Encargo

Berta Marsé · Capítulo 7 de 27

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Encargo

Capítulo 4

Sucedió la noche del primer viernes de junio, pasadas las doce. Tras haber toreado a mi madre durante un par de horas —sus súplicas primero, luego sus amenazas— hasta conseguir ponerla de muy mal humor, saqué al perro a pasear. No sabía por qué lo hacía, si igualmente iba a acabar sacándolo, pero no podía evitarlo.

Salí a la calle en zapatillas y con Amy Winehouse a todo trapo por los auriculares. They tried to make me go to rehab but I said «no, no, no». Chimo leía el periódico (como decía mi padre) olisqueando a su ritmo las farolas y los huecos de los árboles, y yo le dejaba ponerse al día, concentrada en la letra de una canción que me había tomado la molestia de traducir y memorizar. Yes, I’ve been black but when I come back you’ll know, know, know.

Oí un frenazo. Dos hombres trajeados saltaron de un coche parado en doble fila un poco más arriba. Vinieron hacia mí con paso decidido, sorteando los coches aparcados hasta que, apenas a unos metros de distancia, uno detuvo al otro poniéndole una mano sobre el pecho. Le dijo algo. Me pareció leer en sus labios algo así como esta no, que lleva perro… Luego volvieron corriendo sobre sus pasos, se metieron de nuevo en el coche y salieron derrapando calle abajo, saltándose el semáforo.

Apenas fueron cinco, siete, diez segundos en total. Sucedió tan deprisa que no me dio tiempo ni a asustarme. La voz rasgada de Amy seguía atronando en mi cabeza. I ain’t got the time, and if my daddy thinks I’m fine, he’s tried to make me go to rehab, but I won’t go, go, go. Chimo y yo nos miramos, desconcertados, y luego volvimos a casa y nos metimos en la cama con la sensación de que algo (feo) había estado a punto de suceder pero, afortunadamente, no había sucedido.

No me enteré hasta el mediodía siguiente, sábado, cuando la noticia que corría por todo el barrio como la pólvora me alcanzó en la cola de los pollos a l’ast, y me estalló en plena cara.

Yesi Lugano había desaparecido. Yesi tenía que volver a medianoche de un concierto, pero no volvió. Yesi no llegó a su casa esa noche, ni de madrugada, ni tampoco al día siguiente, como dijeron los mossos d’esquadra que haría, ni al otro.

La amiga con la que Yesi había ido al concierto la despidió a dos esquinas de su casa, a cuatrocientos metros de su portal (a seiscientos del mío), poco después de la medianoche. Venían de un concierto de El Canto del Loco en el Palau Sant Jordi. Yesi había ganado dos entradas en un concurso de la radio. La pobre Laia (se llamaba Laia, sus padres regentaban la charcutería) habría de contarlo un montón de veces, conmocionada y llorosa, a lo largo de las frenéticas cuarenta y ocho horas que siguieron a la desaparición de Yesi; a Isa, en su inquieta primera llamada al ver que se retrasaba la niña, a toda la familia, a la policía, a la prensa.

Los informativos del lunes abrieron con la noticia sobre imágenes del barrio y del portal de los Lugano. Había mucho movimiento. Reporteros a la caza de vecinos con quienes contrastar datos. Policías recabando información. Curiosos y morbosos estorbando. Un portavoz de la Guardia Civil anunciándolo ante las cámaras: todas las líneas de investigación estaban abiertas y no se descartaba ninguna hipótesis. El borrachín oficial del barrio colándose en plano, con sus andares a lo egipcio, y siendo retirado con discreción por algún alma caritativa. Los niños riéndose de él. La charcutería cerrada, los charcuteros consternados. No, no vieron a nadie sospechoso por los alrededores, cuando dejaron a Yesi a dos manzanas de su casa. Ni notaron nada raro en ella, estaba tan encantadora y formal como siempre. Por último Laia, con el rostro pixelado, dando por enésima vez su versión, ya no tan conmocionada ni tan llorosa, según mi madre, que ese día tampoco abrió la tienda.

Diversos programas de televisión se hicieron eco del caso y, día sí día también, aparecía en los medios alguno de nuestros vecinos asegurando haber oído un frenazo escalofriante en medio de la noche. O haber visto un coche oscuro saltarse el semáforo a toda velocidad. Incluso a una vecina de mi propia escalera (la del tercero primera, que a esa hora regaba las plantas) le pareció ver a dos tipos en traje de chaqueta metalizado, con aspecto de hombres de negocios, quizá guardaespaldas.

Pero ninguno dijo habernos visto ni a Chimo ni a mí, pasmados en mitad de la calle. Aparte de los guardaespaldas —de cuyas intenciones me había librado gracias al perro, o a la música, o a las dos cosas a la vez, o a ninguna —, nadie reparó en nuestra presencia.

Y yo no diría ni pío. ¿Para qué? Tenía muchísimo miedo, y ningún detalle nuevo que aportar; salvo que podría haber sido yo, que podrían haber sido mi careto y mis datos personales los que figurasen en los carteles con los que se había empapelado todo el barrio.

Yesi o Desi.

Pero era Yesi la que estaba en cada semáforo, en cada farola, en los escaparates de las tiendas, en las teles y en los periódicos, en los aeropuertos y en las comisarías, en las redes sociales. Yesi en una foto carnet de estudiante, bajo la palabra DESAPARECIDA en letras rojas.