El templario
19 la Tercera Cruzada
19
LA TERCERA CRUZADA
Los cuatro días siguientes al 8 de mayo, en que la flota del rey Ricardo llegó al puerto de Limassol, cambiaron la situación en Chipre.
Por más de una década, Isaac Comnenus había ejercido su poder sobre la isla. Pero desde la llegada tormentosa de Berengaria, sus días estuvieron contados.
El tirano confiaba grandemente en su sistema de defensas estáticas, y sus cuatro poderosos castillos dominaban el norte de Chipre. Éstos estaban situados en Kantara, St. Hilarión, Kyrenia y Buffavento, donde ofrecían a Comnenus la ilusión de seguridad. En Kyrenia, la plaza fuerte de macizas murallas, había sido construido para resistir a un ejército, y él instaló a su esposa e hijos allí creyendo que era inexpugnable.
Si el autoerigido «emperador» lo hubiese comandado en persona, podría haber resistido un largo sitio, pero su ejército se hallaba dividido en pequeños grupos para tratar de hacer frente a los numerosos ataques lanzados desde el mar contra sus bastiones. Los ataques provenían de las flotas de Ricardo, que aparecían en lados opuestos de la isla, así como de las fuerzas terrestres del rey, que parecían atacar por todas partes.
Corazón de León desplegaba una serie de acciones con gran rapidez, del mismo modo que dirigía sus partidas de caza. Una vez que se tenía a la vista el objetivo, no se producía ni un segundo de vacilación. Adelante iba
el monarca, alentando a gritos a sus hombres como si persiguiese un venado real, que en cierto modo era lo que Isaac Comnenus demostró ser.
Era realmente veloz cuando de huir se trataba, y difícilmente esperaba el primer choque de armas para poner pies en polvorosa, y buscar refugio en una u otra de sus fortalezas, hasta que se veía obligado de nuevo a salir.
Después de su intento inicial de batir el ejército de tierra del rey inglés en la batalla de Trimethus, breve pero violenta, Isaac siguió en retirada, buscando refugio de una montaña a otra. Estaba completamente desmoralizado, sobre todo cuando el rey Guy de Lusignan tomó el mando del ejército de Corazón de León y atacó el castillo de Kyrenia, mientras el rey Ricardo quedaba temporariamente postrado por la fiebre.
El cruzado encontró poca resistencia de parte de la guarnición, que desertó en masa, y capturó a la así llamada emperatriz y su hijo. El rey Guy luego fue a sitiar St. Hilarión y Buffavento.
Simon y Belami combatieron junto al monarca inglés en Trimethus, y tuvieron grandes dificultades para mantenerse a la altura de Corazón de León, cuyo frenesí le llevaba a luchar dondequiera que el combate era más violento.
Descargando duros golpes con su hacha danesa de doble hoja, el rey Ricardo abrió un sendero cubierto de sangre a través de la masa de recios guerreros de Isaac Comnenus. Parecía olvidarse de tomar las precauciones necesarias de protección personal, confiando sólo en la velocidad y la fuerza de su hacha mortífera mientras se abría paso entre las filas enemigas.
Con la habilidad de un maestro jardinero, Corazón de León cercenaba los miembros de los integrantes de la guardia personal del emperador, como si podase cimelos. Junto a él, los templarios buscaban alcanzar la bandera de batalla de los enemigos. Fue la propia mano del rey Ricardo la que la cogió, cuando una de las flechas de una yarda de Simon abatía al portaestandarte del emperador.
En un instante, la batalla terminó, cuando el resto del ejército de Isaac Comnenus vio flamear su estandarte en la mano izquierda del monarca inglés. Dieron media vuelta y emprendieron la huida, cada jinete
vociferante atropellando a su propia infantería, en la frenética ansia por escapar.
En cuanto al tirano, se dirigía al norte tan velozmente como su sudoroso caballo de batalla podía galopar. El resto de la batalla fue igualmente afrentoso para el emperador. A ninguno de los isleños le importaba si vivía o moría, y al cabo de sólo unos pocos días, a fines de mayo, Isaac Comnenus se rendía incondicionalmente.
Por un capricho del monarca inglés, el tirano fue cargado de cadenas de plata y obligado a formular un juramento de lealtad a Corazón de León, mientras al mismo tiempo, «cogía la Cruz».
Así, de un solo golpe, el rey Ricardo capturó Chipre y obtuvo valiosos refuerzos para su tercera Cruzada. Más que eso: también financió la costosa empresa sobre la base del impresionante botín que Isaac Comnenus había amasado mientras ejercía su prolongada tiranía sobre la isla.
Las guarniciones latinas y francas fueron puestas a cargo de cada castillo y plaza fuerte de Chipre. La isla se convirtió en la base mediterránea para la tercera Cruzada. Dos caballeros ingleses, Richard de Canville y Robert de Turnham, fueron puestos al mando, para actuar como magistrados temporarios mientras el rey Ricardo resolvía qué hacer con la isla y su asustadiza población griega.
Eso dejó a Corazón de León en libertad de dedicar toda su atención a la invasión de Tierra Santa. La Cruzada se iniciaba con un buen comienzo. En Famagusta, la flota inglesa, reunida de nuevo, cobijaba a los soldados ingleses y francos que, como resultado de su victoriosa campaña en Chipre, eran enviados con el propósito de recuperar las tierras de ultramar. Además, el rey Ricardo disponía ahora de los fondos suficientes para pagar la dispendiosa operación
La toma de Chipre se había realizado en tan sólo dos semanas de intensa campaña. La lucha había sido mínima, con muy pocas bajas entre los cruzados, porque la dividida flota inglesa fue capaz de atacar los flancos expuestos de los inexpertos rufianes de Isaac Comnenus.
Los isleños griegos, que estuvieron encantados de ver el trasero de su tiránico emperador, ahora comenzaban a sentir el peso de la mano del rey
inglés. Muchos de los derechos básicos que habían logrado preservar bajo el régimen tiránico fueron usurpados por los comandantes designados por el rey Ricardo.
Ello significaba más y más elevados impuestos de los que se habían visto forzados a pagar bajo la tiranía de Comnenus. Sin duda, las cosas se presentaban con mal cariz para los griegos, a quienes les parecía que habían cambiado un tirano por otro.
Los que tenían edad para enrolarse en el ejército vieron que su mejor alternativa residía en «coger la Cruz» y unirse a la tercera Cruzada. Su razonamiento era que si el monarca inglés había sido capaz de aplastar a Isaac Comnenus en unos pocos días, bien podría recuperar Tierra Santa, con todas sus riquezas, en seis meses. Si se unían a él, parecía lógico suponer que obtendrían parte del botín.
Simon apenas tuvo tiempo u ocasión de despedirse precipitadamente de Berenice de Montjoie, antes de partir hacia ultramar. Fue una lacrimógena despedida, pues la hermana de Pierre había quedado tan prendada del apuesto normando como él estaba fascinado por la inocente belleza de la doncella. Había sido literalmente un caso de amor a primera vista por parte del joven, sí bien para Berenice, Simon de Creçy hacía tiempo que era para ella la imagen de un paladín sin par, debido a los numerosos relatos que su hermano le había hecho de las hazañas de los tres templarios en Tierra Santa.
Berenice amaba a Pierre, y él amaba a Simon, por lo que para su hermana había sido un proceso natural el ir descubriendo en el mejor amigo de su hermano todas las virtudes que Pierre admiraba en su incomparable camarada de armas. Afortunadamente, Simon era realmente tan excelente persona como parecía ser, y lo mismo sucedía con Berenice de Montjoie.
Pierre se congratulaba complacido por haber tenido éxito en su actividad como casamentero, y Belami exhaló un suspiro de alivio por el hecho de que su joven servidor hubiese encontrado a su futura esposa. El único obstáculo que restaba para su unión era el rango actual de servidor templario que Simon ostentaba. Una condesa no podía desposarse con un plebeyo.
—Estoy más seguro que nunca de que Corazón de León es nuestra mejor apuesta a favor de Simon —dijo Belami—. Gracias a Robert de Sablé, ahora somos guardias personales del rey, y te aseguro, Pierre, que este rey inglés es quien le dará el espaldarazo a Simon. Si vivimos lo suficiente como para que esto suceda —agregó, con una maliciosa mueca.
«Corazón de León es el guerrero más alegre que he visto en acción.
Creo sinceramente que sólo está totalmente vivo cuando se encuentra cara a cara con el Ángel de la Muerte. Te juro, Pierre, que en un momento, cuando nosotros tres fuimos cercados por unos cuarenta guardias de Comnenus, Corazón de León estaba cantando de verdad al tiempo que descargaba golpes con el hacha de batalla como si fuese la guadaña del Ángel de las Tinieblas. Le encanta combatir y le encantan los hombres guerreros. Si alguien va a darle a Simon las Espuelas de Oro, ese alguien tiene que ser el rey Ricardo. Pero nuestro paladín normando tendrá que sudar la gota gorda para obtenerlas.
Si bien Simon desconocía por completo los planes sutiles de sus amigos, él permanecía cerca del monarca inglés, en parte porque era su deber, y en parte porque el extraño e impulsivo soldado-poeta ejercía un fuerte efecto en aquellos que le rodeaban. Si había poesía en el corazón de un hombre, entonces Ricardo era su amigo. Si había coraje en el corazón de un hombre, Ricardo se convertía en su camarada de armas. Pero si descubría estas dos raras cualidades en un hombre, entonces Corazón de León era su hermano. Eso es lo que sucedía con Simon.
Al fin, una vez hechas realidad las más altas esperanzas, los cruzados se volvieron de cara a ultramar, con el propósito de reconquistar Tierra Santa y recuperar la Vera Cruz. El rey Ricardo cantaba a la Santa Reliquia: Lignum crucis
Signum ducis
Sequitur exercitus
Quod non cessit
Sed praecissit
In vi Sancti Spiritus
Los versos pertenecían a Berter de Orleans, pero la música del canto era de Ricardo Plantagenet, el trovador. Burdamente traducidos significan: Cruz de madera
Signo de nuestro Jefe
El ejército sigue
A quien no se rinde
Sino que la lleva
A la vida del Espíritu Santo.
El rey Felipe de Francia ya había desembarcado en ultramar para alegría de los sitiadores de Acre. Federico Barbarossa marchaba a través de Alemania y los Balcanes con una fuerza de casi doscientos mil hombres.
Finalmente, Ricardo Corazón de León zarpaba de Famagusta con sus veinticinco naves originales ahora con el refuerzo de la otra mitad de la flota, con un total de sesenta naves. Junto con los templarios y los hombres del rey Guy, los cruzados reunieron diez mil guerreros duros y duchos en la batalla.
Por lo que a fuerza armada se trataba, la tercera Cruzada fue bienaventurada. El único obstáculo para no obtener una rápida victoria era de carácter político. No había forma de que Conrad de Montferrat, con su nueva esposa Isabella, renunciara al mando de su considerable ejército en Tiro para luchar bajo la bandera del rey Guy o del rey Ricardo.
El impulsivo monarca inglés estaba ardiendo de deseos de enfrentarse a De Montferrat y establecer un acuerdo de tareas con él antes de atacar al sultán Saladino de frente.
La clave parecía estar en la toma de Acre.
Con ese fin, la flota de los cruzados zarpó a toda vela y con las galeras impulsadas por los sudorosos remeros, mientras las fuerzas de ataque se dirigían directamente a la ciudad sitiada.
A bordo de la galera del monarca inglés, a Simon y Belami se les había unido su Gran Maestro, Robert de Sablé. El respeto mutuo y la simpatía que existía entre el recio y célibe monje guerrero y el gran bebedor Corazón de
León se hizo evidente en su primer encuentro. Su ética podía ser diferente, pero su oficio era la guerra, y ambos combatientes se reconocían por lo que eran.
El rey Guy de Lusignan permanecía en su propia galera con Bohemundo de Antioquía y Joscelyn de Edessa, como correspondía a su rango y posición en calidad de señores francos de ultramar. Pretendían permanecer al margen hasta después de que el rey Ricardo hubiese desembarcado la punta de lanza de su ejército. Corazón de León quería que su pie fuese el primero en pisar Tierra Santa en esa tercera Cruzada. Los astutos nobles francos dejaban que realizara esa ambición.
Cuando las almenas del castillo de Margat asomaron a la vista, seguidas por las de Tortosa, Trípoli, Nephyn, Botron y casi inmediatamente después la torre de Gibeleth, los cruzados ardieron de fervor religioso. Al fin Tierra Santa estaba a la vista.
Navegando velozmente entre la flota inglesa y la costa de Palestina, que se acercaba rápidamente, se hallaba un enorme bajel, de tres mástiles, con todas las velas desplegadas para aprovechar el viento fresco del mar. Sus altas bordas de sólida construcción se encontraban cubiertas de pieles verdes y amarillas.
Peter de Barres, el patrón de la galera del rey Ricardo, en seguida la identificó.
—Es una nave turca, majestad —dijo—. Parece un carguero veloz.
Supongo que lleva provisiones para la guarnición de Acre.
—¡Entonces, a por él, capitán! —gritó el rey Ricardo, con los ojos encendidos por el ardor de la persecución.
De alguna manera, los poderosos músculos de los galeotes pusieron energía adicional para acelerar el movimiento de los largos remos, y la nave del rey se fue acercando al enorme bajel turco.
La única experiencia previa de Simon de una batalla en el mar había ocurrido cuando la nave de los hospitalarios, el Saint Lazarus, que le transportaba a Tierra Santa, fue atacada por los corsarios en la costa de Barbaria. Ahora, le parecía que aquello había sucedido un siglo atrás. Sin embargo, la forma de abordaje con el carguero turco fue casi idéntica.
En primer lugar, se produjo el intercambio de grandes piedras, lanzadas por las catapultas de ambos bandos, seguido por el lanzamiento de los potes de fuego griego desde uno y otro barco. En este aspecto, el bajel turco aventajaba al de los cruzados en virtud del mayor tamaño de sus catapultas.
Cuanto mayor era la nave, más grandes eran las armas que llevaba, y el navío enemigo era dos veces mayor que cualquiera de los galeones de la flota de Ricardo.
—¡Acortad distancia! —ordenó el rey inglés, y los galeotes de la galera remaron con más fuerza que nunca, acercándose para que el barco enemigo quedara al alcance de los arqueros ingleses.
La mayoría de ellos estaban armados con arcos largos, y algunos hasta usaban arcos de tejo galeses como el que Simon sabía utilizar con tanta destreza.
La respuesta vino de los arqueros turcos, armados con su nueva versión de las armas capturadas a los genoveses. El silbido y el golpe sordo de sus mortíferas flechas anunciaban el fin de un buen número de los cruzados atacantes.
La réplica del rey Ricardo consistió en ordenar la elevación de los manteletes de madera en la proa del galeón, desde detrás de los cuales él mismo comenzó a disparar rápidamente con un arco de caza. Ante su invitación, Simon se unió a él, después de cambiar el arma que le habían construido expresamente durante el sitio de Acre por el arco de tejo de un arquero galés muerto. Ambos, el monarca y el servidor templario, no tardaron en encontrar la línea de tiro, con lo que obligaron a los turcos a elevar sus manteletes. Simon les puso las cosas tan difíciles a los turcos de las catapultas, que sus disparos menguaron en tanto él tiraba una flecha tras otra contra ellos, o su maciza arma de madera.
A medida que la galera de los cruzados se iba acercando, podían ver que el carguero turco transportaba varias máquinas de sitio, presumiblemente para la guarnición en Acre.
Constituían un trofeo demasiado valioso como para permitir que llegaran a manos de los sarracenos.
Con la ciudad sitiada casi a un tiro de piedra, cabía hacer algo inmediatamente para detener la nave de aprovisionamiento turca. No tardaría a estar segura bajo la protección de las catapultas de Acre, montadas en las altas torres.
—¡Tenemos que detener su avance como sea! —exclamó el rey Ricardo.
—Si pudierais manteneros delante de ella, majestad, durante unos momentos, quizá yo podría acercarme a nado a la popa y trabar el timón con una soga —sugirió Simon.
—Pero si no lográis cogeros a la nave —respondió el rey—, podríais ser arrastrado por las olas. No podremos parar para salvaros y hay una gran distancia hasta la costa.
—Eso no ocurrirá si voy atado a un cabo de cuerda, majestad —replicó Simon—. Si no logro alcanzar la nave turca, Belami y los demás podrán tirar de ella y volverme a bordo. A menos que detengamos su avance, Acre recibirá esos pertrechos. El bajel debe de estar abarrotado de alimentos y máquinas de sitio.
De mal grado, Corazón de León asintió, aceptando el plan, y estrechó la mano de Simon antes de que el normando se quitara la armadura.
—Buena suerte, joven templario. Vale la pena intentarlo.
Con un esfuerzo supremo, los galeotes remaron como locos. La nave real fue ganando distancia lentamente hasta avanzar al carguero turco en un cabo de longitud.
La lluvia de flechas se intensificó desde ambos lados. Los dardos y las flechas de una yarda silbaban a través del aire en una mortífera granizada.
Las bajas aumentaban rápidamente en ambos navíos.
Simon calculó cuidadosamente el instante para arrojarse al agua y se deslizó sin ser visto por la popa de la galera real.
El mar, fuera de la zona donde el agua era agitada por los golpes de remo o de la estela de la nave, estaba lo suficientemente calma como para poder nadar, y, observado por los ojos ansiosos de Belami y Pierre, el joven normando cruzó con poderosas brazadas la angosta brecha. La liviana
cuerda que flotaba detrás de él, uniéndole a la nave, parecía un cordón umbilical de cáñamo, pensaba Belami.
Afortunadamente, sin ser descubierto por los arqueros turcos, que podrían haberle dado muerte en el agua, Simon fue llevado hacia la estela que dejaba el casco panzón de la nave turca.
Por un instante, desapareció de la vista, y Belami lanzó un gruñido de angustia.
—¡Allá está! —gritó Pierre, con voz cortada por un suspiro de angustia, en tanto la cabeza de Simon subía a la superficie junto a la enorme pala del timón del barco enemigo.
En un instante, su férrea mano derecha cogió el macho inferior del timón, un macizo gozne de bronce. Dos vueltas de soga en torno a él brindaron a Simon un firme sostén en el macho de metal y así pudo darle a la soga unas vueltas más alrededor del macho, que lo dejaron efectivamente trabado en el encastre.
En aquel momento, el comandante turco ordenó virar, en dirección a la costa, sólo a pocos cabos de distancia.
De inmediato, el timón se trabó con fuerza, y el carguero turco se desvió de su curso en un cerrado círculo de donde no podría salir.
Con exclamaciones de consternación, varios tripulantes turcos trataban de liberar la palanca del timón, pero la soga de Simon lo trababa cada vez con más fuerza.
Simon se soltó y nadó por debajo del agua para salvar la estela, hasta que sintió que la cuerda de seguridad se tensaba.
Su cabeza volvió a asomar en la superficie, y Belami profirió un grito de alegría hondamente sentida, mientras él y Pierre le arrastraban hacia la galera.
—¡Aminorad la velocidad! —ordenó el rey Ricardo—. ¡Levantad los remos! Quiero a ese joven templario con vida y no ahogado.
Los remeros se desplomaron sobre los remos, tratando de recobrar el aliento, mientras hinchaban los pechos sudorosos. El esfuerzo máximo les había dejado exhaustos.
La velocidad del galeón aminoró inmediatamente. Simon ya no corría peligro de ahogarse.
El monarca inglés cogió la bocina del patrón de la nave, un cono de latón de boca ancha, y gritó las órdenes a los otros tres galeones que le seguían de cerca.
—¡Ya es nuestro! Gira en círculos sin poder enderezar el rumbo. ¡Al ataque! —ordenó el rey.
Los capitanes de las otras galeras agitaron los brazos para indicar que habían comprendido y, acelerando el ritmo de los remos, enfilaron en dirección a la nave enemiga, que giraba sin parar.
A toda velocidad, unos seis nudos, los espolones forrados de bronce de las tres galeras inglesas se hundieron en el grueso casco del carguero turco.
Nada podía resistir el ataque combinado con espolones, y el costado de estribor de la nave de carga se astilló bajo el golpe y se hundió hacia adentro.
El peso del carguero era tan enorme que el casco se llenó de agua en pocos minutos, a pesar de los esfuerzos de la tripulación turca por cerrar los fabulosos agujeros del costado.
Con furia incontrolable, los defensores de la ciudad dirigieron las catapultas hacia la flota inglesa, pero ésta se hallaba fuera de su alcance, y aunque las más poderosas lanzaban las gruesas piedras casi hasta la altura de los blancos ingleses, ninguna lograba alcanzar a las naves.
Ricardo contemplaba con expresión grave cómo el carguero tunco se hundía rápidamente en el agua. Su hundimiento completo se produciría en cuestión de minutos. Por fin, Simon fue izado a bordo. Apenas le restaban fuerzas para encaramarse a la borda, y el rey en persona ayudó a Belami y Pierre a levantar al corpulento templario por encima de la alta baranda de popa.
Simon se desplomó sobre la cubierta, boqueando y vomitando agua.
—¡Apartaos, majestad! —exclamó Belami, al tiempo que se arrodillaba a horcajadas sobre la espalda del normando medio ahogado. El veterano oprimió las costillas de Simon con rítmico movimiento de los brazos,
apretando hacia abajo y aflojando la presión, alternativamente, para permitir que los pulmones de Simon desalojaran el agua que había tragado.
—¿Qué brujería es ésa? —inquirió el atónito monarca inglés.
—Es un ardid muy útil que me enseñó Simon, majestad. Él me salvó la vida cuando estuve a punto de ahogarme en el río Sena.
—Es un ardid que vale la pena conocerlo, servidor Belami. Tenéis que enseñárselo a mi tripulación —dijo Corazón de León.
—Con todo gusto, majestad —sonrió el veterano, mientras Simon vomitaba las últimas gotas del agua del Mediterráneo.
Pálido por el esfuerzo y temblando de frío, a pesar de la tibieza del mar, en seguida envolvieron a Simon con la capa del patrón de la nave.
El rey Ricardo se inclinó sobre él, al tiempo que le cogía las manos.
—Ésa fue la hazaña más impresionante que haya visto nunca, mi joven templario. ¡No la olvidaré jamás! —dijo.
El gigante inglés decía lo que sentía. Ricardo Corazón de León no era un jactancioso, y nunca olvidaba un favor ni dejaba de recompensar una valerosa gesta.
Pierre guiñó el ojo a Belami, que en seguida asintió con la cabeza con expresión de haber comprendido.
Pudieron haber perdido a Simon, pero ambos tenían la sensación de que su esfuerzo supremo para trabar el timón de la nave turca había valido la pena.
Robert de Sablé había tenido bajo sus órdenes a los galeotes ingleses a bordo de la galera, y ahora pudo reunirse con el rey y los templarios en la cubierta de popa.
El monarca le contó la hazaña de Simon, y el Gran Maestro sumó sus felicitaciones a las de los admirados caballeros que se habían congregado en torno al joven héroe.
Para Simon de Creçy, aquél iba a ser un día de suerte.
Mientras la luz diurna se desvanecía rápidamente por poniente, la flota inglesa llegaba frente a Tierra Santa. Corazón de León no tenía intención de tratar de entrar en la bahía de Acre antes de las primeras luces del amanecer.
A bordo de las naves inglesas, las respectivas tripulaciones, y otro culto ritual caballeresco, iba adquiriendo rápidamente existencia en especial los remeros, dormían como si estuvieran muertos, exhaustos a causa de la prolongada persecución y el combate contra el carguero turco.
Su valiosa carga de pertrechos y máquinas de sitio yacía en el fondo del Mediterráneo, casi a un tiro de arco de las murallas de Acre.
El efecto de contemplar cómo la nave salvadora, con los refuerzos que tanto necesitaban y las vitales provisiones, se hundía tan cerca de su destino, fue desmoralizador para los aguerridos defensores de Acre.
Con las primeras luces, otro golpe funesto fue descargado sobre ellos.
La flota inglesa, con sesenta naves y llevando a diez mil cruzados ansiosos, entró en la bahía y echó anclas, apenas fuera del alcance de las catapultas de la guarnición.
—¡Por fin! —exclamó el rey Ricardo, y se hincó de rodillas para dar gracias a Dios por su feliz llegada a Tierra Santa.
—Bendice ésta nuestra tercera Cruzada, oh, Señor, y recibe nuestro humilde agradecimiento por habernos librado de las tormentas marinas y la traición de los hombres.
«Como prenda de nuestra fe y gratitud, acepta el hundimiento de esta nave de paganos y de toda su carga de material de guerra contra esta tu Santa Cruzada, como un pequeño sacrificio a tu gloria. Non nobis Domine, sed in tui nomine debe gloriam.
Simon se sorprendió al oír cómo Corazón de León usaba la invocación de los templarios para concluir su plegaria de acción de gracias.
Belami, en cambio, conocía perfectamente la íntima alianza del rey Ricardo con los Pobres Caballeros de Cristo del Templo de Jerusalén.
El Culto de los Trovadores y los Magos Templarios de la Cruz tenían intereses comunes. Ambas organizaciones se dedicaban a influir sobre el futuro mediante la fuerza de voluntad de sus grupos.
La Orden Militar llevaba a cabo su propio plan maestro, bajo la capa de su dedicación a las Cruzadas, con el fin de reconquistar Tierra Santa y la Vera Cruz. El rey Ricardo y los trovadores se valían de la capa de su reputación como poetas cantores de la historia romántica para cubrir su
carácter mágico auténtico. Y en Europa, los Minnensingers, con intenciones similares.
En el caso de Ricardo Corazón de León, la iniciación a la magia la había recibido por conducto de su madre, la reina Eleanor, cuyos métodos de manipulación de la energía se hallaban profundamente enraizados en una religión mucho más antigua que el cristianismo. Eleanor, que había jugado un papel instrumental en los inicios de la fundación del ritual de la Orden de la Jarretera, por Enrique Plantagenet, ejerció una enorme influencia en su época, y aun en su actual edad avanzada había elegido a la esposa de su hijo, la princesa Berengaria, y la había llevado personalmente a Sicilia para asegurarse de que se produjera aquella importante unión.
La reina Berengaria, cuya serena belleza enmascaraba estoicamente las dificultades del matrimonio con el impulsivo Ricardo Plantagenet, no era sólo la herramienta de una alianza política. Por méritos propios era una sabia practicante de la antigua Magia de la Tierra. Asimismo seguía la verdadera senda de la bendita Virgen en su aspecto de la Gran Isis, la Madre-Tierra, al igual como su mentora, Eleanor.
Años más tarde, la reina Berengaria dedicaría su vida, después de la muerte de su esposo, a la fundación de varias órdenes de las vírgenes Vestales, bajo la guisa de ser severas hermanas de conventos dedicados a la contemplación. Sobre todo, entendía el poder de la voluntad humana cuando se expresa por medio de oraciones en grupo. Las vírgenes Vestales de Isis, o Astarté, y las Esposas de Cristo eran una y la misma cosa para la reina Berengaria, Suma Sacerdotisa de la antigua religión. Para ella, la Madre-Tierra, con cualquier otro nombre, era aún la misma fuerza primaria en la Magia de la Tierra de nuestro mundo.
Belami, a raíz de su fiel servicio a las órdenes de Odó de Saint Amand, Gran Maestro de los templarios, y su larga experiencia en Tierra Santa, había adquirido más que un conocimiento superficial de lo que ocurría en el más estricto secreto dentro de las casas capitulares de la Orden.
Algo de lo que Simon estaba asimilando a través de un sendero del gnosticismo, Belami lo había llegado a comprender a lo largo de sus años
de experiencia entre los gnósticos. El veterano poseía el conocimiento de un iniciado.
Ahora, por fin, Ricardo de Inglaterra ponía los pies en Tierra Santa, para ser saludado por hordas alborotadas que salían a darle la bienvenida del campamento de los sitiadores.
Todo eso debió de provocar terror y desaliento en el corazón de los sitiados, mientras contemplaban con impotencia las escenas de triunfo que se desarrollaban debajo de ellos, tan cerca, y sin embargo muy lejos del alcance de sus armas más potentes.
El rey Felipe de Francia y el duque Luis de Turingia acompañaban al rey Guy de Lusignan, cada uno compitiendo con el otro para dar la bienvenida a Corazón de León a Tierra Santa.
Pero en medio del regocijo, se confirmó una horrible noticia. El emperador Federico I, Barbarossa, había muerto, ahogado en las rápidas aguas del helado río Calycadnus, cerca del puerto armenio de Seleucia.
Había conducido su enorme ejército desde Alemania, sólo para perder la vida por el camino hacia la carretera de la costa del Asia Menor.
Aparte del golpe que significó para la moral de los cristianos, la pérdida del liderazgo del gran Barba Roja había dispersado el ejército. Tres cuartas partes de sus cruzados interpretaron su muerte, a la edad de 73 años, como un mal augurio y regresaron a sus hogares. Otros siguieron luchando a pesar de todo, pero sin la férrea resolución con que habían emprendido el combate. Sólo un remanente de los doscientos mil cruzados iniciales de Barbarossa llegó a Tierra Santa.
Traían con ellos el cadáver del emperador, en un barril de vinagre, pero la mezcla embalsamadora no era suficientemente fuerte como para resistir el calor de Tierra Santa, y los restos reales tuvieron que ser enterrados rápidamente en la catedral de Antioquía.
Ésa fue la noticia desalentadora con que fueron recibidos los cruzados en Acre. De hecho, el rey Ricardo había oído rumores sobre la muerte del emperador germano en Chipre, pero los había desechado como falsos. Se dio cuenta de que la tercera Cruzada se encontraba ahora en desigualdad de condiciones con las fuerzas sarracenas de Saladino.
La presencia del gran Barbarossa y su enorme ejército habría inclinado la balanza hacia un instantáneo tratado de paz.
—Ahora tendremos que luchar más arduamente que nunca —resumió Belami con su habitual capacidad perceptiva.
Tan pronto como el rey Ricardo hubo desembarcado y supervisado la descarga de los vitales pertrechos y provisiones, convocó a un consejo de guerra con los demás jefes. Todos ellos convinieron en la necesidad de unificar el alto mando de la tercera Cruzada, con excepción de Conrad de Montferrat, que brillaba por su ausencia.
Corazón de León estuvo acertado al escuchar a Robert de Sablé que, como Gran Maestro de los templarios, parecía el más confiable miembro de la misión del rey Guy de Lusignan a Chipre. De Sablé no había pintado una imagen de color de rosa del escenario político en Tierra Santa y había sabido esquematizar astutamente la personalidad de De Montferrat.
—Arrogante, terco e intrigante, ese aventurero es un hombre inescrupuloso; su forma de llevar el divorcio de los De Toron fue escandalosa. Literalmente, obligó a la reina Isabella a abandonar a su esposo, a quien ella amaba tiernamente, para que aceptara su propia mano en un casamiento forzoso. Si juega de tal manera con la ética cristiana, no se detendrá ante nada para conquistar Tierra Santa para él mismo. Os aseguro, majestad, que Conrad de Montferrat se ha embarcado en una cruzada personal para reinar en ultramar, y no le importa a quién tenga que destruir con tal de realizar sus fines. Es un hombre muy peligroso, majestad.
No es sólo un peligro para vuestra majestad, como supremo comandante indiscutible, con toda vuestra experiencia en las lides guerreras, sino que constituye también una amenaza para la tercera Cruzada misma. Quiera la Santa Virgen intervenir en este asunto y detener a Conrad de Montferrat con su propia mano.
Las palabras del Gran Maestro estaban destinadas a ser extrañamente proféticas.
Mientras tanto, Ricardo Corazón de León se dirigió a los cruzados reunidos. Sus palabras fueron simples y directas.
—Majestades y nobles señores, he venido aquí con una sola idea.
Reconquistar Tierra Santa y recuperar la Vera Cruz. Seré franco. —Se produjo un movimiento nervioso entre el grupo de nobles— Ha habido demasiadas guerras intestinas entre diversas facciones en los años recientes en Outremer y Outrejourdain, que han conducido casi a la pérdida de Tierra Santa. Sólo por la providencia de nuestra Virgen bendita aún conserváis las tierras que están bajo vuestro dominio en ultramar.
El hombre a quien enfrentamos es un adversario digno de nuestro acero.
El sultán Saladino es un musulmán tan devoto como nosotros somos devotos cristianos. Sólo podrá ser derrotado por cruzados que estén tan unidos y decididos como lo están los sarracenos mismos.
«Por lo tanto, a menos que cada miembro de esta Cruzada, noble o plebeyo, esté resuelto a reconquistar Tierra Santa y la Vera Cruz, fracasaremos. ¿Estáis de acuerdo?
Entre varios gritos y exclamaciones de asentimiento, algunos entusiastas y otros renuentes, Ricardo había logrado su primer tanto: la unidad de propósitos.
—En cuanto al mando —continuó—, yo soy el de más experiencia entre vosotros respecto de las técnicas modernas de la guerra...
Calló, para ver el efecto de sus palabras. Un murmullo saludó su afirmación, que en realidad era cierta, puesto que Corazón de León había ganado la mayoría de las batallas que comprendían también asedios en toda Europa.
—Por consiguiente, me postulo como candidato para llevar a cabo la tercera Cruzada —siguió, haciendo que cada palabra contara por su propio peso—. Eso significa que asumiré toda la responsabilidad por su éxito... o su fracaso.
Casi pudo oírse un suspiro de alivio ante la última frase. Simon y Belami, que como templarios asignados a su protección personal se encontraban de pie a cada lado de Corazón de León, observando todos los rostros para captar cualquier gesto hostil, lo advirtieron perceptiblemente.
Si bien notaron que se aflojaba la tensión ante las palabras del rey, sus
manos estaban listas para empuñar instantáneamente la espada y la daga en su defensa.
El rey Ricardo hizo que el punto final tomase un carácter político.
—Por supuesto, todos vosotros compartiréis por igual la gloria. Sin embargo, si perdemos, yo asumiré toda la responsabilidad por el fracaso y por lo que pueda ocurrir después. ¿Estáis de acuerdo en eso?
Como el honor estaba salvado, porque Ricardo había manifestado que todos y cada uno de los nobles y seguidores gozarían de pleno crédito por el éxito de la tercera Cruzada, y que cualquier censura, en caso de derrota, recaería sobre las espaldas del monarca inglés solamente, los nobles y caballeros reunidos estuvieron entusiastamente de acuerdo en que Corazón de León asumiera el mando general.
Desenvainaron sus espadas con el sonoro roce del acero y gritaron al unísono:
—¡Viva el rey Ricardo de Inglaterra! ¡Vive le Coeur de Lion!
La tercera Cruzada había comenzado.
Se desembarcó y armó el castillo Mategriffon con torre de sitio móvil.
Corazón de León fue instalado en su correspondiente lugar como jefe de la tercera Cruzada. Su primera prioridad era tomar Acre por asalto tan rápidamente como fuese posible. Luego, podría marchar directamente contra el sultán Saladino.
Todo parecía dispuesto para una pronta victoria, pero luego el destino intervino en los hechos. El rey Ricardo cayó enfermo con amaldia, la fiebre endémica de ultramar. Estuvo a las puertas de la muerte en su castillo de madera, fuera de las murallas de Acre.
Dos cosas le salvaron la vida. Una fue su magnífica constitución. La otra, el presente que recibiera Simon de manos de Maimónides: el tratado sobre hierbas y plantas medicinales del antiguo Egipto. Hasta el médico del rey, un charlatán de hablar meloso, medio barbero, medio astrólogo y medio alquimista, había oído hablar de Maimónides. Aceptó gustoso los destilados de hierbas que el médico judío le había dado a Simon. Preparaciones a base de opio y caolín detuvieron la diarrea del monarca, y la esencia de raíz de
mandrágora mitigó el dolor y el delirio. En cuanto a la fiebre, Simon la trató tal como Maimónides le había indicado, con una preparación especial de belladona y hojas de quebracho, mezclada con un destilado de corteza de sauce hervida.
El antiguo papiro también prescribía copiosos tragos de agua pura de manantial hervida con sal marina, aromatizada con pétalos de rosa.
El efecto en Corazón de León fue mágico. A los dos días, había salido de su delirio y estaba en condiciones de comer nutritivas sopas. Al cabo de un par de días más, se hizo llevar en una litera a primera línea, donde, desde detrás de manteletes de madera, él y Simon disparaban contra la guarnición de arqueros turcos que tiraban sobre los zapadores ingleses que socavaban las murallas de Acre. Simon utilizaba su flamante arco de tejo, y Corazón de León se valía de un arco de caza con sorprendente puntería. En total, dieron cuenta de una docena de temerarios arqueros turcos y mantuvieron con la cabeza gacha al resto de la guarnición de Acre. Para entonces, la relación entre el rey y el templario normando se había convertido en una cálida amistad, y cuando Ricardo descubrió que los estudios de Simon eran más amplios que los suyos, su interés en el joven guardián se volvió aún más pronunciado.
La extraña pareja que formaban Belami, el inflexible veterano, y el joven y erudito templario normando tenían aún más intrigado al monarca, pero Robert de Sablé no sabía responder a los interrogatorios sobre el linaje de Simon y ninguno de sus guardianes templarios se dignaba aportar información alguna sobre sus orígenes individuales.
—Hay algo hondamente místico en el joven De Creçy —le dijo el rey Ricardo al obispo de Evreux—. Sin embargo, no es un caballero templario ni un trovador definido. De Creçy no es un poeta y no utiliza el poder del canto para provocar un cambio en el futuro, pero, no obstante, tengo la sensación de que es un iniciado.
«Posee profundos conocimientos y me dice que ha tenido a varios grandes maestros de filosofía como mentores. Con todo, es modesto y su humildad es auténtica. Dios quisiera que tuviéramos a más jóvenes como él en la corte. Tengo la impresión de que es el hijo bastardo de una noble casa.
No comprendo por qué es servidor templario..., y ese astuto y viejo soldado, Belami, cuya hacha de batalla es tan mortífera como la mía, le trata como a un hijo. Siempre está protegiéndole; en todo momento de peligro, él está presente. En todo esto debe de haber algo más de lo que De Sablé me ha contado. Ved qué podéis averiguar.
Pero el obispo no pudo avanzar mucho más que el rey. Cada vez que empezaba a ahondar en el tema, tanto el Gran Maestro como el servidor Belami eludían cortésmente sus preguntas. Tuvo que informar al rey de que, hasta el momento, no había adelantado nada.
Las etapas finales del sitio de Acre, que había languidecido miserablemente antes de que la llegada del rey Felipe de Francia y Ricardo de Inglaterra animara a los sitiadores, por fin empezaron a concretarse.
Ambos monarcas estaban ahora libres de la fiebre paralizadora y se inició el asalto.
Además del castillo Mategriffon, Corazón de León había traído consigo otras máquinas de sitio muy ingeniosas, todas proyectadas por él mismo y construidas por su equipo de artesanos fabricantes de armas.
El «mata griegos», como se llamaba, era una alta torre móvil, operada por palancas desde el interior mismo. Belami, que prefería las acciones rápidas de la caballería a los sitios estáticos, se burlaba de ella.
—¡Una pérdida de tiempo! Fíjate en esa torre imponente. Es demasiado lenta y un blanco demasiado grande. Dame un buen número de escaleras, transportadas bajo la protección de la oscuridad y colocadas en tantos sitios como sea posible bajo una andanada de flechas. Ésa es la forma de tomar por asalto las murallas de Acre.
También Felipe de Francia había traído consigo algunas máquinas de sitio, y ambos monarcas competían mutuamente para demostrar la superioridad de cada uno de sus ingeniosos artefactos de sitio.
El arma francesa llevaba el nombre de «el mal vecino». A menudo intercambiaba piedras con su contraparte turca en el interior de las murallas, denominada «el mal pariente».
Los operadores turcos tenían más experiencia que sus colegas franceses, y las rocas lanzadas con la enorme viga oscilante, con su soporte para las
piedras en forma de cuchara, aplastaron a «el mal vecino» y lo hicieron añicos.
Los ingenieros franceses sobrevivientes maldijeron a voz en cuello a los jubilosos turcos adversarios y de inmediato pusieron manos a la obra para reconstruir su monstruoso lanzador de piedras, manteniéndolo fuera del alcance de las catapultas turcas.
—Son como niños caprichosos —refunfuñaba Belami—. ¿Por qué no nos escuchan a los mayores? ¡Las escaleras son mucho más baratas y más efectivas!
Simon reía ante la retahíla de juramentos que lanzaba el veterano en voz baja.
—A mi me parece, mon brave ami, que ambos monarcas disfrutan practicando este juego de asedio. Es una variante de los que Saladino llamaba «la rápida partida de ajedrez de la caballería».
Así siguió, en tanto Saladino esperaba que los cruzados avanzaran contra él en masa. Mientras tanto, por la noche, logró introducir refuerzos, a cubierto de las patrullas entre las posiciones sarracenas en la altiplanicie de El-Ayyadiya y las trincheras de los cruzados, que crecían en extensión de hora en hora.
—Somos como unos malditos topos, Simon —se lamentaba Belami—.
¡Mira a nuestros ingenieros!
Señalaba a otro equipo de zapadores abriendo trincheras, bajo la protección de los arqueros genoveses, que disparaban cada vez que algo se movía en las almenas.
Una enorme roca se estrelló con estrépito contra la cara de una parte de la muralla particularmente fuerte, llamada la «Torre Maldita».
—¡Esa catapulta nuestra sí que golpea fuerte! —Por una vez la voz de Belami sonaba orgullosa de la efectividad de aquella máquina de sitio en particular—. No hay duda de que fue construida por los templarios y los hospitalarios. Cuando de máquinas de sitio se trata, los viejos cruzados les damos una lección a esos novatos.
Tal parecía que el jefe de cada contingente de cruzados había traído consigo su máquina de sitio favorita. El conde de Flandes estaba
particularmente orgulloso de su catapulta y hasta su muerte, a causa de un enfriamiento que cogió durante una escaramuza, se pasó horas bombardeando alegremente las murallas de Acre. Después de su muerte, el rey Ricardo agregó el armatoste del conde a su amplia batería y mantuvo de noche y de día el ataque a las macizas murallas, bombardeándolas duramente con rocas marinas de pedernal que había traído especialmente consigo de Mesina, en Sicilia.
Aquellos agudos proyectiles se hundían profundamente en las gruesas murallas, pulverizando la piedra más blanda de la localidad con que estaban construidas las defensas de Acre. Cuando las enormes piedras de pedernal pasaban por encima de la muralla y caían en la ciudad, se cobraban sus buenas víctimas entre los infortunados habitantes. Cada vez más, la guarnición turca se mantenía a cubierto. Sin embargo, de tanto en tanto tenían que abandonar su relativamente seguro refugio para guarnecer las murallas o hacer una salida, si se abría una brecha en las defensas. La vida en Acre se estaba volviendo peligrosa.
La versión turca del fuego griego era disparada desde un caño de bronce, equipado con un depósito de nafta y brea inflamables, e impulsado mediante poderosas manchas. Emplazada por la noche en lo alto de una torre, aquella arma incendió dos veces una de las torres de sitio del rey Ricardo cuando trataba de acercarse a las murallas.
Belami estaba más rabioso que de costumbre ante aquel juego.
—¡Que me den las malditas escaleras de asalto y estaremos dentro de la ciudad en una hora de media noche! —exclamaba, rabiando de impotencia.
El monarca inglés y el francés respondían a aquellos ataques incendiarios colgando pieles empapadas en la habitual solución de vinagre en torno a las torres de sitio. Así consiguieron llegar a unas yardas de la muralla antes de que las catapultas turcas les lanzaran unas cuantas piedras y las hicieran pedazos.
Se vinieron abajo en una lluvia de listones rotos y tablones astillados y hombres gritando. Ronco de tanto blasfemar, lo único que Belami podía hacer era menear la cabeza con desesperación.
Los servidores templarios se veían obligados a presenciar aquellos diversos fracasos, porque su tarea principal consistía en evitar que Corazón de León fuese asesinado. Ambos se sentían frustrados a raíz de que su misión no les permitiera tomar parte activa en las operaciones bélicas. Sólo cuando se abría una brecha en la muralla y el rey avanzaba para secundar los esfuerzos de sus ingenieros, el combate se tornaba más personal en vez de la acostumbrada lucha sin rostro, a gran distancia.
Entonces sí que se establecía una lucha cuerpo a cuerpo, con el chocar de las espadas contra el acero, el golpeteo de las hachas de combate al partir cascos y cráneos, y la penetración de las afiladas dagas en las cotas de malla. El aire se llenaba de gemidos de los moribundos, de chillidos de los heridos, cuando el acero se hundía profundamente. Los miembros volaban por el aire, y cabezas boquiabiertas eran cercenadas sobre los hombros de valientes soldados.
Los combates para defender una brecha eran sangrientos, febriles, frenéticos, y terminaban por dejar un montón de hediondos cadáveres llenando la brecha en ambos lados.
La batalla se libraba a una distancia demasiado corta como para que los arqueros pudiesen disparar sin herir a sus propios hombres, por lo que era esencialmente la lucha de un hombre contra otro. Se trataba de tirar mandobles y parar estocadas, mientras los brazos tuviesen fuerza para sostener las espadas.
—¡Conservar a Corazón de León con vida es una tarea agotadora! —
comentó Belami después de uno de esos combates, mientras se desplomaba sobre su lecho de campamento, consistente en unas mantas de caballo extendidas sobre unos sacos de forraje llenos de paja.
Simon estaba tan cansado a raíz de su propio cambio de mandobles con los turcos, en la defensa de la brecha, que se limitó a asentir con la cabeza antes de sumirse en el sueño profundo del guerrero.
En sus sueños, se separó de su cuerpo dormido y su voluntad le llevó de inmediato a Chipre, donde dormía su amor.
La reina Berengaria y la reina Joanna, así como sus damas de honor, Berenice de Montjoie y lady Rebecca de Kent, se encontraban
cómodamente instaladas en el castillo de Kyrenia, esperando que el rey Ricardo mandase a buscarlas.
Berenice se movía inquieta en su lecho, pues sus sueños tenían que ver con el riesgo que corrían su hermano Pierre y su adorado servidor templario.
Mientras Simon planeaba sobre ella, su amor era tan intenso, que se comunicó al espíritu agitado de la joven durmiente. De inmediato, su forma dormida se relajó bajo el cubrecama de piel, mientras su cuerpo sutil se liberaba.
De repente, la contraparte astral de su durmiente amada comenzó a flotar para unirse a Simon, que se encontraba sobre su cama. Su diminuto rostro ovalado estaba radiante, con los ojos encendidos de amor.
Sin palabras, pues no era necesario hablar, se abrazaron, y sus espíritus parecieron fundirse el uno en el otro hasta convertirse en una sola alma completa. Fue una experiencia extática. Para Simon, el éxtasis fue tan real como si hubiesen sido amantes físicos; para Berenice, que no tenía normalmente noción de la existencia de aquel otro mundo, la unión de sus espíritus fue sólo un hermoso sueño.
La experiencia constituyó en conjunto una deliciosa liberación de las sórdidas realidades de la guerra.
Durante todo ese tiempo, el sultán Saladino no se había quedado mano sobre mano, si no que enviaba constantemente patrullas con el fin de explorar y hostigar las trincheras de los cruzados en torno a la ciudad sitiada. Cuanto más extensas se hacían las fortificaciones, más agresivos se tornaban los ataques de las patrullas sarracenas.
Entretanto, el rey Ricardo había decidido que había llegado el momento de poner en práctica su plan de abrir brechas en distintos lugares de las murallas, simultáneamente.
Convocó a un consejo de guerra de emergencia.
—Majestades, milords —dijo—, os presento, esperando que merezca vuestra aprobación, mi plan que he denominado «Las murallas de Jericó».
Recordad por un momento cómo Joshua, el hijo de Nun, derribó las defensas de la ciudad cananita. Hizo desfilar su ejército de israelitas siete
veces alrededor de las murallas, todos ellos gritando y haciendo sonar las trompetas. Después de la séptima vuelta, los sacerdotes tocaron sus shofars, los cuernos de macho cabrio usados para convocar a los israelitas para orar.
Entonces, se derrumbaron las murallas de Jericó.
Se produjo un excitado murmullo de asentimiento confundido entre los nobles, al tiempo que el rey Ricardo seguía diciendo:
—Nosotros haremos una cosa parecida para distraer a la guarnición turca. Marcharemos hacia adelante y hacia atrás, siempre fuera del alcance de sus catapultas, como si efectuáramos una complicada maniobra preparatoria, dejando por un tiempo inactiva la artillería de sitio. Eso confundirá al enemigo. Todo el tiempo haremos sonar las trompetas, tambores y címbalos sin cesar. Toda esta confusión ordenada distraerá a los turcos y ahogará el ruido de nuestros cuerpos de ingenieros, que se afanarán en abrir sus minas, cavando a cubierto de las fortificaciones, que en estos momentos llegan a pocas yardas de varias torres de las murallas de la ciudad.
«Los turcos estarán demasiado atareados tratando de alcanzar a nuestras tropas en sus maniobras con las catapultas y arqueros como para poder oír los ruidos sordos del túnel bajo sus pies.
«El séptimo día, al igual que Joshua, estaremos a punto para el movimiento final. Nuestras minas habrán sido abiertas debajo de las torres y murallas, llenadas con paja y apuntaladas con delgados troncos de árbol empapados en nafta y aceite de quemar.
El rey hizo una pausa como efecto dramático.
—Al sonido de los cuernos de carnero, que ya hemos obtenido de los pastores de la localidad, se encenderán las mechas de soga de paja empapadas en aceite y se prenderá fuego a las minas, hasta que se quemen los soportes de madera. Y entonces se hundirán «Las murallas de Jericó»..., es decir: ¡de Acre!
Coeur de Lion terminó con una radiante sonrisa ante su consejo de guerra, que respondió con un atronador y espontáneo aplauso. El plan parecía bueno.
El trabajo de zapa tenía como objetivos principales la Torre de San Nicolás, la Torre del Puente, la Torre del Patriarca y, finalmente, la Torre Maldita.
El sultán Saladino observó toda la maniobra de los cruzados desde su posición en El-Kharruba, la colina del Algarrobo. Se trataba de una elevación cercana a la carretera entre Acre y Saffuriya.
—Esto se vuelve peligrosamente parecido a la historia griega del sitio de Troya —murmuró sabiamente, atusándose la barba—. Sólo falta el caballo de madera. Tal vez, todo este desfile, estos gritos y la música marcial sea la versión de Corazón de León de aquella famosa estratagema.
La comunicación con la guarnición sarracena se limitaba ahora al envío de palomas mensajeras por parte de los sitiados al cuartel general de Saladino. El tono de los mensajes se tornaba de día en día más desesperado.
Saladino, acompañado de su hermano Seyf-ed-Din, o Safardino como era más comúnmente conocido, había traído dos cachorros de león consigo, como símbolo de su respeto por Corazón de León, pero también para indicar que había más de un león en el bando de Saladino.
Las murallas de la ciudad estaban totalmente guarnecidas de día y de noche. A pesar de todo, los cruzados seguían con sus ruidosas maniobras, simulando un ataque tras otro, sólo para girar sobre sus talones en el último momento e iniciar la retirada, justo antes de llegar al alcance de los arqueros.
En vano, los defensores disparaban piedras y arrojaban una granizada de fuego griego sobre los sitiadores, para comprobar que siempre se encontraban exasperantemente fuera de su alcance. Aquello era una guerra de nervios, y los turcos estaban cada vez más desmoralizados por la absoluta falta de sueño.
Los cruzados se turnaban en la ejecución de aquellos falsos ataques; cuando les protegía la oscuridad, especialmente, sólo una pequeña fuerza simbólica se desplazaba hacia las murallas, aumentando el volumen del ruido producido con el fin de compensar el tamaño. Mientras tanto, los soldados que debían continuar con la farsa al día siguiente dormían con algodón en los oídos para sofocar el estrépito.
La guarnición de Acre no podía darse ese lujo. Ellos no tenían idea de cuándo comenzaría el ataque de verdad. Por lo tanto, tenían que permanecer despiertos con todos los sentidos alerta.
Saladino sabía que atacar el campamento de los cruzados, con todas sus plazas fuertes y el laberinto de trincheras, terminaría en un desastre y posiblemente con la pérdida de Tierra Santa también. No tenía más remedio que esperar, mientras Ricardo Corazón de León contaba las horas para el ataque final.
—¡Cómo detesto este juego del escondite! —gruñía Belami—. En estos momentos, los turcos ya deben de haber oído cómo cavan nuestros zapadores.
Pero el hambre y la tensión nerviosa causaba el entorpecimiento de los sentidos entre los miembros de la guarnición privados de descanso, y el sordo golpear que los turcos oían, lo atribuían al latir de la sangre en las sienes ante el incesante y ensordecedor maniobrar de los cruzados.
Por fin, los túneles quedaron terminados, los pasadizos apuntalados por soportes y todo lleno de paja empapada en nafta.
El jefe de ingenieros inglés, Gilbert de Nottingham, informó a Corazón de León.
—Todo listo, señor. Podéis atacar cuando gustéis, majestad.
El rey Ricardo, que estaba dormitando antes del amanecer, salió de Mategriffon y montó en su caballo de batalla de un salto, al tiempo que gritaba:
—¡Que Dios nos acompañe! ¡Que la Vera Cruz nos libre de los paganos! ¡Suenen los cuernos de carnero!
Tocaron los shofars, y un centenar de antorchas previamente preparadas fueron arrojadas al interior de las minas llenas de paja. Todo ardió como las hogueras de yesca en un sábado de brujas.
Al mismo tiempo, Corazón de León dio la orden para que la artillería de sitió comenzara a disparar. La señal la dio una flecha encendida describiendo un arco en lo alto, salida del arco de tejo de Simon.
Cuando la flecha de una yarda ardiendo cruzó el cielo del amanecer, todas las catapultas habidas y por haber lanzaron su carga de piedras, y las
ballestas, sus dardos, contra las torres de Acre.
En aquel preciso momento, una lluvia de flechas fue arrojada por los quinientos arqueros ingleses y genoveses, para barrer a toda criatura viviente apostada en las almenas.
El consejo de Belami fue escuchado y, protegida por el humo, las piedras arrojadas y la lluvia de flechas, la infantería atacó llevando un centenar de escaleras, que fueron instaladas de inmediato contra las murallas.
Sólo unos pocos arqueros turcos aparecieron un instante entre las almenas con el fin de disparar sobre las fuerzas atacantes.
Una a una, las grandes torres temblaban y se estremecían mientras se iban quemando los soportes debajo de ellas. Sus resquebrajados muros resonaban bajo el constante impacto de las enormes piedras arrojadas contra ellas.
De pronto, una torre se hundió. Se desmoronó en una estruendosa avalancha de rocas y cascotes; la polvareda y el humo que surgía del túnel subterráneo ahogó los gritos de los defensores que se precipitaban al vacío.
Otra torre se desplomó hasta quedar un montón de ruinas polvorientas. Los atacantes lanzaban gritos de alegría, en tanto los defensores chillaban de espanto y desesperación.
Al fin las murallas de Acre fueron abatidas. En aquel punto, no había nada que Saladino y Safardino pudieran hacer, salvo contemplar con horror a la distancia cómo los cruzados salían como un enjambre de las trincheras y atacaban Acre, una oleada de hombres tras otra.
En medio del humo y el polvo, el clamor de la batalla alcanzó su punto más alto, cuando los alaridos de triunfo y los quejidos de agonía se mezclaron hasta ahogar el estrépito de las armas.
Contra el encendido cielo del amanecer, la escena era un holocausto. En la hecatombe de sangre, las escaleras que se elevaban hasta las almenas hervían de hombres que trepaban por ellas: algunos llegaban a lo alto o caían muertos al pie de las torres de Acre.
En el momento culminante, Corazón de León desmontó y dirigió el principal ataque contra las brechas de las murallas penetrando por los
boquetes que habían quedado, como dientes de dragón arrancados, al caer las grandes torres.
En todo lugar, Simon y Belami, ahora acompañados de Pierre de Montjoie, protegían al monarca inglés, con las hachas y espadas rojas de sangre hasta la empuñadura. Tan cercano era el enfrentamiento, que las flechas se hundían hasta las plumas, aun en los cuerpos protegidos por armadura, y las flechas de una yarda perforaban limpiamente los escudos y las cotas de malla.
Sólo los gruñidos exhaustos del supremo esfuerzo, los quejidos de los moribundos y los chillidos agudos de los gravemente heridos se oían ahora.
Los tambores habían enmudecido; las trompetas, callado, y los címbalos estaban silenciosos. Un coro de muerte y de agonía se elevaba por encima del choque de las armas.
Las murallas festoneadas hervían de cruzados, que obligaban a los defensores a retroceder, a medida que más y más soldados cristianos trepaban por las restantes escaleras.
Saladino gemía.
—¡Allahu Akbar! —rezaba—. Dios sea alabado. Mis hermanos están muriendo en Acre. ¡Recibe sus aguerridas almas, oh, Alá, el Misericordioso, el Compasivo, en el Paraíso!
Safardino, transido de dolor, montó en su corcel blanco y galopó con desesperación hacia Acre, agitando su cimitarra por encima de la cabeza como un mangual.
—¡Dios es grande! —gritaba en su desesperación.
Antes de que pudiese llegar a primera línea de las fuerzas de los cruzados, Saladino ya había enviado una tropa de mamelucos montados en veloces cabalgaduras para evitar que su hermano cometiera lo que era un virtual suicidio.
Saltando del sudoroso caballo, Safardino se tendió sobre el suelo rocoso y, volviéndose hacia La Meca, clamó a Alá piedad para los defensores de Acre.
De repente, la bandera de la media luna que flameaba en la Torre de San Nicolás fue arriada, y en seguida se izó el estandarte del León de Inglaterra,
ondeando valientemente al impulso de la brisa matutina.
—¡Hemos vencido! —gritó Pierre de Montjoie, con el rostro encendido por la alegría.
Luego su voz se transformó de golpe en un grito de agonía cuando una flecha turca penetró por la abertura que quedó en la cota de malla al levantar el brazo. Sólo las plumas sobresalían entre el chorro de sangre que brotaba de la artería cortada de la axila.
Pierre se tambaleó y cayó hacia atrás en los brazos de Simon, mientras el joven templario lanzaba un grito de horror. El sonido alertó a Belami, que corrió en su ayuda, pero era demasiado tarde para que ninguno de los dos pudiese hacer nada más que escuchar las últimas palabras de Pierre, al tiempo que su aguerrido espíritu abandonaba su cuerpo.
Débilmente, pudieron oír que decía antes de morir:
—¡Cásate con Berenice! Te quiero, Simon.
Acre había caído. Pero, para Simon y Belami, el precio fue demasiado alto.
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