Encargo

Berta Marsé · Capítulo 15 de 27

Páginas del PDF

Encargo

Capítulo 4

En el comedor, haciendo cola para los cubiertos, recibe innumerables palmaditas en el hombro y alguna que otra colleja solidaria. Son los primeros avisos de error en el sistema, que de momento conviene asumir con más estupefacción que alarma. Todo sea que se solidarizan con ella, piensa. Que la del brazo escayolado ha captado algo de la conversación telefónica con su madre y ha corrido la voz en el grupo. Desi va a tener un hermanito, y va a tenerlo ya.

Pero no, se trata de algo aún peor.

—… Coletas, pichi a cuadros, calcetines hasta la rodilla… —Alguien ha recordado el anuncio de la leche rica en calcio y a su repelente protagonista —. Aunque seguramente ya se depilaba las ingles y tenía la regla…

—Una odiosa niña perfecta… ¡No verás a muchas de esas por aquí!

Más collejas. Hay ganas de cachondeo y rabia contenida. Una agitación nerviosa que se delata en las voces y en los gestos, en las payasadas de mal gusto, en las versiones porno del anuncio, en las parodias de la madre con el hacha, exterminando habladurías como si fuesen malas hierbas que crecen en la puerta de la tienda, en las risas pueriles, rabiosas, contagiosas, y finalmente sofocadas por la amenaza del parte.

Circulen, señoras… Al comedor se viene a comer.

Desi tiene que reírse también, como si se divirtiera. Sin escapatoria hasta que autoricen la salida, una vez que hayan devuelto los cubiertos una por una, lo más sensato es seguirles el rollo. Quién las ha visto y quién las ve. Tan reticentes hace un rato, en el taller, de pronto tan ocurrentes y curiosas. El caso es que parecen haberle perdido el miedo a Yesi y todo son conjeturas siniestras y preguntas, muchas preguntas en voz baja. ¿Volvió a por un libro, como dijo que haría? ¿De verdad era judía? ¿Por qué iba sucia y vestía de hombre? ¿Es que sus padres no le guardaron nada de ropa? ¿Por qué? ¿Tanto había crecido? ¿No habría encogido? ¿Estaba enferma? ¿Acaso no era ella?

—Yo pa mí que estaba muerta y ha vuelto hecha una zombi para vengarse…

—Con jersey en pleno verano y los dientes hechos polvo… Yonqui como mínimo.

—Pues yo apuesto por el valenciano con peluquín, se la llevó en la furgoneta porque era la más mona y la más todo, y la ha tenido todo ese tiempo en un zulo a pocos metros de su casa…

He aquí algunas de las hipótesis que Julia esperaba frotándose las manos, la respuesta a su último dilema sobre si la curiosidad no es a veces más fuerte que el miedo; aunque de momento, y por si acaso, Desi prefiere mantener la boca cerrada, como si la cosa no fuera con ella.

—Eh, Desi… No te hagas la sorda que ya te hemos calao…

Pero otra boca se abre hacia dentro, profunda e insaciable. Un agujero en el estómago que tendrá que llenar de alguna forma; y va a ser con sopa de garbanzos, merluza rebozada y un yogur, que Maica sirve en las bandejas al otro lado del office.

—¿Coco o limón? —Va preguntando a medida que avanza la cola.

El gorrito desechable de papel que le cubre todo el cabello no le favorece. Agudiza sus facciones de toxicómana, sus rasgos afilados, su piel frágil y macilenta. Pero los ojos le brillan cuando se cruzan con los de Desi, y hoy se muestra espabilada y especialmente generosa con las raciones.

—Te lo has ganado, nena… ¿Por qué no publicas esa historia en la revista? Consúltalo con Josefa, la del economato, yo le estuve haciendo los horóscopos durante un tiempo, hasta que me la metió doblada y…, bueno, tú igual dile que vas de mi parte, aunque ahora sea un truñaco de revista, así al menos sabremos cómo acaba…

¡Nos van a dar las uvas…! ¿Otra vez pescado…? Lenta de cojones, esa Maica… son algunas de las quejas y reproches familiares que acompañan a Desi hasta su sitio, abrumada y sin gafas, incapaz de distinguir quién osa ocupar el lugar de su compañera de celda, de baja tras una operación de rodilla, hasta que toma asiento.

—A Nati no le importará. —Es Rosalía, flanqueada por dos de sus acólitas en lugar de las habituales, dos rumanas con las que Desi apenas se relaciona—. Ya te habrá contao que coincidimos en enfermería, en el último chungo que me dio… —Desi niega con la cabeza, abriendo con parsimonia la bolsita de los cubiertos, resignada—. ¿No?… ¿Ni que le tuve que hacer precio por unos leggings? ¿Y de qué habláis en Ca la Nati, niña?… Bueno, pues resulta que se engordó cinco kilos en enfermería. Vaya tela… Y todo por burra, ¿a quién se le ocurre apuntarse a zumba?

Rosalía ha presentado a Desi como la más retraída del grupo con el que comparte tres horas semanales de escritura creativa, desde hace ya cuatro meses, y a la que aún está por conocer, hay que joderse… Pero sus acólitas no parecen demasiado interesadas. Sorben la sopa, aunque está fría, y se pelean por el pan. Comen a toda prisa mientras Rosalía no deja de hablar, también a toda prisa. Dice que de la lectura de hoy no ha entendido gran cosa pero, ah, esa tienda, esas clientas, esos patucos, todas esas virguerías… Dice que na de arrinconarlas ni regalarlas a asociaciones benéficas. Dice que la tía Rosalía se las vende en un suspiro, aquí, fuera de aquí, en el espacio exterior si hace falta, y que con ese fin propone asociarse el tiempo en que compartan hotel. Ella, Rosalía, tres años con la reducción. Y a Desi, ¿cuánto le queda? ¿Ya tiene la sentencia? ¿De qué se la acusa?

—De homicidio.

Se hace un silencio en la mesa, pero dura poco. A Rosalía no hay muchas cosas que puedan hacerla callar, y nunca desaprovecha la ocasión para hacer alarde de su poderío.

—Sole, si no te vas a comer el yogur dáselo a la Desi —dice, soltando un codazo a la tal Sole, que es su nuera y está embarazada—. Lleva una niña, la cuarta. Si todo va bien pa la primavera ya la tengo en el módulo de madres…

Mejor no pisar patio hoy. Dada la atención suscitada en el comedor, y para ahorrarse complicaciones, Desi decide optar por la máquina expendedora del sótano, junto a la peluquería, porque suele estar menos concurrida y resulta más cómodo guardar las distancias. Y la caga, cuando se da cuenta ya es demasiado tarde.

La cola es imponente y vocinglera. Una machaca sacando cafés para un módulo entero. La peluquería hasta los topes porque mañana es día de visita y todas quieren estar guapas. Las tarifas a grito pelado. ¡Cinco euros lavar y cortar, ocho teñir, veinte la queratina! Por megafonía llamando a botiquín y la Pantoja sonando por los altavoces, tan cutres que hieren los oídos y atacan los nervios. Ese barco velero cargado de sueños cruzó la bahía, me dejó aquella tarde agitando el pañuelo, sentada en la orilla. En la puerta, Silvana riñendo a una clienta marroquí. No se ha dejado el brazo con el brushing para que ahora se ponga ese pañuelo, le dice, repasando con la mirada a las potenciales clientas de la cola.

—¡Anímense, que aún estamos a tiempo de hacer milagros…! —Las manos metidas en los bolsillos de una bata blanca, con soltura, en su feudo—. La manicura por dos euros y una Coca light, ¿sí?

Tres colistas levantan la mano, interesadas en la oferta. Hay empujones, acusaciones y amagos de bronca. Nada que llame la atención de Silvana, que solo tiene ojos para Desi, a la que ha descubierto parapetada entre dos okupas.

—Para ti gratis —le dice—, si me cuentas cómo acaba esa historia.

—No.

—¿No? ¿Y ya está, solo no?

—No, gracias.

Aunque sea más bajita que ella y más o menos de su edad, y aunque hable como la Cenicienta, a Desi siempre le ha intimidado un poco Silvana; sobre todo cuando la mira sin pestañear mientras masca chicle con vehemencia, marcando mandíbulas.

—Tú misma —dice al fin. Silvana sabe hacer globos y explotarlos con la boca cerrada. Es una virtuosa del chicle—. Ah, sí, Julia te andaba buscando hace un rato. Está interesada en el libro ese con el que tu archienemiga ganó el concurso de la radio, y se le ocurrió que yo podría haber memorizado algo. Pero no recuerdo más que el principio… ¿Quién eres? Soy el hombre que debía casarse con la muchacha que tú no habrías elegido… Y ya. Algo de un camino y de un pozo…

En la cola del botiquín aún ha de esquivar un par más de collejas, reírse sin ganas y declinar una proposición sexual explícita, humildemente, sin desairar a nadie, así como una invitación al programa de hoy en el taller de radio, en calidad de artista revelación.

¿No? ¿Solo no? ¿Y por qué no? Si las normativas del programa garantizan el anonimato total, si no se dan datos personales y solo se usan apodos, si no se habla de penas ni de condenas y además te invitan a un té y a un cruasán…

Que no, gracias.

Luego intenta ablandar el corazón de la enfermera contándole que ha comido con ansia, demasiado y demasiado rápido, y que ahora le pesa el estómago y tiene acidez y cree que no va a ser suficiente el milígramo y medio de Lexatin para arrastrarse penosamente hasta la noche… Pero la enfermera ya le ha dado un Almax para la indigestión. No puede doblarle la dosis de bromazepam sin que se lo recete el psiquiatra en la próxima visita, ya se lo ha dicho.

La próxima visita suena a futuro remoto. Podría mendigar en enfermería, donde su compañera de celda le ha hablado de una monja con manga ancha, pero le faltan la energía y la voluntad.

Pedir permiso y esperar a que abran y cierren puertas automáticas y no automáticas, cruzar pasillos y subir y bajar y pedir permiso y volver a esperar y cruzar más pasillos… Llegar hasta allí lleva su tiempo. Y aunque tiempo sea un concepto abstracto desde que está privada de libertad, cuando precisamente es tiempo lo único que tiene, siempre corre el riesgo de olvidar adónde va y qué ha ido a buscar. O, peor aún, de cruzarse con alguna compañera del taller y tener que hacer frente a sus expectativas.