Encargo
I. Yesi o Desi
a) Elegir escenario y b) situar al protagonista o protagonistas en medio de una escena cotidiana, y, sin más, c) abrir el telón.
He tenido que leerlo varias veces para entenderlo. Vale que no estoy en mi mejor momento, que la medicación me tiene algo atontada y hace demasiado que no pongo mi cerebro a prueba, que no leo, que no hago crucigramas, que no pienso. Y vale que me he apuntado al taller de escritura creativa solo porque es lo que se espera que haga. Pero el enunciado del ejercicio tampoco está muy inspirado que digamos. Parece un sencillo ejercicio de orientación hacia el cuándo y el por dónde empezar; si no lo he entendido mal, y puesto que en algún lugar y en algún momento hay que empezar.
Pues venga, vamos allá. Sin más.
Mi escenario sería una habitación ordenada y pulcra. En las paredes se exhibirían posters, postales, fotografías, dibujos y demás señas de identidad propias de un temperamento joven, romántico, femenino. Habría una única estantería, de pared a pared, algo combada por el peso de los libros. Del techo colgaría un ventilador de aspas de madera y lamparita en forma de tulipán, estropeado desde hace tiempo. Un armario de luna, un perchero, una alfombra, un pequeño escritorio en el que una de las protagonistas estaría estudiando con los codos hincados. Veinteañera. Ni gorda ni delgada. Con gafas. A su izquierda una estrecha ventana abierta que daría a un patio interior. Se oiría el arrullo de las palomas y la tele de los vecinos. A la derecha, la cama. Sobre ella un puñado de peluches raídos. De pronto, sin que mediase una orden u otra indicación aparente, uno de ellos (uno con forma de chucho sin raza, tamaño mediano, pelo duro y apelmazado, color pardo) abriría mecánicamente los ojos, se incorporaría con sumo cuidado, se bajaría de la cama y se enroscaría de nuevo sobre la alfombra. A todo esto la chica seguiría estudiando sin levantar siquiera la vista del papel, concentrada en sus apuntes y sus libros. Minutos después se oiría el girar de una llave en la cerradura de entrada, y luego el chirriar de un carrito de la compra por el pasillo.