El sueno mas dulce

Doris Lessing · Capítulo 3 de 9 · parte 3/3

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El sueno mas dulce

—No, esta noche no. Cuando conocí a…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

James estaba sentado con la cara entre las manos, medio dormido, y Geoffrey comentó que si no echaba una siesta, moriría. Rose y Franklin les ofrecieron las camas del sótano, y el grupo se habría dispersado en ese instante de no haber sido porque llamaron a la puerta principal y acto seguido apareció Johnny, permitiéndose una navideña expresión relajada, cargado de botellas y en compañía de su nuevo amigo, Derek Carey, un dramaturgo obrero recién llegado a Londres desde Hull. Derek parecía tan jovial como Papá Noel, y motivos no le faltaban, ya que aún se sentía embriagado por la cornucopia de Londres.

La dicha lo había tocado la primera noche que pasó allí, dos semanas atrás. En una fiesta después del teatro había observado de lejos, maravillado, a dos espectaculares rubias, cuyo acento pijo en un principio se le había antojado fingido. Pensó que se trataba de prostitutas. Pero no, eran oligarcas descarriadas que buscaban refugio en los cenagosos lechos y las fragantes arboledas del marchoso Londres.

—Ay, Dios mío —balbuceó ante una de ellas—, si pudiera acostarme contigo, si pudiera meterme en tu cama, me sentiría más cerca del paraíso de lo que jamás he soñado.

Había aguardado con timidez un castigo verbal o físico, pero en cambio había oído:

—Lo harás, cariño, lo harás.

Después la otra le dio un beso con lengua que en su pueblo le habría costado semanas o meses de arduo trabajo. Habían terminado los tres juntos en la cama, y a partir de aquel momento, en cada sitio al que iba encontraba los nuevos placeres que esperaba. Ese día estaba borracho; de hecho, llevaba dos semanas así. Se situó junto a los restos del pavo, donde Johnny picaba ya con avidez, y se unió a él. Los hijos de Johnny permanecieron sentados en silencio, sin mirar a su padre.

—Me imagino que os gustaría probar el pavo, ¿no? —dijo Frances pasándoles un par de platos.

—Oh, sí, sería estupendo —respondió Derek en el acto, llenándose el plato.

Johnny hizo lo propio y se sentó. Colin y Andrew se marcharon arriba. Había sido absurdo preguntar:

«¿Y Phyllida? ¿Tiene algo que comer?»

La presencia de los dos hombres había empañado la alegría de los jóvenes, que subieron al salón para descubrir que Julia había extendido sobre la mesa un mantel de encaje blanco y servido budín de frutas alemán y pastel navideño inglés en delicados platos de porcelana.

Frances se quedó sola con Johnny y su amigo. Se sentó y los miró comer.

—Frances, he de hablarte de Phyllida.

—No os preocupéis por mí —dijo el dramaturgo—. No escucharé. Aunque, creedme, tengo experiencia en problemas conyugales. Vaya si la tengo.

Johnny, que había rebañado el plato, se sirvió budín de Navidad en un bol, lo cubrió con crema y ocupó su sitio junto a la ventana.

—Iré al grano.

—Sí, por favor.

—Vamos, vamos, chicos —dijo el dramaturgo—. Ya no estáis casados, de manera que sobran los gruñidos y los ladridos. —Se sirvió vino.

—Phyllida y yo hemos terminado —empezó Johnny—. Para ir al grano... —repitió—, quiero volver a casarme. O quizás esta vez prescindamos de las formalidades; de todos modos son gilipolleces burguesas.

He encontrado a una auténtica camarada, Stella Linch. Tal vez la recuerdes de los viejos tiempos..., de la época de la guerra de Corea.

—No —repuso Frances—. ¿Y qué vas a hacer con Phyllida? No, no me digas que ibas a sugerir que se mudara aquí.

—Sí. Quiero que viva en el apartamento del sótano. Aquí hay sitio de sobra. Y no olvides que es mi casa.

—¿No es de Julia?

—Moralmente es mía.

—Pero si ya la has usado para desembarazarte de una familia.

—Vamos, vamos —terció el dramaturgo. Hipó—. Caray. Lo siento.

—La respuesta es no, Johnny. La casa está llena, y por lo visto hay algo que se te escapa: si su madre viene a vivir aquí Sylvia se marchará.

—Tilly hará lo que se le diga.

—Te recuerdo que ya ha cumplido los dieciséis.

—Entonces tiene edad suficiente para visitar a su madre. Ni siquiera se acerca a ella.

—Sabes tan bien como yo que es porque Phyllida le grita. Además, no es a mí a quien debes pedir permiso, sino a Julia.

—Esa vieja bruja está chocha.

—No, Johnny, no está chocha. Y más vale que te des prisa, porque ha organizado una merienda.

—¿Una merienda? —saltó el camarada de Leeds—. Bien, bien, ¡genial! —Tambaleándose en la silla, se sirvió vino en una copa que ya estaba medio llena y agregó—: Perdonadme. —Se quedó instantáneamente dormido, con la boca abierta.

Frances oyó voces por encima de su cabeza, en el salón. Eran Johnny y su madre.

—¡Maldito imbécil! —gritó Julia.

Al cabo de un rato Johnny bajó corriendo por la escalera y entró en la cocina. Por una vez parecía desencajado y nervioso.

—Tengo derecho a disfrutar de la compañía de una mujer que es una auténtica camarada —le soltó a Frances—. Por primera vez en mi vida tendré una mujer que esté a mi altura.

—Dijiste lo mismo de Maureen, ¿recuerdas? Por no mencionar a Phyllida.

—Mentira —replicó Johnny—. No pude haber dicho nada semejante.

El dramaturgo despertó.

—¡Fin del primer asalto! —exclamó, antes de dormirse de nuevo.

Sophie llegó para anunciar que la fiesta había comenzado.

—Os dejo peleando contra los pecados del mundo —dijo Frances, y se marchó.

Antes de unirse a la fiesta subió a su habitación, se cambió de vestido y se cepilló el cabello delante del espejo, lo que le hizo recordar que en sus tiempos la habían descrito como una rubia atractiva. En escena había estado hermosa más de una vez; y sin duda había estado preciosa durante su fin de semana con Harold Holman, que se le antojaba tan lejano como si hubiera transcurrido un siglo.

A principios de diciembre Julia había bajado a las habitaciones de Frances con aire avergonzado, algo nada habitual en ella. «Frances, no quiero que te ofendas... —Le tendió un grueso sobre blanco, donde había escrito "Frances" en su impecable caligrafía. En el interior había varios billetes—. No se me ocurre una forma elegante de decirlo..., pero me haría muy feliz si... Por favor, ve a la peluquería y cómprate un vestido bonito para Navidad.»

Frances solía llevar el pelo liso y con raya al medio, pero su peluquera (que desde luego no era la

señora Evansky ni Vidal Sassoon, quienes solamente toleraban el estilo en boga) había logrado convertir su melena en el último grito. Y nunca había pagado tanto por un vestido. Habría resultado absurdo que se lo pusiera para la comida de Navidad, habida cuenta de que tenía que cocinar, pero en ese momento entró en el salón sintiéndose tan cohibida como una colegiala. Todos se deshicieron en alabanzas; Colin incluso se levantó y le ofreció su silla con una pequeña reverencia. Eran los modales apropiados para la ropa que lucía; y alguien más estaba admirándola. El distinguido Wilhelm se levantó, se dobló sobre su mano —que por desgracia aún debía de oler a comida— y besó el aire sin rozarla con los labios.

Julia la saludó con una inclinación de la cabeza y expresó sus cumplidos con sonrisas.

—Me mima demasiado, Julia —dijo Frances.

—Ay, querida —respondió su suegra—. Me encantaría que supieras lo que significa que te quieran y te mimen de verdad.

Julia sirvió el té con una tetera de plata, y Sylvia, su doncella, repartió rebanadas del budín de frutas y el pesado pastel de Navidad. En las sillas, Geoffrey, James, Colin y Andrew hacían un esfuerzo sobrehumano por mantenerse despiertos. Franklin seguía los paseos de Sylvia por la estancia como si hubiese aparecido por arte de magia. Wilhelm, Frances, Julia y las tres chicas —Sophie, Lucy y Sylvia—

entablaron conversación.

Había un problema: las ventanas continuaban abiertas, y estaban en pleno invierno. Una fría oscuridad se cernía al otro lado de la habitación donde Julia rememoraba, como bien sabían todos, los tiempos en que había recibido a embajadores y políticos. «Y una vez incluso al primer ministro.» En un rincón había una montaña de sacos de dormir y una botella de vino que los chicos habían pasado por alto.

Julia lucía un traje de terciopelo gris rematado con encaje, y los granates que llevaba en las orejas y el cuello lanzaban destellos y reproches. Hablaba de las lejanas Navidades de su infancia, en la casa de Alemania —un recital vivaz pero formal— mientras Wilhelm Stein escuchaba y confirmaba sus palabras con gestos de la cabeza.

—Sí—dijo en una pausa—. Sí, sí. Bueno, mi querida Julia, debemos aceptar que los tiempos han cambiado.

Abajo se oía la voz de Johnny, enzarzado en una acalorada discusión con el dramaturgo. Geoffrey, que se había dormido y había estado a punto de caer de bruces, murmuró una disculpa y se marchó, seguido por James. Frances se sintió profundamente avergonzada y a la vez contenta de que se fueran, ya que al menos confiaba en que las chicas no darían cabezadas y seguirían sosteniendo las primorosas tazas de té como si nunca hubieran hecho otra cosa. Todas menos Rose, desde luego, que estaba sentada en un rincón, apartada de los demás.

—Creo que las ventanas... —empezó Julia. Sylvia corrió a cerrarlas y echó las pesadas cortinas de brocado con forro y entretela, que al cabo de sesenta años habían adquirido un desvaído tono azul verdoso que hacía resaltar demasiado el azul del vestido de Frances. Rose había amenazado con descolgarlas para confeccionarse un vestido «como el de Escarlata O'Hara», y cuando Sylvia había dicho:

«Pero Rose, Julia no lo aprobaría», le había respondido: «Era una broma. No tienes sentido del humor.» Y

era cierto.

Ahora Andrew dijo que sabía que eran todos unos bárbaros redomados, pero que si Julia hubiera visto la comilona que acababan de zamparse, los perdonaría.

El budín de frutas y el pastel de Navidad seguían intactos sobre los pequeños platos verdes decorados con pimpollos de rosa.

Se oyó una explosión de risas procedentes de abajo. Julia esbozó una sonrisa irónica. Sí, sonrió, aunque sus ojos estaban húmedos.

—Oh, Julia —canturreó Sylvia, abrazándola y apoyando la mejilla sobre la plateada cofia de ondas y rizos—. Nos ha encantado su encantadora merienda, de veras, pero si supiera...

—Sí, sí, sí —la interrumpió Julia—. Lo sé. —Se levantó.

Wilhelm Stein la imitó y la rodeó con un brazo, dándole palmaditas en la mano. Los dos distinguidos personajes permanecieron unos segundos de pie en medio del salón, el marco perfecto para ellos:

—Bueno, mis queridos jovencitos —dijo Julia al fin—, creo que ya es suficiente. —Y salió del brazo de Wilhelm.

Nadie se movió hasta que Andrew y Colin se desperezaron y bostezaron. Sylvia y Sophie comenzaron a recoger las tazas. Rose, Franklin y Lucy fueron a unirse al animado grupo de la cocina. Frances se quedó donde estaba.

Johnny y Dereck se hallaban sentados cada uno a un extremo de la mesa, dirigiendo una especie de seminario. Johnny leía párrafos del Manual para una revolución, del que era autor y publicado por un editor respetable. El libro se vendía bien; como había afirmado un crítico, tenía «potencial para convertirse en un eterno best seller».

La contribución de Derek Carey al bienestar de las naciones consistía en exhortar a los jóvenes, asamblea tras asamblea, a destruir cualquier carta oficial que cayera en sus manos, a buscar trabajos en correos para hacer desaparecer dichas cartas y a robar en las tiendas cuanto fuera posible. Esas

pequeñas acciones ayudarían a minar las estructuras de un Estado opresor como Gran Bretaña. Durante la reciente campaña electoral, les había recomendado que invalidaran las papeletas escribiendo en ellas insultos como «¡Fascistas!». Rose y Geoffrey, que necesitaban hacerse notar en aquella estimulante compañía, relataron su última incursión en las tiendas. Luego Rose corrió al sótano, subió con varias bolsas de regalos robados y empezó a repartirlos: aunque casi todos eran muñecos de peluche — tigres aterciopelados, pandas y osos—, también había una botella de coñac, que entregó a Johnny, y otra de armagnac, que alargó a Derek.

—Así se hace, camarada —la felicitó Derek con un guiño cómplice que a Rose, sedienta de cumplidos, le llegó al alma; fue como una medalla al mérito. Y Johnny la premió saludándola con el puño en alto.

Nadie la había visto antes tan feliz.

Franklin estaba desolado, porque quería hacerle un obsequio a Frances y esperaba que algunos de los

«objetos liberados» llegase a sus manos, pero advirtió que no sería así.

—Y esto es para Frances —anunció Rose.

Se trataba de un canguro con una cría en la bolsa del vientre. Lo levantó y miró alrededor con una sonrisa, aguardando los aplausos, pero Geoffrey se lo arrebató, ofendido por lo que consideraba una crítica a Frances. Franklin admiró la mamá canguro y le pareció el regalo perfecto para Frances, que era una madre para todos; no entendió la reacción de Geoffrey y tendió la mano para pedirle el juguete.

Geoffrey se lo pasó. Franklin se sentó y empezó a meter y sacar la cría de canguro de su bolsa.

—Podrías introducir unos cuantos canguros en Zimlia —señaló Johnny, y levantó su copa—. Por la liberación de Zimlia.

Franklin buscó un vaso entre los desechos que cubrían la mesa, y cuando lo hubo encontrado lo alzó para que Rose se lo llenase.

—Por la liberación de Zimlia.

Era el tipo de broma que le divertía y lo asustaba a un tiempo. Estaba al corriente de la terrible guerra de Kenia porque la habían visto en clase, y no acababa de comprender el motivo por el cual Johnny y los profesores de Saint Joseph deseaban que Zimlia se embarcara en un conflicto parecido. No obstante, ahora, contento con la comida, la bebida y el canguro, bebió otra vez al oír el brindis de Derek «por la Revolución» mientras se preguntaba qué revolución y dónde.

—Voy a darle esto a Frances —dijo.

Cuando se encontraba en mitad de la escalera recordó que el canguro era robado y que esa misma mañana Frances lo había reñido por robar. Sin embargo, no quería volver a la cocina con el juguete, y así fue como éste fue a parar a manos de Sylvia, que en ese momento subía una bandeja cargada de tazas a las habitaciones de Julia.

—Ay, qué bonito —exclamó cuando Franklin le puso el canguro bajo la axila, porque tenía las manos ocupadas. Dejó la bandeja en el rellano y contempló el canguro—. Oh, Franklin, es precioso. —Lo besó y le dio un afectuoso abrazo que lo colmó de dicha.

En el salón, Andrew dormía en un sillón, estirado y con las manos sobre el estómago. Colin y Sophie estaban tendidos en el sofá, abrazados y también dormidos.

Franklin los miró y el corazón le dio otro vuelco cuando recordó lo desconcertante que se le antojaba todo. Sabía que Colin y Sophie, «amigos» en otro tiempo, ya no lo eran, y que Sophie tenía un «amigo»

que había ido a celebrar las fiestas con su familia. Entonces ¿por qué estaban abrazados? ¿Por qué Sophie apoyaba la cabeza en el hombro de Colin? Franklin todavía no se había acostado con ninguna chica. En la misión no las había, y los curas, que estaban pendientes de todo lo que sucedía, vigilaban a los chicos. En casa de sus padres la situación era igual. Si bien había tenido ocasión de coquetear y bromear con muchachas cuando visitaban a sus abuelos, nunca había pasado de ahí.

Como les ocurría a tantos recién llegados, Franklin se sentía confuso por las cosas que ocurrían en Gran Bretaña. Al principio había pensado que allí no existían reglas morales, aunque pronto había empezado a sospechar que debía de haberlas; pero ¿cuáles eran? Sabía que en Saint Joseph los chicos se acostaban con las chicas, o al menos eso parecía. Las parejas solían tenderse en el prado situado detrás del colegio, y el solitario Franklin escuchaba sus risas o, peor aún, sus silencios. Tenía la impresión de que las mujeres de aquella isla estaban disponibles para cualquiera, incluso para él si conseguía encontrar las palabras adecuadas. Sin embargo, había visto a un chico nigeriano, nuevo en el instituto, acercarse a una chica y decir: «¿Me dejarás meterme en tu cama esta noche si te hago un bonito regalo?» Ella le había propinado una bofetada tan fuerte que lo había tumbado. Franklin había estado ensayando mentalmente frases parecidas, aguardando el momento de probar suerte. Lo curioso era que la chica que había abofeteado al nigeriano se acostaba con un chico cuya habitación estaba en el mismo pasillo, y siempre dejaban la puerta entornada, de tal manera que todo el mundo podía ver lo que ocurría en el interior.

Nadie les prestaba la menor atención.

Bajó por la escalera y se detuvo a escuchar tras la puerta de la cocina, donde Johnny impartía una clase sobre tácticas guerrilleras para destruir el poder militar imperialista que se asemejaba mucho a las recomendaciones de Derek: por lo visto, los robos en las tiendas constituían un arma importante. Bajó a su habitación y abrió el cajón en el que guardaba el dinero. Parecía haber menos. Lo contó y comprobó que, en efecto, había menos de la mitad. Seguía contando cuando Rose apareció detrás de él.

—Ha desaparecido la mitad del dinero —dijo en tono de desesperación.

—Lo cogí yo. Me lo merezco, ¿no? Conseguiste un montón de ropa gratis. Ese dinero no te habría alcanzado para comprar cosas tan bonitas. De manera que has salido ganando. Tienes ropa nueva y la mitad del dinero.

Franklin la miró con una mueca de desconfianza, tristeza y furia. Para él aquel dinero representaba algo más que un regalo de Frances, que era como una madre para él. Había sido como una bienvenida a la familia, un símbolo de que pasaba a formar parte de ella.

Rose permaneció fría, llena de desprecio.

—No entiendes nada—dijo—. Lo merezco, ¿no lo ves? —Se encogió de hombros en un gesto de impotencia y lo miró fijamente hasta que él apartó la vista. Luego subió por la escalera.

Franklin buscó un escondrijo para el dinero, pero en esa habitación no había ninguno. En la aldea solía ocultar las cosas prohibidas bajo la paja, o enterrarlas en el suelo de tierra o en el bosque. En casa de sus padres había ladrillos que podía desprender y volver a colocar en su sitio. Acabó por guardar de nuevo el dinero en el cajón. Se sentó en el borde de la cama y lloró porque echaba de menos su tierra, porque Frances estaba enfadado con él y porque no se sentía cómodo con aquellos revolucionarios de arriba que lo trataban de igual a igual. Al final durmió un rato y, más tarde, cuando subió a la cocina, descubrió que los dos hombres se habían ido y que todo el mundo estaba ayudando a lavar los platos. Se unió a la tarea con alivio y placer, sintiéndose uno más. Por lo visto iban a cenar, aunque todos bromeaban con que les resultaría imposible seguir comiendo. Bastante tarde, a eso de las diez, el esqueleto del pavo reapareció rodeado de relleno y diversas salsas y acompañado por una gran fuente de patatas asadas.

Todos estaban sentados a la mesa, bebiendo, cansados y satisfechos consigo mismos y con la Navidad, cuando oyeron que llamaban a la puerta principal. Frances miró por la ventana y vio a una mujer en actitud de no saber si volver a llamar o marcharse. Colin se acercó a su madre. Los dos temían que se tratase de Phyllida.

—Iré yo —se ofreció Colin.

Salió, y Frances lo vio conversar con la desconocida, que se balanceaba ligeramente. Colin le puso una mano en el hombro, como para sujetarla, y luego la rodeó con un brazo y la ayudó a entrar.

Había estado deambulando por las oscuras calles y en ese momento parpadeaba, cegada por la brillante luz de! vestíbulo. Frances fue a su encuentro.

—¿Eres el amor de mi vida? —preguntó la desconocida.

Parecía una mujer de mediana edad, pero era difícil asegurarlo, porque tenía la cara mugrienta, al igual que las bonitas manos que se aferraban a Colin. Presentaba todo el aspecto de alguien que acaba de ser rescatado de un incendio o una catástrofe. Una expresión de dolor crispaba el rostro de Colin; el sensible adolescente lloraba.

—Mamá —dijo en tono de súplica.

Frances corrió al otro lado de la mujer, y entre los dos la subieron al salón, que estaba vacío y ordenado.

—¡Qué bonita sala! —exclamó la mujer, tambaleándose.

Colin y Frances la ayudaron a recostarse en el sofá, y de inmediato la desconocida levantó las sucias manos y empezó a marcar el ritmo mientras cantaba... ¿qué? Sí, una antigua canción:

—«He vagado de aquí para allá, de aquí para allá... Sí, he vagado mucho, cariño mío, y ahora estoy lejos de casa.»

Tenía una voz melodiosa, afinada, dulce. Su aspecto no era el de una indigente. No iba vestida con andrajos, pero saltaba a la vista que estaba enferma. Su aliento no olía a alcohol. Se puso a entonar otra canción:

—Sally... Sally... —La dulce voz alcanzó virtuosamente una tonalidad aguda y se mantuvo allí—. Sí, cariño, sí—ie dijo a Colin—. Salta a la vista que tienes buen corazón. —Sus grandes ojos azules, inocentes e incluso infantiles, estaban fijos en Colin. No parecía haber reparado en Frances—. Pero ten cuidado. Ese buen corazón puede causarte problemas; Marlene lo sabe mejor que nadie.

—¿Cómo se llama, Marlene? —preguntó Frances, sujetando una sucia mano que estaba demasiado fría y falta de vitalidad. Reposaba lánguida y temblorosa entre las suyas.

—Ya no tengo nombre, querida. Mi nombre está perdido y olvidado, pero puede llamarme Marlene. —

Comenzó a decir ternezas en alemán. Luego volvió a canturrear fragmentos de canciones. Eran temas de la Segunda Guerra Mundial, entre ellos Lili Marlene, que repitió una y otra vez—. Ich liebe dich —dijo—.

Sí, te quiero.

—Voy a buscar a Julia —anunció Frances.

La encontró cenando con Wilhelm, sentados a ambos extremos de una pequeña mesa con cubiertos de plata y copas de cristal. Explicó lo que ocurría.

—Veo que tenemos una nueva vagabunda en casa —se quejó Julia, aunque con ánimo burlón—. Es preciso poner límites a la hospitalidad, Frances. ¿Quién es esa señora?

—No es una señora —repuso Frances—, sino una vagabunda.

Cuando regresó al salón, Andrew había llegado con un vaso de agua y lo sostenía junto a los labios de la desconocida.

—El agua no es mi bebida favorita —protestó ella, antes de tenderse nuevamente y cantar que no le vendría nada mal otra copa. Acto seguido volvió a hablar en alemán.

Julia permaneció de pie, escuchándola. Luego le hizo una seña a Wilhelm y se sentaron el uno junto al otro como si se dispusieran a celebrar un juicio.

—¿Puedo llamarla Marlene? —preguntó Wilhelm.

—Llámeme como quiera, cielo, como más le guste. No hacen daño las palabras, sino los palos. Y vaya si me los dieron, pero de eso hace mucho tiempo. —En este punto lloró un poco, con gemidos entrecortados, como una niña—. Me dolió —reiteró—. Sí, me dolió, pero los alemanes eran buenos chicos, unos caballeros.

—¿Se ha escapado de un hospital, Marlene? —preguntó Julia.

—Sí, querida, podría decirse que me he fugado del hospital, pero ellos me dejarán volver. Son muy buenos con la pobre Molly. —Empezó a cantar—: No hay nadie como la hermosa Sally. Ella es el amor de mi vida... —Y luego con voz aguda y melodiosa—: Sally... Sally...

Julia se levantó, le indicó con un gesto a Wilhelm que se quedara donde estaba y luego a Frances que la acompañase al pasillo. Colin las siguió.

—Creo que deberíamos permitir que se quedara. Está enferma, ¿no?

—Enferma y loca —puntualizó Julia. Luego, con delicadeza, suavizando el tono, le preguntó a Colin—:

¿Sabes a qué se dedica... o se dedicaba?

—Ni idea —respondió Colin.

—Entretenía a los alemanes en París durante la última guerra. Es una puta.

—Pero no es culpa suya —protestó Colin.

El Espíritu de los Sesenta, con ojos vehementes, voz temblorosa y manos tendidas en actitud suplicante se enfrentaba al pasado de la especie humana, responsable de todas las injusticias, encarnado en Julia.

—Ay, qué chico tan tonto —repuso ésta—, ¿qué más da si la culpa es suya, nuestra o de otros? ¿Quién cuidará de ella?

—¿Qué hacía una inglesa trabajando como prostituta en el París ocupado por los alemanes? —

preguntó Frances.

De repente, en un tono que ninguno de los dos había oído antes, Julia dijo:

—Las putas no tienen problemas de visado; siempre son bien recibidas.

Frances y Colin cambiaron una mirada: ¿a qué venía aquello? Sin embargo, los viejos tienen a menudo esos arrebatos, en los que un cambio de voz, una mueca dolorida o una frase estridente —como en ese momento— reflejan los vestigios de una afrenta o una decepción del pasado y luego... todo pasa como si tal cosa, sin más. Nadie llega a saber qué ha ocurrido.

—Llamaré al Friern Barnet —dijo Julia.

—Oh, no, no —le rogó Colin.

Julia entró de nuevo en el salón, interrumpió otra interpretación de Sally y se inclinó para preguntar:

—¿Molly? ¿Se llama Molly? Dígame, ¿se ha escapado de Friern Barnet?

—Sí, me escapé porque es Navidad. Me escapé para ver a mis amigos, pero no sé dónde están. Pero Friern es bueno y Barnet más bueno aún, así que dejarán volver a la pobre Molly Marlene.

—Ve a telefonear —ordenó Julia a Andrew, que salió de la habitación.

—Nunca os lo perdonaré —soltó Colin, enfadado, triste y ofendido.

—Pobre muchacho —se compadeció Wilhelm.

—Vais a enviarla de vuelta a un... un...

—A un manicomio, cariño, quieres decir a un manicomio —dijo la mujer—. Pero no pasa nada, no te aflijas. Ni te enfades. —Se rió.

Andrew regresó después de hacer la llamada. Todos se sentaron a esperar, Colín con lágrimas en los ojos, y escucharon a la loca reclinada en el sofá cantar Sally una y otra vez. La aguda y dulce melodía estrujó el corazón a todos, no sólo a Colin.

Abajo, la crisis había interrumpido el jolgorio de la cena y suscitado una discusión tan acalorada que los comensales habían terminado por dispersarse.

Sonó el timbre. Andrew bajó a abrir y reapareció con una mujer de mediana edad y aspecto cansado, bata gris y algo que le colgaba del brazo..., sí, una camisa de fuerza.

—Muy bien, Molly —le dijo a la fugada en tono de reproche—. Vaya momento que has escogido. Sabes que siempre estamos cortos de personal durante las fiestas.

—Has sido mala, Molly —susurró la enferma para sí en tono admonitorio mientras se levantaba apoyándose en Frances. Se propinó una palmada en la mano—. Molly Marlene es una niña traviesa.

La funcionaría examinó a la enferma y llegó a la conclusión de que no habría necesidad de recurrir a la fuerza. Pasó un brazo por los hombros de Molly, o Marlene, y la condujo hacia la puerta y las escaleras.

Las siguieron todos, salvo Julia.

—Adióoooooos... No lloréiiiiis... —En el vestíbulo se volvió hacia ellos—. Aquéllos fueron buenos tiempos —dijo—. Los más felices de mi vida. Todos preguntaban por mí. Me llamaban Marlene. De hecho, es mi nombre de guerra. Siempre me pedían que cantara mi Sally.

Y cantando su Sally salió a la calle, del brazo de su cuidadora, que se dio la vuelta para decirles:

—Es la Navidad, ¿saben? Todos se alteran en Navidad.

—¿Cómo hemos podido hacerle eso? —le recriminó Colin a su madre, con los ojos anegados en lágrimas—. No echaríamos ni a un perro en una noche como ésta. —Y subió a su habitación. Sophie, que aún estaba en la cocina, corrió tras él para consolarlo. En realidad hacía una noche bastante agradable: como si ésa fuera la cuestión.

Al día siguiente, por la tarde, Colin tomó el autobús para ir a la clínica psiquiátrica. Lo único que sabía era que quedaba en el norte de Londres. Grande como una mansión, evocando por asociación de ideas el escenario de una novela gótica. Colin accedió a un pasillo que parecía medir unos cuatrocientos metros de largo, pintado de un brillante verde vómito. Al fondo encontró las escaleras, y en ellas a la mujer que la noche anterior había ido a buscar a la pobre Molly-Marlene. Le comunicó que Molly Smith estaba en la habitación 23 y que no se disgustara si no lo reconocía. Llevaba un delantal de plástico, toallas sobre el brazo y una fragante pastilla de jabón en la mano. La 23 era una habitación amplia, luminosa y con grandes ventanas, pero necesitaba una mano de pintura. En las paredes había ramitas de acebo pegadas con cinta adhesiva, y sentados en las desvencijadas sillas hombres y mujeres de diversas edades, algunos con la mirada ausente, otros moviéndose con nerviosismo en una actitud que era la expresión visible de sus ansias de estar en otra parte, y un grupo de unas diez personas participaba en una especie de merienda festiva, con tazas de té en las manos, pasándose fuentes de galletas y conversando. Una de ellas era Molly, o Marlene. Incómodo y turbado como un niño indefenso en una habitación llena de adultos, Colin se acercó:

—Hola, ¿me recuerda? Anoche estuvo en mi casa.

—¿De veras, cariño? Ay, lo siento, no lo recuerdo. ¿Entonces me escapé? A veces me escapo y luego...

Pero siéntate, cariño. ¿Cómo te llamas?

Colin tomó asiento en una silla vacía, cerca de la mujer, observado por todos los presentes, que siempre estaban deseando que ocurriera algo interesante. Intentaba entablar conversación cuando la celadora, enfermera o guardiana, la mujer de la noche anterior, entró y anunció:

—El baño está libre.

Un hombre de mediana edad se levantó y salió.

—Después yo —dijo Molly, sonriéndole a Colin con un gesto de vaga pero ansiosa atención.

—¿Cuánto tiempo...? Quiero decir..., ¿hace mucho que está aquí? —preguntó Colin.

—Oh, sí, cariño, mucho tiempo.

La celadora, que no había soltado su carga de toallas y jabón, se hallaba de pie en el vano de la puerta.

—Ésta es su casa —terció—. Es la casa de Molly.

—Bueno, no tengo otra —convino Molly, riendo con alegría—. A veces salgo a pasear, pero siempre vuelvo.

—Sí, sales a pasear, pero no siempre vuelves, y tenemos que salir a buscarte —señaló la celadora con una sonrisa.

Colin permaneció allí cerca de una hora y, cuando empezaba a pensar que debía marcharse, que no soportaba más aquello, entró una joven que parecía tan confusa como él. Por lo visto, Molly había llamado a su puerta en Nochebuena.

La chica, guapa, menuda y de aspecto lozano, con la misma desazón que embargaba a Colin escrita en la cara, se sentó junto a él y les habló sobre su colegio, uno de los buenos colegios para chicas, mientras Molly y sus amigos la escuchaban como si trajera noticias de la lejana Tartaria. Por fin la celadora anunció que era la hora del baño de Molly.

Alivio general. Molly se levantó y se fue al cuarto de baño, seguida por la celadora.

—Ahora te portarás bien, ¿eh, Molly?

Los que se quedaron se pusieron a discutir quién sería el siguiente: todos se resistían, porque Molly dejaba el cuarto de baño convertido en un pantano.

—Cuando sale, el baño parece un pantano —informó con seriedad a los jóvenes una vieja loca—, como si un hipopótamo hubiese pasado por allí.

—¿Qué sabes tú de hipopótamos ? —se burló un viejo loco, a todas luces un adversario habitual—.

Siempre haces comentarios fuera de lugar.

—Sé mucho de hipopótamos —replicó la vieja con furia—. Los miraba desde la terraza de nuestra casa, que estaba a orillas del Limpopo.

—Cualquiera puede decir que tuvo una casa junto al Limpopo o el Danubio azul —protestó él—, cuando nadie puede demostrar lo contrario.

Colin y la chica, que se llamaba Mandy, salieron del hospital, y él la llevó a cenar a su casa, donde todos estaban ávidos de detalles sobre el terrible manicomio y sus pacientes.

—Son iguales que nosotros —declaró Colin.

—Sí, no entiendo por qué han de estar encerrados —añadió Mandy con ímpetu.

Más tarde Colin abordó primero a Julia y después a su madre. A los adultos curtidos por la vida les resulta difícil, muy difícil escuchar a jóvenes idealistas que piden explicaciones sobre las desgracias del mundo. «¿Por qué?, ¿por qué?», quería saber Colin, y la cosa no acabó allí, ya que regresó al hospital. No obstante, se sintió derrotado al descubrir que Molly no se acordaba de su visita anterior. Finalmente le dejó su dirección y su teléfono.

«Por si alguna vez le hace falta algo», le dijo a alguien a quien le faltaba de todo, especialmente su cordura. Mandy hizo lo mismo.

—Has cometido una tontería —protestó Julia.

—Has sido muy amable —opinó Frances.

Durante una temporada Mandy se integró en el grupo de «críos» que acudía a cenar. Eso no le acarreó problemas, ya que tanto su padre como su madre trabajaban. No decía que eran una mierda, sino que hacían todo lo que podían. Era hija única. Luego se la llevaron a Nueva York. Ella y Colin se escribieron durante años.

Transcurrieron veinte antes de que volvieran a verse.

En los ochenta, como consecuencia de otra moda ideológica, se cerraron todos los asilos y sanatorios psiquiátricos, y los pacientes quedaron librados a su suerte, condenados a nadar o hundirse. Llegó una carta en cuyo sobre decía, en letra temblorosa, «Colin»; sólo eso y la dirección. Viajó a Brighton y la encontró en una de las residencias dirigidas por filántropos que acogían a los pacientes de las antiguas instituciones mentales, cobrándoles hasta el último penique de sus pensiones para alojarlos en unas condiciones que a Dickens le habrían resultado familiares.

Se encontró con una anciana enferma a la que no reconoció, pero que al parecer lo conocía a él.

—Tiene cara de buena persona —dijo Molly Smith, si es que de verdad se apellidaba Smith—. Dile que tiene cara de buena persona. ¿Conoces a Colin?

Se estaba muriendo a causa de la bebida —¿de qué iba a ser?—, y en otra de las visitas que le hizo, Colin topó con Mandy, convertida en una elegante señora americana con un par de hijos y un marido o dos. Volvieron a verse en el entierro, y luego Mandy regresó a Washington y desapareció de la vida de Colin.

Pero aquella noche de Navidad se produjo otro incidente.

Tarde, mucho después de medianoche, Franklin subió sigilosamente por la escalera, atento a los ruidos de Rose, que al parecer dormía. La cocina estaba oscura. Siguió subiendo y pasó por delante del salón, donde Geoffrey y James yacían en sus sacos de dormir. Continuó hacia la planta siguiente, buscando la habitación de Sylvia. Había luz en el rellano. Llamó a la puerta con unos golpecitos tan leves como picotazos de gallina. Nada. Lo intentó de nuevo, con muchísima delicadeza; no se atrevía a llamar más fuerte. Entonces, justo por encima de él, apareció Andrew.

—¿Qué haces? ¿Te has perdido? Ésa es la habitación de Sylvia.

—Oh, lo siento, he pensado que...

—Es tarde —dijo Andrew—. Vuelve a la cama.

Franklin bajó por la escalera hasta quedar fuera de la vista de Andrew y luego se dejó caer, doblándose, apoyando la cabeza en las rodillas. Lloró, aunque en voz muy baja, para que nadie lo oyera.

De repente notó un brazo en su hombro.

—Pobre Franklin. Tranquilo —dijo Colin—. No te preocupes por Andrew. Es uno de los guardianes natos de este mundo.

—La quiero —sollozó Franklin—. Estoy enamorado de Sylvia.

Colin aumentó la presión de su brazo y apoyó la mejilla contra la cabeza de Franklin. La frotó contra la mullida mata de pelo que parecía irradiar salud y fuerza, como el brezo.

—No es verdad —repuso—. No es más que una cría, ¿sabes? Sí, aunque tenga dieciséis años, o diecisiete, o los que sean, es una..., bueno, aún no ha madurado. Es culpa de sus padres. Le fastidiaron la

vida. —En este punto descubrió con sorpresa que estaba tentado de risa: aquello era absurdo. Aun así, perseveró—. Son todos unos mierdas. —Tosió para enmascarar una carcajada.

Franklin estaba más desconcertado que de costumbre.

—Tu madre me parece maravillosa. Es muy buena conmigo.

—Sí, supongo que sí. Pero Sylvia no te conviene. Tendrás que enamorarte de otra. Qué tal... —

Comenzó a enumerar a las chicas del colegio, recitando los nombres como si cantara—. Tienes a Jilly y a Jolly. Tienes a Milly y a Molly. Tienes a Elizabeth y a Margaret, a Caroline y a Roberta. —Con voz normal y una carcajada maliciosa, agregó—: Nadie podría tacharlas de inmaduras.

«Pero yo quiero a Sylvia», pensaba Franklin. Esa niña pálida, con su algodonosa melena rubia, lo había hechizado; estrecharla entre sus brazos sería... Apartó la mirada y guardó silencio. Colin percibió que aquellos hombros, bajo su brazo, despedían calor y angustia. Cuánto se identificaba con esa angustia, qué seguro estaba de que nada de lo que pudiera decir haría que Franklin se sintiera mejor. Comenzó a acunarlo suavemente. Lo único que Franklin quería en ese momento era regresar a África, marcharse para no volver; aquello era demasiado para él, y no obstante sabía que Colin era bueno. Y le gustaba estar sentado allí, rodeado por los brazos de ese buen chico.

—¿Quieres subir tu saco de dormir a mi habitación? Será mejor que estar en compañía de Rose, y podremos dormir hasta que nos dé la gana.

—Sí..., no, no, es igual. Me voy abajo. Gracias, Colin. —«Pero la quiero», repetía para sus adentros.

—Como te apetezca —dijo Colin. Se levantó y subió a su cuarto.

Franklin bajó al suyo, pensando: «Por la mañana me pondrá de vuelta y media...» Se refería a Andrew.

Sin embargo, éste no mencionó el incidente, y Sylvia nunca supo que la añoranza había empujado a Franklin a llamar a su puerta.

Cuando llegó al pie de la escalera, encontró a Rose con los brazos en jarras y una mueca de desconfianza en el rostro.

—Si pretendes acostarte con Sophie, piénsatelo mejor. Aunque Roland Shattock no le haga caso, Colin está loco por ella.

—¿Sophie? —balbuceó Franklin.

—Oh, sí, todos vais detrás de Sophie.

—Ha sido un error —dijo Franklin—. Un error, nada más.

—¿De veras? —preguntó Rose—. ¿Crees que puedes engañarme? —Le dio la espalda y se metió en la cama.

Pese a que no estaba enamorada de Franklin, que ni siquiera le gustaba, le habría gustado que intentara ligársela. Una hermana; vamos, ya le enseñaría ella qué clase de hermana era. No podía rechazar a un negro, ¿verdad? Lo heriría en su amor propio.

Franklin, hecho un ovillo en su cama, tenso como un puño, lloraba desconsoladamente.

Aquel año tumultuoso, 1968, fue bastante pacífico en casa de Julia, que desde hacía tiempo no estaba llena de «críos» sino de adultos formales.

Cuatro años es mucho tiempo..., al menos cuando uno es joven.

Sylvia, que al final se reveló como una persona extraordinariamente brillante, había comprimido los estudios de dos años en uno, abordaba los exámenes como si de retos estimulantes se tratase y no parecía cultivar amistades. Se había convertido al catolicismo, visitaba a menudo a un jesuita de Farm Street llamado padre Jack e iba todos los domingos a la catedral de Westminster. Le faltaba poco para licenciarse en Medicina.

A Andrew también le iba bien. Viajaba desde Cambridge con frecuencia. A su madre le preocupaba que no tuviese novia, pero él decía que aún le daba dentera pensar en todas las uvas verdes que les había visto comer a ellos, «los carrozas».

Colin había accedido a presentarse a los exámenes finales del instituto, pero no lo hizo. Pasó semanas enteras en la cama, gritando «largo» a cualquiera que llamase a su puerta. Un día se levantó como si tal cosa y anunció que quería ver mundo —«Es hora de que vea mundo, mamá»—, y se marchó. Llegaron postales de Italia, Alemania, Estados Unidos, Cuba («Ya podéis decirle a Johnny de mi parte que está como una cabra. Este país es una mierda»), Brasil y Ecuador. Entre viaje y viaje regresaba a casa y se mostraba cortés, pero poco comunicativo.

Sophie se había graduado en la escuela de arte dramático y de vez en cuando le ofrecían un pequeño papel en una obra. Fue a ver a Frances y se quejó de que la habían encasillado por culpa de su aspecto.

Frances no respondió: «No te preocupes, eso pasará con el tiempo.» Vivía con Roland Shattock, que ya se había hecho un nombre e interpretado a Hamlet. Le confesó a Frances que no era feliz con él y que sabía que debía dejarlo.

Frances había estado a punto de volver al teatro. Había llegado a aceptar un papel tentador, pero en el último momento se había visto obligada a rechazarlo. El dinero; el dinero otra vez. Ya no tenía que pagar los estudios de Colin, y Julia se había ofrecido a hacerse cargo de los de Sylvia y Andrew, pero entonces

Sylvia les pidió permiso para que Phyllida se instalara en el apartamento del sótano. He aquí lo que había ocurrido: Johnny había telefoneado a Sylvia para ordenarle que fuera a ver a su madre: «Y no te niegues, Tilly, no pongas excusas.»

Sylvia había encontrado a su madre esperándola, vestida como para aparentar cordura, aunque con aspecto enfermizo. En la casa no había nada que comer, ni siquiera una barra de pan. Johnny se había ido a vivir con Stella Linch y no pagaba el alquiler. Le había dicho que se buscara un trabajo.

—¿Cómo voy a buscar trabajo, Tilly ? —había preguntado Phyllida a su hija—. No estoy bien.

Era evidente.

—¿Por qué no me llamas Sylvia?

—No puedo. Todavía oigo a mi niña diciendo: «Soy Tilly.» La pequeña Tilly; así es como te recuerdo.

—Fuiste tú quien me puso el nombre de Sylvia.

—De acuerdo, Tilly, lo intentaré. —Antes de que la verdadera conversación hubiese empezado, Phyllida estaba enjugándose las lágrimas con pañuelos de papel—. Si pudiera vivir en ese apartamento, me las apañaría. A veces consigo sacarle algo de dinero a tu padre.

—No quiero oír hablar de él —dijo Sylvia—. Nunca fue un padre para mí. Casi no lo recuerdo.

Su padre era el camarada Alan Johnson, tan célebre como el camarada Johnny. Había combatido en la guerra civil española —en su caso, de verdad— y lo habían herido. Julia, que había seguido su ascenso hacia el estrellato, lo describía como «un eminente rojo errante, igual que Johnny».

—Johnny piensa que Alan me da más dinero del que en realidad me entrega. Hace más de dos años que no me pasa ni un penique.

—Te he dicho que no quiero oír hablar de él.

Estaban sentadas en una habitación casi desierta, porque Johnny se había llevado prácticamente todos los muebles para empezar su nueva vida con Stella. Había una mesa pequeña, dos sillas y un viejo sofá.

—Mi vida ha sido un calvario —se lamentó Phyllida, en un tono tan familiar que Sylvia se levantó. No se trataba de una táctica ni de una artimaña: se sentía expulsada por su madre, por el miedo. Comenzaba a apoderarse de ella ese temblor interior que en el pasado la había dejado indefensa, incapacitada, histérica.

—No es culpa mía —dijo.

—Tampoco mía, desde luego —replicó Phyllida con la ronca y fluctuante voz de su letanía de quejas—.