Encargo

Berta Marsé · Capítulo 24 de 27

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Encargo

Capítulo 5

—¿Una sorpresa?

Salté de la cama. Tiesa, inflexible, los pezones como piedras. Lista para la lucha. Sergio dio un paso atrás y vi cómo se dilataban sus pupilas.

—Tranquila… —me decía, mientras recogía el paquete del suelo y me lo acercaba, muy despacito, los brazos abiertos en son de paz. Todo iba bien, pero intentó darme un beso y yo también le hice la cobra. Pobre Sergio—. He guardado el ticket, por si lo quieres cambiar. Lo he comprado en los chinos.

Era un erizo de felpa, de suaves púas plateadas, con pajarita granate. En otras circunstancias hasta me hubiese hecho gracia, pero en aquel estado de nervios, rozando la histeria, me pareció una broma de mal gusto. Cuando se lo tiré a la cabeza, me miró anonadado.

—Pero ¿qué haces…?

—Será mejor que te vayas —intervino Yesi, que hasta ese momento había asistido impasible al espectáculo, fumando en el marco de la ventana—. Tenemos un virus de los chungos, y no queremos que te contagies —dijo, y con una calma pasmosa se le colgó del brazo y lo sacó de mi habitación.

—¡Sí, que se vaya! ¡Fuera!

En cuanto salieron cogí la cerveza del suelo, la abrí y di todos los tragos que pude hasta que las arcadas me llenaron los ojos de lágrimas. Luego pegué la oreja a la puerta, que habían cerrado tras de sí.

—Me odia… —decía él.

—No te odia —decía ella—, no puede odiarte porque no te quiere…

O algo así, no entendí nada. Estuvieron cuchicheando un rato insoportablemente largo y no entendí nada, ni de lo que oía ni de lo que pasaba ni de lo que imaginaba que pasaba. Y de lo que pasó después solo registraría algunos detalles. El frío estancado del comedor, ni rastro de Sergio, Chimo catatónico en el sofá. La cerveza y la pastilla hicieron su efecto, supongo, y estaba colocada. Lo último que recuerdo es el olor a pólvora en la calle, y el estruendo y las aceras llenas de gente, y a Yesi caminando delante de mí, y lo cabizbaja y deprisa que iba, y lo mucho que me costaba seguir su ritmo y lo perdida que me sentí, hasta que me tomó de la mano.

 

5

—Yo me voy —le dije a mi madre, a la mañana siguiente—. Me voy unos días al pueblo, con los abuelos, a concentrarme para el examen hasta la fecha de aplazamiento.

Todas las ventanas del salón estaban abiertas, pero no entraba ningún ruido de la calle, solo un ligero olor a humo y a pólvora. Mi madre me miró de arriba abajo, extrañada. No puso objeciones pero, mientras yo recogía cosas al vuelo y las iba metiendo en una mochila, me persiguió por toda la casa sin dejar de hacerme preguntas del tipo a qué venía de repente tanta prisa, y si no pensaba ducharme antes ni desayunar nada, y por qué no llamaba a mi padre y le pedía que nos llevase —aquel nos se refería a Chimo y a mí—, y si ya había llamado a los abuelos para avisarles…

—Da igual, da igual. Ya me lo traerá el papa cuando pueda. A los abuelos les llamo por el camino. El autocar sale en media hora.

Parecía decidida y resuelta, pero cuando me agaché para despedirme de Chimo, que dormitaba sobre una alfombra en la galería, al otro extremo del piso, me flojearon un poco las piernas.

—Eh… —le susurré al oído—. Eh, que anoche se te colaron dos…

Chimo meneó la cola sin abrir los ojos. Tal vez era mejor que se quedase en casa, decía mi madre, siguiéndome a lo largo del pasillo hasta la puerta principal. El pobre estaba cada vez más torpe y achacoso. Y total, por unos días…

No cogí el ascensor. Amplificado por el hueco de la escalera, el ruido de mis chancletas era algo alarmante, pero ningún vecino salió al rellano. No me crucé con nadie. Al abrir la puerta de la calle me cegó la luz del sol y, por un momento, vi mis peluches ardiendo en una hoguera urbana. Todos y cada uno de mis peluches, incluido el erizo de Sergio, retorciéndose y chillando entre las llamas. Pero solo eran visiones fugaces, retazos de la pesadilla que me había despertado hacía apenas un rato, empapada en sudor, con el susto en el cuerpo y una idea fija en la mente. Me voy.

Y eso es lo que estaba haciendo, poner tierra de por medio; 180 kilómetros de tierra, para ser exactos.

La Sénia. Al sur de la provincia de Tarragona, en la comarca del Montsià. A media hora del mar por una carretera interior bordeada de campos de olivos y fábricas de muebles, muchas de ellas cerradas. El estallido de la burbuja inmobiliaria supuso un descalabro para el sector del mueble, líder en la zona, y dejó un paisaje desolado de naves industriales, almacenes y talleres y establecimientos de venta vacíos. En uno de ellos trabajó mi abuelo desde que llegó de Vinaroz, a mediados de los setenta, con mi abuela y mi madre adolescente. En una fotografía de la época (de las muchas que aún pueden verse en el aparador del salón) se les ve a los tres posando frente a la casa que se acababan de comprar a las afueras del pueblo, la misma en la que seguían (y siguen) viviendo. Dos plantas con patio trasero, pozo y leñera. La fachada de piedra vista siempre cubierta de hiedra, verde en verano, roja en invierno. Dentro, también los muebles son los mismos de cuando se casaron, macizos muebles de roble o de nogal, destacando el gran aparador atestado de fotografías enmarcadas. Cada una tiene su historia que mi abuela me había contado millones de veces cuando era niña, siempre a la hora de comer o de cenar, y aprovechando el asombro que me generaban para meterme la cuchara en la boca. Mis favoritas eran las relativas a los dos retratos de boda que estaban (aún están) en el centro del último estante, en un marco doble de plata labrada que se abre como un libro. Hay ocho años de diferencia entre uno y otro, y mi madre es la novia en ambos. En uno lleva el pelo cardado y un aparatoso vestido de color marfil, mangas abullonadas y volantes en el escote, inspirado en Lady Di y diseñado por ella misma.

—Por tu madre, quiero decir —matizó mi abuela—. Lo copió de un recorte de revista, ya sabes que ella siempre ha tenido muchas ideas… ¡Pero come, Desi, come, no se te vaya a enfriar el lomo! ¿Por qué te quedas con la boca abierta?

Mis abuelos me esperaban con la mesa puesta solo para mí. Ambos habían comido ya. Mi abuelo hacía la digestión en su sillón orejero, enfrascado en un crucigrama porque le habían dicho en el Club que era bueno para mantener la mente ágil. Mi abuela, sentada muy cerca de mí para verme comer (lomo con patatas), me hablaba una vez más del vestido. Ese vestido que de niña me parecía fascinante, de adolescente un horror, y en aquel momento (verano de 2013, veintiún años) me dejaba totalmente desconcertada, como si no lo hubiese visto nunca antes. Entre un extremo y el otro, la historia no había cambiado.

En 1982, a los veinticuatro años, mi madre se casó con su novio de toda la vida, Juan Holgado, popular en el pueblo por su carácter bromista y sus dotes para contar chistes, aptitudes por las que también destacaba como comercial en la fábrica de muebles en la que trabajaba. Llevaban diez años de novios. Mis abuelos le trataban como a un hijo. El día de la boda no cabía un alma en la iglesia parroquial de Sant Bartomeu; al parecer nadie quiso perderse el vestido de la novia, una réplica del de la princesa de Gales copiado de las revistas del corazón, del que según mi abuela se hablaría durante mucho tiempo. Su aparatosidad eclipsa al novio, a pesar de su corpulencia y su ancha sonrisa, en el retrato que la pareja se tomó en la misma sacristía, después de la ceremonia, frente a un tapiz flamenco del siglo XVI que tampoco se ve. Luego se fueron a Ibiza de luna de miel. Mi madre esperaba volver de la isla embarazada pero no fue así, ni tampoco en sus cuatro años de casada. En 1986 se divorció y se fue a estudiar Bellas Artes a Barcelona. La ciudad acababa de ser elegida sede olímpica en Lausana y, siempre según mi abuela, cuando mi madre oyó la noticia en la tele tuvo una especie de revelación y ya no hubo quien la frenase… El caso es que cuando ella se fue, Juan Holgado, el chistoso, hizo un drama y se tiró por las escaleras. Pero solo se rompió dos costillas, y al año siguiente se volvió a casar.

Con el tiempo, su histrionismo fue a más. Su propensión a gastar bromas pesadas y a hablar demasiado alto, su efusividad avasalladora, su falta de moderación en general. No era culpa suya, pero hasta que no lo entendí fui la única que no se alegraba de verle, cuando pasaba a saludar con la familia. Mis abuelos le seguían tratando como a un hijo. Mi madre, como a una especie de hermano mellizo algo más torpe. Fue ella quien le aconsejó meterse en política, cuando cerró la fábrica y se vino un poco abajo. También era la madrina de la menor de sus tres hijas, una niña robusta como su padre con la que me obligaba a jugar durante las vacaciones de verano, en Navidad, por Semana Santa…

En 1989 mi madre también se volvió a casar, esta vez por lo civil, en la sede del distrito del Eixample, sin más estridencias que una americana rosa fucsia con hombreras y ese flequillo abombado típico de los ochenta. Aunque su postura parece más relajada que en el retrato contiguo, sigue habiendo un velo de tristeza en sus ojos; según mi abuela, porque tampoco entonces se quedaba preñada, y estaba asimilando su esterilidad al tiempo que iniciaba los trámites de adopción. A su lado, de medio perfil y con la mirada perdida, el novio parece como si pasara por allí. Es mi padre, con ese aire despistado y escéptico que al parecer de mi abuela yo había heredado, si no por vía genética, a través del ejemplo. A menudo se empeñaba en hablar de ello, cuando la historia de los retratos de boda llegaba a su fin, pero yo no estaba demasiado interesada en ese punto, y además nunca llegábamos a ninguna conclusión.

Me desnudé. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que aún llevaba puesto el conjunto de la noche anterior (pantalón corto y camiseta de tirantes, de algodón negro), ni de que apestaba a humo. Lo lavé mientras me duchaba. También tuve que emplearme a fondo con la mugre de mis pies, sucios de andar en chancletas. Luego, cuando vacié la mochila, me di cuenta de que había olvidado coger el cargador del ordenador, los apuntes, las pastillas para la garganta. Tampoco había nada de abrigo ni otro calzado aparte de las chanclas. Pero daba igual, esa noche me metí en la cama feliz. Vale que el domingo había empezado mal, muy mal, pero la tarde había sido perfecta. La siesta reparadora. La ducha larga, refrescante. Feliz porque en mi habitación, que daba al patio de atrás, había poca cobertura y me sentía incomunicada y a salvo. Por lo menos hasta las 23.56, cuando entró el mensaje de voz y una fotografía enviados a las 22.10; misterios de las redes inalámbricas y sus aleatorias, caprichosas conexiones… Me parece que te has dejado el cargador, claro que siempre puedes comprarte uno en el pueblo o pedírselo a las Holgado, que ya deben estar de vacaciones… Aún no he conseguido hablar con tu padre, pero de todas formas Chimo sigue tristón, no levanta cabeza… Tal vez es que no se ha recuperado del sedante, ¿seguro que le diste la dosis correcta?… Y, hablando de sedantes, no encuentro mis trankimazines, que estaban en mi botiquín, quedaban solo unos pocos, pero de todas formas…