HRH,2-Rendida

Hope Tarr · Capítulo 16 de 25

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HRH,2-Rendida

Capítulo 17

Habéis acertado en lo primero:

la espina de la flaca penuria

me ha privado de las muestras de civilidad.. .

WILLIAM SHAKESPEARE, Orlando

Como gustéis

aisy fingió un catarro como excusa para no acudir al ensayo de ese día y se quedó esperando a que Gavin trajera a su hija a casa. Mientras tanto, y a

pesar de que eran poco más de las seis, se preparó para ir a la cama; se peinó, se

quitó el maquillaje de la cara y se puso la bata. En circunstancias normales, a esas

horas estaría comenzando su jornada laboral, pero la discusión que acababa de

enfrentar y el llanto que la siguió la habían dejado extenuada. Sin apartar la vista

de la puerta, se sentó en el desgastado sillón, enroscándose en un dedo el tallo de

una de las margaritas una y otra vez y pensando cómo había permitido que Gavin

hiciera lo único que se había prometido a sí misma no dejar que un hombre volviera a hacer con ella.

Le había hecho daño. Todas esas semanas llenas de educada cortesía, maneras perfectas, sonrisas fingidas y su absoluto rechazo a que se acercara lo

suficiente como para tocar esas partes de él que podían significar algo, que podrían

ser importantes. Le había hecho daño, y se lo seguía haciendo todavía, profunda e

intensamente, daño de verdad, y el cálido reguero de lágrimas que corría por su

mejilla muy bien podría haber sido sangre.

El sonido de la manija de la puerta girando llamó su atención. Alzó la cabeza y se limpió los ojos con las manos. Segundos después, la puerta se abrió y

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Freddie entró corriendo. La muñeca de trapo con botones negros que hacían la vez

de ojos en una mano y una enorme y pegajosa piruleta en la otra indicaban que

había tenido un gran día. Gavin entró detrás, llenando el umbral con sus anchos

hombros. Nada más verlo se quedó sin aliento y su pobre y triste corazón empezó

a latir con fuerza.

«Dios, ¿es que siempre va a tener ese efecto sobre mí?»

Deseando que no se diera cuenta de lo nerviosa que estaba, se levantó y centró su atención en Freddie, que estaba tan emocionada que no podía parar

quieta.

—¿Te lo has pasado bien, tesoro?

El que su hija tuviera la boca llena de restos de distintos tipos de dulces contestaba la pregunta, pero hablar serviría para acabar con aquel silencio tenso,

además de que la distraería de la atenta mirada de Gavin.

— Oui, maman, muy bien. —La tendencia de Freddie a intercalar palabras francesas con el inglés, este último aprendido de los Lake, siempre le arrancaba

una sonrisa—. Monsieur Carmichael me llevó al zoo. Vimos un elefante tan grande

como esta casa, ¡no!, ¡más grande!, y también una jirafa. Era tan alta que llegaba

hasta los árboles.

Freddie miró a Gavin por encima del hombro y la radiante sonrisa que él le regaló le desgarró el corazón como si le clavaran un cuchillo. «Debería ser suya.

Tenía que haber sido suya.» Con cuidado de no mostrar ningún atisbo de rencor en

la voz, sonrió y dijo:

—Eso suena fenomenal, cariño. Ahora vete con la abuela y pídele que te ayude a lavarte la cara.

Freddie se volvió hacia ella al instante con cara de pocos amigos.

—Pero, maman...

Dispuesta a atajar cualquier lloriqueo, hizo un enérgico gesto de negación.

—¡ Vite, vite!

— D’accord —cedió la niña, arrastrando los pies hasta la parte trasera de la casa.

—Fredericka —la llamó—, ¿no tienes nada que decir al señor Carmichael antes de irte?

La pequeña se dio media vuelta y se fue corriendo hacia Gavin. Se abrazó a

sus piernas, miró hacia arriba.

— Merci beaucoup, monsieur —dijo.

Él se puso de rodillas para poder mirarla a los ojos.

—Ha sido un placer, Freddie. Espero poder contar con tu compañía muy pronto.

Su hija la miró de soslayo.

—Yo también —replicó.

—Freddie, cariño, ven con la abuela. —La voz de Flora les llegó desde el cuarto al que la niña se fue correteando.

Daisy se volvió hacia Gavin, sintiendo cómo la cólera la invadía por momentos.

—Parece que lo habéis pasado muy bien.

—Pues sí, lo hemos pasado fenomenal. —Dejó que la puerta se cerrara y fue

hacia ella—. Freddie es una niña extraordinaria. Debes de estar muy orgullosa de

ella.

Daisy alzó la barbilla.

—Lo estoy.

Ambos se miraron durante un buen rato, un tiempo que ella contabilizó en base a los latidos de su corazón.

—Lo más extraño de todo —dijo por fin él—, fue cuando, estando delante de la jaula de un puma, una mujer se nos acercó y me felicitó por tener una hija tan

encantadora.

Se cruzó de brazos y clavó los ojos en él. El ardor de las lágrimas y quince años de sueños perdidos se agolparon en su interior, amenazando con hacerla

estallar.

—Los dos tenéis el pelo negro y los ojos azules. Es normal que se equivocara.

Gavin vaciló.

—Sí, me imagino, pero yo no lo sentí como una equivocación sino como...

Bueno, me pareció que estaba bien.

La voz de Flora la salvó de tener que dar una contestación.

—Señor Carmichael, temía que ya se hubiera marchado. —Entró bamboleándose en la habitación, con un delantal húmedo sobre su falda verde de

cuadros escoceses—. Quería agradecerle la gran tarde que le ha hecho pasar a mi

nieta. Seguro que no parará de hablar de esto en toda la semana.

Gavin dejó de mirar a Daisy para centrar entonces toda su atención en su madre.

—Como estaba comentando ahora mismo con su hija, el placer ha sido mío.

Me gustaría pedirles un favor a usted y a su marido.

Daisy se puso tensa. ¿Qué estaría tramando?

—Por supuesto, señor Carmichael, cualquier cosa —canturreó Flora. Ver a su madre deshacerse en elogios con Gavin le estaba dando dentera—. Solo tiene

que pedirlo.

—Me pregunto si usted y el señor Lake serían tan amables de llevarse a Freddie a cenar fuera. Serían mis invitados, por supuesto.

Las mejillas de Flora se tiñeron de rojo, parecían dos redondeadas manzanas.

—Eso no será necesario, señor.

Su padre debía de haber estado escuchando a hurtadillas, porque asomó la cabeza como si le hubieran llamado a escena.

—Por supuesto, estaremos encantados de llevarnos a la pequeña a dar un paseo y comer algo. Vamos, Freddie. Le tengo echado el ojo a una tienda de emparedados que hay en la esquina.

—Cerca de aquí hay un restaurante llamado El ciervo y la paloma. Su especialidad son los chanquetes. Confío en que les guste. Solo tienen que decirle al

propietario que van de mi parte y él les servirá lo que pidan.

Bob hizo un gesto de negación con su canosa cabeza.

—Es muy amable de su parte, señor, pero parece demasiado caro para nosotros.

—¡Pero Bob! —le reprendió su esposa, pegándole un manotazo en el brazo.

Su padre se frotó el lugar en el que había recibido el golpe y se giró hacia su madre.

—No hay razón para darnos postín, Flora. Un tipo listo como el señor Carmichael ya se habrá dado cuenta de que no tenemos ni un penique. Al fin y al

cabo mira dónde estamos, desde luego no en el Claridge... Aunque a mí me sirve,

cariño. —Miró con ojos contritos a Daisy.

—¿Tendrán pescado frito con patatas fritas? —Ahora la que se asomó fue Freddie, que se estaba limpiando la mejilla con una toalla mojada—.

Maman

siempre está diciendo que esa es una de las cosas que más echa de menos de Inglaterra.

Gavin pasó por delante de ella y se agachó justo enfrente de la niña. A continuación le quitó la toalla y le limpió la punta de la nariz, haciendo que Freddie soltara una risita.

—No te puedo decir a ciencia cierta que en el menú haya pescado frito con

patatas fritas, pero si le dices al camarero que te apetece comer eso, estoy seguro de

que encontrará la manera de complacerte y así podrás probar por ti misma lo

delicioso que es ese plato. Y ahora, termina de limpiarte la cara.

Freddie volvió a soltar otra risita y se marchó dando trotes. Gavin se puso de pie y se giró hacia los adultos.

Flora le miró esbozando una sonrisa.

—Es tan bueno con ella, señor Carmichael. Es lo que yo llamo un padre nato, ¿a que sí, Bob?

Daisy quiso que la tierra se la tragara en ese momento y Bob le lanzó a su esposa una mirada de advertencia.

—Flora, ¿recuerdas lo que hablamos sobre no entrometernos en las vidas de otras personas?

El comentario hizo que se ganara el ceño fruncido de su mujer.

—Voy a por nuestras cosas, si la memoria no me falla las noches londinenses pueden ser muy frías.

A los Lake les llevó varios minutos ponerse los sombreros y abrigos, y, como era de esperar, Freddie insistió en llevarse a su nueva muñeca a cenar.

Daisy había pasado de temer la llegada de Gavin a contar los segundos que

le quedaban para poder quedarse a solas con él. De modo que tan pronto como la

puerta se cerró detrás del alegre trío se volvió hacia él.

—No tienes derecho a usar a mi familia en mi contra.

—No me ha parecido que los estuviera usando de ese modo. —Dispuesto a no ceder terreno, Gavin tiró el sombrero sobre una silla vacía y fue directo hacia

ella—. Pero en favor de la discusión me gustaría señalar que a ti sí que se te da

muy bien usarlos cuando te conviene, sobre todo cuando quieres ocultar algo.

Ella negó con la cabeza de forma categórica y en ese instante le recordó mucho a la niña que fue cuando la sorprendían hurtando dulces en la cocina del

orfanato.

—Eso no es cierto.

—¿Ah, no? Has tenido innumerables ocasiones para contarme que tenías una hija. La noche en que nos acostamos por primera vez podrías habérmelo dicho.

Incluso cuando encontré la carta que le estabas escribiendo dejaste que creyera que

era tu amante. ¿Por qué, Daisy, por qué?

—He tenido otros amantes, varios amantes, aunque no siempre a la vez, al

menos no normalmente. —Sonrió, usando la que él había llamado su sonrisa

Delilah, y el resultado fue tan doloroso que Daisy muy bien podía haberle clavado

un cuchillo en el corazón y retorcérselo con saña.

—Para.

Ella enarcó una de sus perfectas cejas y le miró.

—¿Que pare qué?

—Que pares de intentar escandalizarme. Después del otro día en el parque, creo que estoy más allá de cualquier asombro, o por lo menos estoy empezando a

inmunizarme.

—Yo no estaría tan segura, Gavin. Además, estoy siendo sincera. Eso es lo que quieres, ¿no? Sinceridad absoluta, ningún secreto, solo tu preciosa y morbosa

verdad sin ninguna máscara que la cubra. ¿Quieres saber quién es el padre de

Freddie? Pierre era bastante mayor que yo y un poco cabrón, pero se daba un aire a

ti y, bueno, yo estaba lejos de casa y sola. No tuvo que convencerme mucho para

que me dejara seducir, tan solo decirme que era bonita y acariciarme un par de

veces los pechos. Ah, y fue el que me dio a probar por primera vez la absenta…

¿Sabías que además de sus propiedades narcóticas también actúa como afrodisíaco? Pero lo que consiguió hacer que cayera rendida a sus pies fue su

parecido contigo. Cuando cerré los ojos y le abrí mis piernas, casi podía pensar que

estaba contigo... casi.

—Daisy... yo...

Ella alzó una palma para silenciarle. Había esperado quince años a que llegara ese momento, y no había terminado de recriminarle todo lo que tenía que

echarle en cara, al menos no todavía.

—Después de Pierre vinieron un buen número de hombres, como si de una lista negra se tratara. Si te soy sincera, no creo que pueda acordarme de los nombres de todos ellos.

—Detente. —Cruzó la distancia que los separaba en dos grandes zancadas.

Negándose a dar su brazo a torcer, Daisy alzó la barbilla y se rió, a pesar de que por dentro sentía como si le estuvieran desgarrando el corazón. El que al hacer

daño a Gavin también se lo estuviera haciendo a sí misma era un efecto secundario

con el que no había contado. De todos modos, tampoco había previsto que las

cosas se resolvieran de esa forma. Además, no podía parar, o no quería hacerlo en

ese instante. Seguro que después de aquello se sentiría bien, o al menos mejor de lo

que estaba. El problema era que no sabía si aguantaría hasta el final.

—¿Quieres que empiece con el director que me compartió con su hermano gemelo, el acróbata, o prefieres que te hable del duque, que llamó a su joven y

preciosa doncella para que se uniera a nosotros? También era francesa y al parecer

muy buena en la cama, a juzgar por lo que hizo. A él pareció gustarle mucho, o

quizá lo que más le gustó fue verme en acción.

—Termina con esto de una vez. —Él la agarró por los hombros y la sacudió.

Al ver que aquello no funcionaba, cubrió su boca con la suya en un beso salvaje.

Ella consiguió liberarse y retrocedió un paso.

—¿Lo ves? Ya está cambiando todo. Ayer me tocabas como si estuviera hecha de la más delicada porcelana china, como algo precioso y frágil, y tan querido que no podías soportar que se rompiera. Pero ahora ya lo sabes,

¿verdad,

Gavin? Sabes muy bien cómo usarme como la puta que soy. No te quedes ahí

parado. ¿A qué estás esperando? Eres más fuerte que yo y estás furioso, lo veo en

tus ojos. ¿Sabías que tu labio superior apenas se ve cuando estás de mal humor? Te

lleva pasando desde niño.

—Déjalo ya.

Pero la llama ya se había prendido y no había forma de que diera marcha atrás.

—¿Que deje qué? ¿De ser sincera? Muy bien, cambiemos las tornas entonces. ¿Por qué no me dices lo que estás pensando? Dímelo, Gavin.

Admite que

a pesar de todo me sigues deseando. Que me quieres más que nunca, pero esta vez

me quieres en plan rudo.

Él hizo un gesto de negación. Sus ojos habían adquirido un tono más oscuro y tenía la cara roja.

—Sí, te quiero. Que Dios me ayude, pero en eso sí tienes razón.

—¿Y qué es lo que te frena? Levántame las faldas y tómame. Esa mesa de ahí seguro que nos sirve. La suavidad es una pérdida de tiempo para una mujer

como yo.

—Déjalo, Daisy. Te quiero, pero no así.

—Usa mejor el nombre de Delilah. Mira, te lo pondré más fácil. —Se abrió la

bata y se mostró en todo su esplendor—. ¿Qué te pasa, Gavin? Ayer no tenías

suficiente de mí, y ahora apenas puedes mirarme. ¿Es que no me quieres?

¿Prefieres que sea yo la que dé el primer paso? —Se alzó los pechos en una tácita

ofrenda.

—Claro que te quiero, pero no así.

—Lo siento, cielo, pero esta es la única forma en que valdrá. O lo tomas o lo

dejas, ¿qué dices?

—Que Dios me ayude, sí.

Ella cayó de rodillas al suelo. Al día siguiente tendría unas bonitas magulladuras que mostrar, pero esa noche no le importaba. Con todo el dolor que

se interponía entre ellos, un confortable colchón de plumas, o incluso el desgastado

que ahora tenía, no funcionaría.

—Buena elección, cariño. Dentro de poco te cabalgaré como nunca lo han hecho, pero primero te daré esto.

Apoyó las manos sobre su cintura y presionó la boca entreabierta sobre su

erección, lamiendo la protuberancia y humedeciendo la tela de sus pantalones.

—Dios, Daisy. —La agarró del pelo con dureza, acercándola más a su miembro.

Ahora sí que iban por buen camino, aunque no hacía falta que él se hubiera tomado esa última molestia, porque la cruda realidad era que ella no quería estar

en ningún otro sitio. Volvió la cabeza hacia un lado y le acarició con la mejilla.

El deseo de Gavin representaba un traidor para su noble causa. Aunque su cabeza y su corazón eran reticentes a continuar con lo que estaban a punto de

hacer —sexo puro y duro, placer para el cuerpo—, su virilidad cobró vida propia.

Tenía el pene duro y grueso, y los testículos pesados y dolorosos.

—Dios, Daisy —volvió a repetir. La tomó por la mandíbula y la obligó a mirarle.

Con ojos triunfantes, ella dejó descansar la barbilla sobre su entrepierna.

—¿Sí, Gavin?

—Tienes razón, quiero esto... Te quiero a ti.

—Igual que yo. —Le desabrochó los pantalones y se los bajó hasta el suelo.

Cuando se vio allí de pie, con la arrugada prenda alrededor de los tobillos,

se sintió ridículo, como un payaso de circo.

Ella debió de leerle los pensamientos porque le empujó, obligándole a caer sobre una silla. A continuación, volvió a arrodillarse entre sus piernas abiertas y le

quitó los zapatos y las medias de caballero. «Ah, así mucho mejor.» Él echó la

cabeza hacia atrás y cerró los ojos, plenamente consciente de todo lo que ella hacía,

de cada uno de sus movimientos y respiraciones. Ya estaba bastante excitado, así

que cuando sintió los dedos femeninos cerrarse en torno a su pene pensó que

estallaría en llamas hasta convertirse en un puñado de cenizas, no como en el

incendio que devoró su casa y destruyó a su familia. Daisy se tomó su tiempo con

él, jugando con sus testículos, sopesando cada uno de ellos y acariciándolos y

lamiéndolos como si fueran fruta madura. Cuando finalmente se metió el pene en

la boca él estaba desesperado por ella, era su esclavo más absoluto.

Entonces ella retrocedió unos centímetros y lo miró con sus intensos ojos.

—Imagínate que estás dentro de mí. Quiero que me folles la boca, Gavin, hasta el fondo y sin contenerte. Y cuando alcances el orgasmo, quiero que te corras

dentro de ella.

Él abrió los ojos y la miró.

—¿Por qué haces esto?

—Porque puedo, porque me estás dejando hacerlo, porque por mucho que quieras parecer honorable, educado y respetable de cara al exterior, sigues siendo

un hombre, y tenerme de rodillas frente a ti, como si fuera una esclava, te excita lo

admitas o no.

—De acuerdo, hagámoslo a tu manera. —Deslizó una mano sobre su pelo y la acercó a su miembro. Ella no se resistió, sino que se dejó hacer. Tenía los pezones

enhiestos como frambuesas y sus pechos subían y bajaban con cada jadeante

aliento que tomaba. Abrió la boca y se metió todo su pene dentro, jugueteando con

la lengua por toda su longitud mientras lo succionaba. Él se movió hacia delante y

hacia atrás, dentro y fuera, imaginándose que sus labios eran sus pliegues vaginales y que la cálida humedad que se cernía en torno a él era su palpitante

cavidad.

Daisy se sacó el pene de la boca, lo lamió desde la base hasta la punta y

volvió a repetir la operación. Lo mordisqueó, lo succionó, le aplicó una exquisita

tortura, y cada vez que creía que estaba a punto de alcanzar el clímax, que por fin

llegaría la ansiada liberación, volvía a empezar de nuevo.

—Todavía no, cariño, casi, pero no. —Sentía su aliento como si fuera una cálida brisa sobre su pene, y sus pestañas, como el aleteo de unas mariposas.

Hundió los dedos sobre su precioso pelo, amándola y odiándola al mismo tiempo.

—¿Qué demonios me estás haciendo? ¿Quién te crees que eres?

Ella levantó la cara y le sonrió con aquellos labios húmedos y rosados que tanto le excitaban.

—Ya te lo he dicho, Delilah.

—Eres Daisy. Mi Daisy. —Se puso de pie, la agarró por los codos y la obligó

así a levantarse. Su erección marcaba la distancia que había entre ellos.

Ella negó con la cabeza.

—No lo soy. La niña que conociste murió hace tiempo.

—No murió. Está aquí, justo delante de mí.

—¿Por qué no puedes ver que es demasiado tarde? —La cara de Daisy se contrajo y las lágrimas empezaron a caer por sus mejillas.

Le dolían los testículos, le dolía el pene, y en cuanto al corazón, no solo le dolía sino que sentía una añoranza como jamás había conocido.

—No lo es. ¿Por qué no puedes ver tú que esto no es el final, sino solo el principio?

La alzó en brazos y la atrajo contra su pecho. Con un brazo sobre sus hombros y otro debajo de sus rodillas preguntó:

—¿Dónde está tu habitación?

La llevó por el pequeño apartamento hasta la zona que había más al fondo.

El dormitorio de Daisy apenas era más grande que un armario, pero ni la suite más

lujosa del Claridge le habría venido mejor. La depositó en el centro de una cama

estrecha y se puso encima de ella.

—Lo que queda de noche vamos a hacer el amor a mi manera. Y si eso te ayuda, piensa en mí como tu amo.

Daisy se aferró a las barras de metal del cabecero de la cama y abrió las piernas, ofreciéndose a él.

—Seré tu esclava. Seré lo que quieres que sea y haré cualquier cosa que te complazca.

Gavin bajó la vista hacia su sexo, rosado e hinchado, y hundió dos dedos en su interior. Estaba resbaladizo, húmedo y olía a gloria. Luego se apartó muy

despacio y se sentó, apoyándose sobre los talones. La observó estremecerse y

recorrió con los dedos empapados de sus fluidos íntimos los labios de ella.

Al ver

como Daisy se los relamía, saboreando su propia esencia, se excitó más de lo que

ya estaba.

—Puedes hacerme daño si quieres. No me importa.

—No volveré a hacértelo jamás. —La penetró lentamente, no porque pensara que todavía no estaba preparada para recibirlo, sino porque quería demostrarle que a pesar de todo todavía seguía queriéndola, reverenciándola.

Aunque puede que también lo hiciera porque quería torturarla un poquito y obligarla a esperar; dominarla y convertirla en su servicial esclava, tal y como él

había sido de ella momentos antes.

—Más —imploró Daisy, moviendo las caderas. Ahora le tocaba a ella rogar.

Gavin la penetró otro centímetro y se detuvo, deleitándose en la expectación, aunque intentando contenerse con todas sus fuerzas.

—¿Quieres más?

Daisy se mordió el labio inferior y agarró con tal fuerza las barras de metal que los nudillos se le pusieron blancos.

—Sí, Gav, sí.

Otro centímetro más, y de nuevo volvió a parar.

—Te daré más, todo lo que quieras, pero vas a tener que pedírmelo. De hecho, vas a tener que rogarlo.

Daisy se soltó de los barrotes y extendió los brazos hacia él, clavándole las uñas en los hombros.

—Por favor, Gavin, por favor.

Ella volvió a mover las caderas para que continuara penetrándola, pero Gavin la inmovilizó contra el colchón con sus manos de forma que no le quedara

más remedio que aceptar lo que él estaba dispuesto a ofrecer, o suplicarle más. Y

desde luego estaba más que determinado a obtener eso último. Quería que rogara

centímetro a centímetro, hasta que su miembro estuviera inmerso por completo en

su sedosa humedad y lo único que notara fueran las palpitaciones de sus paredes

vaginales. Y una vez que lo consiguió, se detuvo de nuevo y la obligó a seguir

implorando.

Daisy se arqueó contra él en busca de la liberación.

—Gavin, por favor —farfulló—. No puedo más. Me estás matando.

—Pues es una lástima.

Se deslizó dentro y fuera de ella con suma lentitud, disfrutando de la forma en que sus perlados pechos se pegaban contra el suyo cada vez que sus cuerpos se

encontraban y del sonido de la carne al unirse, que le recordaba a las olas del mar

chocando contra una playa arenosa. Después de cada envite, volvía a detenerse,

aguantando hasta que ella le rogaba que siguiera, hasta que las lágrimas de frustración se mezclaban con el sudor que caía por sus mejillas. Entonces, y solo

entonces, alargaba la mano al lugar donde sus cuerpos se unían y frotaba el sensible clítoris una vez, dos veces...

De pronto Daisy gritó y sus músculos internos se convulsionaron, ciñéndose en torno a su miembro hasta que no pudo esperar más. Embistió contra ella fuerte

y profundamente, derramando su simiente en su interior.

—¡Oh, Dios! ¡Oh, Daisy!

Tras aquel tórrido encuentro, se quedaron tumbados, acurrucados el uno contra el otro. Él tenía apoyado un brazo alrededor de la cintura de Daisy y ella

tenía la espalda pegada a su pecho y las nalgas contra sus muslos. Entonces él se

apoyó en un codo, la miró e hizo la pregunta cuya incierta respuesta tenía la llave

para que consiguiera la felicidad absoluta.

—¿Le querías?

Daisy desenrolló una pierna de la de él y se desperezó, extendiendo los brazos hacia delante; pero Gavin ya conocía lo bastante bien su cuerpo para percibir la tensión del gesto.

—¿A quién? —Que ella hiciera una pausa le confirmó que sabía perfectamente a quién se refería.

—Al padre.

No dijo «al padre de Freddie», o «al padre de la niña», ni siquiera «a su padre». Hacerlo de una forma tan impersonal le ayudaba a mantenerse en calma, a

mostrarse más objetivo y así evitar el terrible dolor que lo atenazaba cada vez que

pensaba en Daisy criando sola una hija. Una hija que no era de él.

—No —contestó ella, sonando completamente despierta—. Nunca amé a Pierre, aunque en ese momento traté de convencerme de lo contrario. Pero ahora

ya no tiene importancia. Hace mucho tiempo que se fue.

—¿Murió? —preguntó, intentando no sonar demasiado sanguinario, demasiado ansioso.

—No creo. Desapareció con el dinero de la compañía y una corista rubia y curvilínea.

—Entiendo. —Ahora intentó no parecer demasiado aliviado... o contento.

—¿Sí?

Depositó un beso en su fragante cabello y se prometió cuidarla y mantenerla

a salvo desde ese momento en adelante, como no había podido hacer cuando eran

jóvenes.

—Cometiste un error de adolescente; una indiscreción, si prefieres.

Daisy se volvió para mirarle a la cara. Levantó la cabeza de la almohada y frunció el ceño.

—Puede que mi hija no fuera concebida por amor, pero lo único que ha traído a mi vida ha sido alegría y dicha.

¿Por qué demonios se ponía así? A fin de cuentas, creía que se había tomado

la noticia de la hija bastante bien. La mayoría de los hombres habrían salido como

alma que lleva el diablo en cuanto se hubieran enterado. Y sin embargo, era ella la

que tenía toda la pinta de estar a punto de salir corriendo de allí. Intentó calmarla.

—No te lo he dicho como un reproche. Solo intentaba entenderlo y, bueno, compensarte por el tiempo perdido.

—Sí, claro, tiempo perdido. —Daisy se volvió a girar y le dio la espalda.

Él le puso una mano en el hombro, percibiendo la suavidad de su piel de porcelana.

—Daisy, ¿estás llorando?

Ella movió la cabeza de un lado a otro sobre la almohada, un tácito gesto de negación que no consiguió engañarle ni por un segundo. Extendió la mano y le

secó con el pulgar una lágrima.

—Oh, Daisy, lo último que quería era ponerte triste.

—Se suponía que Freddie... es decir... Maldita sea, Gav, se suponía que tenía

que ser tuya. Daría lo que fuera por volver al pasado y que fuese tuya. —Se llevó

las manos a la cara y el colchón vibró por la intensidad de sus sollozos.

Él le bajó las manos muy despacio.

—No es demasiado tarde, cariño. No podemos retroceder en el tiempo, pero sí que podemos mirar hacia el futuro. No me importa quién fuera el padre de

Freddie. Lo único que me importa es que es hija tuya. Y quiero que seamos una

familia.

—Oh, Gav, ¿qué quieres decir?

—¿Todavía tienes que preguntarlo? Ya deberías saber que estoy enamorado de ti. Y al diablo con nuestro acuerdo. No quiero que te vayas cuando termine el

mes, ni tampoco quiero perder a Freddie. Prométeme que os quedaréis conmigo

después de que expire el mes.

—Si estás seguro de que eso es lo que quieres, entonces sí, te lo prometo.

Nos quedaremos.