Encargo
Capítulo 3
Había que encontrar otras formas de entretenerse. Los mayores empezamos a salir a la calle, con los bolsillos llenos de pastas, para alimentar a un chucho que merodeaba abandonado por el barrio (sin raza, tamaño mediano, pelo duro y apelmazado, color pardo), y que ya no se movería más de la puerta de la tienda. Pegados a los cristales había adhesivos del No a la Guerra. Dentro, aún se hablaba acaloradamente de las Torres Gemelas y del desastre del Prestige. El euro ya estaba en vigor y algunas clientas veían con nostalgia la vuelta a los céntimos, pero la mayoría aún se hacía un lío con los cambios y a nosotros nos hacía muchísima gracia.
Fue la época en que Yesi y yo estuvimos más unidas —por los cuidados de Chimo y la campaña organizada para su adopción—, y sin embargo en la que más la odié. La época en la que a mí me pusieron gafas y ella empezó a perfilarse como la perfección hecha hija. Notas brillantes, oído musical, inquietudes intelectuales, habilidades deportivas. Y, por si el dechado de talentos y virtudes fuera poco, se le afinó la cara y el hoyuelo en el mentón empezó a brillar con luz propia. El mismo hoyuelo que hasta entonces la había hecho parecer rolliza se convirtió, según sus padres, en la marca de los ángeles, puesto que de repente le quedaba que ni pintado y no era herencia ni de la una ni del otro.
Yesi Lugano prometía mucho. Al menos así lo entendió mi madre, que a partir de entonces empezaría a imponérmela de ejemplo y modelo a seguir, sistemáticamente, deliberadamente, y no desaprovecharía ninguna oportunidad para hacerlo hasta aquel fatídico 5 de junio de 2008, cuando todo se desgració.
3
Yesi ayuda a su madre en las faenas de la casa. Yesi cuida a sus hermanas pequeñas. Yesi ha sacado todo notables y sobresalientes. Yesi se ha leído El código Da Vinci. Yesi ha ganado otra vez los Juegos Florales de su instituto. Yesi es la protagonista de la obra de fin de curso. Yesi toca el chelo maravillosamente. Yesi es medalla de plata en los campeonatos de natación. Yesi ha sido elegida en un casting para un anuncio de leche rica en calcio y le va a dar a su madre todo el dinero…
En realidad, no había demasiadas razones para creer que empezar la ESO en institutos separados supondría un respiro para mí, una tregua que me permitiría recuperar fuerzas y, quizá, algo del terreno invadido. Si me hice algunas ilusiones al respecto, estas no me duraron ni un trimestre; lo que tardó Yesi en adaptarse a su nuevo instituto y consolidarse entre las top ten de la clase. Sus excelencias y sus logros fueron un mantra a lo largo de mi preadolescencia. Y todo gracias a mi madre, que por entonces había intimado mucho con la suya.
Isa se arrastraba hasta la tienda, empujando un cochecito y de nuevo embarazada, en busca del consuelo y el apoyo que necesitaba en aquellos momentos. Lo que no necesitaba era tener más hijos, le diría a mi madre, en confidencia. Con su Yesi le bastaba, y además quería retomar algún día los estudios de nutrición y dietética. Pero había cedido para complacer a Piero, cuya insistencia calificaba de taladrante; sobre todo tras su ascenso en la empresa de venta y mantenimiento de electrodomésticos en la que trabajaba, que le libraba de tanto viaje y le permitía pasar más tiempo en casa.
Y tuvieron dos niñas más, una detrás de la otra; las dos poco antes del cheque bebé, ninguna con hoyuelo en el mentón. Mi madre solo destacaba este tipo de detalles cuando le traicionaba el subconsciente, la envidia por la fertilidad que a ella le había sido negada. Por lo demás, todo era solidaridad, aliento y elogios, cuando nos las cruzábamos a las cuatro por el barrio o en la tienda.
A mí también me daba un poco de envidia, pero yo apretaba los dientes y me limitaba a saludar a Yesi con un golpe de barbilla y a no mostrar (nunca jamás) interés por nada de lo que ella pudiese hacer o decir. Siempre que Yesi quería comunicarme algo, yo ya lo sabía, porque mi madre me lo había dicho antes.
¿Sabía que la habían escogido para un anuncio de? Ya lo sabía. ¿Sabía que competía en los campeonatos de? Ya lo sabía. ¿Sabía qué? Ya lo sabía.
Lo sabía todo, y no tenía nada que decir.
Así es como me defendía, así es como la castigaba. ¿Injusto?, nadie lo sabe mejor que yo, porque si Yesi Lugano no tenía la culpa de ser tan perfecta, yo tampoco. Había llegado el momento de poner a prueba el tan afamado instinto de adaptación y, lo más difícil, fiarse de él. Y el mío me recomendaba fingir una tozuda indiferencia.
Así, siempre que nos las encontrábamos casualmente por la calle, mientras nuestras madres se agarraban del brazo y caminaban muy juntas, cabeza con cabeza, pisándose al andar y al hablar, Yesi y yo nos ignorábamos discreta y educadamente; tan educadamente como solo saben hacerlo las enemigas íntimas.
De todas formas, a ella no parecía amargarle. Una chica tan aplicada, mona y popular siempre encuentra quien le regale los oídos. Yo no pensaba hacerlo, como tampoco pensaba dejarme sorprender en el deslumbramiento ni en la envidia. Nunca (eso pensaba) renunciaría a esa ventaja, pequeña pero crucial, que mi madre me daba con su insistencia taladrante. No me había dejado otra opción.
Pasó el tiempo. Desde que entró en vigor la ley antitabaco algunas clientas salían a fumar a la puerta de la tienda, que sin embargo parecía más abarrotada que nunca. Dentro y fuera se hablaba de la trama Gürtel y del caso Madeleine. De los cincuenta millones de dólares para quien atrapase a Bin Laden vivo o muerto; más de una se mostraba dispuesta a intentarlo, se urdieron algunos planes curiosos.
Sobre todo, se hablaba de la crisis. De la burbuja que al parecer había estallado sobre nuestras cabezas sin que nos diéramos cuenta, para mi gran desconcierto, y amenazaba con poner fin a una década de prosperidad. No menos desconcertantes me resultaban las expresiones que, desde las altas esferas y a través de los medios, se difundían machaconamente en lugar de la palabra maldita. Bache temporal, crecimiento negativo, estancamiento, recesión. Apenas tres años después de celebrar por todo lo alto el décimo aniversario de la tienda, entramos de lleno en una desaceleración económica transitoria. Al parecer de la clientela, otro eufemismo para lo que ya se detectaba en el radar, una pedazo de crisis a la vuelta de la esquina.
Los eufemismos funcionaron hasta que dejaron de hacerlo, y para entonces ya no se hablaba de otra cosa. Ya no se frivolizaba con la suerte ajena ni se oían tantos chismes cifrados. Ya no se hacían planes a largo plazo. Cuando volvía del instituto tenía que abrirme paso entre una horda de fumadoras, apiñadas en la puerta. Dentro, el ambiente parecía el de siempre pero ya no lo era. Solo se reían los niños. La merienda no faltaba, pero tampoco sobraba, y en la trastienda las botellas de cava para las ocasiones especiales empezaban a acumular polvo; la última que recuerdo fue descorchada por Carmen Chacón, el día que tomó posesión de su cargo como ministra de Defensa y luego pasó revista a las tropas, embarazada de siete meses.
No puedo decir que, a mis quince atolondrados años, fuera demasiado consciente de lo que significaba la portada de los periódicos de aquel 14 de abril de 2008, la foto que dio la vuelta al mundo y marcó un hito en la tienda, pero al menos estaba allí. Atolondrada, desorientada, atiborrándome de pastas, suspirando por un teléfono móvil con el que hacer mi entrada en el mundo virtual por la puerta grande. Pero yo estaba allí, mientras que Yesi asistía a sus clases de lenguaje musical en el conservatorio y luego al ensayo general para la obra de fin de curso.
De puertas hacia dentro cada uno de los mundos gestionaba su crisis como podía. Los hijos de los Reguant ya se habían largado de casa, alguno de ellos sin alcanzar la mayoría de edad. Los retoques que la señora García seguía haciéndose en la cara empezaban a asustar a los niños, y nadie se atrevía a decírselo. La pobre señora Vallès, que había enterrado a su suegra, ahora luchaba contra un fantasma. Seguía siendo una virtuosa del croché, pero sus patucos empezaban a parecerme una horterada de lo más kitsch.
Yesi también se hacía mayor. Pero ella se multiplicaba en actividades extraescolares (destacando en todas) y colaboraba en la economía doméstica cuidando a sus hermanas pequeñas, Lisetta y Anna, e incluso trabajando de modelo adolescente para una agencia de casting. Demasiado ocupada para gandulear por la tienda, como otras, sin más preocupación que arrasar con las pastas saladas y poner la antena.
Pero si alguna tarde se dejaba caer por allí, con su uniforme italiano, sus ojos melancólicos, algo saltones, su delicado hoyuelo en el mentón, a veces cargando con el violonchelo, o con el pelo mojado de la piscina…, yo daba el consabido golpe de barbilla a modo de saludo, entornando un poco los ojos porque me habían puesto lentillas y aún no estaba habituada.
¿Sabes qué?, decía ella.
Ya lo sé, decía yo.
Y así nos plantamos en el final del curso 2007-2008, último antes de acceder al bachillerato. Otro mundo, en el que no eras nadie sin teléfono móvil y perfil en Facebook, y para el que ambas estábamos sobradamente preparadas. A punto de cumplir dieciséis años bajo el signo de Géminis, nuestro horóscopo pronosticaba un verano iniciático, según la revista Súper Pop.
No sé qué haría Yesi, pero yo lo busqué en Google.
Iniciático/ca. 1. adj. Perteneciente o relativo a una experiencia decisiva o a la iniciación en un rito, un culto, una sociedad secreta, etc.
No me quedó muy claro, pero sonaba bien. En todo caso a nada de lo que en realidad se nos venía encima y que, entre otras muchas cosas, se llevaría el bachillerato por delante.