El templario
6 Acre, la Puerta a Ultramar
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ACRE, LA PUERTA A ULTRAMAR
El carguero de los hospitalarios fue saludado por la alborozada multitud que se alineaba a lo largo de los muros almenados de Acre. Coloridas banderas, pendones y gallardetes pertenecientes a los caballeros francos se hallaban ondeando en los sombríos confalones de las guarniciones de los hospitalarios y templarios, azotados por la fuerte brisa marina.
La plateada cruz de Malta de ocho puntas, que se destacaba fuertemente sobre el campo negro, se agitaba en lo alto del palo mayor del Saint Lazarus mientras la nave circundaba la punta de tierra y navegaba majestuosamente ante la fortificada isla conocida como la Torre de las Moscas. Al cabo de veinte minutos, ya había echado anclas bajo la imponente muralla de Acre.
A causa de su gran calado, el barco amarró a lo largo de la saliente mole. Fue una tarea ímproba trasladar a los valiosos caballos de guerra desde los improvisados establos en la bodega de la nave por la planchada bamboleante. Todos los animales estaban aterrados y les flaqueaban las patas por falta de ejercicio. El único modo de poder convencer a los pesados corceles a pisar las gruesas tablas de la rampa que les llevaría a tierra fue tapándoles los ojos y llevarles con su jinete y un mozo conocido a cada lado, tranquilizándoles y dándoles ánimos.
Sin embargo, en cuanto ponían pie en tierra firme, los grandes caballos se reponían en seguida, y no tardaban en trotar para eliminar la lasitud que se había apoderado de ellos a bordo de la nave.
Pegaso acarició con el morro la mano de Simon, mientras le llevaban del barco a tierra, y cuando el joven jinete volvió a montarlo en el extremo de la muralla, el gran caballo de guerra normando cabrioló y corveteó alegremente.
Calaban, el caballo de Belami, fue el segundo en bajar y también recobró rápidamente su acostumbrado élan, contento de sentir de nuevo las fuertes piernas del veterano sobre su ancho lomo.
El portal de Acre se encontraba abierto para recibir la tan esperada y necesitada carga de provisiones vitales. Los refuerzos de la caballería pesada y de los soldados bien instruidos eran especialmente apreciados, y la llegada de los diestros hospitalarios traía una nueva esperanza a los heridos y enfermos, en aquel momento al cuidado del escaso personal del hospital de la ciudad, parte del cual se encontraba también postrado por la fiebre.
La sensación de alivio era evidente. Toda la ciudad estaba enjéte.
Aquellos de los recién llegados que no conocían Tierra Santa se mostraban anhelantes de emoción, y todos ellos estaban encantados por la calidez de la bienvenida que les brindaban. El comandante de la nave de los hospitalarios agradeció a sus huéspedes templarios su aguerrida ayuda, expresó sus condolencias por la muerte de Phillipe y les ofreció la hospitalidad de su Orden en Acre. Pero como había una pequeña guarnición de los templarios en la ciudad, Belami se creyó en el deber de pasarles su informe primero. Jean Condamine les abrazó calurosamente.
—Compañeros en la batalla, amigos para siempre —dijo, simplemente.
El cadáver de Phillipe fue llevado a tierra con el debido respeto y, siguiendo con lo acordado por los tres templarios, fue enterrado, aún embalsamado en el barril de agua, directamente fuera de las murallas de la ciudad. Aquél era el sitio donde, si hubiera vivido, habría puesto los pies por primera vez en Tierra Santa. Belami tenía un sentido natural para saber lo que era justo.
—Aquí es donde me gustaría que me enterrasen —le recordó Pierre de Montjoie a Simon su promesa.
—Esperemos que no sea necesario —repuso el joven normando.
—Conozco muchos lugares peores para una tumba —observó Belami
—. Con las murallas de piedra de Acre detrás de la cabeza y las cálidas aguas del mar cerrado a tus pies, éste es un sitio de reposo adecuado para un cruzado.
Elevaron en silencio una plegaria por el reposo del alma de Phillipe, con las manos sobre las empuñaduras de sus espadas desenvainadas, apoyadas en el suelo, a la manera de los cruzados. Luego se dirigieron a las puertas de la ciudad, abriéndose camino a través de las angostas y populosas callejuelas del principal fuerte de los cruzados.
Dentro de los muros, las vistas y los olores eran nuevos y raros; no menos penetrantes éstos que los de las ciudades europeas, pero sí más exóticos y curiosos. Todas las casas de estilo árabe parecían tener un establo fuera de sus paredes de ladrillos de adobe. Las más opulentas estaban revocadas con yeso. Las más pobres, con barro. Los techos, en forma de cúpula o con tejas, como en el caso de los hogares de los mercaderes ricos, formando un marcado contraste con los de hojas de palmera secas colocadas encima de los cañizares de bambú en las viviendas más miserables.
El clamor de las calles era tan ensordecedor como en París, Lyon y Marsella, pero el coro de fondo de las conversaciones era sorprendentemente distinto. El aire vibraba con el fluido glótico del árabe, la sibilante cadencia del armenio y el sonido musical del latín. A esas lenguas se agregaban el francés, español, italiano y griego, en tanto que un pequeño contingente teutónico marcaba un contrapunto gutural a la cacofonía general.
Las especias orientales —cardamomo, comino, coriandro, pimienta, cinamomo, nuez moscada y jengibre— competían con los perfumes de Arabia, aceite esencial de rosas, incienso y azares dulcemente perfumados para mitigar el hedor del estiércol de caballo y de vaca, que cubría abundantemente las estrechas callejuelas.
Para Belami, la escena familiar evocaba infinitos recuerdos de sus años de servir en las cruzadas en Tierra Santa. Para Simon y Pierre constituía una revelación. Podían mirar hacia el interior de muchas tiendas abiertas de
artesanos, mientras avanzaban a paso lento obligando a las monturas a abrirse paso entre aquel tumulto babélico. Lo que veían les dejaba estupefactos. Bernard de Roubaix tenía razón cuando le decía a Simon que el mediano Oriente no era un incivilizado remanso de ignorancia. Aquellos artesanos esforzados eran moros, árabes, turcos, armenios, sirios y persas conversos. Otros provenían de tierras más lejanas. Además, los intrincados instrumentos, las finas armas y ornados artefactos que elaboraban superaban con mucho todo lo parecido que Europa podía producir. Un metalista árabe, de barba blanca y flaco como un halcón del desierto, ponía los toques finales a un astrolabio, un delicado ejemplo de la habilidad del fabricante de instrumentos.
Otro árabe de anchas espaldas, con las manos tendinosas de un herrero, forjaba la resplandeciente hoja damasquina hecha con una amalgama de hierro al rojo vivo y barras de acero.
—¡Una espada para un príncipe! —murmuró Pierre.
En todas partes, artistas y artesanos, tejedores de alfombras, sastres, fabricantes de armaduras, de arcos y flechas, repujadores de cuero, trabajaban los unos al lado de los otros en un vasto panorama de habilidad y de conocimiento. Ello asombraba a los jóvenes servidores mientras avanzaban con sus monturas al paso, y los ojos muy abiertos.
—Nosotros, los cristianos, somos los ignorantes —dijo Simon, con notable honestidad.
Pierre de Montjoie asintió con un gruñido. Apenas podía dar crédito o apreciar el amplio abismo que se abría entre las culturas de la cristiandad y el islam, encerrados en su amarga lucha para obtener la supremacía.
Experimentó una cierta frustración al comprobar que la gente que él había venido a convertir a la fe de Cristo obviamente sabía más sobre las artes, la artesanía y las ciencias que los de su propia fe. La desagradable sorpresa le mantuvo preocupado durante varios días.
En una ocasión, Belami había experimentado una reacción similar ante las aptitudes de Oriente, pero a partir de la primera campaña en Tierra Santa había absorbido buena parte de la sabiduría del mediano Oriente.
Para Simon de Creçy era todo mágico. Como erudito, cuya rápida mente era capaz de absorber conocimientos como una esponja, se regocijaba ante cada nueva muestra de civilización.
«Eso lo heredó de su madre», pensaba Belami. Su padre fue siempre un hombre de acción. Buena parte de sus conocimientos filosóficos los aprendió de la dama que le dio un hijo, que él nunca se atrevió a reconocer.
Simon aún no sabía quién era su madre, pero por sus venas corría la sangre de una mujer excepcional.
El cuartel general de los templarios en Acre tenía más el carácter de una presencia oficial que de una fuerte guarnición. El fornido mariscal comandante, Robert de Barres, les saludó con poco ardor.
—Estaba esperando un refuerzo de siete cadetes además de vos mismo, servidor Belami. Bernard de Roubaix me escribió en esos términos —dijo, secamente, su rostro sudado enrojecido por el fastidio.
Belami dio un paso adelante, saludó y le dio un conciso informe de los acontecimientos ocurridos en Francia y alta mar. No rehuyó responsabilidad alguna, pero comentó que sus acciones en el caso de De Malfoy habían merecido la aprobación del comandante templario en actividad en Orange.
El veterano subrayó la valentía y la devoción al cumplimiento del deber de todos sus cadetes, tanto los vivos como los muertos. Fue un modelo de informe militar por su concisión. Cuando hubo terminado, saludó y retrocedió un paso para ponerse en fila junto a Simon y Pierre.
De Barres, a pesar suyo, estaba impresionado. Sin embargo, advirtió con satisfacción las bellas facciones y la magnífica planta de Simon. Al elegante mariscal templario le encantaba la belleza masculina.
Como comandante de las fuerzas de los templarios en Acre, Robert de Barres tenía la impresión de que la más nutrida guarnición de los hospitalarios rebajaba su posición y autoridad. Él intentaba compensarlo mediante la imposición de una excesiva disciplina a sus hombres. Ello no había aumentado su popularidad con los templarios de la guarnición bajo sus órdenes.
Belami presintió el subyacente antagonismo y se dispuso a establecer su posición y la de sus jóvenes servidores. Sólo uno de los templarios de la
guarnición había servido previamente con el veterano. Era Gilbert d’Arlan, un sagaz y viejo soldado de las Ardennes. El calvo cruzado saludó a Belami con un fuerte abrazo, evidentemente contento de compartir sus responsabilidades con un camarada de armas tan generoso de corazón y tan astuto.
—Todo ha cambiado desde la época que estuvimos juntos, Belami —
rió, torciendo los labios—. Ahora todo es política. Poco combate auténtico y muchas maniobras para acceder al poder. Incluso se rumorea que el contingente alemán se encuentra aquí para formar su propia orden teutónica; pero, conociendo a los hunos cabeza dura, eso les llevará mucho tiempo. Son buenos soldados, pero lentos, Belami. A pesar de todo, hay unos cuantos por aquí y varios más en camino, según dicen.
—Fuertes de brazo y duros de mollera —comentó Belami, con una risotada—. Son hombres que vale más tenerles de tu parte. No me gustaría nada luchar contra los hunos. ¿Cuál es la posición de la guarnición, viejo amigo?
Como había hecho Belami, el servidor D’Arlan le dio un conciso informe de la situación militar en Acre.
—Las murallas de la ciudad son fuertes como siempre y se han añadido unas cuantas torres más. El mando se encuentra bajo el señorío del condestable, Almaric de Lusignan. El convoca a diez de sus caballeros francos, que le ayudan a llevar las cosas. Luego está Balian de Jaffa, un buen chevalier, al igual que Pagan de Haifa y Raymond de Scandelion, ambos hombres valientes, con otros veintiún caballeros bajo su mando conjunto. Además, el conde Joscelyn, Jordan de Terremonde y Gilles de Calavadri, todos ellos cruzados experimentados, que pueden poner cada uno de ellos una docena o más de caballeros en el campo. De modo que, con unos pocos dignatarios inferiores y sus seguidores, podemos reunir a unos ochenta caballeros francos.
Belami lanzó un silbido de sorpresa.
—Eso no es un ejército con que hacer frente a los sarracenos, cuando lleguen.
El servidor D’Arlan se sonrió.
—Todavía tenemos que tomar en cuenta a las guarniciones de los hospitalarios y templarios. En total, podemos reunir a unos 150 hermanos, principalmente hospitalarios, y eso incluye a sus servidores también. Como de costumbre, eso significa que el cuerpo de servidores llevará el peso de la acción; además de los auxiliares, por supuesto.
—¿Qué pasa con ellos? —preguntó Belami.
—Son turcos, como siempre —respondió D’Arlan—. Trescientos buenos lanceros, si bien ligeramente armados.
Belami asintió con la cabeza, y se volvió hacia Simon y Pierre para darles una explicación.
—Los turcos son auxiliares. Son buenos combatientes. Magníficos jinetes y arqueros, y confiables en la batalla. Les he tenido al mando muchas veces. Le recomendaré a De Barres que os dé el mando de una tropa de veinte turcos, y yo comandaré una tropa doble. Eso significa... —
Hizo una pausa y sonrió— que os convertiréis en servidores de pies a cabeza.
Simon y Pierre lanzaron un grito de alegría. Belami interrumpió su manifestación excesiva de entusiasmo.
—Todavía no estáis confirmados en el rango. Eso queda en manos mariscal, pero no creo que debáis preocuparos. ¿Eh, Gilbert?
El otro veterano asintió con la cabeza.
—Y no os creáis que lo sabéis todo —les advirtió—. Belami tiene muchas más cosas que enseñaros. Pero vuestro mejor maestro, y aun exigente por cierto, es la propia Tierra Santa. El desierto os puede matar rápidamente, por poco que le deis oportunidad. Los uadis y los pasos estrechos a través de las montañas son lugares ideales para una emboscada.
Y recordad, mes amis, que los paganos conocen cada palmo de sus tierras.
Así que aprended tan aprisa como podáis. Un buen comandante debe tener buen ojo para reconocer el terreno. Sólo entonces puede escoger el sitio correcto como campo de batalla.
El servidor D’Arlan no andaba con rodeos. Por eso era tan buen soldado.
Cuando De Barres confirmó formalmente a los nuevos servidores en su rango de comandantes de tropa, les dio a cada uno un abrazo. Belami advirtió que el mariscal prolongaba el contacto con el cuerpo esbelto y fuerte de Simon un poco más de lo que la ocasión requería. Al veterano servidor templario aquello no le gustó nada. Lo último que le faltaba a Simon era un problema con su nuevo comandante en jefe.
Los jóvenes estaban entusiasmados con el hecho de haber sido promovidos oficialmente y se fueron a celebrarlo con Belami, D’Arlan y otros jóvenes servidores de la guarnición de los templarios.
—Muy bien —dijo su tutor—, beberemos un buen vino tinto a vuestro cargo, mes braves, pero a partir de mañana habrá doble ejercicio, hasta que seáis capaces de manejar a vuestras tropas como sabéis manejar la espada.
Las calles de Acre bullían de actividad después de la larga siesta de la tarde. La súbita oscuridad aún no había caído y, como estaba a la mitad del verano, el desfile de ciudadanos de la rica ciudad era constante, paseando arriba y abajo mientras tomaban el fresco de la naciente noche.
Belami les indicaba los diferentes escudos que llevaban las monturas de los distintos caballeros francos, españoles, italianos y alemanes. Aquellos escudos colgados fuera de las viviendas de sus propietarios anunciaban la presencia del caballero en cuestión dentro de la casa.
—De Beaumont, Colin y David de Blois, Honfroi de Beau-lieu, Cartier de Manville, Robert d’Avesnes... Conozco a muchos de ellos. ¡Ah! He aquí uno que no me resulta familiar. Un grifo negro, en reposo sobre campo azur; sobre todo, una cruz teutónica. Ése es un caballo alemán; uno de los nuevos caballeros teutónicos, seguro. ¡Hola! —Belami cambió súbitamente de tema—. ¡Ahí tenéis un par de bellezas para vosotros!
El veterano señaló una lujosa litera, que llevaban sobre los amplios hombros cuatro robustos nubios, probablemente eunucos. Las cortinas de la litera estaban abiertas, por cuanto aún hacía calor, a pesar de la brisa marina que soplaba por las estrechas callejuelas. Dentro de la litera iban dos mujeres jóvenes, una deliciosa morena y una ceñuda pelirroja de generosas proporciones. Ambas iban ricamente vestidas y proferían risitas como
adolescentes. Al pasar ante el grupo de los jóvenes servidores, las dos mujeres lanzaron admirativas miradas a la alta figura y las clásicas facciones de Simon. Aún seguían mirándole apreciativamente cuando la corriente de gente apresurada las llevó doblando la esquina.
—Una cosa no ha cambiado —dijo Belami, sonriendo—. Las putas siguen siendo hermosas en Acre.
Aquélla era una forma sorprendentemente diferente de ver Tierra Santa de las que les habían enseñado a Simon y Pierre. El viejo hermano Ambrose nunca había hecho referencia a ello.
Más tarde, cuando abandonaban la taberna donde celebraran modestamente el nombramiento, los jóvenes vieron otro aspecto de la vida en ultramar. Esta vez se trató de un asunto de vida o muerte.
Su comandante en jefe, Robert de Barres, fue la figura central implicada. Paseaba por la calle de los Armourers, acompañado por dos de sus lanceros turcos de mayor confianza. Belami, Simon y Pierre acababan de despedirse de sus nuevos amigos, cuando todo sucedió con la velocidad de un rayo de verano. En un primer momento, De Barres se asomaba a una herrería para admirar una espléndida espada de Damasco a la que se le aplicaba el pulido final. Al cabo de un segundo, un árabe alto, que llevaba una gallabieh a rayas y un caftán con capucha, extrajo una daga y se la clavó a de Barres en la espalda.
—¡Asesino! —gritó Belami, una fracción demasiado tarde.
En una acción repentina, el veterano sacó su propia daga, la sopesó por una fracción de segundo y la arrojó.
El asesino no había logrado atravesar la cota de malla del mariscal de los templarios. Alzó la daga para intentarlo de nuevo mientras el caballero se volvía para parar el nuevo golpe.
La daga de Belami cruzó la angosta calle como un rayo y se hundió hasta la empuñadura en la garganta del asesino. Con un grito gutural, cayó a los pies de su posible víctima. Antes de que lanzara el último suspiro, De Barres había extraído la espada y atravesado el corazón del moribundo.
Simon se había adelantado con la intención de ayudar al mariscal, pero Belami le contuvo.
—No intervengas en esto, mon brave —le dijo, secamente.
El viejo soldado cruzó la calle y saludó a De Barres.
—Confío en que no estaréis herido, señor. Estos asesinos usan dagas envenenadas. ¿No sería prudente llamar a un hospitalario para que os atendiese, señor?
De Barres sonrió con una mueca de dolor. El golpe le había dolido terriblemente.
—Gracias por interesaros por mi vida, servidor Belami —repuso de mala gana—. Eso sí que es pensar con rapidez. Los mariscales templarios hace tiempo que son un blanco principal de esos asesinos, desde que nuestro fallecido Gran Maestro, Odó de Saint Amand, trató de eliminarles.
Vos hacéis honor a vuestra reputación, servidor. —Su actitud cambió bruscamente—. ¡Bien hecho! Gracias a nuestra santa Señora y a vos, no estoy herido.
En cuanto se hubo recobrado de la conmoción del frustrado asesinato, el duro ordenancista se mostraba auténticamente agradecido. Más tarde, de vuelta en el cuartel de los templarios, Simon le preguntó a Belami:
—¿Por qué no dejasteis que interviniera? ¿Y qué tuvo que ver mi padre con esos asesinos?
Belami adoptó una grave expresión.
—En primer lugar, ni tú ni Pierre sabíais que esos asesinos actúan generalmente en pareja. Eso os colocaba a ambos en posición de riesgo. En segundo lugar, tu padre era un adversario activo del Culto de los Asesinos.
Si no hubiese muerto en Damasco, en 1179, siendo prisionero de los sarracenos, los asesinos le habrían dado muerte con absoluta seguridad.
Esos diablos nunca cejan en su propósito una vez que han decidido matar a una mujer o a un hombre.
El veterano se explicó más ampliamente:
—El Culto de los Asesinos es una rama de los musulmanes Shi’ite.
Forman una secta extremadamente fanática, que no se condice con la compasión musulmana. Les llamamos Isma’lites. La fundó un persa loco en el siglo pasado. Se llamaba Hassan-as-Sabah. Tenía el cuartel general en Alamut, que significa: «nido de águila». Eso fue en las montañas Daylam,
muy lejos hacia el norte. Los musulmanes les llaman Hashashijyun a los asesinos de esa secta, porque creen que utilizan la hierba mágica, el hachís, tanto antes como después de celebrar un sacrificio. Exteriormente, constituyen un grupo político dedicado al asesinato. Pero la actividad real, detrás de la fachada religiosa, es la magia negra. En otras palabras, mon ami, estos asesinos son unos brujos poderosos.
—¿Quieres decir que tienen poderes mágicos? —preguntó Simon.
—Eso dicen, y ciertamente parecen ejercer una influencia tremenda en todos los pueblos del mediano Oriente. Incluso Saladino, el gran jefe Ayyubid, les teme, y eso que es valiente como un león. Al parecer, los asesinos ya han llevado a cabo dos intentos contra su vida, y el último casi tuvo éxito.
—Yo creía que sólo atacaban a los cristianos —intervino Pierre, que acababa de unirse a ellos.
—¡Nada de eso! El culto tomará como blanco a cualquiera que se les cruce en su camino elegido. Saladino, como Odó de Saint Amand, intentó destruir a las alimañas. En el caso de nuestro Gran Maestro, el propio gran maestro de los Asesinos, Sinan-al-Raschid, o, como todos le conocemos, El Viejo de las Montañas, huyó en un caballo aparentemente sin jinete.
—¿Cómo realizó ese milagro? —rió Simon.
—Puedes reírte, muchacho, pero así sucedió —replicó Belami—. Un caballo sin jinete fue visto huyendo de la emboscada de los templarios y, al cabo de pocos minutos, el jefe de los asesinos estaba montado en él, perfilándose en el horizonte.
A Pierre los ojos se le salían de las órbitas, escuchando con incredulidad.
—¿Cómo es posible que lo sepáis, Belami?
—Porque estaba allí, mi incrédulo amigo. Nuestro Gran Maestro templario estaba tan perplejo como yo. Personalmente —agregó Belami, muy serio—, creo que el djinn de negro corazón estaba aferrado al costado de la silla del caballo supuestamente sin jinete, corriendo en dirección al sol y oculto por la manta de la silla. Es un truco que he visto realizar a los
arqueros montados escitas para hacer creer al enemigo que fueron derribados del caballo.
Todo el mundo creía en la brujería y la hechicería, y la magia existía con la misma realidad que los rayos, las enfermedades y la muerte. Ése era el secreto que avalaba el éxito del uso del terror como táctica por parte de los Asesinos.
Luego, cuando Belami estuvo de nuevo a solas con Simon, le dijo:
—Sinan-al-Raschid nunca debe saber que eres el hijo de Odó de Saint Amand, ¡pues sería tu sentencia de muerte!
Simon se sonrió, pero su sonrisa se esfumó ante la expresión de Belami.
—¿Quieres decir que ese Viejo de las Montañas puede hacerme matar, como si fuese una hormiga?
—En cualquier momento y en cualquier lugar —contestó Belami, con mirada sombría—. Su poder se extiende, como un largo brazo, hasta más allá de las playas de ultramar..., incluso hasta Europa y la hiperbórea isla de Inglaterra. Es por eso que no quise que te vieras envuelto en la pelea.
—Había un hombre allí cerca —explicó Simon—, un pelirrojo alto, de barba enmarañada, también envuelto en un caftán. No me habría fijado en él, Belami, pero me llamó la atención porque tenía un solo ojo. El otro lo llevaba tapado con un parche negro.
Simon le recordaba vívidamente.
—Debía de ser el otro Asesino del equipo —comentó el veterano—. No creo que te viera, Simon, pero indudablemente me vio a mí y me recordará en acción. No te preocupes, tengo ojos en la nuca. Siempre tengo un ojo bien abierto para que no me sorprendan los Asesinos.
Los deberes de los templarios en Acre eran muy similares a los del resto de la guarnición, pero, como ocurría con los hospitalarios, tenían su propia disciplina y podían abandonar la ciudad en patrullas cuando querían. Más que cualquier otra cosa, eran las finanzas de los templarios lo que mantenía las Cruzadas vivas. Sus empresas comerciales extensivas les reportaban inmensas riquezas, y su habilidad para transferir grandes fondos, sin haber de transportar físicamente el pesado tesoro, tenía una extraordinaria
importancia. A pesar de las gabelas del Papa y de los impuestos que se recaudaban en toda Europa e Inglaterra para las Cruzadas, los tesoros de los templarios ocupaban el primer lugar, financieramente hablando. De ahí su absoluta libertad de acción.
Simon y Pierre no tardaron en ejercitarse en las prácticas de la artillería de sitio, y De Barres dedicó toda una jornada a explicar la estrategia y las tácticas de las principales defensas de Acre.
—Como podéis ver, nuestras defensas exteriores son más que suficientes para demorar un estado de sitio durante muchos meses —dijo—.
También podemos recibir provisiones por mar. Cuando vosotros llegasteis, estuvisteis bajo la protección de nuestras catapultas, que pueden lanzar piedras y balas de fuego griegas a una distancia de 300 yardas. No os sorprenda... Este gran alcance se lo da el hecho de estar emplazadas en las altas torres de Acre. Si un día nos atacara Saladino, tendría que acercar muchísimo su artillería de sitio para poder contrarrestar nuestro poder de defensa. Nosotros les superamos en un rango superior al centenar de yardas.
Los dos servidores asintieron con la cabeza para expresar que habían comprendido, y De Barres, que desde el dramático intento de asesinato había aflojado un tanto su férrea disciplina, puso una mano amigable sobre el hombro de Simon.
—Me dicen que eres un buen arquero, De Creçy —dijo, con lo que pretendía ser una cálida sonrisa. De hecho era una horrible desdentada, pues los dientes frontales del mariscal se los había roto una maza sarracena—.
Podrás usar tu talento efectivamente desde estas murallas. Los múltiples matacanes que adornan las almenas sólo son suficientes para evitar la colocación de escaleras y otros artilugios con que salvar las murallas de la ciudad; pero sólo hay espacio para un arquero en cada uno de esos compartimientos de piedra. Tú te sentirás mejor, servidor De Creçy, detrás de un refugio de madera colocado en una de las torres.
Mientras hablaba, De Barres le apretaba el bíceps a Simon de una forma afectuosa y morosa, que desagradó al joven en gran manera, si bien refrenó el deseo de quitarle la mano de encima. Belami también advirtió aquel gesto de parte del mariscal y se quedó preocupado.
—Como muy pronto aprenderéis cuando salgáis en patrulla por el desierto, una de nuestras necesidades tácticas más importantes es el agua —
continuó el mariscal—. Usadla con sobriedad, porque los que conocen todos los manantiales y oasis en muchas millas a la redonda pueden envenenarlos todos. La provisión de agua que llevéis en vuestra bota de cuero de cabra, es literalmente vuestra vida. El sol seca rápidamente la piel y muy pronto el cuerpo pierde sus fluidos. El servidor Belami, por experiencia, conoce la vital importancia de un cuidadoso racionamiento del agua en el desierto.
Cuando De Barres terminó su disertación, preguntó a los servidores si tenían alguna pregunta que hacer.
Simon preguntó:
—Señor, ¿por qué hay tantos castillos y fortalezas en este mapa?
¿Seguro que los templarios son los únicos que patrullan las rutas de los peregrinos de Acre, pasando por Jaffa, a Jerusalén?
De Barres sopesó la pregunta.
—Ésa era la idea original, que yo apoyaba plenamente. Sin embargo...
—Titubeó y luego se lanzó a pronunciar un inesperado discurso—. El motivo de esta fortificación de Tierra Santa se debe al ansia de poder. Los templarios contribuimos a dotarlos de gente, por supuesto, pero sólo hemos construido un pequeño número de castillos, y están situados en lugares importantes dentro de los caminos de peregrinaje. ¡No lo han hecho así los demás!
Evidentemente, De Barres se había embarcado en su tema favorito.
—La avaricia y la lujuria, ésos son nuestros verdaderos enemigos. A los Asesinos se les puede comprar con oro, y muchos de los crímenes que cometen los maquinan los cristianos contra otros cristianos. Hoy en día todo es política en Tierra Santa. Las cosas han cambiado desde nuestros tiempos, servidor Belami. Príncipes, reyes, señores y condes disputan actualmente unos con otros por el dominio del reino de Jerusalén. Trágicamente, el joven rey Balduino está agonizando, aun cuando sigue reinando; eso significa que Guy de Lusignan, Raimundo III de Trípoli y Reinaldo de Chátillon, y otros que son igualmente inescrupulosos, mantienen el dominio
real en Jerusalén. El rey Balduino IV ha sido atacado por la lepra, lo que es una razón por la cual los hospitalarios que le atienden mantengan una posición tan poderosa en Jerusalén..., más poderosa, pienso yo a veces, que la de nuestra propia Orden bajo Arnold de Toroga, el Gran Maestro.
Nada podía detener la ira sincera de De Barres.
—Lo que yo me pregunto es si esto es una Cruzada o una carrera para lograr el poder temporal. ¡La respuesta es obvia! Creedme, hermanos, en la actualidad hay más prostitutas que peregrinos en Tierra Santa. Tened cuidado de no caer en pecado mortal con este engendro del Mal.
Calló bruscamente, dominado por la ira, y, girando sobre sus talones, se alejó de ellos.
Cuando se hubo marchado, Belami hizo una seña a los jóvenes servidores para que le siguieran hasta donde no pudiesen ser oídos.
Entonces les dijo:
—Mucho ojo con ése, mes camarades. El sol de muchas largas patrullas por el desierto ardiente le ha causado algún daño a nuestro valiente mariscal. Conozco su reputación. Físicamente, aún está en forma, y el templario es un valiente caballero en la batalla. —Bajó la voz—. Pero el sol del desierto puede causar efectos extraños en un hombre. Tened en cuenta mi advertencia, sobre todo tú, Simon: no os quedéis a solas con él.
—Pero muchas de las cosas que dijo parecen correctas —comentó Pierre—. Por todas partes se ven grandes riquezas y muchas jóvenes mujeres libres. Dondequiera que exista esta situación, suele haber problemas.
—Además no terminó de aclarar a qué se debe el gran número de castillos que hay en Tierra Santa —dijo Simon, intrigado.
—Ésa es una pregunta difícil de contestar —repuso el veterano—. La mayoría de los castillos y fortalezas se encuentran en línea de mira unos de otros. Esto es así, naturalmente, para protección mutua. Pero guarnecerlos a todos requiere demasiados caballeros, sirvientes y lanceros auxiliares. La Cruzada es en realidad una guerra móvil, que exige rápidos desplazamientos de caballería hacia cualquier lugar donde haya un conflicto. Encerrar a todas esas fuerzas dentro de fuertes murallas no hace
más que ceder la iniciativa a los sarracenos. Cuando Saladino haga un movimiento, que con seguridad debe hacer un día no muy lejano, necesitaremos a todos los lanceros y soldados de caballería que tengamos para hacer frente a su raudo ataque. Mantener a todas las fuerzas en castillos y detrás de las murallas de las ciudades es puramente una estrategia defensiva para guardar la riqueza de los nobles. Esto es una Cruzada, no una maldita acción de retaguardia para proteger los tesoros mal habidos de los avariciosos potentados.
—¿Qué quería decir De Barres con aquello de que hay más prostitutas que peregrinos? —inquirió Simon.
Belami se sonrió.
—Yo diría que se igualan en número.
Los dos jóvenes parecieron sorprendidos.
—¡Oh, vamos, mes braves! No todas las prostitutas son malas. De Barres cree que todas las mujeres son una consecuencia del «engendro del Mal», pero el caso es que él es distinto a nosotros. He conocido putas de buen corazón en mis tiempos, y hasta una o dos con un corazón de oro también.
«Asimismo he conocido a una madre superiora que era más mala que Lilith, la hembra del demonio, y a algunas malas putas entre la nobleza disfrazadas de condesas y damas de la Corte. ¡Yo trato a las prostitutas como reinas, mientras que De Barres trata a las reinas como si fuesen prostitutas!
Lanzó una de sus habituales carcajadas estentóreas.
—Para tu información, Simon, hay unos cincuenta castillos y fortalezas en Tierra Santa, y dentro de ellos muchas prostitutas de ambas clases.
Armados con aquella útil información táctica, se retiraron para pasar la noche. Era temprano, pero al amanecer debían partir para realizar la primera patrulla por el desierto con las tropas turcas, a lo largo de la ruta de Acre a Tiberias, sobre las playas del lago de Galilea.
En el terreno político, el reino de Jerusalén era un embrollo. El caos habría sido total de no haber mediado la presencia de los templarios y los hospitalarios. La segunda Cruzada había perdido su ímpetu original, y sólo
la amenaza de los sarracenos de Saladino en el sur evitaba que las tropas francas se degollaran mutuamente. Lattakieh, Antioquía, Jaffa, Tiberias, Tiro, Ascalón, Jerusalén y otras ciudades fortificadas, si bien supuestamente formaban parte del reinado cristiano, hervían con las conspiraciones, complots y contratretas que se incubaban entre facciones rivales.
Formalmente, existía un tratado precario entre Saladino y Balduino IV, pero si hombres inescrupulosos como Reinaldo de Chátillon planeaban asaltar las ricas caravanas en ruta hacia La Meca, entonces el tratado sería algo muy frágil, sin duda.
Saladino, si bien era justo y piadoso, no era persona a quien se pudiese traicionar. Brillante estratega, ya sabía muy bien cómo dirigir una campaña contra tales líneas defensivas estáticas. Así era como había derrotado a Egipto.
Si le provocaban, se desplazaría en dirección al norte hacia Tierra Santa, para proteger a las caravanas sarracenas. Sólo era cuestión de tiempo, y la arena caía rápidamente en los relojes.
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