El templario

Michael Bentine · Capítulo 8 de 24

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El templario

7 Tiberias, el Guardián de Galilea

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TIBERIAS, EL GUARDIÁN DE GALILEA

Belami estaba contento de tener cierto mando sobre la pequeña patrulla, en las treinta millas aproximadamente que separaban Acre de Tiberias. Los cincuenta turcos lanceros se encontraban bajo el submando de Simon y Pierre, pues el veterano había dividido a los lanceros en tres tropas; dos secciones de quince jinetes de caballería ligera para cada joven servidor, con los restantes veinte bajo su propio mando.

Los turcos iban armados con fuertes lanzas de caña, y la mayoría llevaban un arco escita y una aljaba que contenía tres docenas de flechas.

Aquellos jinetes de la caballería ligera estaban altamente instruidos en tareas de exploración y de patrulla. También eran expertos rastreadores.

Su armadura corporal consistía en vestas rellenas de algodón, llamadas alquótons. Les llegaban hasta las rodillas, con tajos en la parte posterior y en la entrepierna para facilitar la operación de montar a caballo. Bajo la vesta protectora, algunos de ellos llevaban mallas de acero, que les quitaban a los sarracenos muertos. Sólo unos pocos eran capaces de disparar con buena puntería desde la silla, como los escaramuzadores escitas de Saladino, pero, desde el suelo, los turcos disparaban certeramente sobre largas distancias. Sin embargo, sus ligeras flechas no poseían el mismo poder de penetración que las de una yarda de Simon.

Los turcos cabalgaban estupendamente y podían permanecer patrullando desde el alba hasta el anochecer. Eran tan expertos con sus

lanzas, que podían usarlas para cazar conejos en el desierto. Valientes y decididos, al mando de los servidores adecuados, constituían una fuerza formidable y de desplazamiento rápido.

Belami estaba orgulloso de ellos. En verdad ofrecían un aspecto impresionante cuando trasponían al trote el portal de Acre y emprendían el camino de Galilea. En aquel preciso instante amanecía.

Durante la patrulla de rutina se encontraban con pequeños grupos de peregrinos y mercaderes, en ruta a Tiberias o bien cruzaban la línea de su patrulla en un viaje más largo a Jerusalén. Algunos de los grupos incluían mujeres, las familias de los peregrinos o esposas e hijas de los mercaderes itinerantes. Pocas de ellas, fuesen jóvenes o viejas, dejaban de fijarse en el apuesto servidor templario montado en Pegaso. Desde el trágico interludio con María, Simon había vuelto a recluirse en su caparazón de total timidez ante las mujeres. Con deliberación, o inconscientemente, el joven normando hacía caso omiso a aquellas miradas provocativas. Su mente aún era un torbellino a raíz de las exóticas escenas que había presenciado en Acre.

Eran tan poco parecidas a sus propios sueños extraños sobre Tierra Santa, que hubiera preferido sobrevolar el ondulado paisaje y evitar el abrazo de criaturas de pesadilla, antes que hacer el amor con una encantadora mujer.

Todas las gestas que le contaran Raoul de Creçy y el hermano Ambrose estaban relacionadas con los hechos caballerosos de los templarios en el campo de batalla, antes bien que sobre sus relaciones con doncellas en apuros, o algo parecido.

Si aquellas historias en alguna ocasión estaban teñidas con alguna nota romántica, siempre era de parte de los caballeros francos; la caballerosidad siempre había sido su impecable característica, y las damas implicadas eran invariablemente castas y virginales. Sólo en Gisors, Simon había conocido otros aspectos de la leyenda del rey Arturo y la Tabla Redonda. La historia de Guinevere y sir Lancelot du Lac le había conmovido considerablemente.

Ahora que Simon había visto algunas damiselas y damas de los caballeros francos, sus sentidos habían sufrido una conmoción más intensa.

La mayoría de las mujeres pertenecientes a las familias de los cruzados estaban protegidas con medidas de seguridad semejantes a las de los

harenes. No obstante, a muchas de las mujeres más atrevidas de Acre podía vérselas sin velo en público, algo que ninguna mujer musulmana sería capaz de hacer.

Esas damas cristianas, doncellas y matronas, habían observado a Simon en muchas ocasiones. Una bonita morena había hecho detener su litera para preguntar al joven normando la dirección de un cierto orfebre. Su treta habría resultado transparente para cualquier ser experimentado, que la hubiese tomado como una franca invitación. No fue ése el caso de Simon, que, ante la desesperación de Belami, tomó la pregunta de la bella interlocutora al pie de la letra.

—Lo siento, mi señora —había contestado, desviando cortésmente la mirada de los generosos pechos semiexpuestos—, pero no conozco a ese orfebre en particular, pero esta calle está llena de ellos, y cualquiera os lo podrá decir, estoy seguro.

Mientras Simon saludaba y se alejaba al trote, Belami gruñó.

—Tendré que hacer algo con este muchacho —le dijo al sonriente Pierre.

Sin embargo, aquel encuentro no dejó de afectar a Simon. Mientras se inclinaba desde la silla hacia la litera de la joven, su intenso perfume trastornó los sentidos. Junto con el aroma de agua de rosas que exhalaba su cuerpo recién bañado, su fragancia despertó su virilidad, que se agitó penosamente bajo los calzones de cota de malla. Con la cara enrojecida por la turbación, se había alejado con el fin de recobrar el dominio sobre sus alterados sentidos.

Más tarde, Belami encontró una nota dentro de la capucha de cota de malla de su joven servidor, que evidentemente la había introducido entre los pliegues la damisela cuando él se inclinó para responder a su pregunta.

—Ésta es una invitación a cenar con la dama, con su nombre y dirección completos. Debe de hacer un tiempo que va detrás de ti, Simon.

—Belami echó la cabeza hacia atrás y lanzó una estruendosa carcajada—.

Despierta, muchacho, o te perderás la más maravillosa experiencia de nuestra vida terrenal. ¡Que nuestra santa Madre no lo quiera!

El pobre Simon estaba confundido y emocionado ante el comentario de Belami, pero se hallaba igualmente perturbado por el recuerdo del seductor perfume de la adorable doncella.

—Ya falta poco —le dijo Belami a Pierre—. Simon está empezando a despertar. Lo que le ocurrió con María de Nofrenoy le alteró grandemente.

Los tres servidores cabalgaban a la cabeza de sus tropas, hasta que Belami hizo seña a sus jóvenes camaradas para que se unieran a él en el extremo de la columna.

—¿Veis aquella larga nube de polvo? —preguntó, señalando hacia el norte—. Ésa es una de las caravanas sarracenas, que se dirige a Meca. Es la clase de botín que Reinaldo de Chátillon difícilmente puede dejar de codiciar. Si sigue con sus viejas mañas, nuestro tratado con Saladino pronto terminará bruscamente. Estad atentos porque puede haber problemas, mes braves. ¡Para eso estamos aquí en patrulla!

Por la longitud de la nube de polvo, Simon y Pierre comprendieron que Belami tenía razón. Debía de ser una empresa de gran riqueza, así como un Hadj, el sagrado peregrinaje que los musulmanes hacen a La Meca.

—¿Quién es exactamente ese Reinaldo de Chátillon? —preguntó Simon, con curiosidad—. Hemos oído contar muchas cosas sobre sus hazañas, pero pocas sobre el hombre mismo.

Belami lanzó un bufido.

—Lo uno te dice lo otro. Se trata de un aventurero franco, de alguna manera armado caballero, probablemente por servicios prestados a algún príncipe inescrupuloso. Una cosa es cierta. Llegó a Tierra Santa hace unos años y se casó con la princesa de Antioquía, que había enviudado recientemente. Eso fue allá en 1153. Reinaldo, asimismo conocido como Reginaldo, es el hijo menor de Godofredo, conde de Giem, así que no tenía ni un céntimo.

«La princesa Constanza contaba con una rica dote y eso le puso en una excelente posición. Guillermo de Tiro, el famoso cronista que acaba de regresar a Europa, le tenía antipatía a De Chátillon y escribió sin pelos en la lengua sobre su matrimonio. Algunos dicen que el viejo cronista, arzobispo

él, fue expulsado de ultramar por Reinaldo, que nunca olvida un insulto o una injuria.

«Como señor de Antioquía, asoló Chipre antes de que Isaac Comnemus la ocupara. Sus excesos en Tierra Santa son bien conocidos, y la persecución a que sometió al Patriarca es legendaria. Al fin y al cabo, el Patriarca se considera que es la máxima autoridad en la Ciudad Santa. Él es el rival representativo del Papa, y De Chátillon le trata como a un ser inferior. Os digo que Reinaldo es un rufián, un bellaco, un embustero y un ladrón. En una ocasión le capturó Saladino. En recompensa por las traicioneras promesas de leal amistad por parte de Reinaldo, el jefe sarraceno, que no miente jamás, le dejó en libertad. ¡Fue una tontería!

«Reinaldo de Chátillon recompensó a Saladino por su generosidad traicionando su confianza y, según se rumorea, aún sigue planeando construir una flota junto a las playas del mar Rojo para convertirse en el primer cruzado corsario. ¡Merde! De Chátillon no es un cruzado. No tiene ni una pizca de sinceridad en todo su cuerpo. Se propone saquear los puertos del mar Rojo, y las caravanas cargadas de riquezas de Saladino para La Meca, ofrecen enormes y suculentos botines.

«Os digo, muchachos, que tenemos que estar alerta a la espera de serios acontecimientos como consecuencia de tanta avaricia. Cualquier día, se excederá, y entonces Saladino caerá sobre él y sobre nosotros como el Ángel de la Muerte Vengador.

Ninguno de ellos pensó cuán proféticas habían de resultar muy pronto las palabras de Belami.

En aquel momento, atravesaban una desolada zona arenosa y poblada de hierba de pasto, en el camino a Galilea. Aquel yermo carente de agua resultaba deprimente; era un llano que se elevaba hacia dos colinas rocosas, llamadas Los Cuernos de Hattin, o Hittin como los habían bautizado los árabes. El lugar era tan desolador que Simon comentó:

—¡Qué sitio tan horrible! No me gustaría nada verme atrapado allí por paganos hostiles.

—Tienes buen ojo para los campos de batalla, Simon. Los Cuernos de Hattin es un mal lugar para caer en una emboscada. En la primera Cruzada,

tuvo lugar ahí una matanza de cristianos y, según dicen algunos, todavía rondan por allí los espíritus perdidos. El veterano se santiguó, y sus jóvenes camaradas se estremecieron a pesar de que el calor de la tarde seguía siendo opresivo.

—Supongo que se podría levantar una fortaleza en una de aquellas colinas, pero sería muy desolada. —El viejo servidor meneó la cabeza—.

Ahora, vamos. Faltan sólo unas pocas millas hasta Tiberias. Quiero llegar allí antes de que anochezca.

Las tropas habían desmontado y hacían caminar a sus monturas. A una señal de Belami, volvieron a encaramarse a las sillas y partieron a buen paso hacia el término de la patrulla. A ninguno de ellos le hubiese gustado pasar una fría noche en el desierto. De ningún modo en aquel horrible lugar.

Una vez se hubiese puesto el sol y la oscuridad se extendiera rápidamente sobre la tierra, la arena y las piedras muy pronto perderían el calor del día, y soplaría de Galilea el áspero viento del desierto. Por la noche el frío sería intenso.

En tanto Belami galopaba hacia atrás de la columna para que se apresurasen los de la retaguardia, Simon sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Sin embargo, aún no se había puesto el sol. De pronto supo cuál era la causa: en varios de sus sueños había sobrevolado aquel mismo paisaje desolado, mientras unas formas monstruosas intentaban atraparle. Se sacudió la sensación de intensa depresión que de repente se había apoderado de él y ordenó a sus tropas que le siguieran al tiempo que salía galopando hacia adelante.

Al cabo de una hora, la patrulla llegaba a las puertas de Tiberias.

Las fortificaciones de la ciudad se encontraban bien situadas en un farallón desde donde se dominaba el mar de Galilea, la mitad meridional del cual se pretendía proteger. Sobre las aguas de aquel vasto mar interior, Jesús había caminado en medio de una tormenta. Mientras se acercaban a la ciudad, los pensamientos de Simon se centraron en aquel incidente. Las palabras del Salvador: «¡Paz! ¡Callad!» resonaban en su mente, en tanto el joven cruzado conjuraba la imagen de Cristo encarnado, saltando de la

barca de pesca que le llevaba y caminando sobre las aguas, que de pronto le sostenían como si fuesen cubiertas de espeso hielo.

—¡Un milagro sin duda! —murmuró, en cuanto puso los ojos en el lago azul de Galilea.

Aquella escena también le parecía de alguna manera familiar. Entonces se dio cuenta de que durante sus vuelos nocturnos, había planeado muy bajo por encima de su brillante superficie. Simon comprendió que habría sido capaz de dibujar un mapa de todo aquel mar interior, a pesar de que las orillas septentrionales se encontraban en aquel momento ocultas por la niebla del atardecer.

Ahogó una exclamación, lo que provocó la pregunta de Belami:

—¿Ocurre algo, muchacho?

—Todo me resulta extrañamente familiar. Tengo la impresión de haber estado aquí antes —balbuceó Simon.

Entonces le tocó el turno a Belami de mostrarse sorprendido.

—Pero es que ya estuviste aquí —dijo—. Si bien no comprendo cómo puedes recordarlo. Tu padre te trajo aquí, sólo unos días después de tu nacimiento. Él mismo te bautizó, en las aguas de Galilea.

—¿Y tú cómo lo sabes, Belami? —preguntó Simon, estupefacto.

—Porque estaba aquí, muchacho. Yo te sostuve en mis brazos. Entonces tenía dos manos. Simon..., ¡yo soy tu padrino!

Los dos hombres, sin desmontar, se acercaron de costado y se abrazaron calurosamente, con las lágrimas rodando libremente por sus mejillas.

Minutos más tarde, entraban en Tiberias al frente de una impecable columna de hombres montados.

Tanto la ciudad como el castillo, con sus sólidas torres y la edificación central, se hallaban encerrados dentro de las murallas extensivamente fortificadas, con almenas y maciza construcción. Su señorío se hallaba bajo el dominio de Raimundo III de Trípoli. Su esposa, Eschiva, una formidable mujer, muy bien parecida, demostraría ser una aguerrida senescal bajo el estado de sitio. En el momento en que Belami y sus tropas llegaron allí, la dama estaba muy aburrida. Pocas cosas de interés ocurrían en Tiberias, y su esposo estaba ausente, de visita en Antioquía.

Ella y su sobrina, lady Elvira, ambas de la noble casa de Bures, recibieron alborozadas el rompimiento de la monotonía de su vida en aquella parte de ultramar. Belami y su pequeña tropa de caballería ligera se quedaron sorprendidos al recibir una entusiasta bienvenida cuando entraban en la ciudad.

El título que Raimundo había adoptado de «Señor de Tiberias» indicaba la importancia estratégica de aquella ciudad tan fuertemente fortificada mejor que su tamaño, que no era muy impresionante. Pero las sólidas fortificaciones, respaldadas por una guarnición bien dotada y la inevitable artillería compuesta de catapultas de diferentes tipos y ballestas lanzapiedras, compensaban la falta de grandeza de la ciudad.

Su guarnición era adecuada para resistir un estado de sitio, pero no lo suficiente como para realizar patrullas en gran escala. En cada ocasión en que la visitaba algún dignatario, como por ejemplo Guy de Lusignan, el conde Joscelyn o Reinaldo de Chátillon, se preparaba para impresionar a sus huéspedes. Por todas partes, a lo largo de sus cortas y angostas callejuelas, se colgaban banderas y banderines, y las tabernas y pequeños figones sacaban lo mejor que tenían para agasajar a los visitantes.

Sin embargo, Tiberias era un remanso para la vida social e incluso la visita de una patrulla de templarios era una ocasión memorable. Belami se sorprendió al ser invitado, junto con sus jóvenes servidores, a cenar con la princesa Eschiva y su sobrina, lady Elvira, en compañía de los oficiales de la guarnición.

Cuando se presentaron, después de una rápida ducha bajo la aguatocha del cuartel, se pusieron los uniformes de templarios, pero los tres llevaban jubones limpios, la ropa interior que conservaban para cambiarse las prendas manchadas de sudor. Habían frotado las mallas de acero con arena hasta sacarles brillo, pues la herrumbre no era problema en un clima tan seco. Sólo cerca de las playas del salado mar Muerto se aherrumbraban las armaduras o las armas de los cruzados.

Los tres servidores templarios ofrecían un aspecto impresionante con sus cascos en el hueco del brazo izquierdo, las capuchas de cota de malla

echadas hacia atrás y las largas sobrevestas negras de la Orden luciendo la Cruz de los Templarios.

—Princesa, os traigo saludos de Robert de Barres, mariscal de los templarios en Acre —dijo Belami con su sonora voz—. Os ruego que aceptéis este humilde presente de dulces, de parte del servidor D’Arlan de los hospitalarios.

El veterano indicó a Simon que se adelantara con el regalo. Cuando el normando ofreció el cofre de mimbre que contenía el Rahat Lacoum, los dulces de los turcos aromatizados con cítricos y agua de rosas, conocidos como «Delicias», lady Elvira le dirigió una mirada de admiración. La princesa Eschiva, cuyo aburrimiento se acentuaba por la ausencia del marido, también les favoreció con una seductora sonrisa en los labios generosos. Estaba bien conservada y aún era atractiva, con una figura rotunda que competía con su rostro sensual, que en un tiempo había sido muy bello. Aún a los cuarenta y cinco años, aquella notable mujer lograba que el pulso de un hombre se acelerara en su presencia.

Lady Elvira era más alta que su tía, y sus clásicas facciones quedaban enmarcadas por una abundante cabellera, que había adquirido un brillo bronceado bajo el continuo cepillado. Sus ojos eran sorprendentes, con motas doradas centelleando en el fondo del iris castaño oscuro. A Simon le recordaron una rara piedra preciosa que el viejo padre Ambrose le había mostrado una vez. Un crisoberilo, le había dicho que era. El mismo tono tornasolado parecía brillar en los ojos de lady Elvira. Simon se sintió turbado por ellos. En cuanto a Pierre, se había enamorado de ella al cabo de una hora de haberla visto por primera vez.

Una ojeada a la cara de Pierre le dijo a Belami lo que le estaba sucediendo a su joven camarada. El veterano tomó mentalmente nota de decirle que era una locura enamorarse de alguien de rango más elevado que el propio. Pierre era un servidor; Elvira, la hija de un conde. No obstante, les estaba reservada una sorpresa.

Una sirvienta jovial de pronta sonrisa llamó la atención de Belami. El viejo guerrero comprendió que no dormiría solo en Tiberias.

La princesa Eschiva tenía infinidad de preguntas sobre Europa, que iban desde lo que vestían las damas en la corte del rey Luis hasta qué nuevos platos se servían en la casa real. La dama senescal tenía entendido que los servidores habían llegado recientemente de París, por lo que presumía que ellos debían de conocer algunas de las respuestas.

Ni Belami ni Simon pudieron ofrecerle información sobre aquellos temas aparentemente vitales, pero, para sorpresa de sus compañeros, Pierre de Montjoie si que pudo hacerlo. De hecho, resultó ser una fuente impresionante de conocimientos sobre la etiqueta, el comportamiento, la cocina y las intrigas de la corte. Después de dos vasos de buen vino francés, Pierre se superó a sí mismo.

Ni Simon ni Belami se habían mostrado dispuestos a hablar de sus respectivas familias, de modo que hasta entonces Pierre también se mantuvo reticente a hablar de la suya. Ahora, de pronto, todo salía a borbotones de sus alegres labios.

—Los De Montjoie son la rama franca de nuestra familia, que procede originalmente de Santiago, en España —explicó—. El castillo cercano a Jerusalén, llamado Cháteau Montjoie, fue construido recientemente por un tío mío.

Belami y Simon contemplaban a su camarada con estupefacción mientras él seguía diciendo:

—Yo me crié en la corte francesa, donde mi padre, el conde Denis de Montjoie, es consejero sobre asuntos españoles. El motivo por el que me alisté como cadete en el Cuerpo de Servidores en Gisors es muy simple. Me peleé con mi padre, y él me desheredó.

Los invitados al banquete estaban fascinados por las palabras de Pierre.

—Todo empezó porque mi hermana menor, Berenice, debía desposarse con un caballero riquísimo, Albert de Valois. Él tiene casi sesenta años y es viudo por partida doble. Mi hermana sólo tenía entonces doce años.

«La pobre Berenice estaba aterrada, huyó y vino a verme, para rogarme que la ocultara. A mí, Valois, que es un libertino, me desagradaba profundamente, así que llevé a Berenice a casa de una amiga mía de la infancia, la princesa Berengaria, que para ese entonces sólo tenía catorce

años, pero era muy inteligente para su edad. Berengaria de Navarra es una joven maravillosa. En seguida supo qué hacer y le pidió ayuda a la reina Leonor de Aquitania, la esposa del rey Enrique de Inglaterra. Berengaria sabía que el primer esposo de la reina había sido Luis de Francia, y que la pareja real había estado en la Cruzada en ultramar. Allí, la reina Leonor se hizo íntima amiga del tío de Berengaria.

«Sucede que la reina detesta la práctica de las uniones matrimoniales infantiles y tomó a Berenice bajo su protección. Mi hermana tiene ahora trece años y es una de las damas de compañía de la reina. La reina Leonor ama a Berenice y a Berengaria. Con ella están a salvo de las represalias que pueda tomar Albert de Valois.

«Mi padre, por supuesto, se puso furioso y me desheredó. Para recuperar lo mío, decidí buscar fortuna como servidor templario.

La velada fue un resonante éxito. Además, lady Elvira en seguida se interesó en aquel atractivo joven servidor que era en realidad de sangre azul. Como no era una simplona, sabía que las disputas familiares raras veces duran eternamente. La princesa Eschiva vio con buenos ojos la atención extasiada de Elvira ante la fascinante historia de Pierre. La dama senescal era una mujer inteligente y rápidamente se dio cuenta de las posibilidades de aquella situación. Pierre de Montjoie se había convertido en candidato elegible con un breve parlamento.

Belami estaba fascinado.

—Por Dios, muchacho, ¿acaso esperas que te llame «sir Pierre»?

—De ninguna manera, mi respetado servidor —rió Pierre.

—¿Así que realmente estás en la fila para heredar el título de caballero?

—dijo Simon, encantado.

Belami aclaró la situación.

—Todo saldrá bien. Serás armado caballero, Pierre, seguro. Sólo recuerda que hasta que llegue la feliz hora eres mi joven servidor, y así será hasta que te pongan las espuelas de oro. ¿Savez?

—¡Qui, je sai it! —sonrió Pierre, que gozaba plenamente la sensación que había causado.

—¡Brindo por eso! —exclamó Simon, levantando su copa.

—¡Por el destino! —dijo el veterano, y yació la suya de un solo trago.

Acto seguido, Belami llevó a Simon aparte.

—Vamos a dar un paseo; hay algo que quiero mostrarte —le dijo en voz baja.

Se excusaron ante la princesa Eschiva, diciendo que les llamaba el deber de la inspección nocturna, y luego se retiraron, dejando a Pierre rodeado de sus admiradoras, todas ansiosas por escuchar los últimos escándalos ocurridos en la corte de Francia.

Los templarios cabalgaron hasta salir por las puertas de Tiberias y, cogiendo un sendero que llevaba por la empinada pendiente hasta las orillas del lago, llegaron a una ancha franja de arena.

La luna brillaba con todo su esplendor en el aire frío de la noche cuando empezaron a galopar a lo largo de la orilla brillantemente iluminada.

Cuando llegaron al sitio donde se almeaban las barcas de pesca, junto a unas oscuras casuchas, aminoraron el paso de sus monturas y, después de desmontar, condujeron a Pegaso y Calaban hasta una fuente para que abrevaran en ella, pues se merecían un trago de agua fresca.

—Siempre se aprende algo —observó Belami—. ¡Pierre un noble caballero! ¡Eh, bien! ¡Tant mieux! —Esbozó una amplia sonrisa a la plateada luz de la luna.

«A tu padre le encantaba venir aquí, Simon. En esta fuente solían encontrarse él y tu madre.

La voz de Belami tenía un dejo de nostalgia.

—¿Quién era ella? —preguntó Simon, ansioso.

Los ojos de Belami adquirieron una dulce expresión.

—Lamentablemente, aún no puedo decírtelo, Simon. Bernard de Roubaix no te dio su nombre y mi voto de silencio no me permite que yo lo haga. —Al ver la expresión de desencanto en el rostro de Simon, agregó—: Baste decir que tu madre era muy hermosa, sobre todo de alma. Tu padre aprendió de ella todo cuanto sabía de filosofía. Cuando tu madre murió, el espíritu de tu padre murió con ella. Sólo su sentido del deber le mantuvo en pie. Tenía una misión que cumplir y la cumplió, pero el corazón de Odó de

Saint Amand se fue con tu madre. El hecho de no poder reconocerte como hijo suyo debió de ser para él un infierno en esta tierra.

«Persiguió a los Asesinos como si cumpliese una penitencia. Sinan-al-Raschid se convirtió en el símbolo de su amarga frustración. Parte del resto, ya lo conoces.

Viendo la dolorida expresión de Simon, Belami trató de consolarle cambiando de tema.

—Tu padre tenía extrañas ideas sobre Galilea. El creía que Jesús era calafate. Por eso Nuestro Señor se llevaba tan bien con los pescadores.

Nuestro fallecido Gran Maestro creía que Jesús construyó la barca de Pedro el Pescador, junto con muchas otras, en las playas de Galilea.

Simon escuchaba fascinado, dando vueltas a la idea en su mente.

—¿Por qué mi padre creía eso, Belami?

—Tu madre le puso la idea en la cabeza. Ella le dijo que se trataba de una leyenda local. Si bien lo piensas, parece lógico. —Belami se entusiasmaba hablando del tema—. Al fin y al cabo, Jesús tenía unos catorce años cuando la Santa Biblia le pierde el rastro. Entonces no volvemos a saber de él hasta que regresa, cuando tiene treinta, de algún lugar del desierto, para ser bautizado por san Juan el Bautista.

—Es una cuestión interesante, Belami. ¿Qué le pasó a Nuestro Señor durante esos años en que nada se sabe de él?

—Tus padres creían que después de que Jesús estuvo constantemente discutiendo con los rabinos en el templo, quedó señalado como un agitador.

Después de todo, sólo tenía trece años. Su padre, José, estaba preocupado por el extraño comportamiento de su inteligente hijo y le pidió a un amigo suyo, a José de Arimatea, que se llevara al muchacho en su barco. Recuerda que ese José, que aparece posteriormente en la Santa Biblia, era un mercader y visitaba muchos países extranjeros en sus viajes. ¿Qué más natural que este mercader, que siempre podía tener necesidad de un calafate, se llevara a Jesús con él? Al fin y al cabo, el Señor, aun siendo niño, era aprendiz de su padre, el maestro carpintero de Nazaret.

«Sin duda, Jesús conocía de embarcaciones, y más adelante se hizo íntimo amigo de los pescadores, como en el caso de Pedro. Los pescadores

no parecen, por lo general, dispuestos a brindar su amistad a aquellos que no comprenden los peligros de su oficio. Sin embargo, escuchaban sus instrucciones cuando les decía dónde echar las redes. Nuestro Señor debió de ser un experto en barcas y en pesca.

—¿Quieres decir que Nuestro Señor pasó todos esos años..., veamos, unos quince años..., con José de Arimatea, o en Galilea?

Simon parecía intrigado, y su mente recorría raudamente todas las posibilidades.

—¿Por qué no? —dijo Belami—. Los cruzados ingleses me contaron que un mercader llamado José de Arimatea visitó un lugar santo en el oeste de su país, donde se explotan las minas de estaño. Si no me equivoco, el lugar se llama Glastonbury.

«También me dijeron que creían que Jesús le acompañaba. Los monjes han construido una abadía allí y tiene un famoso árbol de espinas que, según cuentan, florece una vez al año, por Navidad. Se supone que ese misterioso árbol creció del báculo de José. —Belami suspiró, pensativo—.

¿Quién sabe? Después de todo, sólo es una especulación.

De pronto, el joven normando sintió que le invadía una oleada de paz.

Sonrió como si a la distancia viese a un hombre alto inclinándose sobre las barcas de pesca varadas en la playa. La figura del pescador era nítida, perfilándose a la luz de la luna, y Simon pudo ver que llevaba barba.

—Las cosas no han cambiado mucho aquí —dijo, casualmente, a Belami.

—¿Qué te hace decir eso, mon brave?

Simon señaló a la distante figura junto a la barca.

—Aquel pescador. Podría ser Simón, llamado Pedro, o incluso Jesús mismo, examinando una barca de pesca, todos esos años pasados.

—¿A la luz de la luna? ¿Mucho después de medianoche? —Belami rió

—. ¿Dónde está esa persona tan dedicada a su labor? ¡Yo no la veo!

Un escalofrío recorrió la espalda de Simon. Señaló hacia la barca distante, varada en la arena.

—¡Allí! —gritó, pero la figura había desaparecido—. ¡Rediós! musitó, sin ánimo de blasfemar—. Estaba allí. Le he visto tan claramente como te

veo a ti, Belami.

—Un efecto óptico de la luz lunar, muchacho. Quizá un exceso de vino también. No hay nadie allí, Simon. ¡Atribúyelo a la magia de Galilea!

Pero Belami había sentido el mismo escalofrío a lo largo de la espalda.

—Está refrescando —dijo, estremeciéndose como un perro viejo—.

Vamos, Simon. Te desafío a una carrera.

En un instante, estaban montados y galopando por la playa iluminada por la luna; los cascos de los caballos chapoteaban el agua de la orilla.

—Pescador o calafate, juro que le vi a la luz de la luna —se dijo Simon en voz baja.

A la mañana siguiente, despertaron temprano e inspeccionaron las defensas de la ciudad amurallada. Luego, Belami, que había presentado su informe oficial al comandante de la guarnición, se reunió con sus camaradas. Le hizo algunas chanzas a Pierre por su resonante éxito con las mujeres.

—Te has anotado un triunfo, mon ami. Juro que lady Elvira se encuentra bajo el embrujo de la magia de los De Montjoie. Al igual que la princesa Eschiva. Ha puesto sus ojos de águila en ti, muchacho. No me equivoco si digo que ya está confeccionando la lista de los invitados a la boda.

Pierre se echó a reír.

—No corras tanto, Belami. Vas saltando unos cuantos obstáculos delante de mí.

El veterano sonrió abiertamente.

—No estés tan seguro, simpático gallito. La princesa es una mujer muy decidida. Por la expresión que vi anoche en la cara de lady Elvira, diría que ella también lo es. Es una belleza, ¿eh?

—¡Vaya si lo es! —suspiró Pierre, extasiado por el recuerdo de la alta doncella de los místicos ojos dorados.

Sus camaradas cambiaron sonrisas de complicidad.

—Puedes creerme, Pierre —dijo Belami, con una risita—, ya están preparando el pato de la boda.

Se volvió hacia Simon.

—He encontrado a un viejo amigo, que conocía mucho a tu padre. —

Había bajado la voz, a pesar de que Pierre no podía oírles—. Pero no sabe que tú eres su hijo. Me gustaría que le conocieras. Se llama Abraham-ben-Isaac. Es un hábil fabricante de instrumentos que le enseñó muchas cosas a tu padre.

—Pero, ¿seguro que es judío? —Simon estaba perplejo—. ¿Es un converso, tal vez?

—¡No, no! ¡Abraham es judío y siempre lo será! Es un hombre notable.

Artista, artesano y filósofo. Verdaderamente, un sabio. Iremos a verle esta tarde.

Simon se moría de impaciencia. Cuando conoció a Abraham, no sufrió decepción alguna. El alto y anciano erudito de hombros encorvados era todo lo que Belami había anunciado.

El sabio de barba gris elogió al joven servidor templario, sus astutos ojos brillando de placer en cuanto oyó el apellido de Simon.

—Raoul de Creçy debe de ser pariente cercano tuyo, ¿no? dijo—. Le conocía bien. Un hombre magnífico. ¿Está vivo y bien de salud, espero?

—En efecto, señor —respondió Simon—. Vive en Normandía. —Hizo una pausa—. Mi... tío Raoul me crió en su feudo, cerca de Forges-les-Eaux.

—¡Vaya! —exclamó Abraham como para sí mismo—. Ciertamente me recuerdas a alguien, pero no a Raoul de Creçy.

Belami se apresuró a interrumpirles.

—El joven Simon es todo un erudito, Abraham. Está ansioso por hacerte muchas preguntas.

El magro rostro del estudioso anciano irradiaba sabiduría.

—Si puedo responderlas, con gusto lo haré —dijo, sonriendo—. ¿Qué temas despiertan tu interés, joven?

—El hermano Ambrose me enseñó los rudimentos de la astronomía y las matemáticas. Mis conocimientos son escasos, pero sé hablar y escribir en latín, francés y árabe. En mi mente bullen las preguntas que deseo haceros, señor. Perdonadme que os moleste cuando debierais estar haciendo la siesta en esta tarde tan calurosa.

Abraham se sonrió, en tanto sus pesados párpados se abrían para expresar su divertido asombro.

—Los gentiles y los sarracenos duermen después del calor del mediodía. En cambio, a los judíos nos gusta trabajar en la sombra, cuando las cosas están tranquilas. Mira, mi joven amigo. He estado haciendo un nuevo astrolabio para el «Señor de Tiberias» Es un agudo estudioso de las estrellas.

—Bernard de Roubaix te manda saludos —interrumpió Belami.

Abraham profirió una risita, cálida y simpática.

—He ahí a otro viejo amigo. Una persona ávida de conocimientos.

Solíamos reunirnos aquí, cada vez que vuestro Gran Maestro... —Los penetrantes ojos del anciano se clavaron de pronto con astuta expresión en Simon— ... Odó de Saint Amand, visitaba Tiberias. Aquéllos eran tiempos de gozo.

Belami volvió a interrumpir deliberadamente la cadena de pensamientos de Abraham.

—El padre de Simon murió en la Cruzada. Yo llevé de nuevo al muchacho a Normandía, con De Creçy, y él y Bernard de Roubaix me pidieron muy seriamente que te buscara por esa misma razón: para que enseñes al muchacho.

—Me sentiré muy honrado, Belami. ¿Me lo confiarás a mí o bien te quedarás tú también?

La voz de Belami se suavizo.

—No, Abraham. Dejaré que introduzcas parte de tu sabiduría en su dura cabezota normanda

Simon ya había quedado atrapado por la fascinación que ejercía el anciano erudito. En el curso de las siguientes semanas, llegó a querer a Abraham por su sabiduría, su compasión y su honestidad. El sentimiento fue mutuo. Desde el momento en que Abraham vio las facciones clásicas de Simon y los atractivos ojos azules del normando, Abraham reconoció el linaje del joven templario. Sin embargo, el secreto de Simon se hallaba tan seguro con el brujo de Isaac, el mago, como con Belami, De Creçy y De Roubaix. Abraham jamás le traicionaría.

Las semanas pasaban volando mientras Abraham llenaba todas las horas libres del tiempo de Simon con un alud de conocimientos.

En genio judío en acumular datos y cifras había servido para conservar la mayoría de los tesoros de las destruidas bibliotecas de Alejandría y Bizancio en el depósito de la memoria racial. Los judíos eran los guardianes del gnosticismo y sólo lo impartían a ciertos miembros de su propia posteridad, o, en raras ocasiones, a aquellos en quienes ponían su confianza, como en el caso de Simon de Creçy.

Abraham le enseñó la Geometría Sagrada, la Proporción Divina, importancia universal del patrón, el peso, la forma y el número; los principios de lo mágico y el dominio del poder de voluntad.

Simon lo absorbía todo, como una esponja de mar griega. Comenzaba a comprender por qué Bernard de Roubaix le había llevado a Chartres para realizar aquel misterioso recorrido por la catedral.

—Las piedras de la catedral son meramente un discurso —dijo Abraham—. Del mismo modo en que trazarías caracteres en una tableta de cera con una caña, dibujarías o grabarías jeroglíficos en el muro de un templo o escribirías letras en un pergamino. La idea subyacente lo es todo.

Por lo demás, todo es simple vanidad.

Escrutó el rostro fascinado de Simon.

—Salomón era un gran mago. ¡Un Ipsissimus! Un maestro de maestros de la Gran Obra, la alquimia del alma humana. Ésa es la transformación de la escoria en oro y es un símbolo del verdadero objeto del gnosticismo. La Gran Obra es la transmutación de la escoria del materialismo del hombre en la dorada Esencia del Espíritu de Dios. ¿Me comprendes, Simon?

—¿Queréis decir: convertirse uno mismo en la imagen de Dios?

—¡No, Simon! ¡Eso es una blasfemia! Ningún hombre se vuelve Dios.

Los judíos no adoramos imagen alguna de nuestro Dios. Hasta se nos prohíbe pronunciar Su nombre. En vez de ello, utilizamos la palabra Adonais, que significa Señor. Nuestro Dios tiene muchos nombres. Vuestro Jesús, en la Cruz, gritó: «¡Eloi! ¡Eloi! Lama bactani». Eso es arameo, Simon.

—Significa: «Señor, Señor, ¿por qué me has abandonado?» ¿No es cierto, Abraham? —preguntó Simon.

—No exactamente, muchacho. Era una invocación de Jesús, crucificado y agonizante, al Eloihim: el gran espíritu angélico. ¿Recuerdas cómo se rasgó el velo del templo, cuando Jesús exhaló el Espíritu de Cristo?

—«A Tus Manos encomiendo mi Espíritu» —murmuró Simon, reverente.

—Las manos del Eloihim, Simon. Si las manos de Dios hubiesen tocado el Calvario, Su poder habría sido más grande que el de una estrella fugaz al chocar contra la tierra. El lugar hubiera quedado devastado en cientos de millas a la redonda. El poder de los servidores de Dios, el Eloihim, fue incluso suficiente para rasgar el velo del templo.

Simon nunca olvidó la fascinación de aquellas mágicas sesiones con el filósofo judío. Sus lecciones eran también prácticas. Abraham le enseñó el uso del torno de pedal para tornear las delicadas roscas y las pequeñas tuercas y tornillos para la construcción de instrumentos. Aprendió que con una aleación de cobre y estaño se obtenía el bronce; el moldeo de los metales y, sobre todo, la aplicación de la matemática a la medición precisa de la materia, el espacio y el tiempo.

Pero fueron los ejercicios espirituales que Abraham le enseñó a Simon lo que hizo volar su mente con nuevas ideas. En verdad, fue Abraham-ben-Isaac quien abrió la mente de Simon a las maravillas del Universo.

Sus maestros en Normandía, en especial el hermano Ambrose, habían iniciado a Simon en el largo viaje por el camino interminable del conocimiento; pero fue Abraham-ben-Isaac, el constructor de instrumentos judío de Tiberias, quien le ensanchó aquel sendero hacia el vasto camino del gnosticismo.

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