El templario
2 el Cuerpo de Servidores
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EL CUERPO DE SERVIDORES
Bernard de Roubaix estaba impaciente por llevar a su nuevo cadete a Gisors, la fortaleza de los templarios que dominaba aquella parte de Normandía, así como para que iniciara la intensiva instrucción que allí le esperaba. Tan pronto como su herida estuviese curada, el caballero estaría listo para partir.
El día elegido fue la vigilia de Navidad de 1180, pues De Roubaix no quería soportar prolongadas despedidas en la gran festividad de la cristiandad. Bien sabía cuán poco dispuesto estaba su viejo amigo, Raoul de Creçy, a perder a su sobrino adoptivo, y consideraba que cuanto antes pasara aquel doloroso momento, mejor sería.
La partida de Simon del hogar de su infancia fue acompañada de lágrimas y de escenas que partían el corazón. Su tutor y cada uno de sus maestros y amigos vertieron muchas lágrimas. Aquellos eran tiempos violentos y pavorosos, en que la vida humana valía poco y nada, pero las demostraciones de emoción no se consideraban vergonzosas, de modo que los hombres más fuertes podían llorar abiertamente.
Simon y De Roubaix partieron cargados de presentes, entre los que se contaba la propia espada de cruzado de Raoul de Creçy, una soberbia muestra del arte de los forjadores de armas de Damasco.
—Sé que la llevarás con honor —dijo el viejo caballero, con los brillantes ojos llenos de lágrimas—. Esta hoja jamás ha segado una vida
humana sin una buena razón.
Se abrazaron por última vez y lloraron, ambos con el corazón a punto de quebrarse.
El anciano cisterciense, que había enseñado a Simon a leer y escribir en tres lenguas, le llevó a su alumno un breviario con tapas de marfil, el fruto de muchos meses de tallarlas penosamente, a causa de la debilidad de sus ojos.
—Lleva esto contigo, hijo mío —le dijo, con voz ahogada por la emoción—. Te confortará en tus momentos de fatiga. Ruega por nosotros, Simon, como nosotros rogamos por ti.
Owen, el arquero galés, cuya habilidad con el largo arco de tejo había proporcionado a su discípulo una enorme ventaja para sobrevivir, le abrazó con auténtico fervor gaélico.
—Ve con Dios, Simon —graznó roncamente—. ¡Owen nunca te olvidará!
Su regalo de despedida fue una flamante aljaba de cuero, con tres docenas de las más magnificas flechas de una yarda, con plumas de ganso, que el más hábil artesano pudiera hacer.
Entre abrazos y lágrimas amorosas, el joven caballero normando emprendió el largo viaje que le llevaría a muchas tierras y le proporcionaría infinidad de aventuras. Simon estaba a punto de cumplir un extraño destino.
La ruta meridional a Gisors atravesaba el mismo bosque donde sólo unas semanas atrás Bernard de Roubaix casi había perdido la vida. El invierno había llegado, y los dos jinetes, conduciendo por la brida los caballos de carga, avanzaban lentamente por la crujiente capa de nieve recién caída.
Mucho antes del mediodía, habían salido de los bosques que señalaban el límite meridional del feudo de De Creçy, y muy pronto les resultó muy fatigoso seguir la senda cubierta de nieve que llevaba a la comandancia de los templarios.
Si bien se podía llegar a Gisors en un día, cabalgando a paso tranquilo, en condiciones normales, el tiempo obstaculizó su avance al desencadenarse una fuerte ventisca. Sólo cuando hubo aclarado apareció
borrosamente a la vista la imponente fortaleza de los templarios, resplandeciendo con un color de salmón rosado bajo el sol poniente.
Gisors era sólo una plaza fuerte en el gran sistema de comandancias de los templarios que se extendían a través de Francia, España y Portugal, con puestos en puntos tan lejanos como Inglaterra y Tierra Santa.
En su tierra, en Francia, los templarios habían establecido un complejo sistema interconectado de abadías, feudos y granjas fortificadas, construidas para la defensa y avituallamiento con el fin de desplegar las vastas actividades de la Orden. Desde forrajes para los caballos hasta comida, ropa, armas y equipos para los caballeros, servidores y el resto de los numerosos cuerpos de hermanos seglares, herreros, armeros, escribientes y albañiles, carpinteros y constructores de buques: la Orden de los Templarios era autosuficiente.
Además, su flota, que superaba en exceso los sesenta bajeles, con galeras de guerra y de transporte, surcaba los mares, trayendo mercaderías y riquezas: oro, plata, sedas y raras especias, de tierras lejanas.
Semejante organización, tan poderosa, de los templarios era ampliamente respetada y si Bernard de Roubaix no hubiese ido vestido de peregrino en su viaje a De Creçy Manor, la malhadada banda de ladrones jamás se habrían atrevido a atacarle. La pena por haberlo hecho fue la muerte. Aquel frío día de invierno, el viejo caballero y su acompañante se sentían seguros con el convencimiento de que, llevando el templario la característica cruz de la Orden en su túnica blanca, podían andar seguros por donde se les antojara.
Por el camino hacia Gisors, el cruzado había ilustrado a Simon en una serie de actividades de los templarios. Una de ellas era el invento de la Orden de lo que más adelante se denominaría «la banca comercial».
El joven normando estaba asombrado ante el alcance y el poder del sistema. Él no tenía idea de cuán vasta era la red financiera de los templarios en todo el mundo occidental.
En las palabras De Roubaix:
—Los capitales de los templarios respaldan muchas empresas en toda Europa y el Mediterráneo. Se rumorea incluso que nuestra flota comercia
con extrañas y hasta el presente desconocidas tierras allende el vasto océano occidental.
El viejo cruzado rió, con una sonora carcajada.
—Pocas personas conocen la manera en que operamos financieramente cubriendo tan largas distancias. En vez de transportar pesadas cargas de oro y plata en barras, lo que no deja de ser peligroso cuanto menos, nosotros simplemente llevamos un solo documento, que llamamos «carta de crédito». Con la sola presentación del documento al llegar a destino, o sea, a otra comandancia de los templarios en cualesquiera que sea el país donde me encuentre, puedo cambiar el importe que declare la carta por el metal precioso equivalente.
El templario se reía de la estupefacción que manifestaba su joven acompañante.
—Más que eso, Simon. Si yo le doy una carta, aprobada por el Gran Capítulo de nuestra Orden, a un mercader aventurero, éste podría utilizarla para equiparse con una nave y la correspondiente tripulación, vituallas, armas y fondos suficientes como para la expedición.
«El mercader sólo tendría que traer de vuelta una carga valiosa, y nosotros, los templarios, sólo le cobraríamos un modesto porcentaje del valor a cambio de la financiación de la empresa.
—Pero el voto de pobreza, señor, seguramente no permite que una riqueza semejante vaya a parar a los cofres de la Orden, ¿no es cierto? —
inquirió Simon.
—El voto de pobreza sólo se aplica a los caballeros monjes de la Orden, no importa cuál sea nuestro rango, pero no a la Orden misma. Los hermanos templarios no poseemos nada salvo los caballos, la armadura, las capas y las armas. Al morir, se nos sepulta con nuestro uniforme y nuestra armadura, y espada en mano. No poseemos nada más.
«Como puedes ver, Simon, yo no llevo dinero, sino sólo cartas de crédito por una modesta suma, por si tuviera necesidad de pagar por una noche de hospedaje o precisara un caballo nuevo. Al presentar uno de estos documentos en la comandancia de la Orden, la persona a quien he quedado
debiendo dinero percibirá la suma que yo haya escrito en la carta. Él meramente cambia el documento por oro o plata, según prefiera.
Simon movió la cabeza, perplejo. Él no tenía idea de las ramificaciones de la Orden. Bernard De Roubaix siguió diciendo:
—El Temple incluso adelanta las enormes sumas que se requieren para la construcción de muchas de las grandes catedrales góticas que se levantan lentamente en toda la cristiandad.
—¿Qué hay de esos rumores acerca de que la flota de los templarios comercia con tierras desconocidas? —preguntó Simon con avidez, su romántico espíritu conmovido por las visiones que aquello conjuraba.
De nuevo, De Roubaix lanzó una carcajada.
—Los árabes y los judíos no son los únicos que practican el arte secreto de la navegación. Nuestra Santa Madre y Sus sirvientas, las estrellas, guían nuestros barcos hasta muchas tierras ignotas, más allá del horizonte occidental, hasta lugares aún no descubiertos por otros.
Con los fascinantes comentarios de De Roubaix para pasar el tiempo durante el viaje a Gisors, el día transcurrió volando.
De repente, el templario se detuvo, señalando hacia la alta torre de piedra, que brillaba bajo los últimos rayos del sol poniente.
—He aquí nuestro cuartel general en Normandía. Como puedes ver, Simon, la torre de vigía domina la ciudad, los valles y bosques que la rodean. Nuestra estrategia se basa en el establecimiento de tales comandancias a lo largo de las rutas de peregrinaje a Tierra Santa.
«En una época, los romanos se establecieron en el mismo lugar. Tenían buen ojo para descubrir los terrenos altos, tanto para el ataque como para la defensa. Si los romanos no hubiesen sido paganos, habrían podido ser buenos templarios.
El fornido caballero rió y clavó las espuelas a su nuevo corcel. Salió al trote y luego al galope, para poner a prueba al magnífico caballo de guerra gris que Raoul De Creçy le había regalado para reemplazar el que había perdido a manos de los ladrones. Simon, aun montado en Pegaso, tuvo dificultades para mantenerse a la altura del viejo templario.
El áspero camino cubierto de nieve subía serpenteando por la empinada colina hasta las puertas del castillo, que se abrían en las macizas murallas de piedra que rodeaban el montículo artificial central donde se levantaba la torre.
Dejando espacio para posibles reconstrucciones e incluso para refuerzos mayores, los ya macizos muros exteriores cerraban el vasto patio interior así como extensos terrenos, y daban lugar a los cuarteles del cuerpo de servidores y establos para los caballos.
Estos edificios estaban construidos en forma de barracas de techo bajo, abrazando el perímetro interior de las murallas.
De Roubaix rompió un largo silencio, que se había abatido sobre ellos.
—Aquí es donde vas a pasar los próximos meses, Simon.
El joven normando contemplaba la fortaleza de los templarios, fascinado por el aspecto inexpugnable que ofrecía. Al ver la expresión maravillada en el rostro de su protegido, el viejo caballero sonrió.
—Gisors no es tan fuerte como parece. Tenemos planes en estudio para reconstruirlo. Espera a ver todos los grandes castillos de Tierra Santa. Por ejemplo, Krak des Chevaliers tiene unos muros dos veces más gruesos que éstos. Puedes creerme si te digo, Simon, que todo Gisors cabría en un rincón de Krak y ni se notaría.
—¿Cuándo construyeron los templarios ese Krak des Chevaliers, señor?
—¡No lo construimos nosotros! En su mayor parte fue obra de nuestros colegas en Tierra Santa, la Orden del Hospital de Saint John de Jerusalén.
«Sólo unos pocos de los múltiples castillos de Palestina los construyeron los templarios. Algunos los adaptamos de las fortificaciones originales que construyeran los turcos y los sarracenos. Los hospitalarios, que consideramos rivales nuestros, son formidables constructores, y nosotros incluso ocupamos en guarnición algunos de sus más grandes castillos, por cuanto ellos no cuentan con hermanos suficientes para guarnecer todas sus fortalezas y llevar a cabo la obra piadosa en sus hospitales.
—¿Cuántos castillos hay en Palestina?
Cada vez que el viejo templario impartía alguno de sus conocimientos arduamente aprendidos, Simon se mostraba como un encantado discípulo.
De Roubaix manifestó con un gruñido su evidente disgusto ante aquella idea.
—¡Demasiados y me quedo corto! Desde la primera Cruzada, que se libró con el único propósito de recuperar Tierra Santa, y especialmente Jerusalén, para que los cristianos la visitaran en peregrinación, han aparecido muchos aventureros que se han unido a la segunda Cruzada con el único propósito de enriquecerse ellos.
«Estos así llamados «nobles», ya que muchos de ellos tienen un dudoso pasado, adoptaron el nombre de la ciudad o puerto que conquistaron como título nobiliario, y actualmente dominan la región adyacente a las plazas fuertes que ellos guarnecen.
«Hay tantos castillos en Palestina, que pueden verse los unos desde los otros. Ahí reside el punto débil de nuestra campaña. ¿Sabes Simon? La Cruzada es una guerra móvil y permanecer a salvo en enormes castillos no es el medio adecuado para hacer frente a nuestro más poderoso enemigo...
¡Saladino!
El nombre salió de los labios agrietados De Roubaix con un halo de aliento congelado.
—Cuando ese poderoso guerrero sarraceno concluya su actual campaña en Egipto y mueva sus fuerzas ayyubids hacia el norte de Tierra Santa, nosotros vamos a enfrentar nuestro más grande desafío, porque el sultán Saladino es el comandante de caballería más probo desde Carlomagno, emperador de occidente.
«En estos momentos está en vigencia un tratado de paz, pero es probable que cualquier imbécil entre los codiciosos caballeros normandos lo rompa asaltando alguna de las ricas caravanas de Saladino en ruta hacia La Meca.
De Roubaix gruñó y escupió con asco en la nieve.
—Entonces veremos qué plan de batalla resulta mejor. Cerrándonos dentro de esos enormes bastiones de piedra, sitiados por los sarracenos, o
saliendo a combatir contra los ayyubids de Saladino, lanza a lanza. ¡Ésta es nuestra única oportunidad, Simon!
«Tú tomarás parte en esa batalla, y ahí es donde comienzas tu nueva vida y tu gran gesta, como tu padre hubiera deseado.
De Roubaix se persignó y siguió trotando, seguido de cerca por Simon.
A la entrada del castillo, les dio el alto el centinela, pero era una simple formalidad. Aunque montaba un caballo extraño, el templario fue reconocido de inmediato, y el servidor de la guardia dio la orden de levantar el rastrillo para dejarles pasar al patio interior.
Cuando por fin se abrieron las pesadas puertas, un fornido hombre de armas de barba gris, vistiendo la negra túnica del cuerpo de servidores, se adelantó precipitadamente a saludar a De Roubaix.
—Me alegro de veros de regreso, señor —dijo, con una voz parecida a un trueno lejano—. Veo que habéis traído a nuestro nuevo recluta.
El veterano señaló a Simon.
—Así es, Belami —respondió De Roubaix—. Este joven caballero es todo tuyo para que le instruyas y le enseñes, le insultes y le alabes, como te plazca. Sobre todo —agregó el viejo caballero haciendo una significativa pausa—, ¡le protegerás con tu vida!
—Entonces, señor, será mi deber y tendré el placer de cumplir vuestras órdenes.
Simon reaccionó cálidamente a la amplia sonrisa que apareció en el tosco rostro bondadoso del veterano servidor que, como él ya había advertido, sólo tenía el brazo derecho; el izquierdo terminaba con un gancho sujeto a una funda de cuero a la altura de la muñeca.
Bernard De Roubaix observó la sorpresa que expresaba el rostro de Simon y sonrió hoscamente.
—Belami es capaz de blandir la lanza, el hacha de batalla, la espada, la maza o la daga con un solo brazo mucho mejor que el más hábil de los caballeros con ambos.
El veterano guiñó el ojo a Simon, los claros ojos azules brillando en su rostro arrugado y del color de una castaña. Le dedicó otra amplia sonrisa, mostrando generosamente una hilera de dientes perfectos.
—Haré cuanto pueda, cadete —gruñó—. Veo que llevas un arco galés, así como una aljaba llena de flechas de una yarda. ¿Sabes tirar también con la destreza de un galés?
Antes de que Simon pudiese responder, De Roubaix lo hizo por él.
—Tres posibles asesinos yacen muertos en el bosque cercano a De Creçy Manor a causa de los certeros tiros de Simon. Unos villanos descarriados trataron de matarme, Belami, y casi lo consiguieron. Estuve más cerca de mi Hacedor que nunca en los últimos años; en realidad, desde el día en el que cercenaste la cabeza de aquel sarraceno que me había ensartado en su lanza.
Belami se mostró preocupado.
—Confío que no os hirieran gravemente, señor.
El templario sonrió gravemente.
—¡Un simple rasguño! Recibí una flecha en el hombro izquierdo. Pero perdí a Eclair, un excelente caballo. Todavía siento su pérdida. ¿Y qué te parece mi nueva montura, Belami? Es un presente de Raoul De Creçy.
El fornido servidor dio una vuelta en torno al gris semental, asintiendo con su grisácea cabeza a medida que ponderaba mentalmente cada detalle, en favor y en contra.
—No es tan ligero como Eclair, diría yo, pero es un magnífico animal a pesar de todo. Raoul De Creçy es un buen juez en lo que a caballos se refiere. ¿Qué nombre lleva, señor?
—Boanerges. Así fue bautizado en honor a uno de los «Hijos del Trueno». —De Roubaix se rió—. El buen Dios sabe bien que pede atronadoramente.
Los dos viejos soldados rieron a gusto, saboreando la grosera broma.
Simon parecía sorprendido ante aquel chiste tan crudo, viniendo en forma tan inesperada de De Roubaix. Al advertirlo, el templario se sonrío.
—Simon, los caballeros del Temple se espera que sean ponderados en lo que se refiere a los asuntos sagrados, y por supuesto lo somos. Saint Bernard de Clairvaux nos indicaba muy acertadamente que evitáramos los pensamientos mundanos, las chanzas ligeras y otras locuras de la carne, y nos alentaba a mantener sesudos y sobrios discursos con nuestros hermanos
templarios. Pero sería un día muy triste si dos viejos camaradas que han compartido duras batallas, como Belami y yo, no pudiéramos celebrar una broma como las que suelen hacerse en los fuegos de campamento.
El rostro del joven normando se distendió y su risa juvenil se unió a la suya. El caballero templario palmeó los cuartos traseros del caballo del joven.
—Adelante, Simon. Te dejo en las expertas manos del más capaz servidor de nuestro cuerpo. Escucha con atención cada palabra que él diga.
En serio o en broma, todo cuanto Belami te cuente merece ser recordado.
Veinte años de guerrear en Tierra Santa le han enseñado muchas cosas. Le debo mi vida a Belami muchas veces. De modo que escucha y aprende. Un día, Simon, estarás agradecido por sus sabias palabras.
Así diciendo, Bernard de Roubaix hizo dar media vuelta a su caballo gris y se marchó al trote hacia el cuartel de los Caballeros Templarios en la torre de vigía, en tanto Belami conducía a Simon hacia las humildes barracas donde se alojaban los cadetes del Cuerpo de Servidores.
El veterano ya sabía muchas cosas sobre su nuevo discípulo, porque De Roubaix había estado enviando despachos a Gisors. Además, sus astutos ojos habían examinado a Simon, y al viejo soldado le gustó lo que descubrió.
—¿Conocisteis a mi padre? —prorrumpió indiscretamente, adivinando casi la respuesta.
Belami se volvió hacia él, manteniendo inexpresivo su rostro arrugado.
El tono de su voz era adusto.
—Yo también hice un juramento solemne, muchos años atrás —dijo.
—Pero ahora ya sé quién era mi padre —arguyó Simon en voz baja.
Bernard De Roubaix me lo dijo.
Belami dirigió una larga mirada a la cara ansiosa del joven normando, y su expresión se suavizó.
—Entonces no tengo que decirte que era un hombre magnífico. —El veterano bajó la voz—. Pero cuanto menos hablemos de él aquí, tanto mejor. Hay oídos muy aguzados en Gisors. Guarda tu secreto, mon ami, y yo guardaré el mío. He aquí mi franca mano para sellar el trato.
El viejo servidor extendió su poderoso brazo derecho y su palma dura como el acero se cerró sobre la mano derecha de Simon. En aquel momento, su discípulo comprendió que había encontrado un amigo para toda la vida.
La barraca de los servidores era limpia y ordenada, puesto que todos los días los diligentes cadetes se dedicaban a fregar su suelo. En aquel momento sólo había siete de esos jóvenes, que habían quedado de la camada anterior, cuyos integrantes habían partido recientemente hacia el sur, hacia Marsella, donde embarcarían en dirección a Tierra Santa.
Los cadetes restantes, debido a enfermedades o heridas recibidas durante su instrucción, se consideraba que no estaban momentáneamente en condiciones y, por lo tanto, tendrían que esperar con impaciencia durante varios meses el próximo barco disponible que partiera para ultramar.
Ellos constituían una muestra representativa de los jóvenes cadetes del cuerpo. Sus hogares se encontraban en sitios tan lejanos como Flandes o Bretaña. Con la excepción del bretón, los demás provenían de Normandía, sus feudos, y de Flandes, Picardía y el Loire. Todos ellos se parecían en una cosa: cada uno se sentía amargamente contrariado al no haber podido embarcar hacia Palestina.
También se mostraban ansiosos por impresionar al recién llegado con sus conocimientos y experiencias adquiridos últimamente. Belami lo encontraba divertido puesto que él había sido quien les brindara la instrucción preliminar y aún consideraba que eran unos reclutas novatos.
—Os presento a Simon De Creçy, nuestro último cadete —anunció al grupo de jóvenes semi formados, algunos de los cuales andaban con muletas, mientras que otros llevaban el brazo inmovilizado por pesados vendajes o se encontraban recuperándose de las fiebres. Uno de ellos incluso tenía una suave banda de cuero atada alrededor de la cabeza, puesto que se había fracturado la mandíbula. Temporalmente, estaba imposibilitado de hablar.
Se agruparon en torno al recién llegado, y comenzaron a atacar a Simon a preguntas.
—¿De dónde eres, muchacho?
—¿Qué parte de Francia ha tenido la dicha de liberarse de ti?
—¿Acaso tu familia te dio una patada en el trasero o fuiste lo suficientemente loco como para enrolarte como voluntario?
Las habituales bromas de los soldados adolescentes acuartelados saludaron al recién llegado.
Simon sonrió bonachonamente, aceptando de buen grado las pullas más ásperas. Su altura y sus anchos hombros, así como la decidida expresión de su rostro ya le habían asegurado el respeto de sus hermanos cadetes por su físico. Ahora ponían a prueba su ingenio, para ver cuán vivo era y averiguar si Simon sería una buena adición a sus filas.
—Soy de Forges-les-Eaux, donde forjamos hombres de hierro —
respondió, jocoso—. Mi tío Raoul fue quien me enroló «voluntariamente».
Simon continuaba llamando a su tutor por el antiguo título.
—Cuando estéis todos repuestos y bien de nuevo, con sumo placer os demostraré lo que puede hacer a un hombre tomar las aguas ricas en hierro de nuestro pueblo de Forges-les-Eaux.
—¡Debes de estar herrumbroso! —exclamó un sonriente cadete de Lille.
El resto prorrumpió en una carcajada, y la ligera tensión nerviosa que los recién llegados solían experimentar en tales circunstancias cesó en seguida.
Sin embargo, Simon no iba a salir tan bien librado. Los demás cadetes lo cogieron entre todos, y, temiendo lastimarles si se resistía, Simon no se defendió.
—Vamos, Herrumbroso —gritaban, aplicándole inmediatamente un apodo—. ¡Veamos realmente de qué estás hecho!
Los alborotados cadetes cogieron una manta de caballo y se dispusieron a mantear a su nuevo compañero. Se trataba de la estúpida ceremonia de iniciación que la mayoría de los soldados jóvenes suponen haberla inventado ellos. No les fue fácil al puñado de cadetes temporariamente impedidos lanzar por el aire a Simon media docena de veces, pero de alguna manera lo lograron.
El joven normando sólo cayó fuera de la manta un par de veces y, aparte de unas pocas contusiones, sobrevivió a la prueba con su acostumbrado buen talante inalterado.
—Muy bien, Herrumbroso, saliste airoso —dijo riendo el fornido muchachote de Bretaña—. Me llamo Yves.
Inmediatamente, los jóvenes cadetes volcaron un chorro de informaciones personales.
—Y yo, Gaston.
—Yo soy Phillipe.
—A mí me llaman Gervais.
—Ése es Pierre, con la mandíbula rota.
—Yo respondo al nombre de Etienne.
Gritando y riendo los siete cadetes se apiñaban alrededor de su nuevo camarada de armas, complacidos de que un compañero tan sereno se hubiese unido al cuerpo.
Belami, que hasta ese momento había sido un alegre testigo de la iniciación, ahora les interrumpió.
—A lors, mes braves —gritó—. Todos vosotros habéis sido desgraciados, descuidados o simplemente estúpidos, pero ello significa que tendréis que esperar el próximo transporte disponible proveniente de Marsella. Por lo menos tardará tres meses en llegar. Bernard De Roubaix acaba de decírmelo.
Aquella noticia fue saludada con gruñidos y silbidos. Belami levantó la mano para imponer silencio.
—Por lo tanto, para beneficio de Simon De Creçy, vamos a someternos todos una vez más a la instrucción básica
Más gritos de protesta acogieron aquel anuncio. El maestro servidor continuó, imperturbable:
—Podéis pensar que ya lo sabéis todo. Yo os aseguro, mes camarades, que no es así. En caso contrario, no estaríais aquí hoy.
Belami cogió a Simon por el hombro.
—Bernard de Roubaix me dice que este joven caballero cabalga bien, tira bien y sabe manejar la espada y la lanza. Que yo sepa, nunca se ha
caracterizado por exagerar la nota, por lo tanto acepto la palabra de mi superior como el Evangelio.
El veterano sonrió irónicamente.
—Al parecer, Simon de Creçy también sabe leer, escribir y hablar varios idiomas, entre los que encontrará el árabe como el más útil. ¡Hasta sabe hablar inglés!
Una sonora carcajada de los cadetes acogió aquel anuncio.
—Estoy de acuerdo con vosotros, mes amis, que es una lengua bárbara.
Incluso la nobleza inglesa prefiere hablar francés. Lo que pretendo señalar es que tenemos aquí un cadete relativamente inteligente que anhela trasladarse a Tierra Santa tanto como vosotros. De manera que, cuanto más le ayudemos a completar su instrucción básica, más rápidamente vamos a emprender la larga ruta hacia Marsella. ¿Comprenez?
Aquellas palabras surtieron efecto, y los jóvenes cadetes pusieron toda su voluntad para acelerar la preparación de Simon. Dejaron de lado las rivalidades y las bromas pesadas, y todos disfrutaron de la experiencia.
La mayoría se repuso muy pronto de sus heridas o dolencias, y todos ellos estuvieron tan ocupados, que no tenían tiempo de aburrirse por la repetición del programa de instrucción, que era lo que Belami pretendía.
Todos los días, el amanecer sobre el montañoso paisaje boscoso precedía a los ejercicios de equitación, de esgrima y del manejo de la lanza.
Practicaban, interminablemente, la formación táctica montados a caballo, la carga y el giro brusco para volver a cargar, corveteando, trotando y haciendo cabriolas, así como todos los ejercicios y maniobras que contempla el manual de caballería. Al final del entrenamiento, cabalgaban juntos como un solo jinete.
Trabajaron arduamente; comían bien y dormían como troncos.
Por fin llegó la noticia del sur anunciando que la próxima nave de transporte de templarios había zarpado de Tierra Santa para recogerlos en el puerto de Marsella al cabo de pocas semanas. Aquella noticia fue acogida con ensordecedores gritos de alegría, y hasta Belami tuvo que reconocer que sus ocho cadetes poseían toda la capacidad y preparación que él era capaz de brindarles.
De hecho, estaban tan bien entrenados que llegaron a salvarle la vida al veterano. Ello ocurrió de la siguiente manera.
Como parte de su instrucción en el arte de la guerra, Belami había llevado a su pequeño ejército Sena abajo para efectuar un ejercicio de cruce del río. En la ribera que el veterano había elegido para la demostración, el Sena corre velozmente entre altos acantilados rocosos.
La cima del acantilado estaba densamente poblada de árboles de considerable tamaño, de modo que había troncos suficientes para construir una balsa. Todo lo que los cadetes tenían que hacer era abatir los árboles y hacerlos rodar por el acantilado hasta la angosta playa de la falda.
Las recientes lluvias de marzo habían aflojado las piedras de los acantilados y una inesperada helada tardía había erosionado posteriormente la cara rocosa. En el lapso de una hora, los cadetes habían construido una recia balsa, que estaba a punto para ser probada. Como de costumbre, el veterano servidor subió a bordo de la estructura de troncos para inspeccionar las ataduras y ponerla a prueba.
La balsa flotaba cerca de la playa, amarrada por una soga a las raíces de un árbol caído cerca de la orilla. Por alguna razón, los nudos no satisficieron a Belami, que se dedicó a la tarea de rehacerlos más apretados.
En aquel momento, se produjo un desprendimiento de rocas del acantilado erosionado por la helada, que se precipitaron al Sena. El consiguiente desplazamiento masivo de las aguas provocó un oleaje que se abatió sobre la balsa. Antes que el sorprendido veterano pudiese saltar a la playa, la rugiente masa de agua había golpeado el extremo de la balsa, de la que se desprendió uno de los troncos, que golpeó al servidor en la cabeza, dejándole aturdido y precipitándole al furioso Sena.
Belami llevaba armadura y, sin conocimiento, desapareció sin hacer esfuerzo alguno en las profundas aguas.
Algunos de los horrorizados cadetes sabían nadar, pero ninguno tan bien como Simon. Por fortuna, se había quitado la cota de malla para cortar los árboles y todavía no había vuelto a ponérsela. Sacándose las botas, el joven se zambulló en el espumoso río y nadó directamente hacia las profundidades, en el lugar donde había visto desaparecer a Belami.
Simon apenas pudo distinguir el cuerpo del servidor inconsciente, atrapado entre las espesas algas. Tenía los ojos cerrados y la boca abierta, de la que surgían burbujas que subían a la superficie.
Comprendiendo que no había tiempo que perder, Simon cogió la daga de Belami de la vaina que llevaba en la cintura y cortó las enredadas algas.
Con unos poderosos golpes dados con los pies, el cadete se dio impulso para subir los dos a la superficie. Cuando se liberaron de las garras del río, una exclamación de alivio saludó su reaparición. Le echaron una soga, que Simon cogió y en pocos segundos, salvador y salvado fueron sacados a tierra.
La alegría de los cadetes fue de corta duración. Su veterano instructor parecía horriblemente muerto. Una vez más, Simon tuvo motivos para bendecir a Owen, el viejo arquero galés, así como las lecciones que le había dado. El rudo arquero se había criado en la comunidad de pescadores asentada a la ribera del río Severn, en el sur de Gales.
Él le había enseñado a nadar como un galés nativo y, afortunadamente, también le había demostrado cómo tratar a una persona ahogada.
—¡Deprisa! Ayudadme a poner a Belami boca abajo sobre aquel tronco
—gritó Simon.
Los cadetes, alegrándose de poder hacer algo útil, llevaron al veterano inconsciente hasta el árbol caído y le colocaron encima, de través, tal como Simon les había indicado. Simon comprendió que no tenía tiempo de quitar la armadura al servidor, por lo que se dedicó en seguida a tratar de salvarle la vida. El joven normando se arrodilló a horcajadas sobre la espalda de Belami y comenzó a ejercer presión sobre la amplia caja torácica del viejo soldado.
Presionando y aflojando la presión, Simon logró que expeliera la mayor parte del agua lodosa que había tragado.
—¡Dadle la vuelta! —ordenó, y los demás cadetes le obedecieron en seguida.
Aspirando profundamente, ahora unió firmemente los labios a la boca del hombre inconsciente, al tiempo que oprimía las aletas de la nariz del
veterano, mientras exhalada con fuerza el aire para que penetrara en los pulmones de Belami.
Simon repitió la operación varias veces, mientras pedía a otro cadete que oprimiera el pecho del veterano, tal como había hecho él anteriormente.
A los compañeros expectantes, todo aquello les parecía cosa de brujería.
Varios de ellos se apresuraron a persignarse.
De pronto, Belami empezó a toser, vomitando más agua. Abrió los ojos, parpadeando ligeramente.
—¡Incorporadlo! —gritó Simon, presa de la excitación.
Mientras los demás lo hacían, sus temores de que se trataba de una obra de brujería se vieron fortalecidos cuando el veterano vomitó el resto del agua. A pesar de sus temores supersticiosos, lanzaron gritos de júbilo.
—¡Un milagro! —exclamó Pierre de Montjoie, que ya tenía la mandíbula soldada.
—¡Brujería! —siseó Phillipe de Mauray, estremeciéndose de terror.
—¡Ni una cosa ni la otra! —dijo Simon, sonriendo con alivio al ver coronados sus esfuerzos—. Se trata de un antiguo artificio, que me enseñó Owen, el Galés. Me contó que los romanos utilizaban este método mucho antes de que llegaran a Bretaña. Bendita sea nuestra Señora, por haber surtido efecto. Al parecer, no siempre es así; resulta efectivo sólo si se aplica a la víctima lo más pronto posible después de haberse ahogado o sufrido asfixia.
«Owen también me dijo que los brujos y charlatanes locales se valían del mismo artificio, para «resucitar a los muertos», y en el caso de alguien como Belami, tomado a tiempo, sus esfuerzos a menudo daban resultado.
¡Podéis imaginaros qué reputación podía reportarle a un brujo un aparente milagro como éste!
Artificio de brujo o no, el caso era que había salvado la vida a Belami.
Increíblemente, sólo veinte minutos después de haber sido rescatado del Sena, el veterano estaba en condiciones de ponerse de pie tambaleándose.
La primera cosa que hizo fue arrodillarse y dar gracias a la Virgen Bendita. Luego, abrazó a Simon, en medio de las risas de alivio de los
cadetes. Por fin, les reprendió a todos por no haber construido la balsa correctamente.
—¡Quien sea que haya atado esos nudos tan flojamente merecería ser azotado! —dijo, y hablaba en serio.
El veterano, sobre todo y en primer lugar, era un maestro servidor. Para él, corregir un procedimiento lo era todo.
Belami, del Cuerpo de Servidores Templarios, había reasumido su tarea.
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