El templario
20 la Espada y la Cruz
20
LA ESPADA Y LA CRUZ
Simon cumplió la palabra empeñada con Pierre. Buscó la tumba, actualmente sin rastro, de Phillipe de Mauray, que él y Belami habían cavado con la ayuda de Pierre once años antes.
Utilizando los métodos de adivinación que le había enseñado Abraham-ben-Isaac, Simon localizó enseguida el sitio fuera de las murallas de Acre, y él y el veterano no tardaron en desenterrar el barril de agua en que había sido sepultado el cadáver de Phillipe, que se encontraba intacto. Tierra Santa había preservado a su honrado muerto.
Los templarios cavaron otra fosa junto a la de Phillipe envolviendo el cuerpo de Pierre en una negra túnica de servidor templario, colocaron a su amigo, con armas y armadura como le corresponde a un cruzado, en el lugar en que reposaría para siempre, con la cabeza orientada hacia las murallas de la ciudad reconquistada y los pies cruzados apuntando a su patria, a poniente.
Ninguna pompa presidió el simple entierro. Ningún sacerdote estuvo presente para entonar un cántico ritual por el alma del conde Pierre de Montjoie. Simon oró en silencio mientras las lágrimas corrían por sus bronceadas mejillas, y Belami, con voz ronca por los sollozos ahogados, decía una sencilla plegaria de soldado.
—Madre bendita, acoge a éste, Tu hijo fiel, conde de Montjoie, en Tu amante seno, para cuidarle, como él ha protegido Tu santo Nombre.
«Aguerrido soldado, leal camarada y caro amigo... —La voz del veterano se quebró—..., su amor por Ti fue siempre primero en su corazón.
Al tiempo que ambos templarios murmuraban: «Amén», una tercera voz se unió a la de ellos. Era la voz de bajo profundo de Corazón de León. Sin ser visto ni oído, se había arrodillado junto a la tumba los enguantados dedos reposando sobre la empuñadura de su espada, con la punta clavada en la arena, a la manera de los cruzados.
Su hermoso rostro cubierto de polvo estaba surcado por las lágrimas.
Belami y Simon se aprestaron a ponerse de pie, pero el rey Ricardo les detuvo con un gesto.
—Oremos en recuerdo de un alma noble, a quien honraba llamándole amigo. Pierre poseía un alegre corazón amoroso y una lengua de oro.
También era un excelente trovador.
La emoción de Corazón de León les sorprendió.
El sol se diluía en su estallido final de resplandor glorioso mientras se hundía detrás del horizonte occidental del mar encerrado por la tierra. Los tres hombres sintieron el siseo cuando la Estrella Diurna sofocaba sus llamas alquímicas en las cálidas aguas del Mediterráneo.
Al igual como habían hecho los templarios unos años antes, el rey inglés pronunció similares palabras:
—Éste es un lugar sagrado para el reposo de un soldado. Amaba mucho a ese muchacho —La voz de Corazón de León se ahogó en un sollozo contenido—. Que esta honrosa tumba sea un lugar de paz. Con las murallas de Acre ante su cabeza y el mar a sus pies, ésta es una tumba ideal para que un caballero descanse hasta el día del Juicio Final. Non nobis, Domine sed in tui nomine debe gloriam.
Los tres cruzados unieron sus voces en la invocación final de los templarios. Se pusieron de píe, en tanto la fina arena se desprendía de la cota de malla, y saludaron a su caído camarada de armas.
—¡Vivat! ¡Vivat! ¡Vivat!
Su imperativo grito por la resurrección del alma de Pierre resonó sobre las aguas de la bahía de Acre.
Cada uno encerrado en sus tristes pensamientos, caminaron acompañados por el tintinear de las cotas de malla por la arenosa playa, montaron en sus pacientes caballos y se dirigieron en silencio hacia la ciudad reconquistada.
Dentro de las murallas, continuaba la matanza. Bolsones aislados de tenaz resistencia eran sofocados con salvaje violencia, a veces a punta de espada, a veces mediante una lluvia de flechas fatales de una yarda y a veces con el terrible lanzador de llamas turco, ahora en manos de los cristianos.
Aquel fue el primer resultado positivo del asedio de una importante ciudad que Simon pudo presenciar. Se le revolvía el estómago ante las escenas de innecesaria carnicería que tenían lugar frente a él, y rogaba que fuese aquella la última vez que presenciaba una matanza semejante. La muerte en campos de batalla era una cosa, pero aquello era totalmente diferente. Los cruzados parecían gozar en su inmolación de la guarnición turca.
En las tierras altas al este de la ciudad, Saladino estaba rodeado de sus comandantes, todos ellos contemplando con mudo horror el humo que se alzaba aún dentro de las murallas de Acre. Incluso a la distancia, los débiles gritos y los agudos chillidos de los moribundos y los heridos se oían claramente a través del desierto, llevados tierra adentro por la brisa marina del atardecer.
—¡Juro que por cada sarraceno morirán diez infieles! —resonaron las amargas palabras de Safardino.
—¡No, hermano mío! —dijo Saladino, poniendo una confortadora mano sobre su hombro—. Nosotros matamos en la batalla, como lo quiere Alá.
No nos rebajamos a exterminar mujeres y niños indefensos ni hombres malheridos. Ésa es obra del demonio. Yo no tomaré parte en ella ni lo hará ningún miembro de mi familia, mientras viva para evitarlo.
Safardino agachó la cabeza, avergonzado. Sabía que para un musulmán devoto, la matanza de los indefensos era un pecado a los ojos de Alá.
—Así será, hermano —dijo—. Hablé dominado por la ira.
Pero no lograba soportar la frustración que sentía y de nuevo cedió a la ciega furia que se agitaba en su interior. Saltando a la silla de su montura, Safardino cabalgó como un loco hacia Acre, lanzando maldiciones sobre las cabezas de los crueles cruzados. Sólo frenó al llegar a un tiro de arco del campamento de los sitiadores y las flechas empezaron a silbar en torno a él.
Al fin, la matanza llegó a su fin. Los defensores sobrevivientes fueron llevados a las celdas del antiguo cuartel de los hospitalarios y mantenidos bajo vigilancia sin agua ni comida, hasta que el rey Ricardo se enteró de ello.
—¡Nosotros no torturamos a los prisioneros de guerra! —exclamó—.
¡Dadles alimentos inmediatamente! Sobre todo a las mujeres y los niños.
El impulsivo monarca había vuelto a sufrir un súbito cambio de sentimientos.
—Por lo menos demuestra ser caballeroso —murmuró Belami, cínicamente—. ¿Por cuánto tiempo?
La matanza de los defensores musulmanes apenas cogió a los templarios por sorpresa. Habían presenciado demasiadas carnicerías espontáneas de heridos y personas indefensas, de manera notable después de la batalla de Hittin en manos de los hombres de Kukburi. Fue la magnitud de las muertes y la tardía detención del exterminio, por parte del rey Ricardo, lo que les había conmocionado. Aquél era un nuevo aspecto del carácter imprevisible del monarca inglés.
Robert de Sablé había sido herido durante el último ataque contra las brechas de las murallas y estuvo semiinconsciente durante varias horas. Sin embargo, en cuanto recobró el conocimiento lo suficiente como para darse cuenta de lo que estaba pasando, se había apresurado a persuadir a Corazón de León de que detuviera la matanza.
—A veces, es como si el rey estuviera poseído por un demonio. No es él mismo. En el campo de batalla es tan valiente como el rey de la selva, de quien le viene el nombre que lleva. Se muestra exultante y parece caer en el éxtasis de la lucha, como si se dejase llevar por la roja marea de la batalla.
El Gran Maestro estaba confundido.
—En cambio, le vi mostrarse misericordioso por lo menos con tres hombres malheridos que habían luchado valientemente con él. Pero esta tolerancia ante el asesinato en masa, principalmente por parte de quienes no tomaron parte activa en la lucha en las brechas de las murallas, es algo que no está de acuerdo con la personalidad del rey.
Al igual que Simon, el Gran Maestro había sufrido una profunda conmoción ante la conducta de Corazón de León.
Los victoriosos cruzados se reunieron en un nuevo consejo de guerra. El rey Guy de Lusignan, Bohemundo de Antioquía, Joscelyn de Edessa, Homfroi de Toron y otros, pero aún sin la presencia de Conrad de Montferrat, se reunieron con el monarca inglés y el duque de Borgoña, para formalizar un plan maestro, ahora que Acre volvía a estar en manos de los cristianos.
Corazón de León ardía de deseos de perseguir al ejército de Saladino lo antes posible. Se daba cuenta de la enorme victoria moral que había conseguido al tomar la ciudad ante sus propios ojos, sin tener la posibilidad de intervenir. Ahora, razonaba, era el momento de atacar, mientras el recuerdo de la derrota ardiera intensamente en su corazón.
Los dos grandes maestros, el templario y el hospitalario, estuvieron absolutamente de acuerdo con él, pero el carácter indeciso del rey Guy les privó de tomar una decisión demasiado precipitada. Él aconsejó prudencia, y varios de los demás nobles de ultramar se pusieron de su lado. En vista del número de fuerzas que el rey franco comandaba, Ricardo tuvo que ceder; eso era algo que su vivo temperamento a duras penas podía aceptar.
Robert de Sablé vio una posible solución a la evidente incertidumbre de Corazón de León.
—Si me lo permitís, majestad, sugiero que mandéis un enviado, no a Saladino sino a su hermano, Safardino, tomando distancia, por lo tanto, del sultán, mientras tanteáis el terreno para un posible tratado, en vista de la magnitud de vuestra victoria en Acre.
El rey Guy enseguida aprovechó la oportunidad para ganar más tiempo, antes de formalizar un compromiso definitivo de atacar a Saladino tan poco tiempo después de la toma de Acre. Sabía del afecto del monarca inglés por
Homfroi de Toron, cuya encantadora disposición contribuía de alguna manera a llenar el vacío que había dejado el intimo amigo de Ricardo, Pierre de Montjoie, que había sido un jovial compañero del monarca inglés.
El rey Guy sugirió su nombre como digno enviado real.
Aquélla fue una jugada inteligente por parte del líder franco, pues entre los cortesanos francos ya circulaba el rumor de la intención del rey Ricardo de aliar a su hermana, la reina Joanna, con el hermano de Saladino. Con todos los espías que había en Outremer, esta información difícilmente podía causar sorpresa.
Ricardo aceptó de mala gana, comprendiendo que el tiempo que se ganaría mediante esta maniobra podría ser utilizado provechosamente en reconocer la región costera, al sur de Acre, a lo largo de la cual ya había planeado llevar a cabo el desplazamiento principal hacia Jaffa.
Al ver que el momento era oportuno para plantear un nuevo punto importante, el Gran Maestro de los templarios volvió a tomar la palabra.
—Hay otra cuestión, majestad, que se torna imperiosa. Con este clima insólitamente caluroso en esta estación, los muertos pueden volverse rápidamente pestilentes. Las legiones de moscas de Belcebú ya cubren los hediondos cadáveres, y yo creo que corremos un verdadero peligro de que se declare la peste si no procedemos a sepultar a los muertos lo antes posible.
El monarca inglés enseguida advirtió lo sensato de la observación de De Sablé.
—Tenemos que sepultarles en el mar. Que pongan los cadáveres en sacos y los lastren con piedras. No queremos que se produzcan resurrecciones involuntarias.
En verdad, era una solución ingeniosa. Cuadrillas de soldados de infantería con máscaras cargaron los cadáveres que se descomponían rápidamente en los cargueros de la flota, que zarparon de inmediato en busca de aguas profundas y se apresuraron a deshacerse de los muertos.
Entretanto, se procedía a limpiar la ciudad reconquistada.
La reconsagración de los lugares cristianos sagrados, que a pesar de las órdenes de Saladino habían sido deliberadamente violados en venganza por
la profanación de las mezquitas musulmanas de Jerusalén, tardó tres semanas en terminarse, mediante los servicios celebrados por el obispo de Evreux y otros dignatarios de la Iglesia, en cada lugar sagrado.
Sólo después de esos ritos, y una vez que se erradicaron todos los peligros que amenazaban con provocar una peste en Acre, el rey Ricardo estuvo de acuerdo en renovar la campaña y mandó a buscar a su esposa, la reina Berengaria, a su hermana y su comitiva.
En tanto el galeón real navegaba hacia Acre, transportando la preciosa carga, Simon y Belami acompañaron a Corazón de León y los comandantes de las fuerzas en un reconocimiento del terreno al sur de Acre.
—La carretera de la costa a Jaffa parece ofrecernos la ruta más segura y rápida hasta nuestro punto clave, desde el cual podremos dar el empujón final hasta Jerusalén —dijo Corazón de León, pensativamente—. Servidor Belami, vos habéis recorrido estas regiones de ultramar durante años; ¿qué os parece?
El veterano se atusó la corta barba, gesto habitual en él cuando pensaba profundamente, y respondió ariscamente, sin andarse con rodeos.
—A nadie le gusta marchar con un flanco demasiado cerca del mar, majestad, y además hay zonas pantanosas en el otro flanco, el oriental, en el primer tramo de la carretera costera a Jaffa.
«Saladino no puede atacarnos mientras los pantanos se interpongan entre él y nosotros. Pero el terreno se torna firme en una tercera parte del camino. Entonces, desde las tierras altas cubiertas de árboles, el sultán puede lanzar continuos ataques de sus excelentes escaramuzadores escitas y sus arqueros montados turcos, que pueden causar estragos en nuestras columnas.
Mientras hablaba, el veterano se agachó y trazó un burdo diagrama en la arena con un palo puntiagudo.
—Pero antes de que Saladino pueda lanzar un ataque en gran escala contra vuestro flanco oriental, majestad, tiene que cubrir el terreno abierto allende los árboles. Si apostáis a vuestros arqueros ingleses en el costado de tierra adentro y utilizáis la técnica de las columnas volantes romanas, como el servidor De Creçy y yo hemos hecho muchas veces, montando a los
arqueros selectos en la grupa de los jinetes, podéis causar numerosas bajas entre sus lanceros, antes de que las flechas livianas de los arqueros montados puedan perforar nuestras cotas de malla. Tal vez parezcamos puerco espines, pero estoy seguro de que no recibiremos heridas graves.
Corazón de León asintió brevemente con la cabeza. Animado por ello, Belami continuó:
—¿Puedo sugerir el uso de un elemento que mis servidores han encontrado efectivo?
De nuevo el monarca inglés asintió con la cabeza.
—Un grueso acolchado o una tela de manta doblada, como las protecciones de alquóton que los sarracenos llevan debajo de las vestas, y que muchos cruzados antiguamente preferían llevar en el calor del verano en vez de las cotas de malla, detendrá las livianas flechas turcas de largo alcance, sobre todo si también protegemos con ellos a nuestros caballos.
Sufriremos, por supuesto, la tortura del calor del mediodía, pero si no cometemos el error fatal de la batalla de Hittin, y llevamos suficiente agua y sal, para mitigar el tormento de la sed y los calambres, podremos soportar y salir con vida de las lluvias de flechas.
Como de costumbre, el plan expuesto por Belami era un modelo de concisión y condensada experiencia. Corazón de León esbozó aquella sonrisa sorprendentemente juvenil, donde residía la clave de su encanto.
—Que así sea. Los comandantes se ocuparán de esas cosas. Que todo el mundo, noble, caballero o soldado, lleve una bota de agua adicional, en el costado opuesto al que recibirá las flechas. El carro de provisiones, cargado con barriles de agua fresca, se mantendrá en el lado del mar de nuestra línea de marcha. Además, ordeno que los comandantes de la flota sigan un curso paralelo, cerca de la costa, para brindarnos la protección de sus catapultas y ballestas. Quiero que cada nave lleve un mínimo de veinte arqueros, para lanzar una andanada de flechas por encima de nuestras cabezas y cubrir nuestra retirada, si fuese necesario volver a bordo de nuestros bajeles.
¿Entendido?
Los capitanes de la flota asintieron con la cabeza, y los comandantes de las columnas de los cruzados se dispersaron para llevar a cabo las órdenes
del rey.
Robert de Sablé se sonrió íntimamente. No había visto nunca al rey de Jerusalén, ni a ninguno de los príncipes y señores de Outremer y Outrejourdain, escuchar con tanta buena predisposición a un servidor veterano de los templarios.
—Ésa puede ser la razón por la que fracasamos antes, con tan cuantiosas pérdidas. La voz de la experiencia es aún la única regla con que juzgar la situación —le comentó al Gran Maestro de los hospitalarios.
—¡Pero entonces Ricardo Corazón de León no es como los demás monarcas! —repuso el jefe de la orden rival de caballeros monjes.
Durante el reconocimiento de la ruta a Jaffa, Conrad de Montferrat siguió sin dar señales de vida, haciendo caso omiso de los enviados del monarca inglés. Su plan parecía ser esperar que el rey Ricardo le ofreciese condiciones más ventajosas para disponer de su ejército, con toda la experiencia adquirida en los combates contra Saladino. Esas tropas ascendían a más de seis mil hombres, incluyendo a la infantería, lo que brindaba a De Montferrat una fuerza adaptable al ataque o a la defensa.
Podía reunir centenares de lanceros de la caballería pesada y un gran número de arqueros genoveses y mercenarios, armados con arcos largos.
Sin embargo, Corazón de León antes hubiese preferido comandar una fuerza reducida y entusiasta que acoplar un ejército mercenario más numeroso, que respondía a las órdenes de otro y que sólo combatía por el botín que pensaba obtener después de una derrota masiva de los sarracenos.
Eso era típico de los mezquinos tira y afloja políticos que abundaban en las Cruzadas desde el principio, pues De Montferrat capitalizaba la pérdida del ejército disperso de Barbarossa para someter a Ricardo a su manera de pensar. Pero Corazón de León estaba decidido a avanzar contra Saladino con las tropas que ya tenía. A menos que de Montferrat acudiese voluntariamente y pusiera a su ejército bajo el mando supremo de Corazón de León, el inglés prefería seguir adelante sin el nuevo esposo de Isabella.
El duque de Borgoña, un hombre como un toro con estómago para luchar contra los paganos, presentaba otro problema. Se resistía a comandar la retaguardia, pues prefería luchar al lado de Ricardo en primera línea.
Corazón de León manejó la situación con todo el tacto y la convicción posibles. Por fin, el duque se dejó persuadir por las melosas palabras del rey.
Lanzó una sonora carcajada.
—Ese hijo de puta de De Montferrat sólo lucha por el oro, Ricardo.
Estoy seguro de que Conrad se pondría al lado del diablo, o de Saladino, si las condiciones fuesen buenas. —El corpulento duque blandió la poderosa maza de hierro—. Mi machacador de sesos, aquí presente, está ansioso por partirle el cráneo. Sólo tenéis que decir una palabra, majestad, y marcharemos juntos hacia Tiro.
En aquel momento llegó un mensajero del oficial de puertos para informar a Corazón de León de que la nave de la reina estaba a la vista.
Disolvió la reunión y, con toda calma, se dirigió a la mole de roca para dar la bienvenida a su consorte. Simon, por otra parte, estaba impaciente por saludar a su amada Berenice.
Al normando le atormentaba la idea de que la muerte de su amigo Pierre se debió, de alguna manera, a su propia negligencia al no advertir al arquero turco cuyo arco había disparado la flecha fatal. Con el entusiasmo de ver a Berenice ensombrecido por ese temor irracional, apenas podía refrenar el ansia de adelantarse a Corazón de León, en vez de caminar unos pasos detrás del monarca inglés, vigilando que no fuese víctima de un ataque de los Asesinos o de otro atentado similar.
Si bien Ricardo no había planeado una recepción de bienvenida, pues estaba demasiado inmerso en los planes bélicos como para pensar en su flamante esposa, su rey de armas, el duque de Norfolk, ya había alertado a la corte sobre la llegada de la reina. Una fanfarria de trompetas y los gritos de los cortesanos saludaron al galeón real. Ello sucedió antes de que Corazón de León abandonara Mategriffon, que aún no había sido desmantelado y almacenado en la galera del rey, listo para la próxima batalla.
El plan del rey de armas consistía en alojar a las dos reinas y su séquito en el palacio de Acre, ahora libre de los restos pavorosos del prolongado asedio, y de nuevo ofrecía su atractivo aspecto con las banderas y
gallardetes de bienvenida, como correspondía a la llegada de la realeza inglesa.
El galeón de la reina finalmente contorneó la Torre de las Moscas y atracó contra la punta rocosa. Lo único que Simon vio, con los ojos del amor, fue a su amada Berenice, vestida atractivamente de negro, conocedora ya de la trágica noticia de la muerte de su hermano.
El corazón del templario latió con más fuerza al pensar que volvería a estrechar a su amada entre sus brazos. Se volvió hacia Belami.
—¿Y si Berenice me culpa por la muerte de Pierre?
Su voz delataba una profunda angustia.
Belami se encogió de hombros, al tiempo que replicaba:
—Yo negaré rotundamente que fueses responsable en modo alguno. En la brecha todos corríamos los mismos peligros, mientras protegíamos al rey.
Esto es una locura, Simon. De ninguna manera se te puede culpar de esa tragedia. Sigue mi consejo y trata de olvidarlo. Siempre conservaremos el recuerdo de Pierre en nuestro corazón. Recuerda las últimas palabras de nuestro amigo. Él queda que te casaras con su hermana. No le defraudes.
—Pero aún no he sido nombrado caballero— arguyó Simon.
—¡De poco os servirá a ti y a Berenice que te conviertas en caballero templario! Sé que Robert de Sablé se siente fuertemente impulsado a presentar esa idea al Gran Capítulo en la próxima asamblea. Si se te brinda ese honor, como creo que será el caso, difícilmente podrás rehusar aceptarlo. Recuerda que ese título le fue otorgado a nuestro actual Gran Maestro, y ese raro honor bien podría repetirse en tu caso. Entonces, con los votos de celibato, podrás despedirte de la más remota idea de casarte con la condesa Berenice de Montjoie, en que se ha convertido ahora tu dama.
La reina Berengaria saludó a su real esposo con un casto beso, y Corazón de León la escoltó a lo largo de la mole rocosa, ante los resonantes vítores de los cruzados reunidos. El rey Guy de Lusignan le ofreció el brazo a la reina Joanna, y el cortejo real entró en la ciudad de Acre, acompañado del sonar de las trompetas.
Simon, como guardia personal de la pareja real, no pudo saludar a Berenice con el ardor y la ternura que ansiaba brindarle, pero más tarde, la
bondadosa Berengaria, que conocía la angustia que sufría su dama de compañía y muy querida amiga, procuró que los dos jóvenes amantes tuvieran la oportunidad de encontrarse en sus aposentos privados.
Para ellos, fue un encuentro triste y al mismo tiempo tiernamente amoroso. Berenice estaba desolada por la pérdida de su hermano, y Simon estaba igualmente destrozado por la muerte de un amigo tan querido.
Si bien el estricto protocolo de la época prohibía a Berenice el goce del amor físico durante el periodo de duelo, al menos Simon pudo proporcionarle toda la ternura que ella necesitaba tan desesperadamente. Al joven normando también se le había enseñado a respetar el duelo por los muertos, de modo que en ningún momento se le ocurrió aprovecharse de la vulnerabilidad de Berenice.
La reina Berengaria, cuyo infeliz matrimonio no hacía más que acentuar su deseo de ver a su amiga confortada por el hombre a quien obviamente adoraba, ahora intentaba allanar el camino para aquellos desventurados amantes. No le sería difícil a la flamante reina sugerir que se le diera el espaldarazo al joven templario, y con este propósito Berengaria envió a buscar al servidor Belami, de quien esperaba saberlo todo acerca del elegido por Berenice.
—Majestad, desearía poder daros más información aparte del hecho de que Simon de Creçy era el protegido del fallecido sir Raoul de Creçy, que poseía De Creçy Manor, cerca del pueblo de Forges-les-Eaux, en Normandía. Eso, lamentablemente, es todo cuanto puedo deciros, puesto que hice el sagrado juramento de no revelar nada más.
La reina lo intentó con Corazón de León con la misma falta de éxito. El rey no pudo decirle más de lo que él mismo sabía.
—Sólo conozco pequeños detalles sobre Simon de Creçy. El obispo de Evreux trató de obtener más información para mí y también se estrelló contra un muro de silencio. Estoy seguro de que no existe nada malo en esta aparente conspiración tendiente a mantener en un misterio el linaje del joven templario, pero confieso que este asunto me tiene intrigado. Sus antecedentes registran una entrega total a la causa de los templarios. Inspira absoluta lealtad en sus compañeros, y su Gran Maestro no tiene más que
elogios para con el joven. Luchó valientemente junto a mí sin pensar en su propia seguridad y, te aseguro, Berengaria, que prefiero tener a mi lado a esos dos templados que cualquier otro de los hombres que conozco. Robert de Sablé es afortunado de tener a semejantes guerreros bajo su mando.
Tanto misterio no hizo más que avivar la curiosidad de la inteligente reina y resolvió indagar todas las fuentes de información sobre el tema del linaje de Simon de Creçy.
Mientras tanto, otra duda corroía al normando. Como muchos hombres antes que él cuyo oficio era la guerra, había llegado a un punto en que la idea de volver a matar le angustiaba hasta dolerle el alma. Ello nada tenía que ver con la cobardía. Muchos cazadores han sufrido también la misma revulsión después de muchos años de matar venados, sea para comer o por deporte. De repente, todo su ser se rebela contra la idea de segar una vida.
Ése es el más peligroso momento en la carrera de un soldado, pues sin la reacción instantánea del matador entrenado, el guerrero distraído se torna vulnerable y peligroso, no sólo para consigo mismo sino también para con los demás, cuya seguridad reposa en sus manos.
Resulta difícil de determinar el momento exacto en que el alma de Simon se desvió de la dedicación por entero a su propia formación a la carrera de las armas, en nombre de la justicia y de la Orden del Temple; pero lo más probable es que se generara ante la inútil matanza de los aguerridos defensores de Acre. La admiración de Simon por su tenaz resistencia ante el prolongado asedio había sido la del soldado nato. Todos sus instintos habían clamado contra la despiadada matanza, llevada a cabo por los cruzados, de los desarmados prisioneros, de sus esposas y hasta de sus hijos.
Sumido en el tormento por el que pasaba su alma, doblemente doloroso a causa de la pérdida de Pierre, Simon recurrió a Belami en busca de su prudente consejo y del consuelo de su cálida amistad.
El veterano escuchó en silencio todo cuanto Simon le decía, asintiendo brevemente con la cabeza a medida que su amigo iba desgranando sus dudas y temores. Al final de aquel catálogo de pesares, Belami pasó el brazo derecho por los hombros de su pupilo favorito.
—No cuentes a nadie más tus miedos, Simon. Tus actuales dudas podrían interpretarlas como otra cosa. No eres un cobarde, mon brave, pues en ese caso Belami no consentiría que combatieras junto a él. Esta súbita reacción en contra de la matanza por la matanza en sí proviene de la rama materna de tu linaje, aunque yo vi a tu padre pasar por un tormento similar poco antes de ser capturado.
«Creo que rehusó deliberadamente que Saladino le liberara a cambio de un rescate porque tenía la sensación de que, de alguna manera, había traicionado a los templarios. Pensar que Odó de Saint Amand violó su juramento de defender la causa de los templarios es demasiado absurdo, y también lo es en tu caso, mon ami. Simon, has luchado como un león en esta tierra para mantener bien alto el buen nombre de los Pobres Caballeros de Cristo del Templo de Jerusalén.
Belami se daba cuenta de cuán parecidos de carácter eran el padre y el hijo. Ambos eran hombres testarudos, a quienes difícilmente se les podía hacer cambiar de idea, una vez que se les había metido en la cabeza.
—Además —siguió el veterano, pacientemente—, en la batalla de Hittin caíste malherido en el cumplimiento de las órdenes de los templarios.
«A instancia de nuestro Gran Maestro, has defendido valientemente a Corazón de León, ¡y ambos sabemos cuán ardua puede ser esa misión! Así que no te culpes. Esas mismas dudas han asaltado a muchos otros hombres antes que a ti, y estoy seguro de que no serás el último que le dé la espalda a la guerra en aras de la paz.
«Sigue mi consejo, mon brave, y aguanta un poco más. Apuesto mi cabeza a que no aflojarás en el campo de batalla. Pero, por lo que más quieras, Simon, no le digas a nadie más lo que me has confesado a mí, ni siquiera a Berenice de Montjoie.
A pesar de sus alentadoras palabras, Belami quedó hondamente preocupado por el súbito cambio de espíritu de Simon. Aun cuando el veterano comprendía plenamente la situación, necesitaba tiempo para pensar cómo podía ayudar a su amigo a resolver sus dificultades. Belami no dudaba de que el apasionado amor que sentía por Berenice y su irracional
sentimiento de culpa por la muerte de su hermano eran la causa de aquella serie destructiva de dudas que atormentaban el espíritu del normando.
El viejo soldado estaba seguro de una cosa. Presentía que la carrera de Simon de Creçy como guerrero templario había terminado.
Entonces se produjo un atentado contra la vida del rey Ricardo, aparentemente llevado a cabo por los Asesinos. Fue tan pésimamente urdido, y los dos criminales fueron tan torpes, que Belami y Simon dudaban de que los hombres de Sinan-al-Raschid estuvieran implicados en el intento de asesinato. Para cuando los templarios llegaron al lugar, los servidores guardianes de relevo, Arnold Compiégne y Henrí Malmont, ya habían despachado al par de ineptos asesinos.
El frustrado atentado determinó que el rey Ricardo resolviera utilizar el cuerpo confiable de servidores templarios como una fuerza que actuaría como protección de flancos en su principal ataque con lanceros, y enseguida adoptó la sugerencia original de Belami en cuanto a la técnica de las columnas volantes de arqueros montados a la grupa de las monturas de los lanceros templarios y turcos. Eso tenía que causar un significativo efecto en su marcha al sur.
A lo largo de ese corto periodo de reorganización y reagrupación de las fuerzas francas, Saladino tampoco había estado ocioso. El grueso de sus fuerzas avanzó para ocupar las cumbres de Carmel, para aguardar el esperado avance de Ricardo hacia Jaffa.
Desde la caída de Acre, el respeto de Saladino por la habilidad táctica de Corazón de León había aumentado tanto, que el sultán ahora consideraba que el rey Ricardo era la más grande amenaza para el mundo musulmán desde el inicio de las Cruzadas. Saladino desestimó la matanza de Acre como consecuencia de la frustración de los cruzados francos al fin del asedio.
En el fondo de su corazón, estaba seguro de que un monarca tan caballeroso como Coeur de Lion no podía ser el loco instigador de una carnicería tan insensata. Sin embargo, ésa no era ni mucho menos la opinión general entre sus contemporáneos en el mundo musulmán. Muchos de ellos
responsabilizaban directamente a Corazón de León por la matanza, y como consecuencia odiaban al rey inglés.
El sultán consideraba que eso era un error fatal, pues el odio en cualquier forma tiende a obnubilar la mente, y el imprevisible monarca inglés, con su temperamento impulsivo, voluble, requería más consideración que los esfuerzos afanosos fácilmente previsibles de un De Lusignan o un Bohemundo, cuyas tácticas consistían en el mismo torpe uso de la caballería en masa como se había utilizado siempre.
Saladino veía a Ricardo Corazón de León como a un compañero jugador de ajedrez. Consideraba cuidadosamente cuál sería el gambito del rey. Podría ser o bien un ataque directo desde Acre hacia la ciudad de Tiberias, como Guy de Lusignan había intentado hacer para terminar en el desastre de Hittin, o bien Ricardo avanzaría por la costa en dirección al sur para apoderarse de Jaffa.
Después de largas deliberaciones, Saladino eligió la última como la más probable ruta del comandante inglés. Al fin y al cabo, el rey tenía su poderosa flota ejerciendo el dominio indiscutido del mar y ésta podía protegerle el flanco occidental. Si el sultán hubiese estado en el lugar del rey, esa habría sido su jugada.
Si se equivocaba y Ricardo elegía la otra ruta a Jerusalén, Saladino se encontraría en desventaja, con sus tropas demasiado lejos hacia el sur como para interceptar a Corazón de León antes de que atacara Tiberias. Pero el sultán estaba seguro de que Ricardo jugaría sobre seguro y movería sus más reducidas fuerzas lo más lejos posible, con la protección de la flota inglesa en uno de los flancos.
Mientras los jefes adversarios iban haciendo sus movimientos preliminares, Simon pasaba todo el tiempo posible con Berenice, más en el papel de un hermano confortador que como el ardiente amante que ambos deseaban que fuese, pero el protocolo era muy importante en los círculos de la Corte y el amante no tenía más remedio que obedecer sus dictados.
Una vez más, bajo la tensión creada por las circunstancias, el cuerpo sutil de Simon abandonó su forma durmiente y pareció desplazarse a gran
velocidad a través del espacio y el tiempo hasta el hogar de su infancia en Normandía. Esta vez no le aguardaba ninguna tragedia en De Creçy Manor.
Su cuerpo astral atravesó los gruesos muros y entró en la habitación de Bernard de Roubaix para arrodillarse junto al durmiente caballero. Simon observó cómo los años habían avejentado a su querido tutor, y se quedó contemplando las arrugadas facciones del viejo cruzado, que roncaba plácidamente sumido en el sueño profundo de los ancianos. Al pie del lecho del caballero, yacía su perro cazador de jabalíes, también en los postreros años de su vida. De nuevo, como había ocurrido durante la visita previa en sueños, el viejo perro se agitó al presentir la sutil presencia de Simon, pero los años habían aletargado su capacidad de reacción y apenas respondió a su papel de perro guardián antes de hundirse de nuevo en el sueño. Simon sonrió y luego se puso alerta cuando otra presencia se manifestó en el dormitorio.
Era la figura de un monje alto encapuchado que Simon había encontrado en un sueño anterior, cuando se transportó a la catedral de Chartres, y que sabía que era el espíritu de su padre.
Instantáneamente, la escena cambió y lo que era el dormitorio del viejo caballero en la mansión se transformó en la vasta nave de la catedral. El alto monje echó la capucha hacia atrás, y de nuevo Simon contempló las recias facciones del ex Gran Maestro, fallecido en Damasco. Esta vez la arrugada cara sonreía y Simon experimentó que su padre le transmitía una oleada de amor, dotando de una nueva calidez a aquella extraña relación. Respondió con un sollozo de gozo al sentir el fuerte lazo que les unía.
Mentalmente, Simon «oyó» la voz de su padre.
—Has hecho todo cuanto yo esperaba de mi hijo, y mucho más. —El sentimiento amoroso era muy intenso—. No te preocupes Simon. Muy pronto, el camino de tu destino te conducirá de la guerra a la paz. Has aprendido mucho de los hombres más sabios de Oriente. Nunca fue por azar que vuestros caminos se cruzaran. Todo lo que te ha sucedido ha tenido un propósito, y ha sido parte de la Gran Obra. Tú tienes una fe inconmovible en tu destino. No la pierdas ahora. Tomarás parte en la última batalla por
Tierra Santa y luego tu tarea estará cumplida. La obra de tu vida está aquí, en Chartres. Tu dama estará a tu lado. No temas. Te amo, hijo mío.
Con esas palabras la escena se esfumó, y Simon se sintió raudamente transportado a través del tiempo y el espacio, para despertar de nuevo en su cama en ultramar. Sabía que había llegado a la encrucijada más importante de su vida.
OceanofPDF.com