Finge que soy tuyo
3. Charlie
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CHARLIE
M e despierto la mañana siguiente con Sarah de dos años mirándome y frunciendo el ceño. La puse a dormir en su corral, pero obviamente ya estaba grande para eso, ya que estaba trepada en mi pecho ahora.
Me quedo acostado por un segundo, sintiendo el sudor de mi pesadilla haciendo que mi camiseta de algodón y mi pijama se peguen a mi cuerpo. La habitación en la que estamos se siente rara y me toma un segundo recordar que nunca hemos dormido antes aquí.
Sarah me mira, su cabello oscuro está todo alborotado. Ella luce igual a su madre y eso hace que mi corazón se estremezca cada vez que la miro.
“¿Sueño?” pregunta ella.
“Sueño, sí”, yo suspiro, moviéndola a un lado y sentándome. “¿Dormiste bien?”
“¡Dormir!” chilla ella.
“¿Necesitas ir al baño?”
Sarah piensa y luego sacude su cabeza. “No.”
La miro escéptico. Ella había comenzado a aprender a ir al baño hace un mes. Siempre estoy asombrado al descubrir que fue sola al baño.
“Yo limpiar”, dijo ella. Yo interpreto eso como que ella fue sola.
“Está bien. ¿Tienes hambre?” pregunto mientras me levanto.
“¡¡Sí!!” dice ella, poniéndose alegre al instante que menciono comida. Qué puedo decir, la niña ama la comida.
“Okay. Vamos a buscar algo de ropa”, dije, ofreciéndole mi mano.
Pasamos por los pequeños pasos de la rutina de la mañana. Logro distraerla con cereal seco y caricaturas en mi iPad el tiempo suficiente para tomar una ducha ultra rápida.
De cierta forma, es bueno que esté ocupado intentando bañar a Sarah o intentando ayudarla a escoger su ropa. De esa forma no puedo preocuparme con lo que sucederá después, es decir, aparecer sin anunciarme en la casa de mi papá con Sarah conmigo.
Mi papá se alejó de mí desde que decidí unirme al Ejército, hace casi diez años. Nosotros nos separamos porque yo le pedí que viera a mamá ocasionalmente mientras estaba en el campamento.
“Hay una razón por la cual me divorcié de ella”, me gritó a mí. “La perra está loca.”
Pero no lo suficientemente loca como para dejarla con tu hijo, supongo, pensé yo.
Sí, es mejor preocuparse en empacar suficientes bocadillos y ropa interior de repuesto para Sarah. Me he convertido en el maestro de tragarme mis miedos, preocupándome de lo que está en frente y no lo que vendrá en el futuro.
Una hora y media después de que ella me haya despertado, ambos estamos vestidos y listos para irnos. Yo cargo a Sarah, mi mochila de la laptop y su mochila de pañales.
Entrecierro mis ojos por la luz de la mañana mientras avanzó hacia mi sedán. Veo a la propietaria, Larkin, cerrando su puerta.
Desvío la mirada al instante, pero una mirada fue suficiente para tener a Larkin grabada en mi cerebro.
Ella es una cosita pequeña, probablemente de metro y medio y probablemente de solo unos cincuenta kilos. Ella tiene largas trenzas rubias que se ondean un poco hacia el final y su cara tiene forma de corazón, con enormes ojos ámbar, una nariz respingona y una boca que me hacía pensar cosas sucias.
El último pensamiento me hizo sentirme descontento. Ella iba vestida muy conservadora, tenía una falda roja hasta la rodilla, un top azul marino que cubría todo hasta el cuello y un cárdigan amarillo.
“¡Hey!” Larkin me saluda, levantando una enorme caja que parecía pesada y acomodándola en su cadera. “Hola, Sarah.”
Sarah hace un sonido emocionada y salta en mis brazos. Ella saluda a Larkin. “¡Hamburguesa!”
Larkin se ríe. “Pareces estar de buen humor, señorita Sarah.”
Sarah responde con un montón de palabras sin sentido.
“Está parlanchina hoy, creo”, digo y me volteo hacia el auto.
“Es normal en los niños de su edad, creo”, dice Larkin, siguiéndonos.
“¿Eres una maestra?” pregunto yo, volviendo a mirar su ropa.
“Una bibliotecaria”, responde ella. “Pero recibimos a muchos niños de tu edad, ¿cierto, Sarah?”
Sarah sonríe y aplaude con sus manos. Supongo que ella ama siempre que alguien dice su nombre todo el tiempo.
“Luego”, digo acelerando. “Tengo que irme.”
Dejo a Larkin atrás y me fuerzo a pensar en la futura visita sorpresa a mi padre. Prefiero pensar en mi papá que lidiar con la atracción que puedo sentir por la dueña caliente.
La casa de papá y su tienda de hardware están separadas por una cuadra. Yo conduzco a la tienda y luce igual que siempre, es un pequeño edificio con un techo gris. Siempre me había parecido como un Yorkie viejo con un flequillo largo, al menos para mí.
El anuncio en la puerta dice que no está abierto, así que giro en la cuadra y me estaciono en frente del revestimiento verde y gastado y el hierro oxidado de la casa de dos pisos de papá. Respiro hondo mientras observo el césped demasiado largo y los números de vinil que se estaban peleando en el buzón.
Sip. Este lugar tampoco había cambiado. La puerta del frente se abre y mi madrastra sale con una escoba y barre el frente del porche. El césped podrá ser de mi papá, pero aparentemente el porche es de ella. Rosa había envejecido un poco en diez años, pero se sigue moviendo bien y sigue teniendo mucha de la belleza guatemalteca que había conquistado a mi papá.
Sarah suelta un grito aleatorio con su voz aguda deseando salir de su asiento del auto. Yo veo a Rosa mirar confundida mi auto. Yo miro a Sarah, intentando calmarla.
“¡Sarah, hey!” Digo en el tono más animado que puedo lograr. “Aquí está tu juguete…”
Ella se calma y aprieta la pelota que acabo de darle. “Pelota.”
Volteo para ver por mi ventana, solo para encontrar a Rosa a punto de golpear el vidrio. Suspirando, yo bajo el vidrio. “Hey, Rosa.”
“Charlie, sal de ese auto ahora mismo”, dice ella con su acento marcado. “Déjame verte.”
“Uhhh…” Yo miro a Sarah, ella está jugando feliz con su juguete. “Está bien.”
Abro la puerta y salgo, soy más alto que Rosa. Ella coloca sus manos en sus caderas por un segundo y frunce los labios. Luego sonríe y me abraza.
Por un segundo no sé cómo reaccionar. Me pongo tenso. Ha pasado mucho tiempo desde que alguien es afectuoso físicamente conmigo además de mi hija. Luego me fuerzo a relajarme y la abrazo sin muchas ganas.
“Te ves delgado”, dice ella chasqueando sus dientes. “¿Estás comiendo?”
“Comemos bien.” Yo me salgo de su abrazo.
Rosa mira alrededor de mí hacia Sarah. “¿Quién es ella? ¿Es tu hija?”
Sarah le sonríe con picardía a Rosa y le enseña su pelota.
“Ella es Sarah”, digo, casi avergonzado por la forma en que Sarah conoce a sus abuelos. Sarah de repente se pone frustrada por estar atada y quiere salir del asiento del auto.
Rosa chasquea su lengua. “Bueno, no te quedes ahí parado, ¡sácala de su asiento!”
Abro la puerta y saco a Sarah del asiento del auto, cargándola y cerrando la puerta. Rosa la mira y sus ojos se ponen llorosos.
“Esta es mi primera nieta, ¿sabes?” dice ella. “Debiste haberla traído antes.”
Ella estira sus brazos hacia Sarah, pero Sarah no está interesada en ir hacia ella. Sarah voltea su cabeza y la coloca en mi hombro, se pone a hacer puños en mi sudadera.
“Lo siento”, yo me encojo de hombros. “Le toma un minuto acostumbrarse a la mayoría de las personas.”
Excepto la dueña, pienso yo.
“No hay problema”, dice Rosa, dándole palmadas a la espalda de Sarah. “Vamos, entra. Dale y Jax estarán felices de verte.” Ella comienza a cruzar el patio esperando que la siga. “Tiene veinticuatro ahora, sabes. Es grande y fuerte, al igual que su padre y hermano.”
Medio hermano, pienso yo. Me gustas, Rosa, pero le robaste a mi papá a mi mamá. No he olvidado eso. Al igual que no he olvidado que mamá falleció mientras yo estaba en el extranjero y nadie estaba con ella.
Pero yo no dije lo que pensaba. Además, todo la situación con mi madre es demasiado enredada como para comenzar a desenredarla. Esos son temas que prefiero dejar debajo de la alfombra y no mencionarlos ahora.
Rosa abre la puerta del frente y entra y me apura para entrar. La sala no ha cambiado nada desde la última vez que estuve aquí. Todavía siguen las mismas sillas reclinables grises y el mismo sofá marrón triste, todos alrededor de un antiguo set de TV. Las mismas fotografías familiares, alineadas y agrupadas como un santuario a mi hermano.
La gran sorpresa es que mi papá no está en su silla, con todas sus latas de Budweiser apiladas. Pero bueno, es la mañana. Tal vez solo necesito darle tiempo.
“¡Dale! ¡Jax!” Llama Rosa. “¡Vengan y miren a quién me encontré afuera!”
Pasamos por lo que solía ser el comedor… excepto que ya no era un comedor. Es…
Un pequeño estudio de yoga.
Me quedo boquiabierto al ver a mi padre y a mi hermano sentados con las piernas cruzadas en colchonetas verdes de yoga. Toda la habitación solía estar cubierta con la alfombra orgánica más horrible del mundo, pero ahora fue reemplazada con un nuevo piso Pergo laminado.
“¡Charlie!” dice mi papá, sorprendido. Él se levanta. “¿Qué estás haciendo aquí?”
Es fácil ver de dónde sacamos Jax y yo nuestra altura y aspecto; mirar a mi papá es como mirar un espejo. Él tiene cabello oscuro y ojos verdes, aunque su cabello ahora tiene algo de gris. Ahora que lo veo, en realidad es más flaco que yo.
Jax es su clon, nuestro clon, aunque tiene una piel más oscura.
“Solo vine a visitar”, dije. No era completamente cierto. Pero ya no soy el centro de atención, porque mi papá puso sus ojos en Sarah.
“Ohhhh…” dijo él, su boca abriéndose más que la mía cuando vi la habitación de yoga. Él me mira. “Esta es…”
Muevo a Sarah, ella se está moviendo, queriendo que la baje. “Sí. Sarah. No quiero bajarla o temo que va a destrozarte toda la casa.”
“¡Deja bajar!” Sarah chilló. Ella comenzó a ponerse roja y eso no era buena señal. Usualmente venía un berrinche después de eso. “¡Deja bajar!”
“Bájala. Deja que explore”, dijo Rosa.
Miro a mi papá y él asiente de acuerdo. Me doblo y pongo los pies de Sarah en el suelo. Ella corre de inmediato a la ventana y se pone de puntillas para mirar.
“¿Qué es eso?” dice ella, mirando a Rosa.
Rosa, alegre de ser incluida, se acerca y se arrodilla junto a Sarah. “Eso es un árbol.”
“Árbol”, dice Sarah, arrugando sus cejas.
“Bueno”, dijo Jax, levantándose. “Hola.”
Jax camina y me abraza. De nuevo, se siente raro ser abrazado.
“Hey, hermano”, dije. “Es bueno verte.”
Jax retrocede y me mira. “Lamento lo de Britta. Intenté llamar un par de veces…”
Es cierto. Él lo intentó, mi papá y Rosa lo intentaron… probablemente otras cien personas intentaron llamar. Yo solo apagué mi teléfono y eventualmente cambié mi número.
“Sí… eso… es mi culpa”, dije mientras me frotaba la nuca. “Las cosas estuvieron muy tristes por un tiempo.”
Eso es todo lo que puedo decir de los últimos dos años, al menos sin que mis ojos se llenaran de lágrimas. Sarah es la única razón por la cual sigo viviendo; incluso así, vivir es algo relativo.
No sé cómo llamar al ciclo de caminar, trabajar, cuidar a mi hija y luego sollozar desesperadamente en mi almohada apenas estuviera seguro de que Sarah no escucharía.
Mi papá se acerca y me da una palmada en la espalda. “Estamos felices de que estés aquí ahora, Charlie.”
Sonrío sombríamente. “En realidad, acabo de rentar un lugar en el pueblo.”
Papá y Jax se quedaron mirándome. Jax es el primero en hablar. “O sea… ¿para vivir?”
“Sí, pensé que solo estabas visitando.” Dijo mi papá confundido.
“Me expresé mal”, dije, encogiéndome de hombros. Es difícil no ponerme a la defensiva, pero hago lo que puedo. “Estamos aquí al menos por unos meses.”
“Eso es genial, Charlie”, dice mi papá. “Deberían venir los dos para la cena del domingo.”
La cena del domingo suena como una buena excusa para que papá se emborrache y le grite al que tenga la mala suerte de estar cerca.
Miro a Sarah, ella ya abandonó la ventana y ahora está explorando las colchonetas de yoga. Ella levanta una de las esquinas de las colchonetas y mira debajo como si hubiera una sorpresa. Cuando solo encuentra el suelo, ella frunce el ceño.
“Sí… no lo creo”, digo, sacudiendo mi cabeza. “No me gusta que Sarah esté alrededor de personas tomando.”
La cara de mi papá se sonroja. “Yo, uh… he estado sobrio por casi una década. No bebemos en la cena del domingo. Es el día del señor después de todo.”
Me quedo tan aturdido que podrías tumbarme con una pluma. No puedo recordar a mi padre no tomando.
“Sí, usualmente vienen algunas personas de la iglesia”, dijo Jax. “Deberías venir.”
De reojo puedo ver a Rosa abrazando a Sarah. Ella luce insegura al comienzo, pero luego deja caer su cabeza en el hombro de Rosa.
“Lo pensaremos”, dije.
“Cielos, tengo que irme”, dice Jax. “Tengo que bañarme antes de ir al trabajo.”
Levanto mis cejas. “¿Sí?”
“Sip. Debo ir a casa. Escucha, te llamaré e iremos por algo de comer.”
Debo decir, lo que sea que papá y Rosa hicieron con Jax hizo que saliera muy bien. Él avanzó con confianza por la sala. Yo asentí sin confirmar nada.
“Nosotros también debemos irnos”, dije.
“¿Tan pronto?” Rosa protestó y parecía alicaída.
“Sí, ya sabes. Trabajo”, mentí yo. Soy un analista de negocios remoto, que es el equivalente nerd a ‘trabajo a mis propias horas’.
Ella chasquea su lengua de nuevo, pero no hace un problema. Ella le da un último abrazo a Sarah. “Chao, reinita.”
“¿Chao?” Dice Sarah, pareciendo un poco triste cuando Rosa se levanta.
Mi corazón se aprieta en mi pecho cuando me doy cuenta de que Sarah no ha tenido mucha atención femenina en su corta vida.
“Piensa sobre el domingo”, dice mi papá. “Es una potluck, así que trae un postre de la tienda.”
Él me guiña el ojo y yo tengo que trabajar para mantener mi expresión neutral. ¿Quién es este hombre hippy flaco, amante del yoga que no bebe y qué hizo con mi papá?
“¡Ay!” Rosa le dice a él. A mí me dice, “No traigas nada más que a tu pequeña pobrecita.”
“Está bien. Lo pensaremos”, repetí yo, agachándome y recogiendo a Sarah.
“Ven, te acompaño a la puerta”, dice Rosa, echándose sobre mí como una mamá gallina.
“Chao”, dije, volteando y saliendo del lugar.
Sarah murmura un montón de incoherencias y saluda a Rosa. Veo a Rosa apretando su pecho mientras yo abro la puerta.
Logro llegar a la mitad del camino hacia el auto antes de que la cara de Sarah se derrumbe.
“¡Señora!” gimotea ella apuntando a la puerta. “¡Regresa!”
No sé qué sucede con Sarah encariñándose últimamente con las personas; primero la dueña, ahora Rosa. Es muy difícil meter a Sarah en el auto y ponerle el cinturón.
Una vez cierro la puerta, me tomo un segundo para respirar. Miro la casa y veo a mi papá y a Rosa mirándome. Rosa levanta su mano despidiéndose sin muchas ganas.
Le regreso el saludo y luego entro al auto. Sarah está gritando a máximo volumen mientras me alejo, lleno de un temor que no puedo nombrar.
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