Encargo
Capítulo 5
Era a Yesica Lugano, de 15 años de edad, 49 kilos de peso, 1,60 de estatura, cabello castaño y ojos grises, hoyuelo en el mentón, a la que se había visto por última vez pasadas las 12.00 de la noche del viernes 5 de junio, en la confluencia entre las calles Viladomat y Parlament, vestida con un pantalón tejano roto, de color claro, y una camiseta rosa de media manga con la lengua de los Rolling Stones en lentejuelas.
5
Una semana después, el día del cumpleaños de Yesi, la Interpol colgó su fotografía en el portal de desaparecidos y activó el código amarillo de búsqueda internacional. Ese día los vecinos nos concentramos frente al portal de su casa para arropar a la familia en momentos tan amargos y difíciles. Había un silencio opresivo que solo se rompió cuando Isa se asomó a la ventana para agradecer el gesto y se oyeron algunos aplausos y gritos de ánimo.
Mis dieciséis se celebraron con sordina ocho días más tarde, todavía sin pistas de Yesi. Cayó en domingo. Mi padre fue a buscar a mis abuelos al pueblo, mientras mi madre preparaba una paella y yo me atrincheraba en mi habitación, mareada de miedo, descompuesta y sin ganas de nada.
Me regalaron un diario, dos novelas, un estuche de maquillaje, mucha ropa (había adelgazado) y el tan anhelado teléfono móvil, que sin embargo tardaría medio año en activar.
A mediados de mes se decidió cancelar la verbena de San Juan en todo el barrio. Tanto en el instituto italiano donde estudiaba Yesi como en el mío, hubo apoyo psicológico y pedagógico para todos aquellos alumnos que, sobrepasados por los acontecimientos y afectados por la psicosis colectiva, ni siquiera nos habíamos presentado a los exámenes de junio.
Fue un verano espantoso.
Bajo el foco de la prensa sensacionalista, el barrio no tardó en sucumbir al amarillismo. Se airearon las intimidades de los Lugano, el carácter irritable y autoritario de Piero, el pasado hippie de Isa, sus desavenencias y sus apuros económicos. Cada día se añadía un capítulo nuevo a lo que acabó siendo el culebrón del verano, la crónica del desgaste de un matrimonio amenazado por la ruina, mientras su hija mayor desaparecida se alzaba entre los escombros, elogiada por amigos y profesores.
Se publicaron las notas escolares de Yesi, todo notables y sobresalientes. Fragmentos de sus exámenes y sus redacciones sin tacha, de sus relatos premiados en los Juegos Florales, de sus poemas y sus reflexiones bilingües escritos con tinta multicolor en los márgenes de sus libretas. Extractos de su apretada agenda; clases, entrenamientos, ensayos, conciertos, castings. Múltiples talentos potenciales. Pocas distracciones. Ningún novio. Nada que no supiésemos ya quienes la conocíamos; nadie contemplaba la posibilidad de una fuga.
Pero los titulares lo ponían todo en entredicho. ¿Era aquella vida para una adolescente? ¿Era Yesica Lugano una niña ejemplar, o una esclava de las expectativas parentales y académicas? ¿La esperanza de su familia y la predilecta de sus profesores, o su víctima? Se debatió ampliamente sobre las responsabilidades de unos y de otros, sobre el estrés infantil y hasta sobre la marca de los ángeles; si la barbilla partida resulta ser un rasgo dominante que se hereda de padres a hijos, ¿por qué no la tenían ni el padre ni la madre?…
Pero los Lugano nunca entraron al trapo de las habladurías. Al contrario, frente a su naturaleza maligna e invasora se blindaron para proteger a sus dos hijas pequeñas; Lisetta aún no tenía tres años, Anna solo ocho meses.
Se decía que Piero desconfiaba de todo el mundo, mientras que Isa solo aceptaba la compañía de videntes y adivinos. Se decía que ya no se hablaban entre ellos y que ambos vivían pendientes del teléfono, aferrados a la posibilidad de un secuestro y a la esperanza de que, tarde o temprano, alguien se pondría en contacto para pedir un rescate por Yesi.
Por los subterráneos habían empezado a circular rumores que la hacían en un harén, en una secta, embarazada, violada, muerta. Especulaciones morbosas o siniestras que mi madre se empleaba a fondo en cortar de raíz, con una mala hostia insospechada hasta entonces. Con la incertidumbre ya teníamos suficiente tormento, decía. Había que mantener a raya la curiosidad, no digamos la fantasía, y el morbo era del todo inadmisible. Había que cortarlo de un tajo en cuanto cruzase el umbral de la tienda. Por Isa, a la que habíamos visto por última vez asomada a la ventana el día de la concentración. Y sobre todo por mí, que apenas ponía un pie en la calle volvía de inmediato al nido, con taquicardia y sin aliento, acorralada por la ausencia agobiante de Yesi, mortificada por su imagen reproducida y ampliada por todos los rincones del barrio.