HRH,2-Rendida
Capítulo 5
Prefiero a un bufón que me haga reír,
a una experiencia que me entristezca.
WILLIAM SHAKESPEARE, Rosalinda
Como gustéis
os días después, Gavin estaba sentado con Rourke y Hadrian en lo que hasta hacía pocos días había sido su estudio. Su otrora gata salvaje, Mia, se
estiró en el brazo de su asiento y él extendió la mano para acariciar su suave pelaje
blanco y negro. Sin dejar de mirar el reloj de pared, escuchó a sus amigos contarle
por segunda vez cómo Rourke se había hecho con El Palacio.
Por lo visto, tras dejar el camerino de Daisy, Sid salió hecho una furia y se presentó en el auditorio, intentando que sus matones se llevaran a sus dos amigos
al callejón de al lado para darles una buena paliza. Entonces Rourke se ofreció a
comprar el club para evitar llegar a las manos. Al principio, Sid creyó que el
escocés estaba o borracho o tirándose un farol —o ambas cosas—, pero cuando
Rourke sacó un portabilletes con cien libras como adelanto, junto con su tarjeta de
presentación y un pagaré firmado por el remanente, que cobraría al finalizar la
semana, Sid cambió de parecer. En vez de ordenar que le dieran una paliza, mandó
que sacaran parte del contenido del bar y sirvieran unas copas para cerrar el trato.
—Si puedo comprar un castillo en las Tierras Altas de Escocia, ¿por qué no voy a tener mi propio palacio en Londres? —comentó Rourke con una sonrisa de
oreja a oreja, haciendo honor a la broma que tenían entre ellos sobre que el escocés
acumulaba propiedades con la misma facilidad con la que otros acumulaban pelusa o calderilla en sus bolsillos.
Pero en ese momento, la única propiedad que a Gavin le interesaba era su apartamento. Con la ayuda de sus dos amigos, se había pasado todo el día anterior
transformando su estudio en una pequeña escuela de teatro. Hasta había llegado a
guardar en unas cajas todos sus textos legales y universitarios, excepto los imprescindibles, para hacer sitio en las estanterías a la gran cantidad de volúmenes
teatrales que había adquirido a toda prisa, comedias y dramas de maestros literarios europeos: Shakespeare e Ibsen, Wilde y Pinero, Chéjov y Zola.
Aunque
nada de Gilbert y Sullivan. Para él, el teatro musical estaba tan solo un peldaño por
encima de los vulgares bailes de vodevil que había tenido que contemplar la otra
noche. Y si algo tenía claro era que Daisy valía demasiado como para encasillarse
en ese tipo de papeles absurdos. Su transformación de corista a actriz dependía de
que ella también lo tuviera.
Tomando un trago de un vaso de whisky, Rourke sacudió su pelirroja cabeza.
—Delilah du Lac y nuestra pequeña Daisy son la misma mujer. Todavía me cuesta creerlo.
Gavin tiró de los puños de su camisa y clavó la vista en la puerta de entrada al estudio. Daisy podía llegar en cualquier momento y la idea de volver a verla le
estaba poniendo nervioso. Ella se había negado a que le echara una mano con la
mudanza, alegando que no tenía muchas pertenencias. No había sido grosera en
dicha negativa, aunque sí tajante, dejando claro que podía ocuparse perfectamente
de los asuntos que tenía pendientes con su promotor sin que nadie la ayudara. Tal
despliegue de independencia hizo que Gavin se preguntara si no estaba intentando
ocultarle algún secreto o la existencia de otra persona, pero decidió dejar a un lado
aquel pensamiento exasperante. Aunque hubiera otro hombre de por medio, no
tenía ningún derecho sobre ella; al menos ninguno que pudiera ejercer por el
momento.
—Delilah du Lac es un personaje musical, una ficción —replicó Gavin con más solemnidad de la que pretendía—. Ahora que Daisy va a tener una auténtica
carrera teatral podrá usar su propio nombre o algún otro que le encontremos y que
sea mucho más adecuado.
Hadrian y Rourke intercambiaron una mirada. Sin decir nada, Hadrian se fue hacia el aparador, destapó una licorera de cristal que contenía whisky y sirvió
tres dedos del líquido ambarino en un vaso.
¿Por qué no te tomas un trago y te relajas un poco? —ofreció, volviéndose
hacia él.
A Gavin no le gustaba ni un ápice pensar que su nerviosismo resultaba tan palpable, pero debía de serlo, por lo menos para sus amigos.
—No, gracias —contestó, haciendo un gesto de negación. Quería tener la cabeza bien despejada cuando su «invitada» llegara.
Hadrian se encogió de hombros y se quedó el vaso para sí, dándole un sorbo.
—Nuestra Daisy siempre quiso pisar los escenarios, aunque me atrevo a decir que, comparado con París, encontrará Londres un poco insulso. Con que solo
sean ciertos la mitad de los rumores que circulan sobre ella, seguro que ha hecho
muchas más cosas que levantar las piernas con el cancán.
Una intensa ira atravesó su cuerpo con la misma velocidad que un rayo partiendo un apacible cielo veraniego en dos.
—No creo que deba preocuparme lo que estás intentando dar a entender.
Hadrian dudó, pero su mirada no titubeó.
—No estoy dando a entender nada. Lo único que quiero decir es que seguro que ya ha tenido algún protector, quizá varios. Puede que las primeras representaciones de la tarde de los salones de baile de París vayan dirigidas a las
familias burguesas, pero cuando el sol cae sobre Montmartre, ¡ oh la la! . El Moulin
Rouge es conocido en la capital francesa como un mercado del amor.
«Tiene una legión de amantes. La última vez que el príncipe de Gales estuvo
en París la invitó a una cena privada. Su talento en el escenario palidece si se
compara con el que demuestra entre las sábanas.»
Gavin se había pasado los últimos días recordando una y otra vez dichos rumores. Por mucho que quisiera creer que eran meras exageraciones, el comportamiento que mostró Daisy en el escenario, así como en su camerino, no
resultaba muy alentador. Aun así, seguía aferrándose a la esperanza de que todo se
debiera a que estaba representando un papel.
—No sabía que habías estado en París —replicó con brusquedad.
La burla dio en el blanco. La cara de Hadrian se tiñó de un intenso rojo y su amigo agarró el vaso con más fuerza.
—No hace falta viajar al extranjero para vivir la vida o reconocer las cosas como son. Cualquier mujer con los... «atributos» de Daisy y su profesión atrae un
montón de miradas masculinas, y no todas desagradables. Precisamente el otro día
di con una foto de Sarah Bernhardt, tomada por el fotógrafo Félix Nadar.
Ahí
tienes un claro ejemplo de una actriz francesa de éxito que empezó su...
eh...
carrera como cortesana. Los franceses no estigmatizan ese tipo de
«acuerdos» como
nosotros. Por Dios, Gavin, con una educación como la que ha debido de recibir
Daisy no esperarás que la muchacha siga siendo virgen, ¿verdad?
Gavin se levantó al instante de su asiento, haciendo que Mia saltara a toda prisa y saliera corriendo en busca de refugio.
—¿Estás queriendo decirme que es una vulgar ramera? —preguntó entre dientes sin apartar la vista de su amigo—. ¿Te importaría desdecirte de ese último
comentario?
—Tómatelo con calma, Gav, seguro que no quería expresarlo de ese modo.
—Rourke se interpuso entre ambos y le agarró del brazo. Cuando vio aquellos
dedos rodearle el bíceps, se dio cuenta de que tenía el puño cerrado, sin duda con
la intención de estampárselo a Harry en la cara.
«Dios, ¿qué me está pasando?»
De los tres, siempre había sido el más tranquilo, el pacificador, el santo, y
ahora un simple comentario sobre el más que probable pasado de Daisy había
conseguido que estuviera a punto de emprenderla a golpes con uno de sus dos
mejores amigos. Aquello hizo saltar su alarma interior.
Retrocedió un paso y se zafó de Rourke.
—Lo siento. No sé qué me ha pasado. Verla después de todos estos años, tan
igual y tan diferente a la vez, ha causado estragos en mi cabeza. Parece que soy
incapaz de tener un pensamiento coherente.
Hadrian alzó el vaso en señal de paz.
—No te preocupes, Gav. Una mujer puede volver del revés la mente de un hombre. Cuando la maldita foto de Callie salió en los periódicos quise matar a
todos los repartidores que se cruzaron en mi camino, y eso que fui yo quien la
hizo. ¿No me digáis que eso no es irracional?
—A diferencia de Callie, parece que Daisy sí que se ha ganado a pulso su reputación.
Hadrian asintió.
—Bueno, tienes que admitir que va camino de hacerse famosa, o infame
según lo mires, en dos continentes. No está mal para una huérfana nacida a los pies
de un asilo parroquial para pobres. Bien por ella.
—Gracias, hombre. No puedo estar más de acuerdo.
Los tres se volvieron al oír esa voz. En el umbral de la puerta estaba Daisy, con un bolso de viaje colgando de su mano enguantada.
Gavin se obligó a apartar la vista de ella y centró su atención en Rourke y en
Hadrian, que la miraban fijamente como si fueran los guardias de la reina del
palacio de Buckingham en vez de dos amigos reuniéndose con un tercero.
Porque
en ese momento, para ellos ella no era «su» Daisy, sino Delilah du Lac, una celebridad cuya fama había traspasado el canal de la Mancha. Y aunque Hadrian
estuviera loco por Callie y Rourke le hubiera echado el ojo a la adorable aunque
quisquillosa lady Kat, no dejaban de ser hombres con la curiosidad propia de todo
varón.
Cuando volvió a clavar la vista en la puerta se fijó en que detrás de Daisy se encontraba Jamison, su mayordomo, con la cara completamente roja. El enjuto
sirviente, de unos cincuenta años, llevaba con él desde hacía un lustro, cuando Gav
decidió abandonar la residencia de su abuelo y establecerse por su cuenta.
Normalmente uno tenía que esforzase bastante para poder alterar la implacable
calma del hombre, pero Daisy solo había tardado un par de minutos en lograrlo.
—Le ruego acepte mis disculpas, señor. Le pedí a la dama que esperase mientras la anunciaba pero en cuanto me di la vuelta...
—Le adelanté por el vestíbulo y me metí directamente aquí —terminó Daisy
guiñándole un ojo—. Para ser sinceros, nunca se me ha dado nada bien esperar.
—No se preocupe, Jamison —dijo Gavin—. Si se encarga de prepararnos un
pequeño refrigerio ya nos ocuparemos nosotros de entretener a la señorita Lake.
Daisy dejó caer su bolso en la puerta y entró en el estudio. Con un traje de montar de corte princesa verde esmeralda y un sombrero a juego adornado con
flecos dorados parecía una mujer elegante y respetable, aunque con un poco más
de estilo que las típicas damas inglesas. A excepción del ligero colorete que resaltaba la parte alta de sus pómulos y un poco de color en sus generosos labios,
hubiera podido pasar perfectamente por una belleza de la alta sociedad que regresaba de un viaje de compras de París. ¿De verdad había esperado verla a
plena luz del día con todo el maquillaje que usaba en el escenario y vestida con
falda corta?
Rourke se abalanzó sobre ella y le dio un abrazo de oso que la levantó del suelo.
—Dichosos los ojos. —Dejándola de nuevo en el suelo, se separó de ella unos centímetros—. Siempre supe que te convertirías en una belleza. Anda, muchacha, da una vuelta y deja que te veamos bien.
Acostumbrada a ser el centro de atención de los hombres, Daisy dio un paso atrás y ejecutó una perfecta pirueta sin ruborizarse lo más mínimo.
—Me alegra ver que no has cambiado nada, Patrick. Eres el mismo sinvergüenza encantador de siempre, aunque un poco más apuesto y alto de lo que
recordaba.
Rourke sonrió de oreja a oreja. Cuando eran niños su falta de altura había sido un asunto delicado.
—Tienes razón, preciosa, solo que ahora soy un sinvergüenza con dinero, lo que la gente respetable llama «un hombre de negocios».
Daisy lo miró impresionada, y a Gavin no le pasó por alto cómo se fijó en el diamante que adornaba su lóbulo y las esmeraldas que llevaba el anillo que portaba en la mano derecha.
—Rourke ha hecho mucho más que montar un negocio. Es lo que se conoce como un magnate del ferrocarril... o un capitalista sin escrúpulos, como les gusta
decir a los americanos —explicó, sintiendo una punzada de celos.
Daisy volvió a mirar a Rourke, que asintió con la cabeza.
—Sí, hacerme con sus acciones ferroviarias delante de sus arrogantes narices
no es muy diferente a robarles los relojes y carteras, salvo que en el primer caso la
ley no les deja que te ahorquen o te encierren de por vida.
Ahora Daisy se dirigió a Hadrian.
—Y tú debes de ser el guapísimo Harry pero con unos cuantos años más.
Tienes tan buena planta como siempre, hasta me atrevería a decir que un poco
mejor.
—Tienes mucha labia, querida niña, pero ya que me estás lanzando esos cumplidos los aceptaré encantado. Aunque ahora me llamo Hadrian. No eres la
única que ha adoptado un nombre artístico —dijo, acompañando sus palabras con
un guiño.
Viendo como los tres bromeaban con la habitual naturalidad cockney, Gavin se sintió como un extraño. Aunque había vivido los trece primeros años de su vida
en el East End, nunca había formado parte de ese mundo. A pesar del trabajo
menor que se vio obligada a aceptar, su madre siempre se había comportado como
una dama y le había inculcado sus elegantes maneras y forma de hablar desde la
cuna.
Recordando sus obligaciones como anfitrión, invitó a todo el mundo a tomar asiento.
—El té se servirá en unos minutos.
Daisy se sentó en el sofá, se alisó la falda y miró el vaso de whisky que Hadrian todavía sostenía en la mano.
—¿No tendrás algún jerez o un poquito de ese maravilloso whisky? Me encantaría tomar un trago.
Gavin se estremeció por dentro, pero como era de esperar Rourke anunció a voz en grito que una ronda de whisky le parecía una idea excelente, así que tomó
nota mental de hablar con Daisy sobre ese punto más tarde y prefirió levantarse y
servir las bebidas antes que avergonzarla delante de sus amigos.
Hadrian esbozó una amplia sonrisa.
—Veo que sigues queriendo hacer todo lo que hacemos los hombres.
—Sí, aunque mejor que vosotros. —Con el vaso en la mano, y de una forma nada decorosa para una dama, se bebió todo el contenido de un solo trago
—.
Salud, caballeros.
Los tres se rieron y brindaron al unísono. Gavin, sin embargo, se sentó muy tenso y se limitó a observarlos.
Cuando llegó el té, pensó para sí que aquello solo presagiaba otra situación incómoda. Sin embargo, y para su sorpresa, Daisy dejó de lado su vaso de whisky y
sirvió el té sin que nadie se lo pidiera, cumpliendo con el ritual inglés de forma
más que adecuada, por no decir experta.
—Y bien, muchachos, ¿qué os pareció mi actuación de la otra noche? —
preguntó ella, sosteniendo en perfecto equilibrio la taza y el plato en su regazo.
De los labios de Hadrian y Rourke solo salieron cumplidos. Gavin, por el contrario, prefirió guardar silencio, preguntándose si ella estaba intentando tenderle una trampa. Después de aquello hablaron de todo un poco, incluida la
primera proyección de imágenes en movimiento del mundo que había tenido lugar
en Nueva York un año antes. Hadrian expresó en voz alta sus ideas sobre el papel
que este nuevo medio podría desempeñar en el futuro del teatro y Daisy, como no
podía ser de otro modo, defendió a ultranza la representación en vivo y en directo,
aunque admitió sentir también cierta curiosidad sobre el tema.
Durante todo ese tiempo la conversación se desarrolló sin que Gavin aportara una sola palabra.
—Si me disculpáis, he prometido ir a recoger a mi mujer a su despacho —
comentó Hadrian, dejando a un lado la taza y el plato y levantándose, dando así
por finalizada la charla—. Estoy convencido de que estará rodeada de papeles,
pancartas o alguna otra cosa de valía que harán que no se acuerde mucho de mí,
pero yo sí que la echo de menos... y mucho.
Rourke también se levantó.
—Puede que tú tengas a tu mujer en el bolsillo, pero yo todavía tengo que echarle el lazo a la mía. Un pajarito me ha dicho que cierta gatita salvaje saldrá a
cabalgar con su potranca esta tarde por Rotten Row, y tengo pensado dejarme caer
por allí.
Tras decirse los consabidos adioses y ver cómo sus dos amigos salían en dirección al vestíbulo, Gavin y Daisy volvieron a sentarse. Ese era el momento que
había estado esperando y temiendo a partes iguales. Ambos estaban solos.
A la luz del día, y sin toda esa pintura en la cara, parecía mucho más joven que la otra noche. Se la veía fresca y lozana, por no decir preciosa. Su rostro con
forma de corazón era más atractivo que clásico, su adorable nariz seguía irguiéndose ligeramente en la punta y conservaba esos bonitos ojos verde jade
sesgados hacia arriba, que se perfilaba con un lápiz oscuro para acentuarlos aún
más.
Pero lo que más le atraía era su boca. Aquellos labios inundaban su mente con fantasías en las que probaba todas las formas posibles de besarlos.
Comenzaría
con una ligera caricia en una comisura para luego ir a la otra. Después, trazaría el
tentador contorno de su carnoso labio superior con la lengua y le abriría los labios
para profundizar más el beso y poder saborearla a conciencia. Pero entonces la
fantasía avanzó y se imaginó a Daisy inclinada entre sus muslos, con esa ardiente
boca deslizándose a lo largo de su endurecido miembro como si fuera una húmeda
y aterciopelada vaina, mientras él le sujetaba la cabeza, enredando sus dedos en
aquellos mechones color canela. Sí, había llegado el momento de terminar con ese
agradable tête-à-tête imaginario. Esas cuatro semanas se le iban a hacer eternas.
Daisy tomó un sorbo de té y dejó la taza y el plato sobre la mesa.
—Si no te importa, me gustaría que me contaras algo más sobre nuestros amigos. He creído entender que Harry, quiero decir, Hadrian, está recién casado,
¿no?
Obligándose a poner los pies sobre la tierra, Gavin asintió.
—Se casó hace un año con la líder sufragista antes conocida como Caledonia
Rivers. Hasta ese momento había sido una de las portavoces en el proyecto de ley
para garantizar el voto a las mujeres en las elecciones nacionales.
Daisy se quedó pensativa durante unos instantes.
—Suena como si fuera una mujer muy respetable. Nunca me imaginé que nuestro Harry pudiera terminar con alguien tan solemne. En realidad nunca me
imaginé que fuera capaz de estar con una mujer más tiempo del que podría tardar
en meterse entre sus piernas.
Su franqueza le molestó más de lo que dejó entrever, pero le preocupaba sobre todo por su futuro. El éxito de lo picante había muerto con Nell Gwyne y la
comedia de la Restauración, y aunque muchas de las actrices de moda de ese
momento, como Sarah Bernhardt, no habían nacido siendo unas damas, se esperaba que al menos sí que se comportaran como tales.
Se dio cuenta de que no había tocado ninguna de las delicias que venían acompañando al té, una variedad de pastelitos, bollos y pequeños emparedados,
así como un tazón de fresas con crema, estas últimas un lujo especial que se había
concedido en honor a la recién llegada. No sabía si se debía a que era una de esas
mujeres que se preocupaban por su peso o a que simplemente la selección no era
de su agrado.
—¿Está todo bien? ¿Te apetece tomar otra cosa? —le preguntó.
—Oh, no, todo es perfecto. —Como si esa fuera la señal que necesitara, Daisy empezó a llenarse el plato con las fresas y varios emparedados. Quitó el pan
a uno de ellos y se llevó a la boca el relleno de crema de pepino y eneldo.
Todavía
masticando añadió—: Parece que Rourke va detrás de una heredera. —
Gavin tuvo
que admitirlo—. Pero ¿no era rico?
—La familia de lady Kathryn Lindsey forma parte de la alta sociedad, aunque apenas tienen patrimonio. Rourke va detrás de su pedigrí, no de su dinero.
—¿De la alta sociedad? —Daisy soltó un resoplido—. Entonces será bizca y
feucha.
Gavin tomó nota mental de incluir algunas lecciones básicas de modales en el programa que tenía preparado para Daisy.
—Más bien no —espetó, acompañando la negativa con un gesto de cabeza
—
. Puede que lady Kat no sea una belleza en sentido clásico, pero es lo suficientemente atractiva como para haber posado para Hadrian como modelo
profesional y tiene una aguda inteligencia con su correspondiente lengua afilada.
El único inconveniente es que, hasta ahora, parece que la dama no soporta mucho
a Rourke.
Daisy frunció el ceño y se hizo con otro emparedado al que dio el mismo tratamiento.
—No me digas que esa zorra engreída no cree que sea lo bastante bueno para ella.
Gavin volvió a estremecerse al comprobar la facilidad con que pronunciaba vulgaridades como aquella.
—Si ese fuera el caso, nuestro amigo por una vez estaría dentro del mismo círculo que un buen puñado de los más reputados caballeros londinenses.
Daisy se metió otro relleno de pepinillo en la boca.
—¿Y cómo es eso?
—La dama simplemente no terminará con él... ni con ningún otro. Jura y perjura que el matrimonio solo es para los necios y que prefiere terminar sus días
sirviendo en una casa que sometida a un hombre que se convierta en su carcelero
amparado por la ley.
Esperaba que ella hiciera algún gesto de negación, pero en lugar de eso vio cómo inclinaba la cabeza hacia un lado y se quedaba con la mirada perdida.
—No puedo opinar en cuanto a lo de servir en una casa, pero sí que tiene razón con respecto al matrimonio. La mayoría de los hombres cuidan mejor de sus
amantes que de sus esposas, y no siempre las tratan bien.
Aquella declaración no solo la hizo parecer una persona excesivamente hastiada para lo joven que era; además se notaba que era una velada referencia a
los hombres que habían disfrutado de sus favores, lo que le llevaba de nuevo a la
deprimente cuestión de con cuántos hombres habría estado.
Daisy pareció salir de su ensoñación, se volvió hacia él y reanudó la conversación.
—El otro día no me acordé de preguntarte qué rama de la abogacía ejerces.
Porque hay varias, ¿verdad?
La pregunta le pilló desprevenido. No se imaginaba que su profesión pudiera interesarle. Lo más probable era que quisiera seguirle la corriente o ser
educada con él.
—La mayor parte de los casos que llevo son delitos graves que se dirimen en los tribunales de justicia. Agresiones de todo tipo, robos, malversación de
fondos, ofensas contra la Corona, así como falsificación de moneda y algún que
otro intento de asesinato, por si no tuviera suficiente.
—Qué maravilla —dijo ella con ojos brillantes—. Estoy muy orgullosa de ti.
Él se encogió de hombros, aunque el cumplido le trajo a la memoria al muchacho torpe que una vez fue.
—De vez en cuando tengo alguna satisfacción, pero normalmente se trata de
un trabajo muy aburrido... y frustrante. La ley no es igual para todos. Los que
tienen dinero lo usan para solucionar sus problemas, mientras que los pobres y la
clase trabajadora sufren las peores penas por crímenes que generalmente obedecen
más a la desesperación que a auténtica maldad. —Se detuvo—. Lo siento, ya estoy
soltando discursos de nuevo.
Ella negó con la cabeza.
—De ningún modo, pero hablando de discursos, ¿te acuerdas del pequeño escenario que improvisamos en el desván de Roxbury House? —Daisy acompañó
el recuerdo con una tenue sonrisa.
Gavin también sonrió.
—¿Cómo iba a olvidarlo? Teniendo en cuenta del poco material de que
disponíamos para trabajar, unas cajas para transportar leche y ni una sola herramienta, sin duda fue un milagro de diseño. Y con todo el ajetreo que siguió,
me extraña que no terminaran descubriéndonos.
—Lo hicieron —admitió ella tras unos segundos de vacilación—. Esa miserable cotilla de Lettie Pinkerton nos encontró y amenazó con contárselo al
director.
—¿La «cerdita» Pinkerton? —Dios, llevaba muchos años sin pensar en ella.
En realidad, casi no se acordaba de los huérfanos de Roxbury House que no formaban parte de su grupo de amigos.
Ella asintió.
—Afortunadamente le gustaban más los dulces que los chivatazos. Con el contrabando de bollitos y tartas de limón que se traía Harry debió de ganar un
montón de kilos ese último mes.
De modo que ni siquiera entonces se lo había contado todo.
Aunque no era igual que antes, esa conversación fluida entre ellos, compartiendo sus recuerdos, al menos los buenos, estaba resultando muy agradable.
Daisy centró su atención en las fresas con crema; debía de haber dejado lo
mejor para el final.
—Esto está delicioso —dijo mientras se lamía un poco de crema de la comisura de la boca.
A Gavin le dio la sensación de que la temperatura de la estancia ascendía varios grados centígrados.
—Jamison encarga los bollos y los pastelitos a una panadería que hay cerca de aquí. Solo tienes que decirle cuáles son tus favoritos y los tendrás.
El plato que ella mantenía apoyado sobre sus rodillas se balanceó un instante. Daisy lo miró durante un buen rato antes de volver a hablar.
—¿Lleva mucho tiempo acostumbrarse?
—¿A qué?
—A ser rico. Roxbury House estaba muy bien, pero incluso allí teníamos que estudiar y encargarnos de algunas tareas. Nunca he tenido sirvientes, aunque
sí que pensé durante una temporada en entrar a servir en alguna casa.
—Creía que quedarte en un único sitio te parecería muy aburrido después de la vida nómada que has llevado. —Nada más terminar de hacer la pregunta se
dio cuenta de que lo que de verdad quería saber era si una mujer como Daisy
podría echar raíces en un solo lugar... y con un solo hombre.
Ella se encogió de hombros.
—La vida profesional de una bailarina es demasiado corta. La mayoría de las muchachas no siguen después de los treinta. Los días en que tengo más de una
actuación me acuesto con los tobillos vendados con unas telas empapadas en aceite
de mostaza para aliviar la inflamación.
Gavin nunca se habría imaginado que aquella profesión tan discutible requiriera semejante desgaste físico.
—No tenía ni idea.
Daisy se llevó otra fresa a la boca y le dio un mordisco. Sus labios se humedecieron con el jugo de la fruta, adquiriendo un aspecto aún más delicioso.
La delatora protuberancia que estaba empezando a sentir en la entrepierna fue una
advertencia a la que, por una vez, decidió no prestar atención. Fijándose en una
gota que caía por la comisura de su boca, alargó la mano y se la limpió con el
pulgar, como solía hacer cuando eran niños. Lo malo era que habían dejado de
serlo hacía mucho. Ahora eran adultos, y la tensión ardiente que existía entre
ambos inundaba la habitación de tal forma que resultaba imposible negarla.
Le
acarició con la yema del dedo la curva del labio inferior, trazando su contorno.
¡Cómo le hubiera gustado poder hacer eso mismo con la lengua!
Pero entonces se dio cuenta de lo que estaba haciendo y se echó hacia atrás, maldiciéndose a sí mismo por ser tan imbécil.
—Lo siento. No debería haber hecho algo así. No volverá a ocurrir.
Daisy hizo un gesto de negación. Tenía las mejillas encendidas, como si no se hubiera medio desnudado para él la otra noche.
—No, soy yo la que lo siente. Estoy liando las cosas demasiado. Me imagino
que tenía más hambre de la que pensaba.
Por primera vez se paró a pensar en que aquel apetito voraz quizá se debiera más a la escasez que a la falta de modales. Estaba muy delgada, pero lo
había achacado al ejercicio que hacía en cada actuación.
—Daisy, ¿cuándo fue la última vez que comiste?
Ella vaciló durante un instante. Después se llevó otra fresa a la boca.
—¿Por qué? Ahora mismo estoy comiendo.
—Sabes a lo que me refiero.
Ella volvió a encogerse de hombros.
—Se suponía que en el club tenían que darnos una comida al día, pero con los ensayos y otras excusas nunca lo hacían. Las habitaciones en las que he estado
viviendo se encontraban encima de una panadería, así que he tenido pan y pasteles
de sobra, pero la carne y la fruta fresca son más difíciles de conseguir... y mucho
más caras.
Eso explicaba por qué le había quitado el pan a los emparedados y que los bollos y pastelitos no le hubieran apetecido demasiado. Había pensado que la
repostería francesa la habría vuelto una melindrosa, pero de nuevo se había equivocado con ella. Tras dos semanas viviendo cerca de una panadería, tendría la
sensación de estar ahogándose en masa pastelera.
—He puesto un anuncio en The Times así como en otros periódicos destacados en busca de un profesor de interpretación —comentó Gavin en un
intento por desviar la atención de la incómoda situación en la que él mismo los
había metido.
Esperaba que estuviera encantada con la idea, pero cuando se fijó en su expresión se percató de que estaba de todo menos contenta.
—¿Crees que necesito que me enseñen a actuar? —Se separó de él. Estaba roja como la grana.
¿Cómo podía contestar a una pregunta así sin ofenderla? Escogió cuidadosamente sus palabras y dijo:
—Cuando vayas a hacer una prueba solo tendrás una oportunidad, y quiero hacer todo lo que esté en mi mano para que vayas lo más preparada posible.
Estaba convencido de que su bagaje en el teatro de variedades no había sacado ni una décima parte de lo que podía ofrecer. Con un poco de ayuda, terminaría convirtiéndose en una actriz seria de éxito. Además, partía con una
ventaja: se la veía muy cómoda sobre un escenario.
Sus palabras parecieron calmarla.
—Supongo que no es muy diferente a tomar clases de canto o danza.
Aliviado por haber conseguido pasar de puntillas sobre un asunto tan peliagudo tomó otro sorbo de té.
—Exacto.
—Bien, pues ya solo nos queda negociar los términos de nuestro acuerdo.
—
Abrió su retículo y sacó un lápiz y una pequeña libreta. Lista para escribir, alzó la
OceanofPDF.com
mirada y añadió—: Me he dado cuenta de que ya que me voy a convertir en una
mantenida, es mejor que establezcamos las cláusulas por adelantado.
Gavin la miró consternado.
—¿Mantenida?
Ella contestó con un brusco asentimiento de cabeza.
—Sé que escribir estas cosas puede parecer poco romántico, pero nos ahorrará mucho tiempo y quebraderos de cabeza cuando tengamos que separarnos
y seguir cada uno por su lado. Veamos, me prometiste un estipendio para cubrir
mis... obligaciones financieras, así como pagar los imprevistos que puedan surgirme. Por supuesto, a cambio esperarás que durante todo el mes que viva bajo
tu techo me acueste contigo.
Gavin se sintió enrojecer.
—Al contrario, no espero nada semejante. No te propuse esto para convertirte en mi amante. Como te dije la otra noche, quiero que te consideres
como mi invitada.
—¿Estás diciendo que no quieres acostarte conmigo? —preguntó sin dejar de mirarle. A él le dio la sensación de que parecía un poco herida.
Se removió en su asiento. Se sentía casi tan incómodo como cuando le obligó
a formar parte de su actuación.
—Lo que yo quiera o no es irrelevante.
Daisy enarcó las cejas y siguió presionando.
—Entonces, ¿qué es lo relevante?
La temida tensión empezó a instalarse en su garganta.
—Lo relevante es... que uno se comporte en esta vida de forma ap...p...propiada y co...co...correcta. —Dios, apenas llevaba una hora con ella y
volvía a ser el idiota tartamudo de su adolescencia.
Daisy echó hacia atrás la cabeza y se rió.
—Por Dios bendito, Gavin, te has convertido en un auténtico esnob. No es que me moleste acostarme contigo. —Lo miró de arriba abajo y él sintió un súbito
calor en su interior, no solo por la vergüenza que estaba pasando sino por el deseo
que se estaba apoderando de él—. De hecho no me importaría en absoluto.
—Da igual, lo nuestro es un acuerdo platónico.
—¿Platónico? —Ella frunció el ceño, como si estuviera descifrando cada una
de sus palabras.
—Seremos amigos, buenos amigos, como siempre fuimos. No te presionaré para que hagas nada más.
Aquello pareció divertir a Daisy.
—Te aseguro, Gavin, que he tenido un buen número de hombres que decían ser «buenos amigos» míos y eso no les ha impedido llevarme a la cama.
Él no pudo evitar sacudir la cabeza. En serio, ¿qué más podía hacer?
—¿Siempre hablas con tanta... franqueza?
Daisy le respondió con una sonrisa despreocupada e hizo un gesto de asentimiento. Si había captado la censura que subyacía en su pregunta, la había
ignorado.
—No tan a menudo como me gustaría. Al fin y al cabo, el objetivo de todo artista es agradar. No solo a la audiencia, sino al director de escena, al director de
orquesta, al promotor... No tengo muchas oportunidades para expresar lo que
realmente pienso.
—Te entiendo —comentó él. Y lo más extraño de todo es que era verdad.
Aunque ambos pertenecieran a estratos sociales opuestos, él se había pasado la
vida complaciendo a los demás: primero a su abuelo, y ahora a sus colegas y
clientes, a los jueces y a los jurados, haciendo lo imposible por vivir según el
legado de los St. John.
En realidad no sabía si sentirse halagado por su franqueza o molesto porque en la escala del respeto debía de encontrarse en algún peldaño entre los artistas y el
conjunto de tramoyistas que se encargan de montar y despejar el escenario.
Decidió decir esto último de la forma más sutil posible.
—Si en un futuro te animas a moderar tus comentarios, revistiéndolos con un poco de cortesía, te aseguro que no me importará en absoluto. Si te sirve de
ayuda, finge que soy alguien «importante».
Daisy contestó haciendo un mohín. Un gesto que a Gavin le pareció tan seductor como adorable.
—Vaya, vaya, hoy estamos un poquito susceptibles.
—Quizá sea porque algunos llevamos levantados desde el amanecer, no como otros, que prefieren pasarse toda la mañana metidos en la cama. —
Eso
último era una velada referencia a la insistencia de Daisy en cuanto a que no
llegaría antes del mediodía.
—Estoy segura de que ambos pasamos las mismas horas del día despiertos,
pero yo sigo el horario teatral.
—Ahora mismo ya no estamos en el teatro.
Daisy le regaló una deslumbrante sonrisa que sacó a la luz el bonito par de hoyuelos que se dibujaban a cada lado de su barbilla.
—¿Ah, no, tesoro?, ¿Es que nunca has oído eso de que «el mundo es un gran
teatro»?