quejarse de la vida? Y de Sylvia. Y probablemente de mí también.

—Sobre todo de mí.

—Ahora voy a advertirte que si vuelve a insinuar que la dejé embarazada... Espera, supongo que también la forcé a abortar, ¿no?

—No lo ha dicho, pero puedes estar seguro de que lo dirá.

—Joder, es una pequeña arpía.

—Y hábil, además. Nadie se atreve a plantarle cara.

—Yo sí, ya verás.

—¿Qué vas a hacer? ¿Llamar a la policía? A propósito, ¿dónde está Jill? Es como si se la hubiese tragado la tierra.

—Rose y ella discutieron. Supongo que se la quitó de encima.

—¿Y dónde se ha metido? ¿Alguien lo sabe? En teoría, estoy in loco parentis.

—«Loco» es una palabra acertada en este contexto —bromeó Andrew.

Frances empezaba a percartarse de que, aunque «los críos» la veían como una especie de benevolente fenómeno de la naturaleza y sacaban buen provecho de su suerte, ella no era ni mucho menos la única persona in locoparentis. Al final del verano había recibido una carta de una inglesa que vivía en Sevilla y había escrito para contarle lo mucho que había disfrutado con la compañía de Colin, el encantador hijo de Frances. (¿Colin encantador? Desde luego, en casa no lo era.) «Este verano nos tocó un grupo precioso.

No siempre es tan sencillo. ¡Algunos tienen un montón de problemas! Me parece curioso cómo se instalan en casa de los padres de sus amigos. Mi hija pone excusas para no venir a verme. Tiene un hogar alternativo en Hampshire, en casa de un ex novio. Así están las cosas, y supongo que hay que tomarlas como vienen.»

Una carta de Carolina del Norte. «¡Hola, Frances Lennox! Tengo la sensación de que te conozco muy bien. Geoffrey Bone ha pasado varias semanas aquí, con un grupo de jóvenes de distintas partes del mundo, para participar en la lucha por los derechos civiles. Todos los jóvenes perdidos y descarriados llaman a mi puerta... No, no me refiero a Geoffrey, que es el chico más divino que he conocido en mi vida.

Pero yo los recojo, como tú y mi hermana Fran en California. Pete, mi hijo, viajará a Gran Bretaña el verano que viene, y estoy segura de que se presentará en tu casa.»

Desde Escocia, Irlanda, Francia..., cartas que iban a parar a una carpeta con otras semejantes que recibía desde hacía años, desde la época en que prácticamente no veía a Andrew.

Así fue como las madres sustitutas, las «madrestierra» que proliferaban en los sesenta, comenzaron a cobrar conciencia de que no estaban solas y a entender que formaban parte de un fenómeno mundial: el espíritu de los tiempos entraba en escena otra vez. Trabajaban en red antes de que esa expresión se incorporase al lenguaje. Componían una red de educadoras, de educadoras neuróticas. Como habían

conjeturado «los críos», Frances intentaba superar un complejo de culpa que se remontaba a su infancia.

(Ella había respondido que no le habría sorprendido en absoluto.) La hipótesis de Sylvia discurría por una

«línea» diferente. (El origen de la palabra «línea» había que buscarlo en la jerga del partido.) Gracias a sus geniales amigos místicos, había descubierto que Frances trabajaba en su karma, que había resultado dañado en una vida anterior.

En una de las visitas que hacía para gritarle a su madre, Colin llegó acompañado por Franklin Tichafa, de Zimlia, una colonia británica que según Johnny estaba a punto de seguir los pasos de Kenia. También lo aseguraban los periódicos. Franklin era un chico negro regordete y risueño. Colin le advirtió a su madre que no emplease la palabra «chico» debido a sus connotaciones despectivas.

—No es un hombre, ¿verdad? —repuso Frances—. Si no puedo usar la palabra «chico» para referirme a alguien de dieciséis años, ¿a quién iba a aplicársela?

—Lo hace adrede —dijo Andrew—, para incordiar.

En parte era verdad. En el pasado Johnny solía quejarse de que Frances se mostraba políticamente obtusa a propósito, para avergonzarlo delante de sus camaradas, y lo cierto era que en alguna ocasión lo había hecho, como en ese momento.

A todo el mundo le caía bien Franklin, que se llamaba así en honor a Roosevelt y «hacía» Letras en Saint Joseph para complacer a sus padres, si bien planeaba estudiar Economía y Ciencias Políticas una vez que fuese a la universidad.

—Todos estudiáis lo mismo —observó Frances—, Ciencias Políticas y Economía. Lo increíble es que alguien quiera cursar esa carrera con lo mal que hacen las cosas los que la estudiaron, sobre todo los economistas.

Se trataba de un comentario tan adelantado a su época que los jóvenes lo dejaron correr, o quizá ni siquiera le prestaron atención.

La noche de la primera visita de Franklin, Colin no subió a ver a Frances para la habitual sesión de acusaciones: no había ido a Maystock. Franklin se había acostado en el suelo de su habitación, en un saco de dormir. Frances los oía hablar y reír justo encima de su cabeza... Su agotado corazón empezó a tranquilizarse, y pensó que lo que Colin necesitaba era un buen amigo, alguien que riera mucho: tonteaban a menudo, y como todos los jóvenes de su sexo (o chicos), se zarandeaban, se empujaban y jugaban con brusquedad.

Franklin volvió una y otra vez, y Colin se declaró harto de Maystock. Una vez había pillado al doctor David durmiendo mientras él se removía en el diván, esperando que el gran hombre le dirigiera la palabra.

—¿Cuánto le pagáis? —preguntó.

Frances se lo dijo.

—Vaya chollo de trabajo —observó Colin.

¿Estaba guardándose sus sentimientos de nuevo, o había desfogado toda su furia en aquellas noches de acusaciones contra su madre? Frances lo ignoraba, pero no había mejorado en los estudios y al parecer se proponía dejarlos.

Fue Franklin quien le advirtió que sería una tontería.

—No lo hagas. Cuando seas mayor lo lamentarás.

Ese último comentario era una cita. En cualquier grupo de jóvenes, los dichos, toques de atención y consejos que han salido de boca de los padres se repiten luego en la de los hijos en tono humorístico, burlón o serio. Aquel «cuando seas mayor lo lamentarás» lo había pronunciado la abuela de Franklin al amor de la lumbre —un tronco ardiendo en el centro de la choza— en una aldea donde las cabras se colaban en las casas en la esperanza de encontrar algo que mereciera la pena robar. Una ansiosa mujer negra, a quien Franklin le había dicho que no quería aceptar la beca para Saint Joseph —estaba muerto de miedo—, había sentenciado: «Cuando seas mayor lo lamentarás.»

—Ya soy mayor —replicó Colin.

Otra vez noviembre, oscuro y lluvioso. Como era fin de semana, todo el mundo estaba allí. Sylvia se había sentado a la izquierda de Frances, y los presentes fingían no notar que luchaba con la comida.

Había abandonado el mágico círculo de amigos, que eran incapaces de decir algo sin lanzar una mirada sugestiva y adoptar un tono solemne. Al igual que Julia, había comentado: «No son buena gente.»

Jake había ido a ver a Frances, visiblemente nervioso.

—Hay un problema, Frances. Es cultural. Creo que en Estados Unidos somos menos inhibidos que aquí.

—Me temo que estoy en desventaja —repuso Frances—. Sylvia no nos ha explicado por qué...

—No había nada que explicar, créeme.

Sylvia le confesó a Andrew que lo que la había «alterado» no eran los salvajes ritos satánicos que los demás habían imaginado y sobre los que bromeaban mientras ella los reconvenía por tontos, ni las sesiones de espiritismo que habían salido mal —o bien, según se mirase, ya que habían aparecido

vociferantes fantasmas con un mensaje urgente que transmitir, como el de que Sylvia debía vestir siempre de azul y llevar un amuleto con una turquesa—, sino el hecho de que Jake la hubiera besado tras asegurarle que a su edad ya no le convenía ser virgen. Ella lo había abofeteado con todas sus fuerzas y lo había tachado de viejo verde. Aunque para Andrew estaba claro que Jake intentaba iniciarla en arcanos placeres sexuales, Sylvia dijo: «Podría ser mi abuelo.»

Y era verdad, O casi.

Andrew había ido a pasar el fin de semana en Londres porque Colin le había telefoneado para comunicarle que Sylvia estaba sufriendo una recaída. No cabía duda de que Colin estaba preocupado, así que: ¿en qué quedaban todas sus rabietas por la presencia de Sylvia en la casa? «Tienes que venir, Andrew. Tú siempre sabes qué hacer.» ¿Y Julia? ¿Acaso ella no sabía qué hacer? Por lo visto, ya no. Al enterarse de que Sylvia se encerraba en su habitación noche tras noche y se negaba a salir, había dicho en tono de tristeza, que al parecer últimamente era el único que adoptaba su voz:

—Ya ves, Sylvia, es lo que ocurre cuando una se junta con gente de esa calaña.

—Pero no pasó nada, Julia —había murmurado Sylvia, tratando de abrazar a la anciana.

Los brazos de Julia, que hasta hacía muy poco solían estrecharla con total naturalidad, ahora la rodearon, mas no de la misma manera, y Sylvia lloró en su habitación por el reproche implícito en la rigidez de esos viejos brazos.

Sylvia, sentada con el tenedor en la mano, hacía girar un trozo de patata cocida en crema de leche, como a ella le gustaba.

Andrew se encontraba a su lado. Colin se había acomodado entre él y Rose. No se miraron ni se dirigieron la palabra. James había llegado del instituto y también dormiría en el suelo del salón. Enfrente de Rose estaba Franklin, que había bebido de más. Sobre la mesa había varias botellas de vino, regalo de Jjohnny, que ocupaba su puesto en la ventana. Al lado de Franklin se hallaba Geoffrey, ya en su primer trimestre en la facultad de Economía. Vestido con ropa de una tienda de excedentes del ejército, parecía un guerrillero. Su presencia allí se debía a que se había encontrado con Johnny en el Cosmo y se había enterado de que éste acudiría a cenar a la casa. Sophie no estaba, pero unas horas antes había visitado a su querida Frances. Atravesaba una mala racha, no en la escuela de arte dramático, donde le iba de maravilla, sino por culpa de Roland Shattock. Esa noche iría con él a una discoteca. Junto a Frances estaba Jill, que había reaparecido esa tarde y había preguntado con timidez si podía quedarse a cenar. No presentaba buen aspecto y llevaba una venda en la muñeca izquierda. Rose la había recibido con un

«¿Qué haces tú aquí?». Jill esperó a que hubiese suficiente ruido y risas para preguntarle a Frances:

—¿Me permites quedarme a vivir en la habitación libre del sótano? Eres tú quien decide quién puede instalarse allí, ¿no?

Por desgracia Colin había dicho que quería que Franklin pasase las fiestas con ellos y se alojase en esa habitación. Y era obvio que Jill y Rose no podían estar juntas.

—¿Piensas volver al instituto? —preguntó Frances.

—No sé si me aceptarían—respondió Jill, con una expresión de timidez y súplica que parecía significar.

«¿Les pedirás que me acepten?»

Pero ¿dónde iba a vivir?

—¿Has estado en el hospital?

La chica asintió.

—Durante un mes entero —susurró. Eso significaba que había estado en una unidad de psiquiatría y que esperaba que Frances lo entendiera—. ¿Me dejarías dormir en el salón?

Andrew, aparentemente concentrado en Sylvia, animándola, riendo cuando ella bromeaba sobre sus problemas, también estaba pendiente de la conversación entre su madre y Jill. Buscó la mirada de Frances y negó con la cabeza. Un ademán con el pulgar señalando el suelo no habría sido más elocuente que aquel

«no» casi imperceptible que pretendía pasar inadvertido. Sin embargo, Jill lo vio. Se quedó callada, mirando hacia abajo con labios temblorosos.

—El problema es que no tenemos dónde meterte —explicó Frances. Además no creía que Jill fuera capaz de seguir estudiando, aunque ella consiguiera que la readmitieran en el instituto. ¿Qué debía hacer?

Este pequeño drama transcurría en el extremo de la mesa que correspondía a Frances; en el otro reinaban el bullicio y el buen humor. Johnny les contaba su viaje a la Unión Soviética con una delegación de bibliotecarios y hacía bromas a costa de los no militantes, que habían metido la pata una y otra vez.

Uno había pedido que le confirmasen —en una asamblea de la Sociedad de Escritores Soviéticos— que en la Unión Soviética no había censura. Otro había preguntado si el Estado soviético, «al igual que el Vaticano», había elaborado una lista de libros prohibidos.

—Realmente hicieron gala de una ingenuidad política imperdonable —afirmó Johnny.

A continuación hablaron de las elecciones recientes, que habían devuelto el poder al Partido Laborista.

Johnny había participado activamente; se trataba de un asunto complejo, puesto que aunque saltaba a la vista que los laboristas representaban una amenaza mayor para las masas trabajadoras que los

conservadores (ya que confundían a la gente con fórmulas incorrectas), se habían visto obligados a apoyarlos por motivos estratégicos. James escuchaba los pormenores de este problema como si se tratara de su música favorita. Johnny lo había saludado con una cordial inclinación de la cabeza y una palmada en el hombro, pero en ese momento prestaba atención al recién llegado, Franklin, al que aún tenía que ganarse. Pronunció un breve discurso sobre la política colonialista en Zimlia, rememoró los delitos de la política colonialista en Kenia, recreándose especialmente en los peores actos británicos, y comenzó a exhortar a Franklin para que luchase por la libertad de su país.

—Aunque los movimientos nacionalistas de Zimlia no están tan desarrollados como el de los Mau-Mau, sois vosotros, los jóvenes, quienes debéis liberar a vuestro pueblo de la opresión. —Johnny sostenía una copa en una mano, la izquierda, y estaba inclinado hacia delante, mirando a Franklin a los ojos mientras lo señalaba con el índice de la mano derecha, como apuntándole con un revólver. Franklin se removía en su silla con una sonrisa de incomodidad, hasta que dijo: «Disculpe», y se marchó... De hecho, fue al baño, pero dio la impresión de que huía, y cuando regresó le alargó el plato a Frances para que le sirviese otra ración, sin mirar a Johnny, que estaba esperándolo.

—En África, la historia ha depositado sobre los hombros de tu generación una responsabilidad mayor que la que han asumido las anteriores. Cómo me gustaría ser joven de nuevo, cómo me gustaría tener todo el futuro por delante.

Por una vez sus rasgos, casi siempre rígidos en una expresión de autoridad marcial, se suavizaron para reflejar añoranza. Los años pasaban y Johnny ya era un combatiente maduro; cuánto debía de detestar su condición, pensó Frances, pues todos los días llegaban noticias sobre nuevos abanderados jóvenes de la Revolución que poco a poco estaban eclipsando a Johnny. En ese momento Franklin levantó su copa, con un ademán ampuloso que pareció paródico.

—¡Por la Revolución en África! —brindó y se desplomó sobre la mesa, sin sentido.

Mientras, en la otra punta Jill se levantaba y decía:

—Perdón, perdón, he de irme.

—¿Quieres quedarte esta noche? Puedes dormir con James en el salón.

Jill, de pie, negaba con la cabeza y trataba de sujetarse con una mano —casualmente— del brazo de Frances, cuando de repente se desmayó a los pies de ésta.

—Qué follón —comentó Johnny, fascinado, y observó a Geoffrey y a Colin mientras despertaban a Franklin y le daban agua al tiempo que Frances levantaba a Jill.

Rose permaneció sentada, como si nada hubiera ocurrido. Sylvia murmuró que quería irse a la cama, y Andrew la acompañó.

Llevaron a Franklin a la segunda habitación del sótano y dejaron a Jill en el salón, dentro de un saco de dormir. James aseguró que cuidaría de ella, pero se durmió en el acto. Más tarde, Frances bajó a echarle un vistazo a la chica. A la tenue luz del pasillo, Jill ofrecía un aspecto espantoso. Necesitaba cuidados. Habría que informar a sus padres, naturalmente, que sin duda no estarían al corriente de su situación. Por la mañana le diría a Jill que regresara a su casa.

No obstante, a la mañana siguiente se había largado, había desaparecido en el salvaje y peligroso Londres, y cuando le preguntaron a Rose, ésta contestó que no era la guardiana de Jill.

Cabía esperar que Franklin estuviese nervioso por compartir el apartamento con Rose. Temían que ésta tuviese prejuicios raciales, «viniendo de donde venía...», según la sutil alusión de Andrew a su extracción social. Sin embargo, no fue así; de hecho, Rose se mostraba «amable» con Franklin.

—Está siendo muy amable —dijo Colin—, y él piensa que ella es genial.

Lo pensaba, en efecto. Era genial. Y una amistad aparentemente imposible nació entre el bonachón joven negro y la rencorosa adolescente, cuya ira burbujeaba y bullía con la misma fiabilidad que la mancha roja de Júpiter.

Frances y sus hijos se maravillaron, porque les costaba pensar en dos personas más diferentes, pero lo cierto es que habitaban un paisaje moral similar. Rose y Franklin nunca llegarían a saber cuánto tenían en común.

Desde su llegada allí, Rose vivía poseída por una silenciosa ira ante la idea de que esa gente se arrogara el derecho de referirse a la casa como propia. Aquella casa magnífica, que parecía salida de una película, sus muebles, el dinero..., todo ello sólo constituía los cimientos de una angustia más profunda, un rencor amargo que nunca la abandonaba. El problema residía en la naturalidad con que aceptaban lo que los rodeaba, lo que daban por sentado, lo que sabían. Jamás había nombrado un libro —y durante un tiempo los había puesto a prueba mencionando títulos de los que ninguna persona sensata habría oído hablar— que no hubieran leído o que no les sonara de algo. Sabía que habían leído los libros que cubrían dos paredes del salón del suelo al techo. En una ocasión en que Frances la encontró allí, la desafió:

—¿De verdad has leído todos estos libros, Frances?

—Pues sí, creo que sí.

—¿Cuándo? ¿Tenías libros en casa cuando eras pequeña?

—Sí, al menos los clásicos. Supongo que todo el mundo los tenía en aquella época.

—¡Todo el mundo! ¡Todo el mundo! ¿Quién es todo el mundo?

—La clase media —respondió Frances, decidida a no dejarse provocar—. Y buena parte de la clase obrera.

—¡Vaya! ¿Y cómo lo sabes?

—Compruébalo —repuso Frances—. No es difícil de averiguar.

—¿Y cuándo tenías tiempo para leer?

—Veamos... —Frances rememoró la época en que los niños eran pequeños y ella pasaba mucho tiempo sola, combatiendo el aburrimiento con la lectura, y recordó que Johnny le daba la lata para que leyera esto y aquello...—Johnny fue una buena influencia —añadió, repitiéndose una vez más que debía ser justa

—. Ha leído mucho, ¿sabes? Los comunistas suelen hacerlo; tiene gracia, ¿no?, pero es verdad. Me animaba a leer.

—Todos estos libros... —murmuró Rose—. Nosotros no teníamos libros.

—Si quieres, puedes recuperar el tiempo perdido —sugirió Frances—. Toma prestados los que más te gusten.

La naturalidad con que abordaban esos temas enfurecía a Rose. Parecían estar al corriente de cualquier asunto que ella mencionara, ya fuese una idea o un hecho histórico. Estaban en posesión de una especie de banco de datos: preguntara lo que preguntase, ellos lo sabían.

Rose había tomado libros de los estantes, pero no había disfrutado con ellos. No porque fuese lenta leyendo —que lo era, aunque no le faltaba tesón y perseveraba en su empeño—, sino porque mientras leía la embargaba una especie de furia que se interponía entre ella y la historia o los conocimientos que intentaba asimilar. Porque esa gente gozaba de todo aquello como si lo hubiera heredado, mientras que ella, Rose…

Al llegar y encontrarse con la compleja magnificencia de Londres, Franklin había pasado varios días temeroso, lamentándose de haber aceptado la beca. Todo aquello lo abrumaba. Su padre había sido maestro de los cursos inferiores en la escuela de una misión católica. Los sacerdotes, al reparar en la inteligencia del chico, lo habían alentado y apoyado hasta el día en que habían preguntado a una persona rica —cuyo nombre Franklin jamás conocería— si estaba dispuesta a incluir a aquel niño prometedor en su lista de protegidos. Se trataba de un compromiso caro: dos años en Saint Joseph y después, con suerte, la universidad.

Cuando Franklin regresó a su aldea, tras su paso por la escuela de la misión, se sintió secretamente avergonzado de la situación de sus padres. De hecho, todavía se avergonzaba: unas cuantas chozas de paja en la selva, sin electricidad, teléfono, agua corriente ni retretes. La tienda más cercana estaba a siete kilómetros de distancia. En comparación, la escuela de la misión parecía un lugar lujoso. Más tarde, en Londres se había llevado una violenta impresión: estaba rodeado de tal riqueza, de tales maravillas, que la misión se le antojaba miserablemente pobre. Había pasado los primeros días en la ciudad con un afable sacerdote, un amigo de los misioneros que, consciente de que estaría conmocionado, lo había llevado en autobús y en metro a los parques, los mercados, los grandes almacenes, los supermercados, el banco e incluso a restaurantes, todo ello para que se acostumbrase, pero de allí había pasado a Saint Joseph, un lugar que semejaba el mismísimo cielo: edificios como escapados de un libro ilustrado rodeados de grandes campos verdes; chicos y chicas, todos blancos salvo dos nigerianos que le resultaban tan extraños como aquéllos, y profesores muy diferentes de los padres católicos; todos tan cordiales, tan amables...

Hasta entonces ningún blanco lo había tratado con amabilidad fuera de la misión. Colin se alojaba dos puertas más allá, en el mismo pasillo. Para Franklin, su habitación estaba provista de cuanto cabía desear, incluido un teléfono. Se trataba de un pequeño paraíso, aunque había oído a Colin quejarse de sus reducidas dimensiones. Cada comida era un festín — la variedad, la abundancia de los platos—, aunque había quien se lamentaba de que siempre sirvieran lo mismo. En la misión comían casi exclusivamente gachas de maíz con distintas salsas.

Poco a poco brotó en su interior un poderoso sentimiento que a veces amenazaba con salir de su boca convertido en una retahila de insultos y acusaciones, aunque mientras tanto sonreía y se comportaba de un modo agradable y sumiso. «No es justo, no está bien, ¿por qué tenéis tanto y no sabéis valorarlo?» El que no tuviesen conciencia de lo afortunados que eran le dolía, lo ofendía, lo irritaba. Y cuando iba a casa de Colin, aquella casona que se le antojaba un palacio (por tal la había tomado la primera vez que la había visto) y que estaba llena de cosas hermosas, se sentía incapaz de hablar mientras los demás bromeaban y tonteaban. Observaba al hermano mayor, Andrew, y la ternura que prodigaba a la chica que había estado enferma, y se imaginaba en el lugar de ella, sentado entre Frances y Andrew, ambos tan afectuosos, tan cordiales... Después de la primera visita se sintió igual que cuando le habían ofrecido la beca. Era demasiado para él, no estaba a la altura, ni siquiera sabía para qué servían la mitad de las cosas: los aparatos de la cocina, los muebles... A pesar de todo volvió una y otra vez, y descubrió que en esa casa lo trataban como a un hijo. Johnny representaba un problema al principio. Franklin, que había estado en contacto con sus doctrinas y su estilo de discurso, había decidido que no quería saber nada de una política que lo asustaba. Los políticos lo habían exhortado a matar blancos, pero él había conocido la bondad gracias a los curas blancos de la misión —pese a que eran muy severos—, a un anónimo benefactor blanco, y ahora a la amable gente blanca del nuevo colegio y de esa casa. Y sin embargo padecía, penaba, sufría: la envidia lo corroía. «Quiero. Quiero eso. Lo quiero. Quiero...»

Sabía que no le convenía decir lo que pensaba. Las ideas que se agolpaban en su mente eran peligrosas y no podía permitir que afloraran. Tampoco las expresaba ante Rose. Ninguno de los dos compartía con el otro las macabras y ponzoñosas escenas que se desarrollaban en su cabeza. Aun así, les gustaba estar juntos.

Tardó mucho tiempo en dilucidar cuál era la relación entre aquellos individuos y si estaban emparentados o no. No le sorprendía que hubiera tantas personas sentadas alrededor de la mesa, aunque para hallar un paralelismo tuvo que retrotraerse a su aldea, donde se recibía con cordialidad a la gente que buscaba un plato de comida y un sitio donde dormir.

En la pequeña casa que sus padres tenían en la misión, compuesta por una austera habitación y una cocina, no había sitio para la informal hospitalidad de la aldea. Sin embargo, en casa de sus abuelos, donde solía pasar las vacaciones, en torno al gran tronco que ardía durante toda la noche en medio de la choza, dormían envueltas en mantas personas que no había visto antes y que probablemente no volvería a ver: parientes lejanos que estaban de paso o amistades con problemas que buscaban refugio. Sin embargo, esa afectuosa generosidad iba unida a una pobreza de la que se avergonzaba y que —lo que era aún peor— ya no conseguía entender. ¿Sería capaz de soportar aquello cuando regresase?, se preguntaba al ver la ropa de Rose apilada sobre la cama, o las cosas que tenían los chicos del colegio: no había límites para lo que poseían y lo que esperaban poseer, mientras que él disponía de unas pocas prendas que cuidaba celosamente y que sus padres habían comprado con un enorme sacrificio.

Por no mencionar los libros de la planta alta. En la misión había una Biblia, devocionarios y un ejemplar de El viaje del peregrino, que había leído mil veces. Solía leer con semanas de retraso los periódicos que apilaban en la despensa de la misión para forrar estantes o cajones. Guardaba como un tesoro la Enciclopedia infantil Arthur Mee que había rescatado de la basura de una familia de blancos. De pronto se apoderó de él la impresión de que los sueños de su infancia se habían hecho realidad en aquellas paredes tapizadas de libros del salón. Cogió uno, lo hojeó y el precioso objeto palpitó entre sus manos. Se llevaba algunos a su habitación, procurando que Rose no lo advirtiera, porque lo había escandalizado al aseverar: «Sólo fingen que leen, ¿sabes? No es más que una farsa.»

No obstante él se había reído, porque era lo que ella esperaba que hiciese: Rose era su amiga. Le dijo que la consideraba una hermana; y echaba de menos a sus hermanas.

Ese año celebrarían una Navidad auténtica, porque Colin y Andrew estarían en casa. A Sophie su madre le había dicho que, como no quería aguarle la fiesta, se iría a casa de su hermana. Estaba mejor: ya no lloraba constantemente y había empezado una terapia para «elaborar el duelo».

Puesto que Johnny pasaría una temporada en Londres entre un viaje y otro, supuestamente relevaría a Andrew en el cuidado de Phyllida.

Cuando Frances anunció que habría fiesta de Navidad, el espíritu de la frivolidad se manifestó de inmediato en las caras y los ojos de los jóvenes, así como en los chistes con que se burlaban del acontecimiento, aunque se esforzaban por moderarse para no quitarle la ilusión a Franklin. Estaba impaciente por participar en los festejos que anunciaban la prensa y la televisión y que llenaban ya las tiendas de deslumbrantes colores. También sentía pena, porque habría que hacer regalos y él disponía de muy poco dinero. Al ver que su chaqueta era demasiado fina y que carecía de jerséis de abrigo, Frances le había anticipado su regalo de Navidad: dinero para ropa. Lo guardaba en un cajón, y en ocasiones se sentaba en la cama y jugueteaba con él una y otra vez, como una gallina vigilando sus huevos. Tener esa suma de dinero en sus manos, sus manos, formaba parte del milagro que significaba para él la Navidad.

Sin embargo, Rose abrió la puerta, lo vio inclinado sobre el cajón del dinero, se abalanzó sobre éste y lo contó.

—¿Dónde lo has robado?

Aquello se parecía tanto a lo que había aprendido a esperar de los blancos que tartamudeó:

—Pero amita, amita...

Rose, que no entendía a qué venía aquello, insistió:

—¿De dónde lo has sacado?

—Me lo ha dado Frances para que me compre ropa.

La cara de la chica se encendió de ira. Frances nunca le había ofrecido una suma semejante; sólo lo suficiente para un vestido de Biba y otro corte de pelo en Evansky.

—No necesitas comprar ropa —dijo ella.

Estaba sentada al lado de Franklin, tan cerca que las dudas de éste sobre sus posibles prejuicios raciales se desvanecieron. Ninguna persona de la colonia, ni siquiera los curas blancos, se sentaría tan cerca de un negro con esa actitud despreocupada y cordial.

—Hay cosas mejores en que gastar el dinero —añadió Rose. Se lo devolvió de mala gana y lo observó meterlo de nuevo en el cajón.

Esa noche Geoffrey les hizo una visita y se sumó al plan de Rose para equipar a Franklin. Al ingresar en la facultad de Economía, se había alegrado de constatar que el hurto de ropa, libros y lo que fuese que a uno le apeteciera se consideraba un medio válido para socavar el sistema capitalista. Pagar por algo era..., en fin, el colmo de la ingenuidad política. No, uno «liberaba» los objetos: la vieja jerga de la

Segunda Guerra Mundial volvía a estar vigente.

Geoffrey acudiría a la fiesta —«Hay que estar en casa por Navidad»— y ni siquiera había prestado atención a lo que había dicho Franklin.

James dijo que estaba seguro de que sus padres no notarían su ausencia: iría a verlos por Nochevieja.

También estaría Lucy, de Dartington; cuyos padres se marchaban a China en una misión humanitaria.

Daniel, que debía regresar a su casa, pidió que le guardasen un trozo de pastel.

Habían recibido una conmovedora carta de Jill. Pensaba mucho en todos. Eran sus únicos amigos. «Por favor, escribidme. Por favor, enviadme dinero.» Sin embargo, su dirección no constaba en el sobre.

Frances escribió a los padres de Jill preguntándoles si la habían visto. Ya les había escrito con anterioridad para confesarles que no había logrado convencerla de que siguiera estudiando. En esa ocasión le habían contestado: «No se culpe, señora Lennox. Nosotros nunca conseguimos que hiciera nada de provecho.» Esta vez, la carta decía: «No, Jill no se ha dignado ponerse en contacto con nosotros.

Le agradeceremos que nos avise si se deja caer por su casa. En Saint Joseph no saben nada de ella. Nadie sabe nada.»

Frances escribió a los padres de Rose para comunicarles que a su hija le había ido bien en el primer trimestre. La respuesta de los padres fue: «Quizá no lo sepa, pero no hemos tenido noticias de nuestra hija, de manera que le agradecemos su carta. El instituto nos envió sus calificaciones. Suponemos que usted habrá recibido una copia. Fue una agradable sorpresa. Rose solía jactarse —al menos eso nos parecía a nosotros— de las malas notas que sacaba.»

Sylvia también había hecho progresos. Esto se debía en parte al apoyo de Julia, pese a que se había vuelto menos incondicional en los últimos tiempos. Sylvia había subido a hablar con ella otra vez, y con voz temblorosa por el afecto y las lágrimas, había suplicado: «Por favor, Julia, no siga enfadada conmigo.

No puedo soportarlo.»

Se habían fundido en un abrazo, y la intimidad entre ellas se había reinstaurado casi por completo.

Casi. Un pequeño resquemor enturbiaba la felicidad de Julia: la chica había dicho que «quería ser religiosa». Las historias de Franklin sobre los jesuítas que lo habían rescatado la habían conmovido profundamente, tanto que había decidido convertirse al catolicismo. Julia le contó que sus padres la habían mandado a misa los domingos, pero que «prácticamente no había pasado de ahí». No obstante, suponía que aún podía considerarse católica.

Sylvia, Sophie y Lucy pasaron la Nochebuena decorando un pequeño pino para el alféizar de la ventana y ayudando a Frances con los preparativos de la comida navideña. Se permitieron comportarse otra vez como niñas. Frances habría jurado que esas criaturas alegres y risueñas contaban once o doce años. Las engorrosas tareas de la cocina se convirtieron en una aventura salpicada de chistes y diversión.

Franklin subió, atraído por el jolgorio. Geoffrey y James, que dormirían en el salón, y luego Colin y Andrew se entregaron con entusiasmo a la tarea de pelar castañas y mezclar el relleno. Al final, todos prorrumpieron en ovaciones al ver sobre la bandeja del horno el pavo untado con mantequilla y aceite.

Los preparativos se prolongaron y se hizo tarde. Sophie dijo que no necesitaba volver a casa, porque había llevado el vestido que se pondría el día siguiente. Cuando Frances se metió en la cama alcanzó a oír a los chicos en el salón de abajo, celebrando una fiesta anticipada. Pensó en cómo se sentiría Julia, dos pisos más arriba, sabiendo que su pequeña Sylvia estaba con otros y no con ella... Aunque Julia había avisado que no asistiría a la comida de Navidad, invitó a todo el mundo a una auténtica merienda navideña en el salón, que en ese momento se hallaba atestado de jóvenes emborrachándose.

Al igual que millones de mujeres de todo el mundo, la mañana de Navidad, Frances bajó a la cocina sola. A través de la puerta del salón, entornada presumiblemente para permitir la entrada de aire fresco, se entreveían figuras acurrucadas.

Frances se sentó a la mesa con un cigarrillo y una taza de té cargado que le hizo evocar las colinas donde incontables mujeres explotadas recogían las hojas para aquel exótico lugar: Occidente. En la casa reinaba un silencio absoluto... No, oyó pasos, y un instante después apareció Franklin, con una sonrisa de oreja a oreja. Vestido con una flamante chaqueta y un jersey grueso, alzó un pie por vez para lucir los zapatos y los calcetines nuevos; se levantó el jersey, enseñándole una camisa de cuadros, y luego ésta, a fin de mostrarle una camiseta de color azul subido. Se abrazaron. Frances sintió que estrechaba entre sus brazos la mismísima encarnación del espíritu navideño, porque el chico estaba tan contento que comenzó a reír y aplaudir.

—Frances, Frances, madre Frances. Eres nuestra madre, eres una madre para mí.

Frances detectó una inconfundible nota de culpa mezclada con la exuberante alegría: aquellas prendas habían sido liberadas.

Le preparó una taza de té y le ofreció una tostada, pero él se reservaba para el festín, y cuando se hubo sentado enfrente de ella, todavía sonriendo, Frances pensó que no le quedaba más remedio que enturbiar aquella dicha, aunque fuera Navidad.

—Franklin —dijo—, quiero que sepas que no todos somos ladrones en este país.

El chico se puso serio de inmediato, las dudas hicieron que se le crispase el rostro, y comenzó a lanzar rápidas miradas a un lado y a otro, como si se encontrase rodeado de acusadores.

—No digas nada —le pidió ella—. No es necesario. No te estoy recriminando nada, ¿entiendes? Sólo quiero que sepas que no robamos todo lo que queremos.

—Devolveré la ropa —dijo él, completamente desolado.

—No, de ninguna manera. ¿Quieres ir a la cárcel? Sólo escúchame. No pienses que todo el mundo es como... —No quería nombrar a los culpables, de modo que bromeó—: No todos liberamos las cosas que nos gustan.

Franklin se quedó cabizbajo, mordiéndose el labio inferior. En un clima de total camaradería los tres habían emprendido una gloriosa expedición a las riquezas de Oxford Street, donde las cálidas y coloridas prendas que tanto necesitaba habían pasado de las manos de Rose y Geoffrey a una gigantesca bolsa de la compra, pero él no había «liberado» nada, sino que se había limitado a admirar la destreza de sus amigos.

Había sido un viaje a la mágica tierra de las posibilidades, como ir al cine y entrar en un mundo de maravillas, en vez de conformarse con contemplarlo. Del mismo modo en que la víspera Sylvia, Sophie y Lucy se habían convertido en niñas pequeñas, en «colegialas tontas», como las había llamado Colin, Franklin volvió a la infancia y recordó lo lejos que estaba de casa: era un extraño tentado por riquezas que jamás serían suyas.

Luego llegó Sylvia, que tras decidir que el corte Evansky no era para ella, había adornado sus rubias trenzas con lazos rojos. Abrazó a Frances y a Franklin, que se sintió tan agradecido por lo que interpretó como un gesto de indulgencia que volvió a sonreír, aunque sacudiendo la cabeza con tristeza y dirigiendo miradas de aflicción a Frances; por fortuna, gracias a la simpatía y la amabilidad de Sylvia, las cosas volvieron pronto a la normalidad... O casi.

La cocina se llenó de jóvenes con resaca pero ansiosos por beber un poco más, y cuando por fin se sentaron alrededor de la enorme mesa y ante la magnífica ave que sería trinchada de inmediato, todos se habían excedido lo suficiente para estar amodorrados. De hecho, James empezó a dar cabezadas y hubo que despertarlo. Franklin, que sonreía otra vez, miró su plato repleto, pensó en su misérrima aldea y dio gracias a Dios en silencio antes de atacar la comida con ansia. Las chicas, incluida Sylvia, comieron bien, en medio de un bullicio increíble, porque «los críos» habían vuelto a la adolescencia, aunque Andrew, «el viejo», se mantuvo en su papel, al igual que Colin, que sin embargo se esforzó por imbuirse del espíritu festivo. Aun así, Colin siempre sería un extraño que observaba las cosas desde fuera, por mucho que intentase payasear, por mucho que intentase ser uno más..., y lo sabía.

Eran ya las cuatro cuando apagaron las luces para recibir el budín de Navidad, envuelto en las llamas del coñac, y Frances les recordó que debían ventilar el salón para la merienda de Julia. ¿Merienda?

¿Alguien era capaz de tragar un bocado más? Se oyeron gemidos mientras las manos se alzaban para agarrar otro trozo de budín, un pastelillo de frutas o un poco de crema que tomaban a lametazos.

Las chicas subieron al salón y apilaron los sacos de dormir en un rincón. Abrieron todas las ventanas, porque la habitación apestaba. Bajaron las botellas vacías que habían pasado la noche bajo las sillas o en los rincones, y sugirieron que alguien tratara de convencer a Julia de que celebrase su fiesta una hora más tarde, ¿qué tal a las seis? Pero eso era imposible.

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