HRH,2-Rendida

Hope Tarr · Capítulo 13 de 25

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HRH,2-Rendida

Capítulo 14

El amor no es más que una locura y, como los locos, merece el cuarto oscuro y el látigo.

WILLIAM SHAKESPEARE, Rosalinda

Como gustéis

Cuarta semana

asaron su última semana más dentro de la cama que fuera, y no precisamente por la herida de Gavin, ya que el pronóstico del doctor Pritchard de

una pronta recuperación se vio muy pronto confirmado. Al día siguiente, Gavin

estaba de pie, y al otro insistió en pasar parte de la jornada en la oficina.

Aunque la

lesión todavía le dolía, no lo hacía con la suficiente intensidad como para justificar

otra dosis del láudano que les había dejado el médico. Además, hacer el amor con

Daisy y quedarse dormido después surtía mucho más efecto que cualquier droga

que pudiera tomarse. Era una amante consumada, la mujer ideal. No tenía inhibición alguna, o eso le parecía a él, y desde el enriquecedor mundo interior al

que se había retirado su sentido común, este último le confirmó que esa falta de

reserva era una señal de lo mucho que él le importaba.

Sí, sin duda tenía que importarle. ¿Por qué si no le respondía con tanta...

exuberancia? Era cierto que los gemidos y suspiros podían fingirse, pero dudaba

que incluso una actriz de su talento pudiera simular la humedad que sentía en los

dedos o en el miembro cuando la penetraba, o el temblor de sus paredes vaginales

cuando llegaba al clímax.

Sin embargo, a medida que pasaban los días, las dudas empezaron a

mermar su dicha poco a poco. Había momentos especialmente oscuros, en los que

odiaba con un encono irracional a cualquiera que hubiera estado con ella, sobre

todo al tal Freddie. Una de las noches en que venía del Garrick, se la encontró

esperándolo vestida con tan solo unas medias negras, los ligueros y una de sus

corbatas de seda anudada holgadamente sobre su garganta desnuda. Lo primero

que pensó en ese momento fue en que seguro que ya había esperado a alguien de

esa guisa antes. Y cuando se arrodilló ante él y lo tomó profundamente dentro de

su boca, llevándolo al borde del orgasmo una y otra vez, y prolongando su placer

hasta que creyó que explotaría o moriría en el intento, no pudo evitar preguntarse

cuántas veces habría usado ese mismo truco para complacer a otros hombres.

¿Cómo si no podía hacerlo con tal maestría?

Para él, en cambio, todo lo que hacían juntos era una primera vez, algo maravilloso, una especie de milagro.

—No te merezco —le dijo Daisy una noche, cuando estaban solos en el

dormitorio de ella. Estaba sentada delante de su tocador, cepillándose el pelo—.

No soy lo suficientemente buena para ti.

Sus miradas se encontraron en el espejo.

—Eso es una estupidez, y lo sabes.

—¿Sí? —Dejó el cepillo en la encimera y se volvió para mirarle—. He estado

con un montón de hombres. No una legión, pero sí unos cuantos. Supongo que

para ti demasiados.

Ahí estaba el meollo del asunto, la barrera invisible de la que nunca hablaban pero que estaba muy presente entre ellos.

—¿Por qué me estás hablando de esto ahora?

«Eres un hipócrita, Gavin.» Como si el historial sexual de Daisy no fuera el instrumento con el que se autotorturaba todos los días, el asunto que ocupaba su

mente constantemente.

Ella se encogió de hombros.

—Porque uno de los dos tiene que hacerlo. Llevas castigándome semanas.

¿Por qué no hacerlo oficial? —Al darse cuenta de que él quería intervenir, alzó una

mano interrumpiendo su protesta—. No te molestes en negarlo. Lo he visto en tus

ojos, en la frialdad con la que me miras después... después de hacer el amor.

Gavin soltó una lenta exhalación. Era tarde, las once de la noche. La cena semanal que compartía con su abuelo había sido la tensa inquisición de siempre.

No estaba de humor para aquello.

—Sé de qué va todo esto. Estás preocupada por el estreno de la obra y te imaginas cosas que no son. —No sabía a quién estaba intentando convencer más

con esa frase, si a ella o a él mismo.

Daisy se levantó del asiento acolchado.

—¿Eso crees, Gavin? Cuando te acuestas conmigo, te encanta todo lo que te

hago, muchísimo, pero después no puedes evitar preguntarte cómo he llegado a

ser tan buena en el terreno sexual. «Es como una prostituta, mi puta privada», te

dices a ti mismo, y después te odias por haber pensado algo así, aunque me odias

más a mí porque sabes que, en parte, tienes razón.

Gavin hizo un gesto de negación. De pronto se sentía exhausto.

—¿Qué... qué quieres que diga?

—¿Por qué no pruebas con la verdad? Sí, muéstrame algo de esa preciosa honestidad que tanto aprecias.

—Muy bien, odio que hayas estado con otros hombres, ya sea uno o una legión. ¿Contenta?

Ella se cruzó de brazos.

—¿Y?

Sabía que le estaba provocando, pero de repente dejó de importarle. Fue directo hacia ella.

—Hay noches en las que no puedo dormir, y mientras estoy tumbado me pregunto: «Daisy ha reconocido que ha estado con un montón de hombres.

¿Cuántos son para ella un montón? ¿Cinco? ¿Diez? ¿Docenas?». Entonces te

imagino haciendo con ellos lo mismo que me haces a mí. Pero lo peor viene cuando

pienso en ellos tocándote, haciéndote gemir; cuando te veo arqueando las caderas

para ellos y teniendo un orgasmo, como haces conmigo, y ahí es cuando pienso

que quizá, y solo quizá, me estoy volviendo loco. ¿Estás satisfecha, ahora que he

dicho lo que querías escuchar?

Ella sacudió la cabeza en señal de negación.

—No, Gavin, no estoy satisfecha. Aliviada, tal vez. Ahora que lo sé, no te preocupes, me iré.

Él la agarró de los hombros y la atrajo hacia su pecho.

—No, no quiero que te vayas.

—No soy tu prisionera, Gavin. No puedes retenerme en contra de mi voluntad. Si me quedo, el enfado y el resentimiento se harán más fuertes y se

convertirán en algo peor. Al final terminarás odiándome, odiando lo nuestro, y no

creo que pueda soportarlo. Es mejor que me vaya cuando todavía queda algo

bonito que recordar.

—No quiero recuerdos, te quiero a ti.

Ella lo miró fijamente.

—Entonces, castígame.

—¿Disculpa?

—Que me castigues. Así terminarás con esto y podremos seguir adelante.

Gavin dejó caer las manos a los costados. Se ponía enfermo solo de pensar en golpearla.

—Nunca te pegaría. A ninguna mujer, y menos a ti. —Estuvo a punto de añadir «la mujer que amo»… Sin embargo, se detuvo a tiempo.

—Por el amor de Dios, Gavin, no te estoy pidiendo que me rompas la nariz.

Solo que me tumbes en tu regazo y... me des unos azotes.

—¿Y si no quiero?

—Confía en mí, Gavin, sí que quieres. Después ambos nos sentiremos mejor.

—Permíteme que lo dude. —Ella se volvió y, tras una breve pausa, él la siguió hasta la cama—. ¿Me siento en el borde entonces? Obviamente tienes mucha

más experiencia que yo en estos asuntos, pero eso no es nada nuevo. —Se sorprendió de la amargura con la que lo dijo.

Daisy hizo un gesto de dolor, y en ese momento Gavin fue consciente de que tal vez ella tuviera razón. Llevaba semanas atacándola, castigándola con sus

reproches y frialdad. Incluso cuando hacían el amor, se guardaba una parte de sí

mismo para él. Pero lo que ella le proponía, por muy desagradable que le resultara,

al menos le haría ser honesto consigo mismo.

—Siéntate donde quieras, si es que quieres. O si lo prefieres puedes quedarte así y me agacho yo.

—No, no. Si lo hacemos, hagámoslo bien. Me sentaré —replicó, diciéndose a

sí mismo que solo le estaba siguiendo la corriente.

A continuación, se sentó en un lado de la cama y esperó.

Al verla moverse, la siguió con la mirada. Cuando había llegado a casa antes, se la había encontrado desvistiéndose. Luego se había puesto la bata negra

de seda y un corsé debajo. Al pensar que seguramente no llevaba ninguna otra

prenda, se puso duro al instante.

—Repasemos antes los detalles —dijo ella en voz alta por encima del hombro mientras buscaba en un cajón de la cómoda—. Una de las cosas que más se

usan es una palmeta. Creo que esto servirá.

Él la miró horrorizado. Qué desesperada tenía que estar Daisy por encontrar el perdón, la absolución, la paz.

—Pues la única palmeta que estoy dispuesto a usar es la palma de mi mano.

Tómalo o déjalo.

Sin mediar palabra, Daisy fue hacia él y se subió a su regazo, tumbándose boca abajo sobre sus muslos. En ese instante, y muy a su pesar, el pene cobró vida

propia.

—Quieres saber con cuántos hombres he estado, ¿no? Pues pregúntamelo ahora.

Distraído, paseó la mirada atentamente por las bonitas posaderas que se elevaban hacia él.

—¿Perdona?

Daisy giró la cabeza y lo miró.

—Si me lo preguntas ahora, tendré que decírtelo, ¿verdad?

Ah, de modo que así es como funcionaba aquello. Un golpe por cada transgresión; se trataba de usar una violencia mesurada para borrar cada uno de

los lascivos pecados cometidos, o lo que era lo mismo, el perdón a cambio del

dolor.

—Está bien. ¿Con cuántos?

Silencio. ¿Acaso le estaba provocando adrede?

—¿Cinco? —sugirió él, plenamente consciente de que el corazón ahora le latía a más velocidad.

—No, cinco no. —La timidez con que lo dijo le crispó. Puede que Daisy pareciera estar a su merced, pero de nuevo era ella la que llevaba las riendas de la

situación.

—Muy bien, ¿cuántos, entonces?

Dejó caer la mano sobre sus nalgas de forma cuidadosamente controlada.

No llevaba ropa interior, lo que significaba que había planeado aquello tal y como

había hecho con todos y cada uno de los momentos íntimos que habían

compartido. Saber que estaba representando otro de sus papeles, que estaba jugando con él, hizo que sintiera una ira visceral en su interior, del mismo modo

que ella debía estar sintiendo su endurecido pene bajo su carne.

—¿Diez? —continuó. Volvió a propinarle otro azote, en esa ocasión con la suficiente fuerza como para que la picazón traspasara la seda de la bata. Se dio

cuenta de que le había sentado bien, aunque no lo suficiente.

Deslizó la bata hacia arriba, sujetando la arrugada tela con la otra mano.

Los

firmes y pálidos glúteos emergieron hacia él como si estuvieran deseosos de volver

a recibir la palma de su mano.

Daisy se estremeció.

—No.

—¿No más o no menos? —Aguardó la respuesta con la mano alzada.

—Menos... creo.

—¿Crees? —¿Tomar a un hombre en su cuerpo le resultaba algo tan nimio que no se molestaba en llevar la cuenta? Si eso era así, maldita fuera.

Malditos

fueran ambos.

Entonces hizo algo que nunca se había atrevido a llevar a cabo, excepto en

sus más secretas y oscuras fantasías. Bajó la mano con tal contundencia sobre la

nalga izquierda que la vibración del azote le llegó hasta el codo.

—¡Ay! —Daisy se retorció en su regazo. Apoyó las manos en el colchón e intentó impulsarse hacia arriba, pero él no se lo permitió.

La fricción entre ambos cuerpos, junto con los sonidos de la respiración jadeante de ella y el ardor que sentía en la palma de la mano, ejercieron un inesperado y potente efecto sobre él. Más tarde tendría tiempo para culpabilizarse

o despreciarse a sí mismo; ahora lo único que sentía era una lujuria intensa y

cruda.

Bajó la mano una vez más, dos, tres, en una rápida sucesión de movimientos, deleitándose con el sonido de la carne al ser azotada, de la picazón

que asolaba su palma.

—Ocho —jadeó ella, abrazándose los codos y arqueando la espalda—.

Ocho. Nueve, contando contigo.

Como percibió perfectamente el temblor en su voz, la siguiente vez que bajó

la mano fue más una ligera palmada que un azote.

—Entonces yo también cuento, ¿verdad?

Ella volvió a girar la cabeza para mirarle. Tenía los ojos llenos de lágrimas no derramadas.

—Sabes que sí.

—Pues dímelo. Dime que cuento, que te importo, y dilo como si de verdad lo sintieras.

—Claro... Claro que lo siento. Siempre me has importado, Gavin, y siempre lo harás. Eres mi mejor amigo... y mucho más.

Aquella admisión consiguió calmar su estado de agitación y el latido de su corazón. Acarició el trasero enrojecido, que llevaba las marcas impresas de sus

manos. La había marcado, pero en realidad el marcado era él. Daisy lo había

cambiado para siempre.

Le bajó la bata y la alzó para sentarla sobre su regazo. Después le enlazó el talle y le besó en la frente sudorosa.

—Dilo otra vez, una vez más, para que pueda mirarte a los ojos y saber que lo dices en serio.

Ella levantó el brazo para tocarle y le acarició la mejilla.

—Nunca he tenido un amante que me importara la mitad de lo que me importas tú.

—Podrías habérmelo dicho antes de hacer... esto.

Ella lo miró escéptica.

—¿Me hubieras creído?

Gavin vaciló unos segundos y terminó haciendo un gesto de negación.

Contra todo pronóstico, esbozó una sonrisa.

—No, supongo que no. En ese caso, quédate conmigo, no solo esta semana, sino para siempre.

—No puedo. —Alzó la mirada y clavó la vista en él. Sus ojos volvían a estar

plagados de lágrimas.

Gavin tragó saliva. Como no podía soportar la idea de dejarla partir comenzó a decir:

—Entonces quédate conmigo ahora.

Y despacio, muy despacio, la alzó en sus brazos y la deposito encima de la cama.

Daisy no había ideado lo de los azotes porque disfrutara con el dolor, sino porque tenía bastante experiencia con el lado más oscuro de la naturaleza humana

y sabía que optar por algo físico era el mejor remedio para que Gavin se enfrentara

a la batalla de sentimientos encontrados que se estaba lidiando en su interior. Pero

lo que nunca se imaginó fue la poderosa reacción que experimentó su propio

cuerpo. Aquel episodio había liberado algo enterrado en lo más profundo de su

corazón, la había eximido de la culpa y le había permitido sentir, sentir de verdad,

por primera vez desde hacía mucho tiempo. Tras años de vivir en un estado de

entumecimiento autoimpuesto, aquel chorro de emoción había resultado altamente

redentor.

—Déjame amarte, Daisy. —Gavin se alzó sobre ella y la miró mientras la besaba entre sus tentadoras piernas.

Ella movió las caderas, de modo que el frescor de las sábanas funcionó como un bienvenido bálsamo sobre su enrojecido trasero. El contraste entre aquella

sensación y la humedad de la lengua masculina sobre sus labios vaginales le produjo más éxtasis del que se veía capaz de soportar. Y justo en ese momento, la

sorprendió con un ligero pero efectivo toque en el punto exacto, llevándola al

límite. Cuando gritó de placer, él, en vez de detenerse, continuó lamiéndola sin

misericordia.

Daisy se apoyó sobre los codos, pero su determinación se vio aplastada por la intensidad de las sensaciones físicas que la dominaban.

—Gavin, por favor, para. No puedo soportarlo.

Él la miró con ojos implacables, completamente decidido a continuar con aquella exquisita tortura.

—Daisy, lo quieras o no, todavía hay más.

Le dio la vuelta, tumbándola sobre su vientre. No tenía ninguna magulladura, lo que sí habría sucedido si hubiera usado una vara o palmeta, solo

una amplia extensión de carne rosada y ardiente.

—Qué trasero más bonito tienes —reconoció él. Antes de que pudiera contestar, Gavin se inclinó y depositó sobre su sensibilizada piel suaves y diminutos besos que le pusieron la carne de gallina e hicieron palpitar su clítoris

una vez más.

Daisy se puso de rodillas y lo miró por encima del hombro. Seguro que tenía la cara tan roja cono las nalgas.

—¿Gavin?

Él deslizó una mano por su estómago y la atrajo contra sí.

—Voy a hacer que llegues al éxtasis de nuevo, Daisy. Una y otra vez. Y no importa lo mucho que me supliques, porque no pienso parar hasta que te rindas

ante mí.

A la mañana siguiente, Daisy se sentó sola a desayunar, y mientras cambiaba varias veces de posición, debido a lo sensible que todavía tenía el trasero,

fingió estudiar su guión, aunque no le sirvió de nada. Cuando no le quedó más

remedio que admitir que no podía quitarse a Gavin de la cabeza, decidió dejar el

texto al lado del plato que contenía la tostada fría que no se había comido.

Creía

que si se dejaba llevar por sus deseos y hacía el amor con él cuantas veces se le

antojara, tarde o temprano terminaría saciándose de él y podría seguir su camino.

Desgraciadamente, le estaba pasando todo lo contrario. Nunca parecía tener suficiente de Gavin y estaba empezando a preocuparle la idea de que, si seguía así

no encontraría la fuerza de voluntad necesaria para dejarle cuando terminara la

semana.

Jamison interrumpió sus pensamientos cuando entró con el correo.

—Tiene un telegrama, señorita.

—Gracias. —Con el corazón desaforado, tomó la nota y se dispuso a leerla.

Llegada a la Estación Victoria. Stop. No puedo esperar para verte. Stop.

¿Nos vemos hoy en

el lago del parque St. James al mediodía? Stop. Freddie te manda todo su cariño. Stop. F.L.

Stop. «F.L.», o lo que era lo mismo, Flora Lake. Sus seres queridos llegaban una

semana antes de lo previsto. Contuvo un suspiro, dividida entre la felicidad por

volver a ver a sus padres y a Freddie en apenas unas horas, y la tristeza porque eso

significaba que tendría que despedirse de Gavin antes de lo planeado. De acuerdo,

tanto las cosas malas como las buenas terminaban tarde o temprano, o eso decían.

Se levantó, se metió el telegrama en el bolsillo de la bata y fue a vestirse, sin

percatarse de que la nota se le había caído al suelo.

Gavin iba de camino a su oficina cuando se dio cuenta de que se había dejado el expediente del caso que estaba llevando en la mesa del desayuno, de

modo que regresó a casa y se lo encontró sobre la silla. Se disponía a salir de nuevo

cuando vio a Mia jugueteando con algo pequeño en el suelo.

—Veamos qué me has traído, pequeña cazadora. —Se inclinó para quitarle lo que suponía debía de ser un ratón muerto cuando descubrió que se trataba de

un trozo de papel.

Irguiéndose, dejó el expediente en el suelo y desdobló una nota. Se trataba de un telegrama. En cuanto leyó el nombre de Freddie, una ira glacial se apoderó

de él. Se metió la nota en el bolsillo y se dirigió hacia el cuarto de Daisy. El destino

quiso que se la encontrara en el pasillo.

En cuanto lo vio, la joven dio un paso atrás.

—Gavin, ¡qué sorpresa! —exclamó.

—¡Ya lo creo! —La miró de arriba abajo. Iba vestida con mucho estilo, con un traje de montar de color amarillo canario con mangas gigot y un sombrero de

fieltro adornado con el número justo de plumas de avestruz.

—Iba a salir un rato —explicó ella. A Gavin no se le pasó por alto cómo había esquivado su mirada. Estaba claro que se sentía culpable.

—¿Te apetece tener algo de compañía? —preguntó, sabiendo de antemano cuál sería su respuesta.

Ella dudó.

—Tengo que hacer un montón de compras y tenía planeado comer con una vieja amistad.

Él la miró fijamente, maravillándose de la fluidez con la que salían las mentiras por su boca.

—No sabía que tenías más viejos amigos en Londres, además de Rourke y Hadrian, y seguro que no te referías a ellos, ¿verdad?

—¿He dicho una vieja amistad? Quería decir una nueva amiga, una de las actrices de la compañía. Pensamos que sería divertido quedar y hablar fuera del

teatro. Allí estamos todo el día de acá para allá.

—Ya veo. —Lo peor de todo era que sí lo veía—. En ese caso, que tengas un

buen día. ¿Te veré esta noche?

Pareció dudar de nuevo, lo que hizo que se le contrajera el estómago.

—Sí, esta noche.

Con el corazón latiéndole a toda velocidad, contó mentalmente hasta diez y la siguió hasta la atestada calle.

Gavin se dedicó a seguir a Daisy, procurando guardar las distancias para que ella no se diera cuenta. La vio entrar en una tienda de dulces en Piccadilly, en

una mercería en Pall Mall y, finalmente, dirigirse al parque de St. James, sitios a los

que no solía prestar mucha atención. Hacía un tiempo perfecto, el típico día primaveral con el cielo despejado y de un bonito tono azul. La brisa traía el perfume de las plantas en flor y de la hierba recién cortada, y los rayos de sol

despedían una radiante luz que invitaba a desnudarse y disfrutar de su calidez.

Pero como iba agazapándose tras los arbustos y escondiéndose detrás de los edificios, parecía que ese buen tiempo se estaba burlando de él. En vez de un cielo

azul con un sol brillante tendría que haber estado gris, lleno de nubes, o mejor aún,

encapotado; en definitiva, del mismo humor que él. ¿Quién podía imaginarse que

Gavin Carmichael, prestigioso abogado y ciudadano ejemplar, terminaría persiguiendo a alguien como un vulgar acosador?

Daisy se acercó a un banco que se veía desde la Sociedad Ornitológica y en el que tenía una amplia visión de la zona este del lago. Miró a su izquierda, después a su derecha, y se sentó a esperar. Dando golpecitos en el suelo con los

tacones de sus zapatos, parecía o muy impaciente, o nerviosa, o como Gavin

sospechaba, ambas cosas a la vez. De repente se levantó del banco y empezó a

mover el brazo en un extenso arco, saludando a alguien que tenía que estar al otro

lado del lago. Seguro que se trataba de su amante, Freddie. Se puso la mano sobre

la frente a modo de visera para protegerse de la luz del sol y miró fijamente para

conocer, por fin, el aspecto de aquel canalla.

Para su sorpresa, vio a una pareja de unos sesenta años, o puede que más, devolviendo el saludo. Entre ellos había una niña de pelo negro, de unos siete u

ocho años, que iba dando saltitos. El trío bordeó la orilla del lago, los dos mayores

sujetando de la mano a la niña, a quien, por su manera de andar, se la veía ansiosa

por encontrarse con Daisy. El hombre, por el contrario, caminaba con dificultad,

incluso llegó un momento en que tuvo que detenerse, como si necesitara recobrar

el aliento. La mujer soltó la mano de la pequeña y rodeó con un brazo los hombros

del hombre, que sacó un pañuelo de su bolsillo y lo usó para cubrirse la boca. La

niña aprovechó la distracción y salió corriendo mientras gritaba:

— ¡Maman! ¡Maman!

—¡Freddie!

¿Freddie? Gavin volvió la cabeza ipso facto hacia Daisy. Se había levantado las faldas unos centímetros e iba disparada hacia la niña. Cuando llegó a su altura

se arrodilló y la pequeña se abalanzó sobre sus brazos abiertos.

—Oh, Freddie, cariño, me ha parecido una eternidad. ¿Te has portado bien?

—Sin darle tiempo a responder, depositó una lluvia de besos en las sonrosadas

mejillas de la niña y recorrió con los dedos su rostro y los brillantes rizos oscuros.

Gavin decidió hacer notar su presencia y se dirigió hacia ellas; a medida que

se acercaba, su sombra fue envolviendo a ambas. La última vez que había visto a

Daisy de rodillas, lo había estado complaciendo con su boca. Que recordara algo

como aquello en ese preciso instante era un síntoma más que evidenciaba lo bajo

que había caído.

Supo el momento exacto en que Daisy se percató de su presencia porque soltó un respingo y dejó de sonreír. El brillo que hacía unos segundos tenían sus

ojos había desaparecido por completo, y a él le dio la sensación de que estaba un

poco asustada.

—Gavin, ¿qué estás haciendo aquí?

—Creo que no soy yo el que tiene que dar una explicación.

La niña se separó de los brazos de Daisy y le miró con unos ojos azules llenos de curiosidad.

— Bonjour, monsieur.

— Bonjour, mademoiselle. —Sabía un poco de francés de sus tiempos de estudiante. Lo suficiente para percatarse de que maman significaba

«mamá».

Daisy se puso de pie.

—Esta es mi hija, Fredericka.

Durante unos incómodos segundos, Gavin no fue capaz de hacer otra cosa que mirar alternativamente a la madre y a la hija. La pequeña era morena, mientras

que Daisy tenía el pelo mucho más claro, pero ambas compartían los mismos ojos

sesgados —una azules y la otra verdes—, la nariz respingona y esa peculiar boca

triste con las comisuras hacia abajo.

Finalmente consiguió encontrar la voz y pudo decir:

—Hola, Fredericka, es un placer conocerte.

La niña le ofreció su manita y él la tomó entre la suya a modo de saludo. Al

verla desaparecer entre la suya, más grande, sintió un extraño cosquilleo alrededor

del corazón.

—Mi mami suele llamarme por mi nombre completo, pero todo el mundo me conoce como Freddie. —Soltó la mano y le miró detenidamente, ladeando un

poco la cabeza, como si estuviera contemplando una flor o un insecto de una

especie desconocida—. ¿También eres mi tío?

Sin saber muy bien qué responder, miró a Daisy, que tenía las mejillas rojas y que se dirigió a su hija esbozando una sonrisa forzada.

—Este es el señor Carmichael, cariño. Él y yo somos amigos desde que tenía

casi la misma edad que tú.

Ahora que empezaba a sobreponerse de la impresión que se había llevado, Gavin se sintió en cierta medida aliviado. Si aquella encantadora niñita era el

«Freddie de mi corazón» de Daisy, eso significaba que no había ningún amante, ni

ninguna relación seria al otro lado del Canal. Pero en ese caso, ¿por qué Daisy le

había hecho creer lo contrario?

Un tirón en el abrigo lo sacó de su ensimismamiento.

—Cumpliré ocho años el mes que viene. —Con una sonrisa de oreja a oreja,

la niña... Freddie... le mostró el número correcto de dedos.

Daisy sonrió nerviosa.

—Cumplir ocho años es todo un acontecimiento.

—Por supuesto —añadió él. El dolor inundó su cuerpo llenando el vacío que había dejado la impresión inicial. Daisy tenía que estar deseando deshacerse

de él si le había ocultado algo tan importante como aquello.

La pareja de personas mayores se acercó hacia el lugar en que se encontraban. El hombre iba apoyado sobre el brazo de su mujer. Al ver su tez

grisácea y su respiración jadeante, Gavin comprendió que no debía de encontrarse

bien. Daisy retrocedió un paso para hacer las presentaciones.

—Estos son mis padres adoptivos, Bob y Flora Lake. Mamá, papá, este es mi... amigo, Gavin Carmichael.

La forma en que la mujer abrió los ojos detrás de las gafas de alambre le reveló a Gavin que su nombre no le era desconocido. Sin dejar de preguntarse qué

era lo que Daisy les habría contado sobre él, se fue hacia ambos y les dio un apretón de manos. A continuación, se volvió hacia Daisy.

—Si no te importa, me gustaría tener unas palabras contigo antes de dejarte con tu familia —le dijo entre dientes.

Flora soltó el brazo de su marido y se acercó hacia él.

—Oh, por favor, no se vaya por nuestra culpa, señor Carmichael.

Precisamente estábamos buscando un salón de té para tomarnos una taza.

¿Le

gustaría acompañarnos?

Daisy lanzó a su madre una mirada de advertencia que Gavin captó por el rabillo del ojo.

—Me temo que no, pero agradezco su amable invitación.

Volvió a dirigirse a Daisy y le ofreció el brazo. A menos que quisiera que montaran una escena delante de su familia, no tenía otra opción que agarrarse de

él. Además, no estaba dispuesto a ofrecerle la oportunidad de que se negara, de

modo que en cuanto sintió su mano sobre él la alejó unos metros del camino. En

cuanto la tuvo donde quería, se puso de espaldas a los tres pares de ojos que estaban pendientes de cada uno de sus movimientos y bajó la voz.

—¿Por qué dejaste que creyera que Freddie era tu amante? ¿Por qué no me dijiste la verdad por una vez en tu vida? —quiso saber.

Ella alzó la barbilla.

—¿Y por qué debería habértelo dicho? No tengo que justificarme ni dar explicaciones de mi vida a todo el mundo, ni tampoco a ti. —Abrió la boca para

preguntarle qué quería decir con eso cuando ella le interrumpió—. Además, has

estado dispuesto a creer lo peor de mí desde que me viste en el club.

—Puede que tuviera algo que ver el hecho de que estabas encima de un escenario, medio desnuda, delante de un centenar de hombres como si fueras

una... —Se detuvo.

—¿Cómo si fuera una puta? —Daisy echó la mano hacia atrás y le dio una fuerte bofetada en la mejilla.

Desde detrás, Flora gritó el nombre de su hija, aunque ninguno de los dos les prestó atención.

Gavin se frotó la mandíbula y la miró.

—¿Te sientes mejor?

Daisy negó con la cabeza. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero era demasiado terca para ponerse a llorar.

—¿Por qué tenías que seguirme? ¿Por qué no puedes dejarme en paz? No somos bueno el uno para el otro, Gavin, ¿es que no lo ves?

Sí que lo eran, o al menos podrían haberlo sido si ella le hubiera dado una

sola oportunidad para amarla. Pero si estaban así las cosas no había nada más que

decir, excepto el temido adiós. Extendió las manos, la agarró por los hombros y la

atrajo hacía así, aplastando los labios contra los suyos en un salvaje e intenso beso

que iba dirigido a robarle el aliento. Después volvió a mirarla, a sus asustados ojos,

a sus arreboladas mejillas, a su boca hinchada, y pidió a Dios que algún día le diera

las fuerzas suficientes para odiarla de verdad y así poder conocer la paz.

—No se preocupe, señorita Lake. De ahora en adelante no recibirá ninguna atención no deseada por mi parte. —Dicho eso, se dio media vuelta y se dirigió

hacia la salida más cercana del parque.

Durante unos absurdos segundos, Daisy tuvo que reprimir las ganas locas que le entraron de salir corriendo detrás de él. Pero ella estaba en lo cierto.

Quedaban muchas heridas sin cicatrizar entre ellos, y aunque terminaran haciéndolo eran muy diferentes; sus vidas estaban demasiado preestablecidas

como para que alguna vez se encontraran como algo más que amantes ocasionales,

y al final incluso eso les había resultado difícil de sobrellevar.

Flora se acercó a ella desde detrás.

—¿Qué ha pasado?

Daisy negó con la cabeza y miró hacia otro lado, deseando que se secaran las lágrimas que se agolpaban en sus ojos.

—Ahora no, mamá.

Flora arqueó una ceja y contempló a su hija adoptiva. Amaba a Daisy como si fuera de su sangre, pero hacía tiempo que había dejado de intentar transformarla

en la niña que ella y Bob perdieron. Daisy era como un fuerte vendaval que azotaba los árboles o la vela de un barco. No podías controlarlo.

Simplemente

tenías que aceptarlo como era y esperar que te dejara en buen puerto al final del

camino.

Daisy se lo contaría todo cuando creyera oportuno, y no antes, así que le pasó un brazo por la estrecha cintura y la llevó hasta Bob y una Freddie rebosante

de energía y con ganas de continuar con el día.

—En ese caso, vayamos a tomar un té.