Encargo
Capítulo 7
Yesi seguía siendo una incógnita. Como tampoco había respondido al reclamo de los medios, estos habían acabado por desaparecer del barrio, y mi madre, siempre tan práctica, se alegraba. También valoraba positivamente que Yesi no tuviese la menor intención de lucrarse con su desgracia, fuera cual fuese, pero que tampoco la tuviese de retomar sus estudios, sus amistades, sus cosas (sí, le habían guardado sus cosas, en un trastero alquilado a las afueras, por las niñas, por no condicionar su espacio, por no enrarecerlo…) era una muy mala señal. Ni siquiera quería teléfono móvil ni internet, y quizá eso era lo más inquietante, porque ¿no nos habíamos hartado de decir, Yesi y yo, cuando ambas suspirábamos por zambullirnos de cabeza en las redes sociales, que si no estás en ellas no existes? ¿Y no me parecía extrañísimo? ¿Qué querría entonces?
Pues al parecer lo único que Yesi quería era que la dejaran en paz, no existir, ser como un zombi, pasarse el día tirada en la cama, sin interés ni ilusión por nada, inexpresiva e inaccesible, con mi ropa, que le venía toda grande… Un cuadro que desconcertaba a mi madre y desquiciaba a los suyos. La consigna no presionar estaba empezando a pasar factura a los Lugano. Piero sospechaba que Yesi se levantaba cuando no había nadie en casa, e incluso que salía y deambulaba por el barrio como una sonámbula. Lo de Isa era aún peor, más preocupante. Había consultado a astrólogos y al parecer Yesi tenía nada menos que cuatro planetas retrógrados en su carta astral, y esa era la causa de su pasividad y su retraimiento. Isa opinaba que Piero estaba irritable y paranoico, Piero que a Isa se le iba la olla. Ambos se descalificaban y desautorizaban mutuamente. El viaje a Italia estaba en el aire. Agosto pintaba muy raro.
7
Mars One. Así se llamaba (se llama) la misión espacial que pretende establecer la primera colonia humana en Marte en el año 2022. Voluntarios de todo el mundo podían inscribirse enviando una solicitud a la página oficial, en forma de vídeo de presentación y previo pago de entre 5 y 75 dólares, según el PIB de cada país. En aquel momento el enlace llevaba 202.586 postulantes, 27 de ellos españoles. Había tiempo hasta finales de agosto. En octubre pasarían a la siguiente ronda los candidatos seleccionados para entrevistas personales por Skype. A los elegidos, 50 hombres y 50 mujeres, los llamados Cien de Marte, les esperaban siete años de intensa preparación física y mental, razón por la cual el único requisito para postular era ser mayor de edad y estar sano.
No, Juan Holgado no desvariaba. De hecho, ya hacía más de un año que la NASA había enviado al planeta rojo un vehículo explorador en busca de condiciones habitables. Se llamaba (y se llama). Curiosity.
No sabría explicar qué fue lo que me produjo tanta euforia. Si lo cómodo y lo económico del viaje ciberespacial; en un viejo y lento PC, a 0,80 euros la hora. Si lo inspirado del nombre y lo que podía representar; una esperanza cósmica, un plan a grandísima escala, a larguísimo plazo. El caso es que no habían transcurrido ni dos horas de la última llamada de mi madre (la última en un sentido también bastante cósmico), y tanto la buena como la mala noticia, así como el sentimiento de culpa, habían sido barridos por la curiosidad y la euforia.
La persiana del locutorio medio bajada y un pakistaní haciendo números tras el mostrador. De las 22.15 a las 23.40 navegando por internet. 1,20 euros en total. Alucinante. Al salir, y a pesar de que acababa de ser advertida, me golpeé la frente con la persiana. La cabeza me daba vueltas. Oía la música machacona que salía del aparcamiento, detrás del supermercado, donde las noches de verano los chavales del pueblo hacían botellón. Los chicos, algo dispersos, empujándose y vacilándose los unos a los otros para atraer la atención de las chicas, todas agrupadas y conjuntadas menos una, Inma Holgado. Pese a vestirse y peinarse como las demás, era la más grande y la más recia. La abeja reina. Me acerqué sigilosamente para observarla. Estaba comiendo pipas y escupiendo las cáscaras al suelo con una expresión inescrutable cuando de repente me descubrió, agazapada entre los corrillos. No me dio tiempo a reaccionar. Un chispazo en su mirada y, en cuestión de segundos, ya había saltado sobre mí y me lo estaba diciendo al oído. Siento mucho lo de tu perro, aunque ya estaba superviejo, ¿no?… Se ve que tu madre se lo dijo a mi padre, ayer cuando llamó, o anteayer, yo qué sé… A partir de ahí ya no oí nada más. La tregua expiró. Pasada la medianoche del jueves 3 de julio, se fundió en brazos de Inma Holgado. Al mediodía siguiente, tras algo más de tres horas de autocar con dos paradas en el camino, abría la puerta de casa y durante unos instantes me quedaba inmóvil, enfilada al pasillo, esperando oír el chasquido seco de cuatro uñas en el suelo.
El primero fue el póster del gato pelirrojo tomando el sol, el que certificaba que no había entrado en mi habitación ningún tío que me gustase, el que delataba mi testaruda, patológica virginidad. Luego vinieron los demás posters, las postales y los dibujos, las fotografías una por una. Con Pablo Alborán en el andén del Ave Barcelona/Madrid; él solícito y afable, yo, tensa e incómoda, la estrella incordiada. El perfil de mi adorada Amy Winehouse en pleno proceso de autodestrucción; su moño cardado cada vez más alto, el rabillo del ojo cada vez más largo, la nariz judía cada vez más judía. La serie de cuatro con Sergio en el fotomatón. El cuadro con mi nombre en punto de cruz y el diario fueron los últimos en caer. Me tomé mi tiempo, reconcentrada en la tarea hasta el punto de no sentir tristeza ni rabia ni nada. Nada, a pesar de que Chimo no había salido a recibirme ni estaba camuflado entre los peluches apelotonados sobre mi cama, a pesar de que ya no había peluches sobre mi cama.
Lo metí todo en dos bolsas de basura y las llevé hasta el callejón. En los muros las pintadas habituales, aparentemente contradictorias e incoherentes; corazones flechados, pollones empalmados, palomas de la paz, esvásticas. Y algún que otro mensaje nuevo; uno general llamando a la movilización de la peña para la Diada, Vía Catalana hacia la independencia, y otro más modesto y personal, Desi desertora. El cielo estaba nublado, hacía bochorno. Lo tiré todo al contenedor y me dirigí hacia la tienda de mi madre con la espada en alto. Sabía que no me esperaba hasta el día del examen, y quería pillarla a traición. Tornem de seguida, decía el cartelito en la puerta, y yo esperé. Esperé hasta que se desató una tormenta pasajera y entonces eché a andar calle abajo, hacia el estudio que mi padre se había montado por su cuenta, con el dinero de la indemnización, en la Rambla del Raval. Pero allí tampoco había nadie. Esperé no sé cuánto rato más, calada hasta los huesos. No tenía móvil para llamar ni las llaves de casa porque estaban en la mochila, que también había arrojado al contenedor, sin darme ni cuenta. Aún debía de estar allí. Con idea de recuperarla me puse de nuevo en marcha, apretando el paso, lo más deprisa que se podía en chancletas. No paré de andar hasta casa de Yesi.
En mi imaginario infantil, el padre de Yesi, Piero, había sido el lobo feroz. El hombre peludo e intimidante que taladraba a su mujer para hacerle un hijo varón, según oía contar a las clientas en la tienda, con cierto tembleque en la voz, cuando aún era pequeña y las creía. Por eso tardé unos segundos en reconocerlo cuando me abrió la puerta, en bermudas, la camisa abierta y una cadena de plata entre el vello del pecho, canoso como sus patillas. Ni siquiera era más alto que yo.
—¿Desi? Pero, bueno, qué sorpresa… Y qué cambiada estás…
Cuando me abrazó, me pisó sin darse cuenta. Tampoco advirtió el chichón en mi frente. Él también estaba muy sorprendido. En la penumbra del recibidor intercambiamos algunas preguntas y respuestas básicas. ¿Mi madre? Bien, en la tienda. ¿Mi padre? No lo sabía, pero bien también. ¿Isa?, trabajando. ¿Las niñas?, en Italia. ¿Yesi?, silencio.
—Pero avanti, por favor, Desi. Estás empapada…
El salón era un caos. Una maleta muy grande, abierta en el suelo, y muchos juguetes y ropa de niña esparcidos por todo el sofá. Piero se disculpaba por el desorden mientras lo revolvía todo en busca de una toalla. Decía que las niñas reclamaban sus cosas y se estaba volviendo loco tratando de hacer una selección, porque la idea seguía siendo ir todos juntos en agosto, siempre y cuando Yesi mejorase lo suficiente. Pero si no… Se volvió para alcanzarme la toalla y yo, cobardemente, bajé la mirada. En la mesa de centro había cuatro botellines de cerveza vacíos.
—Si no… —continuó, sin mi cooperación—, me temo que habrá que ir pensando en tomar medidas legales, no queda otra. Si no quiere ir al médico por su propia voluntad habrá que conseguir la orden de un juez para llevarla a la fuerza. Vamos, digo yo, y por mucho que su madre se oponga… —Su voz áspera rezumaba toda la impaciencia y la amargura acumuladas. Me estremecí, y me crucé de brazos para que no lo notara—. Isa prefiere creer en la influencia de los astros y mierdas de esas, pero yo qué quieres que te diga… Yo solo quiero que todo vuelva a ser como antes, y me parece que a estas alturas no es pedir tanto, ¿no?
No se lo dije por no llevarle la contraria, ni alentarle a seguir con el tema, pero yo diría que sí era mucho pedir. Casi tanto como volver a ser tan moreno y voluminoso como era antes, tal y como yo le recordaba. De cómo era antes tampoco quedaba mucho rastro en el salón de los Lugano; por lo menos de la última vez que estuve allí, en mayo de 2008, apoyando a Rodolfo Chikilicuatre en su paso por Eurovisión. Las medallas y los diplomas de Yesi habían desaparecido de las repisas. Los preciosos retratos de estudio que yo tanto le había envidiado, sustituidos por los de dos niñas que no se le parecían en nada; tez oscura y pelo negro, frente demasiado estrecha y ojos demasiado juntos. Sus hermanas habían invadido también la que había sido su habitación, la primera según te adentrabas en el pasillo. Dos camas cruzadas en perpendicular y los nombres en punto de cruz en sus respectivos marcos: Lisetta, Anna.
—No las quiere… —dijo Piero, desde el umbral. Creía que le había dejado renegando en el salón, y me sobresaltó verle allí—. Su madre y yo le guardamos todas sus cosas, pero dice que ya no las quiere, y que tampoco quiere recuperar su habitación…
No se me ocurría nada que decir. Sorteándole, procurando no rozarle al salir, me dirigí hacia el cuarto trasero que en su día había albergado dos cunas, y antes aún, antes de las niñas, el estudio privado de Isa, su habitación propia.
—Mira, esto es lo que vamos a hacer… —Piero me siguió por el pasillo, abrochándose la camisa. El parquet crujía a su paso—. Si te parece bien yo voy a aprovechar que estás tú aquí para salir a hacer unos recados, y luego, si sigue lloviendo, pasaré a buscar a Isa, ¿sí?… Y tú te quedas a cenar. Traeré pizzas. Bueno, ahora mejor os dejo solas…
Separado de la galería por una cortina, el minúsculo espacio no tenía puerta ni muebles. Un colchón en el suelo y una bolsa de ropa limpia y doblada, mi ropa, un paquete de tabaco y un mechero, un cenicero y un vaso vacíos, un vaporizador apagado. Nada más. El aire desangelado y provisional de quien está de paso y no piensa quedarse mucho tiempo.
—Estoy aquí —dijo Yesi, en cuanto oyó cerrarse la puerta de la calle.
Su voz venía del lavabo. Antes de entrar, me quité las chanclas.
—Cierra la puerta.
—No hay nadie.
—Cierra y echa el pestillo.
Obedecí. La condensación de agua caliente me empañó las gafas al momento. Yesi estaba metida en la bañera, envuelta en vapor, murmurando.
—¿Qué?
—Digo que llegas tarde pero a tiempo, y eso es lo que importa. —Su voz era rasposa, y muy débil—. Pero ven aquí, acércate, no te quedes ahí parada…
Me senté en la taza del váter, a su lado. Aunque me había quitado las gafas seguí evitando el contacto visual. ¿Cómo sabía Yesi que iba a ir, si ni yo misma lo sabía? ¿Y a tiempo de qué? Esperaba que me lo dijera sin tener que preguntárselo; no era por orgullo, si acaso por su otra cara, la vergüenza, y sobre todo porque temía la respuesta. Ninguna de las dos dijo nada durante un buen rato, hasta que Yesi me preguntó qué hora era.
—No lo sé.
—¿Es de noche?
—Aún no.
—¿A qué día estamos?
—Hoy es viernes, creo. —Una punzada en el costado, una señal de alarma, un mal presentimiento—. ¿Por?
—Por nada, en realidad me importa una mierda qué día es hoy… Te lo he dicho, lo único que importa ahora es que ya estás aquí.
¿Sí?, pues aquí estoy, a solas contigo, en cinco metros cuadrados sin ventana, alicatados de arriba abajo en verde pálido, preguntándome precisamente para qué estoy aquí, qué es lo que tengo que hacer ahora, qué más quieres que haga… Todo esto solo lo pensé, oía las palabras pronunciadas en mi cabeza mientras le contaba a Yesi que acababa de tirar mi móvil a la basura, hacía un rato, mi móvil y todo lo demás, tal y como ella me sugirió que hiciera. Pero o no me oía o no le importaba, y como tenía los ojos cerrados aproveché para mirarla.
El pelo ralo, la piel grisácea, los labios resecos y exangües, contraídos en un rictus de dolor. Bajo la superficie verdosa del agua, el pecho plano y las costillas marcadas, una mancha como un borrón oscuro a la altura del corazón, las caderas estrechas, el pubis sin vello, las rodillas huesudas, más anchas casi que los muslos, los diminutos pies, de un blanco azulado… No sabría decir cuánto tiempo estuve mirándola, debió de ser bastante porque el agua se enfrió y Yesi empezó a tiritar. No tenía más que estirar el brazo, abrir el grifo y dejar correr un poco de agua caliente, pero no podía moverme. Estaba conmovida, horrorizada y, por extraño que pueda parecer, fascinada.
—Tienes muy mala cara —dijo de pronto, observándome por la rendija de un ojo entreabierto.
—Tú también.
—Ya, pero yo estoy muerta… Y a ti ¿qué te pasa? ¿Cuál es tu excusa?
—Mi madre ha sacrificado a Chimo sin avisarme…
—Ya lo sé.
—Vale, pues yo me voy.
Me levanté. Yesi sacó una mano del agua y me agarró con poca fuerza de la muñeca. En la suya vi un pequeño tatuaje de forma punzante (tal vez una daga, o un puñal) y me desprendí de una sacudida, de pronto asqueada.
—No te enfades, Desi…
—No me enfado.
Había abierto los ojos, mucho, y aunque me miraba fijamente me pareció que no me veía, o que veía más allá de mí, a través de mí.
—Sí te enfadas… —decía, jadeando a causa del esfuerzo, arrastrando las palabras—, te enfadas todo el rato, te enfadas por todo…
—Muy bien, lo que tú digas.