El templario

Michael Bentine · Capítulo 24 de 24

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El templario

Epílogo

Los términos del tratado se encargó de presentarlos a Safardino Homfroi de Toron, que contaba con la confianza de Saladino y del rey Ricardo. Las condiciones no eran onerosas para ninguna de las partes, pues el sultán estaba tan cansado de la interminable guerra como los cruzados. Aquélla era una ocasión para tomarse un respiro, antes de que algún fanático comenzara de nuevo todo aquel terrible conflicto.

El cambio de planes del rey Ricardo exigió ciertos ajustes. Ello significaba que la reina Berengaria y la reina Joanna tendrían que abandonar Tierra Santa al mismo tiempo que Corazón de León partiese hacia Inglaterra.

Su plan era complejo, pues comprendía a un guardia personal templario, que Robert de Sablé le proporcionó, y el mismo monarca se disfrazó con el uniforme de los templarios.

La idea era que Ricardo atravesara Europa de incógnito. Sin embargo, su gran altura, en una época en que la mayoría de la gente en el mundo occidental era de corta estatura, le tornaba muy relevante. De hecho, Corazón de León tenía tantas probabilidades de hacer el viaje por tierra pasando inadvertido como si se hubiese disfrazado de mujer. Su consorte trató de disuadirle, pero en vano. Una vez había tomado una decisión, la reina Berengaria sabía que nada podía apartarle de su camino. Fue con un mal presentimiento que preparó su equipaje personal para el regreso al hogar.

El cambio de plan también impidió que Simon y Berenice se casaran en la iglesia de Limassol. En vez de ello, el obispo efectuó la impresionante ceremonia en Acre.

La boda fue suntuosa, pues la condesa de Montjoie era una figura muy admirada entre los dignatarios de la Corte y su elección del noble servidor templario fue muy bien recibida, en vista de la valentía demostrada por el joven en la causa de los templarios. Estuvieron presentes en la boda los dos grandes maestros, así como una guardia de honor a cargo de servidores templarios y hospitalarios, que formaron un arco con sus espadas por debajo del cual la radiante pareja abandonó la iglesia, aclamada por la multitud.

La presencia del rey Ricardo hacía suponer que la iglesia estaba abarrotada de todos los nobles de Outremer y Outrejourdain, pero la popularidad de la joven pareja hizo de ésa una ocasión particularmente atractiva, más que cualquier otra ceremonia fastidiosa de la Corte.

Lamentablemente, no quedó tiempo suficiente para pasar la luna de miel en Tierna Santa. En vez de ello, los recién casados acompañaron a las dos reinas cuando abordaron la nave real, un galeón fuertemente armado y bien protegido, y zarparon hacia Sicilia en la primera etapa de su largo viaje al hogar.

Como Pierre de Montjoie era el único hijo de la rama francesa de la antigua familia feudal, el título y los bienes habían pasado a su hermana Berenice. Como cortesía, el rey francés había conferido el título de conde a Simon, con el fin de que Berenice no se casara con alguien que no estuviera a su altura. Los bienes de De Creçy, que pasaron a manos de Simon al fallecer Raoul de Creçy, ahora quedaron liberados de su Donation a los caballeros templados. Eso dejó al joven normando con una considerable fortuna que, al sumarse a la dote de Berenice, les convirtió en una pareja riquísima.

Si el éxito material en la vida hubiese sido lo que Odó de Saint Amand deseaba para su hijo natural, entonces se podría decir que el joven normando había hecho más que realidad los sueños de su padre. No obstante, tanto Simon como Belami sabían que eso había sido sólo una

parte de la visión que el finado Gran Maestro había soñado de manera tan profética.

El Gran Capítulo de la Orden, que al parecer siempre había conocido los orígenes de Simon, veía con buenos ojos que se enterrara el pasado en el brillante futuro del flamante conde. Eso significaba que Simon era ahora uno de los nobles más ricos de Francia y, lo que era más importante, poseía el conocimiento y la experiencia como para utilizar la recién adquirida riqueza de la mejor manera posible, especialmente en favor de la causa de los templarios.

La luna de miel de la joven pareja a bordo del lujoso galeón real se consumó en una pequeña recámara situada entre las dos más espaciosas que ocupaban Berengaria y Joanna.

—¡Una dichosa unión, estoy seguro —comentó Belami, irreverente—, pero muy apretada, también!

El veterano estuvo muy ocupado tratando de tomar las medidas adecuadas para una eficaz defensa del galeón, puesto que navegaban por aguas infestadas de piratas, como para aburrirse, cosa que temía que le ocurriría después de la prolongada campaña en Tierra Santa. Así su conciencia estaba tranquila, puesto que había sido reacio a abandonar a su Gran Maestro, precisamente cuando éste se disponía a ocupar la nueva sede central de los templarios en Chipre, sin el «guardaespaldas Belami» para protegerle.

Aquella confrontación de lealtades había afectado seriamente la conciencia del viejo soldado. Sin embargo, ser el guardia personal de la feliz pareja de amantes daba satisfacción al alma romántica de Belami, que él mantenía cuidadosamente oculta, y, en este sentido, también contaba con el beneplácito del Gran Maestro. Virtualmente significaba que el veterano pasaría el resto de su vida al servicio de los condes de Montjoie et Creçy; una perspectiva que le complacía cada vez más a medida que transcurrían los días.

Dos semanas después del arribo del galeón a Sicilia, tuvieron noticia de la desaparición del galeón templario del rey Ricardo.

Aquél fue un duro golpe; sin embargo, toda la realeza tenía la impresión de que Corazón de León no estaba muerto. Esta visión optimista del desastre se confirmó cuando un segundo mensajero templario llegó con la noticia de que el rey Ricardo se había trasladado junto con su guardaespaldas templario en otra nave, después de que su galera casi hubiera naufragado en una tormenta inesperada, frente a Chipre.

Lo que sorprendía de la noticia era que el bajel que había abordado era un galeón pirata, y que el rey había persuadido a los corsarios de que le desembarcaran en la costa dálmata. Así se vieron obligados a hacerlo a causa de otra tormenta, que hizo naufragar al barco pirata cuando lo tiró contra la costa rocosa.

Afortunadamente, esto ocurrió sin daños para el monarca, que ahora se desplazaba a través de Carinthia y Austria, con la intención de reunirse con Enrique, primo de Ricardo, en el castillo real de Sajonia. El alivio que experimentó la reina fue seguido de una sensación de angustia cuando los mensajeros templarios trajeron noticias más funestas.

Los espías austriacos habían reconocido a Corazón de León, y el monarca y su guardia personal habían sido capturados después de una sangrienta resistencia en una posada. El emperador Enrique VI de Austria mantenía al rey como rehén, después de que lo pusiera en sus manos el duque Leopoldo. El único recurso posible, para la reina Berengaria, era viajar rápidamente a Inglaterra para lograr que el hermano de Ricardo pagara el rescate.

Eso se realizó con toda rapidez, y llevó a los flamantes condes con ellos.

Sin embargo, la reina Joanna permaneció un tiempo más en Sicilia para reunir todo el dinero que pudiera para poder hacer frente a las demandas del emperador austriaco. Luego, abordó una nave y se reunió con su cuñada para esperar el resultado de las negociaciones.

Para la reina Berengaria, el año 1192 transcurrió en una atmósfera de tensiones y dudas. Para Simon y Berenice fue un año de amor y de satisfacciones. El rey Juan, cuya avaricia y perfidia habían causado la discordia en Inglaterra, había recibido a su nueva cuñada y al séquito real con tanta afabilidad como si se tratara de sus parientes favoritos. A Simon y

su esposa se les brindó toda clase de agasajos y, de sus bienes conjuntos, pudieron contribuir generosamente a los fondos que se reunían para pagan el rescate por el monarca.

Belami, como de costumbre, no se anduvo por las ramas.

—No confío en el príncipe Juan —gruñó—. Me recuerda demasiado a Conrad de Montferrat, sin el coraje de aquel sinvergüenza. Hay tan poco de Ricardo Corazón de León en él, que dudo de que sean hermanos del mismo padre.

«Fíjate en lo que te digo, Simon: la reina tendrá que obligarle a dar cuenta de cada penique del rescate. Ciento cincuenta mil marcos de oro serían una tentación para cualquiera, pero para el príncipe Juan son una invitación del diablo a la traición.

El trovador Blondin, que era íntimo amigo del rey Ricardo, dentro del distinguido culto de los magos musicales, ya había partido hacia Europa para averiguar dónde el emperador tenía secuestrado a su maestro real.

Gracias principalmente a su talento como espía y a su reputación como mago colega entre los Minnesingeres de Alemania y Austria, finalmente pudo establecen contacto con el desesperado monarca, y le dio la buena noticia de que se estaba reuniendo el dinero del rescate.

El rey Ricardo era tan popular, que aun después de la salvaje depredación del príncipe Juan, los fondos del erario inglés iban en aumento: la mayor parte del dinero provenía de pequeñas sumas, donadas por los más pobres del país. Afortunadamente, Simon tenía contactos en la comunidad judía de York, que se los había proporcionado Abraham-ben-Isaac unos años antes, como parte de la información que el mago le había impartido, al describirle la amplia red financiera de los judíos del siglo XII.

Quizá el sabio anciano había presentido que aquel conocimiento algún día redundara en beneficio mutuo de su discípulo y la comunidad judía. De ser así, aquel notable visionario había acertado en su suposición. Porque Simon, llevando una carta de la reina Berengaria certificando que el rey efectuaba ventajosas concesiones a la tan perseguida comunidad judía, pudo conocer a un primo de Abraham, Isaac de York, que inmediatamente reunió una gruesa suma entre su gente. Considerando la violencia que previamente

había ejercido sobre los judíos la administración del rey Ricardo, aquel acto denotaba el grado de confianza que Isaac de York otorgó a las palabras de su primo sobre la personalidad de Simon de Creçy.

Para Simon, fue una demostración más de los poderes adivinatorios de su sabio mentor, y un notable ejemplo de los juegos del Destino.

Además, en su nueva situación como conde de Montjoie y de Creçy, Simon pudo ponerse en contacto con el Gran Capítulo en París y obtener de los fondos de los templarios más oro para el rescate del rey, lo que aseguró la pronta totalización de la enorme suma que debían reunir. Para Belami ya era evidente que su ahijado estaba cumpliendo de sobra los ambiciosos sueños de su padre.

El año 1193 encontró a Berenice felizmente embarazada y, en el otoño, dio a luz con toda ventura a un niño a quien, de común acuerdo, le pusieron el nombre de Jean, en honor de Belami. El viejo soldado estaba encantado y dedicaba buena parte de su tiempo a hacer de niñera del pequeño, a quien brindaba tanto amor como había demostrado a su ahijado.

Esos años fueron radiantes de felicidad en la vida familiar, primero en Inglaterra, en la Corte real y en la mansión de los templarios de Templecombe, en Somerset, así como en las propiedades familiares cercanas a Forges-les-Eaux y Evreux. Pero para Simon y Belami había algo que echaban de menos en su vida. Ambos consideraban que el verdadero camino del destino de Simon aún no se lo habían revelado.

—Es como si estuviésemos esperando algún indicio de cuál será ese camino —comentó Belami, dando un extraño tono a sus palabras.

El esquema del futuro comenzó a tornarse evidente al ocurrir ciertos acontecimientos, dos de ellos casi simultáneamente.

En primer lugar, recibieron la triste noticia del fallecimiento de Saladino, en marzo de 1193, a causa de una súbita fiebre que le atacó mientras estaba cazando. Para Simon y Belami, la noticia tuvo el efecto de un golpe físico, pues ambos habían engendrado un gran amor por aquel hombre notable.

Cuando Corazón de León regresó a Inglaterra, en marzo de 1194, se unió a su dolor por la pérdida de su ex adversario.

Una carta de Maimónides, que entregó un mercader judío, daba detalles a Simon de la muerte del sultán.

«Hemos perdido a un gran jefe y a un afectuoso amigo —escribía—.

Jamás conoceré a otro como él en esta tierra. El islam llora el tránsito al Paraíso de su más noble hijo. Él te quería, Simon, como a un hermano, y también sentía por Belami un cariño fraternal.

«Yo terminaré mis días aquí, en Damasco, y siempre os recordaré a ambos con el mismo afecto. Todos vuestros amigos os mandan sus saludos y estima.»

El filósofo firmaba la carta:

«Maimónides, otrora médico del gran sultán Saladino».

Pero fue el tercer acontecimiento, poco después del regreso del rey Ricardo, el que demostró lo que el futuro le tenía reservado a Simon.

Éste fue el catastrófico incendio que destruyó la catedral de Chartres.

Simon enseguida supo cuál era el camino que debía seguir. Aquél sería su destino.

Volvió a París y pidió una inmediata audiencia para el Gran Capítulo.

Dio la casualidad de que Robert de Sablé se encontraba de visita en Tierra Santa y fue él quien presidió la reunión. Después de un cálido intercambio de saludos, Simon fue derecho al grano.

—El desastre de Chartres me induce a ofrecer mis servicios como supervisor en la inmediata reconstrucción de la catedral. No soy inmodesto si digo que he tenido la suerte de adquirir las calificaciones necesarias en la práctica de la Sagrada Geometría de mis mentores en Tierra Santa. Sé que nuestro Gran Maestro hablará por mí al respecto.

«Lo que propongo es que brindaré, gratis, mis servicios personales y los de mi mesnada para la reconstrucción de la catedral, con la firme esperanza de que la Orden esté dispuesta a financiarla y a pagar los salarios de los francmasones necesarios de los distintos gremios de artesanos que tengan que intervenir.

«De mi ex tutor, Bernard de Roubaix, aprendí a conocer el poder del Wouivre, y tengo la intención de respetar la primitiva religión pagana que en un tiempo se practicaba en ese sitio sagrado. Creo que mi experiencia en

Tierra Santa me ha proporcionado el discernimiento necesario para comprender los requerimientos impuestos por los precisos principios de la Sagrada Geometría, y que, con la ayuda de nuestra Santa Virgen, nuestra sagrada Madre Tierra, se me pueda brindar la oportunidad de restaurar Su Templo con todo su esplendor anterior.

Fue una emotiva declaración de la fe de Simon en su destino y, como un solo hombre, los hermanos Caballeros de la Orden se pusieron de pie y pronunciaron con voz atronadora su unánime aprobación de la proposición.

Más tarde, Simon le dijo a Belami:

—Supongo que debería haberme puesto nervioso, pero en cuanto entré en la casa Capitular, supe que eso era lo que mi padre quería que hiciese. A partir de ese momento, sólo tengo una vaga idea de lo que aconteció, salvo de que muchos templarios, algunos cuales conozco, estuvieron fervorosamente de acuerdo en que debemos reconstruir la Casa de nuestra Santa Señora lo antes posible.

Belami era una persona indispensable en la tarea de buscar y organizar la mano de obra requerida para el fabuloso proyecto. Para Simon, ello constituía un ejemplo perfecto de la magnitud de la Gran Obra.

La reconstrucción de un edificio tan enorme, estrictamente de acuerdo con la Proporción Divina de la Sagrada Geometría, requería un gran número de artesanos hábiles y laboriosos, ninguno de los cuales era fácil de encontrar. Esta tarea sólo podía ser llevada a cabo enrolando a toda la red de mano de obra especializada de los templarios en Francia, España e Inglaterra, así como consiguiendo artesanos templarios en Tierra Santa mismo.

En un milagrosamente breve espacio de tiempo, los maestros artesanos llegaron en grupos a Chartres, donde Belami rápidamente les fue encontrando alojamiento en las casas y granjas de los alrededores. En sí misma ésta era una ímproba tarea, pero el veterano servidor había realizado otras similares en otras ocasiones.

Una vez los artesanos estuvieron agrupados y se hubieron dividido en sus distintos gremios, comenzó la obra. Como anteriormente, no se utilizaron planos convencionales para formalizar el trabajo, pero una vez

que se hubieron mancado las dimensiones exteriores en el sitio sagrado, se vertió yeso en enormes moldes. Una vez seco, se dibujaron en su superficie las formas de los arcos góticos, con sus ojivas en punta, mediante largas cañas flexibles usadas como guías para obtener las curvas naturalmente onduladas en que residía el secreto de las bellas proporciones de la construcción.

Las dimensiones de la catedral las determinaron cuidadosamente Simon y el maestro masón, que eran:

Longitud: 130 metros.

Anchura: 32-46 metros, para permitir la forma cruciforme.

Altura: 36,5 metros.

Estas medidas exactas formaban una versión a gran escala de la catedral original, de la que sólo quedaban en pie las fachadas anterior y posterior.

La medida que se utilizó fue la «pértica real» francesa (ocho metros).

Se usaron los mismos métodos de construcción que Bernard de Roubaix le había descrito en una ocasión, sólo que esta vez la reconstrucción contó con enormes cantidades de dinero de los templarios. Esto aseguraba que los maestros artesanos dispusieran de todos los elementos que necesitaban. En todo momento se usó piedra de la mejor calidad para la sillería, y sólo los artesanos más expertos y hábiles realizaban el corte y la unión.

No tardó en tomar forma la amplia nave, mientras se levantaban con notable rapidez los muros y las columnas. Se iban colocando y fijando en su lugar las grandes losas. Simon tenía buen cuidado de que la forma laberíntica original de la antigua religión pagana fuese colocada en su posición anterior, de acuerdo con las nuevas dimensiones que establecía la Sagrada Geometría.

Al mismo tiempo se colocaron los enormes ventanales y se prepararon las «cames» de plomo para las matrices de los intrincados vitrales, de manera que cuando se ajustaran a los marcos de piedra, la luz cayera en el suelo de la nave exactamente del mismo modo que disponía el «Misterio de la Luz».

Las dos altas torres, macizas y sin embargo delicadamente proporcionadas, servían de marco al nuevo pórtico frontal y detrás de ellas

se levantaba la bóveda altísima de la vasta nave, mientras la forma cruciforme de la nueva catedral surgía del terreno sagrado donde el dormido Dragón Wouivre tenía su guarida.

Ni una sola vez Simon se apartó de los principios de la Sagrada Geometría, ni dejó en ningún momento de tener en cuenta los requisitos de la vieja religión, con el fin de mantener el equilibrio de todas las energías terrestres que controlaban el poder del sagrado sitio.

Esa meticulosa observancia de los requerimientos mágicos del Wouivre, y la estricta interpretación de los deseos de la Bendita Madre Tierra, Nuestra Señora de Chartres, protegía a todos aquellos entre los constructores que trabajaban con el honesto orgullo del artesano.

Sólo los pocos obreros que, por alguna razón, cobijaban el mal en su corazón eran arrojados de los altos andamios o aplastados por un pesado sillar, del mismo modo que muchos años antes aquel infortunado artesano se había estrellado delante de Simon y Bernard de Roubaix.

En el curso de los veintiséis años que duró la reconstrucción de la estructura de la catedral, muchos obreros fallecieron por causas naturales, debido a la edad avanzada o a alguna enfermedad. Entre éstos, figuraba Jean Belami, ex servidor mayor de la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo, del Templo de Jerusalén.

Sus últimas palabras dirigidas a un Simon dolorido fueron típicas de él:

—Odó de Saint Amand está orgulloso de ti. ¡Pero no más que yo lo estoy de mi ahijado... mon brave Simon!

Luego, con un prolongado suspiro, su sonrisa se tornó rígida en el rictus de la muerte, en tanto su aguerrida alma abandonaba su cuerpo para reunirse con sus muchos camaradas de armas que le habían precedido hacia la gloria.

Cuando Simon le anunció a Corazón de León la muerte de Belami, el rey se puso a llorar.

—Era el servidor mejor de todos. Resulta difícil encontrar las palabras para describir a este gran soldado. Pero se me acaba de ocurrir el nombre de un nuevo rango: el de «servidor mayor». De alguna manera le cuadra a Belami perfectamente.

En 1199, Ricardo Corazón de León murió a causa de una saeta herrumbrada de ballesta, disparada desde la muralla de un castillo. El rey, impulsivo hasta el fin, perdonó caballerosamente al arquero francés que le había disparado. Una vez más, Simon lloró la pérdida de un camarada.

A lo largo de esos veintiséis años, dedicados a supervisar la reconstrucción de la catedral de Chartres, Simon perdió a muchos de sus amigos. Pero su tristeza se veía atemperada por la seguridad de que la separación sólo era temporaria. Todo el tiempo, el amor y la compañía de Berenice y familia, compuesta de dos hijos y una hija, llenaron su vida de amor, alegría y risas.

Al fallecer su amada esposa, Simon encontró solaz en la terminación de la catedral de Notre Dame de Chartres. La consideraba como un monumento a la memoria de todos aquellos a quienes había amado.

La última tarea que emprendió Simon fue la de poner a prueba las columnas de la nave por el «Misterio del Sonido».

Con la empuñadura de su daga, tal como Bernard de Roubaix había hecho en el pasado, Simon fue golpeando ligeramente, una tras otra, todas las grandes columnas. Inmediatamente, sus diferentes tonos de campana se elevaron hacia la alta bóveda, como un coro de ángeles.

El caballero normando, ahora de mediana edad, escuchó con el corazón gozoso el canto de la catedral.

Al fin llegó el día en que sus hijos, Jean, Pierre y Marie-Thérese, acompañaron a su padre a su última morada, junto a su madre, en la cripta de la nueva catedral. Allí, Simon y Berenice reposan hasta la fecha, junto al cuerpo de su amigo, Belami. Mientras sus gozosas almas vagan por el espacio y el tiempo, en la tierna, bajo aquella hermosa catedral, el Wouivre se remueve en su sueño de dragón, al tiempo que vigila sus restos mortales para siempre. ¡Inshallah!

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  • El templario
    • PRÓLOGO
    • 1 LA LLAMADA A LAS ARMAS
    • 2 EL CUERPO DE SERVIDORES
    • 3 LA LARGA RUTA AL SUR
    • 4 REBATOS Y EXCURSIONES
    • 5 CORSARIOS
    • 6 ACRE, LA PUERTA A ULTRAMAR
    • 7 TIBERIAS, EL GUARDIÁN DE GALILEA
    • 8 RELÁMPAGOS DE VERANO
    • 9 EL CAMINO DE JERUSALÉN
    • 10 JEHAD
    • 11 TIEMPOS DE DESESPERACIÓN
    • 12 LA CIUDAD SANTA
    • 13 LA MUERTE DE UN REY
    • 14 LOS CUERNOS DE HITTIN
    • 15 INTERVIENE EL DESTINO
    • 16 A GNOSIS
    • 17 DE VUELTA AL SERVICIO
    • 18 EL REY LEÓN
    • 19 LA TERCERA CRUZADA
    • 20 LA ESPADA Y LA CRUZ
    • 21 EL AVANCE SOBRE JERUSALÉN
    • 22 EL DESTINO
    • EPÍLOGO

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