HRH,2-Rendida

Hope Tarr · Capítulo 18 de 25

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HRH,2-Rendida

Capítulo 19

Os lo ruego, de mí no os enamoréis,

pues soy más falso que promesa de borracho.

WILLIAM SHAKESPEARE, Rosalinda

Como gustéis

l sonoro golpe con el que se cerró la puerta del camerino sacó a Maximilian St. John del estado de estupefacción en que se había sumido.

Jamás se

hubiera imaginado que aquella mocosa pudiera rechazar su oferta... o su cheque.

La primera negativa le dio a entender que quería más dinero, pero por lo visto no

era esa la razón. En vez de ponerse a regatear, lo había despachado y le había

mostrado la salida sin pestañar siquiera, un comportamiento nada habitual en una

aventurera que solo buscara dinero. ¿Era posible que la actriz de su nieto tuviera

más sustancia de la que se podía ver a primera vista?

«Por lo que se refiere a Gavin, sí, señor, estoy loca, loca de amor.»

Era un discurso muy bonito, pero para cualquier actriz que se preciara sería relativamente fácil pronunciar un soliloquio como aquel. Sin embargo, más que las

palabras, lo que había calado en su viejo y cascarrabias corazón fue la sinceridad

que brilló en sus ojos y cómo le temblaron los labios al decirlo. La edad debía de

estar causando mella en su cerebro, porque casi se había creído que de verdad

estaba enamorada de su nieto.

Su nombre artístico era Delilah du Lac, el mote de una fulana, pero Gavin la

había llamado por su auténtico nombre. Daisy Lake, ¿verdad? ¿Por qué le sonaba

tanto ese nombre? Ah, ¿no era así como se llamaba la pequeña huérfana que tanto

había mencionado Gavin, sobre todo el primer año?

¿La misma huérfana que había escrito todas esas cartas que él se aseguró de que su nieto nunca recibiera...?

De pronto le dio la sensación de que le faltaba el aire, como si su corbata le estuviera asfixiando. «Dios mío, ¿qué he hecho?»

Salió a la luz de la calle y fue en dirección a su carruaje. El cochero, al ver que se aproximaba, se apresuró a bajarse del pescante, pero Maximilian le hizo un

gesto con la cabeza.

—Voy a dar un paseo.

Y se puso a caminar a ciegas. Por primera vez en sus setenta y cinco años, no prestó atención a dónde iba ni a cuánto tardaría en llegar. Era uno de esos raros

días primaverales bendecidos con un cielo azul completamente despejado.

Incluso

corría una ligera y apaciguante brisa, pero cada vez que se acordaba de la fría

mirada esmeralda de Daisy Lake le daba la sensación de estar en noviembre en vez

de en mayo. Antes de darse cuenta estaba en la entrada de un pequeño parque

público. Se detuvo unos instantes para recuperar el aliento y sacó su reloj de bolsillo, una reliquia regalo de su propio abuelo que todavía daba la hora.

¡Vaya!,

llevaba andando casi una hora.

El parque no era un parque en sentido estricto, sino más bien un espacio verde salpicado de bancos y un lago artificial de reducidas dimensiones. En el

césped, un trío de niños estaban jugando a lanzar piedras sobre el agua, disfrutando cada vez que alguno de los peces ornamentales que había en el lago

huía despavorido. Sobre un montículo cubierto de hierba merendaban un hombre

y una mujer jóvenes, sospechaba que recién casados, que parecían muy enamorados el uno del otro, pues ella, que estaba en el borde de la manta al lado

de los restos del festín consumido, se inclinó sobre la canasta y aceptó el trozo de

queso que el hombre deslizó en sus labios entreabiertos.

Aquella imagen hizo que a Max le entrase la nostalgia y se sintiera cansado e irremediablemente viejo. Se volvió, fijándose en el banco más cercano, uno que

estaba ocupado por una mujer vestida de forma muy elegante que debía de tener

más o menos su edad. Aunque los rasgos de su delicado rostro quedaban medio

ocultos por las sombras que proyectaba su sombrero, le resultó demasiado

familiar. Entrecerró los ojos, pestañeó y volvió a mirar antes de darse cuenta de

quién era. La mujer que estaba tejiendo tranquilamente y que de vez en cuando

miraba hacia el césped era su vieja amiga Lottie Rivers. No la había visto desde el

baile de caridad de los Stonevale, al que su sobrina política, Caledonia, había

acudido acompañada del amigo fotógrafo de Gavin, con el que se casó bajo extrañas circunstancias. Dios bendito, cómo podía haber pasado un año tan rápidamente.

Durante un fugaz instante, consideró la posibilidad de dar media vuelta y marcharse de allí antes de que le viera, pero justo en ese instante ella alzó la mirada y sus ojos se encontraron. Lottie sonrió y levantó una mano enguantada a

modo de saludo, haciéndole señas para que se acercara a ella. La cortesía exigía

que se acercara, aunque solo fuera para decir un somero «hola».

—Creía que eras tú, aunque no estaba muy seguro —dijo cuando llegó al banco.

Protegiéndose los ojos del sol con la palma de la mano, la mujer miró hacia arriba y sonrió.

—Yo también he creído reconocerte, pero sin mis gafas no lo tenía muy

claro.

—No sabía que llevaras gafas. —Mirando hacia abajo se percató de cómo los

años habían matizado sus una vez brillantes ojos violetas en un encantador tono

azul grisáceo. Aunque fueran del color que fuesen, era un pecado esconder la luz

que irradiaban tras unas gafas de alambre.

—El problema precisamente es que no las llevo. —Le dio un golpecito con el

parasol cerrado que llevaba y dejó escapar una risilla que a él le recordó al sonido

que hacía una campanilla o las copas de champán al brindar. Contra todo pronóstico se encontró riendo con ella.

—Siéntate, Max —le invitó ella, señalando un espacio vacío que había a su lado mientras se movía un poco para hacerle más sitio.

Aunque se lo pensó durante unos segundos, terminó aceptando y se sentó al lado de Lottie. La rigidez de sus rodillas apenas le molestó.

—Gracias.

Estuvieron en silencio durante un rato, haciéndose compañía y disfrutando de las vistas del parque. Hacía tiempo que no se sentaba con una mujer así, pensó.

Tanto, que casi se le había olvidado lo placentero que podía llegar a ser.

Finalmente Lottie decidió romper el silencio.

—Si no te importa que te lo pregunte, ¿qué te ha traído por aquí, Max?

Todavía no estaba preparado para romper la serenidad del momento, así que clavó la vista en la empuñadura de su bastón y se encogió de hombros.

—¿Es que no puede un hombre sentarse tranquilamente en un banco en el parque y disfrutar de un bonito día primaveral a su antojo?

—Por supuesto que puede, pero hasta ahora no sabía que ese hombre fueras tú. Llevo viniendo y sentándome aquí todos los días siempre que el tiempo acompaña, y hoy es el primer día que te he visto.

Dándose por vencido, se volvió hacia ella y admitió la verdad.

—Acabo de tener un encuentro con una mujer joven, una actriz, y me temo que he armado un buen follón.

Su amiga arqueó una ceja y le miró.

—¿Una actriz? ¿Max, a tu edad? Vaya, no sé si felicitarte o darte un golpe en

los nudillos y echarte una buena reprimenda.

—No será necesario ni lo uno ni lo otro. —Sintió cómo su rostro enrojecía, a

pesar de que el sombrero le proporcionaba una protección más que suficiente del

sol—. No ha sido... digamos que no se ha tratado de un encuentro de esa...

clase.

Al volver a mirarla se dio cuenta de que ella estaba sonriendo de nuevo, una sonrisa traviesa y bastante atractiva que envió un cálido cosquilleo a su corazón. Sí,

dejaría que Lottie le librara de su amargura con sus bromas y su encanto.

—¿Entonces de qué clase ha sido? No me gusta husmear en la vida de los demás, pero pareces... preocupado.

Esa mujer siempre había tenido un talento innato para leerle la mente.

—Me temo que es una historia larga y compleja.

Lottie le dio un golpecito en la mano.

—Muy bien, Max. A nuestra edad, ¿qué nos queda sino tiempo?

—De acuerdo, pero cuando termine no te sorprendas si te entran ganas de meterme la punta de esa aguja en el ojo.

Ella ladeó la cabeza y le miró con detenimiento.

—Es malo, ¿verdad?

—Me temo que peor.

Tomó una profunda bocanada de aire y empezó a contarle la historia sin escatimar detalle, comenzando quince años atrás, cuando entró en el despacho del

director de Roxbury House, dispuesto a borrar a fuerza de voluntad cada doloroso

recuerdo del pasado de Gavin, incluida su estancia en el orfanato.

Lottie le escuchó pacientemente y en silencio, y solo cuando concluyó con su

reciente y desastroso encuentro con Daisy él se atrevió a mirarla. Aunque se había

preparado mentalmente para ver el odio reflejado en su adorable rostro, solo encontró compasión y tristeza.

—Oh, Lottie, ¿qué debo hacer? Si he juzgado mal a la muchacha puede que haya perdido a mi nieto, y él su oportunidad para ser feliz. Y aunque sea cierto que

ama a Gavin como dice, es una actriz, aún peor, una antigua corista. Quiero que mi

nieto sea feliz, pero ¿cómo podría bendecir tal unión?

—¿Cómo? —Lottie dejó la labor de punto de forma descuidada en su regazo

y se tomó unos segundos antes de continuar—: Permíteme que te haga una pregunta, ¿fuiste feliz al casarte con tu Rose?

Aunque se preguntó a dónde quería llegar con esa cuestión, no dudó en responder.

—Sí, lo fui.

—Rose y yo fuimos al mismo colegio francés para señoritas. Si lo recuerdas,

éramos amigas, ¿o acaso lo has olvidado? —Cuando admitió que no se acordaba

de ese detalle ella añadió—: ¿Te llevarías una sorpresa si te contara que en aquella

época el comportamiento de Rose se consideraba escandaloso? Siempre estaba

buscando la forma de escaparse por la noche, y en el último curso incluso tuvo un

flirteo con un profesor de danza francés que a punto estuvo de costarle una expulsión. Eso sí lo sabías, ¿no?

—Algo había... oído. Pero eso sucedió hace mucho tiempo, llevo años sin pensar en ello.

—Pero en ese momento lo sabías y aun así te casaste con ella, y tal y como acabas de decir fuiste feliz.

Tragó saliva para deshacer el nudo que de repente le obstruyó la garganta.

—Rose fue la luz de mi vida. —En cuanto sintió cómo se le humedecían los ojos volvió la cabeza hacia un lado—. La primera vez que discutimos fue cuando

Lucy se fugó, hasta ese momento no nos habíamos cruzado ni una sola mala palabra. Ella nunca me perdonó que no abriera las puertas de nuestra casa a nuestra hija y a su marido.

—En ese caso, no cometas el mismo error por segunda vez.

—Me temo que es demasiado tarde.

—Tonterías, mientras respires nunca es demasiado tarde.

—¿Qué estás diciendo?

—Que te corresponde hallar la forma de que las cosas entre Gavin y su actriz terminen bien. Haz lo que sea, Max, pero por encima de todo hazlo bien.

Daisy pasó el resto de la tarde sumida en una especie de neblina. Participó en el ensayo general sin ser muy consciente de lo que decía o hacía, más o menos

como lo haría un sonámbulo. En varias ocasiones el director tuvo que parar para

recordarle algunas de las líneas que había memorizado desde hacía semanas pero

que ahora se le habían olvidado o llamarle la atención porque, por primera vez, no

había entrado a escena en el momento debido. Para cuando terminaron el acto

tercero había conseguido sacar de quicio tanto a este como al resto de actores. No

les culpaba, al fin y al cabo Rosalinda era el personaje central de la obra y el éxito

de la representación descansaba sobre sus hombros. Si fallaba la noche del estreno,

las críticas serían nefastas y su carrera teatral terminaría antes de haber empezado

siquiera. Y para colmo, no solo tenía que preocuparse por líneas olvidadas o

críticas dañinas, sino que le era imposible dejar de pensar en Gavin. Era como si la

obra auténtica, el drama real, estuviera teniendo lugar en su cabeza, y no en el

escenario.

De regreso a su camerino, se desvistió, se puso la bata de seda y se recogió el pelo. Estaba buscando la crema que usaba para quitarse el maquillaje cuando

oyó voces en el pasillo. ¿Sería otra vez el señor St. John? Esperaba que no.

La visita

del abuelo de su amante no había sido una experiencia que quisiera repetir ese día,

ni ningún otro. Abrió la puerta y asomó la cabeza. Por alguna razón desconocida

no se sorprendió cuando vio a Gavin andando con paso decidido por el corredor,

seguido de dos corpulentos tramoyistas que, en cuanto llegaron a la puerta, se

apresuraron a pedir disculpas.

—Lo sentimos, señorita. Se nos coló sin darnos cuenta.

—Está bien, muchachos, no os preocupéis. El señor Carmichael es un...

amigo.

Ambos inclinaron sus cabezas cubiertas con gorras y se marcharon,

cerrando la puerta tras ellos. Sabiendo lo que debía hacer, Daisy odió verles partir.

Gavin se acercó a ella con los brazos abiertos y un ramo de margaritas en su mano enguantada.

—¿Un amigo? Esperaba ser algo más a estas alturas. Aunque por ahora me sirve, supongo. Creo que me he retrasado en darte el beso de buena suerte que te

prometí esta mañana. Pero ya sabes, más vale tarde que nunca, ¿no? —Se inclinó

hacia ella.

Daisy volvió la cabeza de manera que los labios de él le rozaron la mejilla.

—El ensayo ha terminado hace unos minutos. Ahora iba a lavarme la cara.

Ten cuidado no vaya a mancharte.

—Da igual, no será la primera vez ni la última. Un poco de maquillaje de vez en cuando es uno de los peligros que uno asume cuando está en compañía de

una actriz, y un precio insignificante a cambio de besar unos labios tan dulces

como los tuyos. Creo que merece la pena correr el riesgo. —Volvió a inclinarse

sobre ella.

—¿Eso es lo que hacemos? ¿Hacernos compañía? —Una frase tan sumamente apropiada hizo que pareciera una debutante en su baile de

presentación y Gavin su pretendiente en vez de lo que realmente eran: amantes

que tendrían que dejar de serlo.

Gavin le acarició con un dedo enguantado la curva de la garganta haciendo que se estremeciera.

—Entre otras cosas.

Incluso con el corazón destrozado como lo tenía, no pudo evitar querer estar una vez más con él ni pensar en lo fácil que sería desabrocharse la bata y abrir las

piernas para tomarlo dentro de sí.

Percibió el deseo reflejado en sus ojos justo cuando extendía las manos para volver a tocarla, y como no se veía capaz de resistirse levantó una mano para

detenerle. Después le dio un ligero empujón en el pecho.

—Gavin, he dicho que no.

—Ya veo. —Su sonrisa se desvaneció mientras le daba el ramo, uno mucho más presentable que el que le regaló la última vez—. Me imagino que el ensayo no

ha ido muy bien, ¿verdad?

Ella se volvió.

—Sí.

Gavin se puso detrás de ella. Segundos después, sintió sus cálidas manos

sobre los hombros.

—Es solo un ensayo. Es normal que estés nerviosa, pero en cuanto mañana se abra el telón estarás espléndida, ya lo verás. —La atrajo hacia sí, y durante un

breve instante se permitió el lujo de apoyarse sobre aquel torso tan masculino y

fingió que nada había cambiado—. Tenía la intención de esperar hasta que llegaras

a casa pero no he podido, o más bien no he querido. —Gavin retrocedió un paso y

la obligó a darse media vuelta para poder mirarla a los ojos—. Seguro que no es el

mejor momento para darte esto, pero tengo que confesarte que soy incapaz de

esperar un minuto más. —Con ojos resplandecientes, se sacó una cajita de terciopelo del bolsillo de su abrigo.

—Oh, Gavin. —Daisy alzó la mano y la deslizó por su pelo oscuro, deseando que el tiempo se parara justo en ese instante.

Por supuesto, aquello solo era una fantasía. No podía detener el tiempo, del mismo modo que tampoco podía invocar una varita mágica y transformarse en

una auténtica dama para dejar de ser la mujer que era: una actriz con un pasado

escandaloso y una hija ilegítima.

—Me encanta que me lo hayas pedido —continuó—, pero debes saber que mi respuesta solo puede ser un «no».

La luz que irradiaban sus ojos y sonrisa desapareció por completo.

—¿Por qué no?

—¿Necesitas preguntarlo? Sabes perfectamente que no soy la mujer adecuada para ti.

Él hizo un gesto de negación.

—Eres mi otra mitad, la reina de mi corazón, el amor de mi vida. ¿Qué es más importante que eso?

Lo dijo tan completamente en serio, con tanta sinceridad y cariño, que la idea de rechazarle le rompió el corazón. Pero aquello era precisamente lo que tenía

que hacer.

—Oh, Gavin, estas semanas hemos vivido un cuento de hadas maravilloso, pero ha llegado el momento de ponerle fin para que podamos continuar con nuestras vidas. Soy una aspirante a actriz con un dudoso pasado y nada que ofrecer salvo un par de piernas de bailarina y un baúl lleno de vestidos mohosos y

bisutería barata.

—Tienes mucho más que ofrecer, y ambos lo sabemos. Y te amo. Me gustaría pensar que eso es algo a tener en cuenta, ¿no?

Como temía que si no lo echaba cuanto antes no tendría la fuerza necesaria para dejarle marchar, decidió hacer uso de la única arma que funcionaría.

—Hoy he recibido una visita... de tu abuelo.

La forma como frunció el ceño le recordó mucho a Maximilian St. John, haciéndola consciente del ligero parecido que tenían.

—¿Qué demonios quería? No importa, ya se lo preguntaré, y de paso aprovecharé para decirle que se meta en sus asuntos. —Se dio la vuelta, dispuesto

a marcharse.

—No, espera, no te vayas. —Lo agarró por la manga del abrigo—. Tu abuelo

me ofreció dinero, mucho dinero, a cambio de que le prometiera que saldría de tu

vida para siempre.

El soltó un sonoro resoplido.

—Ese viejo zorro nunca ceja en su empeño de intentar controlarme la vida.

Debes de haberle dejado boquiabierto cuando lo rechazaste. Cómo me habría

gustado hacer un agujero en la pared y haberlo visto todo de primera mano.

—

Incapaz de mirarle a los ojos, Daisy bajó la vista al suelo. Gavin enarcó una ceja y la

miró—. Porque lo rechazaste... ¿verdad?

Se mordió el labio superior y negó con la cabeza.

—No, Gavin. No lo hice. Yo... acepté. Lo... lo siento, pero cinco mil libras es

mucho dinero para alguien como yo, y tengo una hija en la que pensar.

—Me habría ocupado de ambas, habría tratado a Freddie como si fuera de mi sangre. Dios, Daisy, si hasta estaba pensando en adoptarla.

—Gavin... Lo siento.

—¿Que lo sientes? —La miró como si acabara de salirle otra cabeza, una con

cuernos y llena de pelo y horribles verrugas—. ¿Eso es lo único que tienes que

decir en tu defensa? ¿Que lo sientes?

Debía de estar interpretando su papel muy bien quizá demasiado, porque a juzgar por la frialdad con que la miraba y el hiriente tono de su voz, en ese momento la odiaba de verdad. Eso era lo que quería, ¿verdad? En unos pocos

minutos había conseguido lo que se había propuesto: alejarle de ella para siempre.

¡Bien por ella! Daba igual que se hiciera llamar Delilah du Lac o Daisy Lake,

porque era mucho mejor actriz de lo que nadie, incluida ella misma, se había

imaginado.

Quería gritar a todo pulmón que le había mentido y solucionar todo antes de que fuera demasiado tarde. Pero por el bien de Gavin, se mordió la lengua y se

obligó a mirarle a los ojos y al visceral dolor que estos reflejaban sin parpadear.

—¿Acaso hay algo más que decir?

—Cierto. —Gavin echó hacia atrás la cabeza y soltó un amago de carcajada similar al sonido que hacía un vaso al romperse en mil pedazos.

—Lo siento, Gavin.

—Yo también lo siento, Daisy. Siento haberme fijado en ti, pero siento aún más haber vuelto a enamorarme de ti. Porque te amo, ¿lo sabes? Que Dios me

ayude, pero a pesar de la perra codiciosa que eres te sigo queriendo en mi cama y

en mi vida. Y tal y como están las cosas, no sé cómo voy a expulsarte de mi cabeza

y de mi corazón, y conseguir reunir los despojos en los que me has convertido para

seguir adelante.

Daisy hizo un gesto de negación mientras las lágrimas caían a raudales por sus mejillas.

—Oh, Gavin, Shakespeare tenía razón en una cosa. —Tragando saliva,

recordó la única frase de Rosalinda de la que no se había conseguido acordar

durante el ensayo, pero que ahora le venía a la mente con claridad cristalina

—.

«Los hombres se mueren y se pudren, pero no por amor».

Gavin salió a la calle completamente estupefacto, sintiendo que el futuro que había imaginado para sí mismo saltaba en mil pedazos por momentos.

Dentro,

sobre el tocador de Daisy, se había dejado el anillo de pedida, no porque lo olvidara, sino porque no quería volver a verlo... Ni a ella tampoco.

Pero en ese momento había alguien a quien odiaba mucho más que a Daisy.

Su abuelo. De modo que fue directo a por él.

Irrumpió en el despacho de Maximilian hecho una furia, solo para encontrarse a su reservada secretaria, que le informó de que el señor St.

John no

había regresado desde que salió a tomar el almuerzo. Según el reloj de su abuelo

quedaba poco para las cuatro, y para un hombre que estaba acostumbrado a comer

en su mesa de escritorio una ausencia tan prolongada resultaba demasiado notable.

—¿Quiere que le diga que ha estado aquí?

—No se preocupe. Ya se lo digo yo.

Sin perder ni un segundo más, se dirigió a la residencia de los St. John.

Situada en una zona con vistas al Marble Arch en la elegante vía Park Lane, poseía

una fachada palladiana que a Gavin siempre le había parecido más propia de un

edificio público que de una casa particular. Normalmente intentaba evitar el lugar

como si fuera la peste, pues le traía un montón de recuerdos del final de su adolescencia, al menos de sus vacaciones escolares, y muy pocos podían considerarse felices.

—Señor Gavin, que alegría verle —le saludó el mayordomo de su abuelo desde la puerta de entrada coronada con un montante en forma de abanico.

Una vez dentro del vestíbulo se sorprendió de que la frialdad y pulcritud que despedía aquella casa todavía le produjeran aquella sensación de ahogo.

Las

paredes contaban con paneles empotrados en los que habían colocado bustos de

mármol de filósofos griegos y romanos, y los muebles y objetos de plata brillaban

inmaculados.

—Lo mismo digo, Wentworth. —El mayordomo debía de estar cerca de los setenta. El primer recuerdo que le venía a la cabeza cuando pensaba en él era el de

tener que levantar la mirada para verle, pero ahora apenas le llegaba a los hombros—. ¿Está mi abuelo en casa?

—Sí, acaba de regresar. Está en su estudio. ¿Quiere que le anuncie su visita?

Gavin negó con la cabeza.

—No será necesario. Conozco muy bien el camino.

Durante su adolescencia le habían llamado demasiadas veces al santuario de su abuelo, sobre todo para increparle por alguna supuesta transgresión, y muy

pocas veces para recibir alabanzas. Incluso recordaba perfectamente uno o dos

golpes de vara. Inclinado sobre el escritorio, con los pantalones bajados hasta los

tobillos y los dientes apretados para evitar llorar o gritar, aquellos episodios se

encontraban entre los más humillantes de su vida.

Cuando llegó al despacho, la puerta estaba entreabierta. Llamó con los nudillos como exigía la buena educación y luego entró sin esperar respuesta.

Maximilian, sentado detrás del escritorio de caoba, alzó la vista y le miró.

—Dado cómo terminó nuestro almuerzo, no esperaba volver a verte tan pronto.

Gavin lo dudaba mucho. Había muy pocas cosas que pillaran por sorpresa a

su abuelo y, teniendo en cuenta el último intento de intromisión en su vida, seguro

que sabía que su nieto llamaría a su puerta más temprano que tarde.

Pero en vez de seguirle el juego esta vez, Gavin decidió ir directamente al grano.

—Acabo de salir del Drury Lane. Estoy convencido de que le alegrará saber que la señorita Daisy Lake ha rechazado mi propuesta de matrimonio.

—¡Será posible! —Su abuelo también debía de ser un magnífico actor, porque la expresión de asombro que tenía y la desolación en su rostro parecían

muy reales.

—Discúlpeme si encuentro su reacción un tanto afectada, sobre todo cuando

le pagó precisamente para que hiciera eso.

Por primera vez en quince años vio a su abuelo vacilar. El hombre se humedeció los cenicientos labios y bajó la vista al papel secante de su escritorio

como si... como si le avergonzara mirarle a los ojos.

—¿Eso fue lo que ella te dijo?

—Sí.

—Pues solo te contó la verdad a medias. Sí que le ofrecí dinero, una buena suma, pero se negó a aceptar un solo penique.

Aquella confesión hizo que de pronto no tuviera tan claras sus intenciones.

—Pero ella me dijo que estuvo de acuerdo.

—Si no me crees, quizá lo hagas si te muestro la prueba palpable. —St.

John

metió la mano en el bolsillo de su abrigo, sacó dos trozos desgarrados de lo que

había sido un cheque y se los dio—. Ella lo rompió delante de mis narices, me

mandó al diablo y me echó de su camerino. Sea lo que sea, está claro que es toda

una mujer, una mujer que debe de estar muy enamorada de ti.

—Y una mujer que me ha mentido. —Gavin se contuvo de añadir un «otra vez» porque cualquier engaño pasado o presente solo les concernía a Daisy y a él—

. Por cierto, el lunes por la mañana tendrá mi carta de renuncia.

—Espero que lo reconsideres.

—No puedo trabajar con un hombre que intriga para minar mi vida, del mismo modo que no puedo casarme con una mujer que me engaña.

Su abuelo negó con su entrecana cabeza. Verlo tan cansado y frágil volvió a impactarle. Parecía como si el tirano de su juventud se hubiera convertido en un

hombre viejo de la noche a la mañana.

—Nadie es perfecto, Gavin.

Rourke le había dicho lo mismo la noche en que se presentó borracho en la puerta de su casa. En ese momento no le había prestado demasiada atención a la

frase, pero últimamente no dejaba de darle vueltas. ¿Era posible que su perfeccionismo y altas expectativas llevaran a sus seres queridos a mentirle por

miedo a decepcionarle... o a arriesgarse a perder su amor?

—Puede que sea demasiado tarde para nosotros —continuó su abuelo—, pero no permitas que tu testarudo orgullo te impida ser feliz con la señorita Lake.

Si aún quieres casarte con ella, no me interpondré en tu camino.

—Aunque estuviera dispuesto a rebajarme y volver a preguntárselo otra vez, está claro que ella hará o dirá cualquier cosa para librarse de mí.

—Todo lo contrario, lleva intentando acercarse a ti durante los últimos quince años.

—¿A qué juego está jugando ahora, abuelo?

—Al de contar la verdad y asumir las consecuencias, por llamarlo de algún modo. —St. John abrió un cajón del escritorio y depositó un fajo de cartas sobre la

mesa—. Debería haberte enseñado esto hace mucho tiempo. Solo le pido a Dios

que no sea demasiado tarde. —Empujó las cartas atadas con un cordel para que

pudiera examinarlas.

Con el corazón en un puño y las manos sudorosas, Gavin miró alternativamente a las cartas y a su abuelo.

—¿De qué trata todo esto?

—Son las cartas que la señorita Lake, Daisy, te escribió hace años.

Gavin sintió una extraña renuencia a tocarlas, como si supiera que estaba a punto de abrir la caja de Pandora, de hacer algo que no tenía vuelta atrás, ni ahora

ni nunca.

—¿Por qué nunca me fueron entregadas?

—Créeme si te digo que lo hice pensando en que era lo mejor para ti.

Gavin volvió a mirarle.

—Me las ocultó adrede, ¿verdad? —En realidad, aquello no era una pregunta.

Maximilian se lo pensó unos segundos y después asintió.

—Cuando fuiste al internado, di instrucciones al director para que solo te llegara la correspondencia proveniente de una lista de personas que yo mismo

aprobé. Cualquier otra carta de alguien que no estuviera en el listado tenían que

enviármela a mí. Quería que comenzaras de nuevo, darte la oportunidad de

desterrar los malos recuerdos del pasado.

—No todos eran malos. Aparte de los del incendio, la mayoría eran bastante buenos.

—Pero yo no lo sabía. Cuando te traje aquí, muchas noches estaba trabajando en este mismo despacho cuando oía tus desgarradores gritos.

Sabía que

estabas soñando con tu vida anterior, con el incendio. Ya habías sufrido bastante y

no estaba dispuesto a quedarme de brazos cruzados y ver como seguías pasándolo

mal.

—Sufrí cuando me separó de mis amigos. Eran los únicos que me servían de

consuelo, la única familia que me quedaba. Los conocía desde hacía más de un año

y al arrancarlos de mi vida fue como si me arrancaran una extremidad.

—Sí, ahora me doy cuenta, pero entonces no lo hice. Si te sirve de algo, lo siento, Gavin. Solo intentaba protegerte.

—No, solo pensaba en una sola persona, la misma que siempre ha priorizado por encima de todas las cosas: usted mismo. Casi mató a mi madre con

su despotismo y sus estrictas y rígidas normas. Y se ha pasado los últimos quince

años intentando someterme. Pues bien, abuelo, no voy a dejar que continúe.

Aquí

se acaba todo. Usted y su firma se pueden ir al diablo. Prefiero hacerme pescador

en el Fleet Bridge que aceptar un caso más que pueda beneficiarle a usted o a sus

intelectuales amigos.

—Gavin, espera, no te vayas así... Por favor.

—Váyase al infierno, abuelo.

Gavin agarró las cartas y salió a la calle iluminada por los últimos rayos del crepúsculo.