Encargo

Berta Marsé · Capítulo 16 de 27

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Encargo

Capítulo 5

Pero la paciencia artificial también tiene un límite, así que tal vez lo menos arriesgado sea volver a la celda y negociar con Nati por medio relajante muscular, a cambio de hacerle la cama hasta que le quiten el vendaje, o de ayudarla con los malditos crucigramas.

 

5

Nati se apuntó a clases de zumba y el primer día se resbaló y se rompió el ligamento cruzado de la rodilla izquierda. Fue una caída de lo más tonta, un resbalón accidental debido a su nulo sentido del ritmo y a su energía descontrolada; al menos según testimonios de las presentes aquel día en el gimnasio, frente al espejo de cuerpo entero en el que se miden las unas a las otras, antes, durante y después de la clase.

Según Nati, todas mienten porque todas son unas zorras mentirosas, y se la han jugado. Le tienen manía porque los funcionarios confían en ella, le consultan algunas cosas y escuchan lo que les tiene que decir, mientras que a la mayoría las rehúyen o se las quitan de encima como pueden cuando los persiguen a voces por los pasillos.

En su versión de los hechos no hubo ningún resbalón; aunque se reconoce torpe, y quizá se vino demasiado arriba con la música. Lo que sí hubo es un cruce de miradas hostiles en el espejo, un pie suelto que no debería haber estado allí, un perra chivata soplado en su nuca, una monitora despistada y, sobre todo, mucha mala hostia y mucha envidia.

Pero no lo pudo demostrar. Y aunque admite que no fue una caída demasiado aparatosa e incluso se jacta de que le dio tiempo a colocar el cuerpo y protegerse con las manos, su pierna hizo una torsión extraña. En cuanto oyó el chasquido, supo que estaba jodida.

A pocos metros de distancia, en el aula 3, el turno de Maica acababa de empezar. En ese momento leía en voz alta y monótona, de pie, en medio del aula recalentada porque fuera llovía y Julia no había querido abrir la ventana. Ni un movimiento, dijo, cuando estalló el jaleo en los pasillos y varias hicieron ademán de levantarse a cotillear. Se la veía algo más pálida y seria que de costumbre, desde que el debate de Rosalía había puesto a prueba su autoridad y su paciencia, pero estaba en todo. Maica, sigue. Rosalía, cállate la boca. Las demás, atentas. Desi, cuando terminemos te esperas un momento que quiero hablar contigo…

¿Que todavía no estaba segura de querer ni de poder hacerlo? ¿Que ni siquiera había empezado a escribir? ¿Y cómo es que aún no se había lanzado? ¿A qué esperaba? Eso es lo que Julia le preguntó aquella mañana de un lunes (o de un viernes, Desi no lo puede precisar), a mediados del mes pasado, una vez que sonó el timbre y todas salieron en tromba del aula. Del accidente de Nati no se enteró hasta la tarde, al volver del comedor, cuando se la encontró porfiando (… zorras mentirosas…) y quejándose de dolor en su rodilla hinchada, enrojecida y tumefacta por efecto del hielo. Unos días más tarde se la llevaron al hospital para operarla.

Hacía poco que la OMS había declarado la alerta mundial por ébola, y todo el mundo estaba muy nervioso. Dos misioneros muertos, una enfermera contagiada en un hospital de Madrid, su perro sacrificado por orden judicial. Desi había seguido la evolución del caso con el corazón en un puño, emocionalmente identificada con la enfermera aislada a la que nadie había comunicado aún el sacrificio del animal. Y el último domingo de octubre, cuando por primera vez desde que ingresó en prisión preventiva tuvo que pasar la noche sola, la pasó entera llorando por el perro; una hora más por el cambio al horario de invierno.

Pero no ha vuelto a llorar desde entonces, ni se lo ha contado a nadie porque nadie lo entendería. Ni siquiera a Nati, que, una vez de vuelta en el penal, y tras cinco días en enfermería (a kilo por día), sigue la convalecencia en su celda, viendo la tele o peleándose con los crucigramas por recomendación médica, debido a sus problemas de concentración.

Nati tiene una brecha en la cabeza, una cicatriz rosada entre el pelo canoso, siempre rapado al uno. Son secuelas de un antiguo accidente del que Desi no sabe gran cosa ni quiere saberla. No le interesa conocer su historia, ni qué mala estrella la ha guiado hasta ahí, ni por qué no vienen a verla sus tres hijas, de las que nunca habla y cuya fotografía oculta celosamente en el interior de su taquilla.

Desi la vio una sola vez, cuando buscaba una compresa en la taquilla de Nati, pero la recuerda muy bien. Una polaroid descolorida en la que se ve a tres chicas rubias posando muy serias y desconfiadas, acaso obligadas para la ocasión, frente al portal de un bloque de pisos. Bellvitge, 2007. Ninguna firma, ningún mensaje de afecto o de ánimo. Tan solo una última imagen para llevarse de recuerdo, aunque sea a la fuerza.

Sea como sea, es la única foto que puede encontrarse a lo ancho y a lo largo (3 m × 4 m) de la celda número 2, también conocida como Ca la Nati, una de las más codiciadas del módulo residencial, a pesar de sus reducidas dimensiones y de no tener plato de ducha, por albergar una sola litera en lugar de las dos o tres habituales. Además de una mesa y dos sillas de plástico, una taza de váter, un pequeño lavabo con espejo de plástico, y una tele desvencijada, un modelo antiguo de Telefunken por la que Desi paga parte de su peculio sin rechistar.

Es su forma de corresponder a la hospitalidad de Nati, la patrona, según una ley taleguera no escrita. A su generosidad a la hora de compartir alguno de sus privilegios como interna de confianza; y por qué no, también a la desconfianza que esos privilegios generan en las demás reclusas, a esos recelos y antipatías que las mantienen convenientemente alejadas de la celda número 2, de su cuestionada patrona y de su reservada inquilina.

—Vale. Medio Myolastan por hacerme la cama hasta que me quiten el vendaje. A los crucis que les den por culo…

La negociación ha sido más fácil de lo que cabía esperar. Nati no ha puesto pegas ni condiciones al trato porque, ha dicho, ya casi no le duele y esas pastillas le dan hambre. Está echada en la litera de abajo, comiendo pistachos con la boca abierta. La mano aferrada al mando a distancia de la Telefunken. En la pantalla, imágenes de archivo de una finca ganadera sobre un fondo musical. El fuego está encendido, la leña arde.

—Qué te parece, ayer la palmó la duquesa de Alba y hoy la Panto en el trullo… Estamos que lo petamos, ¿eh?

Desi no responde. Se está lavando los dientes y tiene la boca llena de espuma. Tampoco sabría qué decir respecto a lo que ha sido la noticia del día, según Nati, además de esa extraña historia de la que han estado hablando en Radio Chévere hasta hace un rato, sobre una chica que desaparece por otra y…

—… Y ahí me he perdido. Cuando hablan todas a la vez aquello parece un gallinero… Se ve que es obra de una interna de vuestro taller de escritura, o eso me ha parecido entender, una tal Penurias, ¿no te suena?

Desi se enjuaga la boca y hace gárgaras con un colutorio; a veces, mientras duerme, aprieta tanto la férula que le salen llagas.

—Siempre son un poco hijas de puta con los motes…

Nati está convencida de que esta vez el apodo ha sido idea de Rosalía, que hoy iba de artista invitada y a la que ha reconocido enseguida por la voz. ¿Y no ha tenido esa gitana la desfachatez de apuntarse al taller de escritura? A quién se le ocurre, cuando no sabe hacer ni la o con un canuto…