Encargo

Berta Marsé · Capítulo 9 de 27

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Encargo

Capítulo 6

Pero tampoco en casa estaba del todo a salvo de su influencia. Si poníamos la radio emitían la grabación del concurso literario donde Yesica Lugano (con i griega y una sola ese), de Barcelona, estudiante de cuarto de la ESO, que la semana siguiente cumplía dieciséis años (y solo se pedía un teléfono móvil), debía acertar el nombre del autor y de la novela de la que se leía un breve párrafo.

¿Quién eres?, empezaba a declamar el locutor, con voz engolada. Soy el hombre que debía casarse con la muchacha que tú no habrías elegido, que debía tomar el otro camino en el bivio, beber del otro pozo. Al no elegir, has impedido mi elección. Y entonces yo me tapaba los oídos y tarareaba, balanceándome hacia delante y hacia atrás como una perturbada.

Si poníamos la tele para ver las Olimpiadas de Pekín, reponían el anuncio de la leche rica en calcio; la marca más vendida del país y, por una de aquellas ironías del azar, patrocinadora de uno de nuestros equipos olímpicos. Y los tres nos quedábamos mudos, acongojados, mirando a una Yesi preadolescente con coletas, pichi a cuadros y calcetines hasta las rodillas, relamiéndose el bigote blanco. Mmmh, riquísima… ¡Gracias, mamá!… Entonces mi madre se empeñaba en abrazarme, gimiendo como si le doliese algo, y mi padre salía al balcón y nos miraba desde allí, fumando con aire sombrío y preocupado.

Tenía otras razones para estar preocupado; el estudio de diseño estaba en jaque, cuando lo peor de la crisis aún estaba por llegar, y las relaciones con sus socios tan deterioradas que solo se arreglarían en los tribunales. Pero entonces aún nos lo ocultaba, como yo ocultaba que mi concentración se había ido al traste, y que pondría punto final a mi verano iniciático suspendiéndolo casi todo y repitiendo curso.

 

6

Otoño pasó, y llegó la primera Navidad sin Yesi. Seis meses después de su desaparición la investigación no había dado ningún resultado. Ninguna pista, ningún sospechoso, ningún indicio de su paradero. Ninguna llamada en casa de los Lugano, que se habían quedado solos con su drama, mientras la vida en el barrio seguía su curso, luchando por organizarse y salir adelante.

A pesar de los lúgubres presagios de la crisis, el vecindario se preparaba para afrontar las fiestas navideñas; y las obras de remodelación integral del Mercado de Sant Antoni, que también estaban a punto de empezar, y para las que también había que prepararse y organizarse. Con una duración prevista de cuatro años, conllevaban la reubicación de los puestos de venta en carpas provisionales, desvíos de tráfico y líneas de autobús afectadas. Tanto en las asociaciones de comerciantes como en las de vecinos había preocupación, y mi madre, como miembro activo y destacado de ambas, estaba muy ocupada organizando reuniones y asambleas fuera del horario laboral, a veces hasta altas horas de la noche.

También mi padre estaba muy ocupado preparándose para librar su propia batalla; de la que seguía sin dar muchos detalles en mi presencia, de la que apenas me enteraría de nada hasta la primavera, cuando se resolvió por la vía judicial.

Y así es que decidieron enviarme a pasar las fiestas a casa de mis abuelos maternos, en un pueblo de la comarca del Montsià, cerca de Vinaroz.

Salimos a primera hora de la mañana de un lunes deprimente. Chimo en el maletero del coche, yo estirada en la parte de atrás y mi padre al volante, concentrado en la carretera porque caía aguanieve y estaba oscuro. Tras ciento ochenta eternos kilómetros de autopista a velocidad reducida, con el limpiaparabrisas en barrido continuo y la cantinela de los niños de San Ildefonso por la radio, llegamos al pueblo de un humor tétrico.

Era casi la hora de comer, las calles estaban desiertas y resbaladizas. Soplaba un viento gélido y la casa parecía cerrada a cal y canto. La hiedra que cubría la fachada, verde en verano, se había vuelto de un color rojo oscuro, sanguinolento. De la puerta pendía una desalentadora corona de ramas de abeto y piñas negruzcas. Un Papá Noel colgaba del balcón por el pescuezo. Todo me parecía siniestro y horripilante…

Para colmo, Chimo se dio un costalazo al saltar del maletero con demasiado entusiasmo, y mi padre se cabreó conmigo. Es que no ve ni lo que tiene delante, ni ve ni oye, con esos puñeteros auriculares puestos todo el santo día… Y por supuesto no habla, no ha dicho una sola palabra desde que se subió al coche, es que es alucinante… Se lo decía a mis abuelos, que habían salido a recibirnos y a mediar a mi favor. Déjala, está en la edad, mi abuela. Hay que tener un poco de paciencia, mi abuelo. Ya, ya, mi padre, irritado, conteniéndose. Los tres hablaban de mí como si no estuviese delante, echando vaho por la boca.

Pero una vez dentro las cosas mejoraron muy rápidamente. El fuego estaba encendido, la mesa puesta. Mi abuela había preparado canelones, un plato que a mi padre y a mí nos encantaba y sobre el que ambos nos abalanzamos como fieras salvajes. Una hora después, él emprendía el viaje de vuelta algo más relajado y yo me acurrucaba en el sofá, con el estómago lleno, atontada por el calor de la chimenea y la tele a todo volumen… ¿Dónde han dicho que ha caído el gordo?, oía preguntar a la abuela, pues era algo dura de oído. En ocho provincias, respondía el abuelo, más o menos lo mismo cada año. En Vinaroz, ni la pedrea…

Un temporal de frío y viento, con ráfagas de hasta 90 km/hora, nos tuvo en alerta naranja hasta casi fin de año. Ni siquiera Chimo se animó a salir de casa. Yo no hice más que comer y dormir y ver la tele, pegada a la chimenea. No sé cómo pillé anginas. El último día de 2008 lo pasé en cama con algo de fiebre y dolor de garganta, contando las horas para poner fin al año maldito. Me consolaba pensando en que sus últimos minutos serían al menos eso, los últimos, y confiaba ingenuamente en que algo se acabaría para siempre tras la última campanada, que en ese preciso instante algo se desprendería de mí, algo oscuro y amorfo que se agarraba a mis hombros, a mi pelo, a las paredes de mi estómago, y que una vez sin ese pesado lastre me vería de pronto liberada y propulsada hacia delante, hacia el futuro… Bueno, pues no. Llegado el momento, sucedió más o menos lo contrario. Que los petardos me retrotrajeron a una Navidad trece años atrás, al día de la inauguración de la tienda, cuando tenía tres años y lloraba de desesperación porque creía que mi madre estaba tirando la casa por la ventana y que el mundo se estaba viniendo abajo… ¡Feliz Año Nuevo!

Pese a todo, y aunque no me diese cuenta en el momento, sí se desprendió algo de mí y ya no lloré más, sino que puse un pestillo en la puerta de mi habitación y empecé a leer de forma compulsiva, una vez de vuelta en casa (y con mis gafas). Mis padres se enfadaron mucho cuando tiré las lentillas al váter. Y cuando engordé el doble de lo que había adelgazado, me llevaron al psicólogo. Poco después se separaron.

Aunque desde principios de 2009 el foco mediático se había desplazado a orillas del Guadalquivir (para cubrir la desaparición de Marta del Castillo, la infausta noche del 24 de enero, en Sevilla), la calma aún tardaría mucho tiempo en volver al barrio. Para entonces, su fisonomía había cambiado drásticamente.

Las obras de remodelación del mercado se alargaron y generaron mucha inquietud entre los comerciantes. Algunos se trasladaron a las carpas provisionales ubicadas en la ronda de Sant Antoni. Otros cerraron. Negocios de toda la vida colgaron el cartel de SE TRASPASA y en su lugar abrieron franquicias y cadenas multinacionales. Proliferaron los bazares asiáticos, los colmados pakistaníes, las iglesias evangélicas, los locutorios con servicio de mensajería internacional. El barrio entero se transformaba para adaptarse al ritmo impuesto por la crisis, pero su núcleo activo seguía siendo la tienda de mi madre.

Ribó & Caralps, centro de reunión, información, producción e intercambio. El señor Ramón seguía al volante de su minibús escolar de catorce plazas. Los niños y las niñas (entre ellas las de Isa) se pitorreaban de su casposo peluquín como antes habíamos hecho nosotros, eran igual de crueles y estaban siempre igual de hambrientos. La merienda volvía a ser espléndida y los titulares estimulantes. La primavera árabe. Wikileaks. Fukushima. Guardiola vs. Mourinho. La prima de riesgo. El caso Nóos.

Y a todo esto Yesi Lugano seguía sin aparecer ni dar señales de vida, mientras yo alcanzaba la mayoría de edad guardando luto por Amy Winehouse (que se me ahogó en alcohol, sola en su casa de Londres) y sudando tinta para sacarme el maldito bachillerato entre huelgas y recortes. Todo lo demás no importaba, me daba igual.

El colapso de los mercados financieros, mis primeras elecciones generales, las mareas blancas y las verdes, los indignados que tomaban las plazas. Eran tiempos convulsos, y mi madre me alentaba a no quedarme escondida bajo su ala y salir a pelearlos. Decía que no era suficiente con asomarse al balcón en pijama a darle insistentemente a la cacerola, que había que echarse a la calle, que había que movilizarse y participar de los acontecimientos…; pero era ella la que me echaba, vamos, y tuvimos grandes peloteras porque ni siquiera con humillantes fotos como prueba lograba convencerla.

Ni sujetando pancartas en la cabeza de las manifestaciones. Ni por mucho que me desgañitara gritando que no, que no, que no nos representan, sentada a lo indio entre los indignados acampados en la plaza de Catalunya. Mi cara nunca la engañaba. Sabía que había ido por no oírla, por no decepcionarla, que simplemente pasaba por allí, sin involucrarme emocionalmente en lo que estaba sucediendo alrededor, sin importarme demasiado lo que pudiese suceder; excepto la baja de uno de mis guardas custodios (Amy) y los achaques del otro (Chimo).

Chimo se me estaba quedando sordo; aunque siguió dando muestras diarias de su olfato en la siempre discreta operación de mi cama a la alfombra, minutos antes de que mi madre entrara por la puerta, mientras yo estudiaba y estudiaba hasta aprobar (por los pelos) la selectividad.