El templario

Michael Bentine · Capítulo 11 de 24

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El templario

10 Jehad

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JEHAD

El líder del islam era un hombre complejo, de gran humildad e incomparable coraje. A diferencia del arquetípico jefe musulmán, el supremo sultán ayyubid era un intelectual, poco afecto a la cetrería, la caza o los convites, actividades que tanto habían distraído a muchos de sus reales antecesores. Su deporte era el polo, pues era un magnífico jinete y consideraba aquel juego de rápidos movimientos como una especie de ajedrez jugado con caballos. Los maestros de la Universidad de Damasco le habían enseñado a dominar el gran juego del tablero escaqueado, así como le habían impartido el amor por el gnosticismo, especialmente por las artes y las ciencias, la astronomía, la matemática, la arquitectura, la música, la erudición natural y la belleza en todas sus formas, como obra de Alá, el Único Dios.

Damasco, que él había vuelto a recuperar de manos de los infieles cristianos, representaba para Saladino todo lo que había de bello en la arquitectura árabe y en la planificación de una ciudad. Sus múltiples arboledas sombreadas y los numerosos jardines, grandes y pequeños, públicos y privados, eran oasis de color, perfume y belleza natural, y uno de los más grandes placeres del sultán residía en gozar de aquellos refugios de paz, completamente solo. En otras palabras, entre todos los jefes musulmanes, el sultán Saladino era único. Esto era así porque sus actos y reacciones resultaban difíciles de predecir.

Alto, apuesto y aún activo y en buena forma en la edad madura, aquel príncipe de ayyubids poseía una personalidad extraordinaria, con el don de un encanto inmenso. Aunque tímido y retraído cuando muchacho, mediante la aplicación y el estudio diligente había crecido hasta convertirse en un diestro líder capaz de no dar consejos hasta el momento preciso. Sólo daba su opinión cuando se la pedían. Saladino no era ni jactancioso ni embustero.

Cuando hablaba, era para decir la verdad.

Si agregamos a esto su devota fe en lo justo de la causa del islam, tendremos a un líder capaz de hacer retroceder a las hordas de las cruzadas que habían saqueado y asolado el medio Oriente.

Allá en Tiberias, Abraham-ben-Isaac le describió a Simon el jefe sarraceno en estos términos:

—Salah-ed-Din nació en 1138, en una familia compuesta de siete hermanos y una hermana. Su padre era Ayyub-ibn-Shadhy, un oficial del séquito de Zengi, el atabeg de Mosil. Su madre era Nejm-ed-Din. Su padre había sido alcaide de Tekrit, una fortaleza donde Zengi se había refugiado después de una desastrosa derrota. Cuando a Zengi le cambió la suerte, recordó que en una ocasión le debió la vida a Ayyub-ibn-Shadhy y le incorporó a su séquito.

«Aunque el padre de Saladino era mahometano, él era kurdo, del clan Rawadiya. Gente aguerrida y cortés, poseían un gran sentido del honor y la hospitalidad. Saladino heredó todas las virtudes tribales de su padre.

«El nombre completo de Saladino es Yusuf Salah-ed-Din, que significa

«el honor de la fe». Es un nombre que bien se merece.

«En todo el medio Oriente, Simon, no encontrarás hombre más devoto, caballeroso y honorable. Además de estas cualidades, posee el coraje de un león del desierto y la obstinación de una mula. Es sin duda un adversario formidable en quien la cristiandad pueda clavar sus garras.

«Osama, príncipe de Sheyzar, eminente erudito y filósofo, tomó al inteligente hijo de Ayyub-ibn-Shadhy bajo su protección. Osama era un mago supremo, con gran penetración para juzgar el carácter de la gente. En el joven Yusuf, entonces sólo un muchacho, el sabio mago debió de reconocer todas las cualidades de grandeza. Saladino tenía sólo trece años

cuando se conocieron; sin embargo, Osama presintió el destino del chico.

Tú, Simon, serías afortunado si conocieras a un hombre como él.

—Ya le he conocido —repuso Simon, con sinceridad—. ¡Vos, mi maestro, Abraham-ben-Isaac sois mi Osama!

El viejo filósofo se sintió complacido, pero meneó la cabeza.

—Yo no me encuentro en el mismo plano de evolución que Osama, príncipe de Sheyzar. Él tiene la suerte de ser lo que los cristianos tratáis de santos.

Durante sus muchas conversaciones con Abraham, Simon aprendió muchísimas cosas más sobre Saladino. Supo de la educación que recibió el líder, en Baalbeck y Damasco, en sus tempranos años en la corte de Nur-ed-Din. Este atabeg era uno de los hijos de Zengi que, en 1146, fue asesinado, y Nur-ed-Din se hizo cargo de todo el séquito de su asesinado padre para que le sirviesen.

Nur-ed-Din, como su padre Zengi, había reconocido las cualidades del joven Saladino, aun en aquella temprana edad.

Durante la primera Cruzada, con los avatares de la guerra rápidamente cambiantes, Saladino era demasiado joven para tomar parte activa en ella; pero, como las fortunas de su padre prosperaron bajo el régimen de Nur-ed-Din, también mejoró su suerte.

Su capacidad para absorber conocimientos muy pronto le hizo abandonar la universidad y, cuando fue bastante mayor para servir al hijo del viejo benefactor de su padre, Nur-ed-Din tuvo conocimiento de que era un brillante comandante de tropas. A partir de aquel momento, el ascenso a capitán y luego a comandante de caballería también llamó la atención del colega de Nur-ed-Din, Shirkuh, un general sarraceno de gran osadía y capacidad, lejanamente emparentado con Saladino. La estrella de Yusuf Salah-ed-Din comenzó a brillar para que todo el mundo la viese.

—Esta bendición tuvo un doble filo —rió Abraham, al llegar a esa parte de la vida de Saladino—. La fama ganada en el campo de batalla y la evidente inteligencia del joven comandante de caballería no sólo le convirtieron en un valioso elemento para los hijos de Zengi, sino que también le marcaron como a un posible futuro rival. Saladino era lo

suficientemente listo como para darse cuenta de la situación y depuso cualquier pretensión que pudiese tener de alcanzar el poder. Sirvió a los hermanos lealmente y bien, y con absoluta dedicación. Los hijos de Zengi, que siempre estaban alerta para detectar cualquier indicio de traición, reconocieron la honestidad de Saladino y su caballeroso comportamiento No pudieron descubrir falta alguna en él, de manera que pudo vivir con honor y fortuna. Aquélla era una época difícil para los hombres inteligentes, sobre todo con la demostrada capacidad para ganarse el respeto y el afecto de sus tropas.

Saladino era, sobre todas las cosas, un musulmán devoto y un aplicado estudiante de la divinidad y de la teología. Le encantaba escuchar a los eruditos, citar pasajes del Corán, y su inflexible ortodoxia le protegía como un escudo.

—Era un jeque ambicioso, que buscaba poder, fama y riquezas —siguió diciendo Abraham—. Saladino era un apasionado creyente en el islam y, por encima de todo, sólo deseaba ser un instrumento de la Voluntad de Alá.

Como discípulo de Ibn-aby-Usrun, el gran sabio teólogo de su época, y como estudiante preferido de Osama, Saladino ya había emprendido el ancho camino del gnosticismo. Por eso, Simon, Saladino es el verdadero líder de los sarracenos: porque es honesto, valiente, justo y misericordioso.

«Por ello, respétale, hijo mío, pues él es tu más grande adversario. La cristiandad tiene un valioso oponente en Saladino, el «Honor de la Fe». —

Abraham hizo una pausa—. Mis voces me dicen que un día vosotros dos os conoceréis. Sé que el acontecimiento determinará tu destino.

Simon de Creçy nunca olvidó las palabras de Abraham-ben-Isaac. Le volvieron a la memoria mientras ayudaba a Belami a instruir a sus nuevas tropas. En esencia, las tácticas del veterano eran simples, y por consiguiente impecables.

Su «columna volante» estaba compuesta de excelentes soldados de caballería y de infantería bien entrenados; la única dificultad radicaba en el hecho de que éstos retrasaban a los primeros. Pero Belami no tardó en resolver el problema.

Basándose en un pasaje del libro sobre las tácticas que empleaban las legiones romanas cuando utilizaban tropas mixtas, el astuto y viejo soldado entrenó a sus hombres para que actuasen al unísono. Cuando los soldados de caballería iban montados, un infante corría junto a cada caballo, aferrándose al estribo del jinete. Ello significaba que la columna volante en patrulla sólo podía avanzar a la misma velocidad con que podía correr un soldado de infantería o un arquero; sin embargo, cuando los de caballería desmontaban, para llevar al paso a sus monturas, los de infantería, después de un breve descanso, podían alcanzarles fácilmente.

Durante un ataque real, los mejores arqueros montaban a la grupa de los caballos de los lanceros turcos, para descabalgar a último momento y brindar apoyo en el ataque final con lluvias de flechas. Ello requería una intensa instrucción, mucho renegar y violentas peleas, pero afortunadamente la táctica resultó efectiva.

La columna volante de Belami avanzaba casi tan rápidamente como lo había hecho originalmente sin la infantería. El astuto veterano había encontrado una solución viable al problema que el Gran Maestro le había planteado, que era precisamente lo que el inteligente y viejo caballero templario sabía que pondría en práctica. Arnold de Toroga no era ningún imbécil.

Cuando Reinaldo de Chátillon finalmente botó su pequeña flota y partió siguiendo la costa del mar Rojo, se enfureció al comprobar que una columna volante de los templarios a menudo seguía paralelamente su curso por tierra. Cada objetivo que elegía se le tornaba imposible de saquearlo sin ser descubierto. Sólo cuando dividió a la flota en dos partes, logró el airado De Chátillon desembarcar y saquear los puertos del mar Rojo, principalmente sobre el costado de África.

Belami no podía detener a los dos bandos de asaltantes, pero lograba hacerles las cosas difíciles a ambos. El resultado fue que sólo un número muy reducido de objetivos elegidos por los corsarios fueron saqueados o sitiados, como Aydhab en la costa africana. Esta táctica dilatoria dio tiempo al almirante Lulu, comandante de una flota egipcia, para desplegar sus naves y obligar a levantar el sitio de Eyla. Los corsarios aún tuvieron

ocasión de atacar y hundir un barco de peregrinos árabes que navegaba hacia Jedah, sin que hubiera sobrevivientes, y prendieron fuego a naves ancladas en Al-Hawra y Yambo. El mundo musulmán estaba horrorizado, pero, de no haber sido por la presencia de Belami en muchos de esos objetivos, la matanza hubiera sido mucho peor. Una y otra vez, la columna volante de los templarios frustró el ataque y la matanza que pretendían llevar a cabo los francos. Naturalmente, De Chátillon estaba furioso y, al fin, tuvo que suspender los ataques espontáneos en la zona del mar Rojo.

El momento culminante llegó cuando el almirante Lulu desembarcó con sus tropas, las hizo montar en caballos beduinos que consiguió en el lugar y desmembró a los corsarios de De Chátillon en el cañón de Rabugh.

Reinaldo de Chátillon salvó la vida por un pelo y la mayoría de sus hombres fueron muertos. El Señor de Kerak entonces se retiró apresuradamente a su fortaleza en Kerak de Moab, que era tan inexpugnable como puede serlo un castillo.

Puede parecer extraño que la misión de Belami consistiera en interceptar a las fuerzas francas, pero tales eran los intrincados juegos políticos de la época. Belami no había perdido ni un solo hombre, ya fuese de caballería o de infantería, pero había evitado matanzas en gran escala de personas inocentes a manos del Señor de Kerak. Eso sólo había mitigado el fuego de la venganza de Saladino y, vitalmente, brindó a Arnold de Toroga más tiempo para reforzar su guarnición en Jerusalén.

La Pax Saracénica quedó hecha añicos; la Jehad estaba a punto de estallar, y el 29 de septiembre de 1183, el comandante sarraceno cruzó el río Jordán, asoló la fértil llanura de Ghaur y saqueó la ciudad de Beysan, que había sido abandonada por sus defensores cristianos.

Luego avanzó por el valle de Jezreel y acampó junto al Pozo de Goliat.

Saladino había arrojado el guante.

Belami regresó volando a Jerusalén e informó al Gran Maestro de los templarios.

—Pero, Belami —protestó Simon—, ¿de qué lado estamos nosotros?

—Ciertamente no en el de De Chátillon, mon brave. Ese bastardo asesino ha roto la tregua y traicionado la causa cristiana. Habría sido capaz

de asesinar a cada hombre, mujer y niño de aquellas ciudades indefensas del mar Rojo. La suerte de esta guerra política ha cambiado y ahora tenemos que enfrentar la ira de Saladino. Pero por lo menos nosotros no somos asesinos de criaturas.

El veterano tenía razón, y Simon y Pierre así lo comprendieron.

—Esos cruzados políticos me superan —dijo Pierre de Montjoie, con voz lastimera—. Pero es mejor formar parte de una Cruzada para llevar el cristianismo a los paganos, que ser marcados como asesinos de niños por la historia.

—Lo que demuestra —dijo Belami, con una sonrisa—, que no eres tan idiota como a veces me lo pareces.

Todos esos acontecimientos ocurrieron en el transcurso de muchos meses y si bien pareció una pérdida de tiempo para los dos jóvenes servidores, lo cierto es que convirtió a la columna volante de Belami en una de las más efectivas unidades tácticas de ultramar. No tardaría en ser puesta a prueba en el campo de batalla.

Saladino resultaría ser un duro adversario. El hecho de que Zeng, el atabeg, hubiese sido asesinado por su propia gente, mantenía a Saladino en alerta constante. Los Asesinos del culto de Sinan-al-Raschid habían efectuado dos intentos y estuvieron a punto de cumplir su misión con éxito.

En el último atentado, fue la capucha de malla de Saladino, que le cubría la cabeza y el cuello, lo que detuvo el golpe. Estuvo tan cerca de la muerte, que desde entonces mantuvo una constante vigilancia incluso sobre sus compañeros de más confianza, puesto que uno de los atacantes fue un miembro de su guardia personal.

Ahora que había declarado abiertamente la Jehad, el líder sarraceno se mantenía doblemente vigilante.

Su última victoria contra los cruzados, antes de la tregua, había tenido lugar en «La locura del rey Balduino», el Castillo de los Pesares en el Vado de Jacobo. Saladino sitió la fortaleza durante cinco días. Al fin, los gruesos muros cayeron, al ser socavados por los zapadores sarracenos, que luego prendieron fuego a los soportes de madera del interior de los túneles.

Al quinto día, había entrado en el castillo; liberó a los prisioneros musulmanes y luego derribó toda la fortificación. Desde entonces, reinó una tregua con altibajos hasta que se declaró la Guerra Santa.

Durante otra batalla previa —un ataque combinado de fuerzas de los templarios, hospitalarios y francos al campamento de Saladino en la Pradera de las Fuentes, cerca de Mesafa—, Saladino derrotó a los cruzados y capturó a sus jefes. Entre éstos se encontraban Raimundo III de Trípoli, Balián de Ibelin, Balduino de Ramia y Hugh de Tiberias. Además de estos importantes caballeros francos, tomó Prisioneros a los maestros de ambas órdenes militares. Odó de Saint Amand había sido uno de ellos.

Todos los caballeros salvo Odó fueron liberados, a cambio de un rescate y de la solemne promesa de no continuar la lucha contra Saladino. Sólo de Saint Amand se negó a formular este sagrado juramento y tampoco quiso ofrecer rescate.

—El dinero de los templarios no me pertenece para que pueda utilizarlo en mi propia liberación —había dicho con tono desafiante Saladino había quedado admirado del coraje feroz del Gran Maestro en la batalla y, una vez más, le ofreció la libertad sin rescate si hacía el juramento. Odó de Saint Amand rehusó de nuevo, y falleció en prisión a causa de las fiebres, en Damasco, unos meses más tarde.

Saladino lamentó su muerte y le enterró con todos los honores, como correspondía a un valiente y caballeroso adversario. Posteriormente, los demás hidalgos renegaron de sus promesas y se complotaron contra Saladino durante la tregua. Su arzobispo les absolvió a todos.

Cuando Belami contó a Simon las circunstancias de la muerte de su padre, había puesto el acento en la generosidad de Saladino.

—¿Durante cuánto tiempo fue Gran Maestro mi padre? —preguntó Simon.

—Desde 1171 hasta 1179; ocho años consagrados al servicio de la Orden. Cuando tú naciste, en 1163, tu padre era caballero templario. En los siguientes ocho años, a raíz de su destreza, brío y valor, llegó a ser Gran Maestro de la Orden del Templo. Tuvo la muerte de un soldado, Simon.

Saladino le respetó y le honró no sólo como soldado, sino también como

erudito. El líder sarraceno le dio a tu padre todas las posibilidades para que pagara un rescate o diese su palabra de honor a cambio de su libertad.

Saladino es tan caballeroso como el mejor de nuestros caballeros cristianos, si no más.

Con el regreso de Belami a Jerusalén, y su extenso informe sobre los ataques de De Chátillon y la destrucción de sus fuerzas en el Cañón de Rabugh, Arnold de Toroga había recibido también nuevos refuerzos de tropas templarias de Acre. Sus fuerzas se encontraban en su plenitud y le ofreció los servicios de la Orden a Guy de Lusignan, ahora el incontestable regente de Jerusalén.

El atormentado cuerpo del joven rey Balduino IV estaba al borde de la muerte, con los miembros paralizados y prácticamente putrefactos. Su mente aún seguía activa, pero su habilidad para el mando casi la había perdido. De Lusignan vio llegada su oportunidad y convocó a todas las fuerzas del reino en su ayuda. Raimundo III de Trípoli, los grandes maestros de los templarios y de los hospitalarios, los hermanos Ibelin, Reinaldo de Sidón y dos poderosos visitantes, Godofredo, duque de Brabante, y Ralph de Mauleon, todos le respaldaron con su peso político.

Incluso el despreciable Reinaldo de Chátillon llegó corriendo de Kerak de Moab, para unir sus lanceros a los de los cruzados. Los políticos tienen una conciencia de corta vida.

—¡Judas Iscariote! Sabemos hasta qué punto podemos confiar en De Chátillon. Pero no tenemos alternativa. De pronto el cerdo embustero es nuestro aliado. ¡Quiera Dios que no tenga que salvarle el pellejo!

Belami protestaba, pero, como siempre, él obedecía las órdenes. Los cruzados partieron de Jerusalén, con gran despliegue de banderas, exóticos guiones y escudos francos de brillantes colores, en contraste con las negras sobrevestas de los cuerpos de servidores de los templarios y los hospitalarios, y por supuesto la vestimenta totalmente blanca de los caballeros templarios. Con ellos se alineaban los lanceros turcos a caballo, y los auxiliares de infantería. En total, después de dejar una reducida guarnición en Jerusalén, los cruzados reunieron un millar de caballeros y lanceros, además de 10.000 infantes. No tenían idea de que las tropas de

Saladino ascendieran a más de 20.000 hombres, de caballería, arqueros montados, escaramuzadores y soldados de infantería, divididos en tres fuerzas principales. Éstas eran comandadas por Saladino en persona, con Taki-ed-Din, su sobrino favorito, y su hermano mayor, Feruk-Shah, al mando de otras dos divisiones. Los sarracenos eran todos guerreros avezados, ágiles y mortales en el campo de batalla. Superaban a los francos en más de dos a uno.

Si hubiesen aplicado el método de Belami de combinar las columnas de la caballería con las de infantería, los cruzados habrían llevado ventaja.

Lamentablemente, la caballería se veía obligada a disminuir la marcha al paso más lento de la infantería, lo que daba a los sarracenos la ventaja de una mayor movilidad y rapidez.

El joven Homfroi de Toron, que se apresuraba a unirse a las fuerzas francas con las tropas de su padrastro de Outrejourdain, se encontró con que les salieron al paso los ayyubids y eliminaron a sus tropas. Él mismo, aunque sólo tenía diecisiete años, luchó valientemente, pero tuvo que retirarse a Kerak, donde buscó refugio. Como fuerza de combate, sus diezmadas tropas estaban acabadas.

La primera batalla entre los dos ejércitos en la Jehad de Saladino tuvo que librarse en el Llano de Jezreel. La columna volante de Belami entró al ataque, con Simon y Pierre al frente de un centenar de hombres de caballería e infantería, con el veterano al mando de los cincuenta lanceros turcos restantes. La tarea de Belami consistió en vencer a los escaramuzadores sarracenos, un millar de arqueros escitas, capaces de disparar desde la silla de su montura.

Cada vez que estos guerreros avanzaban para soltar una nube de flechas, las fuerzas mixtas de Belami tenían que interceptarles y anular su ataque.

Además, los escitas perdían muchos hombres abatidos por los arqueros de Simon y Pierre, que participaban en la batalla, montados a la grupa de los caballos de los lanceros turcos. Cuando saltaban al suelo y disparaban sus dardos mortales, docenas de escaramuzadores escitas caían de sus sillas.

Las filas de los sarracenos se declararon en retirada. Inmediatamente, Belami y sus servidores entraron a la carga, enfilando a los aterrados

arqueros escitas con sus lanzas. Antes de que los escaramuzadores pudiesen reagruparse, la columna volante de los templarios había barrido el terreno para cubrir a los arqueros que habían desmontado. Luego, repetían la táctica de recoger a los arqueros, que montaban a la grupa de los lanceros, y se reunían con la columna franca. Era una perfecta maniobra de manual.

Si Guy de Lusignan hubiera sido un comandante más eficiente, todas sus fuerzas habrían utilizado la misma táctica. Lamentablemente, el regente de Jerusalén era un excelente político pero un mal general. Hizo alto con las fuerzas francas en los Pozos de Goliat, en vez de avanzar directamente contra la fuerza principal de Saladino, antes de que hubiesen podido formar su línea de ataque en forma de media luna.

Los francos, templarios y hospitalarios confiaban grandemente en tácticas anacrónicas. Siempre habían puesto en práctica su táctica principal: concentrar el peso de los caballeros atacantes en una masa compacta, para romper las filas de los paganos. De Lusignan confiaba que podría valerse de la misma maniobra antigua de nuevo.

Belami maldecía en árabe, su lengua preferida para renegar con eficacia.

—¿Por qué el maldito imbécil no se da cuenta de que Saladino está a la espera de la carga de los francos? ¡Por los huesos del Profeta, cuando el condenado «Calzones de acero» finalmente ataque con sus caballeros, ese astuto sarraceno abrirá las filas centrales y dejará que la fuerza de la carga se pierda en el aire! Entonces, Saladino hará girar la caballería formando la media luna y atacará a De Lusignan por la retaguardia, mientras nuestros guerreros correrán a la desbandada en el medio. Hasta un niño podría darse cuenta de por qué Saladino ha dispuesto a la caballería en esa formación de media luna. ¡Que Dios me dé fuerzas! ¿Por qué tenemos que estar a las órdenes de un estúpido?

Así las cosas, aparte de algunos encontronazos de pequeñas unidades de caballería por ambas partes, De Lusignan permaneció acampado cerca de los Pozos de Goliat, mientras sus camaradas discutían con ardor.

La verdadera razón de su vacilación residía en el inesperado tamaño del ejército de Saladino. Su formación en media luna parecía extenderse, desde

un extremo al otro, sobre una distancia de una milla. Atacarlo, ahora que había maniobrado hasta formar su más efectiva línea de batalla, parecía suicida. De Lusignan no se había decidido a atacar a los sarracenos mientras estaban formando filas, y ahora era demasiado tarde.

Saladino intentó provocar a los francos para que iniciaran una carga frontal, pero fracasó en hacer entrar a los líderes divididos en la batalla.

Todo se desintegró en pequeñas acciones en patrulla y ataques con lluvias de flechas de los arqueros escitas. El cielo se nublaba de flechas lanzadas con sus arcos, pero pocas de ellas hacían blanco en las tropas francas protegidas con cotas de malla, sino que se clavaban en el suelo, donde parecían espigas de trigo. En cambio, las flechas más pesadas de los cruzados dejaban vacía más de una silla de montar de los escitas.

Después de cinco días de escaramuzas, y de unas pocas bajas entre las tropas francas, De Lusignan buscó seguro refugio detrás de las orillas del Jordán.

Belami estaba furioso.

—Bien, Simon —dijo—, ¿qué te parecen nuestras brillantes batallas?

¡Qué condenada pérdida de tiempo y de energías!

—Estoy confundido —repuso el joven normando—. Yo podría seguir fácilmente nuestras propias acciones. Tu táctica funcionó perfectamente, Belami. ¿Por qué nuestro Gran Maestro no aprovechó la ventaja que le dimos?

—¿Por qué no vuelan los cerdos? —gruñó Belami—. ¿Cuál es tu opinión sobre esta batalla inexistente, Pierre? Vamos, muchacho, como futuro caballero se supone que debes decirme qué hacer algún día. ¿Qué dices?

—¡Es una farsa! —contestó Pierre, fastidiado—. Una maldita riña de gallos. Lo hicimos mejor cuando luchamos contra De Malfoy.

Belami y Simon rieron tristemente, pero el veterano estaba preocupado.

—Si así es como De Lusignan piensa continuar, será mejor que nos retiremos detrás de fuertes murallas y esperemos que nos releven antes de que nos muramos de hambre.

El primer choque armado en la Jehad Santa había sido un gesto fútil, malo para la moral y una señal de que lo que vendría sería peor.

Saladino estaba perplejo ante la insólita renuencia de los francos a combatir. Habían perdido su oportunidad cuando los sarracenos se desplazaban para ocupar sus posiciones, y ahora parecían conformarse con retirarse al otro lado del río Jordán. El astuto líder sarraceno también había observado las acciones bien coordinadas de una pequeña columna volante comandada por los servidores templarios. Las maniobras de las tropas de caballería y de infantería combinadas constituirían una táctica difícil de superar si la adoptaba universalmente el resto de las fuerzas francas. Uno de sus cuerpos de exploradores, que habían enfrentado a las fuerzas corsarias de De Chátillon en el mar Rojo, había informado de que una columna de templarios estuvo aplicándola allí. Lo que resultaba sorprendente era que parecía que más bien trataban de obstaculizar a los bandidos francos en vez de luchar contra ellos. El informe parecía carecer de importancia en aquel momento, pero, después de ver lo efectivas que eran aquellas maniobras en acción contra los escitas, de repente Saladino comprendió que tenía sentido.

¿Pero por qué los templarios habían puesto a prueba su nueva táctica contra sus propios aliados? El agudo cerebro del sarraceno siguió dando vueltas al problema, hasta que recordó el relato de su hermana Sitt-es-Sham del ataque de De Chátillon contra su caravana camino de La Meca. ¿Acaso aquellos tres servidores templarios eran también los responsables de aquellas curiosas maniobras nuevas? Sin duda, ellos habían salvado a Sitt-es-Sham de la muerte o de algo peor. Presumiblemente, habían actuado bajo las órdenes de su Gran Maestro, para tratar de preservar la Pax Saracénica.

¿Por qué? ¿Tal vez para ganar tiempo con el fin de lograr más refuerzos?

El comandante sarraceno resolvió enviar más espías a Jerusalén. Así contaba con más de un centenar de hombres confiables allí. El misterio le irritaba. A Saladino le gustaba conocer la solución de los enigmas. El caos le perturbaba. El sultán era esencialmente «un hombre cósmico». Quería que todo estuviese en orden. Para él, todo nuevo desarrollo en el campo de los infieles requería una explicación.

Se durmió, pensando todavía en aquella extraña táctica. Su último pensamiento, antes de que el sueño le venciera, fue que le hubiera gustado conocer a los hombres a quiénes se les había ocurrido aquella maniobra tan bien ejecutada. Le habría gustado que fuesen sarracenos en vez de templarios.

El paso siguiente de Saladino sería contra Kerak, la fortaleza de su archienemigo Reinaldo de Chátillon, al sureste del mar Muerto.

Durante la batalla indefinida en el Llano de Jezreel, ni Simon ni Pierre habían entrado en combate cuerpo a cuerpo, salvo con la lanza, si bien Simon había abatido a cuatro escitas durante el intercambio de flechas.

Para sorpresa suya, tanto él como Pierre habían sido alcanzados por varias flechas sarracenas, pero las ligeras saetas de caña no habían logrado penetrar ni sus armaduras ni los acolchados petos de sus monturas.

Tampoco Belami tuvo ocasión de utilizar su hacha de guerra y también él recibió varias flechas escitas, sin que atravesaran su cota de malla.

—He visto cruzados que parecían puerco espines —comentó— con flechas sarracenas clavadas en sus sobrevestas. Sin embargo, un par de ellas hicieron verdadero daño, al alcanzar el cuello, la cara o una mano desprotegida. La lección es simple. Mantener todas las partes del cuerpo bien cubiertas y la cabeza baja durante las lluvias de flechas que disparan desde largas distancias.

Todo aquello había sido un anticlímax. La ardiente discusión que tuvo lugar en Jerusalén giró sobre la peligrosa indecisión de Guy de Lusignan.

Algunos, como De Chátillon y Raimundo III de Trípoli, le acusaron llanamente de cobardía. El moribundo rey estaba conmocionado y rabioso.

En su horrible estado, el pobre desgraciado había pedido a De Lusignan que le instalara en la ciudad de Tiro, donde la brisa marina sería beneficiosa para la lepra que le devoraba. En un acto inhumano, De Lusignan rehusó hacerlo. Con las débiles fuerzas que le quedaban, el rey Balduino IV depuso al regente y proclamó a su sobrino, que también se llamaba Balduino, el hijo de seis años de su hermana Sibila, heredero suyo.

De Lusignan se puso furioso y regresó a Ascalón, otra de sus posesiones. Entonces sorprendió a todos negándose a obedecer al rey

moribundo. Belami quedó tan pasmado como los demás.

—Ello sólo demuestra cómo han cambiado las cosas mientras estuve lejos de Tierra Santa. Hubiese apostado hasta mi último céntimo que De Lusignan era un buen comandante y un honorable caballero. Hasta esperaba que el Alto Consejo le nombraría a él antes que a De Chátillon o a Raimundo III de Trípoli. ¡Por Judas Iscariote, estaba equivocado!

El recio servidor meneó la cabeza, azorado.

—He visto a Guy de Lusignan en el campo de batalla, luchando junto a Odó de Saint Amand. En aquella época combatía bien. Me pregunto qué mujer le habrá doblegado la voluntad.

Simon se sonrió.

—Lo que dices se parece más a lo que diría el hermano Ambrose que Belami. «El engendro del maligno», era como describía a las mujeres. Sea como fuere, ¿por qué una mujer? Quizá el daño lo ha causado una enfermedad.

—Es posible —replicó Belami—. Pero parece bastante sano. Mi instinto me dice que se trata de una mujer. ¿Tal vez la hermana del rey, Sibila? Dios sabe que es bastante ambiciosa y es la esposa de De Lusignan. ¡Sí! ¡Ésa debe de ser la respuesta! ¿Por qué otro motivo De Lusignan negaría la alianza al rey si no por la resuelta ambición de Sibila? De alguna manera, presiento que Sibila está detrás de todas estas súbitas indecisiones y vacilaciones. Tal vez tenga algún acuerdo secreto con su esposo. ¡Quién demonios lo sabe!

El veterano se encogió airadamente de hombros y escupió certeramente a un escarabajo, que corrió en busca de refugio.

Su estallido sorprendió a los jóvenes servidores, que nunca habían visto a Belami enfadado a causa de la política. Hasta entonces, había seguido los cambios en el campo de la política encogiéndose únicamente de hombros.

En realidad, Belami estaba profundamente resentido por la defección de De Lusignan. Se había producido en el peor momento posible, con Saladino en acción, el rey en las etapas finales de la lepra y los barones divididos.

—¡Qué endemoniado embrollo! —renegaba Belami—. Mes amis —

agregó, dirigiéndose a sus camaradas más jóvenes—, estáis a punto de ser

testigos de algo que no había ocurrido en muchos años. —Hizo una dramática pausa—. ¡Yo, Belami, servidor mayor de la Orden del temple, voy a emborracharme hasta caerme muerto!

Cosa que hizo, y terminó por hacer destrozos en una taberna hasta que fue dominado con grandes esfuerzos por diez soldados de la guardia. Nadie recibió heridas graves, salvo unos cuantos moretones y la pérdida de algunos dientes. El tabernero recibió una compensación por daños de parte del tesorero de la Orden. Belami fue severamente reprendido por Arnold de Toroga, al igual que Simon y Pierre por haber acompañado y apoyado a su superior. La resaca, sin embargo, fue peor que el castigo. El vino tinto barato, en cantidad, puede causar efectos catastróficos a la mañana siguiente.

La pena consistió en mandarles a Kerak, a instruir a la guarnición allí apostada en la nueva táctica de acción conjunta de la caballería y la infantería. Arnold de Toroga, el Gran Maestro, era un hombre inteligente y eligió un sutil castigo para purgar la falta. Kerak era el castillo de De Chátillon. Belami rugía de rabia.

—¡Confiad en el Honorable Gran Maestro cuando queráis que se le ocurra algo especial! —Luego lanzó una de sus fuertes carcajadas—.

¡Maldito sea por ser tan imbécil! Lo tengo bien merecido. Allons, mes amis.

Animó a sus compañeros, que trataban de aliviar el dolor de cabeza que sentían.

—Vamos a Kerak. Tengo entendido que se celebrará una boda en el castillo. Homfroi de Toron ha de desposar a la princesa Isabella, otro casamiento de conveniencia por motivos políticos. Él sólo tiene diecisiete años, y ella, pobre paloma, apenas doce. Quizá Pierre pueda lograr que la reina Leonor de Aquitania la secuestre antes de la ceremonia ¡Kerak!

¡Merde de merde! ¡Vaya lugar aburrido para vosotros!

Según se sucedieron los acontecimientos, aburrido sería la última cosa que Kerak resultaría ser. Aunque ellos no lo sabían, Saladino se encontraba reuniendo a sus fuerzas para marchar sobre el castillo de Reinaldo de Chátillon. El líder sarraceno tenía la razón de su parte, el poder en sus manos y el instinto asesino en el corazón.

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