HRH,2-Rendida
Capítulo 1
Hace muchos años, cuando era joven y adorable, como alguno ya sabrá, me dediqué a dirigir un orfanato.
GILBERT & SULLIVAN
HMS Pinafore
Orfanato Roxbury House
Kent, Inglaterra, 1876
l sonido de unos pasos resonó en las escaleras del desván. Los tres huérfanos se quedaron tensos, conteniendo la respiración y mirando fijamente la
puerta sin pestillo. En cuanto la última de ellos, Daisy, entró a hurtadillas, apagaron la vela y se sentaron a esperar. Apenas un cuarto de hora después, el
único foco de luz que tenían provenía de los débiles rayos de sol que dejaba entrar
el sucio cristal de una de las ventanas, deterioradas por el paso del tiempo.
Las
motas de polvo flotaban en el aire cargado como si de plumas se tratara. En aquel
silencio antinatural, el más leve chasquido de los tablones del suelo, un crujido de
nudillos o, Dios no lo quisiera, un simple estornudo, serían tan audibles como las
famosas campanas de la iglesia de St. Mary-le-Bow, un tañido que los tres
ocupantes llevaban escuchando casi desde el día en que nacieron, lo que los convertía en auténticos cockneys, oriundos del este de Londres, conocido como el
East End.
De pronto, la puerta se abrió, dejando entrever una rendija de luz entre las sombras, y Harry Stone asomó su rubia cabeza.
—Todo despejado —anunció el joven en un elevado susurro que consiguió arrancar un suspiro colectivo a sus amigos. A continuación cruzó el umbral; el
farol que sostenía proyectó un haz de luz sobre aquella medio sonrisa que todas las
muchachas, especialmente las mayores, parecían encontrar tan irresistible.
Frunciendo el ceño, Patrick O’Rourke —Rourke para los más allegados—
se
subió a la caja de madera para transportar leche que se encontraba justo detrás.
—Jesús, Harry, has vuelto a llegar tarde. Y con esta ya van tres veces seguidas que lo haces.
El larguirucho adolescente de dieciséis años cerró la puerta tras de sí y se agachó para evitar golpearse con el bajo entramado de vigas.
—¿Acaso tengo yo la culpa de que tengamos tareas que hacer?
—Oh, sí, tiene que ser muy duro tratar de convencer a la guapa de Betsy
para que se suba las faldas y se vaya contigo al pajar —contestó el escocés con un
bufido.
Harry se encogió de hombros y usó una pila de antiguos libros escolares como asiento. Siendo el hijo de una prostituta de los bajos fondos londinenses, el
sexo era una función vital para él, una actividad tan inevitable como comer, dormir
o hacer sus necesidades.
—¿Has vuelto a espiarme, compañero? Bueno, no importa. A ver si aprendes algo.
Rourke resopló a modo de respuesta. Tenía las mejillas tan encendidas como la llama de una vela bajo la tenue luz que iluminaba la estancia.
—Ya he tenido un buen número de mozas.
Balanceando las piernas, Harry soltó una risotada.
—¿No querrás decir cabras?
Rourke se enfrentó a él con los puños cerrados.
—Será mejor que cierres esa bocaza que tienes, Stone, o te la cerraré yo mismo.
Saliendo desde debajo de un escritorio de pedestal doble, Gavin Carmichael decidió que ya iba siendo hora de intervenir. A sus catorce años no poseía ni la
apariencia dorada de Harry ni los músculos y la labia de Rourke, pero sí que tenía
un talento innato para lidiar en las discusiones que se producían entre amigos y
enemigos por igual, un don por el que se había ganado el apodo de «san Gavin».
No estaba muy seguro de que le apeteciera que le comparasen con un santo.
Los
santos solían tener unas vidas muy breves, llenas de pobreza y sacrificio, que
terminaban de forma abrupta bajo unas ruedas, como santa Catalina, o con la
cabeza cortada, como san Juan Bautista, o quemados en la hoguera, como Juana de
Arco. Y el destino de esta última le parecía especialmente atroz.
—Rourke, Harry, ya basta. Además, hay una dama presente. —Hizo un gesto con la cabeza en dirección a la «dama» en cuestión.
La pequeña Daisy, de nueve años, estaba sentada encima de un baúl, meciendo sus delgadas piernas. Tenía la cabeza con su melena trigueña inclinada
hacia un lado y unos preciosos labios fruncidos, señal inequívoca de que estaba
intentando desentrañar el último misterio de su vida.
—Pero si la paja pica.
Rourke echó su pelirroja cabeza hacia atrás y soltó una carcajada, mientras trataba de enjugarse las lágrimas de los ojos con el dorso de la mano.
—No te preocupes, cariño. Si alguna vez a la bonita de Betsy le pica algo, nuestro Harry estará más que encantado de rascarle donde sea.
Gavin se estremeció y se aclaró la garganta. Había llegado el momento de cambiar de tema.
—Damas, o mejor dicho, dama y señores, en este instante da comienzo la duodécima reunión mensual del Club de Huérfanos de Roxbury House.
¿Alguien
quiere hacer de mi segundo?
—Yo. —Daisy se bajó de su asiento de un salto y se alisó la sencilla bata marrón que llevaba.
Los cuatro se habían sentado con las piernas cruzadas, formando un círculo bajo las vigas. Harry dispuso en el centro su ofrenda, un pañuelo lleno de caramelos de limón y barras de menta que había hurtado de la cocina. Más tarde
dividirían el botín entre ellos, aunque Gavin siempre le daba la mayor parte de su
cuota a Daisy.
La niña extendió la mano y tiró de la manga de la camisa de Harry.
—Te estás olvidando de la mejor parte.
—¿Ah, sí? —vaciló Harry. Parecía un tanto desconcertado, y Gavin se imaginó que la mente de su amigo todavía estaba en el establo, con la buena de
Betsy.
—El juramento, pedazo de burro —siseó Rourke.
—Oh, eso. Es verdad. —Tomando nota de la mordaz mirada que le dirigió Gavin, Harry comenzó—: En lo bueno y en lo malo.
Le dio un codazo a Rourke. El escocés se frotó las costillas, frunció el ceño y
continuó:
—Por siempre jamás.
Daisy, encantada con la situación, volvió a extender su manita y envolvió con ella el dedo meñique de Gavin, que sonrió mirando sus brillantes ojos y añadió
con diligencia.
—Pase lo que pase.
—Permaneceremos juntos... como una familia de verdad. —Separando las manos, Daisy se puso a aplaudir, rebosante de felicidad. Aquel juramento era su
parte favorita del ritual mensual, sobre todo cuando pronunciaba la frase final—.
¿Tienen las familias de verdad reuniones secretas en su desván? —preguntó a los
componentes del círculo, aunque su mirada se posó en Gavin.
Como era el único de todos ellos que había tenido una auténtica familia —
dos padres unidos en matrimonio y una hermana de pocos meses, Amelia Grace—,
también era el único cualificado para contestar a aquella pregunta. Aun así, dudó
durante unos instantes, mientras la emoción amenazaba con trabarle la lengua.
Clavó la vista en la débil llama del farol, que pareció cobrar intensidad, transformándose en un ardiente infierno delante de sus propios ojos. Sus padres y
hermana habían muerto cuando el edificio de pisos en el que vivían se incendió y
se quedaron atrapados dentro. Gavin también tendría que haber fallecido aquel
día, pero instantes antes de que se desencadenara el fatal desenlace su madre le
había dado un penique y lo había mandado a la panadería en busca de una barra
de pan del día anterior, para que dieran un poco más de sí las sobras del estofado
que tenían para cenar.
—¿Gav? —Daisy tiró de su manga.
Él apartó los ojos de la llama y se volvió para mirarla. Tratando de superar
la sensación de ahogo que constreñía su garganta y la pesadez que sentía en la
lengua cada vez que alguien mencionaba la palabra «familia», se dispuso a contestar.
—Puede que... Supongo que sí... si quieren... Pero no... No suelen... Están demasiado... ocupados, trabajando.
Y era cierto. No recordaba a sus padres haciendo otra cosa que no fuera trabajar, sobre todo a su madre. Incluso cuando se sentaba por las tardes delante
de la chimenea, leyendo en voz alta alguno de los libros que guardaba en su pequeña biblioteca y que tanto apreciaba, siempre tenía sus callosas y diestras
manos ocupadas, ya fuera haciendo cepillos, dando la última puntada al vestido de
alguna dama o cosiendo telas de hamacas.
Daisy deslizó una mano entre la suya.
—Entonces somos los que mejor estamos, ¿no? —Terminó aquella declaración con un enérgico gesto de asentimiento y una sonrisa deslumbrante,
como si por fin hubiera resuelto el enorme misterio que le suponían las relaciones
familiares.
De todos ellos, Daisy era la que menos experiencia tenía en lo que a formar
parte de una familia respectaba. La habían abandonado con apenas un mes, en un
cesto de lavandería, a los pies de las escaleras de St. Mary-le-Bow, en la calle
Cheapside, con tan solo una manta envolviéndola y una nota escrita con una tosca
caligrafía que rezaba: «Sed buenos con mi bebé». Si su llegada a Roxbury House
había venido auspiciada por el benefactor de la institución, el primer ministro
William Gladstone, o por alguna otra persona, nadie lo sabía. Aunque eso era algo
que daba igual: terminar en aquel orfanato cuáquero era un destino bastante más
deseable que acabar en un asilo parroquial para pobres, o lo que era aún peor, en
una de esas inclusas que todo el mundo conocía como lugares lúgubres y poco
deseables. En los últimos tiempos, algunas arpías adictas a la ginebra habían hecho
de aquello un negocio y cobraban a jóvenes madres desesperadas quince chelines
al mes por cuidar de sus hijos. Se suponía que ese dinero se empleaba en el mantenimiento de la criatura, pero la mayoría de las veces el pobre o la pobre
desgraciada terminaban muriendo lentamente a causa de la leche mezclada con cal
u otros venenos que les suministraban. De hecho, se habían encontrado diversos
cuerpos de bebés envueltos en papel de periódico en los márgenes de una vía
comarcal. Algo atroz, sin lugar a dudas.
—Sí, encanto —contestó Gavin, agradecido de que su pequeña amiga se hubiera librado de un destino tan horrible. Con aquel pelo tan claro, los ojos verdes
rasgados y su delgada constitución, Daisy le recordaba a un duendecillo del bosque cuando desplegaba su travieso encanto, o a un ángel cuando se comportaba de forma más solemne—. Espero que sí.
La niña los miró a todos y preguntó:
—¿Podemos representar la historia de El Gato con botas? Es mi favorita, por
favor.
Los otros dos muchachos respondieron con un gruñido, pero la mirada de advertencia que les lanzó Gavin les hizo entrar en razón. Si Rourke quería que le
ayudara en su trabajo de Historia y Harry necesitaba a alguien que se ocupara de
barrer los establos para que él pudiera dedicar su tiempo a Betsy, sería mejor que
accedieran. Instantes después, Harry desempeñaba con entusiasmo el papel de rey
y Rourke se metía en la piel de ogro, lo que dejaba a Gavin como narrador y director, el puesto perfecto para él. Aunque después de casi un año se sabía de
memoria todas las escenas, su tartamudez podía jugarle una mala pasada en cualquier momento.
En cuanto al papel de Gato, a nadie le cupo la menor duda de que lo representaría Daisy. Ser el centro de atención era el objetivo de todo aquel juego, y
el ingenio y coraje del felino encajaban a la perfección con el alma cockney de la
pequeña. Observar cómo se pavoneaba, andando de un lado a otro por el suelo
polvoriento con aquel viejo sombrero inclinado sobre su frente y el apolillado
mantel de terciopelo cubriendo sus estrechos hombros le producía a Gavin una
inmensa paz.
—¡Muy buena representación, cariño! —exclamó al terminar la obra cuando
ella se quitó el sombrero y saludó con la consabida reverencia—. Eres una actriz
brillante, ¿verdad, muchachos?
—Sí, ha hecho una actuación de primera —afirmó Harry, deshaciéndose de inmediato de la corona de papel, feliz de poder librarse de ella.
—Y no hay muchacha más linda que pise los escenarios de Londres, ni tampoco los de Edimburgo —añadió Rourke. Aunque había vivido en suelo inglés
la mayor parte de su vida, siempre aprovechaba la ocasión para traer a colación su
tierra natal.
Daisy, que en ese momento estaba en su mundo de fantasía repleto de espléndidos momentos y mejores circunstancias, volvió a hacer una reverencia y
sonrió, lanzando besos a su invisible y adorado público. Gavin le entregó el último
elemento del atrezo, una rosa de papel maché que a ella le encantaba acomodarse
sobre el brazo, fingiendo que era un ramillete de flores recién cortadas.
Ninguno de ellos lo sabía, pero aquella sería la última vez que se reunirían en el desván.
A la mañana siguiente, a Gavin le avisaron de que el director del orfanato quería verlo en su despacho antes incluso de que sonara la campana llamando al
desayuno. En el pasillo, mientras esperaba a que le ordenaran entrar, sintió un
nudo en el estómago y empezaron a sudarle las palmas de las manos.
Seguro que
alguien había descubierto lo de sus reuniones secretas en el desván y había informado de ellas. Aquella era la única explicación posible. Sabían que no podían
entrar en la zona de almacenamiento, pero lo que les metería en problemas no era
haber entrado en territorio vedado, sino representar obras teatrales. La Sociedad de
Amigos, o los cuáqueros, como todo el mundo los conocía, rechazaban las vanidades terrenales tales como la moda, la palabrería y los entretenimientos
varios. La música, la danza y el teatro estaban completamente prohibidos.
Si el
director descubría que Daisy era la instigadora de su teatrillo, la mayor parte de la
culpa recaería sobre sus delgados hombros. Para protegerla, y también a sus otros
dos amigos, Gavin estaba dispuesto a confesar que sus encuentros en el desván
habían sido idea suya.
Para su fortuna, la Sociedad de Amigos aborrecía todo tipo de violencia.
Los
azotes con varas o palmetas, así como cualquier otro castigo corporal de los que
solían administrarse tanto en los hogares más indignos del proletariado como en
las escuelas públicas más prestigiosas, brillaban por su ausencia en el orfanato.
Allí, los métodos disciplinarios más comunes incluían tareas adicionales en beneficio del grupo, junto con algún que otro ejercicio de meditación que ayudara
al infractor a analizar el impulso egoísta o negativo que le había llevado a tomar el
mal camino.
De pronto, la puerta del despacho se abrió, mostrando la alta silueta y las sencillas vestimentas del director. Gavin cerró los puños a su espalda y se obligó a
sí mismo a ser fuerte.
—¿Me ha mandado llamar, señor?
El director, un hombre que rondaba los cuarenta, asintió y le hizo un gesto para que pasara.
—Gavin, te está esperando una visita.
¿Una visita? ¿Sería el primer ministro Gladstone? El corazón le dio un brinco. No había vuelto a ver a su benefactor desde la noche de su rescate, un año
antes, y no había tenido la oportunidad de agradecérselo como era debido.
El
incendio no solo le había dejado huérfano, sino también sin un techo bajo el que
vivir. Congelado, con los pies doloridos y medio enfermo, estuvo vagando por las
calles del este londinense durante más de un mes, subsistiendo a base de las pocas
monedas que encontraba y la comida que buscaba entre la basura. Hasta que una
noche especialmente fría, en la que se sentía demasiado cansado y desanimado
para dar un paso más, se recostó sobre unas escaleras que daban a una taberna y se
quedó dormido.
En su sueño también había un estofado removiéndose, pero en vez de ir camino de la panadería se había quedado en casa, atrapado en el incendio junto
con su familia. Las llamas los envolvían por todas partes y el techo estaba a punto
de caer. El humo negro inundaba sus pulmones y el aire resultaba tan abrasador
que hacía imposible respirar. Pataleando en su cuna, una enrojecida Amelia Grace
dejaba escapar un chillido que llegaba hasta las vigas ardientes. Su madre alzaba a
su hermana, intentando reconfortarla, pero ¿qué consuelo podía darle cuando
estaban a las puertas de la muerte? De repente, un ángel oscuro descendía en la
estrecha habitación, envolvía a los cuatro con sus alas negras y los sacaba volando
de aquel infierno en llamas hacia la seguridad del cielo, Gavin no sabía muy bien
cuál.
Se despertó rodeado de un aroma a colonia, cuero y tabaco, como si estuviera dentro de una exuberante nube aromática, y sintió unos fuertes brazos
alzándole. Abrió los ojos y miró directamente al curtido semblante del ángel de sus
sueños. Pero su salvador no era una criatura celestial, sino un hombre de carne y
hueso que ya había superado la mediana edad. Perdiendo y recuperando a ratos la
consciencia, tenía el vago recuerdo de haber sido introducido en un carruaje con
almohadillados asientos de cuero y transportado hasta una casa señorial situada en
una calle silenciosa, cuya puerta de entrada era negra y estaba decorada con un
llamador con la forma de la cabeza de un león. Más tarde, se enteró de que su
benefactor no era otro que el primer ministro William Gladstone y que la casa a la
que le llevaron estaba en el número diez de Downing Street. Dos semanas después,
completamente recuperado y bien alimentado, dejó la residencia presidencial y
tomó un tren rumbo a Kent, a Roxbury House.
Con el sudor empapando sus axilas, observó al hombre que estaba de espaldas detrás del director, contemplando a través de la ventana los jardines
exteriores. Era alto, de hombros anchos; llevaba una chistera y un sobretodo. Tenía
las manos enguantadas a la espalda y una de ellas rodeaba la muñeca de la otra.
¡Sin duda se trataba del primer ministro!
Gavin contuvo la respiración mientras su «visita» se daba la vuelta lentamente hacia él. Pendiente de mantener los hombros bien erguidos, alzó la
vista, esperando encontrarse con la frente alta y los ojos hundidos que recordaba
del año anterior. Pero la desilusión que se llevó hizo que el alma se le cayera a los
pies. El furibundo rostro, parcialmente oculto por las sombras que proyectaba la
chistera, no pertenecía al amable primer ministro sino a un desconocido.
El director se unió al visitante junto a la ventana.
—Aquí el amigo St. John es el padre de tu madre. Te ha estado buscando durante todo este año y ha venido para llevarte a casa.
El pánico se apoderó de Gavin, amenazando con licuarle las entrañas. Su madre apenas había hablado de su progenitor, pero cuando lo hacía siempre usaba
la palabra «tirano» para referirse a él.
—Pero... no qu...quiero un ab...abuelo. No qu...quiero irme. Aquí ten...tengo
amigos.
«Tengo a Daisy.»
El director le miró con ojos amables y negó con la cabeza salpicada de canas.
—El Señor tiene un plan para ti, Gavin, como lo tiene para cada uno de nosotros. Confía en él y ábrete a tu luz interior.
—¡Suficiente! —El señor St. John cruzó el despacho en dos grandes zancadas
y le clavó sus duras manos en los hombros. Gavin sintió aquellos dedos enguantados como si fueran garras—. Puede que seamos extraños, pero compartimos la misma sangre. Soy tu abuelo, y he removido cielo y tierra para
encontrarte. Te guste o no, te vienes conmigo a Londres.
¡A Londres! A Gavin se le encogió el corazón con la sola mención de la capital, un lugar que asociaba con nauseabundos olores y caras odiosas, con estrechos callejones y vías atestadas de gente, con fuego y gritos, y el repugnante
hedor a carne quemada.
—Pero no qu...quiero irme a Lo...Londres.
«No quiero irme contigo.»
Revolviéndose para zafarse de las garras de aquel completo extraño, empezó a andar marcha atrás, en dirección a la puerta, urdiendo un extravagante
plan en su cabeza. Siempre había sido muy rápido. Si confiaba en su velocidad y
corría hasta donde el aliento y las piernas se lo permitieran, escondiéndose donde
pudiera, ¿se olvidaría su abuelo de aquella idea y se marcharía de allí sin él?
El señor St. John enarcó sus espesas cejas y lo miró fijamente con sus helados ojos grises. Al ver aquella mirada acerada, Gavin supo que su abuelo no
era de la clase de hombres que dan su brazo a torcer así como así.
—Veo que has heredado el deplorable temperamento irlandés de tu padre
—dijo el anciano avanzando hacia él—. Pero también llevas la sangre de los St.
John, y si tengo que golpearte con una vara de abedul y moldearte con mis propias
manos como si fueras un maldito trozo de arcilla para que vivas conforme a tu
abolengo, juro por Dios que lo haré.
El director se interpuso entre ellos.
—Amigo St. John, su nieto ha sufrido demasiadas pérdidas este último año.
¿No podría permitirle al menos despedirse de sus amigos? Esa pequeña, Daisy, es
como una hermana para él.
St. John rechazó la petición con un movimiento de mano.
—Le agradecería que recordara que es «señor» St. John, y aunque estoy en deuda con usted por haber alimentado y vestido a mi nieto durante todo este tiempo no toleraré ninguna intromisión. A partir de ahora, el futuro de este muchacho es un asunto familiar que no le concierne en absoluto.
Encárguese de
que haga su equipaje y esté listo para marcharse de aquí en una hora.
Dicho esto, se abrió camino a empujones y salió con aire resuelto al pasillo, dejando tras de sí el sonido de sus pasos resonando sobre el suelo.
El director se volvió hacia Gavin. Su rostro perfectamente afeitado reflejó simpatía y... pena, o eso creyó él.
—Sé que tu abuelo parece un hombre duro, Gavin. Pero Dios está en su
interior, al igual que en cada uno de nosotros. Deja a un lado tu apego por todo lo
terrenal y confía en que todo saldrá bien.
¿Confiar en que todo saldría bien? Gavin no sabía si romper a llorar como un histérico o soltar una amarga carcajada. ¿Acaso el que sus padres y hermana
murieran abrasados en un incendio había sido voluntad del Señor? ¿O a qué se
debía que solo él hubiera sobrevivido porque no había suficiente estofado?
¿A una
intervención divina o a una simple casualidad? No le gustaba imaginarse al Creador como un caprichoso titiritero, pero si todo aquello había venido amparado
por la mano de Dios, ¿a qué otra conclusión podía llegar?
A Gavin le escocieron los ojos por las lágrimas acumuladas; sin embargo, no
se molestó en parpadear para contenerlas.
—Si tengo que regresar con él a Londres, entonces preferiría estar muerto y enterrado junto a mi auténtica familia en el cementerio.
El director abrió los ojos alarmado.
—¡Gavin! —dijo con el tono más duro que jamás le hubiera escuchado—.
No tientes al Señor con un juramento como ese.
A continuación, suavizó su expresión y extendió una mano con la intención
de apoyarla sobre el hombro de Gavin, pero a él no había nada que pudiera reconfortarle, así que se alejó de un tirón y salió disparado hacia la puerta con un
único pensamiento en mente: «Tengo que encontrar a Daisy».
Y la encontró, en el desván, sentada en el suelo polvoriento, con la cabeza apoyada sobre las rodillas. En cuanto entró, la niña alzó la vista y él se dio cuenta
de que había estado llorando. Pues sí que habían volado las noticias.
—He oído que te han adoptado.
Maldita sea, le habría gustado ser el primero en contárselo. Dispuesto a no mostrarle su pesar, negó con la cabeza.
—No ha sido exactamente una adopción. Por lo visto tengo familia, o al menos un abuelo. Ha venido para llevarme de vuelta a Lon...Londres. —
Incluso en
ese momento, cuando ya había superado la primera impresión, le resultaba imposible no trabarse con la tan temida palabra.
Daisy se levantó de un salto y se lanzó sobre él.
—Gav, llévame contigo —imploró, abrazándole las piernas—. Hazlo, por favor. Seré más silenciosa que un ratón y tan buena como el pan, te lo prometo. Tu
horrible abuelo ni siquiera sabrá que estoy allí.
Gavin sintió como una gota de sudor descendía por su mejilla y desaparecía
entre el cabello trigueño de ella.
—Tú siempre eres buena, Daisy. De hecho eres la mejor niña del mundo.
Tan pronto como me instale, te escribiré para enviarte mi dirección y contarte
cómo me va, así que deberás practicar mucho la escritura para poder hacer lo
mismo.
Ella enterró la cara en su torso e hizo un gesto de negación con la cabeza.
—No quiero que solo nos escribamos. Quiero que estemos juntos como ahora.
Con suma delicadeza, retiró sus pegajosas manos de él. Después hurgó en el bolsillo y sacó el pañuelo envuelto que le hubiera gustado darle más tarde, y que
contenía su parte de dulce hurtado de la noche anterior. Abrió el envoltorio, sacó
un trozo pequeño de una barra de menta y lo metió en la boca de la niña.
Con la
vista fija en ella, intentó memorizar cada detalle de aquel adorable y pequeño
rostro: los ojos verdes sesgados hacia arriba, la insolente naricilla que se erguía
ligeramente en la punta y su encantadora boca triste con las comisuras hacia abajo
y el carnoso labio superior. Cuando se dio cuenta de todo el amor que sentía por
ella y la pérdida tan enorme que estaba a punto de experimentar, se le encogió el
corazón.
Mascando el dulce, Daisy alzó la vista y le miró con sus enormes y conmovedores ojos.
—No te olvidarás de mí, ¿verdad, Gav?
Él volvió a anudar el pañuelo y lo colocó sobre la palma de la niña.
—Nunca, Daisy, ni en un millón de años. Y no importa lo mucho que nos cueste o lo difícil que sea, porque algún día, de alguna manera, volveremos a estar
juntos.
A ella comenzó a temblarle el labio inferior. Lo miró otra vez, con las pestañas rebosantes de lágrimas.
—¿Lo juras?
Gavin asintió. El nudo que tenía en la garganta crecía a tal velocidad que apenas pudo pronunciar palabra.
—Lo juro.
«En lo bueno y en lo malo, por siempre jamás, pase lo que pase, permaneceremos juntos como una familia de verdad.»