HRH,2-Rendida
Epílogo
Allí donde haya un teatro
el mundo irá bien.
WILLIAM HAZLITT
Seis meses después
aisy bebió un sorbo de la copa de champán que tenía en la mano con una sonrisa de satisfacción en los labios y recorrió con la mirada su recién pintada
sala de recepciones, que estaba a rebosar con la crème de la crème del mundo teatral
londinense, junto con su familia, la de Gavin y sus mejores amigos. Incluso el
abuelo de Gavin se había dignado a asistir al estreno de El sueño de una noche de
verano con una encantadora señora mayor del brazo, la tía política de Callie, Lottie
Rivers. Por lo visto ambos se conocían desde hacía décadas, pero había sido en
esos últimos seis meses cuando el romance floreció. Se fijó en el par de tortolitos
que estaban en un rincón, también con dos copas de champán, y se dio cuenta de
que el señor St. John estaba sonriendo. Asombroso.
Hadrian y Callie habían llegado a tiempo para presenciar el acto final, pero el que se había perdido la función fue Rourke. El escocés había presentado sus
disculpas por medio de un telegrama en el que también mencionada algunas noticias que los habían dejado estupefactos. Se había fugado —algunos lo llamarían secuestro— con lady Katherine Lindsey, y los recién casados viajan en
ese momento en tren hacia el norte, al castillo medio en ruinas que Patrick poseía
en las Tierras Altas. Según Hadrian, que había visto la edificación, a lady Kat le
esperaban meses de duro trabajo con sus delicadas manos para hacerlo mínimamente habitable. Daisy no tenía muy claro que un castillo en ruinas fuera el
lugar más adecuado para conquistar a una novia reacia, pero cuando se lo había
comentado antes a Gavin, él se limitó a guiñarle un ojo y recordarle dónde, y
cómo, pasaron su noche de bodas. Recordar cómo habían hecho el amor hasta en el
último polvoriento recoveco del todavía no renovado teatro les animó a repetir la
experiencia durante toda la mañana y la tarde de ese mismo día.
Justo en ese momento se fijó en Gavin. Llevaba en brazos a una dormida Freddie, lo que le provocó una dulce sonrisa. Instantes después la trasladó a los
brazos de Flora para que se la llevara a la cama y se dirigió hacia ella.
—Pareces bastante satisfecha contigo misma, cariño.
—Lo estoy. Estaba pensando que si tenemos que hacer el amor entre polvo y
telarañas, prefiero un antiguo y grandioso teatro a un castillo en ruinas... o el
desván de un antiguo y grandioso teatro —añadió, guiñándole un ojo.
Ella y Gavin habían retomado sus reuniones del Club de Huérfanos de Roxbury House, aunque esta vez habían reducido el número de miembros a dos y
en lugar de tomar caramelos de limón y barras de menta se servían champán y se
daban besos no aptos para menores.
—Pues mejor, porque dado todo lo que hemos invertido en este teatro, el castillo va a tardar mucho en llegar. En cuanto a lo otro... —Las comisuras de su
atractiva boca se alzaron hacia arriba—, que Rourke se haya casado con una fierecilla de sangre azul no solo es un caso de justicia poética sino también un buen
argumento para una obra teatral.
—Vaya, querido, veo que esa mente brillante tuya no te sirve solo para cuestiones legales. —Al observar su mirada inexpresiva procedió a explicárselo—.
Como diría Shakespeare si siguiera vivo, el teatro es la red. En este caso la obra ya
está escrita... desde hace varios cientos de años.
Gavin la miró y sonrió abiertamente.
—¿Por algún casual no te estarás refiriendo a La fierecilla domada?
Daisy asintió.
—Efectivamente. Y me aventuraría a decir que, dadas las circunstancias, se impone un regalo especial de boda. Nunca se sabe, pero podría servir como lectura
instructiva.
—Eso depende de que Rourke lo lea. Todavía no le he visto prestar atención a algo que no sea un periódico o algún documento financiero relacionado con el
ferrocarril.
—Das por sentado que la que necesita ser domada es lady Katherine.
Gavin esbozó una sonrisa tolerante.
—En ese caso, lo enviaré por correo a primera hora.
Como él había dejado su copa de champán para alzar en brazos a Freddie, le
ofreció la suya. Al ver como sus labios rozaban el borde de cristal se le aceleró el
corazón y empezó a arder por dentro. La pasión que compartían no parecía detenerse nunca, al igual que la conexión de cuerpos, mentes y almas que los unía
de tal forma que parecía que estuvieran dentro de una misma piel.
Separados eran
meras personas, pero juntos formaban parte de algo muy grande y maravilloso. Y
aunque aquella noche significaba el triunfo de su carrera por muchas razones,
apenas podía esperar a que se marcharan los invitados y volver a hacer el amor
con su marido.
Gavin la agarró por la muñeca y se llevó la palma de la mano a sus labios, tocando ese punto que sabía que la volvía loca. Daisy sintió la calidez de su aliento
a través del satén del guante, que fue ascendiendo hasta el codo. El dedo de él
acariciándole los labios la silenció con mayor efectividad que cualquier palabra.
—¿Te he dicho ya lo adorable que estás esta noche? —le susurró con los ojos
llenos de ternura—. ¿O lo perdidamente enamorado que me tienes?
Era tan cariñoso, tan caballeroso... Era Gavin, su marido, su amante y su
mejor amigo. Esos últimos meses había tenido que hacer un esfuerzo titánico para
dejar de cuestionarse cómo era posible que tuviera tanta suerte y aceptar su buena
fortuna por lo que era: pura y simple felicidad.
—Yo también te quiero, con todo mi corazón. —«Y con toda mi alma y cuerpo.»
Ahora que por fin había superado sus miedos a expresarle su amor en voz alta, no podía dejar de decírselo. Le amaba con todo su ser y con todo lo que
esperaba llegar a ser. Y en cuanto se marcharan los invitados, tenía toda la intención de pasarse el resto de la noche demostrándole lo mucho que significaba
para ella.
El brillo en los ojos de él y su repentina sonrisa le dijeron que sabía exactamente en lo que estaba pensando, porque él también tenía en mente la misma idea.
—Sé que me quieres, Daisy. Lo sé. Y no te puedes imaginar lo feliz que me hace.
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