El templario
3 la Larga Ruta al Sur
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LA LARGA RUTA AL SUR
En el mes de abril de 1181, se terminó el periodo de instrucción de Simon en Gisors. Junto con los siete cadetes restantes, estaba listo para emprender el largo viaje al sur.
Belami se había superado a sí mismo. Simon ahora era experto en el uso de todas las armas, incluyendo la menos caballerosa de las artes de la guerra, como dar puntapiés, meter los dedos en los ojos y golpear con el garrote. El hábil veterano de guerra le había enseñado al joven normando todo cuanto sabía sobre las formas de matar o de dejar fuera de combate al oponente.
Simon había merecido elogios de Belami y ganado el respeto de sus compañeros, que celebraron aquella formidable incorporación a sus filas.
Durante los meses de intensa actividad, el joven caballero sólo había visto a Bernard de Roubaix en contadas ocasiones, puesto que el templario partía en misiones especiales para regresar al cabo de unos días. El viejo caballero era un hombre muy ocupado y trataba deliberadamente de no interferir en la instrucción de Simon, con el fin de no causar la impresión de que le hacía objeto de alguna suerte de favoritismo, cosa que podría provocar la enemistad de los otros cadetes.
Sin embargo, había estado atento a los progresos de Simon, y Belami le había informado regularmente sobre el comportamiento del joven. El
templario estaba encantado con la evaluación que hacía el veterano de su protegido.
—El muchacho posee una cordialidad natural que le hace merecedor del afecto de sus amigos. A pesar de ello, nunca he visto que utilizara esa virtud para evitarse inconvenientes. Si surge un problema, lo enfrenta. Será un magnífico camarada en la batalla. Su habilidad con las armas es excepcional, sobre todo cuando se vale del arco. Con esa arma, Simon es un mago.
El templario rió.
—¿Tienes algo más que decirme, servidor?
Belami titubeó.
—Hay algo que me preocupa, señor. Simon se ha criado en un hogar sin mujeres. Se le ha enseñado a tratar a la mujer como a una dama, con caballerosidad y cortesía, que es como debe ser. Pero, al mismo tiempo, se le ha llevado a pensar en la mujer en general, y en las doncellas en particular, como en una especie de trampa para la inocencia y en un cepo para el incauto.
«Sé que Raoul De Creçy sólo pretendía que Simon se mantuviera casto, durante el mayor tiempo posible, atento a las esperanzas que ambos cobijáis para el futuro del muchacho como caballero templario. Este, después de todo, era el sueño de su padre, Odó de Saint Amand.
Belami hizo una pausa, mostrándose un poco incómodo.
—Pero esta actitud ha hecho a Simon, que es un muchacho sano y normal, extremadamente vergonzoso con las mujeres.
De nuevo el veterano vaciló.
—Eso podría acarrear problemas en el futuro, en el mundo masculino de los templarios.
Bernard De Roubaix comprendió que Belami tocaba un punto válido.
La desviación del amor normal no era desconocida en las filas de los templarios y los hospitalarios, si bien solamente se hablaba de ello en voz baja y en secreto.
—Consideraré el asunto cuidadosamente —dijo—. Como Simon aún no ha sido armado caballero templario, no veo razón por la que debiera
prohibírsele la compañía de las damas.
El viejo caballero titubeaba, embarazado por la situación.
—Eso no significa que apruebe la conducta licenciosa. ¡Maldita sea, Belami! Usa tu propio juicio. No eres un santo en estos asuntos, sin embargo nunca he oído a ninguna mujer que se quejase porque la hubieras lastimado. Pero, viejo rufián, no permitas que el zagal tenga excesiva licencia. Recuerda: tú estás a su lado para protegerle de todos los peligros, y eso incluye la astucia de las mujeres inescrupulosas.
Después del postrer informe de Belami, el caballero templario mandó a llamar a Simon. Quedó encantado por lo que vio. El joven cadete era la pura imagen de la salud; su rostro parecía más enjuto a causa del duro entrenamiento, y su alto y recio cuerpo, en perfecto estado. Bernard De Roubaix dio su plena aprobación.
—Belami me ha contado excelencias sobre ti, Simon. Mis felicitaciones por tus rápidas reacciones. Sin duda le salvaste la vida a Belami, del mismo modo que en otra ocasión salvaste la mía. Esa extraña habilidad para la resucitación valdría la pena que la transmitieras a tus camaradas. —Los ojos del viejo caballero chispearon—. Aunque pocos hombres se ahogan en los desiertos de Tierra Santa.
Simon se sonrió.
—Mañana partiremos hacia París, señor. Me complace tener esta oportunidad para agradeceros todas vuestras gentilezas. Belami me ha hablado de vuestro interés por mis progresos. Os estoy muy agradecido.
Lamento no haber tenido tiempo de visitar a mi tío..., quiero decir a sir Raoul. Pero espero que cuando volváis a verle le daréis mis respetos y mi más sincero homenaje.
—Y tu amor, Simon. No es señal de debilidad utilizar esa palabra. Sé el afecto que os tenéis. Claro que le diré cuánto le amas y le añoras, así como cuán orgullosos nos sentimos Belami y yo de tus excelentes progresos.
Simon se ruborizó y le dijo gracias tartamudeando.
El anciano mariscal templario sentía el mismo afecto por el hijo natural de su Gran Maestro fallecido que su más íntimo amigo, Raoul De Creçy.
—Debo separarme pronto de ti, Simon. Nuestro Gran Maestro me ha ordenado dejarte en París y luego volver a mi semirretiro con Raoul, en De Creçy Manor. Lo disfrutaré, porque es mi más viejo amigo.
«También dedicaré mi tiempo a realizar una gira de inspección de las propiedades de los templarios en esta parte del norte de Francia. Asimismo supervisaré las granjas, los libros contables y los suministros de rutina de vituallas y forrajes para todas las comandancias de los templarios en la zona.
«Estaré ocupado y llevaré una vida útil todavía, pero mi corazón..., no, el corazón de Raoul y el mío... te acompañarán a Tierra Santa.
Las palabras de De Roubaix le recordaron al joven que el último vínculo con su antigua vida en Normandía pronto se cortaría. Ahogó un sollozo.
—Vamos, vamos, mi querido muchacho. —También el templario estaba al borde de las lágrimas—. Tu tutor y yo iremos a pescar y a cazar, y recordaremos anécdotas de Tierra Santa. A los viejos es mejor dejarles juntos con sus remembranzas del pasado. ¡Tú, joven Simon, eres nuestro futuro!
Bernard de Roubaix suspiró. Por lo menos disfrutaría los últimos días que pasaría con Simon.
—Quiero que me acompañes en una visita a Chartres. Los demás cadetes irán con Belami hasta nuestra sede central en París, pero deseo mostrarte la iglesia favorita de tu padre: la catedral de Notre Dame de Chartres. Procura estar listo en una hora.
Simon le saludó y corrió a contarle a Belami y a sus camaradas que se encontraría con ellos después, en la capital. Luego se reunió con el anciano mariscal y juntos partieron hacia Chartres.
Esa ciudad está situada al sudoeste de Gisors, aproximadamente a tres días de distancia a caballo. Por el camino se detuvieron en una granja en Mantes, que la tenía a su cargo un servidor templario retirado. Había servido a las órdenes de De Roubaix y de Belami, antes de dejar su pierna izquierda en Tierra Santa y retirarse a Normandía con una pensión de la Orden.
El marchito anciano saludó a De Roubaix calurosamente y sacó una sidra excelente para Simon. Al templario le ofreció zumo de manzana sin fermentar.
Su siguiente parada fue en una granja de un caballero franco, Robert d’Andelis, que había luchado junto a De Roubaix en Tierra Santa. Los dos viejos cruzados charlaron largo y tendido toda la noche, mientras Simon escuchaba absorto sus emocionantes recuerdos.
Por fin, después de la puesta del sol del tercer día, los viajeros entraron en el patio de la comandancia de los templarios en Chartres.
Para Simon había sido un viaje fascinante, pues durante la larga cabalgata, el viejo templario le abrió una vez más su corazón a su escudero.
El joven normando estaba encantado con las historias de ultramar que le contaba De Roubaix, pues muchas de las batallas en que había tomado parte el viejo cruzado las había compartido junto al padre de Simon, cuando era Gran Maestro. Además, era evidente que De Roubaix tenía un alto concepto de Odó de Saint Amand y hablaba de él con gran afecto.
El placer mutuo que experimentaron durante el viaje era equiparable al que comparten un padre y un hijo. Eso no significa que Bernard de Roubaix hubiese suplantado a Raoul de Creçy en el amor de Simon, pues eso nadie podría lograrlo, sino que ahora se había creado un fuerte lazo afectivo entre ellos; y el templario sentía la misma tristeza sobrecogedora que Raoul había experimentado, al pensar en la partida de Simon en pos de su destino en Tierra Santa.
Avanzaban por la ondulante campiña, densamente poblada de bosques y adornada por el atractivo esplendor de las primeras flores silvestres de la primavera. Prímulas y campánulas alfombraban el suelo de la floresta, en tanto que los castaños, los manzanos y los cerezos florecían en los huertos.
En Chartres, su primera tarea al levantarse al amanecer fue visitar la catedral. Aquel imponente monumento dedicado al amor del hombre por Dios había sido construido y ornado durante los últimos cincuenta años.
Ocupaba el mismo lugar de la antigua iglesia, construida por Fulbert, el gran benedictino. La iglesia se había quemado medio siglo antes.
La iglesia de Fulbert, a su vez, la habían levantado los benedictinos, después de la destrucción, también por el fuego, de la primera iglesia cristiana que se alzó en el lugar.
En total, tres eran las iglesias que se habían construido en el mismo sitio, que los druidas dedicaron previamente a la adoración del dios pagano Lug.
El hecho de que utilizaran un sagrado lugar pagano para construir una iglesia cristiana confundió a Simon y así se lo manifestó al mariscal templario. De Roubaix le explicó la aparente anomalía.
—Ello se debe a que el lugar en sí es sagrado, sea para adoradores paganos, sea para los cristianos que les sucedieron. El suelo se encuentra saturado del Wouivre, el «poder del dragón», que lleva las corrientes telúricas de la fuerza vital a través de la tierra. Estas sutiles energías, que fluyen como la sangre de nuestras venas, siguen el curso de las «aguas de debajo de la tierra». Este lugar sagrado, donde actualmente se erige la catedral, está localizado sobre un punto de confluencia de esas corrientes subterráneas. Las aguas suben arremolinadas a la superficie, en la forma de una fuente natural, o puits como los llamamos. ¡Ahí es donde encuentras el Wouivre..., si lo buscas!
Simon quedó encantado con la catedral. Para el joven caballero parecía que el magnífico edificio siempre había engalanado aquel lugar sagrado y que así permanecería por los siglos de los siglos. Causaba una sensación de permanencia aquella catedral que ni él ni el templario consideraban que el Destino pudiera alterar jamás.
Admiraron la imponente fachada de la catedral, con su impresionante pórtico esculpido y los espléndidos ventanales que se abrían sobre la ojiva de medio punto del portal en arco. Aquélla era una de las primeras catedrales que se construyeron en el nuevo y revolucionario estilo gótico, que se caracterizaba por las elevadas bóvedas de la nave y, en toda la edificación, la noble línea de los arcos en aguda punta.
—¡Todo esto se construyó sin planos! —comentó el templario, para sorpresa de Simon.
Siguió explicando cómo se había realizado aquella extraordinaria proeza.
—Los maestros de obras usaban un vasto piso de yeso donde lo dibujaban todo, desde las elegantes curvas de los arcos góticos hasta las formas redondeadas y cantonadas de las columnas de sostén.
«Aquellos ingeniosos artesanos poseían la habilidad de los grandes constructores de templos de Tierra Santa. Eran matemáticos que comprendían los principios y axiomas de la sagrada geometría de Euclides y Pitágoras, y aquí, en Chartres, podemos ver los resultados prácticos de aquellas bellas verdades.
Simon estaba fascinado.
—¿Queréis decir, señor, que todas esas maravillas se construyeron mediante la utilización de la geometría solamente?
El viejo templario se sonrió.
—No totalmente, Simon, porque el ojo del artesano ve una belleza oculta que el geómetra, sin ayuda, no puede liberar de la piedra. Eso ocurrió con los maestros de obras que construyeron esta obra maestra con sus piedras de talla perfectamente cortadas.
«Obtuvieron estos resultados recurriendo a los medios que tiene la naturaleza para formar esas curvas perfectas. Para explicarlo con simplicidad, los maestros de obras empleaban juncos, largas cañas flexibles o delgadas varillas de madera curvable, que, cuando se mantenían contra una serie de pesas pequeñas dispuestas sobre el piso de yeso, ayudaban a guiar los compases a lo largo de las líneas ondeantes.
«Las formas de la naturaleza no pueden ser mejoradas por los hombres comunes, por muy hábiles que sean en el arte del dibujo. Tales formas nos son dadas por el Gran Arquitecto del Universo. Nosotros no podemos mejorar la obra del Todopoderoso, que es perfecta.
Mientras caminaban en derredor de la gran catedral, el sabio caballero iba señalando la simple decoración, que reverentemente enriquecía el edificio sin caer en una ostentación vulgar.
—La estatua de San Jorge, el vencedor del Dragón, que, por supuesto, es el símbolo del tosco poder pagano del sitio sagrado, y la figura de San
Teodoro, el ángel guardián de este lugar sagrado, se yerguen sobre la puerta meridional, o la «Entrada del Caballero», como se la llama.
«Fíjate que esas figuras son de tamaño natural. Visten la cota de malla del monje guerrero, y tienen los pies tallados en equerre, correctamente
«cuadrados», como corresponde a los Geómetras Sagrados que representan.
«Cuando estuve prisionero en Damasco me enseñaron el maravilloso arte de la geometría como parte de la Gran Obra. Los sarracenos me trataron bien, a pesar de ser templario, y a que un par de nuestros grandes maestros habían maltratado salvajemente a los paganos.
«Sea como fuere, me dieron muestras de gran civilidad, a pesar de saber mis captores que no obtendrían rescate alguno por mí. Incluso conocí al gran filósofo arábigo Osama. Este sabio y viejo maestro completó mi instrucción en geometría sagrada, cuyos rudimentos ya había aprendido de otro extraordinario erudito, llamado Abraham, un sabio judío que conocí en Tiberias.
Maestro por naturaleza como era, De Roubaix le explicó a Simon, con simples términos, muchos de los aspectos más sobresalientes de la catedral.
—En primer lugar, consideremos el sitio sagrado en sí, que fue elegido por los antiguos druidas por su poder. Siglos atrás, se colocó aquí un dolmen enorme de piedra, mediante métodos que aún no hemos logrado comprender totalmente.
«De alguna manera fue transportado desde muchas millas de distancia, donde originariamente había formado parte de uno de los antiguos círculos de piedra descubiertos en esta parte del país.
«Cuando se construyó la catedral, se precisó una pesada plataforma con ruedas de construcción maciza, tirada por un tronco de poderosos caballos, con el fin de llevar el dolmen las pocas yardas que lo separaban del lugar donde se encuentra ahora, en lo que es la cripta de la catedral. ¿Cómo hicieron los druidas para trasladar semejante piedra desde el círculo mágico donde se encontraba hasta el nuevo emplazamiento de su templo pagano?
El templario lanzó una sonora carcajada ante el evidente asombro de Simon.
—No atormentes tu joven cabeza con semejante enigma, Simon.
Muchos grandes eruditos están tan perplejos como tú. Quizá la respuesta se encuentre en el conocimiento que poseían los druidas de la magia antigua.
«Cualesquiera que fuesen sus métodos mágicos, sus motivos eran los mismos que los nuestros: la adoración de la Luz y la veneración de nuestra santa Madre Tierra, que se halla representada y personificada en el enorme dolmen de piedra bajo nuestros pies.
Simon parecía sorprendido.
—Pero, seguramente, los paganos y nosotros adoramos a dioses enteramente distintos, o mejor, en su caso, un panteón de dioses, diosas y espíritus de la naturaleza.
El templario sonrió comprensivamente.
—En realidad, Simon, nuestra bendita Señora de Chartres es adorada y reconocida por muchos nombres. Los antiguos egipcios la llamaban Isis; los griegos, Gaya. Nosotros la llamamos Santa Virgen María. Ella es la madre de nuestro Señor y la madre celestial de todos nosotros. Eso es lo que creemos los templarios. ¡Éste es Su lugar sagrado! ¡Éste es el «Misterio del Sitio»!
Para entonces ya habían pasado por debajo del pórtico y entraban en la catedral. Inconscientemente, bajaron la voz al franquear el portal, pasando de la brillante luz primaveral del exterior a la fresca penumbra de la nave abovedada.
Simon en seguida advirtió un resplandeciente dibujo luminoso que cubría las amplias losas del suelo de la catedral. Estaba fascinado por la danzante luz solar sobre las piedras, y De Roubaix se dio cuenta del interés de su acompañante en el colorido diseño.
—¡Ése es el segundo Misterio, el de la Luz! Observa, Simon, cómo los tres altos ventanales de la fachada frontal proyectan esos bellos dibujos.
Ello se debe al hecho de que los artesanos han instalado recientemente una intrincada red de pequeños marcos de plomo, llamados «cames», que mantienen unidos múltiples fragmentos de vidrios de colores de formas diferentes en el interior de las ventanas de piedra. Esos fragmentos de vidrios de colores, primero se pintan y luego se someten a la acción del
fuego en un horno, antes de fijarlos en las «cames» de plomo, formando una escena de la vida de nuestra bendita Señora de Chartres.
«Puedes ver a algunos de los artesanos trabajando en los ventanales, en aquel andamio, sobre nuestras cabezas.
—¿De dónde proceden esos maestros capaces de construir una obra de arte tan maravillosa? —preguntó Simon, pasmado ante los arcos resonantes de la amplia nave.
—Muchos de ellos son oriundos de la zona del lago Como, en Italia.
Les llamamos «comocinenses». Son, en efecto, maestros de obra. Todos ellos son hombres libres, puesto que la tarea de construir y decorar estos enormes edificios sagrados no es para los vasallos, siervos y esclavos.
«Cada francmasón es hermano de una de las famosas cofradías o compañías de artesanos. Se les conoce como «Los hijos del maestro Jacques», «Los hijos del padre Soubise» y —en ese momento el viejo templario hizo con disimulo un curioso signo con la mano derecha— «Los hijos del rey Salomón».
«Los templarios comprendemos los extraños hábitos de esas cofradías, porque, de la forma y diseño del templo del rey Salomón, el mago maestro de Jerusalén, proviene la Divina Proporción de la Sagrada Geometría, que se ha utilizado exclusivamente en toda la construcción de esta hermosa catedral.
Simon se hallaba perdido en la contemplación de la obra de arte pétrea que les rodeaba, envolviéndoles con una sensación de paz y serenidad.
Bernard de Roubaix siguió diciendo en voz baja:
—San Bernard de Clairvaux, el renombrado erudito cisterciense, nos dio las régles, las reglas mediante las cuales disciplinamos nuestra vida como caballeros templarios. Ellas dan forma a nuestros deberes y regulan nuestros hábitos de vida, de manera muy parecida al modo en que la Sagrada Geometría determina la forma y diseño de las piedras de talla acabadas, con que se construyeron el templo de Salomón y esta catedral.
«Como ves, Simon, sólo mediante la estricta observancia de las reglas del Cosmos, que nos dio el Gran Arquitecto del Universo, podemos construir semejante obra de arte... que es, por supuesto, lo que debería ser
nuestra propia vida. Somos criaturas de Dios, hechas a Su propia imagen, y nuestra vida debe conformarse a la perfección de sus reglas.
Una luz enceguecedora parecía iluminar la mente de Simon. Su voz sonaba apagada.
—Ahora lo comprendo. Esta catedral es un sermón de piedra, que nos enseña a todos cómo tenemos que vivir. Todo se encuentra expresado aquí en las perfectas proporciones de las piedras sillares.
—¡Exactamente! —exclamó el templario—. ¡Has captado la gran lección que nos enseña este lugar! Tu padre solía llamar a esta catedral: «Un instrumento para comunicarse con Dios».
En aquel preciso momento el sol salió de detrás de una nube, para inundar la nave de rayos de luz donde flotaban las motas de polvo. Simon se quedó sin aliento ante su belleza, y ambos, instintivamente, cayeron de rodillas y dijeron un Padrenuestro y el Ave María. Aquél fue un momento mágico.
—Ése fue un ejemplo perfecto del «Misterio de la Luz» —comentó el viejo caballero, poniéndose de pie—. Ahora, respecto del delicioso
«Misterio del Sonido».
Bernard de Roubaix extrajo su daga, puesto que tenía derecho, como caballero templario, a entrar armado en la catedral.
Dando vuelta a la hoja, golpeó ligeramente con la empuñadura el costado de la columna más cercana. Sonó una nota clara, que se elevó por los arcos de la nave. De Roubaix se sonrió y golpeó de nuevo una segunda columna cuadrada. La nota fue distinta. El templario se desplazó rápidamente a lo largo de la columnata, dando un ligero golpe a cada una de las altas columnas, hasta que toda la nave de la catedral se llenó con el sonido de la mágica música de las columnas de piedra, como un coro de ángeles.
Simon estuvo a punto de aplaudir de placer, pero se contuvo prudentemente.
Mientras el bello sonido menguaba lentamente, apareció una figura encapuchada y envuelta con la túnica blanca de la Orden, que avanzó, sonriendo, para saludar a De Roubaix.
—Bernard, sabía que eras tú, amigo mío. Cómo te gusta hacer cantar a nuestra catedral.
El encapuchado templario se descubrió la cabeza para dejar al descubierto un rostro enjuto, de barba blanca, que denotaba una mansa energía.
Se trataba de Robert de Guise, un famoso cruzado, que había renunciado a su ducado para unirse a la Orden.
—Encantado de verte, Robert —dijo De Roubaix, al tiempo que abrazaba a su viejo camarada de armas—. Te presento a Simon de Creçy, mi pupilo.
—Debes de estar emparentado con Raoul de Creçy —dijo De Guise—.
Es un viejo camarada de luchas y un querido amigo mío, a quien hace años que no veo. Espero que esté bien.
—Goza de excelente salud, señor.
Para evitar que Simon tuviese que mentir, explicando su parentesco con Raoul de Creçy, Bernard de Roubaix intervino:
—Simon se dispone a unirse a la Cruzada, Robert. Le traje a la catedral como recompensa por haberse desempeñado excelentemente en su entrenamiento en Gisors.
De Guise sonrió.
—¿Te hizo pasar muchos malos ratos Belami, hijo mío?
—No, señor —respondió Simon, con una sonrisa—. El servidor Belami me brindó tres meses maravillosos de su precioso tiempo. Gracias a él, y a las cosas que me enseñó, podré, con la ayuda de nuestra bendita Señora, servir a la Orden sin deshonrarme en Tierra Santa.
—Bien dicho, muchacho.
De Guise contemplaba con admiración la recia complexión del apuesto cadete.
—¡Virgen Santa, crecen altos y fuertes en Normandía!
—Discúlpanos, Robert —dijo De Roubaix—. Aún hay unas cuantas cosas que quiero mostrarle a mi pupilo, y nos queda poco tiempo.
El ex duque asintió comprensivamente.
—Por supuesto, Bernard. Puedes rondar por donde te plazca con total libertad. La catedral está llena de maravillas. Disfrútalas, hijo mío, mientras puedas.
El eminente templario dio a Simon su bendición y les dejó para que siguieran explorando el resto de la construcción.
—¿Conocía a mi padre, señor? —preguntó Simon con ansiedad, en cuanto Robert de Guise estuvo fuera del alcance de sus voces.
—No como a padre tuyo —respondió el templario, con voz queda—.
Pero, como Gran Maestro, por supuesto. Ten cuidado, Simon. No debemos hablar de estas cosas, sobre todo en la catedral, donde cada palabra llega a todos los confines, por muy quedo que hablemos.
—Perdonadme, señor.
El joven se ruborizó de vergüenza ante aquella falta de discreción.
—Es muy natural que desees saber más sobre tu padre —dijo De Roubaix en un murmullo—. Sólo procura ser más cauteloso, muchacho.
«Volvamos al último misterio de la catedral: el "Misterio de la forma y el diseño del edificio". Estas proporciones sagradas constituyen la base de la Sagrada Geometría. La denominamos la Regla áurea.
«Dicho simplemente, la esencia de la Divina Proporción, o la Sección áurea, como la imaginaban los antiguos egipcios, es la Unidad en el cociente a la raíz de cinco, más uno, dividido por dos.
Con el fin de ilustrar lo que quería decir, el templario trazó los números en el suelo, valiéndose de un junco que había extraído de un haz que los albañiles habían dejado apoyado contra el muro.
—Así.
«Esto nos da la proporción de la Unidad a 1,618, en números redondos.
Id est: la Sección áurea es 1,618. Para simplificar, se utiliza la notación numérica moderna.
De nuevo, trazó las cifras en el polvo que se había asentado sobre las losas de la obra precedente a la que se elevaba sobre sus cabezas.
—Cada piedra sillar fue marcada por los maestros de obra utilizando esa proporción, en el modelo primero, y luego, después que la piedra fuese cortada burdamente y traída aquí, era cuidadosamente terminada y colocada
en su posición exacta, como lo requieren los principios de la Sagrada Geometría. Ello significa que el tallado final y el ajuste se realizaron en el piso de la nave, el crucero y todo el resto de la catedral.
Simon estaba extasiado.
—¿Y el Laberinto, señor? —preguntó, señalando el vasto dibujo laberíntico taraceado en las losas de la nave.
El viejo templario hizo una pausa, sonriendo pensativamente, mientras se atusaba la barba.
—Un día, Simon, sin duda transitarás solemnemente por el Gran Laberinto de Chartres, de acuerdo con la Sagrada Danza de la Vida y la Muerte..., pero, hasta entonces, no te puedo explicar el «Misterio del Laberinto».
En aquel momento, un grito terrible resonó en la catedral, rompiendo la paz y la tranquilidad.
Sobresaltados, levantaron la vista, para vislumbrar la figura que caía del alto andamio con los brazos desplegados como un águila y agitando las piernas.
Chillando aún, el aterrado artesano cayó en el vacío hasta chocar contra las losas. El pobre desgraciado falleció instantáneamente.
Simon, horrorizado, se precipitó en seguida hacia adelante, pero la orden de De Roubaix resonó estentórea:
—¡No toques a la víctima de la Wouivre! Ambos estamos armados, por lo tanto ninguno de los dos se encuentra en estado de gracia. Aquí llega alguien mejor preparado para administrar la extremaunción. Roguemos por su alma.
Ambos cayeron de rodillas y entonaron un Padrenuestro. Cuando hubieron terminado, para sorpresa de Simon, el templario siguió orando en una lengua desconocida, a la vez que hacía ciertos signos curiosos que ponía cuidado de ocultar a los ojos que pudieran estar observando, salvo los de su pupilo. Al fin, se puso de pie.
—Ven, Simon —dijo, quedamente—. Es hora de irnos. El Wouivre está presente.
Sin otra palabra más, abandonaron la catedral, que de repente se volvió fría como el hielo y ahora parecía poblarse de sombras. Simon temblaba de desazón.
Afuera, a la luz del mediodía, se sintió mejor. El templario se volvió a su acompañante.
—Simon, lo que has presenciado no fue un accidente. Eso fue un sacrificio que exigió el Wouivre.
—¿Queréis decir que fue obra de brujería? —preguntó Simon con voz ronca, todavía horrorizado por la terrible muerte del artesano.
—Quizá —repuso el templario—. Pero más probablemente se debió a la expiación de algún pecado mortal, que el albañil cometiera y que no había sido absuelto en la confesión. Bajo ninguna circunstancia, un artesano debe asumir una tarea en una obra sagrada, dentro de los confines de un lugar santo, sin haberse confesado. El Wouivre vino a cobrarse la pena por semejante blasfemia. ¡Es la muerte!
Al día siguiente, continuaron el viaje a París. Después de la súbita muerte del francmasón, el silencio se había impuesto entre ellos, pero, a la mañana siguiente, el cálido sol primaveral disipó su depresión. Bernard de Roubaix prosiguió su disertación sobre temas templarios, sin volver a referirse a la tragedia. Simon se encontraba tan absorto ante la corriente de información de su mentor, que no tardó en relegar el accidente del día anterior a lo más profundo de su mente; sin embargo, la horrorosa imagen de aquella figura que chillaba, mientras se precipitaba a su muerte, siguió reapareciendo en perturbadores destellos de la memoria. El caballero normando aún era muy joven y, si bien había dado muerte tanto a animales como a personas, la súbita muerte le afectó más de lo que era habitual en aquellos tiempos violentos. Les llevó tres días salvar la distancia que les separaba de París y cada noche pernoctaron en diferentes granjas de los templarios. Los edificios fortificados de dichas granjas eran construidos alrededor de un patio central, donde se podía encerrar a los animales en caso de ataque. De ahí que también se las llamara «fermes», de fermé, que significa «cerrado», en francés.
Caballero y escudero se acercaban a París por el suroeste, siguiendo la baja orilla izquierda del río Sena. Desde que partieron de Chartres habían cubierto una distancia de más de un centenar de millas.
La capital de Francia en el siglo XII había crecido a un ritmo febril en los últimos veinte años. A la sazón, más de 100.000 personas vivían dentro del perímetro de sus fortificaciones, o bien apiñadas en los environs de París, fuera de sus murallas. Ello la convertía en una de las ciudades más grandes del mundo occidental.
Los romanos la habían trazado como un nostálgico recordatorio de su propia capital, puesto que París, como Roma, también descansaba sobre bajas colinas. El enclave de la guarnición que servía de cuartel general de las legiones romanas asentadas en la Galia, pronto se convirtió en un importante centro comercial.
Eso sucedió a causa del río Sena, que era plenamente navegable en todas las estaciones del año, por donde llegaban abundantes provisiones desde la costa septentrional francesa y de las ricas granjas y viñedos de poniente. Ese río estratégicamente tan importante, que cruzaba serpenteando la ciudad que servía de guarnición a los romanos, también había traído a las sucesivas legiones allí apostadas el recuerdo de su Tíber natal, que serpenteaba a través de Roma.
Simon estaba fascinado por la ajetreada escena que contemplaba a su derredor mientras él y De Roubaix avanzaban al paso de sus caballos por las angostas calles. Éstas eran poco más que sendas barrosas, pues los environs de la ribera meridional del río no gozaban de las mismas comodidades que las de la parte septentrional de la capital. La ciudad sobre la orilla derecha del Sena se encontraba entrecortada por anchas rúes adoquinadas, herencia de las vías que en un tiempo fueran las arterias de la ciudad guarnición romana. Los environs de la orilla izquierda, en comparación, eran arrabales.
Las sucias y sinuosas sendas se extendían a ambos lados de casas, hosterías, tabernas, burdeles, establos y pocilgas burdamente construidos.
Sumidos perpetuamente en la sombra de los destartalados edificios más
grandes de dos pisos, aquellos angostos caminos de carro hedían a orina y excrementos, tanto animales como humanos.
El ruido era ensordecedor: una mezcla atronadora de crujientes carros, utensilios tintineantes, aves de corral y otros animales que protestaban ruidosamente camino al mercado. Se agregaban a aquella cacofonía los fuertes gritos y los insultos roncos, las maldiciones y las risotadas, que acompañaban la frenética actividad que tenía lugar en las transitadas callejuelas.
A Simon le había intrigado Gisors, le había fascinado Chartres y quedó emocionado ante la perspectiva de ver París por primera vez, pero ahora que se hallaba en la capital, la encontraba tremendamente desagradable.
Bernard de Roubaix la detestaba, como siempre, y no veía llegado el momento de regresar a la paz y la tranquilidad de su amada Normandía natal.
Mientras obligaban a sus caballos fogosos a abrirse paso a través de las multitudes de hedionda humanidad que se apretujaban en las calles, Simon no tenía tiempo de advertir las miradas de admiración que le dirigían las mujeres, jóvenes y viejas por igual. El alto, apuesto y joven cadete de negra túnica cabalgaba junto al templario de más edad, cuya cota de malla centelleaba bajo los pocos rayos de sol que se filtraban hasta las oscuras callejuelas.
Por fin, salieron del laberinto de inmundas callejas laterales y se encontraron en el soleado quais a la orilla del río, para encontrarse con su primera visión de la catedral, Notre Dame de París.
Construida en l’Ile de la Cité, comenzada solo diecisiete años antes, aquella enorme construcción tenía la misma edad de Simon. Pero había crecido a un ritmo tan sorprendente, que la impresionante altura del gran edificio ahora dominaba la ciudad.
Sin duda, se trataba del proyecto más ambicioso de la era de la arquitectura gótica, y Simon apenas podía contener la ansiedad de ver su interior.
Acercándose a Notre Dame, seguían cabalgando lentamente a lo largo del quais que bordeaba la orilla izquierda, gozando de la fresca brisa del río
que alejaba el hedor de los arrabales. Los muelles estaban abarrotados de bajeles de carga de toda clase, que constituían la clave de la riqueza creciente de la capital que se expandía rápidamente.
París, en aquella época, gozaba de un comercio extensivo en mercaderías exóticas, al tiempo que era un mercado central para los productos de granja y otros, que llegaban diariamente a los quais de ambas orillas del río.
Normandía, Picardía, Bretaña y las Tierras Bajas, así como la mayor parte de Francia bajo dominio del rey francés y el duque de Borgoña, enviaban a París sus mejores terneros, ovejas, cerdos, pescados, quesos, hortalizas, frutas y vinos, para alegrar las mesas de aquellos que podían pagarlos.
Desde más allá, Inglaterra mandaba lana, y varios países del Mediterráneo embarcaban alfombras, sedas y telas de hilo, cristalería y platería, cerámica y armas finas, armaduras y artículos de cuero..., en una palabra, toda la rica profusión de lujosos productos que los artesanos extranjeros eran capaces de diseñar y manufacturar.
La flamante universidad de París atraía una clase de riqueza distinta, la del conocimiento, que se volcaba allí procedente de muchas tierras del mundo. Pero al mismo tiempo aquel gran centro del saber ingresaba enormes sumas de dinero que los estudiantes extranjeros recibían de sus padres ricos, con el fin de brindar a sus hijos parte de la mejor instrucción de Europa.
Los nobles y los comunes, los ricos y los pobres, los avaros y los generosos, todos se dirigían a la activa capital, por razones tan diferentes como visitantes había en París.
A causa de la necesidad de servicios tan variada que aquel flujo tan intenso de visitantes exigentes generaba, París se había convertido en un refugio para los pobres, siempre y cuando fuesen capaces de esclavizarse para realizar cualquier tarea servil que se les presentara. Nunca había escasez de semejante trabajo, buena parte del cual se relacionaba con la descarga de los barcos, almacenamiento y distribución de la mercadería.
Todo ello lo efectuaba la Jacquerie, la masa de campesinos que vivían en las barracas y las chozas de los barrios bajos de la orilla izquierda.
Los quais del Sena formaban un ruidoso y abigarrado escenario, pero afortunadamente la fresca brisa del río y el aroma de los perfumes y las especias orientales que traían los barcos de carga extranjeros de exóticos países influían en gran manera para mitigar el hedor de los environs, en cuanto a la orilla del río se refería. Cuando De Roubaix y su escudero cruzaron el puente meridional hasta l’Ile de la Cité, la paz y la tranquilidad que rodeaba a la enorme catedral, aún en construcción, fueron recibidas como un alivio esperado.
Curiosamente, ahora que Simon se encontraba cerca de Notre Dame de París, no experimentaba la misma sensación de temor que había sentido la primera vez que vio la catedral más pequeña de Chartres.
Si bien faltaba mucho para su terminación, ya se advertía una ostentosa opulencia en esa gran catedral que le faltaba a la más simple, más reverencial, arquitectura de la primera construcción.
Así como Simon había tenido la impresión de que Chartres era un sermón en piedra, ahora veía la catedral de Notre Dame de París como una ampulosa manifestación de la vasta riqueza de la Iglesia romana. Aquello fue suficiente como para afectar la religiosa sensibilidad del devoto joven normando.
Además, la misma sensación de alienación le asaltó cuando, después de dejar los caballos en manos de un mozo de establo, el templario y su escudero entraron en la catedral.
Si bien, al igual que en la ocasión anterior, inconscientemente bajaron la voz al trasponer el portal del sagrado edificio, Simon no experimentó en absoluto aquella sensación de espiritualidad y paz interior que previamente había gozado de manera tan extática en Chartres. Para él, Notre Dame fue una desilusión.
Bernard de Roubaix en seguida advirtió el súbito cambio de humor de su escudero. También él sentía lo mismo con respecto a Notre Dame de París.
—Se debe a la ausencia del Wouivre, Simon —dijo—. Aquí, en esta catedral, está dormido. En Chartres, el Dragón está despierto. Pero, lamentablemente, en este vasto edificio, aun cuando la construcción exterior está casi terminada y, por consiguiente, deberíamos sentir la presencia del guardián de nuestra bendita Señora, en cambio notamos su ausencia.
«Ello es así porque el orgullo y la arrogancia de los constructores ha crecido inconmensurablemente junto con la enorme riqueza que se ha volcado en su construcción.
«El Wouivre prefiere una dedicación más simple y devota al verdadero propósito del edificio, como instrumento perfecto para la comunicación con Dios. Notre Dame de París no se está construyendo con ese solo fin en la mente de sus arrogantes constructores.
«Por tanto, el dragón Wouivre duerme. Pero despertará para la celebración de los antiguos ritos de las estaciones. Ven cuando esté terminada, cuando se celebren los ritos de los equinoccios o de los solsticios con la reverencia debida, y encontrarás el Wouivre despierto.
«Sin embargo, ya que nos encontramos aquí, Simon, ruega conmigo por el éxito de tu misión en Tierra Santa.
Lado a lado, caballero y escudero se postraron de rodillas y vertieron su alma a nuestra bendita Señora de París.
Durante un breve lapso, sintieron que el dragón dormido se agitaba en su prolongado sueño y ambos tuvieron la impresión de que la Virgen Madre había escuchado su devota plegaria.
De Roubaix tenía poco que decir sobre Notre Dame de París y pronto se marcharon, para cruzar a la orilla derecha y emprender camino hacia el cuartel general de los templarios.
Si algo simbolizaba el poder de la Orden, era ese centro para el Gran Capítulo de París. Sin embargo, su templo de maciza construcción, al igual que la comandancia de Gisors, ya estaba señalado para ser reconstruido en una fortaleza aún más fuerte.
Simon estaba notablemente impresionado por los altos muros, con sus numerosos matacanes. Se trataba de contrafuertes salidizos, semejantes a pequeñas cajas, distribuidos a lo largo de las murallas con almenas. En caso
de ataque, en cada uno se encontrada un arquero, que se encargaría de disparar contra los sitiadores que intentaran escalar las murallas.
Las torres en las esquinas de los muros estaban coronadas por agujas cónicas, y el vasto patio interior se encontraba respaldado por la gran construcción que contenía la Casa Capitular, que constituía el corazón de la fortaleza. Aquél era el primer foco del poder temporal de la Orden en occidente, y su formidable presencia dominaba la capital de Francia.
Simon sentía que el tamaño y el peso de los muros exteriores le oprimían. Se sintió aliviado al pasar bajo el sombrío rastrillo y salir al patio interior iluminado por la luz del sol. Bernard de Roubaix había visitado el templo muchas veces en el curso de sus misiones, pero siempre experimentaba la sensación de encierro opresivo que perturbaba a su escudero. Al igual que Simon, el viejo templario era esencialmente un hombre de acción que amaba el aire libre de Dios; era un hombre de campo nacido y criado en Normandía. Si bien una parte de su vida había transcurrido dentro de los muros de muchas fortalezas, nunca se sintió cómodo en ninguna de ellas, en particular en el interior del cuartel general de los templarios en París.
Bernard de Roubaix era bien conocido por los guardias, y los visitantes en seguida cumplieron con las formalidades requeridas. Sus monturas fueron conducidas al herrador de turno para que les cambiara las herraduras, y ellos no tardaron en recibir la bienvenida de parte de Belami y su pequeña compañía de ansiosos y jóvenes cadetes. Rodeado de tanto afecto y amistad, Simon pronto dejo de sentir la impresión opresiva, que se disipó rápidamente en medio de las risas y las bromas alegres. Ni las miradas de desaprobación de los caballeros templarios, que se disponían a iniciar sus periodos de abstinencia, pudieron desalentar el alegre espíritu que animaba a los cadetes. Además, la presencia de los famosos y viejos caballeros sancionaba tácitamente su conducta.
—Ahora, Simon, que has contemplado las maravillas de Chartres, ¿qué dices? —preguntó Belami, dándole un fuerte abrazo.
—Es un milagro. No creo haber sentido tanto la presencia de la paz y la belleza en ningún otro lugar.
—¿Y qué impresión te ha causado Notre Dame de París?
—De ningún modo la misma. —Hizo una pausa—. ¿Es bella? Sí
¿Impresionante? Por supuesto, aún le falta mucho para estar terminada, pero, de todas maneras, no es como Chartres.
—Lo sé. —Belami asintió con la cabeza—. Yo siento exactamente lo mismo. El Wouivre parece estar dormido en Notre Dame de París. En Chartres, en cambio, el Dragón está siempre presente, guardando a nuestra santa Señora.
En contraste con estos profundos pensamientos, Simon no tardó en sumirse en las acostumbradas chanzas estúpidas de sus compañeros cadetes, que todos los jóvenes parecen celebrar en un ámbito militar. Se trata de una experiencia intemporal y constituye la esencia de la camaradería que se extiende en cualquier corps d’élite compuesto por gente joven.
En París, no hubo tiempo de visitar lugares de interés, lo que causó una gran desilusión en Simon, que deseaba ver la nueva universidad. Pero, desde su llegada, los cadetes habían estado muy atareados, preparándose para el largo camino que les llevaría a Marsella.
Se habían producido unos días de demora a causa de la reunión de un gran número de peregrinos, comerciantes y mercenarios, que los cadetes escoltarían hasta la Provenza, desde donde la mayoría seguiría viaje hasta Tierra Santa.
Los servicios de una escolta de templarios se obtenían mediante el pago a la Orden de una suma razonable, pero los viajeros primero tenían que presentar pruebas válidas que justificaran el viaje. El servicio de escolta era habitual entre los peregrinos que podían permitírselo, y los mercaderes u otras personas no acostumbradas a usar armas para defenderse se sentían seguros durante el viaje.
Sin embargo, algunos de los viajeros eran mercenarios, jóvenes aventureros que se dirigían a ultramar para unirse a cualquier ejército franco dispuesto a poner precio a sus espadas. También éstos estaban contentos de tener la oportunidad de compartir el viaje con la escolta de ocho jóvenes cadetes, al mando del canoso veterano.
Consideraban que la presencia de una compañía de templarios, por pequeña que fuese, les daba derecho a buscar abrigo en las comandancias que encontrarían a lo largo del camino. Para ellos, también, era dinero bien gastado. Por cierto que la escolta daba la impresión de estar perfectamente instruida.
Las bandas de forajidos y de otros renegados sin patria, a veces comandadas por feudales proscritos, aún eran una amenaza en los solitarios caminos hacia la costa provenzal. Pero las lanzas de los jóvenes templarios evitarían que nadie atacara el convoy de carros, salvo los bandoleros más osados.
La mayoría de los peregrinos eran de mediana edad, algunos con esposas e hijas, pero había otros, aparte de los mercenarios, cuyo viaje a Tierra Santa no era motivado por un devoto deseo de obtener la Gracia o la plenitud espiritual. Estos eran mercaderes, y el riesgo inherente al viaje formaba parte de su actividad comercial.
Pero para los más vulnerables de los peregrinos, los jóvenes cadetes les parecían ángeles guardianes, y las mujeres más jóvenes favorecían a los ocho apuestos cadetes con múltiples miradas de admiración solapada.
Una adorable joven italiana, hija de un platero milanés, estaba fascinada por el alto normando de cabellos castaños y ojos azules como plumas de pavo real.
María de Nofrenoy tenía sólo dieciséis años cuando se enamoro locamente de Simon, literalmente a los pocos minutos de haber puesto los ojos en él. Toda la pasión de su joven cuerpo se desbordó hasta el punto de casi ahogarla a causa de su intensidad.
Su cara en forma de corazón, agraciada con un cutis finísimo y una cálida y generosa boca, que dejaba ver unos dientes perfectos, posteriormente se vio embellecida por la chispa de pasión que apareció en sus ojos de color castaño oscuro. Cada mirada que dirigía hacia el nada suspicaz Simon era una promesa de gozo.
—Debe de haber algo raro en ese muchacho —se decía Belami entre dientes, con desesperación—. Debe de estar ciego para no ver a esa flor esplendorosa.
El veterano en seguida tuvo que abandonar aquellas reflexiones para concentrarse en reunir a los peregrinos y sus heterogéneas posesiones, que se apilaban inseguramente en un surtido inadecuado de carros desvencijados.
—Sabe Dios que soy un hombre paciente —le dijo gruñendo a Simon
—. Pero, ¿por qué tengo que ocuparme del acarreo de la mitad de las posesiones mundanas del norte de Francia hasta la Provenza? Puedes estar seguro, Simon, que la mayor parte de toda esa basura no llegará más allá de Dijon, ¡y ni hablar de Marsella!
Blasfemando copiosamente en árabe, que es una lengua maravillosa para ese cometido, Belami espoleó a su caballo para acercarse a Bernard de Roubaix y protestar contra aquella típica estupidez de los civiles.
El viejo templario, que ya lo había escuchado todo antes, en especial las maldiciones árabes, asintió prudentemente.
—Inshallah, Belami. Cuando las ruedas se caigan, deja la basura atrás.
—¡Santa Madre de Dios! —juró el veterano, elevando los ojos al cielo
—. ¡Una vieja imbécil ha traído su mecedora! ¡Eso tiene que descargarlo ahora mismo!
—No, Belami —rió De Roubaix—. Su carro se desarmará mucho antes de llegar a Dijon. Es mejor que maldiga al diablo por ello antes que lance sus juramentos contra el entrometido servidor templario que arrojó su mecedora favorita en París. En Marsella encontrará otra.
Habían sido dos días exasperantes para Belami y sus cadetes, antes de que la caravana, por fin, emprendiera su camino franqueando el portal meridional de las murallas que delimitaban el perímetro de la ciudad.
Simon, Bernard de Roubaix y el veterano servidor se abrazaron con el corazón henchido y los ojos velados por las lágrimas. Sabían que sería por última vez. El caballero templario se quedó observando a sus amigos hasta que se perdieron de vista; luego, sonándose la nariz ruidosamente, se enjugó las lágrimas y volvió a penetrar por el portal, para emprender su solitario camino de vuelta a Gisors. Allí, siguiendo las órdenes y los dictados de su corazón, pasaría el resto de sus días en De Creçy Manor con su viejo amigo Raoul. Al menos los dos veteranos cruzados podrían compartir su tristeza
ante la ausencia de su pupilo, esperando con ansiedad las cartas que sabían que les escribiría desde Tierra Santa.
Éstas les ayudarían a mitigar el dolor causado por la separación de la persona más importante de su vida. Ambos sabían que Simon gozaría de un gran destino y que, a su manera, buscaría el Santo Grial del Conocimiento, el Gnosticismo de los Magos.
Aquélla era la Era de la Caballería, y las hazañas de la gran Orden Militar de los Templarios habían influido grandemente, si no inspirado, la leyenda del rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda. Existía incluso otro Ávalon en Borgoña, cerca de Beaune, y después de todo, Lancelot du Lac provenía de Francia.
Muchos creían implícitamente en la autenticidad de ese gran círculo de gallardos caballeros. Tanto De Roubaix como De Creçy veían a Simon como otro sir Percival, el incomparable caballero de la corte de Arturo sobre quien los trovadores, mágicos poetas errantes, cantaban sus baladas, llevando las leyendas de la vida arquetípica a los espíritus de aquellos que escuchaban sus mágicas canciones.
Los dos caballeros también creían en la realidad del rey Arturo y su círculo mágico de auténticos chevaliers. Aceptaban su autenticidad de la misma manera que creían en la Cruz donde había muerto Jesús, que, estampada en plata, les había conducido durante su Cruzada en Tierra Santa.
Desde París, la ruta de los peregrinos escoltados por los templarios se extendía en dirección sureste hasta Dijon, alrededor de 230 millas, siguiendo el curso del Sena a medida que avanzaban hacia sus tributarios.
Si bien De Roubaix y Simon habían cubierto treinta millas por día en su viaje a Chartres y París, los peregrinos y sus destartalados carruajes obstaculizaban de tal manera la caravana de los templarios, aun en las rectas vías romanas, que apenas avanzaban veinte millas entre el amanecer y el crepúsculo vespertino. En total, les llevó once días llegar a Dijon, dejando una triste estela de carros averiados y otras posesiones a lo largo del camino.
La pequeña ciudad era un centro importante para la venta de los productos de granja de la región y se había convertido en un foco de atracción para el comercio de vinos, iniciado siglos antes por los romanos y desarrollado posteriormente por los seguidores de Carlomagno, el primer emperador de la cristiandad. La rodeaban los feudos de los nobles hacendados, así como los hogares rurales de las familias feudales y mercaderes aposentados, mansiones, granjas y fermes de los templarios allí establecidos. Dichas construcciones contrastaban violentamente con las barracas de los pobres.
Dijon, el Dibio del tiempo de los romanos, era ahora el hogar del duque de Borgoña. Se hallaba enclavado contra el río Borgoña, que a su vez desembocaba en el Saóne, y allí, durante un día exasperante, Belami y los cadetes bregaron con la reparación de los carruajes que se desintegraban rápidamente. Ello era suficiente para llevar a un hombre a la bebida.
Como aquélla era una de las regiones productoras de vino de mejor calidad de Europa, Belami decidió que sus cadetes eran merecedores de un poco de esparcimiento, de modo que, cuando hubieron terminado las reparaciones de emergencia, y mientras el herrador cambiaba algunas herraduras de los caballos, el veterano introdujo a su pequeña tropa a las delicias de los vinos de Borgoña.
Aunque los caballeros templarios hacían votos de abstinencia, el requisito no pesaba sobre las filas de los servidores de la Orden, y, si bien Belami no consentiría la indisciplina de la borrachera, no veía razón alguna para que los cadetes debieran permanecer muertos de sed en medio de la abundancia de bebida.
Él mismo les acompañó, tomando modestamente una o dos botellas, como para dar ejemplo de moderación en el beber. Belami se reía de sí mismo al recordar, de pronto, a sus viejos camaradas de armas, veinte años antes en Tierra Santa. «Difícilmente me reconocerían ahora», pensó. No, por cierto, a raíz de sus actuales hábitos abstemios, que contrastaban con su antigua imagen de bebedor empedernido.
—Este vino es excelente. —El veterano chasqueó los labios apreciativamente—. A mi edad, mes braves, me tomo mi tiempo para
saborear un vino de semejante cosecha. En los viejos tiempos, cuando tenía vuestra edad, lo engullía a barriles. Bien podrían haberme servido orines de cerdo.
Los cadetes rieron estrepitosamente, ya que el vino de Borgoña les había aflojado la lengua.
—¿Cómo luchabais, mon cher sergent, si estabais borracho? —inquirió Pierre, el apuesto joven de ojos oscuros y seguro de sí mismo, que evidentemente provenía de una noble casa francesa, pero que, hasta el momento, no se le había hecho conocer su origen.
Sin embargo, su agudeza y valentía ya le habían hecho merecedor de la íntima amistad de Simon.
Belami se echó a reír.
—¡Como siempre, mon garçon, con una sola mano y la fuerza de un oso!
—¿Y el vino no os afectaba en absoluto? —preguntó Phillipe, el muchacho alto y callado, que también se había sentido atraído por la cálida camaradería de Simon.
—¡Sí! —reconoció Belami—. ¡Después de una docena de botellas, me parecía que luchaba contra el doble de paganos!
Los cadetes celebraron estruendosamente la ocurrencia.
—Es un mal hábito —rugió el veterano—. ¡No lo cultivéis! Casi me expulsaron del cuerpo por mis borracheras. Sólo la intercesión de mi comandante, el difunto Gran Maestro y el hombre más extraordinario a cuyas órdenes haya servido jamás, me salvó de recibir una patada en el traste. De no haber sido por Odó de Saint Amand, hoy no estaría con vosotros, saboreando este delicioso vino. Bebed, mes braves, que mañana debemos partir al amanecer.
Durante el largo viaje hacia el sur, María de Nofrenoy apenas podía apartar los ojos de Simon. Su corazón latía con fuerza cada vez que le tenía cerca, lo que sucedía tan a menudo como ella podía encontrar una excusa para llamar su atención, ostensiblemente con el fin de recabar ayuda para el carruaje de su padre que siempre le creaba algún problema.
La joven anhelaba el contacto de las fuertes manos del apuesto normando sobre su voluptuoso cuerpo, que virtualmente ansiaba ser tomado por su deseado amante.
Las bellas facciones y los ojos sorprendentemente azules de Simon poblaban sus sueños, despierta o dormida, pero en especial cuando, por la noche, se removía inquieta en la parte posterior del carro de su padre, devorada por el deseo.
María aún era virgen, pero su ardiente temperamento milanés le proporcionaba una madurez física que superaba la que le correspondía por la edad. Hasta aquel viaje a Marsella, su experiencia amatoria se había limitado a unos pocos besos robados y a algunas torpes caricias con el aprendiz de su padre en París. Al zagal le habían atrapado en el acto antes de que hubiesen llegado las cosas a mayores. Había recibido una buena tunda y le habían despedido, a pesar de las protestas de María, que se atribuyó la culpa. Ahora se había enamorado perdidamente de Simon y deseaba que fuese él quien le robara la virginidad. Todos los demás cadetes habrían estado encantados de ser su amante, pero María sólo tenía ojos, y suspiros, para Simon. Para alivio de Belami, su cadete favorito comenzaba por fin a darse cuenta de la adoración de su admiradora. El veterano ahora estaba seguro de que Simon no era anormal ni tenía ningún defecto físico.
Fueron todos aquellos años de acondicionarlo para la castidad en la casa sin mujeres de Raoul de Creçy lo que había retrasado el normal desarrollo del joven normando. Simon era tremendamente tímido con las mujeres, en particular con las jóvenes. Pero ni siquiera su agudo retraimiento para con el sexo opuesto podía difícilmente evitar que respondiese a los generosos encantos de María, así como a la evidente ansiedad con que ella silenciosamente se los ofrecía para su aprobación.
En dos ocasiones, al ayudarla a enmendar los inconvenientes que sufría el carro de los De Nofrenoy, Simon se encontró muy cerca de María, con los cuerpos en contacto. Cada vez, la emoción causada por el roce les había hecho estremecer, mientras el perfume natural de la muchacha le embriagaba como el olor de las flores silvestres. La tierra despertaba al vigor del mes de mayo; hacía una llamada a sus jóvenes criaturas para que
respondiesen a la música del gran dios Pan. Simon y María reaccionaban a los tonos mágicos de la siringa, y la sangre latía con fuerza en sus venas.
Una noche de luna acamparon al lado del camino, y Simon montaba guardia cuando el leve ruido de unos pasos le obligó a girar sobre sus talones, al tiempo que extraía la espada. Antes de que tuviese tiempo de desafiar al merodeador, los suaves dedos de María le rozaron los labios, para silenciarlos. Su cuerpo tembloroso se apretó contra él. A la luz plateada de la luna, Simon pudo ver el largo y bien cepillado pelo que enmarcaba el rostro ansioso de María. Con el sordo siseo del acero al rozar con el cuero, el joven caballero envainó de nuevo la espada. El vigoroso doncel levantó a la temblorosa joven del suelo, estrechándola fuertemente entre los brazos enfundados en la cota de malla.
Sus bocas se encontraron y se fundieron en un beso. La activa lengua de María se deslizó entre los labios húmedos de Simon. Embelesado, él respondió, los sentidos vibrando de deseo, y todas las terribles advertencias del hermano Ambrose volaron de su mente como un enjambre de pájaros silvestres liberados de pronto.
Simon sintió que su masculinidad se alzaba bajo la tierna caricia de María, mientras debajo de los ásperos calzones de cota de malla, los muslos de la muchacha se abrían anhelantes a su palpitante erección.
Lo restante habría sido la conclusión natural de semejante pasión. Pero, en aquel instante, el resplandor vacilante de una antorcha brilló sobre sus jóvenes rostros sorprendidos.
Ambos lanzaron una exclamación de sorpresa al ser descubiertos, Simon encogiéndose de vergüenza, y María tapándose instintivamente la cara con su capa con capucha.
Para alivio de Simon, una sorda risita le anunció que era Belami quien sostenía la antorcha, que se apagó de inmediato cuando el veterano introdujo el cabo encendido entre las matas empapadas de rocío. Con el dedo sobre los labios, les reprendió dulcemente:
—¡Ahora no, mes enfants, y no aquí! Volved junto a vuestro papá, signorina. No temas, Simon, guardaré tu secreto. Pero quiero hablar contigo, mon ami..., a solas.
El dulce beso que le dio María, con una risita, le dijo al joven normando que no estaba todo perdido y, mientras la bella joven se perdía en la oscuridad, Belami puso su poderoso brazo sobre los temblorosos hombros de su joven amigo.
—Simon —le dijo—, lo que ha pasado, pasado está. No se ha cometido ningún pecado mortal. Has besado a una hermosa muchacha que lo deseaba.
Eso es todo. Y si la naturaleza hubiera tomado su curso natural, tampoco eso habría sido pecado.
«Nunca estuve de acuerdo con la forma extremadamente estricta en que te educaron. Si bien tengo un gran respeto por tus tutores, creo que interpretaron mal la voluntad de tu padre.
«Recuerda, Simon, que no estarías aquí si tu propio padre no hubiese respondido a la llamada de amor de nuestra santa Madre.
«Todavía no eres un caballero templario, a quien le está prohibido el amor terrenal por los votos del celibato. Por lo tanto, por amor a nuestra santa Señora (y créeme, Simon, que no digo ninguna blasfemia), deberías conocer la dulzura del verdadero amor, antes de que renunciaras a él para siempre.
Como el padre que abraza a su hijo favorito, así Belami estrechó a Simon entre sus brazos.
—Jesús sabe que no soy un santo, pues he amado a muchas mujeres, pero la doncella del caso, o la matrona, siempre consintió voluntariamente, y ninguna de ellas, que yo sepa, sufrió daño alguno a causa de nuestra relación. Tú no haces más que lo que suele hacer cualquier joven animal en celo en esta época del año. No hay pecado en ello, porque no tendríamos futuro sin el amor natural. ¡Créeme, Simon, el gran dios Pan no está muerto!
En seguida el trastornado joven le abrió su alma al prudente y mundano amigo, y le contó a Belami sus pasadas dudas y temores. El sonriente veterano le escuchó pacientemente mientras Simon le hablaba de la lucha solitaria que sostuvo, cuando la feliz infancia se convirtió en la incierta adolescencia vigorosa.
—He tenido sueños que me llevaron a un delicioso éxtasis, pero con el alba llegaba la culpa infernal, llenándome el alma de terror.
—¿No es eso verdaderamente obra del diablo?
—¡No, Simon, no lo es! —Belami rió—. Es, antes bien, obra de nuestra santa Madre Tierra. Créeme, mon ami tendrás mucho tiempo para evitar el caer en pecado mortal después que hayas tomado los votos de caballero templario... —El veterano hizo una pausa—. ¡Si es eso lo que deseas hacer!
Esbozó una amplia sonrisa.
—Basta de esta solemne conversación. Tomaremos un vaso de vino caliente con especias, porque el viento de Borgoña se vuelve muy frío a esta hora..., pues es por eso que estás temblando, ¿no es cierto, mon brave?
Belami sabía muy bien por qué temblaba Simon, pero así le brindaba al joven una excusa válida para su embarazo.
—Belami, ¿qué haría yo sin vos?
—En primer lugar, estarías pasando un delicioso rato con María —
respondió el veterano, riendo, mientras se dirigían hacia el círculo que formaban los carros con el fin de saborear el vino caliente con especias y disfrutar de un par de horas de sueño, con la silla por almohada y envueltos en mantas junto al agonizante fuego de campamento.
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