El templario

Michael Bentine · Capítulo 2 de 24

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El templario

1 la Llamada a las Armas

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LA LLAMADA A LAS ARMAS

Durante cinco días y cinco noches, Raoul de Creçy y su sobrino lucharon por la vida del templario. La flecha herrumbrada había provocado una tremenda infección que hizo elevar peligrosamente su temperatura.

Durante horas, el templario estuvo delirando con frenesí.

El quinto día, la fiebre cedió. Bernard de Roubaix yacía en su lecho de enfermo, débil como un cachorro de león recién nacido. Durmió el profundo sueño reparador de aquellos que regresan del oscuro corredor de la muerte. Las pociones y cataplasmas del hermano Ambrose, preparadas con hierbas cultivadas en el huerto de la abadía cercana, habían resultado milagrosamente efectivas. Sin embargo, sin el devoto cuidado de los Creçy, el herido caballero no habría sobrevivido.

Simon estaba fascinado por su misterioso huésped, pero su tío le dio sólo los detalles más escuetos sobre el templario.

—Bernard de Roubaix es un viejo camarada de lucha, de la época en que servía en la segunda Cruzada. Hacía más de dieciséis años que no nos veíamos. Yo ignoraba que había vuelto de Tierra Santa.

—¿Le conocía mi padre? —inquirió Simon, siempre interesado en saber cosas relacionadas con sus difuntos padres, a ninguno de los cuales recordaba.

—En efecto, tu padre le conocía muy bien. Ningún hombre podría desear un amigo más leal que Bernard de Roubaix.

—¿Estaba él con mi padre cuando falleció?

El muchacho estaba ansioso de saber más.

—¡No! —respondió el mayor de los Creçy—. ¡No estaba! —La actitud del caballero normando se tornó esquiva—. Basta de esto, Simon. Cuando De Roubaix esté mejor, tendrá muchas cosas que contarte. Hasta entonces debes ser paciente.

—Pero es que sé tan poco sobre mis padres... —protestó su sobrino.

El rostro del viejo caballero mantuvo una expresión severa.

—Ya te he dicho, Simon, que en el momento oportuno conocerás más cosas sobre este particular. Hasta entonces, debes esperar. A los caballeros templarios se les ha ordenado hacerse cargo de tu formación. Sin duda te sorprende que la gran riqueza de los templarios asuma todos los gastos de la De Creçy Manor, desde el mantenimiento total de la finca hasta la manutención y hospedaje de los criados. Cuando Bernard de Roubaix se haya recuperado, te lo explicará todo. Para eso ha venido.

Su sobrino parecía estupefacto. Raoul le sonrió con afecto.

—Bernard se dirigía hacia aquí cuando le salvaste la vida. Ahora tiene la intención de llevarte de vuelta con él, a la sede central de los templarios, en Guisos.

Simon se quedó absorto, mientras su mente era un remolino a causa del efecto de las palabras de su tío.

La vida del joven caballero normando, desde la infancia hasta el momento presente, había quedado circunscrita a De Creçy Manor y sus alrededores. Todo había sido regido por la ordenada sucesión de las estaciones.

En la primavera, se sembraba y nacían los corderos. El verano aportaba abundancia de trigo, cebada y avena que, juntamente con el ganado y las hortalizas, constituían el alimento principal de la familia feudal y su impresionante legión de vasallos y sirvientes.

El feudo se hallaba situado demasiado al norte para producir uvas para la elaboración de vino, pero las fincas contaban con magníficos manzanares que brindaban a la casa del viejo caballero y a las gentes de los alrededores

excelente sidra. La leche era abundante y con la rica crema de Normandía se producía una deliciosa variedad de aromáticos quesos.

La educación escolar de Simon había sido intensa, como si su tío deseara llenar la cabeza del muchacho con la mayor cantidad de conocimientos que fuera posible.

Por lo tanto, desde temprana edad tomó parte activa en las duras tareas del cultivo de la tierra y en la actualidad colaboraba en el buen funcionamiento de cada rama del feudo, desde el apareamiento del ganado lanar y vacuno hasta el de los grandes caballos de guerra por los que Normandía era famosa.

Simon era una honra para Raoul de Creçy y un magnífico ejemplo para los jóvenes feudales normandos. Su vida estaba plenamente ocupada desde las primeras horas del alba hasta el momento de quedarse dormido poco después de la puesta del sol, junto al rugiente hogar del salón de la mansión.

Durante su ordenada y joven existencia nunca había sucedido nada tan súbito y dramático como la llegada del templario herido. Ahora, de pronto, todo su futuro había sido arrojado al crisol del destino.

Simon sospechaba que las circunstancias de su nacimiento fueron deliberadamente envueltas en el misterio. Por supuesto, le consumía la curiosidad por descubrir la verdad. Sin embargo, la novedad de que la famosa orden militar de los caballeros templarios había sido responsable de su instrucción estricta e insólita en De Creçy Manor le había causado una profunda impresión.

El muchacho siempre había pensado que su tío Raoul era su padre sustituto. Amaba al viejo caballero con una lealtad a toda prueba y aceptaba todo cuanto el viejo De Creçy decía como la pura verdad.

Su tutor le devolvía su devoción y había dedicado toda su vida, desde el nacimiento del chico, a su formación, educación y bienestar, tratándole como si fuera su propio hijo.

Debido a severas heridas sufridas durante la segunda Cruzada, Raoul de Creçy no pudo engendrar hijos. El caballero normando aún cojeaba a causa del lanzazo del sarraceno que le había tirado del caballo y robado su masculinidad.

Durante años, le había torturado la perspectiva de tener que contarle la verdad a su protegido sobre su nacimiento. Ahora el momento estaba cerca.

Con los fondos generosos de los templarios, De Creçy había podido educar a Simon hasta el filo de la edad adulta, brindándole todas las oportunidades posibles para aprender el arte de la guerra y de la paz, al tiempo que le enseñaba las responsabilidades de un caballero.

Desde la época que el muchacho tuvo fuerza suficiente para portar armas, el viejo cruzado le fue transmitiendo las habilidades que él había aprendido luchando en Tierra Santa. Raoul sabía que muy pronto le perdería, para someterse al entrenamiento militar a cargo de los templarios, y aquel conocimiento le dolía en lo más profundo de su corazón.

El décimo día, Bernard de Roubaix se encontraba con fuerzas suficientes como para abandonar el lecho de enfermo y tomar un baño. Una enorme tina de roble, hecha con medio tonel de sidra, fue llevada rodando hasta su dormitorio. En seguida la llenaron de humeante agua caliente generosamente aromatizada con hierbas del hermano Ambrose, incluyendo su remedio preferido, un extracto de Aquea Hamamelis, destilado de la planta del sortilegio, la antigua loción romana para los miembros acalambrados y las heridas ulcerosas de las batallas.

El cuerpo envejecido del templario llevaba muchas marcas de sus pasados combates, principalmente de los encuentros salvajes con los sarracenos. Su tronco vigoroso, atezado, y las largas extremidades estaban cubiertos de cicatrices. Si bien el anciano caballero había perdido peso durante las crisis febriles, su poderosa constitución aún exhalaba un aura de gran fuerza.

A los sesenta años, Bernard de Roubaix se encontraba en tan buen estado como cualquier hombre veinte años más joven. Toda su vida, de la adolescencia en adelante, se había dedicado a hacer la guerra en nombre de Cristo, tanto como cruzado francés o caballero franco, como, posteriormente, como templario o, para nombrarlos con el título completo:

«Los Pobres Caballeros de Cristo del Templo de Jerusalén».

Durante su baño ritual, sólo Raoul y su pupilo tuvieron permiso para asistir a Roubaix. Ambos sintieron que, mientras el herido caballero se

distendía en el agua caliente, había llegado el momento de que su huésped les contara el propósito de la misión que le había traído de Tierra Santa.

Simon contemplaba al viejo templario con asombro. De la espesa mata de grises y rizados cabellos a la flotante barba blanca, Bernard de Roubaix ofrecía el aspecto de un guerrero avezado de la más estricta orden militar en las Cruzadas, las «Guerras Santas» que habían tenido lugar en Tierra Santa por más de un siglo. Su nariz rota y la cara llena de costurones estaban curtidas por los incontables días pasados bajo el sol palestino, pero sus brillantes ojos castaños revelaban humor, compasión y ternura en lo más profundo de ellos.

He aquí, pensaba Simon, un monje guerrero con la bondad y la piedad del verdadero caballero, el código de honor del guerrero de la orden de caballería. Presentía que Bernard de Roubaix era un adalid nato, un paladín que cualquier hombre se sentiría orgulloso de seguir.

Simon poseía un grado de percepción muy aguzado para sus años y, a causa de la instrucción devota de su protector y tutor hermano Ambrose, también sabía leer y escribir. Eso era algo raro en aquellos tiempos. De hecho, Simon sabía escribir y conversar en latín, francés, árabe e incluso inglés, lengua que le había enseñado Owen el Galés, un viejo arquero cruzado, que también le había entrenado en el uso del mortífero arco galés.

En el dormitorio de bajo techo, calentado por un resplandeciente fuego de leños durante el largo invierno normando, Simon permanecía callado junto a la tina humeante, que iba rellenando constantemente con agua caliente. Al comprender que, por fin, se correría el velo de misterio que envolvía su nacimiento, temblaba de emoción.

Jamás olvidaría aquella noche en el cuarto iluminado por el fuego del templario herido, donde vacilaban las sombras, mientras Roubaix remojaba su cuerpo abatido en las calientes y curativas aguas, y el caballero normando masajeaba diestramente los anchos hombros de su viejo camarada de luchas.

—¡Ah, Raoul! —exclamó el templario, con una sonrisa de satisfacción

—. Siempre tuviste el don de curar. Deberías haber sido un hospitalario.

Esas manos tuyas han calmado muchos miembros doloridos y llevado alivio a incontables cuerpos abatidos.

De Creçy dejó de hacerle masaje y sonrió, con una amplia sonrisa que curiosamente no alteraba la lívida cicatriz que le cruzaba la boca causada por el afilado filo de una cimitarra sarracena.

—Cuando estuve prisionero en Damasco, aprendí a hacer masajes de un sanador que conocí allí. Massa es una palabra árabe, Simon. No sólo significa tocar, sino también sanar. Los sarracenos saben mucho más sobre este gran arte que nosotros.

Bernard de Roubaix asintió con la cabeza para expresar que compartía aquella opinión.

—El propio médico personal de Saladino era oriundo de Córdoba, en España —siguió diciendo De Creçy—. Allí le llamaban Maimónides. Es judío, un verdadero maestro en el arte de curar. Los sarracenos le llaman

«Abu-Imram-Musa-ibn-Maymun». Cuenta con la plena confianza de Saladino en cuanto a su notable capacidad para curar, y se le reverencia y respeta en todo el Islam.

—Pero eso seguro que debe de ser brujería, ¿no? —intervino Simon, con temor ante aquellas palabras.

El viejo templario lanzó una profunda y sonora carcajada. —Créeme, joven Simon, todavía tienes mucho que aprender. Ahora escúchame bien. El pueblo judío es muy antiguo, son los herederos de un vasto caudal de conocimientos que estuvieron casi perdidos para el mundo cuando se quemó la gran biblioteca de Alejandría.

«Desde entonces, sucesivos eruditos hebreos han dedicado su vida a preservar todo el conocimiento que estuvo allí depositado antes de producirse aquel imperdonable acto de salvajismo. Maimónides me contó que él estaba convencido de que los conquistadores de Egipto destruyeron deliberadamente lo que consideraban como conocimientos peligrosos, demasiado valiosos para ser confiados a los profanos.

«Nosotros, los cristianos, les debemos a los judíos la visión que tuvieron al preservar el gnosticismo, como lo llaman. Mediante su acto de coraje al salvar el conocimiento secreto que contenía la biblioteca de Alejandría, se

ha beneficiado toda la humanidad. Sin su extraordinario esfuerzo, el gnosticismo se habría perdido.

Semejante punto de vista sobre los judíos, Simon nunca lo había escuchado antes. En la Francia feudal existía un enorme acosamiento dirigido contra el pueblo de Israel, y el joven normando pocas veces había oído hablar en su favor. Aquellas expresiones halagüeñas, procediendo de una fuente tan erudita como lo era Bernard de Roubaix, le tomó de sorpresa.

Simon resolvió, en lo sucesivo, revisar su propia actitud hacia aquel pueblo notable.

—No olvides nunca —continuó el templario, con el brillo de una mística luz en sus ojos castaños—, que nuestra Madre bendita, la Virgen María, era judía, como lo era también, por supuesto, José, su esposo. Sin embargo, el arcángel vino a anunciarle que sólo Ella entre toda la humanidad había sido elegida para dar a luz a Cristo. Ella fue la Inmaculada Concepción.

El silencio entre las sombras danzantes del dormitorio iluminado por el fuego fue absoluto, hasta que el templario continuó diciendo:

—El Espíritu Santo penetró en el infante Jesús al nacer, y un rabino judío realizó el sagrado rito de la circuncisión en el niño santo.

«Yo nunca me he sumado a la injusta persecución de un pueblo tan antiguo como notable, porque me han enseñado muchísimo. Maimónides fue amigo mío e instructor, y de él y de su mentor sarraceno, el gran Osama de Isphahan, aprendí muchas de las maravillas del gnosticismo.

El viejo templario escrutó los ojos de Simon.

—Jamás subestimes la sabiduría y la compasión de los judíos —dijo.

Fue Raoul De Creçy quien rompió el silencio que se hizo después.

—Este poder para curar, que todavía se enseña entre los judíos en Tierra Santa, me lo transmitió una mujer extraordinaria, Miriam de Manasseh —

explicó—. Si de brujería se trata, sin duda es una extraña manera de manifestar el mal por parte del Príncipe de las Tinieblas.

«Maimónides es famoso en toda Tierra Santa por el alivio y las curaciones que ha brindado a los sufrientes y doloridos, sin tener en cuenta si eran judíos, gentiles, cristianos o musulmanes. Todos saben que el gran

sanador está al lado de las fuerzas angélicas, y jamás podría servir a las oscuras legiones del Infierno.

De Roubaix asintió con la cabeza.

—Raoul, mucho es lo que le has enseñado al muchacho, pero aún tiene que aprender muchísimas cosas de las antiguas costumbres y procederes.

Se volvió hacia Simon.

—Ven, muchacho, y pon tu mano entre las mías. Tengo mucho que contarte, pero primero quiero que hagas un solemne voto de silencio.

—Lo que vos digáis, señor —respondió Simon.

La voz del templario se volvió sombría y las sombras de la habitación parecieron alargarse.

—Jura por la Virgen María —entonó— y por todo lo que te sea más sagrado que, sea lo que fuere lo que te revele, será, eternamente, tu secreto y el mío. Jura que guardarás silencio con respecto a su contenido, para siempre.

El viejo caballero siguió diciendo con gravedad:

—Si alguna vez rompieras este voto de silencio, debes tener en cuenta que te será cortada la lengua para ser enterrada en las arenas de la playa, donde las aguas alcanzan la altura mayor en las mareas. Simon de Creçy,

¿aún deseas hacer el voto?

—Sí, señor —respondió Simon con voz ronca, impresionado por la severidad de la pena.

—Entonces, júralo sobre la empuñadura de mi espada de templario que, al sostenerla enhiesta se convierte en el símbolo de la cruz, en que Nuestro Señor Jesucristo fue crucificado.

De Creçy, que había presenciado el ritual de toma del juramento en silencio, entregó a Simon la pesada espada con el puño en cruz. El joven normando repitió solemnemente el voto y besó la empuñadura de bronce.

Hecho esto, ambos caballeros se mostraron visiblemente aliviados.

—Simon —dijo el templario—, todo cuanto te diré es la pura verdad.

Primero, tu nombre no es De Creçy, y Raoul no es tu tío.

Simon lanzó una mirada sorprendida a su padre sustituto.

—Eso no quiere decir que el amor que os tenéis sea menos auténtico —

continuó De Roubaix—. Raoul lo ha sido todo para ti. Si hubiese tenido un hijo, no podría haberlo amado más.

—Lo sé —murmuró Simon, con voz ahogada.

—En segundo lugar —dijo el templario—, tu padre está muerto.

—Pero eso debió de suceder hace mucho tiempo.

El comentario del joven normando fue hecho con el tono de una pregunta.

—No —respondió Roubaix—. Apenas ha transcurrido un año desde que ocurrió su muerte, en Damasco. Por eso he venido a este feudo.

De pronto, la voz del templario se tornó áspera.

—Simon, por el poder que se me ha otorgado como humilde caballero de la orden del Temple en Jerusalén, te ordeno que me acompañes a nuestra comandancia en Gisors, donde recibirás instrucción en el Cuerpo de Servidores Templarios.

«Cuando hayas terminado la instrucción, si te consideras merecedor de ser enrolado como servidor pleno en nuestra Orden, se te llevará a Tierra Santa: allí recibirás el mandato de nuestro actual Gran Maestro, Arnold de Toroga.

Simon estaba anonadado ante la fuerza de aquellas revelaciones.

—¿Entonces, deseáis que me convierta en caballero templario, como vos mismo, señor?

—Eso es el destino el que tiene que decidirlo, Simon. —Mientras hablaba, De Roubaix sonreía—. Salvo en raros casos, uno debe ser armado caballero antes de ingresar en nuestra Orden. Tanto Raoul como yo éramos caballeros francos. Yo me hice templario y tu tutor se convirtió en Donat, haciendo donación de sus tierras y de todas sus posesiones a nuestra Orden, sin derecho convertirse en caballero templario. Eso fue así porque consideró que, a causa del carácter de su herida, no podría tomar el voto de celibato en su pleno significado de una total abstinencia de mantener relaciones carnales con una mujer, como acto de voluntad.

El caballero normando asintió con la cabeza mientras el templario continuaba diciendo:

—Simon, tú serás servidor cadete en el cuerpo, como tu padre hubiese deseado. Tu tutor y yo estamos seguros de que, finalmente, obtendrás las espuelas de oro de la orden de caballería y por consiguiente estarás en condiciones de ingresar en nuestra Orden. En cuanto yo esté repuesto, partiremos hacia nuestra comandancia.

«Sin embargo, debo recordarte de nuevo que si llegas a hablar de este asunto, te será cortada la lengua, aun cuando tu tutor o yo mismo debamos ser los instrumentos que lleven a cabo tamaña operación.

El rostro del templario parecía de granito. Era evidente que hablaba muy en serio.

—¿Y mi padre, señor? ¿Quién era? Puesto que he hecho voto de silencio, seguramente tengo derecho a saberlo.

Bernard de Roubaix, que se estaba secando ante el fuego, sonrió ampliamente.

—Por supuesto que lo tienes, Simon.

El viejo caballero permaneció callado durante un largo rato.

—Tu padre fue uno de los más valientes caballeros de la cristiandad.

Fue nuestro más íntimo amigo. ¡Se llamaba Odó de Saint Armand, ex Gran Maestro de la Orden del Temple!

Durante el resto de la noche, Simon durmió con desasosiego; vívidos sueños matizaban su descanso. Desde la infancia, el joven normando experimentaba aquellas visiones, algunas estáticas, otras como pesadillas con vislumbres del horror de las que despertaba gritando, para recibir la confortación de las palabras tranquilizadoras de Raoul de Creçy.

Aquella noche soñó que volaba como un pájaro, dejando el cuerpo terrenal dormido en la casa, mientras su «cuerpo sutil», el doble exacto del físico, se elevaba por encima de un paisaje distante. Se trataba de una experiencia que había conocido muchas veces con anterioridad.

Viendo pasar por debajo de él las ondulantes colinas y los escarpados rocosos, los desiertos y frondosos oasis, Simon tenía la certeza de que aquélla era una visión de Tierra Santa.

En esencia, el sueño era siempre el mismo. Simon se encontraba perdido y buscaba desesperadamente a su padre. De pronto, el sueño se convertía en una pesadilla. Los cielos por donde volaba eran traspasados por relámpagos zigzagueantes, que obligaban a Simon a volar más bajo sobre el extraño paisaje.

Debajo de él una espesa niebla se arremolinaba y bullía como dotada de vida propia. Dentro del repelente manto gris, Simon vislumbraba criaturas demoníacas, cuyos rostros eran de seres muertos desde tiempos inmemoriales. Uno de ellos tenía un enorme parecido con el gigante decapitado que Raoul de Creçy había enviado al infierno.

El cadáver sin cabeza, devorado por los gusanos e hinchado hasta duplicar su gigantesco tamaño, mantenía alzada su testa chillona, mientras sus mandíbulas trataban de triturar la figura volante de Simon.

El muchacho lanzó un estentóreo grito de terror y se despertó inmediatamente, bañado en sudor. Se abrió la puerta de su habitación y apareció en el umbral su tutor, que se quedó sin saber qué hacer.

Simon gritó:

—¡Tío Raoul!

Aterrado, le tendió instintivamente los brazos a su padre sustituto.

Sólo se precisaba aquel gesto tan simple para que se abrazaran. El caballero normando de blanca melena estrechó a Simon entre sus brazos, al tiempo que trataba de ahuyentar los horrores de la noche, tal como hacía cuando Simon era niño.

—¡Menudo servidor templario voy a ser! —dijo el muchacho, avergonzado—. ¡Aquí me tienes, a los diecisiete años y llorando como un niño!

Su tutor sonrió tiernamente, mientras estrechaba con más fuerza a su protegido.

—No debes avergonzarte de las lágrimas, Simon. No haces más que despedirte de tu infancia. De ahora en adelante eres un hombre; un hombre con un gran destino. Ve con mi bendición, pues ya sé que te espera un futuro maravilloso en Tierra Santa. Debes seguir tu estrella, Simon. Ella te guiará hasta la fama y la fortuna.

Por última vez, el joven caballero y su anciano tutor durmieron uno junto al otro, estrechamente abrazados como padre e hijo.

La vida entera de Simon cambió dramáticamente. Durante diecisiete años sólo había conocido la compañía de hombres hechos y derechos, cada uno de ellos, un maestro y un amigo. Entre éstos se contaba su tutor, a quien amaba como a un padre; su maestro, el sabio hermano Ambrose, de la cercana abadía cisterciense; Owen el Galés, el arquero que había servido junto a Raoul De Creçy en Tierra Santa, y toda la comitiva de montañeses y labradores hacendados, así como los criados, que constituían el personal del viejo caballero normando.

Curiosamente, aquella era una casa sin mujeres, salvo las sirvientas de mediana edad que siempre abandonaban la finca antes del anochecer. Sin embargo, había sido un hogar feliz para Simon, cuya joven existencia parecía haber sido el eje en torno al cual giraba la propiedad de De Creçy.

Ahora todos aquellos devotos esfuerzos parecían tender a terminar con la partida inminente de Simon. Tal era el extraño camino de los templarios.

El caso de Simon era, por supuesto, excepcional en un aspecto. Su nacimiento, como hijo natural de un Gran Maestro de una orden entregada al celibato, había hecho de su formación un asunto del más estricto secreto.

Como Bernard de Roubaix le contó:

—Nuestra Orden se fundó hace unos sesenta años. Estaba formada por un pequeño núcleo de caballeros, guiados por Hugues de Payen y Godefroi de Saint Omer, como Gran Maestro y Ordenador, respectivamente.

Otros caballeros implicados fueron Hugues de Champagne, Payen de Montdidier y Archambaud de Saint Amand, mientras que los restantes, André de Montbard, Gondemar, Rosal, Godefroy y Geoffrey Bisol, pronto se unieron a ellos para formar el primer capítulo de los «Pobres Caballeros de Cristo del Templo de Jerusalén».

«Esos hombres extraordinarios andaban juntos para proteger a los indefensos peregrinos que habían sufrido graves pérdidas en el camino de Jaffa a Jerusalén, una antigua carretera romana de unas sesenta millas de largo. Muchas de las víctimas, jóvenes y viejas, perecían a manos de

asaltantes y ladrones, y esa situación se había vuelto intolerable. Por esa razón se formó la Orden, con el principal propósito de poner fin a esa matanza de los inocentes.

«Los templarios, tal como se nos conoció, hicimos votos de pobreza y castidad, eligiendo el difícil camino del celibato en una tierra donde impera en gran medida el amor libre.

«Adoptamos como distintivo la insignia de dos caballeros cabalgando un solo caballo como demostración de nuestro voto de pobreza y, originalmente, los caballeros templarios vestían solamente ropas de desecho y equipos donados por terceros.

«Hoy en día, el equipo y los caballos nos los proporciona la Orden.

Nuestra enseña, el Gonfardon, la llamamos el Beauseant. Es una bandera negra y blanca en que la sección negra guarda proporción con la parte blanca, de acuerdo con los principios de la mística Sección Dorada, un axioma de la antigua Geometría Sagrada.

«Saint Bernard de Clairvaux, el gran cisterciense, estableció las reglas por las que se rige la Orden de los Templarios. Estas reglas disciplinarias son inflexibles y no toleran ningún desliz; de ahí que se te criara clandestinamente como hijo natural de uno de los más famosos grandes maestros de la Orden.

«Este secreto hubiera podido causar un daño irreparable a la Orden, pero se guarda en manos de unos pocos hombres de confianza, de los cuales, Simon, ahora tú formas parte. Ésa es la razón por la que te pedí que hicieras el juramento sagrado.

Simon tenía todos los deseos normales de cualquier joven saludable, pero el mantenerle en un entorno sin mujeres había constituido un intento deliberado de Raoul de Creçy para preservar la castidad de su pupilo. Sin embargo, no había nada de perverso en aquella conducta poco común por parte de su tutor.

Simon era de noble linaje. Odó de Saint Amand no había sido un hombre corriente, sino un caballero cuyas gestas eran legendarias. La bastardía no era un estigma en aquellos tiempos y muchos caballeros lucen

la marca de la bar-sinístre en sus escudos, para indicar que son hijos naturales, nacidos fuera del matrimonio, de aquellas familias feudales.

A menudo, esos hijos ilegítimos pertenecían a la nobleza europea, y en Tierra Santa, entre las familias sarracenas, se había adoptado la misma actitud sensata con respecto a la bastardía.

Sólo el hecho de que Odó de Saint Amand fuese el Gran Maestro de los templarios, acogidos al celibato, le había privado del gozoso reconocimiento de Simon como hijo natural.

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